9. Romance de la hija del rey de Francia

De Francia partió la niña,

de Francia la bien guarnida:

íbase para París,

do padre y madre tenía.

Errado lleva el camino,

errado lleva la guía:

arrimárase a un roble

por esperar compañía.

Vio venir un caballero

que a París lleva la guía.

La niña desque lo vido

de esta suerte le decía:

—Si te place, caballero,

llévesme en tu compañía.

—Pláceme, dijo, señora,

pláceme, dijo, mi vida.—

Apeose del caballo

por hacelle cortesía;

puso la niña en las ancas

y él subiérase en la silla.

En el medio del camino

de amores la requería.

La niña desque lo oyera

díjole con osadía:

—Tate, tate, caballero,

no hagáis tal villanía:

hija soy de un malato

y de una malatía;

el hombre que a mí llegase

malato se tornaría.—

El caballero con temor

palabra no respondía.

A la entrada de París

la niña se sonreía.

—¿De qué vos reís, señora?

¿de qué vos reís, mi vida?

—Ríome del caballero,

y de su gran cobardía,

¡tener la niña en el campo

y catarle cortesía!—

Caballero con vergüenza

estas palabras decía:

—Vuelta, vuelta, mi señora,

que una cosa se me olvida.—

La niña como discreta

dijo: —Yo no volvería,

ni persona, aunque volviese,

en mi cuerpo tocaría:

hija soy del rey de Francia

y de la reina Constantina,

el hombre que a mí llegase,

muy caro le costaría.