17. Noche serena

Cuando contemplo el cielo

de innumerables luces adornado,

y miro hacia el suelo

de noche rodeado,

en sueño y en olvido sepultado:

El amor y la pena

despiertan en mi pecho una ansia ardiente;

despiden larga vena

los ojos hechos fuente;

la lengua dice al fin con voz doliente:

Morada de grandeza,

templo de claridad y hermosura,

mi alma que a tu alteza

nació, ¿qué desventura

la tiene en esta cárcel baja, oscura?

¿Qué mortal desatino

de la verdad aleja así el sentido,

que de tu bien divino

olvidado, perdido

sigue la vana sombra, el bien fingido?

El hombre está entregado

al sueño, de su suerte no cuidando,

y con paso callado

el cielo vueltas dando

las horas del vivir le va hurtando.

¡Ay! despertad, mortales;

mirad con atención en vuestro daño;

¿las almas inmortales

hechas a bien tamaño

podrán vivir de sombra y solo engaño?

¡Ay! levantad los ojos

a aquesta celestial eterna esfera,

burlaréis los antojos

de aquesa lisonjera

vida, con cuanto teme y cuanto espera.

¿Es más que un breve punto

el bajo y torpe suelo, comparado

a aqueste gran trasunto,

do vive mejorado

lo que es, lo que será, lo que ha pasado?

Quien mira el gran concierto

de aquestos resplandores eternales,

su movimiento cierto,

sus pasos desiguales,

y en proporción concorde tan iguales:

La luna cómo mueve

la plateada rueda, y va en pos de ella

la luz do el saber llueve,

y la graciosa estrella

de amor le sigue reluciente y bella:

Y cómo otro camino

prosigue el sanguinoso Marte airado,

y el Júpiter benino

de bienes mil cercado

serena el cielo con su rayo amado:

Rodéase en la cumbre

Saturno, padre de los siglos de oro,

tras él la muchedumbre

del reluciente coro

su luz va repartiendo y su tesoro:

¿Quién es el que esto mira,

y precia la bajeza de la tierra,

y no gime y suspira

por romper lo que encierra

el alma, y de estos bienes la destierra?

Aquí vive el contento,

aquí reina la paz: aquí asentado

en rico y alto asiento

está al amor sagrado

de honra y de deleites rodeado.

Inmensa hermosura

aquí se muestra toda; y resplandece

clarísima luz pura,

que jamás anochece;

eterna primavera aquí florece.

¡Oh campos verdaderos!

¡oh prados con verdad frescos y amenos!

¡riquísimos mineros!

¡Oh deleitosos senos!

¡repuestos valles de mil bienes llenos!

18. Morada del cielo

Alma región luciente,

prado de bienandanza, que ni al hielo

ni con el rayo ardiente

falleces, fértil suelo

producidor eterno de consuelo:

De púrpura y de nieve

florida la cabeza coronado,

a dulces pastos mueve

sin honda ni cayado,

el buen Pastor en ti su hato amado.

Él va, y en pos dichosas

le siguen sus ovejas, do las pace

con inmortales rosas,

con flor que siempre nace,

y cuanto más se goza más renace.

Ya dentro a la montaña

del alto bien las guía; ya en la vena

del gozo fiel las baña,

y les da mesa llena,

pastor y pasto él solo, y suerte buena.

Y de su esfera cuando

la cumbre toca altísimo subido

el sol, él sesteando

de su hato ceñido

con dulce son deleita el santo oído.

Toca el rabel sonoro,

y el inmortal dulzor al alma pasa,

con que envilece el oro,

y ardiendo se traspasa

y lanza en aquel bien libre de tasa.

¡Oh son, oh voz, siquiera

pequeña parte alguna descendiese

en mi sentido, y fuera

de sí el alma pusiese

y toda en ti, oh amor, la convirtiese!

Conocería dónde

sesteas, dulce Esposo, y desatada

de esta prisión a donde

padece, a tu manada

junta, no ya andará perdida, errada.