RINCONETE Y CORTADILLO
En la venta del Molinillo, que está puesta en los fines de los famosos campos de Alcudia, como vamos de Castilla a la Andalucía, un día de los calurosos de verano se hallaron en ella acaso dos muchachos de hasta edad de catorce a quince años; el uno ni el otro no pasaban de diez y siete; ambos de buena gracia, pero muy descosidos, rotos y maltratados. Capa, no la tenían; los calzones eran de lienzo, y las medias de carne; bien es verdad que lo enmendaban los zapatos, porque los del uno eran alpargates, tan traídos como llevados, y los del otro, picados y sin suelas, de manera, que más le servían de cormas que de zapatos. Traía el uno montera verde de cazador; el otro, un sombrero sin toquilla, bajo de copa y ancho de falda. A la espalda, y ceñida por los pechos, traía el uno una camisa de color de camuza, encerada, y recogida toda en una manga; el otro venía escueto y sin alforjas, puesto que en el seno se le parecía un gran bulto, que, a lo que después pareció, era un cuello de los que llaman valones, almidonado con grasa, y tan deshilado de roto, que todo parecía hilachas. Venían en él envueltos y guardados unos naipes de figura ovada, porque de ejercitarlos se les habían gastado las puntas, y porque durasen más, se las cercenaron y los dejaron de aquel talle. Estaban los dos quemados del sol, las uñas caireladas, y las manos no muy limpias; el uno tenía una media espada, y el otro, un cuchillo de cachas amarillas, que los suelen llamar vaqueros.
Saliéronse los dos a sestear en un portal o cobertizo que delante de la venta se hace, y sentándose frontero el uno del otro, el que parecía de más edad dijo al más pequeño:
—¿De qué tierra es vuesa merced, señor gentilhombre, y para adónde bueno camina?
—Mi tierra, señor caballero—respondió el preguntado—, no la sé, ni para dónde camino tampoco.
—Pues en verdad—dijo el mayor—que no parece vuesa merced del cielo, y que éste no es lugar para hacer su asiento en él; que por fuerza se ha de pasar adelante.
—Así es—respondió el mediano—; pero yo he dicho verdad en lo que he dicho; porque mi tierra no es mía, pues no tengo en ella más de un padre que no me tiene por hijo y una madrastra que me trata como alnado; el camino que llevo es a la ven tura y allí le daría fin donde hallase quien me diese lo necesario para pasar esta miserable vida.
—Y ¿sabe vuesa merced algún oficio?—preguntó el grande.
Y el menor respondió:
—No sé otro sino que corro como una liebre, y salto como un gamo, y corto de tijera muy delicadamente.
—Todo eso es muy bueno, útil y provechoso—dijo el grande—; porque habrá sacristán que le dé a vuesa merced la ofrenda de Todos Santos porque para el Jueves Santo le corte florones de papel para el monumento.
—No es mi corte desa manera—respondió el menor—, sino que mi padre, por la misericordia del cielo, es sastre y calcetero, y me enseñó a cortar antiparas, que, como vuesa merced sabe, son medias calzas con avampiés, que por su propio nombre se suelen llamar polainas, y córtolas tan bien, que en verdad que me podría examinar de maestro, sino que la corta suerte me tiene arrinconado.
—Todo eso y más acontece por los buenos—respondió el grande—, y siempre he oído decir que las buenas habilidades son las más perdidas; pero aún edad tiene vuesa merced para enmendar su ventura. Mas si yo no me engaño y el ojo no me miente, otras gracias tiene vuesa merced secretas, y no las quiere manifestar.
—Sí tengo—respondió el pequeño—; pero no son para el público, como vuesa merced ha muy bien apuntado.
A lo cual replicó el grande:
—Pues yo le sé decir que soy uno de los más secretos mozos que en gran parte se pueden hallar; y para obligar a vuesa merced que descubra su pecho y descanse conmigo, le quiero obligar con descubrirle el mío primero; porque imagino que no sin misterio nos ha juntado aquí la suerte, y pienso que habemos de ser, déste hasta el último día de nuestra vida, verdaderos amigos. Yo, señor hidalgo, soy natural de la Fuenfrida, lugar conocido y famoso por los ilustres pasajeros que por él de contino pasan: mi nombre es Pedro del Rincón; mi padre es persona de calidad, porque es ministro de la Santa Cruzada: quiero decir que es bulero, o buldero, como los llama el vulgo. Algunos días le acompañé en el oficio, y le aprendí de manera, que no daría ventaja en echar las bulas al que más presumiese en ello; pero habiéndome un día aficionado más al dinero de las bulas que a las mismas bulas, me abracé con un talego, y di conmigo y con él en Madrid, donde, con las comodidades que allí de ordinario se ofrecen, en pocos días saqué las entrañas al talego, y le dejé con más dobleces que pañizuelo de desposado. Vino el que tenía a cargo el dinero tras mí; prendiéronme; tuve poco favor; aunque, viendo aquellos señores mi poca edad, se contentaron con que me arrimasen al aldabilla y me mosqueasen las es paldas por un rato y con que saliese desterrado por cuatro años de la Corte. Tuve paciencia, encogí los hombros, sufrí la tanda y mosqueo, y salí a cumplir mi destierro, con tanta priesa, que no tuve lugar de buscar cabalgaduras. Tomé de mis alhajas las que pude y las que me parecieron más necesarias, y entre ellas saqué estos naipes—y a este tiempo descubrió los que se han dicho, que en el cuello traía—, con los cuales he ganado mi vida por los mesones y ventas que hay desde Madrid aquí, jugando a la veintiuna; y aunque vuesa merced los vee tan astrosos y maltratados, usan de una maravillosa virtud con quien los entiende, que no alzará que no quede un as debajo; y si vuesa merced es versado en este juego, verá cuánta ventaja lleva el que sabe que tiene cierto un as a la primera carta, que le puede servir de un punto y de once; que con esta ventaja, siendo la veintiuna envidada, el dinero se queda en casa. Fuéra desto, aprendí de un cocinero de un cierto embajador ciertas tretas de quínolas, y del parar, a quien también llaman el andaboba, que así como vuesa merced se puede examinar en el corte de sus antiparas, así puedo yo ser maestro en la ciencia vilhanesca. Con esto voy seguro de no morir de hambre; porque aunque llegue a un cortijo, hay quien quiera pasar tiempo jugando un rato; y desto hemos de hacer luego la experiencia los dos: armemos la red, y veamos si cae algún pájaro destos arrieros que aquí hay: quiero decir que jugaremos los dos a la veintiuna, como si fuese de veras; que si alguno quisiere ser tercero, él será el primero que deje la pecunia.
—Sea en buen hora—dijo el otro—, y en merced muy grande tengo la que vuesa merced me ha hecho en darme cuenta de su vida, con que me ha obligado a que yo no le encubra la mía, que, diciéndola más breve, es ésta: Yo nací en el piadoso lugar puesto entre Salamanca y Medina del Campo: mi padre es sastre; enseñóme su oficio, y de corte de tisera, con mi buen ingenio, salté a cortar bolsas. Enfadóme la vida estrecha del aldea y el desamorado trato de mi madrastra; dejé mi pueblo, vine a Toledo a ejercitar mi oficio, y en él he hecho maravillas; porque no pende relicario de toca, ni hay faldriquera tan escondida, que mis dedos no visiten, ni mis tiseras no corten, aunque le estén guardando con los ojos de Argos. Y en cuatro meses que estuve en aquella ciudad, nunca fuí cogido entre puertas, ni sobresaltado ni corrido de corchetes, ni soplado de ningún cañuto; bien es verdad que habrá ocho días que una espía doble dió noticia de mi habilidad al Corregidor, el cual, aficionado a mis buenas partes, quisiera verme; mas yo, que, por ser humilde, no quiero tratar con personas tan graves, procuré de no verme con él, y así, salí de la ciudad con tanta priesa, que no tuve lugar de acomodarme de cabalgaduras ni blancas, ni de algún coche de retorno, o, por lo menos, de un carro.
—Eso se borre—dijo Rincón—; y pues ya nos conocemos, no hay para qué aquesas grandezas ni altiveces: confesemos llanamente que no teníamos blanca, ni aun zapatos.
—Sea así—respondió Diego Cortado, que así dijo el menor que se llamaba—; y pues nuestra amistad, como vuesa merced, señor Rincón, ha dicho, ha de ser perpetua, comencémosla con santas y loables ceremonias.
Y levantándose Diego Cortado abrazó a Rincón, y Rincón a él, tierna y estrechamente, y luego se pusieron los dos a jugar a la veintiuna con los ya referidos naipes, limpios de polvo y de paja, mas no de grasa y malicia, y a pocas manos alzaba también por el as Cortado como Rincón, su maestro.
Salió en esto un arriero a refrescarse al portal, y pidió que quería hacer tercio. Acogiéronle de buena gana, y en menos de media hora le ganaron doce reales y veinte y dos maravedís, que fue darle doce lanzadas y veinte y dos mil pesadumbres. Y creyendo el arriero que por ser muchachos no se lo defenderían, quiso quitalles el dinero; mas ellos, poniendo el uno mano a su media espada, y el otro al de las cachas amarillas, le dieron tanto que hacer, que a no salir sus compañeros, sin duda lo pasara mal.
A esta sazón pasaron acaso por el camino una tropa de caminantes a caballo, que iban a sestear a la venta del Alcalde, que está media legua más adelante; los cuales, viendo la pendencia del arriero con los dos muchachos, los apaciguaron, y les dijeron que si acaso iban a Sevilla, que se viniesen con ellos.
—Allá vamos—dijo Rincón—, y serviremos a vuesas mercedes en todo cuanto nos mandaren.
Y sin más detenerse saltaron delante de las mulas y se fueron con ellos, dejando al arriero agraviado y enojado, y a la ventera admirada de la buena crianza de los picaros: que les había estado oyendo su plática, sin que ellos advirtiesen en ello; y cuando dijo al arriero que les había oído decir que los naipes que traían eran falsos, se pelaba las barbas, y quisiera ir a la venta tras ellos a cobrar su hacienda, porque decía que era grandísima afrenta y caso de menos valer que dos muchachos hubiesen engañado a un hombrazo tan grande como él. Sus compañeros le detuvieron y aconsejaron que no fuese, siquiera por no publicar su inhabilidad y simpleza. En fin, tales razones le dijeron, que aunque no le consolaron, le obligaron a quedarse.
"... poniendo el uno mano a su media espada, y el otro al de las cachas amarillas....
En esto, Cortado y Rincón se dieron tan buena maña en servir a los caminantes, que lo más del camino los llevaban a las ancas; y aunque se les ofrecían algunas ocasiones de tentar las valijas de sus medios amos, no las admitieron, por no perder la ocasión tan buena del viaje de Sevilla, donde ellos tenían grande deseo de verse. Con todo esto, a la entrada de la ciudad, que fué a la oración, y por la puerta de la Aduana, a causa del registro y almojarifazgo que se paga, no se pudo contener Cortado de no cortar la valija o maleta que a las ancas traía un francés de la camarada; y así, con el de sus cachas le dió tan larga y profunda herida, que se parecían patentemente las entrañas, y sutilmente le sacó dos camisas buenas, un reloj de sol y un librillo de memoria, cosas que cuando las vieron no les dieron mucho gusto, y pensaron que pues el francés llevaba a las ancas aquella maleta, no la había de haber ocupado con tan poco peso como era el que tenían aquellas preseas, y quisieran volver a darle otro tiento; pero no lo hicieron, imaginando que ya lo habrían echado menos, y puesto en recaudo lo que quedaba.
Habíanse despedido antes que el salto hiciesen de los que hasta allí los habían sustentado, y otro día vendieron las camisas en el malbaratillo que se hace fuera de la puerta del Arenal, y dellas hicieron veinte reales. Hecho esto, se fueron a ver la ciudad, y admiróles la grandeza y suntuosidad de su mayor iglesia, el gran concurso de gente del río, porque era en tiempo de cargazón de flota y había en él seis galeras, cuya vista les hizo suspirar, y aun temer el día que sus culpas les habían de traer a morar en ellas de por vida. Echaron de ver los muchos muchachos de la esportilla que por allí anda ban; informáronse de uno de ellos qué oficio era aquél, y si era de mucho trabajo, y de qué ganancia. Un muchacho asturiano, que fué a quien le hicieron la pregunta, respondió que el oficio era descansado y de que no se pagaba alcabala, y que algunos días salía con cinco y con seis reales de ganancia, con que comía y bebía, y triunfaba como cuerpo de rey, libre de buscar amo a quien dar fianzas y seguro de comer a la hora que quisiese, pues a todas lo hallaba en el más mínimo bodegón de toda la ciudad.
No les pareció mal a los dos amigos la relación del asturianillo, ni les descontentó el oficio, por parecerles que venía como de molde para poder usar el suyo con cubierta y seguridad, por la comodidad, que ofrecía de entrar en todas las casas; y luego determinaron de comprar los instrumentos necesarios para usalle, pues lo podían usar sin examen. Y preguntándole al asturiano qué habían de comprar, les respondió que sendos costales pequeños, limpios o nuevos, y cada uno tres espuertas de palma, dos grandes y una pequeña, en las cuales se repartía la carne, pescado y fruta, y en el costal, el pan; y él les guió donde lo vendían, y ellos, del dinero de la galima del francés, lo compraron todo, y dentro de dos horas pudieran estar graduados en el nuevo oficio, según les ensayaban las esportillas y asentaban los costales. Avisóles su adalid de los puestos donde habían de acudir: por las maña nas, a la Carnicería y a la plaza de San Salvador; los días de pescado, a la Pescadería y a la Costanilla; todas las tardes, al río; los jueves, a la Feria.
Toda esta lición tomaron bien de memoria, y otro día bien de mañana se plantaron en la plaza de San Salvador, y apenas hubieron llegado, cuando los rodearon otros mozos del oficio, que por lo flamante de los costales y espuertas vieron ser nuevos en la plaza; hiciéronles mil preguntas, y a todas respondían con discreción y mesura. En esto llegaron un medio estudiante y un soldado, y convidados de la limpieza de las espuertas de los dos novatos, el que parecía estudiante llamó a Cortado, y el soldado a Rincón.
—En nombre sea de Dios—dijeron ambos.
—Para bien se comience el oficio—dijo Rincón—; que vuesa merced me estrena, señor mío.
A lo cual respondió el soldado:
—La estrena no será mala; porque estoy de ganancia, y soy enamorado, y tengo de hacer hoy banquete a unas amigas de mi señora.
—Pues cargue vuesa merced a su gusto; que ánimo tengo y fuerzas para llevarme toda esta plaza, y aun si fuere menester que ayude a guisarlo, lo haré de muy buena voluntad.
Contentóse el soldado de la buena gracia del mozo, y díjole que si quería servir, que él le sacaría de aquel abatido oficio; a lo cual respondió Rincón que, por ser aquel día el primero que le usaba, no le quería dejar tan presto, hasta ver, a lo menos, lo que tenía de malo y bueno; y cuando no le contentase, él daba su palabra de servirle a él antes que a un canónigo.
Rióse el soldado, cargóle muy bien, mostróle la casa de su dama para que la supiese de allí adelante y él no tuviese necesidad, cuando otra vez le enviase, de acompañarle. Rincón prometió fidelidad y buen trato; dióle el soldado tres cuartos, y en un vuelo volvió a la plaza, por no perder coyuntura; porque también desta diligencia les advirtió el asturiano, y de que cuando llevasen pescado menudo, conviene a saber, albures, o sardinas, o acedías, bien podían tomar algunas y hacerles la salva, siquiera para el gasto de aquel día; pero que esto había de ser con toda sagacidad y advertimiento, porque no se perdiese el crédito, que era lo que más importaba en aquel ejercicio.
Por presto que volvió Rincón, ya halló en el mismo puesto a Cortado. Llegóse Cortado a Rincón, y preguntóle que cómo le había ido. Rincón abrió la mano, y mostróle los tres cuartos. Cortado entró la suya en el seno, y sacó una bolsilla, que mostraba haber sido de ámbar en los pasados tiempos; venía algo hinchada, y dijo:
—Con ésta me pagó su reverencia del estudiante, y con dos cuartos; mas tomadla vos, Rincón, por lo que puede suceder.
Y habiéndosela ya dado secretamente, veis aquí do vuelve el estudiante trasudando y turbado de muerte, y viendo a Cortado, le dijo si acaso había visto una bolsa de tales y tales señas, que, con quince escudos de oro en oro y con tres reales de a dos y tantos maravedís en cuartos y en ochavos, le faltaba, y que le dijese si la había tomado en el entretanto que con él había andado comprando. A lo cual, con extraño disimulo, sin alterarse ni mudarse en nada, respondió Cortado:
—Lo que yo sabré decir desa bolsa es que no debe de estar perdida, si ya no es que vuesa merced la puso a mal recaudo.
—¡Eso es ello, pecador de mí—respondió el estudiante—-: que la debí de poner a mal recaudo, pues me la hurtaron!
—Lo mismo digo yo—dijo Cortado—-; pero para todo hay remedio, si no es para la muerte, y el que vuesa merced podrá tomar es, lo primero y principal, tener paciencia; que de menos nos hizo Dios, y un día viene tras otro día, y donde las dan las toman, y podría ser que, con el tiempo, el que llevó la bolsa se viniese a arrepentir, y se la volviese a vuesa merced sahumada.
—El sahumerio le perdonaríamos—respondió el estudiante.
Y Cortado prosiguió, diciendo:
—Cuanto más, que cartas de descomunión hay, paulinas, y buena diligencia, que es madre de la buena ventura; aunque, a la verdad, no quisiera yo ser el llevador de tal bolsa, porque si es que vuesa merced tiene alguna orden sacra, parecermehía a mí que había cometido algún grande incesto, o sacrilegio.
—Y ¡cómo que ha cometido sacrilegio!—dijo a esto el adolorido estudiante—-: que puesto que yo no soy sacerdote, sino sacristán de unas monjas, el dinero de la bolsa era del tercio de una capellanía, que me dio a cobrar un sacerdote amigo mío, y es dinero sagrado y bendito.
---Con su pan se lo coma—dijo Rincón a este punto—-: no le arriendo la ganancia; día de juicio hay, donde todo saldrá en la colada, y entonces se verá quién fué Callejas, y el atrevido que se atrevió a tomar, hurtar y menoscabar el tercio de la capellanía. Y ¿cuánto renta cada año? Dígame, señor sacristán, por su vida.
—Y ¿estoy yo agora para decir lo que renta?—respondió el sacristán con algún tanto de demasiada cólera—-. Decidme, hermano, si sabéis algo; si no, quedad con Dios; que yo la quiero hacer pregonar.
—No me parece mal remedio ése—dijo Cortado—-; pero advierta vuesa merced no se le olviden las señas de la bolsa, ni la cantidad puntualmente del dinero que va en ella; que si yerra en un ardite, no parecerá en días del mundo, y esto le doy por hado.
—No hay que temer deso—respondió el sacristán—-; que lo tengo más en la memoria que el tocar de las campanas: no me erraré en un átomo.
Sacó, en esto, de la faltriquera un pañuelo randado, para limpiarse el sudor, que llovía de su rostro como de alquitara, y apenas le hubo visto Cortado, cuando le marcó por suyo; y habiéndose ido el sacristán, Cortado le siguió y le alcanzó en las Gradas, donde le llamó y le retiró a una parte, y allí le comenzó a decir tantos disparates, al modo de los que llaman bernardinas, cerca del hurto y hallazgo de su bolsa, dándole buenas esperanzas, sin concluir jamás razón que comenzase, que el pobre sacristán estaba embelesado escuchándole; y como no acababa de entender lo que le decía, hacía que le replicase la razón dos y tres veces. Estábale mirando Cortado a la cara atentamente, y no quitaba los ojos de sus ojos; el sacristán le miraba de la misma manera, estando colgado de sus palabras. Este tan grande embelesamiento dió lugar a Cortado que concluyese su obra, y sutilmente le sacó el pañuelo de la faldriquera, y despidiéndose del, le dijo que a la tarde procurase de verle en aquel mismo lugar, porque él traía entre ojos que un muchacho de su mismo oficio y de su mismo tamaño, que era algo ladroncillo, le había tomado la bolsa, y que él se obligaba a saberlo, dentro de pocos o de muchos días.
Con esto se consoló algo el sacristán, y se despidió de Cortado, el cual se vino donde estaba Rincón, que todo lo había visto un poco apartado dél; y más abajo estaba otro mozo de la esportilla, que vió todo lo que había pasado y como Cortado daba el pañuelo a Rincón, y llegándose a ellos, les dijo:
—Díganme, señores galanes: ¿voacedes son de mala entrada, o no?
—No entendemos esa razón, señor galán—respondió Rincón.
—¿Que no entrevan, señores murcios?—respondió el otro.
—No somos de Teba ni de Murcia—dijo Cortado—-; si otra cosa quiere, dígala; si no, váyase con Dios.
—¿No lo entienden?—dijo el mozo—-. Pues yo se lo daré a entender, y a beber, con una cuchara de plata: quiero decir, señores, si son vuesas mercedes ladrones. Mas no sé para qué les pregunto esto, pues sé ya que lo son. Mas díganme: ¿cómo no han ido a la aduana del señor Monipodio?
—¿Págase en esta tierra almojarifazgo de ladrones, señor galán?—dijo Rincón.
—Si no se paga—respondió el mozo—-, a lo menos, regístranse ante el señor Monipodio, que es su padre, su maestro y su amparo; y así, les aconsejo que vengan conmigo a darle la obediencia, o si no, no se atrevan a hurtar sin su señal, que les costará caro.
—Yo pensé—dijo Cortado—que el hurtar era oficio libre, horro de pecho y alcabala, y que si se paga, es por junto, dando por fiadores a la garganta y a las espaldas; pero pues así es, y en cada tierra hay su uso, guardemos nosotros el désta, que por ser la más principal del mundo, será el más acertado de todo él; y así, puede vuesa merced guiarnos donde está ese caballero que dice; que ya yo tengo barruntos, según lo que he oído decir, que es muy calificado y generoso, y además hábil en el oficio.
—Y ¡cómo que es calificado, hábil y suficiente!—respondió el mozo—-. Eslo tanto, que en cuatro años que ha que tiene el cargo de ser nuestro mayor y padre, no han padecido sino cuatro en el finibusterrae, y obra de treinta envesados, y de sesenta y dos en gurapas.
—En verdad, señor—dijo Rincón—-, que así entendemos esos nombres como volar.
—Comencemos a andar; que yo los iré declarando por el camino—respondió el mozo—-, con otros algunos, que así les conviene saberlos como el pan de la boca.
Y así, les fue diciendo y declarando otros nombres de los que ellos llaman germanescos o de la germanía, en el discurso de su plática, que no fue corta, porque el camino era largo. En el cual dijo Rincón a su guía:
—¿Es vuesa merced por ventura ladrón?
—Sí—respondió él—-, para servir a Dios y a las buenas gentes, aunque no de los muy cursados; qué todavía estoy en el año del noviciado.
A lo cual respondió Cortado:
— Cosa nueva es para mí que haya ladrones en el mundo para servir a Dios y a la buena gente,
A lo cual respondió el mozo:
—Señor, yo no me meto en tologías; lo que sé es que cada uno en su oficio puede alabar a Dios, y más con la orden que tiene dada Monipodio a todos sus ahijados.
—Sin duda—dijo Rincón—-, debe de ser buena y santa, pues hace que los ladrones sirvan a Dios.
—Es tan santa y buena—replicó el mozo—-, que no sé yo si se podrá mejorar en nuestro arte. El tiene ordenado que de lo que hurtáremos demos alguna cosa o limosna para el aceite de la lámpara de una imagen muy devota que está en esta ciudad, y en verdad que hemos visto grandes cosas por esta buena obra; porque los días pasados dieron tres ansias a un cuatrero que había murciado dos roznos, y con estar flaco y cuartanario, así las sufrió sin cantar como si fueran nada; y esto atribuimos los del arte a su buena devoción, porque sus fuerzas no eran bastantes para sufrir el primer desconcierto del verdugo. Y porque sé que me han de preguntar algunos vocablos de los que he dicho, quiero curarme en salud y decírselo antes que me lo pregunten. Sepan voacedes que cuatrero es ladrón de bestias; ansia es el tormento; roznos, los asnos, hablandlo con perdón; primer desconcierto es las primeras vueltas de cordel que da el verdugo. Tenemos más: que rezamos nuestro rosario, repar tido en toda la semana, y muchos de nosotros no hurtamos el día del viernes, ni tenemos conversación con mujer que se llame María el día del sábado.
—De perlas me parece todo eso—dijo Cortado—-; pero dígame vuesa merced: ¿hácese otra restitución o otra penitencia más de la dicha?
—En eso de restituir no hay que hablar—respondió el mozo—-, porque es cosa imposible, por las muchas partes en que se divide lo hurtado, llevando cada uno de los ministros y contrayentes la suya; y así, el primer hurtador no puede restituir nada; cuanto más que no hay quien nos mande hacer esta diligencia, a causa que nunca nos confesamos, y si sacan cartas de excomunión, jamás llegan a nuestra noticia, porque jamás vamos a la iglesia al tiempo que se leen, si no es los días de jubileo, por la ganancia que nos ofrece el concurso de la mucha gente.
—Y ¿con solo eso que hacen, dicen esos señores—dijo Cortadillo—que su vida es santa y buena?
—Pues ¿qué tiene de malo?—replicó el mozo—-. ¿No es peor ser hereje, o renegado, o matar a su padre y madre?
—Todo es malo—replicó Cortado—-. Pero pues nuestra suerte ha querido que entremos en esta cofradía, vuesa merced alargue el paso; que muero por verme con el señor Monipodio, de quien tantas virtudes se cuentan.
— Presto se les cumplirá su deseo—dijo el mozo—-; que ya desde aquí se descubre su casa. Vuesas mercedes se queden a la puerta; que yo entraré a ver si está desocupado, porque éstas son las horas cuando él suele dar audiencia.
—En buena sea—dijo Rincón.
Y adelantándose un poco el mozo, entró en una casa no muy buena, sino de muy mala apariencia, y los dos se quedaron esperando a la puerta. El salió luego y los llamó, y ellos entraron, y su guía les mandó esperar en un pequeño patio ladrillado, que de puro limpio y aljimifrado parecía que vertía carmín de lo más fino. Al un lado estaba un banco de tres pies, y al otro un cántaro desbocado, con un jarrillo encima, no menos falto que el cántaro; a otra parte estaba una estera de enea, y en el medio, un tiesto, que en Sevilla llaman maceta de albahaca.
Miraban los mozos atentamente las alhajas de la casa en tanto que bajaba el señor Monipodio; y viendo que tardaba, se atrevió Rincón a entrar en una sala baja, de dos pequeñas que en el patio estaban, y vio en ella dos espadas de esgrima y dos broqueles de corcho, pendientes de cuatro clavos, y una arca grande, sin tapa ni cosa que la cubriese, y otras tres esteras de enea tendidas por el suelo. En la pared frontera estaba pegada a la pared una imagen de Nuestra Señora, destas de mala estampa, y más abajo pendía una esportilla de palma, y, encajada en la pared, una almofía blanca, por do coligió Rincón que la esportilla servía de cepo para la limosna, y la almofía de tener agua bendita; y así era la verdad.
Estando en esto, entraron en la casa dos mozos de hasta veinte años cada uno, vestidos de estudiantes, y de allí a poco, dos de la esportilla y un ciego; y sin hablar palabra ninguno, se comenzaron a pasear por el patio. No tardó mucho, cuando entraron dos viejos de bayeta, con antojos, que los hacían graves y dignos de ser respectados, con sendos rosarios de sonadoras cuentas en las manos. Tras ellos entró una vieja halduda y, sin decir nada, se fue a la sala, y habiendo tomado agua bendita, con grandísima devoción se puso de rodillas ante la imagen, y a cabo de una buena pieza, habiendo primero besado tres veces el suelo, y levantado los brazos y los ojos al cielo otras tantas, se levantó y echó su limosna en la esportilla, y se salió con los demás al patio. En resolución, en poco espacio se juntaron en el patio hasta catorce personas de diferentes trajes y oficios. Llegaron también de los postreros dos bravos y bizarros mozos, de bigotes largos, sombreros de grande falda, cuellos a la valona, medias de color, ligas de gran balumba, espadas de más de marca, sendos pistoletes cada uno en lugar de dagas, y sus broqueles pendientes de la pretina; los cuales, así como entraron, pusieron los ojos de través en Rincón y Cortado, a modo de que los extrañaban y no conocían. Y llegándose a ellos, les preguntaron si eran de la cofradía. Rincón respondió que sí, y muy servidores de sus mercedes.
Llegóse en esto la sazón y punto en que bajó el señor Monipodio, tan esperado como bien visto de toda aquella virtuosa compañía. Parecía de edad de cuarenta y cinco a cuarenta y seis años, alto de cuerpo, moreno de rostro, cejijunto, barbinegro y muy espeso; los ojos, hundidos. Venía en camisa, y por la abertura de delante descubría un bosque: tanto era el vello que tenía en el pecho. Traía cubierta una capa de bayeta casi hasta los pies, en los cuales traía unos zapatos enchancletados; cubríanle las piernas unos zaragüelles de lienzo anchos, y largos hasta los tobillos; el sombrero era de los de la hampa, campanudo de copa y tendido de falda; atravesábale un tahalí por espalda y pecho, a do colgaba una espada ancha y corta, a modo de las del perrillo; las manos eran cortas, pelosas, y los dedos gordos, y las uñas hembras y remachadas; las piernas no se le parecían; pero los pies eran descomunales, de anchos y juanetudos. En efeto, él representaba el más rústico y disforme bárbaro del mundo. Bajó con él la guía de los dos, y trabándoles de las manos, los presentó ante Monipodio, diciéndole:
—Estos son los dos buenos mancebos que a vuesa merced dije, mi sor Monipodio: vuesa merced los desamine, y verá como son dignos de entrar en nuestra congregación.
—Eso haré yo de muy buena gana—respondió Monipodio.
Olvidábaseme de decir que así como Monipodio bajó, al punto todos los que aguardándole estaban le hicieron una profunda y larga reverencia, excepto los dos bravos, que a medio mogate, como entre ellos se dice, le quitaron los capelos, y luego volvieron a su paseo por una parte del patio, y por la otra se paseaba Monipodio, el cual preguntó a los nuevos el ejercicio, la patria y padres.
A lo cual Rincón respondió:
—El ejercicio ya está dicho, pues venimos ante vuesa merced; la patria no me parece de mucha importancia decilla, ni los padres tampoco, pues no se ha de hacer información para recebir algún hábito honroso.
A lo cual respondió Monipodio:
—Vos, hijo mío, estáis en lo cierto, y es cosa muy acertada encubrir eso que decís; porque si la suerte no corriere como debe, no es bien que quede asentado debajo de signo de escribano, ni en el libro de las entradas: "Fulano, hijo de Fulano, vecino de tal parte, tal día le ahorcaron, o le azotaron", o otra cosa semejante, que, por lo menos, suena mal a los buenos oídos; y así, torno a decir que es provechoso documento callar la patria, encubrir los padres y mudar los propios nombres; aunque para entre nosotros no ha de haber nada encubierto, y sólo ahora quiero saber los nombres de los dos.
Rincón dijo el suyo, y Cortado también.
—Pues de aquí adelante—respondió Monipodio—quiero y es mi voluntad que vos, Rincón, os llaméis Rinconete, y vos, Cortado, Cortadillo, que son nombres que asientan como de molde a vuestra edad y a nuestras ordenanzas, debajo de las cuales cae tener necesidad de saber el nombre de los padres de nuestros cofrades, porque tenemos de costumbre de hacer decir cada año ciertas misas por las ánimas de nuestros difuntos y bienhechores, sacando el estupendo para la limosna de quien las dice de alguna parte de lo que se garbea; y estas tales misas, así dichas como pagadas, dicen que aprovechan a las tales ánimas por vía de naufragio; y caen debajo de nuestros bienhechores el procurador que nos defiende, el guro que nos avisa, el verdugo que nos tiene lástima, el que, cuando uno de nosotros va huyendo por la calle y detrás le van dando voces: "¡Al ladrón, al ladrón! ¡Deténganle, deténganle!", se pone en medio, y se opone al raudal de los que le siguen, diciendo: "¡Déjenle al cuitado; que harta mala ventura lleva! ¡Allá se lo haya; castigúele su pecado!" También lo son nuestros padres y madres, que nos echan al mundo, y el escribano, que si anda de buena, no hay delito que sea culpa, ni culpa a quien se dé mucha pena; y por todos estos que he dicho hace nuestra hermandad cada año su adversario con la mayor popa y soledad que podemos.
—Por cierto—dijo Rinconete—(ya confirmado con este nombre) que es obra digna del altísimo y profundísimo ingenio que hemos oído decir que vuesa merced, señor Monipodio, tiene. Pero nuestros padres aún gozan de la vida; si en ella les alcanzáremos, daremos luego noticia a esta felicísima y abogada confraternidad, para que por sus almas se les haga ese naufragio o tormenta, o ese adversario que vuesa merced dice, con la solenidad y pompa acostumbrada, si ya no es que se hace mejor con popa y soledad, como también apuntó vuesa merced en sus razones.
---Así se hará, o no quedará de mí pedazo—replicó Monipodio.
Y llamando a la guía, le dijo:
—Ven acá, Ganchuelo: ¿están puestas las postas?
—Sí—dijo la guía, que Ganchuelo era su nombre—: tres centinelas quedan avizorando, y no hay que temer que nos cojan de sobresalto.
—Volviendo, pues, a nuestro propósito—-dijo Monipodio—, querría saber, hijos, lo que sabéis, para daros el oficio y ejercicio conforme a vuestra inclinación y habilidad.
—Yo—respondió Rinconete—sé un poquito de floreo de Vilhán: entiéndeseme el retén; tengo buena vista para el humillo; juego bien de la sola, de las cuatro y de las ocho; no se me va por pies el raspadillo, verrugueta y el colmillo; éntrome por la boca de lobo como por mi casa, y atreveríame a hacer un tercio de chanza mejor que un tercio de Nápoles, y a dar un astillazo al más pintado mejor que dos reales prestados.
—Principios son—dijo Monipodio—; pero todas ésas son flores de cantueso viejas, y tan usadas, que no hay principiante que no las sepa, y sólo sirven para alguno que sea tan blanco, que se deje matar de media noche abajo; pero andará el tiempo, y vernos hemos; que asentando sobre ese fundamento media docena de liciones, yo espero en Dios que habéis de salir oficial famoso, y aun quizá maestro.
—Todo será para servir a vuesa merced y a los señores cofrades—respondió Rinconete.
—Y vos, Cortadillo, ¿qué sabéis?—preguntó Monipodio.
—Yo—respondió Cortadillo—sé la treta que dicen mete dos y saca cinco, y sé dar tiento a una faldriquera con mucha puntualidad y destreza.
—¿Sabéis más?—dijo Monipodio.
—No, por mis grandes pecados—respondió Cortadillo.
—No os aflijáis, hijo—replicó Monipodio—; que a puerto y a escuela habéis llegado donde ni os anegaréis ni dejaréis de salir muy bien aprovechado en todo aquello que más os conviniere. Y en esto del ánimo, ¿cómo os va, hijos?
—¿Cómo nos ha de ir—respondió Rinconete—sino muy bien? Ánimo tenemos para acometer cualquiera empresa de las que tocaren a nuestro arte y ejercicio.
— Está bien—replicó Monipodio—; pero querría yo que también le tuviésedes para sufrir, si fuese menester, media docena de ansias sin desplegar los labios y sin decir "esta boca es mía".
—Ya sabemos aquí—dijo Cortadillo—, señor Monipodio, qué quiere decir ansias, y para todo tenemos ánimo; porque no somos tan ignorantes, que no se nos alcance que lo que dice la lengua paga la gorja, y harta merced le hace el cielo al hombre atrevido, por no darle otro título, que le deja en su lengua su vida o su muerte; ¡como si tuviese más letras un no que un sí!
—¡Alto, no es menester más!—dijo a esta sazón Monipodio—-. Digo que sola esta razón me convence, me obliga, me persuade y me fuerza a que desde luego asentéis por cofrades mayores, y que se os sobrelleve el año del noviciado.
—Yo soy dese parecer—dijo uno de los bravos.
Y a una voz lo confirmaron todos los presentes, que toda la plática habían estado escuchando, y pidieron a Monipodio que desde luego les concediese y permitiese gozar de las inmunidades de su cofradía, porque su presencia agradable y su buena plática lo merecía todo. Él respondió que, por dalles contento a todos, desde aquel punto se las concedía, advirtiéndoles que las estimasen en mucho, porque eran no pagar media nata del primer hurto que hiciesen; no hacer oficios menores en todo aquel año, conviene a saber: no llevar recaudo de ningún her mano mayor a la cárcel; piar el turco puro; hacer banquete cuando, como y adonde quisieren, sin pedir licencia a su mayoral; entrar a la parte desde luego con lo que entrujasen los hermanos mayores, como uno dellos, y otras cosas que ellos tuvieron por merced señaladísima, y los demás, con palabras muy comedidas, las agradecieron mucho.
Estando en esto, entró un muchacho corriendo y desalentado, y dijo:
—El alguacil de los vagabundos viene encaminado a esta casa; pero no trae consigo gurullada.
—Nadie se alborote—dijo Monipodio—; que es amigo y nunca viene por nuestro daño. Sosiéguense; que yo le saldré a hablar.
Todos se sosegaron, que ya estaban algo sobresaltados, y Monipodio salió a la puerta, donde halló al alguacil, con el cual estuvo hablando un rato, y luego volvió a entrar Monipodio, y preguntó:
—¿A quién le cupo hoy la plaza de San Salvador?
—A mí—dijo el de la guía.
—Pues ¿cómo—dijo Monipodio—no se me ha manifestado una bolsilla de ámbar que esta mañana en aquel paraje dio al traste con quince escudos de oro y dos reales de a dos y no sé cuántos cuartos?
—Verdad es—dijo la guía—que hoy faltó esa bolsa; pero yo no la he tomado, ni puedo imaginar quién la tomase.
—¡No hay levas conmigo!—replicó Monipo dio—. ¡La bolsa ha de parecer, porque la pide el alguacil, que es amigo y nos hace mil placeres al año!
Tornó a jurar el mozo que no sabía della. Comenzóse a encolerizar Monipodio, de manera, que parecía que fuego vivo lanzaba por los ojos, diciendo:
—¡Nadie se burle con quebrantar la más mínima cosa de nuestra orden; que le costará la vida! Manifiéstese la cica; y si se encubre por no pagar los derechos, yo le daré enteramente lo que le toca, y pondré lo demás de mi casa, porque en todas maneras ha de ir contento el alguacil.
Tornó de nuevo a jurar el mozo, y a maldecirse, diciendo que él no había tomado tal bolsa, ni vístola de sus ojos; todo lo cual fue poner más fuego a la cólera de Monipodio, y dar ocasión a que toda la junta se alborotase, viendo que se rompían sus estatutos y buenas ordenanzas.
Viendo Rinconete, pues, tanta disensión y alboroto, parecióle que sería bien sosegalle y dar contento a su mayor, que reventaba de rabia; y aconsejándose con su amigo Cortadillo, con parecer de entrambos, sacó la bolsa del sacristán, y dijo:
—Cese toda cuestión, mis señores; que ésta es la bolsa, sin faltarle nada de lo que el alguacil manifiesta; que hoy mi camarada Cortadillo le dio alcance, con un pañuelo que al mismo dueño se le quitó, por añadidura.
Luego sacó Cortadillo el pañizuelo y lo puso de manifiesto; viendo lo cual Monipodio, dijo:
— Cortadillo el Bueno (que con este título y renombre ha de quedar de aquí adelante) se quede con el pañuelo, y a mi cuenta se quede la satisfación deste servicio; y la bolsa se ha de llevar el alguacil; que es de un sacristán pariente suyo, y conviene que se cumpla aquel refrán que dice: "No es mucho que a quien te da la gallina entera tú des una pierna della." Más disimula este buen alguacil en un día que nosotros le podemos ni solemos dar en ciento.
De común consentimiento aprobaron todos la hidalguía de los dos modernos, y la sentencia y parecer de su mayoral, el cual salió a dar la bolsa al alguacil, y Cortadillo se quedó confirmado con el renombre de Bueno, bien como si fuera don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, que arrojó el cuchillo por los muros de Tarifa para degollar a su único hijo.
Al volver que volvió Monipodio, entraron con él dos mozas; y así como entraron se fueron con los brazos abiertos, la una a Chiquiznaque y la otra a Maniferro, que éstos eran los nombres de los dos bravos; y el de Maniferro era porque traía una mano de hierro, en lugar de otra que le habían cortado por justicia. Ellos las abrazaron con grande regocijo, y les preguntaron si traían algo con que mojar la canal maestra.
"Tornó de nuevo a jurar el mozo, y a maldecirse, diciendo que él no había tomado tal bolsa...."
—Pues ¿había de faltar, diestro mío?—respondió la una, que se llamaba la Gananciosa—. No tardará mucho a venir Silbatillo tu trainel, con la ca nasta de colar atestada de lo que Dios ha sido servido.
Y así fue verdad, porque al instante entró un muchacho con una canasta de colar cubierta con una sábana.
Alegráronse todos con la entrada de Silbato, y al momento mandó sacar Monipodio una de las esteras de enea que estaban en el aposento, y tenderla en medio del patio. Y ordenó asimismo que todos se sentasen a la redonda; porque en cortando la cólera, se trataría de lo que más conviniese. A esto dijo la vieja que había rezado a la imagen:
—Hijo Monipodio, yo no estoy para fiestas, porque tengo un vaguido de cabeza dos días ha, que me trae loca; y más, que antes que sea medio día tengo de ir a cumplir mis devociones y poner mis candelicas a Nuestra Señora de las Aguas y al santo Crucifijo de Santo Agustín, que no lo dejaría de hacer si nevase y ventiscase. A lo que he venido es que anoche el Renegado y Centopiés llevaron a mi casa una canasta de colar, algo mayor que la presente, llena de ropa blanca, y en Dios y en mi ánima que venía con su cernada y todo, que los pobretes no debieron de tener lugar de quitalla, y venían sudando la gota tan gorda, que era una compasión verlos entrar ijadeando y corriendo agua de sus rostros, que parecían unos angélicos. Dijéronme que iban en seguimiento de un ganadero que había pe sado ciertos carneros en la Carnicería, por ver si le podían dar un tiento en un grandísimo gato de reales que llevaba. No desembanastaron ni contaron la ropa, fiados en la entereza de mi conciencia; y así me cumpla Dios mis buenos deseos y nos libre a todos de poder de justicia, que no he tocado a la canasta.
—Todo se le cree, señora madre—respondió Monipodio—, y estése así la canasta; que yo iré allá a boca de sorna, y haré cala y cata de lo que tiene, y daré a cada uno lo que le tocare, bien y fielmente, como tengo de costumbre.
—Sea como vos lo ordenáredes, hijo—respondió la vieja—; y porque se me hace tarde, dadme un traguillo, si tenéis, para consolar este estómago, que tan desmayado anda de continuo.
—Y ¡qué tal lo beberéis, madre mía!—dijo a esta sazón la Escalanta, que así se llamaba la compañera de la Gananciosa.
Y descubriendo la canasta, se manifestó una bota a modo de cuero, con hasta dos arrobas de vino, y un corcho que podría caber sosegadamente y sin apremio hasta una azumbre; y llenándole la Escalanta, se le puso en las manos a la devotísima vieja, la cual, tomándole con ambas manos, y habiéndole soplado un poco de espuma, dijo:
—Mucho echaste, hija Escalanta; pero Dios dará fuerzas para todo.
Y aplicándosele a los labios, de un tirón, sin to mar aliento, lo trasegó del corcho al estómago, y acabó diciendo:
—De Guadalcanal es, y aun tiene un es no es de yeso el señorico. Dios te consuele, hija, que así me has consolado; sino que temo que me ha de hacer mal, porque no me he desayunado.
—No hará, madre—respondió Monipodio—, porque es trasañejo.
—Así lo espero yo en la Virgen—respondió la vieja.
Y añadió:
—Mirad, niñas, si tenéis acaso algún cuarto para comprar las candelicas de mi devoción, porque con la priesa y gana que tenía de venir a traer las nuevas de la canasta, se me olvidó en casa la escarcela.
—Yo sí tengo, señora Pipota—(que éste era el nombre de la buena vieja), respondió la Gananciosa—: tome: ahí le doy dos cuartos; del uno le ruego que compre una para mí, y se la ponga al señor San Miguel; y si puede comprar dos, ponga la otra al señor San Blas, que son mis abogados. Quisiera qué pusiera otra a la señora Santa Lucía, que, por lo de los ojos, también le tengo devoción; pero no tengo trocado; mas otro día habrá donde se cumpla con todos.
-Muy bien harás, hija, y mira no seas miserable; que es de mucha importancia llevar la persona las candelas delante de sí antes que se muera, y no aguardar a que las pongan los herederos o albaceas.
—Bien dice la madre Pipota—dijo la Escalanta.
Y echando mano a la bolsa, le dió otro cuarto, y le encargó que pusiese otras dos candelicas a los santos que a ella le pareciesen que eran de los más aprovechados y agradecidos. Con esto, se fue la Pipota, diciéndoles:
—Holgaos, hijos, ahora que tenéis tiempo: que vendrá la vejez y lloraréis en ella los ratos que perdistes en la mocedad, como yo los lloro; y encomendadme a Dios en vuestras oraciones; que yo voy a hacer lo mismo por mí y por vosotros, porque El nos libre y conserve en nuestro trato peligroso sin sobresaltos de justicia.
Y con esto se fué.
Ida la vieja, se sentaron todos alrededor de la estera, y la Gananciosa tendió la sábana por manteles; y lo primero que sacó de la cesta fué un grande haz de rábanos y hasta dos docenas de naranjas y limones, y luego una cazuela grande llena de tajadas de bacallao frito; manifestó luego medio queso de Flandes, y una olla de famosas aceitunas, y un plato de camarones, y gran cantidad de cangrejos, con su llamativo de alcaparrones ahogados en pimientos, y tres hogazas blanquísimas de Gandul. Serían los del almuerzo hasta catorce, y ninguno dellos dejó de sacar su cuchillo de cachas amarillas, si no fue Rinconete, que sacó su media espada. A los dos viejos de bayeta y a la guía tocó el escanciar con el corcho de colmena.
En poco espacio vieron el fondo de la canasta y las heces del cuero. Los viejos bebieron sine fine; los mozos, adunia; las señoras, los quiries. Los viejos pidieron licencia para irse; diósela luego Monipodio, encargándoles viniesen a dar noticia con toda puntualidad de todo aquello que viesen ser útil y conveniente a la comunidad. Respondieron que ellos se lo tenían bien en cuidado, y fuéronse. Rinconete, que de suyo era curioso, pidiendo primero perdón y licencia, preguntó a Monipodio que de qué servían en la cofradía dos personajes tan canos, tan graves y apersonados. A lo cual respondió Monipodio que aquéllos, en su germanía y manera de hablar se llamaban abispones, y que servían de andar de día por toda, la ciudad, abispando en qué casas se podía dar tiento de noche, y en seguir los que sacaban dinero de la Contratación, o Casa de la Moneda, para ver dónde lo llevaban, y aun dónde lo ponian; y, en sabiéndolo, tanteaban la groseza del muro de la tal casa, y diseñaban el lugar más conveniente para hacer los guzpátaros (que son agujeros) para facilitar la entrada. En resolución, dijo que era la gente de más o de tanto provecho que había en su hermandad, y que de todo aquello que por su industria se hurtaba llevaban el quinto, como su Majestad de los tesoros; y que, con todo esto, eran hombres de mucha verdad, y muy honrados, y de buena vida y fama, temerosos de Dios y de sus conciencias, que cada día oían misa con extraña devoción....
—Y hay dellos tan comedidos, especialmente estos dos qué de aquí se van agora, que se contentan con mucho menos de lo que por nuestros aranceles les toca. Otros dos que hay son palanquines; los cuales, como por momentos mudan casas, saben las entradas y salidas de todas las de la ciudad, y cuáles pueden ser de provecho, y cuáles no.
—Todo me parece de perlas—dijo Rinconete—-, y querría ser de algún provecho a tan famosa cofradía.
—Siempre favorece el cielo a los buenos deseos—dijo Monipodio—-. Todos se vayan a sus puestos, y nadie se mude hasta el domingo, que nos juntaremos en este mismo lugar y se repartirá todo lo que hubiere caído, sin agraviar a nadie. A Rinconete el Bueno y a Cortadillo se les da por distrito hasta el domingo desde la Torre del Oro, por defuera de la ciudad, hasta el postigo del Alcázar, donde se puede trabajar a sentadillas con sus flores; que yo he visto a otros de menos habilidad que ellos salir cada día con más de veinte reales en menudos, amén de la plata, con una baraja sola, y ésa, con cuatro naipes menos. Este distrito os enseñará Ganchoso; y aunque os extendáis hasta San Sebastián y San Telmo, importa poco, puesto que es justicia mera mixta que nadie se entre en pertenencia de nadie.
Besáronle la mano los dos por la merced que se les hacía, y ofreciéronse a hacer su oficio bien y fielmente, con toda diligencia y recato.
Sacó en esto Monipodio un papel doblado de la capilla de la capa, donde estaba la lista de los cofrades, y dijo a Rinconete que pusiese allí su nombre y el de Cortadillo; mas porque no había tintero, le dió el papel para que lo llevase, y en el primer boticario los escribiese, poniendo: "Rinconete y Cortadillo, cofrades; noviciado, ninguno; Rinconete, floreo; Cortadillo, bajón", y el día, mes y año, callando padres y patria. Estando en esto, entró uno de los viejos abispones, y dijo:
—Vengo a decir a vuesas mercedes cómo agora topé en Gradas a Lóbulo el de Málaga, y díceme que viene mejorado en su arte, de tal manera, que con naipe limpio quitará el dinero al mismo Satanás; y que por venir maltratado no viene luego a registrarse y a dar la sólita obediencia; pero que el domingo será aquí sin falta.
—Siempre se me asentó a mí—dijo Monipodio—que este Lóbulo había de ser único en su arte, porque tiene las mejores y más acomodadas manos para ello que se pueden desear; que para ser uno buen oficial en su oficio, tanto ha menester los buenos instrumentos con que le ejercita como el ingenio con que le aprende.
—También topé—dijo el viejo—, en una casa de posadas, en la calle de Tintores, al Judío, en hábito de clérigo, que se ha ido a posar allí, por tener noti cia que dos peruleros viven en la misma casa, y querría ver si pudiese trabar juego con ellos, aunque fuese de poca cantidad; que de allí podría venir a mucha. Dice también que el domingo no faltará de la junta, y dará cuenta de su persona.
—Ese Judío también—dijo Monipodio—es gran sacre y tiene gran conocimiento. Días ha que no le he visto, y no lo hace bien. Pues a fe que si no se enmienda, que yo le deshaga la corona; que no tiene más órdenes el ladrón que las tiene el Turco, ni sabe más latín que mi madre. ¿Hay más de nuevo?
—No—dijo el viejo—; a lo menos, que yo sepa.
—Pues sea en buen hora—dijo Monipodio—. Voacedes tomen esta miseria—y repartió entre todos hasta cuarenta reales, y el domingo no falte nadie; que no faltará nada de lo corrido.
Todos le volvieron las gracias; tornáronse a abrazar la Escalanta con Maniferro y la Gananciosa con Chiquiznaque, concertando que aquella noche se viesen en la de la Pipota, donde también dijo que iría Monipodio, al registro de la canasta de colar. Abrazó a Rinconete y a Cortadillo, y echándolos su bendición, los despidió, encargándoles que no tuviesen jamás posada cierta ni de asiento, porque así convenía a la salud de todos. Acompañólos Ganchoso hasta enseñarles sus puestos, acordándoles que no faltasen el domingo, porque, a lo que creía y pensaba, Monipodio había de leer una lición de posición acerca de las cosas concernientes a su arte. Con esto se fué, dejan do a los dos compañeros admirados de lo que habían visto.
Era Rinconete, aunque muchacho, de muy buen entendimiento, y tenía un buen natural; y como había andado con su padre en el ejercicio de las bulas, sabía algo de buen lenguaje, y dábale gran risa pensar en los vocablos que había oído a Monipodio y a los demás de su compañía y bendita comunidad, y más cuando por decir per modum sufragii, había dicho por modo de naufragio; y que sacaban el estupendo, por decir estipendio, de lo que se garbeaba, con otras mil impertinencias a éstas y a otras peores semejantes y, sobre todo, le admiraba la seguridad que tenían, y la confianza, de irse al cielo con no faltar a sus devociones, estando tan llenos de hurtos, y de homicidios, y de ofensas de Dios. Y reíase de la otra buena vieja de la Pipota, que dejaba la canasta de colar, hurtada, guardada en su casa, y se iba a poner las candelillas de cera a las imágenes, y con ello pensaba irse al cielo calzada y vestida. No menos le suspendía la obediencia y respeto que todos tenían a Monipodio, siendo un hombre bárbaro, rústico y desalmado. Consideraba los ejercicios en que todos se ocupaban; finalmente, exageraba cuán descuidada justicia había en aquella tan famosa ciudad de Sevilla, pues casi al descubierto vivía en ella gente tan perniciosa y tan contraria a la misma naturaleza, y propuso en sí de aconsejar a su compañero no durasen mucho en aquella vida tan perdida y tan mala, tan inquieta, y tan libre y disoluta. Pero, con todo esto, llevado de sus pocos años y de su poca experiencia, pasó con ella adelante algunos meses, en los cuales le sucedieron cosas que piden más luenga escritura, y así, se deja para otra ocasión contar su vida y milagros, con los de su maestro Monipodio, y otros sucesos de aquéllos de la infame academia, que todos serán de grande consideración, y que podrán servir de ejemplo y aviso a los que los leyeren.
DON FRANCISCO DE QUEVEDO
HISTORIA DE LA VIDA DEL BUSCÓN LLAMADO DON PABLOS,
EJEMPLO DE VAGAMUNDOS Y ESPEJO DE TACAÑOS
Yo, señor, soy de Segovia; mi padre se llamó Clemente Pablo, natural del mismo pueblo, Dios le tenga en el cielo. Fué, tal como todos dicen, de oficio barbero; aunque eran tan altos sus pensamientos, que se corría le llamasen así, diciendo que él era tundidor de mejillas y sastre de barbas. Dicen que era de muy buena cepa, y, según él bebía, es cosa para creer. Estuvo casado con Aldonza Saturno de Rebollo, hija dé Octavio de Rebollo Codillo, y nieta de Lépido Ziuraconte.
Sospechábase en el pueblo que no era cristiana vieja, aunque ella, por los nombres de sus pasados, esforzaba que descendía de los del triunvirato romano. Tuvo muy buen parecer, y fué tan cele brada, que en el tiempo que ella vivió, todos los copleros de España hacían cosas sobre ella. Padeció grandes trabajos recién casada, y aun después, porque malas lenguas daban en decir que mi padre metía el dos de bastos por sacar el as de oros. Probósele que, a todos los que hacía la barba a navaja, mientras les daba con el agua, levantándoles la cara para el lavatorio, un mi hermano de siete años les sacaba, muy a su salvo, los tuétanos de las faltriqueras. Murió el angelico de unos azotes que le dieron en la cárcel. Sintiólo mucho mi padre, por ser tal, que robaba a todos las voluntades.
Por estas y otras niñerías estuvo preso; aunque, según a mí me han dicho después, salió de la cárcel con tanta honra, que le acompañaron docientos cardenales, sino que a ninguno llamaban señoría. Las damas diz que salían por verle a las ventanas, que siempre pareció bien mi padre, a pie y a caballo. No lo digo por vanagloria, que bien saben todos cuán ajeno soy de ella.
"...un mi hermano de siete años les sacaba, muy a su salvo, los tuétanos de las faltriqueras!"
Hubo grandes diferencias entre mis padres sobre a quién había de imitar en el oficio; mas yo, que siempre tuve pensamientos de caballero desde chiquito, nunca me apliqué ni a uno ni a otro. Decíame mi padre: "Hijo, esto de ser ladrón no es arte mecánica, sino liberal. Quien no hurta en el mundo, no vive. Muchas veces me hubieran llevado en el asno si hubiera cantado en el potro. Nunca confesé sino cuando lo manda la santa madre Iglesia; y así, con esto y mi oficio, he sustentado a tu madre lo más honradamente que he podido," "¿Cómo me habéis sustentado?—dijo ella con gran cólera, que le pesaba que yo no me aplicase a bruja—-; yo he sustentado a vos y sacádoos de las cárceles con industria, y mantenido en ellas con dinero. Si no confesábades, ¿era por vuestro ánimo o por las bebidas que os daba? Gracias a mis botes. Y si no temiera que me habían de oír en la calle, yo dijera lo de cuando entré por la chimenea y os saqué por el tejado." Más dijera, según se había encolerizado, si con los golpes que daba no se le desensartara un rosario de muelas de difuntos que tenía. Metidos en paz, yo les dije que quería aprender virtud resueltamente, e ir con mis buenos pensamientos adelante, y así que me pusiesen a la escuela; pues sin leer ni escribir no se podía hacer nada. Parecióles bien lo que yo decía, aunque lo gruñeron un rato entre los dos. Mi madre tornó a ocuparse en ensartar las muelas, y mi padre fue a rapar a uno—así lo dijo él—-, no sé si la barba o la bolsa; yo me quedé solo, dando gracias a Dios que me hizo hijo de padres tan hábiles y celosos de mi bien.
A otro día ya estaba comprada cartilla y hablado al maestro. Fuí, señor, a la escuela; recibióme muy alegre, diciendo que tenía cara de hombre agudo y de buen entendimiento. Yo con esto, por no desmentirle, di muy bien la lección aquella mañana. Sentábame el maestro junto a sí; ganaba la palmatoria los más días por venir antes, e íbame el postrero por hacer algunos recaudos de "señora", que así llamábamos a la mujer del maestro. Tenialos a todos, con semejantes caricias, obligados. Favoreciéronme demasiado, y con esto creció la envidia entre los demás niños.
Llegábame de todos a los hijos de caballeros, y particularmente a un hijo de don Alonso Coronel de Zúñiga, con el cual juntaba meriendas. Ibame a su casa los días de fiesta, y acompañábale cada día. Los otros, o que porque no les hablaba, o que porque les parecía demasiado punto el mío, siempre andaban poniéndome nombres tocantes al oficio de mi padre. Unos me llamaban don Navaja, otros me llamaban don Ventosa; cuál decía, por disculpar la envidia, que a mi padre le habían llevado a su casa para que la limpiase de ratones, por llamarle gato; otros me decían zape cuando pasaba, y otros, miz. Al fin, con todo cuanto andaban royéndome los zancajos, nunca me faltaron, gloria a Dios; y aunque yo me corría, disimulábalo.
Todo lo sufría, hasta que un día un muchacha se atrevió a decirme a voces hijo de una hechicera; lo cual, como lo dijo tan claro, que aún si lo dijera turbio no me pesara, agarré una piedra, y descalabréle. Fuíme a mi madre corriendo, que me escondiese, y contéla el caso todo. A lo cual me dijo: "Muy bien hiciste; bien muestras quién eres; sólo anduviste errado en no preguntarle quién se lo dijo." Cuando yo oí esto, como siempre tuve altos pensamientos, volvíme a ella, y dije: "¡Ah madre!, pésame sólo de que algunos de los que allí se hallaron me dijeron que no tenía que ofenderme por ello, y no les pregunté si era por la poca edad del que lo había dicho." Y dijo: "¡Ah, noramaza! Muy bien hiciste en quebrarle la cabeza; que esas cosas, aunque sean verdad, no se han de decir." Yo con esto quedé como muerto, determinado de coger lo que pudiese en breves días, y salirme de casa mi padre: tanto pudo conmigo la vergüenza. Disimulé; fué mi padre, curó al muchacho, apaciguólo y volvióme a la escuela, adonde el maestro me recibió con ira; hasta que oyendo la causa de la riña, se le aplacó el enojo, considerando la razón que había tenido.
En todo esto, siempre me visitaba el hijo de don Alonso de Zúñiga, que se llamaba don Diego, porque me quería bien naturalmente; que yo trocaba con él los peones, si eran mejores los míos; dábale de lo que almorzaba, y no le pedía de lo que él comía; comprábale estampas, enseñábale a luchar, jugaba con él al toro y entreteníale siempre. Así que, los más días, sus padres del caballerito, viendo cuánto le regocijaba mi compañía, rogaban a los míos que me dejasen con él a comer, cenar y aun dormir los más días. Sucedió, pues, uno de los primeros que hubo escuela por Navidad, que viniendo por la calle un hombre que se llamaba Poncio de Aguirre, el cual tenía fama de confeso, que el don Dieguito me dijo: "Hola, llámale Poncio Pilato, y he a correr." Yo, por darle gusto a mi amigo, llámele Poncio Pilato. Corrióse tanto el hombre, que dio a correr tras mí con un cuchillo desnudo para matarme; de suerte que fue forzoso meterme huyendo en casa de mi maestro, dando gritos. Entró el hombre tras mí, y defendióme el maestro, asegurando que no me matase, asegurándole de castigarme. Y así luego, aunque la señora le rogó por mí, movida de lo que la servía, no aprovechó: mandóme desatacar, y azotándome, decía tras cada azote: "¿Diréis más Poncio Pilato?" Yo respondía: "No, señor"; y respondílo dos veces a otros tantos azotes que me dio. Quedé tan escarmentado de decir Poncio Pilato, y con tal miedo que, mandándome el día siguiente decir, como solía, las oraciones a los otros, llegando al Credo—advierta vuestra merced la inocente malicia—-, al tiempo de decir: "Padeció so el poder de Poncio Pilato", acordándome que no había de decir más Pilato, dije: "Padeció so el poder de Poncio de Aguírre." Dióle al maestro tanta risa de oír mi simplicidad y de ver el miedo que le había tenido, que me abrazó y me dio una firma en que me perdonaba de azotes las dos primeras veces que los mereciese. Con esto fuí yo muy contento.
"Yo, viendo que era batalla nabal, y que no se había de hacer a caballo, quise apearme...."
Llegó, por no enfadar, el tiempo de las Carnestolendas, y trazando el maestro de que se holgasen sus muchachos, ordenó que hubiese rey de gallos. Echamos suerte entre doce señalados por él, y cú pome a mí. Avisé a mis padres que me buscasen galas. Llegó el día, y salí en un caballo ético y mustio; el cual, más de manco que de bien criado, iba haciendo reverencias. Las ancas eran de mona, muy sin cola; el pescuezo, de camello y más largo; la cara no tenía sino un ojo, aunque overo. Echábansele de ver las penitencias, ayunos y fullerías del que le tenía a cargo en el ganarle la ración. Yendo, pues, en él dando vuelcos a un lado y otro, como fariseo en paso, y los demás niños todos aderezados tras mí, pasamos por la plaza—aún de acordarme tengo miedo—y llegando cerca de las mesas de las verdureras—Dios nos libre—agarró mi caballo un repollo a una, y ni fué visto ni oído cuando lo despachó a las tripas, a las cuales, como iba rodando por el gaznate, no llegó en mucho tiempo. La bercera, que siempre son desvergonzadas, empezó a dar voces. Llegáronse otras, y con ellas pícaros; y alzando zanahorias garrofales, nabos frisones, berengenas y otras legumbres, empiezan a dar tras el pobre rey. Yo, viendo que era batalla nabal, y que no se había de hacer a caballo, quise apearme; mas tal golpe me le dieron al caballo en la cara, que yendo a empinarse, cayó conmigo. Ya mis muchachos se habían armado de piedras, y daban tras las verdureras, y descalabraron dos. Vino la justicia, prendió a berceras y muchachos, mirando a todos qué armas tenían y quitándoselas, porque habían sacado algunos dagas de las que traían por gala y, otros espa das pequeñas. Unos se fueron por una parte y otros por otra, y yo me vine a mi casa desde la plaza. Entré en ella, conté a mis padres el suceso, y me quisieron maltratar. Yo echaba la culpa a las dos leguas de rocín exprimido que me dieron. Procuraba satisfacerlos, y viendo que no bastaba, salíme de su casa y fuíme a ver a mi amigo don Diego, al cual hallé en la suya descalabrado y a sus padres resueltos por ello de no le enviar más a la escuela. Allí tuve nuevas de cómo mi rocín, viéndose en aprieto, se esforzó a tirar dos coces, y de puro flaco se desgajaron las ancas y se quedó en el lodo bien cerca de acabar. Viéndome, pues, con una fiesta revuelta, un pueblo escandalizado, los padres corridos, mi amigo descalabrado y el caballo muerto, determiné de no volver más a la escuela ni a casa de mis padres, sino de quedarme a servir a don Diego, o por decir mejor, en su compañía, y esto con gran gusto de sus padres, por el que daba mi amistad al niño. Escribí a mi casa que yo no había menester ir más a la escuela, porque, aunque no sabía bien escribir, para mi intento de ser caballero lo que se requería era escribir mal; y así, desde luego renunciaba la escuela por no darles gasto y su casa para ahorrarlos de pesadumbre. Avisé de dónde y cómo quedaba y que hasta que me diesen licencia no los vería.
Determinó, pues, don Alonso de poner a su hijo en pupilaje: lo uno por apartarle de su regalo y lo otro por ahorrar de cuidado. Supo que había en Se govia un licenciado Cabra que tenía por oficio de criar hijos de caballeros, y envió allá el suyo, y a mí para que le acompañase y sirviese. Entramos primer domingo después de Cuaresma en poder de la hambre viva, porque tal laceria no admite encarecimiento. El era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, pelo bermejo. No hay más que decir para quien sabe el refrán que dice, ni gato ni perro de aquella color. Los ojos avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos; tan hundidos y oscuros, que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, entre Roma y Francia; las barbas, descoloridas de miedo de la boca vecina, que, de pura hambre, parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanos y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate, largo como avestruz, con una nuez tan salida, que parecía se iba a buscar de comer, forzada de la necesidad; los brazos, secos; las manos, como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo, parecía tenedor, o compás con dos piernas largas y flacas; su andar, muy despacio; si se descomponía algo, se sonaban los huesos como tablillas de San Lázaro; la habla, ética; la barba, grande, por nunca se la cortar por no gastar; y él decía que era tanto el asco que le daba ver las manos del barbero por su cara, que antes se dejaría matar que tal permitiese; cortábale los cabellos un muchacho de los otros. Traía un bonete los días de sol, ratonado, con mil gateras y guarniciones de grasa; era de cosa que fué paño, con los fondos de caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no se sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por de cuero de rana; otros, decían que era ilusión; desde cerca parecía negra y desde lejos, entre azul; llevábala sin ceñidor; no traía cuello ni puños; parecía, con los cabellos largos y la sotana mísera y corta, lacayuelo de la muerte. Cada zapato podía ser tumba de un filisteo. ¿Pues su aposento? Aun arañas no había en él; conjuraba los ratones, de miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba; la cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado, por no gastar las sábanas; al fin, era archipobre y protomiseria.
A poder, pues, de éste vine, y en su poder estuve con don Diego; y la noche que llegamos nos señaló nuestro aposento, y nos hizo una plática corta, que, por no gastar tiempo, no duró más. Díjonos lo que habíamos de hacer; estuvimos ocupados en esto hasta la hora del comer; fuimos allá; comían los amos primero, y servíamos los criados. El refitorio era un aposento como un medio celemín; sustentábanse a una mesa hasta cinco caballeros. Yo miré lo primero por los gatos, y como no los vi, pregunté que cómo no los había a un criado antiguo; el cual, de flaco, estaba ya con la marca del pupilaje. Comenzó a enternecerse, y dijo: "¿Cómo gatos? Pues ¿quién os ha dicho a vos que los gatos son amigos de ayunos y penitencias? En lo gordo se os echa de ver que sois nuevo." Yo con esto me comencé a afligir, y más me asusté cuando advertí que todos los que de antes vivían en el pupilaje estaban como leznas, con unas caras que parecían se afeitaban con diaquilón. Sentóse el licenciado Cabra, y echó la bendición; comieron una comida eterna, sin principio ni fin; trajeron caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer una de ellas peligraba Narciso más que en la fuente. Noté con la ansia que los macilentos dedos se echaban a nado tras un garbanzo huérfano y solo que estaba en el suelo. Decía Cabra a cada sorbo: "Cierto que no hay tal cosa como la olla, digan lo que dijeren; todo lo demás es vicio y gula." Acabando de decirlo echóse su escudilla a pechos, diciendo: "Todo esto es salud y otro tanto ingenio." "¡Mal ingenio te acabe!"—decía yo entre mí, cuando vi un mozo medio espíritu y tan flaco, con un plato de carne en las manos, que parecía la había quitado de sí mismo. Venía un nabo aventurero a vueltas, y dijo el maestro: "¿Nabos hay? No hay para mí perdiz que se le iguale; coman, que me huelgo de verlos comer." Repartió a cada uno tan poco carnero, que en lo que se les pegó a las uñas y se les quedó entre los dientes pienso que se consumió todo, dejando descomulgadas las tripas de participantes. Cabra los miraba, y decía: "Coman, que mozos son y me huelgo de ver sus buenas ganas." Mire vuestra merced qué buen aliño para los que bostezaban de hambre.
Acabaron de comer, y quedaron unos mendrugos en la mesa y en el plato unos pellejos y unos huesos, y dijo el pupilero: "Quede esto para los criados, que también han de comer; no lo queramos todo." "¡Mal te haga Dios y lo que has comido, lacerado—decía yo—, que tal amenaza has hecho a mis tripas!" Echó la bendición, y dijo: "Ea, demos lugar a los criados, y váyanse hasta las dos a hacer ejercicio, no les haga mal lo que han comido." Entonces yo no pude tener la risa, abriendo toda la boca. Enojóse mucho, y díjome que aprendiese modestia, y tres o cuatro sentencias viejas; y fuése. Sentámonos nosotros, y yo, que vi el negocio mal parado, y que mis tripas pedían justicia, como más sano y más fuerte que los otros, arremetí al plato, como arremetieron todos, y emboquéme de tres mendrugos los dos y el un pellejo. Comenzaron los otros a gruñir; al ruido entró Cabra diciendo: "Coman como hermanos, pues Dios les da con qué; no riñan, que para todos hay." Volvióse al sol, y dejónos solos. Certifico a vuestra merced que había uno de ellos que se llamaba Surre, vizcaíno, tan olvidado ya de cómo y por dónde se comía, que una cortecilla que le cupo la llevó dos veces a los ojos, y entre tres no la acertaba a encaminar de las manos a la boca. Y pedí yo de beber, que los otros por estar casi ayunos no lo hacían, y diéronme un vaso con agua; y no le hube bien llegado a la boca, cuando, como si fuera lavatorio de comunión, me le quitó el mozo espiritado que dije. Levantéme con grande dolor de mi ánima, viendo que estaba en casa donde se brindaba a las tripas y no hacían la razón.
Entretuvímonos hasta la noche. Decíame don Diego que qué haría él para persuadir a las tripas que habían comido, porque no lo querían creer. Andaban vaguidos en aquella casa, como en otras ahitos. Llegó la hora del cenar—pasóse la merienda en blanco—; cenamos mucho menos, y no carnero, sino un poco del nombre del maestro, cabra asada. Mire vuestra merced si inventara el diablo tal cosa. "Es cosa muy saludable y provechosa—decía—cenar poco para tener el estómago desocupado", y citaba una retahila de médicos infernales. Decía alabanzas de la dieta, y que ahorraba un hombre sueños pesados, sabiendo que en su casa no se podía soñar otra cosa sino que comían. Cenaron, y cenamos todos, y no cenó ninguno. Fuímonos a acostar y en toda la noche yo ni don Diego pudimos dormir; él trazando de quejarse a su padre y pedir que le sacase de allí, y yo aconsejándole que lo hiciese, aunque últimamente le dije: "Señor, ¿sabéis de cierto si estamos vivos? Porque yo imagino que en la pendencia de las berceras nos mataron, y que somos ánimas que estamos en el purgatorio; y así, es por demás decir que nos saque vuestro padre si alguno no nos reza en alguna cuenta de perdones, y nos saca de penas con alguna misa en altar privilegiado."
Entre estas pláticas y un poco que dormimos se llegó la hora del levantar; dieron las seis y llamó Cabra a lección; fuimos y oímosla todos. Ya mis espaldas e ijadas nadaban en el jubón, y las piernas daban lugar a otras siete calzas; los dientes sacaba con tobas, amarillos, vestidos de desesperación. Mandáronme leer el primer nominativo a los otros, y era de manera mi hambre, que me desayuné con la mitad de las razones, comiéndomelas. Y todo esto creerá quien supiere lo que me contó el mozo de Cabra, diciendo que él había visto meter en casa, recién venido, dos frisones y que a dos días salieron caballos ligeros, que volaban por los aires; y que vió meter mastines pesados, y a tres horas salir galgos corredores; y que una cuaresma topó muchos hombres, unos metiendo los pies, otros las manos, otros todo el cuerpo, en el portal de su casa, esto por muy gran rato, y mucha gente que venia a solo aquello de fuera; y preguntando un día que qué sería, porque Cabra se enojó de que se lo preguntase, respondió que los unos tenían sarna y los otros sabañones, y que en metiéndolos en aquella casa morían de hambre, de manera que no comían de allí adelante. Certificóme que era verdad. Yo, que conocí la casa, lo creo; dígolo porque no parezca encarecimiento lo que dije. Y volviendo a la lec ción, dióla, y decorámosla. Y proseguí siempre en aquel modo de vivir que he contado.
Sólo añadió a la comida tocino en la olla, por no sé qué que le dijeron un día de hidalguía allá fuera. Y así, tenía una caja de hierro, toda agujerada como salvadera; abríala y metía un pedazo de tocino en ella, que la llenase, y tornábala a cerrar y metíala colgando de un cordel en la olla para que la diese algún zumo por los agujeros, y quedase para otro día el tocino. Parecióle después que en esto se gastaba mucho, y dió en sólo asomar el tocino en la olla.
Quéjamonos nosotros a don Alonso, y el Cabra le hacía creer que lo hacíamos por no asistir al estudio. Con esto no nos valían plegarias.
Pasamos este trabajo hasta la cuaresma que vino, y a la entrada de ella estuvo malo un compañero. Cabra, por no gastar, detuvo el llamar médico hasta que ya él pedía confesión más que otra cosa. Llamó entonces un platicante, el cual le tomó el pulso y dijo que la hambre le había ganado por la mano el matar a aquel hombre. Diéronle el Sacramento, y el pobre cuando lo vio—que había un día que no hablaba—, dijo: "Señor mío Jesucristo, necesario ha sido el veros entrar en esta casa para persuadirme que no es el infierno." Imprimiéronsele estas razones en el corazón; murió el pobre mozo; enterrámosle muy pobremente, por ser forastero, y quedamos todos asombrados. Divulgóse por el pueblo el caso atroz; llegó a oídos de don Alonso Coronel, y como no tenía otro hijo, desengañóse de las crueldades de Cabra, y comenzó a dar más crédito a las razones de dos sombras, que ya estábamos reducidos a tan miserable estado. Vino a sacarnos del pupilaje, y teniéndonos delante, nos preguntaba por nosotros. Y tales nos vió, que sin aguardar a más, trató muy mal de palabras al licenciado Vigilia. Nos mandó llevar en dos sillas a casa; despedímonos de los compañeros, que nos seguían con los deseos y con los ojos, haciendo las lástimas que hace el que queda en Argel viendo venir rescatados sus compañeros.
Entramos en casa de don Alonso, y echáronnos en dos camas con mucho tiento, porque no se nos desparramasen los huesos de puro roídos del hambre. Trujeron exploradores que nos buscasen los ojos por toda la cara; y a mí, como había sido mi trabajo mayor y la hambre imperial—al fin me trataban como a criado—, en buen rato no me los hallaron. Trajeron médicos, y mandaron que nos limpiasen con zorras el polvo de las bocas, como a retablos, y bien lo éramos de duelos. Ordenaron que nos dieran sustancias y pistos. ¿Quién podrá contar a la primera almendrada y a la primera ave las luminarias que pusieron las tripas de contento? Todo les hacía novedad. Mandaron los doctores que por nueve días no hablase nadie recio en nuestro aposento, porque, como estaban huecos los es tómagos, sonaba en ellos el eco de cualquier palabra. Con estas y otras prevenciones comenzamos a volver y cobrar algún aliento; pero nunca podían las quijadas desdoblarse, que estaban magras y alforzadas; y así se dió orden que cada día nos las ahormasen con la mano de un almirez. Levantámonos a hacer pinicos dentro de cuarenta días, y aún parecíamos sombras de otros hombres; y en lo amarillo y flaco, simiente de los padres del yermo. Todo el día gastábamos en dar gracias a Dios por habernos rescatado de la captividad del fierísimo Cabra, y rogábamos al Señor que ningún cristiano cayese en sus manos crueles. Si acaso comiendo alguna vez nos acordábamos de las mesas del mal pupilero, se nos aumentaba el hambre tanto, que acrecentábamos la costa aquel día. Solíamos contar a don Alonso cómo al sentarse a la mesa nos decía males de la gula, no habiéndola él conocido en su vida; y reíase mucho cuando le contábamos que en el mandamiento de No matarás metía perdices y capones y todas las cosas que no quería darnos, y, por el consiguiente, la hambre, pues parecía que tenía por pecado no sólo el matarla sino el herirla, según regateaba el comer.
Pasáronsenos tres meses en esto, y al cabo trató don Alonso de enviar a su hijo a Alcalá a estudiar lo que le faltaba de la gramática. Díjome a mí si quería ir, y yo, que no deseaba otra cosa sino salir de tierra donde se oyese el nombre de aquel malvado perseguidor de estómagos, ofrecí de servir a su hijo como vería. Y con esto dióle un criado para mayordomo que le gobernase la casa y le tuviese cuenta del dinero del gasto, que nos daba remitido en cédulas para un hombre que se llamaba Julián Merluza. Pusimos el hato en el carro de un Diego Monje; era una media camita y otra de cordeles con ruedas, para meterla debajo de la otra mía y del mayordomo, que se llamaba Aranda; cinco colchones y ocho sábanas, ocho almohadas, cuatro tapices, un cofre con ropa blanca y las demás zarandajas de casa. Nosotros nos metimos en un coche, salimos a la tardecita antes de anochecer una hora, y llegamos a la media noche a la venta de Viveros.
Llegamos—por no enfadar—a la villa, y apeámonos en un mesón.
Antes que anocheciese salimos del mesón a la casa que nos tenían alquilada, que estaba fuera la puerta de Santiago, patio de estudiantes donde hay muchos juntos, aunque ésta teníamos entre tres moradores diferentes no más. Era el dueño y huésped de los que creen en Dios por cortesía o sobre falso; moriscos los llaman en el pueblo, que hay muy grande cosecha desta gente y de la que tiene sobradas narices y sólo les faltan para oler tocino; digo esto, confesando la mucha nobleza que hay entre la gente principal, que cierto es mucha. Recibióme, pues, el huésped con peor cara que si yo fuera el Santísimo Sacramento; ni sé si lo hizo porque le comenzásemos a tener respeto, o por ser natural suyo de ellos, que no es mucho tenga mala condición quien no tiene buena ley. Pusimos nuestro hato, acomodamos las camas y lo demás, y dormimos aquella noche.
Amaneció, y helos aquí en camisa todos los estudiantes de la posada a pedir la patente a mi amo. El, que no sabía lo que era, preguntóme que qué querían. Y yo, entre tanto, por lo que podía suceder, me acomodé entre dos colchones, y sola tenía la media cabeza fuera, que parecía tortuga. Pidieron dos docenas de reales; diéronselos, y con tanto comenzaron una grita del diablo, diciendo: "Viva el compañero y sea admitido en nuestra amistad; goce de las preeminencias de antiguo; pueda tener sarna, andar manchado y padecer el hambre que todos." Y con esto—¡mire vuestra merced qué privilegios!—volaron por la escalera, y al momento nos vestimos nosotros y tomamos el camino para escuelas. A mi amo apadrináronle unos colegiales conocidos de su padre, y entró en su general; pero yo, que había de entrar en otro diferente, fuí solo.
"Haz como vieres", díce el refrán, y dice bien. De puro considerar en él, vine a resolverme de ser bellaco con los bellacos, y más, si pudiese, que todos. No sé si salí con ello; pero yo aseguro a vuestra merced que hice todas las diligencias posibles. Lo primero, yo puse pena de la vida a todos los cochinos que se entrasen en casa y a los pollos del ama que del corral pasasen a mi aposento. Sucedió que un día entraron dos puercos, del mejor garbo que vi en mi vida; yo estaba jugando con los otros criados, y oílos gruñir, y dije a uno: "Vaya y vea quién gruñe en nuestra casa." Fué, y dijo que dos marranos. Yo, que lo oí, me enojé tanto, que salí allá diciendo que era mucha bellaquería y atrevimiento venir a gruñir a casas ajenas; y diciendo esto, envaséle a cada uno—a puerta cerrada—la espada por los pechos, y luego los acogotamos; y por que no se oyese el ruido que hacían, todos a la par dábamos grandísimos gritos como que cantábamos, y así espiraron en nuestras manos. Sacamos los vientres, recogimos la sangre, y a puros jergones los medio chamuscamos en el corral; de suerte, que cuando vinieron los amos, ya estaba hecho, aunque mal, si no eran los vientres, que no estaban acabadas de hacer las morcillas; y no por falta de prisa, que, en verdad, que por no detenernos las habíamos dejado la mitad de lo que ellas tenían dentro. Supo, pues, don Diego y el mayordomo el caso, y enojáronse conmigo de manera que obligaron a los huéspedes—que de risa no se podían valer—a volver por mí. Preguntábame don Diego qué había de decir si me acusaban y me prendía la justicia. A lo cual respondí yo que me llamaría a hambre, que es el sagrado de los estudiantes, y si no me valiese diría: "Como se entraron sin llamar a la puerta, como en su casa, entendí que eran nuestros." Riéronse todos de las disculpas. Dijo don Diego: "A fe, Pablos, que os hacéis a las armas." Era de notar ver a mi amo tan quieto y religioso, y a mí tan travieso, que el uno exageraba al otro o la virtud o el vicio.
No cabía el ama de contento porque éramos los dos al mohino; habíamonos conjurado contra la despensa. Yo era el despensero Judas, que desde entonces heredé no sé qué amor a la sisa en este oficio. La carne no guardaba en manos del ama la orden retórica, porque siempre iba de más a menos; y la vez que podía echar cabra u oveja, no echaba carnero; y si había huesos, no entraba cosa magra; y así, hacía unas ollas tísicas, de puro flacas; unos caldos, que, a estar cuajados, se podían hacer sartas de cristal de [ellos]. Las dos Pascuas, por diferenciar, para que estuviese gorda la olla, solía echar unos cabos de velas de sebo. Ella decía—cuando yo estaba delante—a mi amo: "Por cierto que no hay servicio como el de Pablicos, si él no fuese travieso; consérvele vuestra merced, que bien se le puede sufrir el ser travieso por la fidelidad; lo mejor de la plaza trae." Yo, por el consiguiente, decía de ella lo mismo, y así teníamos engañada la casa.
Si se compraba aceite de por junto, carbón o tocino, escondíamos la mitad, y cuando nos parecía decíamos el ama y yo: "Modérense vuestras merce des en el gasto, que, en verdad, si se dan tanta priesa, no baste la hacienda del rey. Ya se ha acabado el aceite o el carbón; pero tal priesa se han dado.... Mande vuestra merced comprar más, y a fe que se ha de lucir de otra manera; denle dineros a Pablicos." Dábanmelos, y vendíamosle la mitad sisada, y de lo que comprábamos sisábamos la otra mitad; y esto era en todo.
Y si alguna vez compraba yo algo en la plaza, por lo que valía reñíamos adrede el ama y yo. Ella decía como enojada: "No me digáis a mí, Pablicos, que éstos son dos cuartos de ensalada." Yo hacía que lloraba, daba muchas voces e íbame a quejar a mi señor, y apretábale para que enviase el mayordomo a saberlo para que callase el ama, que adrede porfiaba. Iba, y sabíalo; y con esto asegurábamos al amo y al mayordomo, y quedaban agradecidos, en mí a las obras, y en el ama al celo de su bien. Decíale don Diego muy satisfecho de mí: "Así fuese Pablicos aplicado a virtud como es de fiar; toda esta es la lealtad. ¿Qué me decís vos de él?"
Tuvímoslos desta manera chupándolos como sanguijuelas; yo apostaré que vuestra merced se espanta de la suma del dinero al cabo del año. Ello mucho debió de ser, pero no obligaba a restitución, porque el ama confesaba y comulgaba de ocho a ocho días, y nunca le vi rastro ni imaginación de volver nada ni hacer escrúpulo, con ser, como digo, una santa. Traía un rosario al cuello siempre, tan gran de, que era más barato llevar un haz de leña a cuestas. Dél colgaban muchos manojos de imágenes, cruces y cuentas de pendones. En todas decía que rezaba cada noche por sus bienhechores. Contaba ciento y tantos santos abogados suyos; y en verdad que había menester todas estas ayudas para desquitarse de lo que pecaba. Acostábase en un aposento encima del de mi amo, y rezaba más oraciones que un ciego. Entraba por el Justo Juez y acababa con el Conquibules—que ella decía—y en la Salve rehila. Decía las oraciones en latín adrede por fingirse inocente; de suerte que nos despedazábamos de risa todos.
Pensará vuestra merced que siempre estuvimos en paz; pues ¿quién ignora que dos amigos, como sean codiciosos, si están juntos se han de procurar engañar el uno al otro? Sucedió que el ama criaba gallinas en el corral; yo tenía gana de comerla una. Tenía doce o trece pollos grandecitos, y un día, estando dándoles de comer, comenzó a decir: "Pío, pío", y esto muchas veces. Yo, que oí el modo de llamar, comencé a dar voces y dije: "¡Oh cuerpo de Dios, ama! ¿No hubiérades muerto un hombre o hurtado moneda al rey, cosa que yo pudiera callar, y no haber hecho lo que habéis hecho, que es imposible dejarlo de decir? ¡Mal aventurado de mí y de vos!" Ella, como vió hacer extremos con tantas veras, turbóse algún tanto, y dijo: "Pues, Pablos, ¿yo qué he hecho? Si te burlas, no me aflijas más."
"¿Cómo burlas? ¡Pesia tal! Yo no puedo dejar de dar parte a la Inquisición, porque si no, estaré descomulgado." "¿Inquisición?—dijo ella; y empezó a temblar—. Pues ¿yo he hecho algo contra la fe?" "Eso es lo peor—decía yo—; no os burléis con los inquisidores; decid que fuistes una boba y que os desdecís, y no neguéis la blasfemia y desacato." Ella con el miedo dijo: "Pues, Pablos, y si me desdigo, ¿castigaránme?" Respondíle: "No, porque sólo os absolverán." "Pues y me desdigo—dijo—; pero dime tú de qué, que no lo sé yo; así tengan buen siglo las ánimas de mis difuntos." "¿Es posible que no advertisteis en qué? No sé cómo lo diga, que el desacato es tal que me acobarda. ¿No os acordáis que dijisteis a los pollos "pío, pío", y es Pío nombre de los papas, vicarios de Dios y cabezas de la Iglesia? Papaos el pecadillo." Ella quedó como muerta, y dijo: "Pablos, yo lo dije, pero no me perdone Dios si fue con malicia. Yo me desdigo; mira si hay camino para que se pueda excusar al acusarme, que me moriré si me veo en la Inquisición." "Como vos juréis en una ara consagrada que no tuvisteis malicia, yo, asegurado, podré dejar de acusaros; pero será necesario que esos dos pollos que comieron llamándoles con el santísimo nombre de los pontífices me los deis para que yo los lleve a un familiar que los queme, porque están dañados; y tras esto habéis de jurar de no reincidir de ningún modo." Ella muy contenta dijo: "Pues llévate los, Pablos, ahora, que mañana juraré." Yo, por más asegurarla, dije: "Lo peor es, Cípriana—que así se llamaba—, que yo voy a riesgo, porque me dirá el familiar si soy yo, y entre tanto me podrá hacer vejación. Llevadlos vos, que yo, pardiez que temo." "Pablos—decía cuando me oyó esto—, por amor de Dios, que te duelas de mí y los lleves, que a ti no te puede suceder nada." Dejéla que me rogase mucho, y, al fin—que era lo que quería—, determinéme, tomé los pollos, escondílos en mi aposento, hice que iba fuera, y volví diciendo: "Mejor se ha hecho que yo pensaba; quería el familiarcito venir tras mí a ver la mujer, pero lindamente le he engañado y negociado." Dióme mil abrazos y otro pollo para mí, y yo fuíme con él adonde había dejado sus compañeros, e hice hacer en casa de un pastelero una cazuela, y comímelos con los demás criados. Supo el ama y don Diego la maraña, y toda la casa la celebró en extremo. El ama llegó tan al cabo de pena que por poco se muriera, y de enojo no estuvo a dos dedos—a no tener por qué callar—de decir mis sisas.
Yo, que me vi ya mal con el ama, y que no la podía burlar, busqué nuevas trazas de holgarme, y di en lo que llaman los estudiantes correr o rebatar. En esto me sucedieron cosas graciosísimas; porque yendo una noche a las nueve—que ya anda poca gente—por la calle Mayor, vi una confitería y en ella un cofín de pasas sobre el tablero; y tomando vuelo, vine, agarréle, di a correr; el confitero dió tras mí y otros criados y vecinos. Yo, como iba cargado, vi que, aunque les llevaba ventaja, me habían de alcanzar; y al volver una esquina, sentéme sobre él y envolví la capa a la pierna de presto, y empecé a decir con la pierna en la mano: "¡Ay! Dios se lo perdone, que me ha pisado," Oyéronme esto, y en llegando empecé a decir: "Por tan alta señora", y lo ordinario de "la hora menguada y aire corrupto". Ellos se venían desgañitando, y dijéronme: "¿Va por ahí un hombre, hermano?" "Ahí delante, que aquí me pisó, loado sea el Señor."
Arrancaron con esto y fuéronse; quedé solo, llevéme el cofín a casa, conté la burla y no quisieron creer que había sucedido así, aunque lo celebraron mucho, por lo cual los convidé para otra noche a verme correr cajas. Vinieron, y advirtiendo ellos que estaban las cajas dentro la tienda, y que no las podía tomar con la mano, tuviéronlo por imposible; y más por estar el confitero—por lo que le sucedió al otro de las pasas—alerta. Vine, pues, y metiendo, doce pasos atrás de la tienda, mano a la espada, que era un estoque recio, partí corriendo, y en llegando a la tienda, dije: "¡Muera!", y tiré una estocada por delante del confitero; él se dejó caer pidiendo confesión, y yo di la estocada en una caja; y la pasé y saqué en la espada, y me fuí con ella. Quedáronse espantados de ver la traza, y muertos de risa de que el confitero decía que le mirasen, que sin duda le habían herido, y que era un hombre con quien había tenido palabras; pero volviendo los ojos, como quedaron desbaratadas al salir de la caja las que estaban al derredor, echó de ver la burla, y empezó a santiguarse, que no pensó acabar. Confieso que nunca me supo cosa tan bien.
En este tiempo vino a don Diego una carta de su padre, en cuyo pliego venía otra de un tío mío llamado Alonso Ramplón, hombre allegado a toda virtud y muy conocido en Segovia por lo que era allegado a la justicia, pues cuantas allí se habían hecho de cuatro años a esta parte han pasado por sus manos. Verdugo era, si va a decir la verdad; pero un águila en el oficio. Vérsele hacer daba gana de dejarse ahorcar. Este, pues, me escribió una carta a Alcalá, desde Segovia, en esta forma:
CARTA
"Hijo Pablos—que por el mucho amor que me tenía me llamaba así—: las ocupaciones grandes de esta plaza en que me tiene ocupado su majestad no me han dado lugar a hacer esto; que si algo tiene malo el servir al rey, es el trabajo; aunque se desquita con esta negra honrilla de ser sus criados. Pésame de daros nuevas de poco gusto. Vuestro padre murió ocho días ha con el mayor valor que ha muerto hombre en el mundo; dígalo como quien le guindó. De vuestra madre, aunque está viva ahora, casi os puedo decirlo mismo; que está presa en la Inquisición de Toledo; pésame que nos deshonra a todos, y a mí principalmente, que al fin soy ministro del rey, y me están mal estos parentescos. Hijo, aquí ha quedado no sé qué hacienda escondida de vuestros padres; será en todo hasta cuatrocientos ducados; vuestro tío soy; lo que tenga ha de ser para vos. Vista ésta, os podréis venir aquí, que con lo que vos sabéis de latín y retórica seréis singular en el arte de verdugo. Respondedme luego, y entre tanto Dios os guarde. Etc."
No puedo negar que sentí mucho la nueva afrenta; pero holguéme en parte: tanto pueden los vicios en los padres que consuelan de sus desgracias, por grandes que sean, a los hijos. Fuíme corriendo a don Diego, que estaba leyendo la carta de su padre en que le mandaba que se fuese y no me llevase en su compañía, movido de las travesuras mías que había oído decir. Díjome cómo se determinaba ir, y todo lo que le mandaba su padre; que a él le pesaba dejarme, y a mí más. Díjome que me acomodaría con otro caballero amigo suyo para que le sirviese. Yo en esto, riéndome, le dije: "Señor, yo soy otro, y otros mis pensamientos; más alto pico y más autoridad me importa tener, porque si hasta ahora tenía, como cada cual, mi piedra en el rollo, ahora tengo mi padre." Declárele cómo había muerto tan honradamente como el más estirado, y cómo me había escrito mi señor tío el verdugo de esto y de la prisioncilla de mamá; que a él, como quien sabía quien yo soy, me pude descubrir sin vergüenza. Lastimóse mucho, y preguntóme qué pensaba hacer. Dile cuenta de mis determinaciones; y con esto, al otro día él se fue a Segovia harto triste, y yo me quedé en la casa disimulando mi desventura. Quemé la carta, porque, perdiéndoseme, acaso no la leyese alguno, y comencé a disponer mi partida para Segovia con intención de cobrar mi hacienda y conocer mis parientes, para huir de ellos.
Llegó el día de apartarme de la mejor vida que hallo haber pasado. Dios sabe lo que sentí el dejar tantos amigos y apasionados, que eran sin número. Vendí lo poco que tenía, de secreto, para el camino, y con ayuda de unos embustes hice hasta seiscientos reales. Alquilé una mula y salíme de la posada, adonde no tenía que sacar más de mi sombra. ¿Quién contará las angustias del zapatero por lo fiado, las solicitudes del ama por el salario, las voces del huésped de la casa por el arrendamiento? Uno decía: "Siempre me lo dijo el corazón." Otro: "Bien me decían a mí que éste era un trampista." Al fin, yo salí tan bienquisto del pueblo, que dejé con mi ausencia a la mitad dél llorando y a la otra mitad, riéndose de los que lloraban.
Ibame entreteniendo por el camino considerando en estas cosas, cuando, pasado Torote, encontré con un hombre en un macho de albarda, el cual iba hablando entre sí con muy gran prisa, y tan embebecido, que, aun estando a su lado, no me veía. Salúdale, y saludóme; pregúntele dónde iba, y después que nos pagamos las respuestas comenzamos a tratar de si bajaba el turco y de las fuerzas del rey. Comenzó a decir de qué manera se podía ganar la Tierra Santa, y cómo se ganaría Argel; en los cuales discursos eché de ver que era loco repúblico y de gobierno. Proseguimos en la conversación propia de picaros, y vinimos a dar, de una cosa en otra, en Flandes. Aquí fue ello, que empezó a suspirar y decir: "Más me cuestan a mí esos estados que al rey, porque ha catorce años que ando con un arbitrio que, si como es imposible, no lo fuera, ya estuviera todo sosegado." "¿Qué cosa puede ser—le dije—que, conviniendo tanto, sea imposible y no se puede hacer?" "¿Quién dice a vuestra merced—dijo luego—que no se puede hacer? Hacerse puede, que ser imposible es otra cosa. Y si no fuera por dar pesadumbre a vuestra merced, le contara lo que es; pero allá se verá, que ahora lo pienso imprimir con otros trabajillos, entre los cuales le doy al rey modo de ganar a Ostende por dos caminos." Roguéle que los dijese, y, sacándole de las faldriqueras, me mostró pintado el fuerte del enemigo y el nuestro, y dijo: "Bien ve vuestra merced que la dificultad de todo está en este pedazo de mar; pues yo doy orden de chuparle todo con esponjas y quitarle de allí." Di yo con este desatino una gran risada; y él, mirándome a la cara, me dijo: "A nadie se lo he dicho que no haya hecho otro tanto; que a todos les da gran contento." "Ese tengo yo por cierto—le dije—de oír cosa tan nueva y tan bien fundada; pero advierta vuestra merced que ya que chupe el agua que hubiere entonces, tornará luego la mar a echar más." "No hará la mar tal cosa, que lo tengo yo eso por muy apurado—me respondió—; fuera de que yo tengo pensada una invención para hundir la mar por aquella parte doce estados."
No le osé replicar, de miedo que me dijese que tenía arbitrio para tirar el cielo acá abajo: no vi en mi vida tan gran orate. Decíame que Juanelo no había hecho nada; que él trazaba ahora de subir toda el agua del Tajo a Toledo de otra manera más fácil: y sabido lo que era dijo que por ensalmo. ¡Mire vuestra merced quién tal oyó en mundo! Y, al cabo, me dijo: "Y no lo pienso poner en ejecución si primero el rey no me da una encomienda, que la puedo tener muy bien, y tengo una ejecutoria muy honrada." Con estas pláticas, y desconciertos llegamos a Torrejón, donde se quedó, que venía a ver una parienta suya.
Yo pasé adelante, pereciéndome de risa de los arbitrios en que ocupaba el tiempo, cuando, Dios y en hora buena, desde lejos vi una mula suelta y un hombre junto a ella a pie que, mirando un libro, hacía unas rayas que medía con un compás. Daba vueltas y saltos a un lado y otro, y de rato en rato, poniendo un dedo encima de otro, hacía mil cosas saltando. Yo confieso que entendí por gran rato—que me paré desde algo lejos a verlo—que era encantador, y casi no me determinaba a pasar. Al fin me determiné, y, llegando cerca, sintióme; cerró el libro, y al poner el pie en el estribo resbalóse y cayó. Levántele, y díjome: "No tomé bien el medio de proporción para hacer la circunferencia al subir." Yo no entendí lo que me dijo, y luego temí lo que era, porque más desatinado hombre no ha nacido de las mujeres. Preguntóme si iba a Madrid por línea recta, o si iba por camino circunflejo. Y yo, aunque no le entendí, le dije que circunflejo. Preguntóme cúya era la espada que llevaba al lado; respondíle que mía y, mirándola, dijo: "Esos gavilanes habían de ser más largos para reparar los tajos que se forman sobre el centro de las estocadas." Y empezó a meter una parola tan grande, que me forzó a preguntarte qué materia profesaba. Díjome que él era diestro verdadero, y que lo haría bueno en cualquiera parte. Yo, movido a risa, le dije: "Pues en verdad que por lo que yo vi hacer a vuestra merced en el campo, que más le tenía por encantador, viendo los círculos." "Eso—me dijo—era que se me ofreció una treta por el cuarto círculo con el compás mayor, continuando la espada, para matar sin confesión al contrario, porque no diga quién lo hizo, y estaba poniéndolo en términos de matemática." "¿Es posible—le dije yo—que hay matemática en eso?" Dijo: "No solamente matemática, mas teología, filosofía, música y medicina." "Esa postrera no lo dudo, pues se trata de matar en esa arte." "No os burléis—me dijo—, que ahora aprendéis la limpiadera contra la espada, haciendo los tajos mayores que comprehendan en sí las espirales de la espada." "No entiendo cosa de cuantas me decís, chica ni grande." "Pues este libro las dice—me respondió—, que se llama Grandezas de la espada, y es muy bueno y dice milagros. Y, para que lo creáis, en Rejas, que dormiremos, esta noche, con dos asadores me veréis hacer maravillas; y no dudéis que cualquier que leyere en este libro matará a todos los que quisiere." "O ese libro enseña a ser pestes a los hombres, o lo compuso—dije yo—algún doctor." "¿Cómo doctor? Bien lo entiende—me dijo—; es un gran sabio, y aún estoy por decir más."
En estas pláticas llegamos a Rejas. Apeámonos en una posada y, al apearnos, me advirtió con grandes voces que hiciese un ángulo obtuso con las piernas, y que, reduciéndolas a líneas paralelas, me pusiese perpendicular en el suelo. El huésped me vio reír y se rió. Preguntóme si era indio aquel caballero, que hablaba de aquella suerte. Pensé con esto perder el juicio. Llegóse luego al huésped, y díjole: "Señor, déme vuestra merced dos asadores para dos o tres ángulos, que al momento se los volveré." "¡Jesús!—dijo el huésped—. Déme acá vuestra merced los ángulos, que mi mujer los asará, aunque aves son que no las he oído nombrar." "Que no son aves—dijo volviéndose a mí—.¡Mire vuestra merced lo que es no saber! Déme los asadores, que no los quiero sino para esgrimir; que quizá le valdrá más lo que me viere hacer hoy que todo lo que ha ganado en su vida." En fin, los asadores estaban ocupados, y hubimos de tomar dos cucharones. No se ha visto cosa tan digna de risa en el mundo. Daba un salto, y decía: "Con este compás alcanzo más y gano los grados del perfil; ahora me aprovecho del movimiento remiso para matar el natural; ésta había de ser cuchillada y ésta, tajo." No llegaba a mí desde una legua, y andaba alderredor con el cucharón; y como yo me estaba quedo, parecían tretas contra olla que se sale, estando al fuego. Díjome: "Al fin, esto es lo bueno, y no las borracheras que enseñan estos bellacos maestros de esgrima, que no saben sino beber!"
No lo había acabado de decir cuando de un aposento salió un mulatazo mostrando las presas, con un sombrero injerto en guardasol, y un coleto de ante, bajo de una ropilla suelta y llena de cintas, zambo de piernas, a lo águila imperial; la cara, con un per signum crucis de inimicis suis; la barba, de ganchos, con unos bigotes de guardamano, y una daga con más rejas que un locutorio de monjas; y mirando al suelo, dijo: "Yo soy examinado y traigo la carta; y por el sol que calienta los pa nes, que haga pedazos a quien tratare mal a tanto buen hijo como profesa la destreza." Yo, que vi la ocasión, metíme en medio, y dije que no hablaba con él, y que así no tenía de qué picarse. "Meta mano a la blanca, si la trae, y apuremos cuál es verdadera destreza, y déjese de cucharones." El pobre de mi compañero abrió el libro, y dijo en altas voces: "Este libro lo dice, y está impreso con licencia del rey, y yo sustentaré que es verdad lo que dice, con el cucharón y sin el cucharón, aquí y en otra parte: y si no, midámoslo"; y sacó él compás y comenzó a decir: "Este ángulo es obtuso." Y entonces el maestro sacó la daga y dijo: "Yo no sé quién es Angulo, ni Obtuso, ni en mi vida oí decir tales hombres; pero con ésta en la mano le haré pedazos." Acometió al pobre diablo, el cual empezó a huir, dando saltos por la casa, diciendo: "No me puede herir, que le he ganado los grados del perfil." Metímoslos en paz el huésped y yo y otra gente que había, aunque de risa no me podía mover.
Metieron al buen hombre en su aposento, y a mí con él; cenamos, y acostámonos todos los de la casa, y a las dos de la mañana levántase en camisa y empieza a andar a oscuras por el aposento, dando saltos y diciendo en lengua matemática mil disparates. Despertóme a mí; y, no contento con esto, bajó al huésped para que le diese luz, diciendo que había hallado objeto fijo a la estocada sagita por la cuerda. El huésped se daba a los diablos de que lo despertase; y tanto le molestó, que le llamó loco. En esto amaneció, vestímonos todos y pagamos la posada. Hiciéronlos amigos a él y al maestro, el cual se apartó diciendo que lo que alegaba mi compañero era bueno; pero que hacía más locos que diestros, porque los más, por lo menos, no lo entendían.
Yo tomé mi camino para Madrid, y él se despidió de mí por ir diferente jornada.
Con esto caminé más de una legua que no topé persona. Iba yo pensando entre mí en las muchas dificultades que tenía para profesar honra y virtud, pues había menester tapar primero la poca de mis padres, y luego tener tanta, que me desconociesen por ella. Y parecíanme a mí estos pensamientos honrados, que yo me los agradecía a mí mismo. Decía a solas: "Más se me ha de agradecer a mí, que no he tenido de quién aprender virtud, que al que la hereda de sus abuelos." En estas razones y discursos iba, cuando topé un clérigo muy viejo en una mula, que iba camino de Madrid. Trabamos plática, y luego me preguntó que de adónde venía. Yo le dije que de Alcalá. "Maldiga Dios—dijo él—tan mala gente, pues faltaba entre tantos un hombre de discurso." Pregúntele que cómo o por qué se podía decir tal del lugar donde asistían tantos doctos varones, y él, muy enojado, dijo: "¿Doctos? Yo le diré a vuestra merced que tan doctos, que habiendo catorce años que hago yo en Majalahonda—-donde he sido sacristán—las chanzonetas al Corpus y al Nacimiento, no me premiaron en el cartel unos cantarcitos que, por que vea vuestra merced la sinrazón que me hicieron, se los he de leer." Y comenzó desta manera:
Pastores, ¿no es lindo chiste,
que es hoy el señor san Corpus Criste?
Y es el día de las danzas
en que el Cordero sin mancilla
tanto se humilla,
que visita nuestras panzas,
y entre estas bienaventuranzas
entra en el humano buche.
Suene el lindo sacabuche,
pues nuestro bien consiste.
Pastores, ¿no es lindo chiste, etc.
"¿Qué pudiera decir más—me dijo—el mesmo inventor de los chistes? Mire qué misterios encierra aquella palabra pastores; más me costó de un mes de estudio." Yo no pude con esto tener la risa, que a borbollones se me salía por los ojos y narices, y dando una gran carcajada, dije: "¡Cosa admirable!; pero sólo reparo en que llama vuestra merced señor san Corpus Criste, Corpus Cristi no es santo, sino el día de la institución del Santísimo Sacramento." "¡Qué lindo es eso!—me respondió haciendo burla—.Yo le daré en el calendario, y está canonizado, y apostaré a ello la cabeza." No pude porfiar, perdido de risa de ver la suma ignorancia; antes le dije que eran dignas de cualquier premio y que no había leído cosa tan graciosa en mi vida. "¿No?— dijo al mismo punto—, pues oiga vuestra merced un pedacito de un librillo que tengo hecho a las once mil vírgenes, adonde a cada una he compuesto cincuenta octavas, cosa rica." Yo por excusarme de tanto millón de octavas, le supliqué no me dijese cosa a lo divino, y así me comenzó a recitar una comedia que tenía más jornadas que el camino de Jerusalén. Decíame: "Hícela en dos días, y este es el borrador", y sería hasta cinco manos de papel. El título era El arca de Noé. Hacíase toda entre gallos, ratones, jumentos, raposas y jabalíes, como fábulas de Isopo. Yo se la alabé la traza y la invención, a lo cual me respondió: "Ello cosa mía es" pero no se ha hecho otra tal en el mundo, y la novedad es más que todo; y si yo salgo con hacerla representar, será cosa famosa." "¿Cómo se podrá representar—le dije yo—, si han de entrar los mismos animales, y ellos no hablan?" "Esa es la dificultad, que, a no haber ésa, ¿había cosa más alta? Pero yo tengo pensado hacerla toda de papagayos, tordos y picazas, que hablan; y meter para el entremés monas." "Por cierto, alta cosa es esa." "Otras más altas he hecho yo—dijo—por una mujer a quien amo, y ve aquí novecientos y un soneto y doce redondillas—que parece que contaba escudos por maravedís—. Yo confieso la verdad, que, aunque me holgaba de oírle, tuve miedo a tantos versos malos, y así, comencé a echar la plática a otras cosas. Yo, por divertirle, le decía: "¿Ve vuestra merced aquella estrella que se ve de día?" A lo cual dijo: "En acabando éste le diré el soneto treinta, en que la llamo estrella, que no parece sino que sabe los intentos de ellos." Afligíme tanto con ver que no se podía nombrar cosa a que él no hubiese hecho algún disparate, que cuando vi que llegábamos a Madrid, no cabía de contento, entendiendo que de vergüenza callaría; pero fué al revés, que por mostrar lo que era alzó la voz en entrando por la calle. Yo le supliqué que lo dejase, poniéndole por delante que si los niños olían poeta no quedaría troncho que no se viniese por sus pies tras nosotros, por estar declarados por locos en una premática que había salido contra ellos, de uno que lo fue y se recogió a buen vivir. Pidióme que la leyese si la tenía, muy congojado. Prometí de hacerlo en la posada. Fuímos a una, adonde él se acostumbraba apear, y hallamos a la puerta más de doce ciegos; unos le conocieron por el olor, y otros por la voz; diéronle una barbanca de bienvenido. Abrazólos a todos y luego comenzaron unos a pedirle oración para el Justo Juez en verso grave y sentencioso, tal que provocase a gestos; otros pidieron de las Animas, y por aquí discurrieron, recibiendo ocho reales de señal de cada uno. Despidiólos, y díjome: "Más me han de valer de trescientos reales los ciegos. Y así, con licencia de vuestra merced, me recogeré ahora un poco para hacer alguna de ellas, y en acabando de comer oiremos la premática." ¡Oh vida misera ble! Pues ninguna lo es más que la de los locos que ganan de comer con los que lo son.
Recogióse un rato a estudiar herejías y necedades para los ciegos. Entre tanto se hizo hora de comer; comimos, y luego pidióme se leyese la premática. Yo, por no haber otro quehacer, la saqué y la leí: la cual pongo aquí, por haberme parecido aguda y conveniente a lo que se quiso reprehender en ella. Decía de este tenor:
Premática contra los poetas hueros, chirles y hebenes.
Dióle al sacristán la mayor risa del mundo, y dijo: "¡Hablara yo para mañana! Por Dios que entendí hablaba conmigo, y es sólo contra los poetas hebenes." Cayóme a mí muy en gracia oírle decir esto, como si él fuera muy albillo o moscatel. Dejé el prólogo, y comencé el primer capítulo, que decía:
"Atendiendo a que este género de sabandijas que llaman poetas son nuestros prójimos y cristianos, aunque malos; viendo que todo el año adoran cejas, dientes, listones y zapatillas, haciendo otros pecados más enormes, mandamos que la Semana Santa recojan a todos los poetas públicos y cantoneros, y que los desengañen del yerro en que andan y procuren convertirlos.
"Item, habiendo considerado que esta secta infernal de hombres condenados a perpetuo concepto, despedazadores de vocablos y volteadores de razones, ha pegado el dicho achaque de poesía a las mujeres, declaramos que nos tenemos por desquitados con este mal que las hemos hecho del que nos hicieron al principio del mundo. Y porque aquél está pobre y necesitado, mandamos quemar las coplas de los poetas, como franjas viejas, para sacar el oro, plata y perlas, pues en los más versos hacen sus damas de todos metales." Aquí no lo pudo sufrir el sacristán, y levantándose en pie, dijo: "¡Mas no, sino quitarnos las haciendas! No pase vuestra merced adelante, que de eso pienso apelar, y no con las mil y quinientas, sino a mi juez, por no causar perjuicio a mi hábito y dignidad; y en prosecución de ella gastaré lo que tengo. Bueno es que yo, siendo eclesiástico, hubiese de padecer ese agravio. Yo probaré que las coplas de poeta clérigo no están sujetas a tal premática, y luego quiero ir a averiguarlo ante la justicia." En parte me dio gana de reír; pero por no detenerme—que se me hacía tarde—, le dije: "Señor, esta premática es hecha por gracia, que no tiene fuerza ni apremia, por estar falta de autoridad." "¡Oh pecador de mí!—dijo muy alborotado—. Avisara vuestra merced, que me hubiera ahorrado la mayor pesadumbre del mundo. ¿Sabe vuestra merced qué cosa es hallarse un hombre con ochocientas mil coplas de contado, y oír esto? Prosiga vuestra merced, y Dios se lo perdone el susto que me dió." Proseguí, diciendo:
"Item, por estorbar los grandes hurtos, mandamos que no se pasen coplas de Aragón a Castilla, ni de Italia a España, so pena de andar bien vestido el poeta que tal hiciese; y si reincide, de andar limpio una hora." Esto le cayó muy en gracia, porque traía él una sotana con canas, de puro vieja, y con tantas cascarrias, que para enterrarse no era menester más de estregársela encima; el manteo, podíanse con él estercolar dos heredades.
Y, por acabar, llegué al postrer capítulo, que decía así:
"Pero advirtiendo con ojos de piedad que hay tres géneros de gentes en la república tan sumamente miserables que no pueden vivir sin tales poetas, como son farsantes, ciegos y sacristanes, mandamos que pueda haber algunos oficiales de esta arte, con tal que tengan carta de examen de los caciques de los poetas que fueren en aquellas partes.
"Y, finalmente, mandamos a todos los poetas en común que se descarten de Júpiter, Venus, Apolo y otros dioses, so pena que los tendrán por abogados en la hora de la muerte."
A todos los que oyeron la premática pareció cuanto bien se puede decir, y todos me pidieron traslado de ella; sólo el sacristanejo comenzó a jurar por vida de las vísperas solemnes, introibo y kiries, que era sátira contra él, por lo que decía de los ciegos, y que él sabía mejor lo que había de hacer que nadie. Y últimamente dijo: "Hombre soy yo que he estado en una posada con Liñán, y he comido más de dos veces con Espinel", y que había estado en Madrid tan cerca de Lope de Vega como lo estaba de mí, y que había visto a don Alonso de Ercilla mil veces, y que tenía en su casa un retrato del divino Figueroa, y que había comprado los gregüescos que dejó Padilla cuando se metió fraile, y que hoy día los traía y malos. Enseñólos, y dióles esto a todos tanta risa, que no querían salir de la posada.
Al fin, ya eran las dos; y como era forzoso el caminar, salimos de Madrid. Yo me despedí de él, aunque me pesaba, y comencé a caminar para el puerto. Quiso Dios que, por que no fuese pensando en mal, me topé con un soldado. Luego trabamos plática; preguntóme que si venía de la Corte. Dije que de paso había estado en ella. "No está para más—dijo luego—, que es pueblo para gente ruin; mas quiero ¡voto a Cristo! estar en un sitio, la nieve a la cinta, hecho un reloj, comiendo madera, que sufrir las supercherías que se hacen a un hombre de bien." A esto le dije yo que advirtiese que en la Corte había de todo, y que estimaban mucho a cualquier hombre de suerte. "¡Qué estimaban—dijo muy enojado—, si he estado yo seis meses pretendiendo una bandera, tras veinte años de servicios y haber perdido mi sangre en servicio del rey, como lo dicen estas heridas!" Y enseñóme una cuchillada de a palmo en las ingles; luego, en los calcañares, me enseñó otras dos señales, y dijo que eran balas; y yo saqué, por otras dos mías que tengo, que ha bían sido sabañones. Quitóse el sombrero y mostróme el rostro: calzaba diez y seis puntos de cara, que tantos tenía en una cuchillada que le partía las narices. Tenía otros tres chirlos, que se la volvían mapa a puras lineas. "Estas—me dijo—me dieron en París, en servicio de Dios y del rey, por quien veo trinchado mi gesto; y no he recibido sino buenas palabras, que ahora tienen lugar de malas obras. Lea estos papeles, por vida del licenciado, que no ha salido en campaña ¡voto a Cristo! hombre ¡vive Dios! tan señalado"; y decía verdad, porque lo estaba a puros golpes. Comenzó a sacar cañones de hoja de lata y a enseñarme papeles, que debían de ser de otro a quien había tomado el nombre. Yo los leí, y dije mil cosas en su alabanza, y que el Cid ni Bernardo no habían hecho lo que él. Saltó en esto, y dijo: "¿Cómo lo que yo? ¡Voto a Dios!, que ni García de Paredes, Julián Romero ni otros hombres de bien. ¡Pese al diablo! Sí, que entonces sí que no había artillería. ¡Voto a Dios!, que no hubiera Bernardo para una hora en este tiempo. Pregunte vuestra merced en Flandes por la hazaña del Mellado, y verá lo que le dicen." "¿Es vuestra merced acaso?"—le dije yo—. Y él me respondió: "¿Pues qué otro? ¿No ve la mella que tengo en los dientes? No tratemos de esto, que parece mal alabarse el hombre."
Yendo en estas razones, topamos en un borrico un ermitaño con una barba tan larga, que hacía lodos con ella, macilento y vestido de paño pardo. Salu dámosle con el Deo gratias acostumbrado, y empezó a alabar los trigos y en ellos la misericordia del Señor. Saltó el soldado, y dijo: "¡Ah, padre! Más espesas he visto yo las picas sobre mí, y, ¡voto a Cristo!, que hice en el saco de Amberes lo que pude; sí, ¡juro a Dios!" El ermitaño le reprehendía que no jurase tanto. El solidado le respondía: "Bien se echa de ver, padre, que no ha sido soldado, pues me reprehende mi propio oficio." Dióme a mí gran risa de ver en lo que ponía la soldadesca, y eché de ver era algún picarón; porque entre ellos no hay costumbre tan aborrecida de los de importancia, cuando no de todos.
Llegamos a la falda del puerto: el ermitaño rezando el rosario en una carga de leña hecha bolas, de manera que, a cada Avemaria, sonaba un cabe; el soldado iba comparando las peñas a los castillos que había visto, y mirando cuál lugar era fuerte y adónde se había de plantar la artillería.
En estas y otras conversaciones llegamos a Cerecedilla. Entramos en la posada todos tres juntos ya anochecido; mandamos aderezar la cena—era viernes—; y entre tanto, el ermitaño dijo: "Entretengámonos un rato, que la ociosidad es madre de los vicios; juguemos Avemarias"; y dejó caer de la manga el descuadernado. Dióme a mí gran risa ver aquello, considerando en las cuentas. El soldado dijo: "No, sino juguemos hasta cien reales que yo traigo, en amistad." Yo, codicioso, dije que jugaría otros tantos; y el ermitaño, por no hacer mal servicio, aceptó, y dijo que allí llevaba el aceite de la lámpara, que eran hasta docientos reales. Yo confieso que pensé ser su lechuza, y bebérselo; pero así le sucedan todos sus intentos al turco. Fué el juego al parar; y lo bueno fue que dijo que no sabía el juego, e hizo que se le enseñásemos. Dejónos el bienaventurado hacer dos manos, y luego nos la dió tal, que no dejó blanca en la mesa. Heredónos en vida; retiróla el ladrón con las ancas de la mano, que era lástima: perdía una sencilla, y acertaba doce maliciosas. El soldado echaba a cada suerte doce votos y otros tantos "pesias", aforrados en "porvidas". Yo me comí las uñas mientras el fraile ocupaba las suyas en mi moneda. No dejaba santo que no llamaba: acabó de pelarnos; quisímosle jugar sobre prendas, y él—tras haberme ganado a mí seiscientos reales, que era lo que llevaba, y al soldado los ciento—dijo que aquello era entretenimiento, y que éramos prójimos; que no había de tratar de otra cosa. "No juren—decía—; que a mí, porque me encomendaba a Dios, me ha sucedido bien." Y como nosotros no sabíamos la habilidad que tenía de los dedos a la muñeca, creímoslo; y el soldado juró de no jugar más, y yo de la misma suerte. "¡Pesia tal!—decía el pobre alférez (que él me dijo entonces que lo era)—: entre luteranos y moros me he visto; pero no he padecido tal despojo." El se reía a todo esto. Tornó a sacar el rosario para rezar; y yo, que no tenía ya blanca, pedíle que me diese de cenar y que pagase hasta Segovia la posada de los dos, que íbamos en púribus. Prometió hacerlo.
Metióse sesenta huevos. ¡No vi tal en mi vida! Dijo que se iba a acostar. Dormimos todos en una sala, con otra gente que estaba allí, porque los aposentos estaban tomados para otros. Acostámonos; el padre se persignó, y nosotros nos santiguamos de él; durmió, y yo estuve desvelado, trazando cómo quitarle el dinero. El soldado hablaba entre sueños de los cien reales, como si no estuvieran sin remedio.
Hízose hora de levantar. El ermitaño, receloso, se quedó en la cama. Pagó por nosotros, y salimos del pueblo para el puerto, enfadados del término del ermitaño y de ver que no le habíamos podido quitar el dinero.
Topamos con un ginovés que subía el puerto, con un paje detrás, y él con su guardasol, muy a lo dineroso. Trabamos conversación con él, y todo lo llevaba a materia de maravedís, que es gente que naturalmente nació para bolsas. Entretúvonos el camino contando que estaba perdido porque había quebrado un cambio que le tenía más de sesenta mil escudos.
En estas pláticas vimos los muros de Segovia, y a mí se me alegraron los ojos, a pesar de la memoria que, con los sucesos de Cabra, me contradecía el contento. Llegué al pueblo; enternecíme, y entré algo desconocido de como salí, con punta de barbas, bien vestido. Dejé la compañía; y considerando en quién conociera a mi tío—fuera del rollo—mejor en el pueblo, no hallé nadie de quien echar mano. Lleguéme a mucha gente a preguntar por Alonso Ramplón, y nadie me daba razón de él, diciendo que no le conocían. Holgué mucho de ver tantos hombres de bien en mi pueblo, cuando, estando en esto, oí al precursor de la penca hacer de garganta, y a mi tío de las suyas. Venía una procesión de desnudos, todos descaperuzados, delante de mi tío; y él, muy haciéndose de pencas, con una en la mano, tocando un pasacalles públicas en las costillas de cinco laúdes, sino que llevaban sogas por cuerdas. Yo, que estaba mirando esto—con un hombre a quien había dicho, preguntando por él, que era un gran caballero yo—, veo a mi buen tío, y echando en mí los ojos—por pasar cerca—, arremetió a abrazarme, llamándome sobrino. Penséme morir de vergüenza; no volví a despedirme de aquel con quien estaba. Fuíme con él, y díjome: "Aquí te podrás ir, mientras cumplo con esta gente; que ya vamos de vuelta, y hoy comerás conmigo." Yo, que me vi a caballo, y que en aquella sarta parecía punto menos de azotado, dije que le aguardaría allí; y así, me aparté tan avergonzado que, a no depender de él la cobranza de mi hacienda, no le hablara más en mi vida, ni pareciera entre gentes.
Acabó de repasarles las espaldas, volvió, y llevóme a su casa, donde me apeé y comimos.
Tenía mi buen tío su alojamiento junto al matadero, en casa un aguador. Entramos en ella, y díjome: "No es alcázar la posada, pero yo os prometo, sobrino, que es a propósito para dar expediente a mis negocios," Subimos por una escalera, que sólo aguardé a ver lo que me sucedía en lo alto, para si se diferenciaba en algo de la horca. Entramos en un aposento tan bajo, que andábamos por él como quien recibe bendiciones, con las cabezas bajas. Colgó la penca en un clavo que estaba con otros, de que colgaban cordeles, lazos, cuchillos, escarpias y otras herramientas del oficio. Díjome que por qué no me quitaba el manteo y me sentaba; yo le respondí que no lo tenía de costumbre. ¡Dios sabe cuál estaba de ver la infamia de mi tío! Díjome que había tenido ventura en topar con él en tan buena ocasión, porque comería bien, que tenía convidados unos amigos. En esto entró por la puerta, con una ropa hasta los pies, morada, uno de los que piden para las ánimas, y haciendo son con la cajeta, dijo: "Tanto me han valido a mí las ánimas hoy como a ti los azotados; encaja." Hiciéronse la mamona el uno al otro; arremangóse el desalmado animero el sayazo, y quedó con unas piernas zambas, en gregüescos de lienzo, y empezó a bailar y decir que si había venido Clemente. Dijo mi tío que no, cuando Dios y en hora buena, envuelto en un capucho y con unos zuecos, entró un chirimía de la bellota, digo un porquero: conocílo por el cuerno que traía en la mano. Saludónos a su manera, y tras él entró un mulato, zurdo y bizco, un sombrero con más falda que un monte y más copa que un nogal, la espada con más gavilanes que la caza del rey, un coleto de ante. Traía la cara de punto, porque a puros chirlos la tenía toda hilvanada. Entró y sentóse, saludando a los de casa.
Yo, que vi cuán honrada gente era la que hablaba con mi tío, confieso que me puse colorado, de suerte que no pude disimular la vergüenza: echómelo de ver el corchete, y dijo: "¿Es el padre el que padeció el otro día, a quien se dieron ciertos empujones en el envés?" Yo dije que no era hombre que padecía como ellos. En esto se levantó mi tío, y dijo: "Es mi sobrino, maeso en Alcalá, gran supuesto." Pidiéronme perdón, y ofreciéronme toda caricia. Yo rabiaba ya por comer y cobrar mi hacienda, y huír de mi tío. Pusieron las mesas, y por una soguilla en un sombrero, como suben la limosna los de la cárcel, subieron la comida de un bodegón que estaba a las espaldas de la casa, en unos mendrugos de platos y retajillos de cántaros y tinajas. No podrá nadie encarecer mi sentimiento y afrenta. Sentáronse a comer, en cabecera el demandador y los demás sin orden. No quiero decir lo que comimos; sólo que eran todas cosas para beber. Sorbióse el corchete tres de puro tinto; brindóme a mí; el porquero, me las cogía al vuelo, y hacía más razones que decíamos todos. No había memoria de agua, y menos voluntad de ella.
Menudeóse sobre dos jarros, y era de suerte lo que bebieron el corchete y el de las ánimas, que se pusieron las suyas tales, que trayendo un plato de salchichas, que parecían de dedos de negro, dijo uno que para qué traían pebetes guisados. Ya mi tío estaba tal, que alargando la mano y asiendo una, dijo—con la voz algo áspera y ronca, el un ojo medio acosado y el otro nadando en mosto—: "Sobrino, por este pan de Dios, que crió a su imagen y semejanza, que no he comido en mi vida mejor carne tinta." Yo que vi al corchete que, alargando la mano, tomó el salero y dijo: "Caliente está este caldo"; y que el porquero se llenó el puño de sal, diciendo: "Bueno es el avisillo para beber", y se lo echó todo en la boca, comencé a reírme por una parte y rabiar por otra. Trajeron caldo, y el de las ánimas tomó con entrambas manos una escudilla, diciendo: "Dios bendijo la limpieza." Y alzándola para sorberla, por llevarla a la boca se la puso en el carrillo y, volcándola, se asó en el caldo, y se puso todo de arriba abajo que era vergüenza. El, que se vio así, fuése a levantar; y como pesaba algo la cabeza, firmó sobre la mesa—que era de estas movedizas—-, trastornóla, y manchó a los demás: tras esto decía que el porquero le había empujado. El porquero, que vio que el otro se le caía encima, levantóse, y alzando el instrumento de hueso, le dio con él una trompetada. Mi tío, que estaba más en su juicio, decía que quién había traído a su casa tantos clérigos. Yo, que vi que ya en suma multiplicaban, metí en paz la brega. Eché a mi tío en la cama, el cual hizo cortesía a un velador de palo que tenía, pensando que era convidado. Quité el cuerno al porquero, el cual, ya que dormían los otros, no había hacerle callar, diciendo que le diesen su cuerno, porque no había habido jamás quien supiese en él más tonadas, y que él quería tañer con el órgano. Al fin, yo no me aparté de ellos hasta que vi que dormían. Salíme de casa, entretúveme en ver mi tierra toda la tarde, pasé por la casa de Cabra, tuve nueva de que era muerto, y no cuidé de preguntar de qué, sabiendo que hay hambre en el mundo.
Torné a casa a la noche, habiendo pasado cuatro horas, y hallé al uno despierto y que andaba a gatas por el aposento buscando la puerta y diciendo que se les había perdido la casa. Levantéle, y dejé dormir a los demás hasta las once de la noche, que despertaron, y esperezándose, preguntó uno que qué hora era. Respondió el porquero—que aún no la había desollado—que no era nada, sino la siesta, y que hacía grandes bochornos. El demandador, como pudo, dijo que le diesen la cajilla: "Mucho han holgado las ánimas para tener a su cargo mi sustento", y fuése, en lugar de ir a la puerta, a la ventana, y como vió estrellas, comenzó a llamar a los otros con grandes voces diciendo que el cielo estaba estrellado a mediodía y que había un grande eclipse. Santiguáronse todos, y besaron la tierra. Yo, que vi la bellaquería del demandador, escandalíceme mucho y propuse de guardarme de semejantes hombres. Con estas vilezas e infamias que veía yo, ya me crecía por puntos el deseo de verme entre gente principal y caballeros. Despáchelos a todos uno por uno, lo mejor que pude, y acosté a mi tío, que aunque no tenía zorra, tenía raposa; y yo acomódeme sobre mis vestidos y algunas ropas de los que Dios tenga, que estaban por allí.
Pasamos desta manera la noche, y a la mañana traté con mi tío de reconocer mi hacienda y cobralla. Despertó diciendo que estaba molido, y que no sabía de qué. Echó una pierna, levantóse; tratamos largo en mis cosas, y tuve harto trabajo por ser hombre tan borracho y rústico. Al fin lo reduje a que me diese noticia de parte de mi hacienda—aunque no de toda—, y así, me la dio de unos trecientos ducados que mi buen padre había ganado por sus puños y dejádolos en confianza de una buena mujer, a cuya sombra se hurtaba diez leguas a la redonda. Por no cansar a vuestra merced digo que cobré y embolsé mi dinero, el cual mi tío no había bebido ni gastado, que fue harto para ser hombre de tan poca razón, porque pensaba que yo me graduaría con éste, y que estudiando podría ser cardenal, que como estaba en su mano hacerlos, no lo tenía por dificultoso. Díjome, en viendo que los tenía: "Hijo Pablos, mucha culpa tendrás si no medras y eres bueno, pues tienes a quién parecer; dinero llevas, yo no te he de faltar, que cuanto sirvo y cuanto tengo para ti lo quiero." Agradecíle mucho la oferta; gastamos el día en pláticas desatinadas y en pagar las visitas a los personajes dichos.
Pasaron la tarde en jugar a la taba mi tío y el porquero y demandador; éste jugaba misas como si fuera otra cosa. Sacaban de taba como de naipe, para la fábrica de la sed, porque había siempre un jarro en medio. Vino la noche; ellos se fueron; acostámonos mi tío y yo, cada uno en su cama, que ya había proveído para mí un colchón. Amaneció, y antes que él despertase yo me levanté y me fuí a una posada sin que me sintiese: torné a cerrar la puerta por defuera, y eché la llave por una gatera.
Como he dicho, me fuí a un mesón a esconder y aguardar comodidad para ir a la corte. Déjele en el aposento una carta cerrada, que contenía mi ida y las causas, avisándole no me buscase, porque eternamente no lo había de ver.
"...Y al volver atrás, como hizo fuerza, se le cayeron las calzas...."
Partía aquella mañana del mesón un arriero con cargas a la corte; llevaba un jumento, alquilómele, y salíme a aguardarle a la puerta fuera del lugar. Salió y espéteme en el dicho, y empecé mi jornada. Iba entre mí diciendo: "Allá quedarás, bellaco, deshonra buenos, jinete de gaznates."
Consideraba yo que iba a la corte, donde nadie me conocía—que era la cosa que más me consolaba—, y que había de valerme por mi habilidad. Allí propuse de colgar los hábitos en llegando, y sacar vestidos cortos al uso.
Yo iba caballero en el rucio de la Mancha, y bien deseoso de no topar nadie, cuando desde lejos vi venir un hidalgo de portante, con su capa puesta, espada ceñida, calzas atacadas y botas, y al parecer bien puesto; el cuello abierto, el sombrero de lado. Sospeché que era algún caballero que dejaba atrás su coche; y así, emparejando, le saludé. Miróme y dijo: "Irá vuestra merced, señor licenciado, en ese borrico con harto más descanso que yo con todo mí aparato." Yo, que entendí que lo decía por coche y criados que dejaba atrás, dije: "En verdad, señor, que lo tengo por más apacible caminar que el del coche; porque—aunque vuestra merced vendrá en el que trae detrás con regalo—aquellos vuelcos que da inquietan." "¿Cuál coche detrás?"—dijo él muy alborotado. Y al volver atrás, como hizo fuerza, se le cayeron las calzas, porque se le rompió una agujeta que traía, la cual era tan sola, que tras verme tan muerto de risa de verle, me pidió una prestada. Yo, que vi que de la camisa no se veía sino una ceja, dije: "Por Dios, señor, que si vuestra merced no aguarda a sus criados, yo no puedo socorrerle, porque vengo también atacado únicamente." "Si hace vuestra merced burla—dijo él con las cachondas en la mano—, vaya; porque no entiendo eso de los criados." Y aclaróseme tanto—en materia de ser pobre—, que me confesó, a media legua que anduvimos, que si no le hacía merced de dejarle subir en el borrico un rato, no le era posible pasar a la corte, por ir cansado de caminar con las bragas en los puños. Y movido a compasión, me apeé; y como él no podía sacar las calzas, húbele yo de subir. El, que sintió lo que había visto, como discreto, se previno diciendo: "Señor licenciado, no es oro todo lo que reluce; debióle parecer a vuestra merced en viendo el cuello abierto y mi presencia que era un conde de Irlos." Yo le dije que le aseguraba me había persuadido a muy diferentes cosas de las que veía. "Pues aún no ha visto nada vuestra merced—replicó—; que hay tanto que ver en mí como tengo, porque nada cubro. Veme aquí vuestra merced un hidalgo hecho y derecho, de casa y solar montañés que, si como sustento la nobleza me sustentara, no hubiera más que pedir; pero ya, señor licenciado, sin pan ni carne no se sustenta buena sangre, y por la misericordia de Dios todos la tienen colorada, y no puede ser hijo de algo el que no tiene nada. He vendido hasta mi sepultura por no tener sobre qué caer muerto; que la hacienda de mi padre Toribio Rodríguez Vallejo Gómez de Ampuero—que todos estos nombres tenía—se perdió en una fianza; sólo el don me ha quedado por vender, y soy tan desgraciado, que no hallo nadie con necesi dad de él, pues quien no le tiene por ante, le tiene por postre, como el remendón, azadón, podón, baldón, bordón y otros así."
Confieso que, aunque iban mezcladas con risas, las calamidades del dicho hidalgo me enternecieron. Pregúntele cómo se llamaba y adonde iba y a qué. Dijo que todos los nombres de su padre: Don Toribio Rodríguez Vallejo Gómez de Ampuero y Jordán. No se vio jamás nombre tan campanudo, porque acababa en dan y empezaba en don, como son de badajo. Tras esto dijo que iba a la corte, porque un mayorazgo raído como él, en un pueblo corto olía mal a dos días y no se podía sustentar; y que por eso se iba a la patria común, adonde caben todos y adonde hay mesas francas para estómagos aventureros; "y nunca cuando entro en ella me faltan cien reales en la bolsa, cama y de comer, porque la industria en la corte es piedra filosofal, que vuelve en oro cuanto toca". Yo vi el cielo abierto, y en són de entretenimiento para el camino le rogué que me contase cómo y con quiénes viven en la corte los que no tenían, como él, porque me parecía dificultoso; que no sólo se contenfta cada uno con sus cosas, sino que aun solicitan las ajenas. "Muchos hay de esos, hijo, y muchos de estotros: es la lisonja llave maestra que abre a todas voluntades en tales pueblos. Y porque no se te haga dificultoso lo que digo, oye mis sucesos y mis trazas, y te asegurarás de esa duda."
"Lo primero has de saber que en la corte siempre el más necio y el más sabio, más rico y más pobre, y los extremos de todas las cosas; que disimula los malos y esconde los buenos, y que en ella hay unos géneros de gentes—como yo—que no se les conoce raíz ni mueble ni otra cosa de la que descienden los tales. Entre nosotros nos diferenciamos con diferentes nombres: unos nos llamamos caballeros hebenes; otros hueros, chanflones, chirles, traspillados y caninos. Es nuestra abogada la industria; pasamos las más veces los estómagos de vacío, que es gran trabajo traer la comida en manos ajenas. Somos susto de los banquetes, polilla de los bodegones y convidados por fuerza; susténtamonos así del aire y andamos contentos. Somos gente que comemos un puerro y representamos un capón: entrará uno a visitarnos en nuestras casas y hallará nuestros aposentos llenos de huesos de carnero y aves, mondaduras de frutas, la puerta embarazada con plumas y pellejos de gazapos; todo lo cual cogemos de parte de noche por el pueblo, para honrarnos con ello de día. Reñimos en entrando al huésped: "¿Es posible que no he de ser yo poderoso para que barra esa moza?—Perdone vuestra merced, que han comido aquí unos amigos, y estos criados...." etc. Quien no nos conoce, cree que es así, y pasa por convite.
"Pues ¿qué diré del modo de comer en casas ajenas? En hablando a uno media vez, sabemos su casa, y siempre a hora de mascar—que se sepa que está en la mesa—decimos que nos llevan sus amores, porque tal entendimiento no le hay en el mundo. Si nos pregunta si hemos comido, si ellos no han empezado, decimos que no; si nos convidan, no aguardamos al segundo convite, porque de estas aguardadas nos han sucedido grandes vigilias; si han empezado, decimos que sí; y aunque parta muy bien el ave, pan o carne, o lo que fuere, para tomar ocasión de engullir un bocado, decimos: "Ahora deje vuestra merced, que le quiero servir de maestresala; que solía, Dios le tenga en el cielo—y nombramos un señor muerto, duque o conde—, gustar más de verme partir que de comer." Diciendo esto, tomamos el cuchillo, y partimos bocaditos, y al cabo decimos: "¡Oh, qué bien huele! Cierto que haría agravio a la guisandera en no probarlo: ¡qué buena mano tiene!" Y diciendo y haciendo, va en prueba el medio plato; el nabo por ser nabo, el tocino por ser tocino, y todo por lo que es. Cuando esto nos falta, ya tenemos sopa de algún convento aplazada; no la tomamos en público, sino a lo escondido, haciendo creer a los frailes que es más devoción que necesidad.
"Tenemos de memoria para lo que toca a vestirnos toda la ropería vieja; y como en oirás partes hay hora señalada para oración, la tenemos nosotros para remendarnos. Estudiamos posturas contra la luz, pues en día claro andamos con las piernas muy juntas, y hacemos las reverencias con solos los to billos, porque si se abren las rodillas se verá el ventanaje. No hay cosa en todos nuestros cuerpos que no haya sido otra cosa y no tenga historia; verbi gratia: bien ve vuestra merced esta ropilla; pues primero fue gregüescos, nieta de una capa y biznieta de un capuz, que fué en su principio, y ahora espera salir para soletas y otras muchas cosas. Los escarpines primero son pañizuelos, habiendo sido toallas y antes camisas, hijas de sábanas, y después de esto nos aprovechamos para papel, y en el papel escribimos y después hacemos de él polvos para resucitar los zapatos, que de incurables los he visto yo hacer revivir con semejantes medicamentos. Y por no gastar en barberos prevenimos siempre de aguardar que otro de los nuestros tenga pelambre y entonces nos la quitamos el uno al otro, conforme lo del Evangelio: "Ayudaos como buenos hermanos."
"Estamos obligados a andar a caballo una vez cada mes, aunque sea en pollino, por las calles públicas, y a ir en coche una vez al año, aunque sea en la arquilla o trasera; pero si alguna vamos dentro del coche, es de considerar que siempre es en el estribo, con todo el pescuezo de fuera, haciendo cortesías por que nos vean todos, y hablando a los amigos y conocidos aunque miren a otra parte.
"¿Qué diré del mentir? Jamás se halla verdad en nuestra boca: encajamos duques y condes en las conversaciones, unos por amigos, otros por deudos, y advertimos que los tales señores o estén muertos o muy lejos."
"Quien ve estas botas mías, ¿cómo pensará que andan caballeras en las piernas en pelo, sin media ni otra cosa? Y quien viere este cuello, ¿por qué ha de pensar que no tengo camisa? Pues todo esto le puede faltar a un caballero, señor licenciado, pero cuello abierto y almidonado, no. Lo uno porque así es gran ornato de la persona, y después de haberle vuelto de una parte a otra, es de sustento porque se ceba el hombre en el almidón, chupándole con destreza. Y al fin, señor licenciado, un caballero de nosotros ya se ve en prosperidad y con dineros, y ya se ve en el hospital; pero, en fin, se vive, y el que se sabe bandear es rey con poco que tenga,"
Tanto gusté de las extrañas maneras de vivir del hidalgo, y tanto me embebecí, que divertido con ellas y con otras, me llegué a pie hasta Las Rozas, adonde nos quedamos aquella noche. Cenó conmigo el dicho hidalgo, que no traía blanca, y yo me hallaba obligado a sus avisas, porque con ellos abrí los ojos a muchas cosas.
Compréle del huésped tres agujetas, atacóse, dormimos aquella noche, madrugamos y dimos con nuestros cuerpos en Madrid.
[Don Toribio conduce al Buscón a casa de sus amigos, los caballeros chirles, quienes le admiten en su cofradía. Comienza don Pablos su nueva azarosa vida; pero su mala ventura quiso que un alguacil prendiese a la vieja que gobernaba y encubría a los estafadores, descubriéndose por ella toda la maraña, y dando con todos en la cárcel.
Logra salir de la prisión don Pablos, merced a su ingenio y al dinero que da a los carceleros.
Se suceden después diversos lances en los que sale siempre malparado, y decide encaminarse a Toledo, donde ni le conocían ni conocía a nadie.]
En una posada topé una compañía de farsantes que iban a Toledo; llevaban tres carros, y quiso Dios que entre los compañeros iba uno que lo había sido mío del estudio de Alcalá, y había renegado y metídose al oficio. Díjele lo que me importaba el ir allá y salir de la corte.
Al fin me hizo amistad—por mi dinero—de alcanzar de los demás lugar para que yo fuese con ellos.
Yo—acaso—comencé a representar un pedazo de la comedia de San Alejo, que me acordaba de cuando muchacho, y represéntelo de suerte que les di codicia; y sabiendo, por lo que yo le dije a mi amigo que iba en la compañía, mis desgracias y descomodidades, díjome que si quería entrar en la danza con ellos. Encareciéronme tanto la vida de la farándula, y yo, que tenía necesidad de arrimo, concertéme por dos años con el autor; hícele escritura de estar con él, y dióme mi ración y representaciones, y con tanto llegamos a Toledo. Diéronme que estudiase tres o cuatro loas, y papeles de barba, que los acomodaba bien con mi voz. Yo puse cuidado en todo, y eché la primera loa en el lugar; era de una nave—de lo que son todas—que venía destrozada y sin provisión; decía lo de: "Este es el puerto"; llamaba a la gente senado; pedía perdón de las faltas y silencio, y éntreme. Hubo un vítor de rezado, y al fin parecí bien en el teatro. Representamos una comedia de un representante nuestro, que yo me admiré de que fuesen poetas, porque pensaba que el serlo era de hombres muy doctos y sabios, y no de gente tan sumamente lega; y está ya de manera esto, que no hay autor que no escriba comedias, ni representante que no haga su farsa de moros y cristianos; que me acuerdo yo antes, que si no eran comedias del buen Lope de Vega y Ramón, no había otra cosa. Al fin, la comedia se hizo el primer día, y no la entendió nadie; al segundo empezárnosla y quiso Dios que empezaba por una guerra, y salía yo armado y con rodela, que si no, a manos de mal membrillo, tronchos y badeas acabo. No se ha visto tal torbellino; y ello merecíalo la comedia, porque traía un rey de Normandía sin propósito en hábito de ermitaño, y metía dos lacayos por hacer reír, y al desatar de la maraña no había más de casarse todos y allá vas. Al fin tuvimos nuestro merecido. Tratamos mal al compañero poeta; y yo, diciéndole que mirase de la que nos habíamos escapado y escarmentase, díjome que no era suyo nada de la comedia, sino que de un paso de uno, y otro de otro había hecho la capa de pobre, de remiendo, y que el daño no había estado sino en lo mal zurcido.
No me pareció mal la traza, y yo confieso que me incliné a ella por hallarme con algún natural a la poesía, y más que tenía ya conocimiento con algunos poetas y había leído a Garcilaso; y así, determiné de dar en el arte. Y con esto y representar pasaba la vida; que pasado un mes que había que estábamos en Toledo haciendo muchas comedias buenas, y también enmendando el yerro pasado—que con esto ya yo tenía nombre, y había llegado a llamarme Alonsete, porque yo había dicho llamarme Alonso; y por otro nombre me llamaban el Cruel, por serlo una figura que había hecho con gran aceptación de los mosqueteros y chusma vulgar—, tenía ya tres pares de vestidos y autores que me pretendían sonsacar de la compañía. Hablaba ya de entender de la comedia, murmuraba de los famosos, reprehendía los gestos a Pinedo, daba mi voto en el reposo natural de Sánchez, llamaba bonico a Morales, pedíanme el parecer en el adorno de los teatros y trazar las apariencias. Si alguno venía a leer comedia, yo era el que la oía. Al fin, animado con este aplauso, estréneme como poeta en un romancico, y luego hice un entremés, y no pareció mal.
Atrevíme a una comedia, y porque no escapase de ser divina cosa, la hice de Nuestra Señora del Rosario.
Estaba viento en popa con estas cosas, rico y próspero, y tal, que casi aspiraba ya a ser autor.
Sucedióme un día la mejor cosa del mundo, que, aunque es en mi afrenta, la he de contar. Yo me recogía en mi posada, el día que escribía comedia, al desván; y allí me estaba y allí comía. Subía una moza con la vianda y dejábamela allí. Yo tenía por costumbre escribir representando recio, como si lo hiciera en el tablado. Ordena el diablo que a la hora y punto que la moza iba subiendo por la escalera—que era angosta y oscura—con dos platos y olla, yo estaba en un paso de una montería, y daba grandes gritos componiendo mi comedia: decía:
Guarda el oso, guarda el oso,
que me deja hecho pedazos,
y baja tras ti furioso.
¿Qué entendió la moza—que era gallega—como oyó decir "baja tras ti" y "me deja"? Que era verdad y que la avisaba; va a huir, y con la turbación písase la saya y rueda toda la escalera; derrama la olla y quiebra los platos, y sale dando gritos a la calle, diciendo que mataba un oso a un hombre. Y por presto que yo acudí, ya estaba toda la vecindad conmigo, preguntando por el oso; y aun contándoles yo como había sido ignorancia de la moza—porque era lo que he referido de la comedia—, aún no lo querían creer. No comí aquel día; supiéronlo los compañeros, y fué celebrado el cuento en la ciudad. Y de estas cosas me sucedieron muchas mientras perseveré en el oficio de poeta y no salí del mal estado.
Sucedió, pues, que mi autor—que siempre paran en esto—, sabiendo que en Toledo le había ido bien, le ejecutaron por no sé qué deudas, y le pusieron en la cárcel; con lo cual nos desmembramos todos, y echó cada uno por su parte. Yo—si va a decir verdad—, aunque los compañeros me querían guiar a otras compañías, como no aspiraba a semejantes oficios, y el andar en ellos era por necesidad, viéndome con dineros y bien puesto, no traté más que de holgarme.
Despedíme de todos; tomé mi camino para Sevilla, donde, como en tierra más ancha, quise probar ventura.
Pasé el camino de Toledo a Sevilla prósperamente. Fuíme luego a apear al mesón del Moro, donde me topó un condiscípulo mío de Alcalá, que se llamaba Mata, y ahora se decía—por parecerle nombre de poco ruido—Matorral. Trataba en vidas, y era tendero de cuchilladas, y no le iba mal. Traía la muestra de ellas en su cara, y por las que le habían dado concertaba tamaño y hondura de las que había de dar; decía: "No hay tal maestro como el bien acuchillado"; y tenía razón, porque la cara era una cuera y él un cuero. Díjome que me había de ir a cenar con él y otras camaradas, y que ellos me volverían al mesón.
Fuí, llegamos a su posada, y dijo: "Ea, quite la capa vucé y parezca hombre, que verá esta noche todos los buenos hijos de Sevilla; abaje ese cuello y agobie de espaldas, la capa caída—que siempre andamos nosotros de capa caída—y ese hocico de tornillo, gestos a un lado y a otro, y haga vucé de la j, h, y de la h, j; y diga conmigo: jerida, mojino, jumo, pahería, mohar, habalí y harro de vino." Tomélo de memoria. Prestóme una daga, que en lo ancho era alfanje, y en lo largo no se llamaba espada, que bien podía. "Bébase—me dijo—-esta media azumbre de vino puro; que si no da vaharada no parecerá valiente." Estando en esto, y yo con lo bebido atolondrado, entraron cuatro de ellos con cuatro zapatos de gotosos por caras, andando a lo columpio, no cubiertos con las capas, sino fajados por los lomos, los sombreros empinados sobre las frentes, altas las faldillas de delante, que parecían diademas, un par de herrerías enteras por guarniciones de dagas y espadas, las conteras en conversación con el calcañar derecho, los ojos derribados, la vista fuerte, bigotes buídos a lo cuerno y barbas turcas, como caballos. Hiciéronnos un gesto con la boca, y luego a mi amigo le dijeron—con voces mohinas, sisando palabras—: "Seidor." "So compadre", respondió mi ayo. Sentáronse; y para preguntar quién era yo, no hablaron palabra, sino el uno miró a Matorrales, y abriendo la boca y empujando hacia mí el labio de abajo, me señaló; a lo cual mi maestro de novicios satisfizo empuñando la barba y miran do hacia abajo; y con esto, con mucha alegría se levantaron todos, y me abrazaron e hicieron muchas fiestas, y yo de la propia manera a ellos, que fué lo mesmo que si catara cuatro diferentes vinos. Llegó la hora de cenar; vinieron a servir a la mesa unos grandes picaros, que los bravos llaman cañones. Sentámonos todos juntos a la mesa: aparecióse luego el alcaparrón, y con esto empezaron—por bienvenido—a beber a mi honra, que yo de ninguna manera, hasta que la vi beber, no entendí que tenía tanta. Vino pescado y carne, y todo con apetitos de sed. Estaba una artesa en el suelo toda llena de vino, y allí se echaba de bruces el que quería hacer la razón: contentóme la penadilla. A dos veces no hubo hombre que conociese al otro. Empezaron pláticas de guerra; menudeábanse los juramentos; murieron de brindis a brindis veinte o treinta sin confesión. Recetáronsele al asistente mil puñaladas: tratóse de la buena memoria de Domingo Tiznado y Gayón; derramóse vino en cantidad al alma de Escamilla. Los que las cogieron tristes lloraron tiernamente al malogrado Alonso Alvarez. Ya a mi compañero con estas cosas se le desconcertó el reloj de la cabeza, y dijo, algo ronco, tomando un pan con las dos manos y mirando a la luz: "Por ésta, que es la cara de Dios, y por aquella luz que salió por la boca del ángel, que si vucedes quieren, que esta noche hemos de dar al corchete que siguió al pobre Tuerto." Levantóse entre ellos alarido dis forme, y sacando las dagas, lo juraron, poniendo las manos cada uno en un borde de la artesa; y echándose sobre ella de hocicos, dijeron: "Así como bebemos este vino, hemos de beber la sangre a todo acechador." "¿Quién es este Alonso Alvarez—pregunté—, que tanto se ha sentido su muerte?" "Mancebo—dijo el uno—lidiador ahigadado, mozo de manos y buen compañero. Vamos; que me retientan los demonios." Con esto salimos de casa a montería de corchetes.
Yo, como iba entregado al vino, y había renunciado en su poder mis sentidos, no advertí al riesgo que me ponía. Llegamos a la calle de la Mar, donde encaró con nosotros la ronda. No bien la columbraron, cuando sacando las espadas, la embistieron. Yo hice lo mismo, y limpiamos dos cuerpos de corchetes de sus malas ánimas al primer encuentro. El alguacil puso la justicia en sus pies, apeló por la calle arriba dando voces; no lo pudimos seguir, por haber cargado delantero. Y al fin nos acogimos a la iglesia Mayor, donde nos amparamos del rigor de la justicia, y dormimos lo necesario para espumar el vino que hervía en los cascos. Y vueltos ya en nuestro acuerdo, me espantaba yo de ver que hubiese perdido la justicia dos corchetes y huído el alguacil de un racimo de uva, que entonces lo éramos nosotros. Pasábamoslo en la iglesia notablemente, súpome bien y mejor que todas esta vida, hasta morir. Estudié la jacarandina, y a pocos días era rabí de los otros rufianes. La justicia no se descuidaba de buscarnos; rondábanos la puerta; pero con todo, de media noche abajo rondábamos disfrazados.
Yo, que vi que duraba mucho este negocio, y más la fortuna en perseguirme—no de escarmentado, que no soy tan cuerdo, sino de cansado, como obstinado pecador—, determiné de pasarme a Indias a ver si mudando mundo y tierra mejoraría mi suerte. Y fuéme peor, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres.
MATEO ALEMÁN
GUZMÁN DE ALFARACHE
(Parte I, libro I, capítulo III.)
Era yo muchacho, vicioso y regalado, criado en Sevilla, sin castigo de padre, la madre viuda, cebado a torreznos, molletes y mantequillas y sopas de miel rosada, mirado y adorado más que hijo de mercader de Toledo, o tanto; hacíaseme de mal dejar mi casa, deudos y amigos, demás que es dulce amor el de la patria. Siéndome forzoso no pude excusarlo; alentábame mucho el deseo de ver mundo, ir a reconocer en Italia mi noble parentela; salí, que no debiera (bien pude decir), tarde y con mal; creyendo hallar copioso remedio, perdí el poco que tenía; sucedióme lo que al perro con la sombra de la carne. Apenas había salido de la puerta, cuando, sin poderlo resistir, dos Nilos reventaron de mis ojos que, regándome el rostro en abundancia, quedó todo de lágrimas bañado; esto y querer anoche cer no me dejaban ver cielo ni palmo de tierra por donde iba.
Cuando llegué a San Lázaro, que está de la ciudad poca distancia, sentéme en la escalera o gradas por donde suben a aquella devota ermita. Allí hice de nuevo alarde de mi vida y discursos della; quisiera volverme, por haber salido mal apercibido, con poco acuerdo y poco dinero para viaje tan largo, que aun para corto no llevaba, y sobre tantas desdichas (que cuando comienzan vienen siempre muchas, y enzarzadas unas de otras como cerezas) era viernes en la noche y algo escura, no había cenado ni merendado; si fuera día de carne, que a la salida de la ciudad, aunque fuera naturalmente ciego, el olor me llevara en alguna pastelería a comprar un pastel con que me entretuviera y enjugara el llanto, el mal fuera menos.
Entonces eché de ver cuánto se siente más el bien perdido y la diferencia que hace del hambriento el harto; todos los trabajos comiendo se pasan; donde la comida falta, no hay bien que llegue ni mal que no sobre, gusto que dure ni contento que asista; todos riñen sin saber por qué, ninguno tiene culpa, unos a otros se la ponen, todos trazan y son quimeristas, todo es entonces gobierno y filosofía.
Vime con ganas de cenar y sin qué poder llegar a la boca, salvo agua fresca de una fuente que allí estaba; no supe qué hacer ni a qué puerta echar; lo que por una parte me daba osadía, por otra me acobardaba; hallábame entre miedos y esperanzas, el despeñadero a los ojos, y lobos a las espaldas; anduve vacilando; quise ponerlo en las manos de Dios; entré en la iglesia; hice mi oración, breve, pero no sé si devota; no me dieron lugar para más, por ser hora de cerrarla y recogerse.
Cerróse la noche, y con ella mis imaginaciones, mas no los manantiales y llanto; quédeme con él dormido, sobre un poyo del portal, acá fuera; no sé qué lo hizo, si es que por ventura las melancolías quiebran el sueño, como lo dió a entender el montañés que, llevando a enterrar a su mujer, iba en piernas, descalzo y el sayo al revés, lo de dentro afuera. En aquella tierra están las casas apartadas, y algunas muy lejos de la iglesia, y pasando por la taberna vió que vendían vino blanco; fingió quererse quedar a otra cosa y dijo: "Anden, señores, con la malograda, que en un trote les alcanzo." Así se entró en la taberna, y de un sorbito en otro emborrachóse y quedóse dormido; cuando los del acompañamiento volvieron del entierro y lo hallaron tendido en el suelo, lo llamaron; él, recordando, les dijo: "Mal hora, señores, perdonen sus mercedes, que ma Dios non hay así cosa que tanta sed y sueño poña como sinsaborios."
Así yo, que ya era del sábado el sol salido casi con dos horas cuando vine a saber de mí; no sé si despertara tan presto, si los panderos y bailes de unas mujeres que venían a velar aquel día (con el tañer y cantar) no me recordaran.
Levantéme, aunque tarde, hambriento y soñoliento, sin saber dónde estaba, que aún me parecía cosa de sueño; cuando vi que eran veras, dije entre mí: "Echada está la suerte, vaya Dios conmigo", y con resolución comencé mi camino; pero no sabía para dónde iba ni en ello había reparado.
Tomé por el uno que me fué más hermoso, fuera donde fuera; los pies me llevaban, yo los iba siguiendo, saliera bien o mal, a monte o a poblado.
Quísome parecer a lo que aconteció en la Mancha con un médico falso: no sabía letra ni había nunca estudiado; traía consigo gran cantidad de recetas, a una parte de jarabes y otra de purgas, y cuando visitaba algún enfermo (conforme al beneficio que le había de hacer), metía la mano y sacaba una, diciendo primero entre sí: "Dios te la depare buena", y así le daba la con que primero encontraba.
Este día, cansado de andar solas dos leguas pequeñas (que para mí eran las primeras que había caminado), ya me pareció haber llegado a los antípodas y, como el famoso Colón, descubierto un nuevo mundo. Llegué a una venta sudando, polvoroso, despeado, triste y, sobre todo, el molino picado, el diente agudo y el estómago débil. Sería mediodía; pedí de comer; dijeron que no había sino sólo huevos; no tan malo si lo fueran, que a la bella ca de la ventera, con el mucho calor, o que la zorra le matase la gallina, se quedaron empollados, y por no perderlo todo los iba encajando con otros buenos; no lo hizo así conmigo, que cuales ella me los dió le pague Dios la buena obra.
Vióme muchacho, boquirrubio, cariampollado, chapetón; parecíle un Juan de buena alma, y que para mí bastara que quiera. Preguntóme: "¿De dónde sois, hijo?", díjele que de Sevilla; llegóseme más, y dándome con su mano unos golpecitos debajo de la barba, me dijo: "Y ¿adónde va el bobito?" Díjele que iba a la corte, que me diese de comer. Hízome sentar en un banquillo cojo, y encima de un poyo me puso un barredero de horno, con un salero hecho de un suelo de cántaro, un tiesto de gallinas lleno de agua y una media hogaza más negra que los manteles. Luego me sacó en un plato una tortilla de huevos, que pudiera llamarse mejor emplastro de huevos: ellos, el pan, jarro, agua, salero, sal, manteles y la huéspeda, todo era de lo mismo.
Halléme bozal, el estómago apurado, las tripas de posta, que se daban unas con otras de vacías; comí como el puerco la bellota, todo a hecho, aunque verdaderamente sentía crujir entre los dientes los tiernecitos huesos de los sin ventura pollos, que era hacerme como cosquillas en las encías. Bien es verdad que se me hizo novedad y aun en el gusto, que no era como el de los otros huevos que solía comer en casa de mi madre; mas dejé pasar aquel pensamiento con la hambre y el cansancio, pareciéndome que la distancia de la tierra lo causaba, y que no eran todos de un sabor ni calidad; yo estaba de manera que aquello tuve por buena suerte.
Tan propio es al hambriento no reparar en salsas, como al necesitado salir a cualquier partido; era poco; pasélo presto con las buenas ganas; en el pan me detuve algo más, comílo a pausas, porque siendo muy malo, fué forzoso llevarlo despacio, dando lugar unos bocados a otros que bajasen al estómago por su orden; comencélo por las cortezas y acabélo con el migajón, que estaba hecho engrudo; mas tal cual no le perdoné letra, ni les hice a las hormigas migaja de cortesía, más que si fuera poco y bueno.
Recobréme con esto, y los pies cansados de llevar el vientre, aunque vacío y de poco peso, ya, siendo lleno y cargado, llevaba a los pies; y así, proseguí mi camino.
(Parte I, libro III, capítulo X.)
Entré a servir al embajador de Francia. Mucho se deseaba servir de mí. En resolución, allá me fuí; hacíame buen tratamiento. No me señaló plaza ni oficio, generalmente le servía, y generalmente me pagaba, porque o él me lo daba o en su presencia yo me lo tomaba en buen donaire; y, hablando claro, yo era su gracioso, aunque otros me llamaban truhán, chocarrero.
Cuando teníamos convidados (que nunca faltaban), a los de cumplimiento servíamos con gran puntualidad, desvelando los ojos en los suyos; mas a otros importunos, necios, enfadosos, que sin ser llamados venían, a los tales hacíamos mil burlas; a unos dejándolos sin beber, que parecía que los criábamos como melones de secano; a otros dándoles a beber poco y con tazas penadas; a otros, muy aguado; a otros, caliente. Los manjares que gustaban alzábamos el plato; servíamosles con salado, acedo y mal sazonado; buscábamos invención para que les hiciese mal provecho por aventarlos de casa.
Una vez aconteció que como un inglés hubiese dicho ser pariente del embajador, y tuviese costumbre de venírsenos a casa cada día, mi amo se enfadaba, porque, demás de no ser su deudo, no tenía calidades ni sangre noble y, sobre todo, era en su conversación impertinente y cansado.
Hombres hay que aporrean un alma con sólo mirarlos, y otros que se meten en ella, dejándose querer, sin ser en las manos del uno ni en el poder del otro el odio ni el amor; pero éste parecía todo de plomo, mazo sordo.
Una noche, al principio de la cena, comenzó a desvanecerse con mil mentiras, de que el embajador se enfadó mucho; y no pudiéndolo sufrir, me dijo en español, que el otro no entendía: "Mucho me cansa este loco." No lo dijo a tonto ni a sor do, luego lo tomé a destajo; fuíle sirviendo con picantes que llamaban a gran priesa; era el vino suavísimo; la copa, grande, iba menudeando de polvillo en polvillo, se levantó una polvareda de la maldición. Cuando lo vi rendido y a treinta con rey, quitéme una liga y púsele una lazada floja en la garganta del pie, atando el cabo con el de la silla, y levantados los manteles, cuando se quiso ir a su posada, no tan presto se alzó del asiento como estaba en el suelo, hechas las muelas y los dientes, y aun deshechas las narices; de manera que, vuelto en sí otro día y viendo su mal recaudo, de corrido no volvió más a casa.
Bien me fué con éste, porque sucedió como deseaba; mas no todos los lances salen ciertos; algunos hay que pican y se llevan el cebo, dejando burlado al pescador y el anzuelo vacío, como me aconteció con un soldado español de más de la marca.
Oye lo que con él nos pasó: entrósenos en casa a mediodía, cuando el embajador quería comer, y, llegándose a él, dijo ser un soldado natural de Córdoba, caballero principal della, y que tenía necesidad, y así le suplicaba se la favoreciese haciéndole merced. El embajador sacó un bolsico donde tenía unos escudos y, sin abrirlo, se lo dió, por parecerle que sería lo que significaba; no contento con esto deteníase contándole quién era y las ocasiones en que se había hallado de lance en lance.
"...no tan presto se alzó del asiento como estaba en el suelo...."
Como el embajador se fué a sentar a la mesa, él hizo lo mesmo, llegando una silla se puso a un lado; yo iba por la vianda, y veo que otros dos gerifaltes como él entraban por el corredor, y como lo vieron comiendo, dijo el uno al otro: "¡Voto a tal!, que parece que el pecado nos ata los pies, que siempre este chocarrero nos gana por la mano; que su padre no se hartó de calzarme borceguíes en Córdoba, donde tiene su ejecutoria en el techo de la iglesia mayor; ésta es la desventura nuestra, que si pasamos veinte caballeros a Italia, vienen cien infames cual éste a quererse igualar, haciéndose de los godos; como entienden que no los conocen, piensan que engomándose el bigote y arrojando cuatro plumas han alcanzado la nobleza y valentia, siendo unos infames gallinas, pues no pelean plumas ni bigotes, sino corazones y hombres; vámonos, que yo le haré que desocupe nuestros cuarteles y busque rancho."
Fuéronse y quedé considerando cuáles eran todos tres y cómo se honraban. Con los dos me indigné, pareciéndome fanfarrones y por su mal término en hablar, infamando al que se deseaba honrar sin ajena costa ni perjuicio, y con el huésped cobré gran ira por su demasiado atrevimiento: debiérase contentar con lo que le habían dado, sin ser desvergonzado, poniéndose a la tabla con semejante desenvoltura. Dióme deseo de burlarlo y aprovechóme poco, pues pensando ir por lana volví trasquilado, no saliendo con mi intento.
Pidióme de beber, hice que no lo entendía; señalóme con la mano, acerquéme junto a él; volvió tercera vez con una seña, volví los ojos a otra parte, mesurando el rostro, y viendo que o lo hacía de tonto o de bellaco, no me lo volvió a pedir, antes dijo al embajador: "No le parezca a vuestra señoría ser atrevimiento el haberme sentado a su tabla, sin ser convidado, por las muchas excusas que tengo para ello. Lo primero, la calidad de mi persona y noble linaje, merece toda merced y cortesía. Lo segundo, ser soldado me hace digno de cualquier tabla de príncipe, por haberlo conquistado mis obras y profesión. Lo último, que se junta con lo dicho mi mucha necesidad a quien todo es común: la mesa de vuestra señoría se pone para remediar a semejantes, con que no es necesario esperar a ser convidados los que fueren soldados de mis prendas. Suplico a vuestra señoría se sirva mandar que se me dé la bebida, que como soy español, no me han entendido, aunque la he pedido."
Mi amo nos mandó darle de beber, y así no pudo excusarse, pero jurésela que me lo había de pagar; trújele la bebida en un vaso muy pequeño y penado y el vino aguado, de manera que lo dejé casi con la misma sed. Mas como a los españoles poco les basta para entretener y sufrir mucho trabajo, con aquella gota pasó como pudo hasta el fin de la comida, habiéndonos todos los pajes conjurado de no mirarle a la cara en cuanto comiese, porque no volviese con señas a pedirlo y nos obligase a darle; mas él supo mucho, que cuando satisfizo el estómago de viandas, y servían los postres, volvió a decir: "Con licencia de vuestra señoría voy a beber", y levantándose de la silla fuese al aparador, y en el vaso mayor que halló echó vino y agua lo que le pareció; y satisfecha la sed, quitándose la gorra y haciendo una reverencia, salió de la sala y se fué sin hablar otra palabra.