LIBRO SEXTO


1. Primæ frugiferos fœtus mortalibus ægris...

La primera ciudad que á los hombres facilitó con abundancia los frutos de los campos y proporcionó comodidades por virtud de sabias leyes que supo dictar fué Atenas, de nombre esclarecido, ciudad insigne que hizo placentera la vida al producir aquel varón ilustre, nacido solamente para anunciar verdades, el cual, aunque fallecido ya hace mucho tiempo, como recompensa por las investigaciones divinas que hizo y divulgó conserva su gloria hasta los cielos elevada. Ese genio, cuando vió que los hombres, aun con el uso de muchas cosas originarias de satisfacciones, riquezas, honores, grandezas, reputación distinguida transmisible á los descendientes, llevaban el corazón á duras penas reducido y el ánimo sujeto á esclavitud de tristes incertidumbres, pensó que el mal no estaba en las cosas, sino en el hombre mismo, es decir, no en el líquido, sino en el vaso, que por estar envenenado corrompe todo lo que en él se vierte, ó que nunca se llena por ser excesivamente permeable, ó que da ingrato sabor á su contenido por estar manchado interiormente. Con sanas verdades empezó á limpiar el corazón de los seres humanos; encerró la codicia y el temor de éstos en reducida esfera; hizo conocer en qué consiste el sumo bien á que todos podemos aspirar y el camino que á su posesión en línea recta nos lleva; investigó la causa de los males que los hombres sufren; explicó los motivos de que todas las personas, según sus peculiares condiciones, estén sujetas á contingencias engendradas necesariamente por la Naturaleza y atribuidas por necedad al acaso ó á la fortuna; hizo patente el medio libertador de todas las preocupaciones, y mostró al género humano cuán vanos y fútiles son los temores que inquietan el pecho. Como niños que de todo tienen miedo por la noche, así nosotros durante el día nos vemos rodeados por ilusorias sombras y fantasmas vanos que no se disipan con el rayo solar ó con la luz diurna, pero que se desvanecen mediante el uso de la razón tranquila y el estudio reflexivo de la Naturaleza[73]: investiguemos con perseverancia sus arcanos.

[73] Hay aquí siete versos del canto II, repetido también en el III.

Y como ya he demostrado que el mundo es perecedero, que el cielo ha tenido principio y que los cuerpos todos por cuanto nacieron han de caer en disolución, escucha, pues, el resto de mi discurso, ya que he limpiado de estorbos mi camino y tengo la esperanza de poder recorrerlo con mi carro victorioso. En presencia de los fenómenos que se desarrollan en el Cielo y en la Tierra, los hombres, sobrecogidos por el temor, con ánimo humillado han creído en dioses, y ante la fingida representación de éstos se han postrado, porque la ignorancia de las causas de los fenómenos les ha permitido pensar que todo lo existente podía estar sometido al imperio de seres arbitrarios y que todo lo que no se podían explicar era obra de númenes. Aquellos mismos que están convencidos de que los dioses por nada se preocupan y de que todas las cosas de la Naturaleza se realizan dentro de un orden invariable, cuando los ojos levantan para contemplar las etéreas regiones vuelven á caer en superstición religiosa y admiten la existencia de tiranos á los cuales ¡míseros! atribuyen supremo y despótico poder para repartir á su capricho el bien y el mal, porque ignoran las condiciones de lo que puede ser y de lo que no puede ser, y los límites en que toda energía se encierra: este error fundamental trasciende á toda la esfera de su pensamiento. Si no apartas de tu mente esas ideas, si no crees que tales cuidados son impropios de los dioses é incompatibles con la paz de que gozan, tendrás presentes sus imágenes en todo momento, no porque pura substancia de dioses pueda ser de enconos susceptible y de entretenerse en preparar crueles castigos, sino porque tú mismo, si crees que hay dioses movidos por resentimientos, no tendrás un instante de paz, no entrarás sosegado en los templos, y los simulacros de sus cuerpos santos como nuncios de sus divinas formas, á ti no llegarán sin que la inquietud y el temor te agiten. De este proceder ¡qué vida tan triste se origina! Aunque en servicio de la razón he expuesto ya muchas verdades, me restan por declarar otras de las que te hablaré en pulidos versos, con especialidad referentes á los fenómenos del Cielo. Trataré, pues, de los efectos de las tempestades y del rayo, para que te abstengas de considerar el Cielo dividido en partes, y de indagar cuál es la que dió origen al fuego, dónde estaba éste escondido, la manera cómo pudo rasgar las capas del espacio y salir de ellas sin hallar obstáculo, efectos que sólo puede atribuir á seres imaginarios el que desconoce la causa de que proceden. Y para que pueda llegar felizmente al término de mi carrera, muéstrame el camino que debo recorrer, hábil Musa Calíope, recreo de los hombres y encanto de los dioses, pues si tú me guías ganaré corona insigne de alto aprecio.

95. Principio Tonitru quatiuntur cærula Cœli...

El cerúleo firmamento es perturbado con ruidoso trueno cuando nubes impelidas por contrarios vientos se mueven en las altas regiones del aire y chocan entre sí: el sonido, sin embargo, no parte del sitio en que sereno el Cielo se muestre; allí donde las nubes se condensan y se amontonan es donde se engendra el estampido redoblante del bronco trueno. Las nubes son cuerpos cuya densidad es extraordinariamente menor que la de la madera ó de las piedras, pero mayor que la de la nieve y la del humo, como lo hace patente el hecho de que no se rinden bajo su propia gravedad como ceden las piedras, y reunen en sí materiales para la formación del granizo y de la nieve, que el humo no podría contener.

Unas veces en la ilimitada extensión del espacio producen las nubes ruido semejante al que ocasionan en los teatros los fluctuantes paños pendientes de las vigas y columnas de esos edificios; otras veces lo mismo que si fuesen rotas violentamente por los vientos crepitan como tenues láminas que se rasgan, y éste es el crujido propio de los truenos, ó como hojas de papiro que vuelan llevadas por el viento, ó como ropas colgadas sacudidas por el vendaval; también algunas veces no chocan las nubes unas con otras, sino corren juntas en la misma dirección y se tropiezan y rozan con ruido seco y prolongado que lastima nuestro oído y dura hasta que se desenlazan.

También ocurre otro fenómeno que origina fragoroso estruendo bastante para ocasionar un horrible temblor en todo el mundo, como si los fundamentos de éste se derrumbaran por tan violenta acción: cuando una corriente de viento huracanado se halla contrariada y envuelta por las nubes, pretende escapar de la prisión, forma torbellinos que desarrollan mayor energía mientras más obstáculos encuentran en las nubes, y, por último, en éstas el viento abre una salida por donde huye precipitadamente con atronador ruido. Y no debe sorprender este hecho, cuando vemos que el aire contenido en una vejiga que de repente se rompe, al salir de ella causa una explosión atronadora.

Hay otra razón que explique el fuerte ruido que ocasiona en las nubes el viento impetuoso: vemos que muchas veces se muestran como divididas en forma arborescente y tal vez entonces produzca el viento en ellas un resultado parecido al que origina en las ramas y las hojas de un espeso bosque. También los vientos pueden acometer de frente y con violencia á las nubes hasta romperlas; pues podemos comprender que su ímpetu en las altas regiones sea muy enérgico si tenemos en cuenta que en las capas inferiores ha de ser más moderada, y no obstante, descuaja los árboles. Nubes hay, además, acumuladas á manera de ondas que al separarse batidas por el viento braman horrísonas como río desbordado que halla obstáculos á su paso, ó como el Océano agitado por una tempestad.

También en ocasiones el fuego del rayo caerá de unas nubes en otras, y si estas últimas contienen extraordinaria cantidad de vapor acuoso, aquél se extinguirá con estruendo, así como el hierro incandescente arrojado al agua en el momento en que extraído es de la forja se apaga con estridente chirrido; pero si el rayo cae en nube seca ésta se inflamará con estrépito, lo mismo que monte laurífero en que se prenda fuego animado por torbellinos de viento impetuoso; porque no hay combustible que arda en llamas voraces con más crepitante ruido que el délfico laurel á Febo consagrado.

Muchas veces el hielo y el granizo se forman cuando el viento condensa, empuja y amontona las nubes, las cuales en este caso ruidosamente se deshacen en lluvia congelada.

El relámpago se produce mediante la inflamación de moléculas de fuego procedentes de contrarias nubes; y puede cualquiera representarse este fenómeno si observa que del choque violento del hierro ó de una piedra contra otra piedra surgen chispas que brillan á distancia: aunque el relámpago y el trueno son simultáneos, llega á nuestra vista el fenómeno óptico antes que á nuestro oído el fenómeno acústico, porque la marcha de las ondas luminosas es mucho más rápida que la de las ondas sonoras; y de esta verdad puedes convencerte si observas desde lejos el trabajo del podador que corta las ramas inútiles de un árbol, pues verás el ademán del golpe antes que oigas el sonido que éste ocasione, y de igual modo y por la misma causa ves el relámpago antes de que oigas el trueno.

Otra explicación puede también darse del relámpago que las nubes colora con luz trémula durante la tempestad: cuando el viento se introduce en cualquier nube y mediante agitación continua llega á abrir en el centro de ella una salida como hace pocos momentos he dicho, en su vertiginosa movilidad se inflama, porque, según puedes comprobar, todo cuerpo que en virtud del movimiento alcance una temperatura muy elevada arde; y aun una bala de plomo se funde cuando voltea por un largo trayecto. Entonces el aire comprimido, al romper la nube obscura, con estrépito se desparrama convertido en relámpagos cuyos fulgores ofuscan la vista; el estruendo atronador llega al oído algún tiempo después que la luz haya impresionado los ojos, pero tales fenómenos suponen una aglomeración de nubes impelidas con violencia.

184. Nec tibi sit fraudi, quod nos infernè videmus...

Pero no te engañes en el juicio que formes de las nubes, y considera que desde aquí vemos su longitud y su anchura pero no su volumen ni la distancia á que se hallan de nosotros; hay que representarse las nubes como si fuesen masas enormes parecidas á montañas que se transportaran de un lado á otro por el ímpetu de los vientos, ó se acumulasen y comprimiesen en las alturas cuando el aire está encalmado: podrás de este modo tener idea de la importancia de sus moles en las cuales aparecen huecos que semejan cavernas abiertas en las rocas aéreas: aquellas cavidades son ocupadas por el viento engendrador de tempestades, el cual, como si no pudiera permanecer encerrado ruge amenazador á manera de fiera cautiva, corre en todas direcciones, produce dentro de las nubes espantosos ruidos, se traslada de una parte á otra, extrae chispas de fuego del lugar en que se halla, las reune, y en los cóncavos hornazos las agita hasta que rompe la nube y escapa con brillantes ráfagas de luz.

También el relámpago con su color dorado y su velocidad extraordinaria dirigida hacia la Tierra podrá originarse de la substancia formativa de las nubes que estará mezclada con elementos ígneos, si bien cuando las nubes están secas y tienen el color y el brillo de la llama deben ese aspecto á la luz del Sol que las colora y les comunica alguna parte del fuego que el astro luminoso esparce. Después, cuando el viento reune las partículas de fuego dispersas y comprime las nubes, aquellas partículas se escapan y presentan los colores brillantes de la llama.

Y aun solamente la rarefacción de las nubes puede originar la formación del relámpago, porque el viento, al separarlas y disolverlas, de ellas deriva los elementos capaces de producir fulgores; pero en este caso el destello que se engendra no va acompañado por terrorífico tumulto.

216. Quod superest, quali naturâ prædita constent...

Los efectos del rayo dan á conocer la naturaleza de éste: la violencia que lleva en su caída, el destrozo que ocasiona en los cuerpos con que choca, el vapor sulfúreo de que satura la atmósfera por el sitio que recorre, son indicios de fuego y no signos de viento ni de agua. Al caer incendia los tejados de las casas y luego la llama que en ellos se levanta quema los edificios: en la Naturaleza se forma el rayo de los más sutiles elementos ígneos existentes, los cuales fuerza tienen bastante para que nada los pueda resistir; el rayo atraviesa, como el sonido, los más sólidos muros, traspasa los metales, funde instantáneamente el oro y el bronce, impresiona de tal modo los vasos llenos de vino, que obliga á éste á disiparse porque las paredes de la vasija se relajan, sus poros se agrandan y por ellos los elementos del vino se escapan fácilmente, efecto que no podría seguramente producir el Sol en el espacio de muchos años; ¡tanto en potencia calórica y en actividad el rayo excede al Sol!

Ahora, acerca de la formación del rayo y del ímpetu con que destroza de un solo golpe las torres, arruina los edificios, arranca techos y vigas, desmocha y demuele monumentos levantados por los hombres, deja exánimes á éstos, mata ganados y hace otras cosas de este género, voy á hablar; y sin detenerme en promesas entro desde luego en el asunto.

En las nubes amontonadas y condensadas allá á grandes alturas se forma el rayo; así es que no hay motivo para recelar de él ó temerlo cuando el Cielo está sereno ó ligeramente intranquilo; y la experiencia nos lo testifica: pero cuando las nubes se ennegrecen y se acumulan en toda la extensión de la atmósfera, crecen las tinieblas, el aqueronte llena todas las cavidades del Cielo, pavorosa noche nos llena de temor y el miedo nos embarga, entonces la tempestad se prepara y el rayo comienza á formarse.

Negra nube se resuelve en copiosa lluvia como río de pez del cielo descendido que en abundantes ondas al mar se precipita; allá á distancia densas tinieblas se extienden acompañadas por tempestades, y con ellas, rayos, huracanes, fuegos, terribles remolinos, y en la Tierra las gentes asustadas, transidas de temor, buscan refugio en sus casas; debemos creer que el volumen de las nubes que por encima de nosotros se forma es tal que deja la Tierra á obscuras y con su extraordinaria mole tapa la luz del Sol: en la Tierra no caería tan enorme cantidad de agua, bastante para llenar los campos y los ríos, si la etérea región no hubiera sido invadida por las nubes.

Todo, pues, está lleno de elementos ígneos y aéreos, y por este motivo en todas partes se oyen roncos truenos y se ven los esplendores del relámpago, pues según ya te he dicho, elementos innumerables de fuego que se dilatan y se encienden con el Sol, llenan algunas cavidades de las nubes, y cuando el viento empuja á éstas, las arroja unas sobre otras y las oprime, también segrega de ellas una cantidad de corpúsculos de fuego, con los cuales se confunde: así el huracán estalla y en fragua ardiente el rayo se forja.

El viento se inflama de uno de estos dos modos: ó bien por causa de la rapidez con que se mueve, ó bien porque roza con el fuego; cuando este hecho ocurre, ya por causa de su propio movimiento, ya por el contacto del fuego, el rayo se completa, rasga las nubes desde la parte alta á la inferior, esplendor instantáneo ilumina el cielo con luz sulfúrea que deslumbra á los mortales, y con rudo estruendo el trueno ruge como si la bóveda celeste se derrumbara sobre la Tierra; una trepidación sacude nuestro globo, y por todo el espacio en repercusión repetida se transmite el estruendo, propagado por las nubes en contacto: sigue fuerte aguacero, como si el Cielo se deshiciera en lluvia, ó como si un nuevo diluvio sobre nosotros viniera; ¡tanto es el terror que producen el soplar furioso del viento, el rasgarse de las nubes, el correr impetuoso del encendido rayo!

Puede ocurrir que una corriente de aire en su rápida carrera encuentre una voluminosa nube poseedora del rayo, la rompa con su violencia, y de este modo abra libre paso á un torbellino de fuego al que llamamos rayo en nuestra lengua. Y sucesivamente acontecerá lo mismo con otras nubes al impulso de los vientos.

También puede suceder que el viento, desprovisto de calor durante su carrera, se inflame después de perder en su curso partículas groseras que en sí contenga y no puedan atravesar las auras, y después de apropiarse elementos ígneos que mezclados á los de su propia composición produzcan fuego; como vemos que acontece con los cuerpos glandiformes de plomo lanzados con violencia á largas distancias y que en su veloz marcha dejan elementos fríos, y de otros cálidos se apoderan.

Quizá la violencia de mismo choque excite el fuego, aun cuando en su primer impulso esté frío el viento, ya que éste por su propio ímpetu puede producir moléculas de fuego y extraerlas, además, de otro cuerpo con el que se ponga en contacto: de igual modo que de un pedernal golpeado con hierro se arrancan chispas, y aun cuando el metal se halle frío el choque es suficiente para que de él broten ígneas partículas, así también el impulso de los vientos podrá ser bastante para que los objetos que reciban su acción se inflamen si contienen moléculas apropiadas. Sería una temeridad el decir que el viento, capaz de recorrer inmensas distancias, por su propia naturaleza ha de ser necesariamente frío; aunque no se inflamara en su curso, al término de su carrera debería llegar, cuando menos, entibiado por el calor.

320. Mobilitas autem fit fulminis, et gravis ictus...

La velocidad del rayo, la potencia que desarrolla en su caída y la rapidez con que ejerce su acción provienen de la energía natural de sus elementos desde que se asociaron en el seno de la nube, energía aumentada y desenvuelta en su lucha con el medio vaporoso en que se hallaron: cuando la nube no puede resistir el redoblado empuje que sobre sus paredes internas ejerce el fuego destructor, abre una salida por donde el rayo se escapa como piedra lanzada por la catapulta.

No debe olvidarse que los elementos componentes del rayo han de ser muy fríos y muy diminutos y sus efectos irresistibles supuesto que se introducen por todas partes; no hay nada capaz de contener su marcha; pero todos los cuerpos más pesados que el aire tienden á caer, y si á esa propiedad se añaden los efectos de la impulsión, se comprenderá que el rayo, mientras desciende, aumente su velocidad como si aumentara su peso: de esta manera es fácil de explicarse que aquel meteoro con energía poderosa destruya todos los obstáculos que para su marcha encuentre en su camino.

Además, como la velocidad de los cuerpos que caen aumenta en proporción al espacio recorrido, y el ímpetu de ellos crece á medida que se hace mayor su velocidad, es evidente que el choque de esos mismos cuerpos, de grandes alturas procedentes, ha de ser muy enérgico, porque durante su carrera habrán logrado agregar á su masa muchos elementos dispersos. Por consiguiente, el rayo podrá asimilarse del aire, durante su descenso rápido, algunos principios que aumenten su potencia y su velocidad. Conviene recordar que hay algunos cuerpos que permanecen incólumes á la acción del rayo, pues como éste es fuego, se abre su camino por los más imperceptibles poros y sólo destruye aquellos cuerpos formados de moléculas que no se descomponen fácilmente y reciben el choque de la exhalación: el bronce bajo su acción se funde sin resistencia y el oro se liquida porque son metales compuestos de cuerpos simples cuyos apretados lazos se desatan mediante la influencia del calor.

Las regiones aéreas y la Tierra son frecuentemente agitadas por fúlgidos fuegos en el otoño y durante los floridos y alegres días de la primavera. No hay en el invierno condensación de calórico; no hay en el estío vendavales ni acumulación de nubes; y en cambio en las estaciones medias se reunen todas las condiciones apropiadas para la formación del rayo: el calor y el frío se presentan en lucha, entablan discordia, originan corrientes impetuosas de los aires y producen tormentas: la primavera es la transición del frío al calor, ó bien el período en que el frío y el calor combaten; el otoño, que es también la transición del calor al frío, igualmente es otra época de lucha entre aquellos dos estados de la temperatura; por ese motivo ambas estaciones se llaman de guerra del año; y si épocas de guerra son, no ha de extrañarse que en ellas los rayos y las borrascas perturben el espacio como consecuencia de la discordia etérica mantenida por el fuego de un lado, y de otro por los vientos y las nubes.

376. Hoc est igniferi naturam fulminis ipsam...

Cuando se indaga sin prevenciones es fácil conocer las causas del ignífero rayo y sus efectos; pero nada se aprende con las inútiles canturías del fanatismo tirreno que pretende averiguar intenciones de misteriosos númenes mediante la observación de la llama del fuego y de la forma con que el rayo penetra en el muro y sale de él por el opuesto lado, y aun supone vaticinar lo porvenir por las circunstancias concurrentes en aquel meteoro.

Porque si es Júpiter ó cualquiera de los otros dioses el autor del terrorífico estruendo que hace temblar la bóveda celeste y de los rayos que por todas partes caen, ¿por qué estos últimos no se dirigen contra los criminales que impunemente cometen infamias sin que el fuego divino les traspase el pecho, castigo que serviría de ejemplaridad para los mortales, y en cambio el hombre justo que nunca ha hecho el menor daño y no tiene falta alguna que expiar se encuentra muchas veces envuelto en llamas y devorado por el fuego del Cielo? y ¿por qué en ocasiones caen los rayos en lugares desiertos y se pierde su acción? ¿será para que se ejerciten y den luego certeros golpes? y ¿por qué el Padre divino se ha de entretener en disparar dardos que se embotan en la tierra y no los reserva para lanzarlos contra sus enemigos? ¿por qué el mismo Júpiter jamás en tiempo tranquilo fulmina rayos ni produce truenos? ¿acaso condensa las nubes para bajar en ellas y disparar sus dardos con más certera puntería? entonces ¿para qué los hace caer algunas veces en el mar y con ellos traspasa las ondas, líquido insensible, cuerpo acuoso?

Pero si quiere que precavidos evitemos el rayo ¿por qué no permite que los hombres lo vean cuando es lanzado? Y si quiere sorprendernos desprevenidos ¿por qué lo arroja en ocasiones en que podemos evitarlo? ¿por qué permite que se extienda la obscuridad y haya estruendos y ruido precursores? ¿Y puedes creer que al mismo tiempo dispare rayos con direcciones diversas, ya que es conocido el hecho de que simultáneamente caigan en distintos sitios? Luego, indudablemente, la misma razón hay para que á diferentes lugares bajen rayos al mismo tiempo como para que llueva á la vez en varias regiones.

Finalmente, ¿qué argumentos serán bastantes para justificar la resolución de los númenes, si de ellos depende que el rayo destroce templos, soberbios edificios que para honra suya fueron erigidos, y caigan por tierra sus primorosas estatuas, destinadas exclusivamente para su culto? ¿por qué especialmente ataca el rayo las alturas, según puede comprobarse por los vestigios que de ellos siempre se encuentran en la cima de las montañas?

Por lo expuesto fácil es comprender la formación de los torbellinos ígneos que desde las nubes al mar descienden, y á los cuales dieron los Griegos el nombre de serpientes de fuego, por su aspecto; figuran á veces columnas que parecen poner en comunicación las nubes y los mares y se ven rodeados de numerosas olas movidas por viento huracanado; los buques sorprendidos por el meteoro corren grave peligro: cuando la violencia del viento no es bastante para romper las nubes que lo envuelve, se extiende poco á poco hacia la parte inferior en forma de columna que descansa en el mar, ó como una masa que mediante la tensión conseguida por un brazo poderoso, desde las nubes llegara hasta las olas y por ellas se esparciera. Cuando el viento consigue penetrar en la nube con ella desciende y se introduce en las olas, que se agitan y revuelven horriblemente; la nube lo sigue en todos sus movimientos y cuando la masa que ambos forman se apodera del Océano, levanta espantoso huracán en el cual parece que el mar hierve con estrépito extraordinario.

Pero también ocurre que el torbellino del viento después que contribuye para que en los aires se junten los elementos que forman la nube, en ésta se envuelve, y en la Tierra forma una columna como la tromba marina: la nube cuando llega hasta las planicies se resuelve en huracán terrible, en viento fuerte que todo lo arrasa á su paso: verdad es que en la Tierra son raros estos meteoros porque las montañas oponen á los vientos innumerables obstáculos, en tanto que son frecuentes en los mares porque su plana superficie deja á los vientos campo libre.

Se forman las nubes cuando muchos cuerpos ásperos que vuelan diseminados por la región del Cielo se asocian de repente, y á pesar de su débil ligadura forman un tejido apretado. Al principio constituyen solamente ligeras nubes, pero éstas se reunen, se estrechan, se acumulan, é influidas por la acción del viento producen una tempestad.

Observa, además, que mientras más elevadas son las montañas, más obscurecida con una especie de vapor amarillento se nos presenta su cima, sin duda porque las nubes en el primer momento de su formación no son para nosotros perceptibles hasta que el viento las condensa; y cuando se reunen en número considerable, se aglomeran y desde los húmedos vértices de las montañas se elevan y se extienden por las aéreas planicies; la razón nos hace, por tanto, comprender que son más ventosos los sitios más elevados, y fácilmente podemos comprobar la verdad de este aserto si ascendemos á elevados montes.

De la amplia superficie de los mares la Naturaleza segrega un crecido número de corpúsculos, como lo testifica la saliginosa humedad que se apodera de los trajes colocados en la playa: esos cuerpos que del mar proceden en forma de vapores también contribuyen á la composición de las nubes; de la misma sangre se desprende vapor acuoso; de los ríos y de la Tierra surgen emanaciones cálidas que se elevan, invaden el Cielo y forman espesas nubes que por las ondas etéreas son impelidas para abajo y condensadas, y de esto modo el azul del Cielo queda obscurecido.

Puede también suceder que partículas propias de nubes y tempestades vengan de otros mundos para reunirse á las del nuestro; pues ya he demostrado que los cuerpos simples son innumerables, que son eternos, y que dotados están de suma agilidad, condición esta última por la cual en poco tiempo recorren un dilatado espacio: no te sorprenderá seguramente, el hecho de que las tempestades se desaten y las tinieblas se extiendan, desde el lugar en que empiezan á condensarse por las tierras llanas, por los montes y por el mar, supuesto que los elementos encuentran expeditas las entradas y las salidas por la mediación del fluido etéreo que forma para las moléculas aéreas como una especie de canales conductores.

492. Nunc age, quo pacto pluvius concrescat in altis...

Ahora intento explicarte el fenómeno de acumulación de vapores en las altas nubes y la manera de condensarse y formar las lluvias que riegan toda la superficie de la Tierra. Observa primeramente que de los cuerpos terrestres se desprende vapor acuoso que unido con otras materias apropiadas forman las nubes con las cuales crecen de modo parecido á lo que sucede en nuestro organismo, en el que al mismo tiempo que los miembros crecen, también aumentan los elementos del sudor, de la sangre y de otros humores: las emanaciones del mar en cantidad considerable llevadas por el viento, como vemos que algunas veces suben movidos por el aire pequeños flequillos de lana, constituyen las nubes en unión con los vapores de los ríos, y de otros muchos corpúsculos de agua provenientes de varios sitios: cuando los vapores acumulados se condensan por el soplo de los vientos, se desvanecen en lluvia, ora por la presión que el aire sobre ellos ejerce de continuo, bien porque el mismo peso de los vapores condensados aumenta la gravitación de las nubes y determina las lluvias.

Pero cuando la acción del aire ha separado mucho las nubes, por efecto del calor del Sol, la lluvia es simplemente como una destilación parecida á la que se nota en la cera, cuando impresionada por el fuego se deshace en gotas: el fuerte aguacero sobreviene cuando á la gravedad propia de los vapores condensados se une la presión y el ímpetu iracundo de los irritados vientos que obran sobre las masas de agua.

Si muchos elementos de agua en las nubes se congregan, la lluvia es muy pertinaz, y, mientras cae, los hombres se ven obligados á permanecer largo tiempo refugiados en las casas, especialmente si en una región se amontonan voluminosas nubes procedentes de varios lados y si la Tierra por medio de los vapores restituye á la atmósfera la humedad que de ella recibe y á medida que la recibe.

Cuando en días tempestuosos los rayos solares se hallan en oposición á las nubes que se deshacen en lluvia, del fondo obscuro de la atmósfera se destacan los colores del arco iris. Y cuanto á los otros meteoros que en las alturas se ofrecen y tienen relación con las nubes y los vientos, como las nieves, el granizo y el hielo que las aguas endurece y con frecuencia anula el ímpetu de veloces ríos, fácil es por sus efectos determinar sus orígenes, especialmente cuando se conocen las propiedades de los elementos simples y por ellas el poder que éstos desarrollan.

Ahora escucha mis razonamientos acerca del origen de los terremotos: sin duda la Tierra es interiormente lo mismo que en el exterior, y así como en la superficie suya hay vientos, cavernas, lagos, lagunas, precipicios y rocas, también se hallarán en el seno de la Tierra: ríos internos habrá en gran número, los cuales con su impetuosa corriente arrastrarán sumergidas rocas; y razonable es afirmar que cosas iguales dondequiera que se hallen han de parecerse.

Admitidas como conformes á la realidad estas ideas, se comprenderá que la Tierra sufra estremecimientos cuando se derrumben en su seno enormes cavernas abatidas por la acción del tiempo: montañas que en lo interior de la Tierra se desploman han de producir profundos sacudimientos que en lo exterior se dejen sentir como temblores á veces espantosos: de igual manera un carro aunque no sea muy pesado hace tremer los edificios de las calles por donde pasa, y lo mismo acontece cuando brioso caballo arrastra una carroza cuyas ruedas están férreamente guarnecidas.

Quizá masa enorme de tierra por la vejez quebrantada caiga en depósito de aguas subterráneo y con su caída ocasione á la Tierra un movimiento de trepidación; como vemos que un vaso lleno de agua agitada vacila y no queda inmóvil hasta que el líquido en él contenido entra en reposo.

Cuando el viento reunido en los profundos subterráneos hacia un lado se acumula con todas sus fuerzas y con toda su violencia, la Tierra oscila en igual dirección; y los edificios que sobre ella se encuentran, igualmente se inclinan tanto más cuanto más elevados sean; amenazan ruina; pierden la línea vertical: los hombres ante aquellos indicios temen sucumbir y que la Naturaleza no pueda ya contener la demolición del mundo. Y con efecto, si los vientos no necesitaran reponerse, nada habría capaz de refrenarlos y nada sería suficiente para evitar sus destructores efectos; pero como unas veces se contraen y otras se dilatan, no siempre los peligros se convierten en funestas realidades; la Tierra se levanta después de haberse inclinado; pierde el equilibrio, pero pronto lo recupera por su propio peso. De esta manera se explica que los edificios vacilen más cuanto más elevados son, hasta el punto de que los más bajos apenas sienten las trepidaciones del suelo.

Algunos temblores pueden ser ocasionados por vientos súbitos, impetuosos, que soplan en la superficie de la Tierra; pero otros son producidos por grandes masas de aire que se acumulan en cavernas subterráneas, donde se agitan de mil maneras hasta que abren en la corteza terrestre una salida que se convierte en un abismo: así fueron destruidas la fenicia Sidón y Egina del Peloponeso: innumerables ciudades han sucumbido en grandes terremotos; muchas otras con todos sus habitantes han sido también sorbidas por los mares. Pero si el viento permanece en lo interior de la Tierra, con furioso ímpetu penetra por todas las cavidades que en ella existen y origina fuertes movimientos sísmicos: de modo parecido á éste el frío que penetra en nuestro cuerpo se introduce en nuestros miembros todos y temblor convulsivo nos produce aun contra nuestra voluntad. Durante los terremotos, los moradores de las ciudades, embargados por el miedo, temen que debajo de sus piés y encima de su cabeza la muerte amenazadora se presente: creen que va á hundirse el techo de sus casas y que la Naturaleza de un solo golpe va á desquiciar el mundo para henchir con sus despojos los abiertos é insaciables abismos. Y aun cuando tales temerosas gentes creen que el Cielo y la Tierra son incorruptibles y destinados, por consiguiente, á vida eterna, la presencia del peligro hace vacilar su fe y lleva á su alma el temor de que en la Tierra se abran cavernas profundas en las que el mundo entero se precipite y la Naturaleza de este modo quede convertida en montón informe de ruinas.

605. Nunc ratio reddunda, augmen cur nesciat æquor...

Debo ahora explicar de qué depende que el mar nunca aumente su volumen: causa, en efecto, sorpresa á primera vista, la consideración de que el caudal de aguas que en él penetra, ya procedente de ríos numerosos, ya de tempestades, ora de lluvias, ora de manantiales, no determine crecimiento en el Océano; pero se desvanece la admiración cuando se observa que todas esas masas líquidas que en el mar se pierden con relación á la importancia de éste son como una gota imperceptible.

En cambio, el calor del Sol evapora del mar una cantidad de agua no pequeña; y si los rayos solares pronto dejan secos los vestidos mojados sometidos á su influencia, ¿cuál no será el efecto que produzcan en toda la dilatada extensión de los mares? Hemos, pues, de pensar que el Sol, aunque débil se muestre, por más que en cada sitio del mar produzca escasa evaporación, en el total del Océano ha de causar enormes pérdidas.

También los vientos que barren toda la superficie de los mares han de arrebatar á éstos alguna parte de su caudal: pues observamos que durante una sola noche con su fuerte soplo secan los encharcados caminos y endurecen el barro acuoso.

Te he informado igualmente de que las nubes se apoderan de una cantidad de agua del mar, con la cual riegan todas las tierras cuando á impulso de los vientos se deshacen en lluvias.

Y, por último, si la tierra es un cuerpo innegablemente poroso y está en contacto con el mar, éste recibe de aquélla tributos que reponen su caudal; también da á la tierra aguas que, bien por filtraciones, bien por retrocesos abundantes, en los manantiales se acumulan, y ya purificadas suben á la superficie y corren por los cauces que les facilitan paso.

637. Nunc ratio quæ sit, per fauces montis ut Ætnæ...

Ahora me propongo inquirir la causa de que el Etna por sus espantosas fauces arroje torbellinos de fuego: no creas que la terrible tempestad ardiente que abrasó los sicilianos campos fuese prevista por los pueblos vecinos y que éstos después de contemplar el Cielo envuelto en amenazadoras llamas y torbellinos de humo que henchían el espacio y con sus horrores presagiaban una próxima ruina esperasen, aunque llenos de temor, los sucesos que la Naturaleza les deparara.

Á fin de que puedas comprender esos fenómenos, será necesario que estudies todo el orden natural en sus múltiples manifestaciones, que medites reposadamente acerca de la Suma de todas las cosas y consideres que la inmensidad del Cielo es apenas una partícula del Universo, como el hombre es una molécula de nuestro mundo. Cuando te hayas penetrado bien de estas verdades, muchos hechos naturales que hoy te admiran dejarán de sorprenderte.

¿Quién de nosotros se extraña de que haya personas cuyos órganos sean embargados por el ardor de la fiebre ó cuyos miembros padezcan dolores sintomáticos de acerba enfermedad? De pronto los piés del enfermo se entumecen; agudo malestar ataca sus dientes, invade sus ojos; erisipela gangrenosa lentamente se apodera de su cuerpo y lo quema: hechos de esta clase á nadie admiran, porque es general la creencia de que emanaciones procedentes de muchos cuerpos, vapores de la Tierra derivados y exhalaciones del aire engendran numerosos males que al crecer y progresar causan funestos accidentes. Hay, pues, motivos suficientes para afirmar que la Naturaleza, infinita como es en la Tierra y en el Cielo, ha acumulado elementos en número bastante para que en ocasiones puedan sacudir el mundo, producir tempestades en el mar y en la Tierra, proveer de fuego el Etna é incendiar el Cielo. De este modo se comprende bien que el celeste espacio pueda arder en llamas como sucede en días tormentosos cuando, estrechada la cohesión de las moléculas del agua, lluvias torrenciales inundan la Tierra. Grande se considera ese incendio: también parece grande un río á aquel que no haya visto otro mayor; grande parece un hombre, un árbol, un cuerpo de cualquiera especie si no se conocen otros que los excedan en tamaño; pero todos los seres y aun el Cielo, el mar y la Tierra no son más que pequeñas partes de la Suma universal.

Voy ahora á explicar de qué modo el Etna, repentinamente irritado, arroja llamas que suben al espacio desde los hornos encendidos en su seno: la montaña del volcán no es una masa compacta; cavernas profundas formadas entre enormes piedras la componen; esas cavernas están llenas de viento, y por tanto, de aire, porque el viento no es más que el aire violentamente agitado; cuando éste se inflama comunica su calor á las piedras, á la Tierra, de donde rápidas llamas y fuego devorador se elevan, hasta las gargantas de la montaña y por ellas salen para invadir una extensión inmensa entre espeso y negro humo y piedras de gran tamaño: no debe dudarse de que tanta fuerza desarrollada proviene del viento inflamado.

Nótese además que esa montaña arranca de las proximidades del mar cuyas olas van á batir el principio de su base; algunas de sus cavernas se comunicarán con el lecho de las aguas y desde allí subirán hasta la cima del encendido monte; por esas aberturas penetrarán vientos que motivarán la formación de llamas, levantarán torbellinos de arenas, desprenderán de las cuevas corpulentas rocas, y dispararán á las nubes esa mezcla que sale de los abiertos cráteres, palabra griega que equivale á las dos latinas de bocas y fauces.

Hay hechos cuya causa ocasional no puede precisarse, aunque desde luego se comprende que estará entre varias conocidas; por ejemplo, si desde cierta distancia vieses un hombre muerto en el suelo tendido, no podrás afirmar con seguridad de acierto el motivo originario de la desgracia; pensarás que la muerte habrá sido causada por hierro, frío, enfermedad ó veneno, y solamente los testigos oculares de ella podrán determinar entre esas causas posibles y necesarias la única verdadera: esta observación tiene muchas aplicaciones.

Un caso á este propósito digno de atención nos ofrece en Egipto el Nilo, único río que después de crecer en el verano se desborda y se extiende por los campos: sin duda sus periódicas inundaciones han de proceder de una de las causas que á continuación expongo:

Tal vez en la estación estival el viento aquilón sople en las bocas del río en dirección contraria al curso de éste y al de los vientos etesios que dominan durante la misma época del año en toda aquella región; en este supuesto, las aguas, repelidas, acumuladas, llenarán sus cauces, rebosarán de ellos é inundarán los campos: sirve de apoyo á este aserto el hecho de que la corriente del viento Norte, que viene de las constelaciones heladas, es opuesta á la dirección del río, que sigue la del austro, originado en clima cuyos habitantes por la influencia del extremado calor son negros.

Quizá en la desembocadura del río durante una época en que el mar es agitado por fuertes vientos se acumulen montones de arena que levanten en esa parte el lecho del Nilo, é impidan el curso libre de la corriente y aun el desagüe de ésta.

Puede suceder que las nubes procedentes de las regiones septentrionales en tiempos dados sean impelidas por los vientos etesios, hacia las comarcas donde el río tiene sus fuentes, y acumuladas y condensadas allí, por su propia gravedad descarguen abundantes lluvias.

Y, por último, es posible que las nieves de las altas etiópicas montañas, derretidas por el calor del Sol cuando este astro dirige á la Tierra más directamente sus rayos, sirvan para acrecentar el caudal del Nilo.

736. Nunc age, Averna tibi quæ sint loca cumque, lacusque...

Ahora te explicaré la procedencia de las tradiciones referentes á los terrenos y lagos conocidos por avernos[74]. Desde luego, el nombre vale tanto como sitios dañosos para las aves, porque, en efecto, inmediatamente que en su vuelo llegan á los parajes que fueron designados con aquella denominación, impresionadas por los aires que de ellos se desprenden, olvidan el vuelo, pierden la fuerza de las alas, se precipitan con la cabeza para abajo, hacia la tierra ó hacia el agua, según el averno de que se trate. En Cumas del monte Vesubio hay uno de esta clase del cual se exhalan vapores calientes, espesos como el humo: en los muros de Atenas, precisamente en la cima de la ciudadela, hay otro cerca del cual se erigió el templo de la tritonia Palas: á él no se atreven á acercarse las rudas cornejas aun cuando el humo de los holocaustos las convide, y no porque teman el furor de la diosa Minerva, á cuyo servicio están destinadas según los poetas griegos han fingido y cantado, sino porque huyen de las exhalaciones de aquel lugar para ellas muy perjudiciales.

[74] Averna, pl. de avernus = ἄορνος = α (sin) + ὄρνιξ, χος (ave).

Se cuenta que en Siria existe otro averno á cuyas proximidades no pueden los cuadrúpedos impunemente llegar, porque al intentarlo, vapor mefítico los envenena y los deja muertos de improviso como si hubieran sido inmolados por fuerza oculta en honor de los dioses que en ellos residen. Todas las cosas han sido creadas por leyes naturales; el estudio de sus causas nos da á conocer su origen, y es necedad el creer que aquellos sitios sean las entradas del Orco por donde los manes atraen hacia las márgenes del Aqueronte á las almas de este mundo, como piensa el vulgo que la aspiración de los ciervos arrastra á las serpientes por escondidas que se hallen; escucha y sabrás que esas opiniones repugnan á la razón: acerca de este asunto me propongo hablar ahora.

Ya en otras ocasiones he dicho que la Tierra contiene un crecido número de corpúsculos de variadas figuras, que son origen de la vida, causa de enfermedades, motivo de muerte: esos principios elementales según las diferencias de su forma, de su naturaleza y de su disposición para las combinaciones, son más ó menos beneficiosos á los animales; algunos hay que nos lastiman los oídos; otros con emanaciones picantes nos dañan el órgano olfatorio; varios son peligrosos al tacto; muchos molestan al paladar; no pocos ofenden el aparato de la visión, y además hay otros cuerpos simples en escaso número que influyen en todas las sensaciones, algunas muy dolorosas, que experimentamos.

Algunos árboles con sus emanaciones producen fuerte dolor de cabeza al inadvertido que bajo su engañadora sombra se recuesta en la hierba: en los altos montes de Helicón se halla un árbol cuyas flores matan á los hombres que las huelen, y sin duda esas peligrosas exhalaciones surgen de la Tierra, la cual contiene elementos de formas diferentes, de varias propiedades, y aptos para muy distintas combinaciones. El humo de la pavesa que resulta en lámpara recién apagada tiene un olor tan incómodo é ingrato que á veces provoca ataques nerviosos á los que lo perciben; las mujeres dejan escapar de las manos la delicada labor en que se entretenían, por causa de una extremada languidez que de ellas se apodera al aspirar el fuerte olor del castóreo, especialmente si se hallan en uno de los períodos en que pagan á la Naturaleza el tributo mensual; hay también otras substancias que relajan los miembros y hacen languidecer el alma en su residencia: si se toma un prolongado baño caliente, ó bien si en él se entra después de haber asistido á opíparo banquete, hay peligro de sufrir grave daño: el olor del carbón encendido, ¿no puede perturbar nuestro cerebro si no tomamos la precaución de beber agua antes de aspirarlo? Las emanaciones del vino matan al que está abatido por fiebre ardiente: ¿no ves también que de la Tierra se deriva el azufre y en ella se conglutina el betún de infecto olor? Cuando el duro hierro descubre las minas de oro y plata, ¿no deja también paso á envenenados vapores que del fondo de ellas se exhalan? ¿dónde tienen los auríferos metales esos miasmas que tanto ofenden? ¡qué rostros, qué colores tienen los mineros! ¿no has visto, no has oído que mueren en poco tiempo y en muy temprana edad los infelices que se ven reducidos á trabajos tan duros? Necesario es que la Tierra expulse esos vapores y que éstos se dispersen por el espacio.

Esos lugares, llamados avernos, de los cuales se derivan exhalaciones mortíferas que se elevan por los aires y corrompen las auras respirables, son focos de infección hacia los que se precipitan las aves que en su atmósfera penetran influidas por la acción del veneno que aspiran, y cuando caen sus miembros se relajan y su vida se extingue: en el primer momento las domina especial angustiosa convulsión, pero después cuando sin fuerzas descienden hasta el mismo sitio donde tienen salida los venenosos vapores, sofocadas por el aire denso que las rodea exhalan el último aliento.

Puede ser también que las exhalaciones del averno corrompan el aire de tal manera que formen una especie de atmósfera viciada ó rarificada, y tan pronto como las aves lleguen á ese lugar pierdan las fuerzas y sus alas claudiquen: en ese estado no pueden las aves usar del aire ni de las alas, y caen á tierra, donde yacen después que sus almas les salen por los poros y se esparcen por el vacío.

838. Frigidior porrò in puteis æstate fit humor...

El agua de los pozos refresca en el verano porque el calor afloja las tierras y por los dilatados poros de ésta da salida á los ígneos elementos que ella misma encierra; por consiguiente, cuanto más denso es el calor que en el suelo de un lugar se experimenta, más fresca está el agua que en lo interior se oculta; y, por lo contrario, si el frío oprime y contrae la superficie de un terreno, las moléculas de calor extendidas por todas partes entran en los pozos donde permanecerán como sujetas por compresión.

Cerca del templo de Júpiter Ammón hay un surtidor de agua que, según vulgar opinión, es fría mientras brilla luz diurna y caliente por la noche: ese manantial es objeto de admiración para los hombres capaces de creer que oculto el Sol por debajo de la Tierra llena la fuente con sus fuegos mientras la noche nos envuelve con sus sombras. Pero la razón rechaza esa hipótesis; porque si el Sol, con la fuerza de sus rayos, cuando está sobre nuestro horizonte no puede por contacto directo calentar el agua, mucho menos lo podrá hacer cuando se halla debajo de nosotros, y cuando tendría que atravesar con sus fulgores una masa de espesor considerable: ¿pues no vemos que los rayos del Sol apenas dan razón de su presencia á través de los muros de nuestras casas? ¿Cuál será, pues, la causa productora de ese fenómeno? Sin duda la tierra en que se halla ese manantial es más permeable que otras y compuesta de moléculas más impresionables al calor; durante el tiempo en que las tinieblas dominan, la tierra se enfría y se contrae como si por la mano fuese apretada; entonces las moléculas de fuego se recogen en el agua y comunican su calor á ésta, que á su vez lo transmite al paladar y al tacto; y cuando el Sol naciente con sus rayos abre los poros de la tierra, pasan por ésta las ígneas moléculas y el calor escapa del agua; por este motivo es fresca durante el día la de aquella fuente. Pero además debe notarse que el agua por la influencia del calor se enrarece y pierde mediante la evaporación muchas partículas ígneas que encierra, de igual modo que otras veces expulsa las de frías nieves que en sí contiene, disuelve el hielo y desata los vínculos con que éste la retuviera.

Un manantial hay cuyas aguas, aunque al tacto son frías, hacen arder la estopa y encienden las hachas resinosas que en ellas se arrojen: esas aguas deben contener una cantidad extraordinaria de principios ígneos, y aun así, no tienen bastante actividad para calentar sus raudales. Una especial influencia obliga á sus moléculas á elevarse desde el fondo de la fuente á la superficie del agua y dispersarse en los aires, como surtidor de agua dulce que brota en el mar y separa á un lado las ondas salíferas. Hay, con efecto, regiones en que el mar ofrece á los navegantes sedientos un surtidor de agua dulce, libre de sal: de un modo parecido en aquellos otros sitios se escaparán de los manantiales algunos elementos ígneos que sirvan para inflamar la estopa y las teas, pues tanto la una como las otras se componen también de partículas comburentes. ¿No has reparado que si á una lámpara apagada aproximas una luz vuelve á encenderse aun antes de que ésta la toque? ¿No sucede lo mismo con la tea? Otros muchos cuerpos hay que arden sólo por las exhalaciones del fuego y sin necesidad de ponerse en contacto con éste: una cosa parecida á la que indico debe ocurrir en la mencionada fuente.

904. Quod superest, agere incipiam quo fœdere fiat...

Ahora trato de inquirir la ley de atracción que sobre el hierro ejerce la piedra por los Griegos llamada magnética del nombre de la provincia de Magnesia en que tiene su nacimiento; á los hombres causa admiración el ver que varios trozos de la citada piedra forman una cadena de anillos, que se sostienen por recíprocas atracciones, y que algunas veces cinco piedras ó más, adheridas las unas á las otras, aunque agitadas por el viento no se desunan: tan activa es la energía que desarrollan.

Para explicar cierto orden de hechos hay que establecer algunos principios elementales que faciliten los medios para llegar á la posesión de la verdad: te pido, pues, que me concedas atento oído y ánimo sereno.

Si vemos los cuerpos es porque de todos surgen emanaciones que se extienden por nuestro alrededor, tocan nuestros ojos y determinan la visión: de muchos se exhalan moléculas odoríferas como del agua se desprende frío, del Sol calor y de las olas del mar el vapor saliginoso que socava los edificios situados en la playa: las ondas sonoras nunca dejan de impresionar nuestro oído; paladeamos el sabor de sal mientras pasamos por las orillas de los mares, y nos incomoda el amargor del ajenjo cuando asistimos á su preparación. Luego es indudable que todas las cosas tienen desprendimientos moleculares que afectan nuestros sentidos; y no hay quien no admita que alguna vez sufran intermitencias esas emisiones, pues es un hecho que en todo momento la vista, el olfato y el oído pueden impresionarse.

Repetiré ahora para auxiliar tu memoria que todos los cuerpos son porosos como he demostrado al principio de la presente obra poética: esta afirmación envuelve un dato fundamental para el conocimiento de muchas verdades, y especialmente para la dilucidación del asunto que voy ahora á tratar: necesario se hace, por tanto, que insista en la prueba de que las moléculas componentes de todos los cuerpos están separadas por pequeños intersticios. Por las bóvedas de las grutas se filtra el agua gota á gota; en todas las partes de nuestro cuerpo hay conductos para la transpiración; de nuestra piel brota la barba y el vello; el alimento diluido en los conductos venosos lleva la vida y el sostenimiento á todos los miembros y órganos del cuerpo y no priva de su influencia ni aun á las uñas; el calor y el frío se transmiten á través del bronce, y pasan la plata y el oro, como puede comprobarse en vasos de uno de esos metales que tengamos en la mano y en los que hayamos vertido cualquiera substancia líquida; los sonidos y algunos olores fuertes atraviesan gruesos muros; el calor y el frío traspasan las corazas de hierro que sirven para ceñir el cuerpo; muchas enfermedades infecciosas penetran en nosotros por las puertas de nuestros poros porque la Tierra y los aires están llenos de corpúsculos que se insinúan en nosotros y nos dañan. Después de fijarnos en esos detalles, convendremos en que ningún cuerpo carece de poros. También sucede que las emanaciones de los seres no tienen todas las mismas propiedades, y, por tanto, no producen igual efecto en todos los cuerpos sobre los cuales obran: el Sol que seca y endurece la tierra también derrite el hielo, liquida enormes témpanos de nieves aglomerados en la cima de las montañas y disuelve la cera; el fuego que licua el oro y el bronce, aprieta y condensa las carnes y las pieles; el agua que endurece el hierro ablandado por el calor, ablanda la piel y la carne por el calor endurecidas: el pino silvestre, cuyas hojas son para las barbudas cabras manjar delicioso preferible al néctar y á la ambrosía, para los hombres tiene insufrible sabor amargo: el cerdo huye de la mejorana y de toda substancia olorosa como de venenos mortíferos que á nosotros nos deleitan, y, por lo contrario, nosotros consideramos abominable y repugnante el lodo que para el cerdo es delicioso baño, de cuyo disfrute nunca se encuentra satisfecho.

Aún añadiré otra observación antes de entrar de lleno en el estudio del asunto que me he propuesto poner en claro. Los innumerables poros que en el cuerpo hay, por cuanto sirven para funciones diversas, han de ser entre sí desemejantes: es innegable que todos los animales poseen varios sentidos, cada uno de los cuales tiene su especial esfera de actividad: la impresión del sonido se recibe en un propio órgano, en otro la del gusto, en otro la del sabor, con arreglo á muy complejas circunstancias; pero si es cierto que algunos simulacros atraviesan las piedras, otros se introducen por los poros de la madera y otros, como los del calor, pasan á través del oro, de la plata y del vidrio, mientras hay muchos incapaces para comunicarse de ese modo, también debe ser cierto que tan variadas apariencias de un mismo fenómeno en una principalísima parte sean debidas, como ya en otra ocasión he demostrado, á las diferencias de los huecos ó poros que la Naturaleza deja abiertos entre las moléculas de todos los cuerpos. Conocidos estos antecedentes, se nos muestra al descubierto la causa que origina la atracción del hierro.

Primeramente, es necesario que de la piedra magnética se desprenda una especie de fluido muy activo que tenga la propiedad de rarificar el aire que media entre la misma piedra y la anilla ó cualquier otro objeto de hierro; luego que de ese modo queda entre los dos cuerpos un espacio vacío las exhalaciones de los elementos férricos se precipitan en él y la anilla de que proceden seguirá la misma dirección. No hay cuerpo que tenga sus moléculas más apretadas ni sus elementos más estrechamente unidos que el hierro, cuya estructura, por lo densa, es más inaccesible para el calor: por ese motivo no es de admirar que si las partículas componentes de una anilla de hierro se dirigen hacia el vacío, la anilla íntegra siga la misma ruta hasta encontrar la piedra magnética á la cual quede unida por invisibles lazos. Las emanaciones magnéticas forman alrededor de la piedra que las produce una especie de circuito y quedan sujetos á su acción todos los cuerpos de hierro que en él se hallen, los cuales, como no pueden por su propia gravedad elevarse en las auras, han de recibir sucesivas impulsiones del aire.

Otro motivo hay que favorece la progresión y aumenta el movimiento de la anilla, la cual, no bien se halla dentro del vacío formado por la piedra magnética es empujada hacia adelante por las capas de aire que la rodean; y como el mismo aire penetra también en los intersticios del hierro, obra en la anilla de igual modo que el viento cuando hincha las velas de un buque é impulsa la marcha de éste. Los cuerpos contienen aire en sus poros; y ese fluido sutilísimo que permanece oculto en el hierro, agitado por la influencia del imán que sobre la anilla obra contribuirá también de varias maneras á que ésta siga la dirección que la atrae.

Pero la piedra magnética unas veces atrae al hierro y otras lo rechaza: en Samotracia tuve ocasión de ver una cubeta de bronce en la cual habían introducido trozos y limaduras de hierro y encima de ellos una piedra imán: el hierro se movía de un lado á otro como fugitivo impaciente; parecía que el bronce había provocado una discordia entre aquellos cuerpos: este fenómeno que observé quizá proviniera de que las exhalaciones vaporosas del bronce habían ocupado los intersticios del hierro antes de que las de la piedra de Magnesia hubieran podido en ellos penetrar, y tal vez estas últimas pugnaran por apoderarse de la substancia férrica y henchir su tejido: lo cierto es que mediante la interposición del bronce el hierro siempre rechaza al imán, al cual fácilmente se adhiere en otras circunstancias.

Y se comprende bien que la piedra magnética no atraiga á todos los cuerpos: el oro, por su densidad, no es accesible á su influencia; la madera tiene poros muy abiertos y por ellos pasan las emanaciones del imán sin producir efecto; pero el hierro, con respecto á su textura, se halla colocado entre aquellas dos substancias; y cuando está impregnado en moléculas de bronce la piedra magnética lo rechaza.

Pero no todos los cuerpos son extraños á especiales uniones, y pudiera citarte muchos casos de afinidad íntima entre cosas diferentes: la cal sirve de lazo para juntar unas piedras con otras; con la pasta hecha de piel de toro los trozos de madera se unen de tal modo, que podrán romperse por cualquiera parte más bien que por los bordes adheridos con auxilio de la cola; el jugo de la uva se mezcla muy bien con los raudales cristalinos de murmuradoras fuentes, alianza que no puede aquélla efectuar con la pez, que es muy pesada, ni con el aceite, que es muy ligero; el color purpúreo del conchil se identifica notablemente con la tela de lana, y no pueden separarse con el agua, aunque ésta se emplease en la misma cantidad que los mares juntos contienen; el oro y la plata perfectamente se incorporan; varias clases de cobre con el plomo forman distintas especies de bronce. De muchos otros enlaces y de otras varias aleaciones pudiera hablarte; pero considero que una detenida relación de este género sería inútil y además te produciría cansancio y enojo, cuando persigo el objeto de hablarte poco para decirte mucho. La alianza de cuerpos que tienen prominencias correspondientes á depresiones de otros afines resulta perfecta y durable: también los cuerpos se ligan fuertemente por medio de anillos ó de ganchos; y de esta manera última es como se establece la unión entre las moléculas de la piedra de Magnesia y las del hierro.

1087. Nunc, ratio quæ sit morbis, aut unde repentè...

Ahora te explicaré el origen de las epidemias que de improviso invaden muchas veces algunas comarcas y causan horrible mortandad entre los hombres y entre las bestias. En primer término, existen en el espacio, como ya te he demostrado, muchísimos corpúsculos, de los cuales unos son favorables á la vida y otros son auxiliares de la muerte. Cuando estos últimos se congregan casualmente en gran número, inficionan el aire y perturban la marcha regular de la existencia. Los gérmenes de enfermedades pestilentes, ó vienen transportados por las nubes y las tempestades, quizá desde lejanos climas, ó surgen del mismo país mediante alteraciones producidas en el cielo y en la atmósfera, por intempestivas lluvias y calores excesivos. ¿No has observado que los productos de una región llevados á otra se resienten y se corrompen con la mudanza de clima y de aguas? La influencia del aire es evidente: ¿es el mismo el cielo británico y el de Egipto por donde el eje del mundo se abate[75]? ¿Es igual la temperatura media del Ponto, y la que desde las poblaciones gaditanas se extiende hasta los territorios en que el calor del Sol ennegrece á la raza humana? Aunque esas cuatro regiones se hallan expuestas á todos los vientos, bajo un mismo cielo, hay tanta diferencia en el color y la fisonomía de sus respectivos habitantes, como en las dolencias á que estos últimos están expuestos.

[75] Lucrecio entendía que el eje del mundo se levantaba hacia el Norte y se bajaba en el Sur; y, por tanto, creía que en Egipto comenzaba su declinación.

La elefantiasis es una molestia que domina en las proximidades del Nilo, en medio del Egipto, y no en otra parte; en Ática se padecen dolores de piernas, y en Acaya mal de ojos. De igual modo hay otros muchos lugares que son propensos á varios dolores, sin duda por la influencia del aire. Cuando éste, saturado ya de miasmas infectos, forma corrientes que invaden algunas comarcas, se extienden por ellas con lentitud como las nubes y corrompen su atmósfera; al llegar á la nuestra, la inficiona, se la asimila, pero la hace extraña á nosotros mismos.

El contagio de la nueva calamidad prontamente se apodera de las aguas, se posesiona de los frutos de la tierra y de otras substancias que sirven de alimento á los hombres y de pasto á los animales, y se mezcla con el aire que nos vemos precisados á respirar, aun cuando conozcamos el peligro de absorber el veneno que lo emponzoña. Con igual energía que á los hombres, la pestilencia ataca á la especie bovina y á los baladores rebaños. El mismo efecto nos produciría el aspirar voluntariamente un aire viciado, que el apropiarnos por necesidad el que la Naturaleza nos proporciona, dañado con substancias nocivas para nuestra salud y para nuestra vida.

Una epidemia de esa clase causada por vapores mortíferos ocasionó horribles estragos en Cecropia, y dejó desiertos sus campos y ciudades; hizo su aparición en el centro de Egipto; por el aire atravesó el espacio, por el mar recorrió las distancias, y se estableció en los muros de Pandión, cuyos habitantes fueron víctimas de repugnante dolencia ó de angustiosa muerte[76]. La enfermedad se iniciaba por una intensa fiebre, á la que seguía fuerte dolor de cabeza; después los ojos de los pacientes se entumecían é inflamaban, su laringe se llenaba de úlceras que brotaban negra sangre y obstruían los conductos de la voz; su lengua, intérprete del ánimo, rodeada por ensangrentada costra purulenta, quedaba inmóvil aunque penetrada por dolor agudo; con las secreciones ponzoñosas que se escurrían por el esófago de los enfermos, éstos sentían que el mal se amparaba de su pecho, se apoderaba de su corazón y entorpecía todos los hilos de la vida; su boca exhalaba hedor no menos fétido que el de cadáveres corrompidos; su alma carecía de fuerzas para manifestarse, y su cuerpo, como desmadejado, parecía yacer tendido á las puertas de la muerte. Pero luego sobrevenían aflicciones y tormentos nuevos, estertores profundos, gemidos redoblados por el día y por la noche, rigidez en los miembros, nerviosas contracciones, extenuación, abatimiento, fatigas; los pacientes no tenían mucho calor en su piel, y sus extremidades estaban templadas, y eso no obstante, su cuerpo lleno de profundas llagas, parecía rojo, como si lo hubiese invadido la erisipela; fuego interior consumía á los desdichados, y les penetraba los huesos; en su estómago, como si fuese encendida hornaza, ardía llama devoradora; les abrumaba el peso de las ropas, y se exponían desnudos al frío y al aire; algunos, impelidos por el ardor que les quemaba las entrañas, en su furor desesperado se precipitaban á helados ríos; otros, rabiosamente, con la boca abierta, se arrojaban á los pozos, como si quisieran beberse toda el agua que en ellos encontraran, aun cuando la sed que sufrían tan insaciable era con un torrente como con la que pudiera contener un pequeño vaso; el malestar no les permitía punto de reposo; sus miembros se rendían abatidos; ningún bienestar les proporcionaba la medicina, que ante la epidemia se declaraba impotente; faltos de sueño, movían con frenesí los ojos desencajados, sufrían mortales angustias, horror y espanto perturbadores de la mente, ira y tristeza manifestadas con fruncimientos de cejas y convulsiones del rostro, zumbido en los oídos, respiración anhelante, sudor que les bañaba el cuello, tos violenta que entre ahogos les arrancaba tenues y escasos esputos de color amarillento y de sabor salado, retorsiones de las manos, temblor intenso, frío helado, que desde los piés avanzaba poco á poco hasta dominar el tronco. Ya en el último período, los enfermos tenían la nariz comprimida y afilada, los ojos y las sienes hundidos, la piel fría y dura, los labios estirados, el semblante horroroso. Y en ese estado morían; á los ocho ó diez días de enfermedad exhalaban el último suspiro. Si alguno de los atacados podía librarse de la muerte, porque sus abiertas llagas supurasen todo el humor corrompido que en ellas se contenía, ó porque expulsara abundante cantidad de negras materias excrementicias, al cabo, en una próxima recaída perdía la existencia; de la nariz le brotaba sangre fétida, penosos dolores de cabeza le torturaban, y de este modo sus fuerzas se extinguían. Si la hemorragia se contenía pronto, la dolencia aparecía en los nervios, se extendía á los miembros todos, y se fijaba especialmente en los órganos de la generación; algunos enfermos, guiados por el instinto de conservar la vida, entregaban al cortante hierro la parte de su cuerpo elegida por el mal; unos perdían la característica de su viril sexo, otros las manos, otros los piés; ¡tan grande era el horror que la muerte inspiraba! Había personas que perdían totalmente sus facultades intelectuales, y ni aun siquiera conservaban idea de su propia personalidad. Aunque los cadáveres quedaban insepultos y yacían amontonados, ni los cuadrúpedos ni las aves de rapiña se les aproximaban por no poder resistir el pestilente olor que despedían; si los tocaba algún animal, éste era en el acto víctima de la muerte: ni ave alguna osaba mostrarse á la luz del día, ni las fieras dejaban por las noches el obscuro bosque; la epidemia había debilitado á todas y mataba á muchas; los perros, animales fieles, caían abatidos en las calles, y entre fatigas y horribles tormentos, quedaban sin vida, que la dolencia les arrebataba. Los cadáveres eran sacados sin pompa alguna de las casas. No había remedio conocido contra el mal; la medicina que había asegurado á unos enfermos el goce de la vida y el disfrute de la luz del Sol, precipitaba la ruina de otros.

[76] La peste de Atenas, con sujeción á los datos que se hallan en el segundo libro de Tucídides, es descrita magistralmente por Lucrecio, que dió á Virgilio el modelo para pintar la peste de los animales en el tercer libro de sus Geórgicas.

1227 á 1283. Illud in his rebus miserandum et magnopere unum...

Lo más aflictivo y terrible en aquel período calamitoso, era que todo el que se hallaba acometido por la dolencia, sabía desde luego que iba á morir; y, como criminal sentenciado á la última pena, veía de continuo ante sus ojos la amenaza de la muerte y perecía entre desesperaciones y terrores. Numerosas víctimas hacía el contagio; la enfermedad se propagaba fácilmente de unos individuos á otros; aquellos que por miedo á la muerte huían de la vista de sus deudos y amigos sucumbían también, pero sin recibir el menor socorro, abandonados, lo mismo que ganado vacuno ó rebaño lanígero; y los que auxiliaban á parientes y amigos y por decoro ó compasión entraban en lucha con la pestilencia, entre dolores, quejas, lamentos y ayes eran arrollados por la asoladora catástrofe, que de este modo la vida se llevó de los mejores ciudadanos; muchos, después de haber inhumado los restos de todas las personas de su estima, fatigados, tristes, lacrimosos, dominados por el espanto, abatidos, cansados y sin fuerzas, se tendían en el lecho donde, rendidos, se entregaban á la muerte. En aquel tiempo no se veían por todos sitios más que enfermos desesperados, cadáveres en montón, enlutados que arrastraban su pena. Lo mismo el pastor de cualquiera clase de animales que el robusto conductor del corvo arado eran vencidos por la epidemia, y allá, ocultos en sus chozas, languidecían de dolores y de miseria y espiraban. Revueltos yacían los cadáveres de los padres y de los hijos: éstos daban el último suspiro sobre el cuerpo, inanimado ya, de la madre ó del padre. El mayor contingente que á la enfermedad se ofrecía era procedente de los campos, cuyos moradores, tan pronto como experimentaban los primeros síntomas de la dolencia, se acogían á la ciudad, en la cual la muerte hallaba juntas numerosas víctimas en todas las casas.

Muchos hombres, tocados por la peste, morían en las calles; otros, movidos por sed abrasadora, á rastras, con mil trabajos, llegaban á las fuentes públicas donde bebían con ánimo de hartarse, pero antes de conseguirlo, morían sofocados. Los caminos se hallaban invadidos por enfermos, desfallecidos, moribundos, cubiertos de harapos y llenos de podredumbres, con los huesos descarnados en algunos sitios y en otros con la piel lívida, llena de llagas que manaban asqueroso pus y ya con la corrosión misma de la tumba. Despojos impuros de la muerte habían sido con profusión depositados en los alcázares de los dioses; cadáveres en gran número eran llevados á los templos, cuyos guardas á su antojo disponían de sus improvisados huéspedes sin tratar de inquirir cuál fuese la religión y cuáles fueran los dioses de cada uno, porque el dolor excedía á toda preocupación; las ceremonias fúnebres, con tanto rigor observadas en otro tiempo, se habían dejado olvidadas: la consternación era general; los habitantes, como dislocados, en todas sus acciones daban pruebas de la perturbación que les trastornaba el juicio; cada uno enterraba á sus parientes como podía; de hogueras preparadas por unas familias, otras extrañas se apoderaban á viva fuerza para sus difuntos, y entre clamores ingentes sostenían sangrientos combates á fin de impedir que arrojaran de la pira los cadáveres antes de que fueran consumidos por el fuego[77].

[77] Es probable que Lucrecio dejara sin terminar su poema, como se advierte que lo dejó sin corregir.

FIN DE LA OBRA