EL DIABLO COJUELO

(Tranco primero.)

Daban en Madrid por los fines de julio las once de la noche en punto, hora menguada para las calles y, por faltar la luna, juridición y término redondo de todo requiebro lechuzo y patarata de la muerte, cuando don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, hidalgo a cuatro vientos, caballero huracán y encrucijada de apellidos, galán de noviciado y estudiante de profesión, con un broquel y una espada aprendía a gato por el caballete de un tejado, huyendo de la justicia que le venía a los alcances, y como solicitaba escaparse no dificultó arrojarse desde el ala del susodicho tejado, como si las tuviera, a la buharda de otro que estaba confinante, nordesteado de una luz que por ella escasamente se brujuleaba, estrella de la tormenta que corría, en cuyo desván puso los pies y la boca a un mismo tiempo, saludándolo como a puerto de tales naufragios, y dejando burlados a los ministros del agarro.

A estas horas, el estudiante, no creyendo su buen suceso, y deshollinando con el vestido y los ojos el zaquizamí, admiraba la región donde había arribado por las extranjeras extravagancias de que estaba adornada la tal espelunca, cuyo avariento farol era un candil de garabato que descubría sobre una mesa antigua de cadena papeles infinitos, mal compuestos y desordenados, escritos de caracteres matemáticos, unas efemérides abiertas, dos esferas y algunos compases y cuadrantes, ciertas señales de que vivía en el cuarto de más abajo algún astrólogo, dueño de aquella confusa oficina y embustera ciencia; y llegándose don Cleofás curiosamente—como quien profesaba letras y era algo inclinado a aquella profesión—, a revolver los trastos astrológicos, oyó un suspiro entre ellos mismos, que pareciéndole imaginación o ilusión de la noche, pasó adelante con la intención, papeleando los memoriales de Euclides y embelecos de Copérnico; escuchando segunda vez repetir el suspiro, entonces, pareciéndole que no era engaño de la fantasía sino verdad que se había venido por los oídos, dijo con desgarro y ademán de estudiante valiente: "—¿Quién diablos suspira aquí?" Respondiéndole al mismo tiempo una voz entre humana y extranjera: "—Yo soy, señor Licenciado, que estoy en esta redoma adonde me tiene preso ese astrólogo que vive ahí abajo, porque también tiene su punta de la mágica negra, y es mi alcaide dos años habrá." "—Luego ¿familiar eres?"—dijo el estu diante. "—Harto me holgara yo—respondieron de la redoma—que entrara uno de la Santa Inquisición para que, metiéndole a él en otra de cal y canto, me sacara a mí desta jaula de papagayos de piedra azufre. Pero tú has llegado a tiempo que me puedes rescatar, porque éste a cuyos conjuros estoy asistiendo, me tiene ocioso sin emplearme en nada, siendo yo el espíritu más travieso del infierno." Don Cleofás, espumando valor, prerrogativa de estudiante de Alcalá, le dijo: "—¿Eres demonio plebeyo o de los de nombre?" "—Y de gran nombre—le repitió el vidrio endemoniado—y el más celebrado en entrambos mundos." "—¿Eres Lucifer?—le repitió don Cleofás. "—Ese es demonio de dueñas y escuderos", le respondió la voz. "—¿Eres Satanás?—prosiguió el estudiante. "—Ese es demonio de tahures y carreteros." "—¿Eres Barrabás, Belial, Astarot?", finalmente le dijo el estudiante. "—Esos son demonios de mayores ocupaciones—le respondió la voz—, demonio más por menudo soy, aunque me meto en todo; yo soy las pulgas del infierno, la chisme, el enredo, la usura, la mohatra, y al fin, yo me llamo el Diablo Cojuelo." "—Con decir eso—dijo el estudiante—hubiéramos ahorrado lo demás." "—Sácame deste Argel de vidrio, que yo te pagaré el rescate." "—¿Cómo quieres—dijo don Cleofás—que yo haga lo que tú no puedes siendo demonio tan mañoso?" "—A mí no me es concedido, dijo el espíritu, y a ti sí, por ser hombre con el privilegio del bautismo y libre del poder de los conjuros; toma un cuadrante de esos y haz pedazos esta redoma, que luego en derramándome me verás visible y palpable."

No fué escrupuloso ni perezoso don Cleofás, y ejecutando lo que el espíritu le dijo, hizo con el instrumento astronómico gigote del vaso, inundando la mesa sobredicha de un licor turbio, escabeche en que se conservaba el tal diablillo, y volviendo los ojos al suelo vió en él un hombrecillo de pequeña estatura, afirmado en dos muletas, sembrado de chichones mayores de marca, calabacino de testa y badea de cogote, chato de narices, la boca formidable y apuntalada en dos colmillos solos, erizados los bigotes; los pelos de su nacimiento ralos, uno aquí y otro allí, a fuer de los espárragos, legumbre tan enemiga de la compañía que, si no es para venderlos en manojos, no se juntan.

Asco le dió a don Cleofás la figura, aunque necesitaba de su favor para salir del desván; y asiéndole por la mano el Cojuelo y diciéndole: "—Vamos, don Cleofás, que quiero comenzar a pagarte en algo lo que te debo", salieron los dos por la buharda como si los dispararan de un tiro de artillería, no parando de volar hasta hacer pie en el capitel de la torre de San Salvador, mayor atalaya de Madrid, a tiempo que su reloj daba la una.