10. Romance de doña Alda

En París está doña Alda

la esposa de don Roldán,

trescientas damas con ella

para la acompañar:

todas visten un vestido,

todas calzan un calzar,

todas comen a una mesa,

todas comían de un pan,

sino era doña Alda,

que era la mayoral.

Las ciento hilaban oro,

las ciento tejen cendal,

las ciento tañen instrumentos

para doña Alda holgar.

Al son de los instrumentos

doña Alda adormido se ha:

ensoñado había un sueño,

un sueño de gran pesar.

Recordó despavorida

y con un pavor muy grand,

los gritos daba tan grandes

que se oían en la ciudad.

Allí hablaron sus doncellas,

bien oiréis lo que dirán:

—¿Qué es aquesto, mi señora?

¿quién es el que os hizo mal?

—Un sueño soñé, doncellas,

que me ha dado gran pesar;

que me veía en un monte

en un desierto lugar:

de so los montes muy altos

un azor vide volar,

tras dél viene una aguililla

que lo ahinca muy mal.

El azor con grande cuita

metiose so mi brial;

el aguililla con grande ira

de allí lo iba a sacar;

con las uñas lo despluma,

con el pico lo deshaz.—

Allí habló su camarera,

bien oiréis lo que dirá:

—Aquese sueño, señora,

bien os lo entiendo soltar;

el azor es vuestro esposo,

que viene de allén la mar;

el águila sedes vos,

con la cual ha de casar,

y aquel monte es la iglesia

donde os han de velar.

—Si así es, mi camarera,

bien te lo entiendo pagar.—

Otro día de mañana

cartas de fuera le traen;

tintas venían de dentro,

de fuera escritas con sangre,

que su Roldán era muerto

en la caza de Roncesvalles.