ESCENA IX

Dichos y DON HILARIÓN, que viene por la acera de la derecha, agitado y convulso. Después de mirar a todas partes, se dirige al comercio de sedas.

Hilarión

¡Mi querido don Sebastián!...

Sebastián

¡Señor don Hilarión!... (Levantándose y abrazándole.)

Hilarión

Buenas noches, señoras.

Mariquita

Buenas noches.

Severiana

¿Qué trae usted, don Hilarión?

Hilarión

¡Nada!... ¡nada!...

Sebastián

¿Se ha puesto usted malo?

Hilarión

¡Creo que sí!... Me he atufado ahí, en casa de mi enfermo... La atmósfera estaba cargada...

Sebastián

Siéntese usted aquí.

Severiana

Sí, siéntese usted a respirar el aire libre.

Hilarión

No, gracias; tengo frío y mejor estaré dentro. (¡Maldito sea el cajista!) Además, tengo así cierta debilidad; he cenado sin gana...

Sebastián

¿Sí? Pues se va usted a tomar una copa de jerez, que es lo mejor del mundo.

Hilarión

Acepto, acepto.

Sebastián

Véngase usted conmigo.

Severiana

¡Sí, sí!... Mira, Sebastián, en el comedor hay rosquillas tontas, para que las moje en el jerez.

Hilarión

Muchas gracias. (¡Yo sí que soy un tonto! ¡Maldito sea el cajista!)

Sebastián

Vamos allá, mi buen amigo. (Entrando los dos en el comercio.)

Severiana

Y si quiere algo más que lo diga.

Mariquita

¿Quién es este señor?

Severiana

Un boticario; el mejor que tenemos en el distrito. Un hombre muy formal y muy amigo de mi marido.

Mariquita

¡Sí, tiene muy buena facha!

(Empieza otro baile al compás del piano de manubrio. Muchas parejas. En primer término baila una chula parecida a la Susana, y lleva un mantón de Manila exactamente igual. Está bailando con un señor de alguna edad que también se da un aire a don Hilarión.)