LIBRO QUINTO


1. Quis potis est dignum pollenti pectore carmen...

¿Quién puede cantar dignamente con inspirado estro en honor de tales asuntos y de investigaciones tales? ¿Quién tiene bastante elocuencia para expresar los elogios que merece el esclarecido genio del que nos enriqueció con dones tan preciados? Nadie, pues creo que varón tan ilustre no tuvo mortal naturaleza, y todo el que aprecie la sublimidad de su obra sin duda habrá de exclamar, ínclito Memmio: «Un dios fué, un dios[53] el que descubrió las causas de la vida cuyo conocimiento se llama ahora Sabiduría, el que por arte propia separó nuestra existencia de las agitadas olas y profundas tinieblas que la rodeaban y la transportó á mar sereno por clara luz iluminado.»

[53] Sin duda Lucrecio usa aquí de la palabra dios en su acepción primitiva: sabido es que el vocablo deus latino, como el griego θεός, provienen de la raíz sanscrita div que significa brillar; en este sentido es dios, y por tanto inmortal, aquel que por sus hechos vive siempre en la memoria de los hombres. Lucrecio juzga que Epicuro no era de naturaleza mortal y debe ser considerado como dios supremo, porque entiende que el filósofo de Samos, por sus enseñanzas, brilla en la historia más que los otros genios de la mitología griega y romana.

Compara con las suyas las empresas antiguas realizadas por otros que se estiman como dioses. Ceres, según dicen, dió á los hombres los cereales y Baco el vino; dos regalos sin los cuales bien podríamos vivir, como pasan muchas naciones que aun hoy mismo no los poseen; pero nadie puede ser feliz si carece de virtudes, y por tanto, debe ser considerado como dios supremo aquel que entre las gentes divulgó lecciones que endulzan las amargas aflicciones de la vida.

Si pensaras que Hércules por sus trabajos merece tan distinguida preferencia, te colocarías á mucha distancia de la razón: ¿qué terror pueden causarnos hoy el león de Nemea con su inmensa boca siempre abierta, y el horrendo jabalí de Arcadia? ¿qué valdrían en nuestro tiempo el toro de Creta y la hidra de serpientes venenosas que representa la peste de Lerna? ¿qué importancia tendrían para nosotros la triple fuerza del tricorpóreo Gerión, y los caballos de Diómedes que por la nariz lanzaban fuego en Tracia, en la comarca de Bistania próxima al monte Ismaro? ¿y las temibles garras de las aves que habitaban las riberas del lago Estínfalo en Arcadia? ¿y el furioso dragón de encarnizados ojos que enroscado en el árbol correspondiente guardaba las manzanas de oro del jardín de las Hespérides, situado en el litoral Atlántico, á cuyos puertos ni nosotros ni los Bárbaros pretenden arribar? ¿qué daño nos podrían causar los otros monstruos de parecida especie si vivieran hoy como eran antes de ser vencidos? Creo que ninguno: en toda la tierra hay animales feroces que invaden los elevados montes y las profundas selvas, y fácilmente podemos evitar su arriesgado encuentro.

Pero si los vicios penetran en el corazón ¡qué rudas batallas nos dan y qué peligros nos crean! ¡Cuántos anhelos, temores é inquietudes produce la sórdida avaricia! ¡cuántos males corroen nuestra alma evocados por la soberbia, la deshonestidad, la petulancia, la ociosidad y el lujo!

Y el haber subyugado á tantos enemigos, no con el empuje de las armas, sino con las enseñanzas de la razón, ¿no es motivo suficiente para que un hombre sea colocado entre los dioses? Pero hizo todavía más: habló divinamente acerca de los dioses inmortales y puso de relieve ante el mundo los arcanos de la Naturaleza.

57. Quojus ergo ingressus vestigia, nunc rationes...

De este genio he de seguir la senda, y desde luego continuaré la exposición de mis razonamientos, destinados á patentizar que tienen todos los seres criados una cierta necesaria duración, porque nada hay que pueda substraerse á las leyes de la vida. He tratado ya del alma, que se forma con el cuerpo y no puede ser eterna, y también de los simulacros ó imágenes que en sueños se nos presentan como sombras de personas que han existido y nos asustan: ahora el orden exige que te hable de la creación y descomposición del mundo; acerca de las atracciones y repulsiones de los cuerpos simples que han podido originar la Tierra, el Cielo, el Mar, las Estrellas, el Sol y el globo de la Luna; de qué modo nacieron los animales terrestres y tenemos representaciones de otros que nunca han existido; de la manera cómo los individuos de la especie humana comenzaron á comunicarse mediante la palabra modulada por inflexiones de la voz; de cómo el temor de lo ignorado engendró en nuestra alma la idea de los dioses y dió motivo para la invención de los sagrados bosques, lagos, templos, altares y simulacros de los númenes.

Te explicaré, además, las causas del curso del Sol y de los movimientos de la Luna y de la energía con que la Naturaleza gobernante los dirige, para que no entiendas que entre el Cielo y la Tierra han surgido por libre determinación de ellos mismos y bajo la inspección de dioses con el fin de favorecer el desarrollo de los animales y de los frutos. Muchos hombres que llegaron á considerar imposible la existencia de esas divinidades en las regiones celestes, cuando tratan de conocer la marcha regular del Universo, y especialmente en lo que se refiere al etéreo espacio, empujados por su ignorancia se despeñan de nuevo en las obscuridades profundas de las religiones y consideran cómodo admitir los tiranos dioses que á su gusto reparten el bien y el mal: los desgraciados no saben distinguir entre lo que puede ser y lo que no puede ser, y no conocen que todo lo existente en cierto grado participa de la potencia universal.

93. Quod superest, ne te in promissis plura moremur...

Ahora, pues, para no cansarte más con promesas, observa primeramente los mares, las tierras y el cielo, tres cuerpos que son, ¡oh Memmio! de naturaleza desemejante, de especie diferente, de textura diversa, pero que serán arruinados en un día y así quedará deshecha la máquina del mundo, por tantos años conservada. No se me oculta lo extraña que parecerá la teoría de la subversión futura y lo difícil que me ha de ser la divulgación de verdades nunca enunciadas y que no pueden comprobarse con los sentidos, únicas puertas por donde es posible que la evidencia penetre en nuestra alma; pero las expondré, á pesar de estos inconvenientes, pues quizá no esté muy lejano el día en que pruebas claras apoyen mis enseñanzas, y aun tal vez que nuestro mundo llegue á trastornarse entre convulsiones: ¡ojalá no sucedan así las cosas, y no sean los hechos sino la reflexión despertada por mis ideas el medio que te demuestre que es posible la demolición del mundo!

Antes de que empiece á explicarte las leyes en que descansa el orden universal, leyes más sagradas y más ciertas que los oráculos dictados por la Pitonisa de laurel coronada y subida en el trípode apolónico, voy á ofrecerte algunas consideraciones que tu ánimo levanten: no caigas en la debilidad de creer que en consonancia con lo que las religiones dicen, la Tierra, el Sol, el cielo, el mar, las estrellas y la Luna sean cuerpos divinos que han de permanecer como ahora se muestran, eternamente, y que son impíos como los Gigantes[54], y merecedores de horribles penas aquellos malvados que afirman la posibilidad de que se deroguen los fundamentos del mundo, se apague el rutilante luminar del día y mueran los llamados seres inmortales.

[54] Los Gigantes que pretendieron escalar el cielo, es decir, los hombres atrevidos que desearon conocer la ciencia del mal y del bien.

Tan distantes se hallan de la condición divina esos cuerpos y tan indignos son de figurar colocados entre los dioses, como que, según cuanto puede comprenderse, constan solamente de una materia bruta incapaz de sensaciones; porque no puede suponerse que á todos los cuerpos sea dado poseer alma inteligente y sensible: así como no pueden existir árboles en el aire, nubes en el mar, peces en el campo, en la madera sangre y savia en la piedra, de igual modo no puede nacer alma sin cuerpo ni existir sin nervios y sangre, porque el orden consiste en la determinación de cada ser con arreglo á sus condiciones constitutivas; y si otra cosa fuera posible, también sería fácil que el ánimo surgiese en la cabeza, en los hombros ó en otra parte del cuerpo, si de cualquier modo estaba en el mismo individuo, en el mismo vaso; pero como ya sabemos que el ánimo y el alma crecen y se desarrollan en esfera propia, no tenemos razón para afirmar que fuera de los seres animados puedan existir, ya sea en las profundidades de la Tierra ó en el fuego del Sol, ya en las masas de agua ó en la extensión del aire. Luego no tan solamente aquellos cuerpos carecen de esencia divina, sino también de sensaciones que les den vitalidad animada.

Y por este motivo no debes creer que en alguna parte del mundo haya mansiones destinadas para residencia de númenes: si éstos son delicadas substancias que los sentidos no pueden percibir y la inteligencia apenas comprender, y si escapan además á nuestro tacto, deberán tener relaciones con algo que del orden sensible exceda, porque no puede tocar lo que es incapaz de ser tocado. Luego la morada propia de los dioses debe ser muy diferente de la nuestra y tan sutil como su cuerpo; afirmación que en otro lugar te demostraré extensamente[55].

[55] Es opinión generalmente admitida que Lucrecio no cumplió su promesa, quizá por su prematura muerte.

157. Dicere porrò hominum causâ voluisse parare...

Decir, pues, que para bien de los hombres quisieron los dioses formar el mundo y que por este favor les debemos gratitud; pensar que eterno es é inmortal ha de ser lo existente; añadir que es un crimen aportar razones encaminadas á probar que es destructible ese edificio labrado por inteligencia divina, y fingir otras invenciones de esa especie ¡oh Memmio! es delirar. ¿Qué beneficio habría de producir á los inmortales nuestra gratitud, para que ese incentivo los moviera á realizar una obra destinada solamente para nuestra dicha? ¿Qué motivos podrían tener los dioses que desde toda eternidad habían vivido en reposo, para concebir deseos de cambiar de vida en un momento dado? Aspira á una mudanza de posición aquel que en su antiguo estado se encuentra mal; pero el que no ha sufrido nunca daño y en serenidad pasa ilimitado tiempo, ¿cómo puede sentir impulsiones para alterar su calma? Y si la eternidad yacía en triste confusión hasta que brilló el origen creador de las cosas, á nosotros ¿qué mal podía causarnos el no haber nacido? Puede apetecer la vida el que felicidades goza desde que participa de ella; pero el que nunca gustó delicias, ¿qué pierde si no es creado?

¿Cómo pudo germinar para los dioses el modelo de todas las cosas y la idea del hombre? ¿cómo los númenes concibieron la obra que después llevaran á cabo? Si la Naturaleza misma en desdoblamientos sucesivos no dió la creación hecha, ¿de qué modo los dioses conocieron la fuerza de los elementos simples y las aplicaciones que ofrecía? En todo tiempo los primeros principios atraídos y repelidos mutuamente, por la acción de su propia gravedad se han agitado con movimientos múltiples en el espacio y de variadas maneras se han asociado en combinaciones creadoras: no es, pues, admirable el hecho de que en el transcurso de los tiempos, como resultado preciso de sus mudanzas y movimientos, hayan constituido una Suma total con energías bastantes para ser renovada perpetuamente.

Pero aunque no conociera las cualidades propias de los principios generadores de todas las cosas, aún me atrevería á asegurar, mediante la contemplación del cielo y de todas las cosas existentes en el espacio, que de ningún modo el Universo ha podido ser hecho para nosotros por inspiración divina: ¡tantos defectos contiene!

202. Principio, quantùm Cœli tegit impetus ingens...

Primeramente, en todo cuanto cubre la inmensa extensión del cielo hay una parte considerable ocupada por altas montañas, por bosques donde las fieras dominan, por estériles rocas, inmensos lagos, y el mar, que en su dilatada extensión comprende muchas regiones, y además, dos partes vedadas al hombre por insufrible calor y asiduo hielo[56]; aun lo restante sería convertido por la Naturaleza espontáneamente en selva si la acción humana, estimulada por las necesidades de la vida, no acometiera trabajos muy penosos para remover la tierra con el rudo arado, para excitar los gérmenes asimilables del suelo y promover la fecundidad de las glebas; porque sin esta labor la tierra no se desenvolvería para dar producto útil; todavía en muchas ocasiones, después de costosos esfuerzos cuando las plantas florecen ó cuando fructifican son quemadas por ardiente sol, ó azotadas por fuertes huracanes, ó destruidas por los hielos, ó dispersados sus frutos por tempestades violentas.

[56] Consideraban los antiguos que la tierra estaba dividida en cinco regiones: Lucrecio se apartó de esa opinión; Ovidio y Virgilio la sostuvieron.

¿Por qué en el mar y en la tierra nacen y se propagan razas de horribles fieras, enemigas crueles de la especie humana? ¿por qué las estaciones del año vienen acompañadas de un propio séquito de enfermedades? ¿por qué hay tantas muertes prematuras?

También el niño, como náufrago arrojado á la playa por embravecidas olas, yace desnudo en el suelo, necesitado con urgencia de todo auxilio, desde el momento en que la Naturaleza lo arranca del seno materno para presentarlo á la clara luz: con tristes lamentos llena el lugar en que se halla, y motivadamente, pues el desgraciado comienza desde aquel instante una carrera de infortunios[57]. En cambio los mansos ganados y las armadas fieras crecen cómodamente, no experimentan necesidad de juguetes ni aun siquiera de aprender el medio expresivo de que se vale su cariñosa nodriza; tampoco tienen que preocuparse con los vestidos que han de usar en las varias estaciones, y no echan de menos armas para defenderse ni fortalezas que los guarden, porque, para ellos, abundantemente la tierra produce y la Naturaleza es pródiga.

[57] Todos los pueblos pensaban que el nacer era una desgracia; de esta creencia surgió la idea del celibato como virtud, entre los egipcios, entre las sectas hebraicas de esenios y nazarenos, y en algunas escuelas de India, Persia y Grecia.

Y pues los cuerpos sólidos, los líquidos, las leves auras, los cálidos vapores y cuanto constituye el Universo nacen y mueren, también nuestro mundo ha de estar sujeto á la misma ley; porque no puede un todo substraerse de la condición que afecta por igual á todas sus partes. Si veo que todos los miembros y todos los organismos del mundo perecen y se remueven, lícito ha de serme afirmar que también el Cielo y la Tierra habrán tenido un tiempo de aparición y caerán en ruina.

No supongas, Memmio, que discurro precipitadamente al afirmar que la Tierra y el fuego serán consumidos por la muerte, y que el agua y el aire también perecerán: he dicho que desaparecerán para renacer y crecer de nuevo.

Una parte de la Tierra abrasada por el fuego del Sol y pisada por nuestros piés se convierte en torbellinos de polvo que la violencia de los vientos dispersa; otra parte es destruida por las lluvias y aun las márgenes de los ríos son continuamente devoradas por el batir de las corrientes; y, por último, como todo cuerpo que sirve de alimento á otro necesariamente ha de sufrir diminución, y la Tierra no solamente es sepulcro sino también es madre de muchos seres, indudable es que la Tierra ha de estar sujeta á pérdidas y reposiciones continuas.

262. Quod superest, humore novo mare, flumina, fontes...

Con sucesivas renovaciones de agua el mar, los ríos, las fuentes siempre abundan y se perpetúan; y no es menester decir que su caudal es favorecido por continuos tributos que de varias partes les llegan, pero también disminuido por incesantes evaporaciones que causa el Sol con su ardiente influencia y por otras pérdidas que ocasionan los vientos con su fuerte soplo: otras porciones de agua penetran en la tierra por medio de filtraciones ó en sal se convierten, ó vuelven sobre su curso y se juntan al nacimiento de los ríos para correr límpidas por los cauces que les facilitan paso.

Tratemos ahora del aire, el cual en todos los momentos sufre numerosas variaciones: los efluvios que brotan de los cuerpos en ese vasto Océano se pierden y á la vez éste da materiales para la renovación de todas las cosas; de lo contrario, todo cuanto existe con el tiempo en aire se convertiría: contribuyen, pues, todos los cuerpos mediante sus continuas emanaciones á la formación del aire, y éste da elementos para la composición de todos los seres.

El Sol, perenne foco de claridad, etéreo astro que baña el cielo con su brillo continuamente renovado, sin cesar enriquece su corriente luminosa con no interrumpidas producciones de luz, porque siempre sus rayos se extinguen al llegar á su destino. Te será fácil convencerte de la exactitud de esa observación si reparas en que al ponerse las nubes entre el Sol y nosotros el manantial luminoso queda cortado é inmediatamente desaparece en su parte inferior; entonces la Tierra se obscurece en la porción correspondiente á las nubes interpuestas: de este hecho puedes inferir que los cuerpos necesitan luz de renovación no interrumpida, que todo rayo luminoso al momento en que surge se consume, y que no podríamos ver los objetos si faltasen las continuas emisiones de luz solar.

También las luces de que nos valemos por la noche, artificialmente obtenidas en lámparas y antorchas de las que se derivan torrentes de humo y de llamas, dan fulgores vacilantes pero no interrumpidos, porque la rapidez con que su corriente se renueva es tal que súbitamente reemplaza á la luz que va á extinguirse por otra nueva que se forma. Algo parecido sucede con el Sol, la Luna y las estrellas, y, por tanto, lejos de considerar inalterables esos cuerpos debes creer que nos alumbran por efecto de sus continuas emisiones tan pronto consumidas como renovadas.

Finalmente; ¿no ves de qué manera el tiempo deja marcado su paso en las piedras, y cómo torres elevadas sucumben, rocas se deshacen en polvo, templos y estatuas de dioses se destruyen y acaban en ruinas, sin que esos dioses puedan salvar los límites de las cosas ó contrariar las leyes de la Naturaleza? ¿No vemos que otros monumentos levantados en honor de los hombres también se quebrantan como cuerpos minados por vejez? ¿No sabemos que de lo alto de algunas montañas se desprenden enormes bloques de granito incapaces para sufrir inmutables la demolición del continuo suceder? Pues no caerían como arrancados repentinamente ó bajo la acción de un choque si hubieran resistido los continuados asaltos del tiempo.

319. Denique jam tuere hoc circùm supràque, quod omnê...

Considera esa inmensa capa que rodea la Tierra, la cual, según algunos dicen, en sí contiene y absorbe todo cuanto existe; principio también tuvo y tendrá fin porque toda materia que sirve para nutrir á otros seres se desgasta, así como aumenta cuando varios elementos se le incorporan.

Además, si el Cielo y este mundo que habitamos carecieran de principio y siempre hubieran existido, ¿por qué no se conoce algún poeta que haya cantado hechos gloriosos anteriores á la guerra de Tebas y á la destrucción de Troya? ¿por qué no se conserva de otras nobles acciones el recuerdo engalanado con fama inmortal?

Con certeza el Universo tiene cierta novedad y nuestro mundo aún está en sus comienzos; su edad es muy corta: por este motivo aún las artes no han adelantado y algunas hay que ahora se inventan; hasta hoy no ha empezado la marina á hacer progresos y la harmonía musical á perfeccionarse; en fin, el conocimiento de la naturaleza de las cosas hace muy poco tiempo que se ha iniciado, y soy el primero que lo puede comunicar en nuestra lengua patria.

Porque si crees que todas estas cosas han existido antes de ahora, pero que la razón humana pereció consumida por fuego devorador y que las ciudades fueron arruinadas por los trastornos del mundo, ó que torrentes copiosos de lluvias han podido sobre éste furiosos descargar hasta sumergirlo, más fácil te será creer en la futura destrucción del Cielo y de la Tierra; pues si una vez cayeron tantas desdichas sobre el mundo y éste pasó tantos peligros, el efecto sería más destructor si la causa que lo combatiese fuera más enérgica: y, en verdad, nosotros mismos para creernos mortales el único fundamento que tenemos es el de saber que participamos de la misma condición que otros á quienes la Naturaleza arrebató la vida.

Para que un cuerpo subsista eternamente es necesario, ó que sus componentes sean por completo sólidos y resistan el choque, la penetración y la disociación producidos por otros cuerpos, como sucede á los elementos de la materia, de los cuales con extensión hemos tratado anteriormente, ó que no sea susceptible de choques, como el vacío, que permanece siempre intacto y nunca puede ser destruido, ó, por último, que no esté rodeado por un espacio al que sean lanzados sus fragmentos; de esta manera última es eterna la Suma de las sumas, fuera de la cual no hay nada que pueda alterarla ó disolverla, ni lugar en que se disipe, ni agentes que la disminuyan ó quebranten. Pero como ya he demostrado, el mundo no tiene solidez absoluta, porque en todas las concreciones hay que admitir intersticios; ni tiene las condiciones del vacío porque hay en la Naturaleza otros cuerpos que pueden producir trastornos en su composición y rodearlo de invencibles peligros; existe, además, un espacio infinito donde el globo terráqueo puede anularse y sus elementos ser precipitados á la disolución[58]. Por tanto, el Cielo, el Sol, la Tierra y los mares no tienen cerradas las puertas de la muerte, sino franqueadas de par en par. Y si el mundo está sujeto á muerte no ha podido existir sin tener comienzo; alguna vez debió salir de la indeterminación durable de los tiempos.

[58] Lucrecio repite los versos 808 al 827 del canto III, si bien con algunas pequeñas variaciones.

381. Denique tantopere inter se cùm maxima Mundi...

Y la impía guerra que los más importantes organismos del mundo entre sí mantienen desde tiempos muy remotos, ¿crees que nunca tendrá fin? Tienden el Sol y otros focos de calor á absorber todos los líquidos y á obtener sobre ellos una victoria hasta ahora no alcanzada á pesar de sus esfuerzos; intentan acumuladas aguas caer en aluvión sobre el Océano y ocasionar un diluvio ó producir extensa inundación, pero los vientos arrebatadores y los ardientes rayos de Sol secarían los mares antes de que las aguas llegaran á conseguir aquel resultado. Con igual constancia sostienen los dos rivales guerra llevada á todas las cosas; pero consideremos que, si la tradición no miente, ya una vez se dió el caso de que el fuego dominase victorioso en toda la Tierra y otra vez ocurrió que las aguas la invadieron casi por completo. Cuando el fuego venció, parte del mundo fué abrasado por causa de la inexperiencia del jovenzuelo Faetonte, que dejó marchar en fogosa carrera los caballos del Sol por todas las tierras y considerable extensión del espacio; pero el Padre Omnipotente, impulsado por terrible indignación, disparó rayo certero sobre el atrevido mozo, y éste cayó herido; entonces Febo, después de la desgracia de su hijo se presentó en el Cielo, tomó la dirección del eterno luminar del mundo, sujetó los caballos, aún jadeantes, los colocó en el camino que debían recorrer y restableció el orden: esta fábula y otras semejantes cantadas por los poetas griegos de la antigüedad son desechadas con desprecio por la razón, porque ésta comprende que si el fuego hubiera llegado á dominar en la Tierra mediante una inmensa cantidad de moléculas ígneas por todas partes extendidas, forzosamente ó el fuego habría sido apagado por contraria fuerza ó el mundo habría quedado consumido por voraz incendio. Y cuando las aguas resultaron vencedoras, según dicen, muchas ciudades fueron destruidas y en su trabajo demoledor las contuvo una opuesta energía procedente de fuera del Universo; entonces las lluvias cesaron y los ríos disminuyeron su furia.

417. Sed quibus ille modis conjectus materiai...

De cuál sea el proceso que los principios de la materia hayan seguido para la formación del Cielo, de la Tierra, del profundo Océano y del curso del Sol y de la Luna, trataré ahora con método; pues ciertamente ni por deliberación se han colocado en orden los elementos de las cosas, ni por combinaciones concertadas han adoptado los movimientos que siguen: por su propia gravedad impelidos, por choques numerosos empujados los unos por los otros, de múltiples maneras atraídos, se juntaron, se repelieron, se combinaron, se desunieron, y después de variaciones indefinidas, llegaron á asociarse en masas y éstas formaron el protoplasma que se desenvolvió en tierra, mar, cielo y seres animados.

Aún el disco del Sol no iluminaba con su espléndida luz el espacio, ni existían las estrellas del mundo, ni mar, cielo, tierra ó aire ni cosa alguna semejante á las que nos rodean; había solamente confusión caótica de elementos. Pero algunas partes comenzaron á disgregarse de esa masa; por afinidad se formaron moléculas, se configuró el mundo, seguidamente en la continuación del propio desenvolvimiento de éste se determinaron sus miembros, y de toda clase de cuerpos simples se constituyeron sus órganos; entonces la discordia de los principios materiales, motivada por la diversidad de sus atracciones, movimientos, gravedad y resistencia, se hizo más cruda; sus varias formas sirvieron de obstáculo para que en unidad indiferenciada se mantuviesen, y por necesidad se formaron masas homogéneas disgregadas del conjunto; de la tierra quedó separado el alto cielo; todas las aguas constituyeron el mar y el fuego etéreo brilló aparte.

Primeramente, los elementos más graves y más intrincados se unieron y se colocaron en medio de las capas inferiores, y cuanto más se enredaron apretadamente, con mayor rapidez se desprendió de ellos la materia idónea para la formación del mar, las estrellas, el Sol, la Luna y el ámbito del mundo; de estos últimos los principios generadores son más ligeros, más redondos y más pequeños que los de la Tierra, y por la misma causa, el éter, con algunas partículas ígneas que le acompañaron, fueron los primeros cuerpos determinados que por los poros de la masa térrea pudieron escapar y constituirse; así como frecuentemente vemos brillantes gotas de rocío que bajo la acción de matutina áurea luz de claro sol centellean sobre las hierbas, ó como exhalan suaves nieblas los lagos y los ríos, ó como de la tierra se desprenden emanaciones vaporosas que forman en las alturas una especie de tejido que oculta á nuestra vista el cielo, así también el éter, aunque fluido y ligero, por condensación formó una especie de envoltura que rodea nuestro mundo. Siguió la formación del Sol y de la Luna, globos que en los espacios giran entre el éter y la Tierra; ni ésta ni aquél pudieron atraerlos, porque dichos globos no son bastante pesados para quedarse en la parte inferior, ni tan ligeros que puedan volar por las mayores alturas: así han permanecido en una intermedia situación donde se revuelven como cuerpos vivos y partes que son del mundo; también algunos órganos de nuestro cuerpo no pueden cambiar de posición mientras otros se mueven.

Ya esta obra cumplida, la Tierra, de repente, en el sitio en que existe la inmensa extensión cerúlea, abrió amplias fosas donde se recogió el líquido salado: en el decurso de los días, condensada la tierra cada vez más y batida por los rayos solares en la dirección del centro á la periferia quedó libre de los elementos acuosos y los mares aumentaron su volumen; también las moléculas de aire y fuego se acumularon en las alturas hasta muy lejos del mundo; al mismo tiempo los montes se levantaron y aparecieron formadas las llanuras; porque no es posible que las rocas sobresalgan sino cuando el resto de la tierra queda abatido. Así el globo terrestre en concreción diferenciada por su peso y consistencia se constituyó, y el limo del mundo por su propia gravedad se precipitó, como heces, á su fondo.

Primeramente está el mar, por encima el aire, después el éter y el fuego, fluidos todos que si bien constan de elementos puros simples, por su composición resultan unos más ligeros que otros; el menos denso de todos es el éter, que se acumula sobre las ondas del aire, con las cuales nunca se confunde, y libre les deja el dominio de las peligrosas tempestades y de las violentas borrascas; y con marcha regular circula de su brillante luz acompañado. Una muestra del movimiento con que el éter puede moverse, nos da el mar que en constante flujo y reflujo se agita.

510. Motibus Astrorum nunc quæ sit causa, canamus.

La causa del movimiento de los astros canto é investigo ahora. Si lo que en realidad gira es el vasto recinto que los contiene[59], será necesario suponer que los dos polos del mundo se hallan comprimidos y estrechados por corrientes de aire que tienden á encontrarse; una superior, que empuja á nuestro cielo en la misma dirección que siguen los cuerpos relucientes del mundo, y otra inferior, que en sentido contrario casi los arrastra, como vemos que en los ríos se mueven las ruedas y los cangilones de noria. Si el cielo permanece inmóvil[60], será necesario admitir que los astros giran con movimientos circulares, ya porque el fluido etéreo, elástico y sutil como es, tienda á escaparse y en movimiento rápido siga la dirección de la superficie curva, fenómeno que daría motivo á la revolución de los cuerpos siderales, ya porque el movimiento sea dado á éstos por el aire exterior, ó bien porque esos mismos seres estén dotados de propias energías para buscar de una parte á otra del espacio el alimento ígneo que los atrae[61]. Difícil es declarar cuál de estos sistemas que tratan de explicar el movimiento del mundo sea el más conforme á la realidad; y por mi parte, después de atender á los hechos que la observación nos da á conocer, referentes á tantos mundos parecidos al nuestro como la Naturaleza ha constituido, me limito á exponerte las causas, admitidas como bastantes, que pueden poner en movimiento á los astros: una ha de haber, sin duda, que desempeñe funciones tan graves; pero cuál sea ella, no se atreverá á afirmarlo quien proceda cautamente en asunto de tanta importancia.

[59] Esta era opinión de Anaxágoras, según testimonio de Diógenes Laercio.

[60] Así pensaba Anaxímenes, si hemos de creer á Plutarco.

[61] Algunos griegos y romanos suponían que los astros eran seres vivos necesitados de alimento.

Nos veremos obligados á admitir que la Tierra pierde poco á poco su volumen y disminuye en la misma proporción su gravedad si la suponemos inmóvil en el centro del Universo y asentada sobre capas de aire, á las cuales se halle unida en relación perfecta, como lo testifica el hecho de que no actúe sobre ellas de modo que las haga descender, de igual modo que los miembros del hombre no oprimen á éste, ni la cabeza ejerce presión sobre el cuello, ni el peso de todo el cuerpo abruma á los piés, aunque un objeto extraño menos grave que su propio individuo cause molestia á cualquiera persona. Para apreciar el equilibrio que resulta entre varias cosas, debe tenerse en cuenta el lazo de unión que las liga: la Tierra no es un cuerpo extraño que de repente se haya colocado encima de masas de aire, sino un ser que en todo tiempo se ha desenvuelto con ellas, y de este modo es del Universo un sumando, lo mismo que todo miembro de un cuerpo es parte de este mismo[62].

[62] El sistema acariciado por Lucrecio para explicarse las leyes de la gravitación, que hasta Newton no fueron más que entrevistas confusamente por los pensadores, es el mismo que sostuvo Plinio, no más exacto, pero no menos erróneo que los admitidos por Jenófanes, Empedocles, Anaximandro y Aristóteles.

Tan pronto como la Tierra sufre el sacudimiento de una tempestad comunica el impulso recibido á todo lo que se halla en su propia superficie, fenómeno que no se podría efectuar si no estuviese ligada en unión íntima con los fluidos aeriforme y eterino: los tres cuerpos tienen raíces entrelazadas y las mismas desde toda la duración de los tiempos. ¿No ves de qué manera, aun siendo el cuerpo con su pesantez carga abrumadora para el alma con su delicadeza, lo puede ésta sostener en virtud de la íntima unión que entre ellos existe? ¿Y qué fuerza puede regir los veloces movimientos del cuerpo, sino el poder del alma, que gobierna los miembros? ¿No has notado que siempre la unión de una débil substancia y de un cuerpo muy pesado ofrece como producto una considerable energía, según se observa en la combinación del aire con la Tierra y en la formación del alma con el cuerpo?

565. Nec nimiò Solis major rota, nec minor ardor...

Ni el disco del Sol puede ser mayor ni menor su fuego de lo que á los sentidos se muestran. Si de un foco ígneo surgen luz y calor que hasta nosotros llegan con toda la plenitud de su influencia á pesar del espacio que hayan recorrido, parece que en el trayecto no han debido perder volumen ni intensidad; y puesto que el calor y la luz del Sol mueven nuestras sensaciones y tiñen de color los objetos, el tamaño y la forma de aquel astro serán, con escasa diferencia, tales como los vemos[63].

[63] Los errores de Epicuro y de Lucrecio acerca de esta materia sorprenden, porque están en contradicción con los principios que sostenían respecto á las apariencias fenomenales.

La Luna, ya se mueva en el espacio iluminada con luz propia, ya brille con fulgores reflejados, como quiera que sea, no tiene mayor volumen, según parece, que el que distinguimos desde la Tierra. Todos los cuerpos que á distancia colocados vemos á través de grandes masas de aire, se nos muestran confusos y como si no tuvieran delineadas sus márgenes; pero la Luna se nos ofrece claramente con forma bien determinada y con límites perfectamente marcados: luego necesario es que sea, allá en las alturas, tal como desde aquí la percibimos. Últimamente, los puntos brillantes que ves en el etéreo espacio (ya que distinguimos en la Tierra su luz y notamos su claro centelleo y su ardor, y por tanto, nada han de haber perdido en la distancia, cualquiera que sea ésta, que los separa de nosotros), lícito es pensar que no han de ser mucho mayores ni menores que los contemplamos.

Y no te admire el hecho de que el Sol, aunque no sea muy grande, pueda emitir luz bastante para llenar los mares, la Tierra, el cóncavo Cielo, y esparcir por todas partes su calor; tal vez sea como un manantial único de donde proceda toda la luz de este mundo, ó sea foco donde los elementos ígneos se acumulen para repartirla después por toda la Naturaleza. ¿No ves cómo una fuente, quizá pequeña, riega extensos prados y á veces inunda las campiñas? Puede suceder que el fuego del Sol, aunque escaso, toque en las capas de aire que rodean al astro luminoso, y éstas conviertan en llamas el fuego que reciben, como las mieses y la paja son devoradas por incendio que produce una sola chispa; y acaso el Sol, aunque resplandece mucho con luz rosácea, en el espacio del éter esté rodeado por abundantes fuegos sin brillantez, los cuales cumplan la función de aumentar, los rayos y el calor del astro luminoso.

Ni es fácil de explicar ni aún se conoce perfectamente la causa que al Sol obligue á pasar desde las calientes regiones á las heladas de Capricornio y después se traslade al signo de Cáncer para volver al solsticio del estío; ni por qué la Luna emplee un solo mes en recorrer el mismo espacio que representa la carrera del Sol durante un año: no es simple ni conocida, vuelvo á decir, la causa de este fenómeno, si bien es verosímil la explicación que Demócrito da acerca de este asunto: según aquel pensador, los astros, cuanto más se aproximan á la Tierra, tanto menos pueden ser envueltos en las corrientes etéreas, porque la velocidad y fuerza de éstas decrecen á medida que descienden; por este motivo el Sol, colocado en la parte inferior de las constelaciones ardientes, se atrasa en su carrera con relación á otros cuerpos sobre los cuales se encuentra, y la Luna, que aún está más baja, más distante de los cielos y más aproximada á la Tierra, acompaña mucho menos á los signos en sus movimientos; y como el torbellino la arrastra levemente, con facilidad es alcanzada por los astros que la exceden en sus giros. Por tanto, aunque parece que llega muy pronto á los signos, lo que en realidad sucede es que éstos llegan á ella más pronto.

Quizá haya en el mundo corrientes alternativas de aire procedentes de regiones diversas que puedan á tiempos fijos empujar al Sol desde los signos del estío hasta el solsticio del invierno, y después desde los helados climas hacia los cálidos signos; si fuera exacta la teoría esta, sería necesario suponer que la Luna y las estrellas, impelidas por esas corrientes alternas de aire, describen una revolución en los grandes años[64].

[64] Tal vez se refiera Lucrecio á los años comprendidos en un ciclo de revolución sideral de que hablan las tradiciones de más remoto origen. Los Brahmanes de la India admitían el año cósmico formado por doce mil años divinos, cada uno de los cuales se componía de algunos millares de años solares. Pueden consult. págs. 101 y sigs. de El Alma según las esc. fil. de la Ind., por M. R. Navas.

¿No ves que las nubes impulsadas por los vientos contrarios ya suben, ya bajan, y siempre siguen opuestas direcciones? ¿Y por qué los astros no han de ser llevados de igual modo por diversas corrientes y con distinto rumbo?

649. At nox obruit ingenti caligine terras...

La noche cubre de impenetrable obscuridad la Tierra, ya porque el Sol llega disipado al término de su curso, y deja apagar sus fuegos que en el camino se han debilitado por el rozamiento con el aire, ya porque la misma fuerza que obliga á los rayos del Sol para remontarse tanto, podrá también obligarlos á prolongar su marcha por debajo de nosotros en dirección contraria.

La Aurora se presenta en tiempos fijos en los vastos dominios del éter y descubre la luz, ya porque el Sol tienda á anticipar su regreso de las regiones que debajo de nosotros quedan, y dore con sus rayos el cielo; ya porque diariamente en períodos regulares se junten fuegos y corpúsculos ígneos, y todos los días formen un nuevo Sol[65]; así pueden verse, como la tradición dice, desde las elevadas cumbres del monte Ida, algunos fuegos dispersos que se juntan por las madrugadas y forman un globo luciente que recorre el espacio[66].

[65] Opinión de Heráclito: Jenófanes pensaba también que había un Sol para cada clima.

[66] Diodoro de Sicilia, Estrabón y Juvenal hablan de esa tradición.

Y no debe causarte admiración el hecho de que en épocas fijas puedan reunirse tantas partículas de fuego que restauren el brillo y el calor del Sol, porque vemos que otros muchos fenómenos ocurren también en tiempos fijos: en las mismas épocas todos los años florecen los árboles y maduran las frutas; en la vejez se caen los dientes debilitados, y á tiempos fijos los jóvenes se cubren de menudo vello y sienten en el rostro los empujes de la barba; la lluvia, la nieve, el rayo, los vientos y las nubes siguen movimiento regular en las estaciones. Al determinarse cada ser muestra una propia energía que puesta en acción sigue invariablemente el turno que le corresponde en el orden universal. Aumenta la duración de los días cuando la de las noches disminuye y ésta crece cuando aquélla se acorta, porque el Sol, que siempre es el mismo, sobre las tierras y debajo de ellas, describe arcos desiguales que cortan el Cielo en porciones diferentes, y lo hace con tal regularidad, que da á cada parte del mundo la porción de luz de que ha privado al hemisferio opuesto, hasta que en su curso llega al fin del signo donde las noches son iguales á los días, porque la parte del espacio en que se halla se encuentra á igual distancia del aquilón y del austro, término de la rotación anual del Sol, y punto desde donde con igualdad esparce su fuego, tanto por el Cielo como por la Tierra: así á lo menos lo enseñan aquellos que han representado por medio de imágenes las regiones del cielo. Puede también suceder que el aire, muy denso en algunos sitios, no dé acceso á los vacilantes rayos del Sol, y éstos no puedan penetrar con facilidad en los rumbos del Oriente, y por este motivo las noches del invierno son muy lentas y parecen interminables por lo mucho que se retarda la aparición de la luz diurna; ó puede suceder que del año en partes alternas corren, ya más despacio, ya más aprisa, las moléculas de fuego que reunidas componen el Sol, y determinan así las estaciones.

703. Luna potest Solis radiis percussa nitere...

Quizá brilla la Luna porque en ella se reflejan los rayos de la luz del Sol: en este supuesto, la claridad que nos comunique ha de ser más amplia cuanto más distante se halle del Sol, hasta que al estar enfrente de ese astro su bello y redondo aspecto brille con plena luz en el horizonte, donde contempla la desaparición del Sol por el mismo sitio en que ella se levanta. Después, en dirección contraria ocultará su luz poco á poco y esconderá su brillo á medida que se acerque al disco del Sol y camine por la mitad opuesta á la posición de los signos. Así piensan los que en la Luna no ven otra cosa más que una esfera que tiene los movimientos por debajo del Sol; y entiendo que esa opinión es aceptable.

Y puede ser que la luz que nos muestra sea propia y que en la emisión de los fulgores ofrezca distintas formas. En ese caso deberá admitirse la intervención de un cuerpo opaco que se mueva al mismo tiempo que la Luna y paralelo á ésta, á la cual tape su luz en ocasiones; y también puede la Luna ser considerada como una esfera que tenga una sola mitad iluminada y al girar en movimiento de rotación presente varios aspectos, porque primeramente nos ofrecería su parte iluminada y poco á poco ésta se ocultaría hasta desaparecer totalmente de nuestra vista; en esta opinión descansa el sistema que los Caldeos sostienen en contra del parecer de los Griegos; pero ambas explicaciones son verosímiles, y no hay bastantes datos para considerar una cualquiera de esas doctrinas superior á la otra.

No es imposible que una nueva Luna sea creada con variadas formas, de las cuales se destruya en un día la que en el anterior se haya formado, se dé otra para el siguiente día y reemplace cada una á la anterior. Es difícil negar este aserto, porque se conforma con el régimen del Universo, en el cual se rehacen las cosas: aparece la primavera acompañada por el Amor y precedida del Céfiro que bate las alas, mientras que la madre Flora le prepara camino de flores y de perfumes: después síguese el calor, tras éste la aridez y luego viene Ceres llena de polvo por el soplo de los vientos etesios[67]; sigue el otoño, compañero de Baco, en cuyo séquito vienen tempestades, vientos, el altisonante Vulturno[68] y el ruidoso Austro[69] que anuncian las tormentas. Después de ellos nos visitan la nieve, el entorpecedor frío y el insufrible invierno que hace batir los dientes. Y si en tiempos fijos y con regular orden se suceden esos hechos, ¿habríamos de admirarnos si naciera y muriera la Luna en tiempos dados?

[67] Etesios, vientos del Nordeste.

[68] Vulturno, viento entre el euro (Levante) y el noto (del Sur).

[69] Austro, vendaval fuerte del Sur.

Los eclipses de Sol y los de Luna pueden ser atribuidos á varias causas: quizá pueda la Luna substraer á la Tierra la claridad del Sol y ocultar el brillo de éste por medio de la interposición de su opaca masa que absorba ó intercepte los rayos del foco luminoso: ¿y no podría existir otro cuerpo, opaco igualmente, que produzca ese efecto? ¿y no puede suceder también que el Sol en ciertas ocasiones se amortigüe y pierda su brillo que después recupere cuando haya pasado por regiones donde el aire no ofrezca adecuadas condiciones para hacer luminosas las emanaciones de aquel astro? Y si alternativamente puede la Tierra privar de luz á la Luna, y tener por debajo el Sol, mientras que el astro de revolución mensual se muestra obscurecido por la cónica sombra que se le pone delante, ¿no podrá suceder que otro cuerpo cualquiera se coloque frente al Sol, interrumpa su fulgor y nos despoje de su brillante luz? Pero si la luz de la Luna es propia, y no reflejada del Sol, ¿no podrá languidecer al pasar por ciertas regiones donde haya algún fluido contrario que apague todos sus fuegos?

770. Quod superest, quoniam magni per cærula Mundi...

Como ya he dilucidado el proceso de formación del mundo en las regiones cerúleas, los varios giros que el Sol y la Luna tienen en el espacio y la fuerza que puede impulsarlos, así como la causa probable de que algunas veces pierdan su luz y por algún tiempo nos dejen á obscuras como quien ya cierra, ya abre los ojos, y con la sombra apaga la claridad y con la claridad extingue las tinieblas; ahora debo retroceder á los comienzos del mundo, inquirir lo que en los tiempos de su antigua evolución obró la Tierra, y cuáles fueron las primeras producciones que expuso á la inconstancia de los vientos y á la influencia de la luz.

En un principio, la Tierra dió á las colinas toda clase de hierbas y de verdor; los campos fueron esmaltados de flores y de musgo; los árboles de varias especies después de crecer levantaron sus ramas á las auras; así como á las aves y cuadrúpedos, cuando se hallan en la primera edad, les brotan respectivamente plumas, pelo y cabello, así también la Tierra empezó á dar hierbas y arbustos, y después produjo la especie animal con diferentes destinos y agrupados sus individuos en clases distintas; ciertamente los animales no caerían del Cielo, ni los habitantes de la Tierra brotarían de las saladas aguas. Por esta razón con motivo se da nombre de Madre á la Tierra, porque es el origen de todo lo existente sobre ella. Si vemos que aun hoy nacen de la Tierra bajo la acción de la humedad y del Sol muchos animales, no deberá sorprendernos la consideración de que en la época de efervescencia de sus energías, la Naturaleza pudiera producir seres vivientes de gran volumen y muy numerosos.

Primeramente nacieron los pájaros y toda la variada especie de volátiles, los cuales comenzaron á salir de los huevos con el calor primaveral, de igual modo que las cigarras aun en nuestros días dejan sus envolturas en el estío y de seguida se lanzan á buscar su alimento. En aquel tiempo apareció también la raza humana: moléculas adecuadas existentes en el agua y en el fuego, atraídas por lugares apropiados en los campos, sirvieron para promover el crecimiento de ovarios fecundos unidos á la tierra por especiales raíces, y cuando el embrión formado llegó á la época de madurez, su energía propia le permitió salir de la humedad para respirar el aire libre, y la Naturaleza, abierta por todas partes, introdujo en las venas del nuevo ser zumos sabrosos parecidos á la leche.

Así como las mujeres después del parto sienten en los pechos exuberancia de agradable jugo que sirve de grato alimento para sus recién nacidos, la Tierra de esta manera sustentaba á sus criaturas humanas; la plácida temperatura hacía innecesario todo abrigo, y el suelo cubierto de menudo césped les preparaba agradable y cómodo lecho. No sufría el mundo en aquella remota edad el penetrante frío, ni los nimios calores, ni los fuertes vientos; esos fenómenos han tenido también su época de aparición. Justamente merece la Tierra el nombre de madre, porque ella fué la que dió vida al género humano, cuasi á la vez que formó á los animales de toda especie, lo mismo á los que viven errantes por las tierras que aquellos otros de variadas formas que vuelan por los aires. Pero la energía prolífica de la Tierra había de tener un término; así como los años esterilizan á la mujer también consumieron la fecundidad de la Tierra; el tiempo muda la naturaleza del mundo; los estados se suceden; nada permanece estacionario; todo cambia; todo se transforma para que todo tenga vida. Se consume un cuerpo en putrefacción ó sucumbe herido por la vejez, al mismo tiempo que otro se levanta por el lado opuesto y se fortifica; así en el transcurso de los días se muda la naturaleza del mundo; incesantemente cambia de estado; no puede hacer hoy lo que antes hiciera; hoy hace lo que antes no podía hacer.

858. Multaque tum interiisse animantû sæcla necesse est...

Muchas especies de animales debieron forzosamente perecer: las que ahora existen se han conservado, unas por la virtud de su energía, de su astucia, de su ligereza, y otras por el auxilio que les concedemos en cambio de la utilidad que nos reportan; el cruel león y otras bestias feroces, á su fuerza deben su propia conservación; la zorra á sus ardides; el ciervo á su carrera; pero el fiel y vigilante perro, los animales de carga, la sufrida oveja y el laborioso buey están sostenidos por nuestra protección; siempre se veían perseguidos por las fieras, anhelantes de paz, deseosos de entregarse á los pastos sin peligros, y nosotros les ofrecemos esas ventajas en recompensa del provecho que nos proporcionan. Pero los animales á quienes su propia constitución ha negado fuerza de resistencia y condiciones de utilidad, ¿por qué habían de ser nuestros protegidos? Condenados á ser víctimas de las otras razas, así vivirán hasta que la Naturaleza los extinga completamente.

Entonces la Tierra tendía á producir animales de tamaño y de figura monstruosos: el más notable de éstos fué quizá el andrógino, que tenía formas propias de los dos sexos y que difería igualmente de uno y de otro: unos animales aparecían en la vida sin piés, otros sin manos, aquéllos sin boca, éstos sin ojos; y aun se producían cuerpos en que los miembros estaban mutuamente adheridos y correspondían á seres incapaces para avanzar ó retroceder, para huir de los peligros y para proporcionarse alimentos.

Como éstos surgían otros monstruos en tanto que la Naturaleza establecía un orden; pero no pudieron avanzar en la edad ni desarrollarse ni reproducirse. Para el cumplimiento de esta última función y transmitir á otros seres la vida recibida, son necesarias algunas circunstancias: en primer lugar la adecuación de los alimentos; en segundo lugar la formación de gérmenes fecundos esparcidos en todo el cuerpo y la constitución de apropiados canales conductores; y en tercer término la adaptación de los órganos sexuales con mutuos goces.

Pero ni han existido Centauros ni podían formarse especies de naturaleza doble y de cuerpo doble con miembros de razas distintas; combinación de elementos heterogéneos es imposible. Á nadie ha de ser difícil comprender esta verdad.

En primer término, el caballo á los tres años de su vida se halla en la fuerza de su edad; pero no así el hombre, que todavía en ese tiempo busca el pecho que lo amamanta; el número de años que disminuye la fuerza de los caballos y obliga á éstos á rendirse bajo el peso de la vejez, es el mismo que representa la juventud del hombre y la época en que éste fortifica sus miembros y en que su rostro se cubre de vello. No creas que de la unión de semillas de caballos y de hombres pueda formarse centauros, ni que haya sido posible la existencia de Escilas que tuviesen la mitad inferior del cuerpo de figura y forma de perro, ni otros monstruos de este género compuestos de miembros incompatibles porque pertenezcan á seres que tienen diferente desarrollo, diversa juventud, muy distinta índole, son excitados por Venus, de maneras varias, tienen otras costumbres y se alimentan con substancias diferentes; pues ya sabemos que nutre á las cabras la cicuta que es veneno mortífero para los hombres.

Las llamas queman y consumen el rojizo cuerpo de los leones, lo mismo que las vísceras y sangre de todos los animales. ¿Cómo pudiera suceder que ese monstruo de triple constitución llamado Quimera, con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón, pudiera arrojar de su cuerpo fuego á llamaradas? Afirmar que por ser nueva la Tierra, y el Cielo reciente, era muy posible que se produjesen tantos monstruos, sin que en apoyo de esta idea se halle más razón que la vana y frívola de la novedad, es dar motivo para las fantásticas y absurdas suposiciones de la fábula: debe decirse lo mismo respecto de la suposición de que por las tierras circulasen ríos de oro; de que las flores de los arbustos fuesen de diamantes, y de que los hombres dotados estuviesen de fuerza y de estatura bastantes para saltar de un paso la vasta superficie de los mares y para hacer girar con las manos todo el cielo. Aunque la Tierra contenía innumerables gérmenes productores, de los cuales se formaron muchas especies de animales, no por eso hemos de creer que pudiese producir seres de elementos opuestos, y unir en un mismo individuo miembros de animales diferentes; es lo cierto que plantas, mieses y arbustos que la faz de la tierra cubren, nunca nacen juntos y confundidos, sino tiene cada uno su peculiar esfera y conservan todos las diferencias que la Naturaleza les ha señalado.

923. Et genus humanum multò fuit illud in arvis...

El género humano, en aquel tiempo en que andaba por los campos vagabundo, tenía más vigor que hoy, lo cual debería suceder porque la Tierra que lo había producido era también más vigorosa; los huesos del hombre eran más sólidos y más robustos; sus nervios más fuertes, sus vísceras más enérgicas; el frío no le molestaba, el calor no le afligía; ni le inquietaba la alimentación ni le preocupaban las dolencias; para él pasaban los años con indiferencia mientras vivía errante y formaba rebaño como las fieras; no trabajaba con el duro arado, ni mullía la tierra con el hierro, ni sembraba arbustos ni manejaba la hoz para podar las ramas de los altos árboles; aplacaba su hambre con lo que espontáneamente le daban el Sol, la lluvia, la Tierra; las encinas glandíferas le ofrecían abundante sustento, y las madroñeras que en el invierno se cargan de frutos de color purpurino, eran entonces más numerosas y más fecundas; el mundo, en fin, en los albores de su concreción, daba clases variadas de alimentos que, para los míseros mortales, estaban siempre de sobra. Para saciar la sed convidaban los ríos y las fuentes, y, como ahora, las aguas descendían murmuradoras desde elevadas montañas y á los animales advertían que de ellas podían beber hasta saciarse. Por la noche los hombres se acomodaban en grutas que después se llamaron templos de las ninfas, donde brotaban claros manantiales que lavaban las húmedas rocas; las húmedas rocas de centelleante musgo cubiertas, desde las cuales caían las aguas lentamente sobre las planicies para correr después abundantes por los campos.

Ni sabían utilizar el fuego ni aprovechar las pieles y otros despojos de los brutos para cubrir su desnudez; se refugiaban de la inclemencia del tiempo en lo hueco de los montes, en las selvas y florestas, y apiñados afrontaban el ímpetu de los vientos y de las lluvias. No comprendían los intereses comunes, y por tanto no habían regulado sus relaciones y tratos; cada cual se apoderaba de lo que tenía á mano: la Naturaleza no había despertado en ellos más deseo que el de vivir cada uno para sí mismo. Venus en las selvas juntaba á los amantes; á veces un mutuo ardor los conciliaba; en ocasiones el hombre acudía á la violencia para satisfacer su encendido afán, ó ganaba la condescendencia femenina por dádivas de bellotas, de madroños ó de selecta pera. De las manos y de los piés se valían para hacer guerra á los feroces animales y lanzarles pedradas á distancia, ó de cerca darles golpes con palos; de esta manera vencían á algunos, pero con frecuencia tenían que huir de ellos y buscar refugio en las cavernas. Cuando llegaba la noche, se tendían desnudos en el suelo como los jabalíes y se tapaban con hojas y ramas; no es de creer que temerosos de la noche[70] errantes por las selvas, invocaran entre gritos y lamentos la claridad del día: por lo contrario, silenciosos y entregados á profundo sueño, esperaban que el Sol con su espléndido fulgor bañase de luz el cielo: acostumbrados á ver desde la infancia que en tiempos continuados la luz y las sombras se suceden, no se admiraban de que así ocurriera, ni temían que una interminable noche sepultase al mundo en las tinieblas después de apagar la claridad diurna. Les ocasionaban, sí, positivo temor las fieras que invadían sus moradas, perturbaban su reposo y les causaban graves daños: muchas veces, intempestivamente, durante la noche, eran visitados por el fiero león ó por el cerdoso jabalí, y llenos de temor se veían precisados á escaparse por el techo de piedra y dejar su lecho de hojas á tan incómodos huéspedes.

[70] Tradición india.

Y no por lo dicho ha de suponerse que la muerte hiciera más estrago que ahora entre los hombres; cierto es que muchos eran cogidos y devorados por las fieras, á las cuales ofrecían continuado banquete con su cuerpo, mientras con lamentos llenaban los bosques y las montañas; verdad es que algunas veces veían cómo sus miembros palpitantes eran encerrados en viviente sepulcro; también es cierto que no pocos hombres, aunque lograban escapar de las garras feroces, llevaban el cuerpo lleno de heridas, cuyos bordes oprimían con mano convulsa entre horribles dolores que les arrancaban gritos para llamar la muerte, y que al cabo, sin obtener alivio y sin saber curar sus heridas, de las que se apoderaban los gusanos, perdían la vida. Pero no eran como ahora llevados á la guerra millares de soldados que mueren en un solo día, en un solo instante; ni los buques arrojaban á muchas personas contra los escollos; entonces, sin peligro alguno para los hombres, el mar levantaba airado sus ondas ó apacible las calmaba: la tranquilidad de las aguas no era bastante seducción para nadie; el arte de navegar, tan homicida, no había comenzado; en la nada estaba sumido. Tal vez en remotos días la muerte era consecuencia de falta de alimentación; hoy la abundancia es causa del mismo efecto; quizá entonces, por ignorancia, los hombres morían envenenados; hoy el arte los envenena.

1009. Indè casas postquam, ac pelles, ignemque parârunt...

Tan pronto como fué conocido el uso de las chozas, de las pieles y del fuego, y vivieron en mutuo consorcio una mujer y un hombre, y éstos saborearon las honestas delicias del matrimonio y vieron prole de ellos mismos formada, el linaje humano comenzó á adquirir suaves costumbres; el fuego permitió que sobrellevaran las molestias del frío aquellos que ya no podían sufrir los rigores del invierno bajo la techumbre del cielo; Venus templó las rudezas y luego los hijos ablandaron fácilmente la dura índole de los padres: en esta situación se creó amistad entre los hombres que se habían establecido en lugares inmediatos, y fruto de ella fué el respeto mutuo y la protección concedida á la debilidad de las mujeres y de los niños, pues con voces inarticuladas y con gestos debieron de convenir en que la conmiseración por conveniencia de todos se debía otorgar á la flaqueza. Sin duda alguna este último acuerdo no fué general, pero innegablemente fué observado con lealtad por los más y los mejores, pues de lo contrario la raza humana se hubiera extinguido y no habría llegado hasta nuestros días.

La Naturaleza enseñó á usar de la lengua para emitir diferentes sonidos, y la necesidad sugirió la idea de dar nombres á las cosas, como vemos que incita á los niños que aún no saben hablar para que señalen con el dedo los objetos que desean. Cada ser experimenta impulsos acomodados á las energías de que dispone; aún el novillo no tiene astas y ya da topetazos inofensivos con la frente; los cachorros de la pantera y de la leona, antes de que dispongan de uñas y de dientes, tratan de morder y de rasgar; los hijuelos de todas las aves ensayan temblorosos vuelos antes de que las alas auxilien sus esfuerzos. Por tanto, sería locura el pensar que un solo hombre pudiera denominar todas las cosas, y luego los otros no hicieran más que imitarle; pues evidente es que si un hombre pudo articular palabras y emitir varios sonidos, los otros hombres podrían hacer lo mismo en igual tiempo.

Añadamos que si los hombres en sus relaciones no hubieran hecho uso de palabras, no habrían llegado á conocer la importancia de ellas, y por este motivo el que las hubiese inventado no habría podido llevar adelante su proyecto en favor de un lenguaje. Ningún hombre tendría fuerza bastante para hacer aprender á los otros los nombres que hubiera querido aplicar á las cosas, ni habría podido hacerse entender por medio de signos orales que los otros no conocían. Nadie prestaría oídos y dedicaría su atención á lecciones explicadas con sonidos completamente extraños, los cuales herirían sus órganos auditivos inútilmente. Y ¿por qué ha de sorprendernos que la raza humana, poseedora de órganos apropiados para significar las impresiones que la afectan, haya designado con voces especiales todas y cada una de las cosas que le rodean ó le interesan, cuando vemos que los animales domésticos y aun las mismas fieras con gritos de inflexiones distintas representan el dolor que los embarga, el miedo que los oprime, el gusto que los seduce? Estos hechos están patentes para la observación: el mastín, de formidables mandíbulas, cuando en un primer acceso de ira, contraídos los labios, muestra los temibles dientes que castañetean, lanza ladridos amenazadores que se diferencian mucho de los que emplea en otras ocasiones para significar su alarma; y cuando acaricia á sus cachorros, á los cuales da golpes con las patas desuñadas, lame con languidez y muerde con dientes amorosos, también da gritos de alegría que no pueden confundirse con los aullidos que deja oir en la soledad, ni con los gañidos que emite cuando temeroso evita el látigo de su dueño.

¿Relincha el caballo de igual modo cuando impulsado por ardoroso instinto pasa con gallardo brío por entre las yeguas, ó cuando el estrépito de las armas lo conmueve, ó cuando otra causa excita sus miembros? Por último, los pájaros, las aves de toda clase, como el halcón, el quebrantahuesos y el mergo que busca en las olas marinas su necesario sustento, dan gritos diferentes según varían las circunstancias en que se encuentran; el graznido que usan cuando toman su alimento no es el mismo que emiten cuando porfiadamente defienden una presa. También hay algunas aves que modifican su canto con arreglo al estado atmosférico: se encuentran en ese caso la antigua especie de la corneja y la grey del cuervo, los cuales, según dicen, crascitan de modo especial para anunciar viento, lluvia ó tormentas. Y pues los animales, aunque mudos sean, disponen de variedad de tonos en la voz con arreglo á las impresiones que reciben, ¿por qué no ha de considerarse natural el hecho de que los hombres hayan designado las cosas diferentes con palabras diversas?

1090. Illud in his rebus tacitus ne fortè requiras...

Para que en silencio no te quede alguna duda, te diré desde luego que el rayo pudo proporcionar fuego á los mortales y ser el foco de llamas que nosotros utilizamos, como aún hoy vemos que á veces en la Tierra arden muchos cuerpos encendidos por el rayo formado en las alturas; pero también observamos que largas ramas de copudos árboles azotados por el viento rozan con otras ramas de árboles vecinos, y de empeñada colisión, entre unas y otras sostenida, brotan centellas luminosas que llevan el incendio á la arboleda; pudo, pues, el fuego tener también este origen.

El Sol nos enseñó á cocer y á ablandar las substancias dedicadas para nuestras comidas, porque los hombres notaron que los rayos del astro luminoso maduran los frutos de la Tierra; y desde que adquirieron ese conocimiento introdujeron en las costumbres y en los alimentos sucesivos cambios para los cuales el fuego sirvió de motivo fundamental.

Los señores comenzaron á edificar ciudades y á erigir castillos que les sirviesen para defensa y para refugio: los ganados y los campos fueron distribuidos, y en el reparto obtuvieron beneficio los hombres que sobresalían por su belleza, por su fuerza ó por su ingenio, que fueron en el comienzo de las sociedades los únicos signos de distinción: fué después inventada la riqueza, y apareció el oro que asumió todo valimiento y todo honor; pues sabido es que la belleza y la fuerza se rinden humildes ante el poder convencional del oro.

Regla de conducta debe ser para el hombre que arregla su vida á los dictados de la razón el considerar que las mayores riquezas consisten en la moderación y en la justicia; no es pobre el que poco desea. Hombres hay, no obstante, que hacen depender su tranquilidad y su fortuna de la opulencia y del poder; ¡error grave!: tan numeroso es el concurso de los que aspiran á obtener riquezas, que se ha hecho difícil y peligrosa la empinada senda que á ellas conduce, y aun muchas veces los que alcanzan sus alturas sirven de blanco á los dardos de la envidia que los precipita, con desprecio, al Tártaro profundo. Más vale obedecer en paz que gobernar en guerra. Dignos de lástima son los que envueltos en sudor y en sangre luchan ciegos en la estrecha vía de la ambición; no comprenden que la envidia, como el rayo, ataca principalmente los puntos elevados, y como se guían por ajeno parecer, ajustan sus actos más á lo que oyen que á sus propios pensamientos. Así los hombres son y han sido siempre, y así en lo sucesivo habrán de ser.

Pero después de las matanzas hechas por los reyes, la majestad de ellos, sus tronos, sus cetros, y los adornos ensangrentados con que la frente cubrían fueron arrojados al suelo, escarnecidos y pisoteados por las multitudes, porque llega un día en que se conculca aquello que en el anterior por miedo se adoraba; el poder volvió entonces á los pueblos, y como todos los hombres no podían gobernar, se eligieron algunos magistrados que ejercieran esa función, y se dictaron órdenes, á las cuales, por conveniencia general, todos los individuos de las tribus se hubieron de someter, pues cansados de vivir entre violencias, odios é inquietudes, estimaron agradable el yugo de la ley como garantía del derecho. Terribles eran los resultados de las meditadas venganzas (que nuestras justas leyes no toleran), y los hombres, ansiosos de salir de aquella situación de zozobras y desconfianzas, establecieron penas y castigos que engendran temores. La injusticia y la iniquidad caen en sus propios lazos; sus efectos revierten á los que las producen, pues no hay descanso ni reposo para aquel que infringe las leyes sociales, el cual, por más que se oculte de los dioses y de los hombres, vivirá siempre con recelo de que su delito se divulgue, supuesto que han existido muchos malvados que durante el sueño ó en el delirio de la fiebre de aguda enfermedad han declarado los crímenes que hubieran cometido y que habían sabido ocultar durante muchos años.

1160. Nunc quæ causa Deum per magnas numina gentes...

No es difícil de explicar ahora la serie de ideas que llevaron á las gentes á admitir en el mundo la intervención de dioses, en cuya honra, y por cuyo temor los pueblos levantaron altares, establecieron ritos, instituyeron ceremonias que forzosamente han de preceder y acompañar al desarrollo de toda empresa; erigieron templos, dedicaron días de fiesta, inventaron cultos. La raza humana en aquellos tiempos, aun durante la vigilia, creía ver en todas partes egregias imágenes de dioses que alcanzaban proporciones gigantescas bajo las ilusiones del sueño, y á las cuales suponía dotadas ya de sensaciones, ya de actividad, porque se le figuraba que movían los miembros y que hablaban con arrogancia como correspondía á su majestuosa figura y amplias fuerzas; les atribuía la inmortalidad, porque siempre se las representaba con igual belleza y forma, y consideraba que los dioses no habían de estar sujetos á mudanzas, porque á su volumen y resistencia no habría poder capaz de producir daño; al mismo tiempo, la prole humana tenía por muy felices á los dioses, porque los suponía exentos del temor de la muerte y se imaginaba que habían de estar con agrado entretenidos en labores maravillosas.

Cuando, además, consideraba el orden constante y regular del Cielo y el cambio periódico de las estaciones y no sabía explicarse la causa de esos fenómenos, hallaba cómodo el pensar que eran árbitros de la Naturaleza unos dioses que disponían de todas las cosas á su antojo. Y supuso colocada la residencia de esos dioses allá en las mismas alturas donde entendía que el Sol y la Luna habitan y se mueven; donde creía ver que surge la luz, nacen las sombras, se forman los meteoros, giran las noctívagas estrellas, vuelan fuegos errantes, se condensan las nubes, soplan los vientos, se forja el rayo y tienen su origen las heladas nieves, los destructores granizos, las furiosas tempestades, los horrísonos truenos que le parecían espantoso eco de las amenazas de los dioses.

Infeliz especie humana, que atribuye tales hechos á seres imaginarios, á los cuales considera influidos por acerbas iras. ¡Cuántos gemidos ha arrancado, cuántas heridas ha abierto, cuántas lágrimas ha producido á la descendencia de los hombres esa invención! La piedad no puede consistir en cubrirse la cabeza con espesos velos, dar vueltas alrededor de una estatua y visitar altares; ni tampoco en prosternarse y levantar las manos ante los templos de los dioses, y menos en inundar las aras con la sangre de cuadrúpedos, ni en hacer votos con juramento, sino en observar atentamente con ánimo sereno los sucesos todos. Cuando se levanta la vista y se contemplan los palacios celestiales del Universo, las regiones etéreas tachonadas de estrellas rutilantes y el movimiento regular del Sol y de la Luna, siente el pecho cierta vaga inquietud que anubla la abrumada frente, porque se recela que exista un alto poder capaz de gobernar á su gusto los astros; pero las dudas que asaltan la mente engendradas son por la ignorancia, la cual hace temer que el mundo haya tenido principio y tenga, por tanto, fin; que sus murallas no puedan resistir el movimiento y los choques á que están expuestas, y que, aun admitido un divino creador de la mansión terrestre, ésta no pueda vencer las inmensas dificultades de una eterna duración.

Y, además de lo dicho, ¿á quién no apoca el ánimo el espanto de los dioses, y á quién no causa estremecimientos de pavor el trepidar de la Tierra cuando ruge el estruendo formidable de horrísona tormenta y retumba el rayo en los ámbitos del Cielo? ¿No se asustan en esas ocasiones los pueblos y los individuos? Los soberbios reyes, por el temor poseídos, ¿no se abrazan temblorosos á las imágenes de sus dioses, de las que esperan que aplacen el momento en que hayan de sufrir el temido castigo correspondiente á sus crímenes? Y cuando viento impetuoso encrespa las ondas del mar y barre de la cubierta de los buques las legiones y los elefantes que llevan, el jefe de la flota, ¿no procura con súplicas, votos y promesas, aplacar la ira de los dioses para que el viento deponga su furor, se calmen las olas y el tiempo abonance? Pero clama en vano, y tal vez envuelto en agitado torbellino sea lanzado sobre las rocas donde halle infausta muerte. Parece, sin duda, que un poder oculto se burla de las preocupaciones humanas y considera despreciables las hoces y las segures que los hombres tienen en tanta estima[71]. Y si el hombre observa que bajo sus piés la Tierra se estremece y que en ocasiones las ciudades se convierten en ruinas, ¿tiene algo de extraño que de su propia debilidad persuadido crea en poderes misteriosos de ilimitada fuerza que gobiernen arbitrariamente el Universo?

[71] En opinión del traductor, Lucrecio se expresa aquí (versos 1232 á 1235 del canto V) en sentido irónico. Bayle, Gassendi, Molière, Pongerville y Lima Leitao interpretan de otro modo el pasaje transcrito.

1240. Quod superest, æs, atque aurû, ferrûque repertû est...

Más adelante se descubrieron el bronce, el oro, el hierro, la pesada plata y la esencia del plomo cuando las ingentes selvas de los elevados montes quedaron consumidas por el fuego, ya fuera éste prendido por el rayo, bien propagado en las florestas por los guerreros para combatirse los unos á los otros, ya encendido por hombres pacíficos deseosos de convertir las selvas en prados y tierras de labor, ó quizá utilizado por esos mismos para destruir las fieras, con cuyos despojos intentaran enriquecerse, pues el foso y el fuego se emplearon en las empresas venatorias antes de que se destinaran para ellas la engañadora red y la ruidosa jauría. Como quiera que fuese, cuando las llamas con chisporroteos crujientes devoraron los bosques y consumieron desde las altas ramas hasta las profundas raíces de los árboles, la Tierra, lo mismo que si hubiera sido cocida por el fuego, de sus abrasadas venas produjo ríos de oro, de plata, de bronce y de plomo que se precipitaron á los sitios cóncavos, donde, enfriados, ofrecieron color brillante, lustre, gracia, y al solidificarse tomaron la forma de las cavidades que los contenían. Al observar este último fenómeno, los hombres tuvieron la idea de fundir los metales y hacer con ellos objetos de distinta figura, después de batidos y adelgazados; de esta manera llegaron á fabricar unas armas que sirvieron para ataque y defensa en las batallas, otras para labrar las tierras y otras para serrar, pulir, cortar, abrir á golpes, romper y taladrar. Quisieron hacer del oro y de la plata el mismo uso que del bronce, pero inútilmente, porque ninguno de esos metales tenía la dureza necesaria para el áspero trabajo á que lo destinaban: por este motivo el bronce era muy estimado, mientras que el oro se miraba como inútil, porque fácilmente se embotaba la punta de las armas que se fundían con él; hoy, por lo contrario, el bronce ha caído en depreciación, y el oro es tenido en alta estima. Así todo muda en el tiempo: lo que un día estuvo en auge, al siguiente cayó en descrédito; lo que una vez estuvo en olvido, otra vez fué muy celebrado y de todos los hombres mereció alabanzas, honores y agasajos.

Ahora, mediante los datos que ya tienes, puedes comprender cómo se llegó al uso del hierro: las primeras y más antiguas armas fueron las manos, las uñas, los dientes, las piedras, las ramas de los árboles, y, por último, las llamas y el fuego tan pronto como fueron conocidos: poco tiempo después se descubrieron el hierro y el bronce, pero el bronce fué primeramente utilizado porque se ofrecía en abundancia y era fácil de trabajar: de bronce eran los instrumentos para labrar la tierra, las armas usadas en los combates y las empleadas para llevar la muerte por todos los sitios y proteger el hurto de ganados, pues los hombres, desnudos é inermes, se veían en la precisión de ceder ante los que llevaban armas. El hierro fué después convertido en espada; la hoz de bronce perdió la preferencia; la tierra se trabajó con férreo arado, y la voluble suerte de los combates fué encomendada al hierro.

Antes de que se usara el carro tirado por dos corceles montaban los guerreros en caballos cuyos frenos dirigían con la mano izquierda mientras con la derecha peleaban; después de la biga se inventaron la cuadriga y los carros falcíferos; más adelante, el Cartaginés astuto adiestró para los combates el torreado elefante de trompa anguina que soporta las heridas y pone en dispersión á las turbas de Marte: poco á poco la discordia acumuló medios destructores y la guerra se hizo cada vez más horrorosa; en ella tomaron parte enfurecidos toros, crueles jabalíes enseñados para atacar á los enemigos, y aun leones poderosos usados por los Partos en las avanzadas de su ejército. Esos terribles animales, sujetos por fuertes frenos y conducidos por hombres convenientemente armados para moderar la bravura de las fieras, cuando sentían la sangre humeante se enardecían, dispersaban los ejércitos de un lado y de otro, sacudían la melena, y, sin que nadie pudiese contenerlos, se lanzaban á la matanza; entonces los caballos, aterrorizados con los rugidos, no obedecían al jinete, se revolvían y en carrera desenfrenada huían hacia el campo enemigo. Las leonas con furia corrían indistintamente de un ejército á otro, destruían cuanto encontraban á su paso, atacaban por la espalda á sus víctimas, y después de herirlas y de arrojarlas á tierra se entretenían en despedazarlas con sus terribles dientes y sus corvas uñas. Los toros embrocaban y pisoteaban á los jabalíes y amurcaban á los caballos, á los cuales, todavía después de muertos embestían con rabia. Los jabalíes, de prolongados colmillos, mataban á sus propios aliados, y cuando las flechas teñidas en sangre se quebraban en su cuerpo, con nueva irritación hacían destrozos entre infantes y caballeros: en vano era que los corceles para evitar las dentelladas de esas fieras se encabritaran, porque pronto sucumbían con las extremidades posteriores destrozadas. Aun los mismos brutos domesticados, cuando se hallaban en el foco de la batalla y de la furia, entre lamentos, gritos, horrores, heridas, estrago, recobraban su olvidada ferocidad, y sin que nadie pudiera sujetarlos se dispersaban, como vemos que los elefantes gravemente heridos en las guerras de nuestros días, después de hacer muchos destrozos en el ejército á que pertenecen, huyen despavoridos. Así en los tiempos ya pasados sucedió, y así hoy ocurre; pero creo que los hombres no habrán dejado quizá de presentir y de ver que tantos desastres producen grandes sufrimientos, no sólo para los que han sido sus causantes, sino también para las generaciones futuras. Y puedes creer que este mal no ha de limitarse á nuestro mundo, sino á todos los mundos formados con vario origen. Tal vez la fiereza revelada en esas luchas no haya sido inspirada por el exclusivo deseo de la victoria, sino por el instinto de propia defensa que mueve á hacer el mayor daño posible al enemigo que fiado en su fuerza amenaza con la muerte.

1349. Nexilis antè fuit vestis, quam textile tegmen...

Vestidos anudados se usaban antes de que fuera inventado el telar; los tejidos fueron posteriores á la aplicación del hierro, porque las telas usadas ahora se prepararon con auxilio del hierro, que permitió la construcción de instrumentos delicados, tales como el cilindro, las cárcolas, el huso, el peine y la ruidosa lanzadera.

La Naturaleza indujo al hombre antes que á la mujer á trabajar la lana, porque el hombre es más ingenioso y más apto para las artes que la mujer; pero el agricultor, después de reconvenirse por dedicar su tiempo á delicadas labores, entregó éstas á su compañera y se reservó los ejercicios penosos que, después de todo, se acomodaban á la contextura de sus miembros y de sus manos.

Igualmente enseñó la Naturaleza en el principio de las sociedades á hacer las operaciones de siembra y de injerto, porque pudo observarse que de los árboles caían al suelo semillas que después, en apropiados tiempos, daban numerosos retoños; también se ensayó el ingerir brotes de una planta en otra y trasladar los arbustos: de este modo, por medio de multiplicadas tentativas, el cultivo de los campos se mejoró, y con las esmeradas labores de las tierras se consiguió ablandar los frutos salvajes. Los bosques reducidos quedaron á los más altos montes, al mismo tiempo que por las planicies y colinas se extendieron los campos cultivados, el prado, el lago, el arroyo, y con pujante lozanía el trigo, la viña y el verdoso olivar que ocupó las llanuras y montículos. Este sistema de trabajo por muchos años seguido ha dado vida á esos amenos lugares que ves llenos de árboles frutales de variedad encantadora.

Mucho antes de que los hombres supieran con harmonioso acento entonar versos agradables para el oído, habían intentado imitar con su voz el suave gorjeo de los pájaros; el céfiro que, al introducirse en lo hueco de las cañas, silba, guió al hombre para inventar los cálamos agrestes; la flauta, luego, animada por dedos flexibles y acompañada por el canto, se usó en las apartadas selvas, en los bosques, en las sombrías soledades que dieron á los pastores los primeros motivos musicales para entretener sus ocios, pues indudable es que el tiempo da ocasión para que se creen las artes que después el ingenio perfecciona. En estos dulces recreos se entretenían, con ellos alegraban su ánimo después de haber satisfecho la necesidad de alimentarse, pues todas las aspiraciones eran entonces muy sencillas: muchas veces, reunidos los pastores en sitio agradable, tendidos junto á la fuente, bajo la sombra de un árbol, gozaban del placer más puro, especialmente cuando la alegre primavera cubría los verdes prados con matizadas flores; conversaban con ingenuidad, jugaban con inocencia, reían candorosamente y en sus entretenimientos daban vida á la musa agreste; se adornaban la cabeza con brillantes coronas de flores y los hombros con guirnaldas; con rudos piés sin medida ni concierto golpeaban la tierra, madre de todos, y entre carcajadas se divertían de su propia impericia y se aconsejaban para dar novedad á sus pasatiempos. En ocasiones, á fin de estar vigilantes y defenderse del sueño, cantaban con variaciones de tono y recorrían con los labios á medio cerrar los agujeros del cálamo. También hoy pasamos distraídos las veladas, y aunque ajustamos nuestros recreos á reglas de buen gusto no saboreamos con certeza el agrado y la dulzura de nuestros ratos de solaz en mayor proporción que la gente rústica de otros días.

En mucho estimamos lo que está presente, si antes no hemos conocido algo mejor; pero lo nuevo perjudica á lo antiguo, y cambia las costumbres; así hemos despreciado el fruto de la encina, el lecho de hojas secas y el uso de las pieles: también el vestido formado con restos de fieras fué en su tiempo una extraña novedad, y no me atreveré á decir que su inventor no fuera objeto de enconada envidia; quizá el infeliz sucumbiera víctima de la traición de algunos que se apoderaran de sus despojos teñidos en sangre, aunque los asesinos fueran de cierto incapaces para aprovechar útilmente el fruto de su maldad[72].

[72] La amarga ironía de Lucrecio deja comprender los sufrimientos morales que debería tener por vivir en lucha contra el convencionalismo religioso de su época.

En aquellos tiempos remotos se luchaba por la posesión de pieles de animales; hoy se combate por obtener el oro y la púrpura; más culpables somos indudablemente que nuestros antecesores, porque ellos necesitaban las pieles para preservarse del frío, y nosotros para ningún objeto de verdadera precisión utilizamos el oro, la púrpura y los ricos bordados, ya que para vestirnos serían suficientes las plebeyas telas. ¡Es triste que la raza humana gaste la vida en contiendas y disgustos motivados por cosas fútiles, y no ponga freno á la codicia que la corroe, quizá porque aún no sabe que los goces puros tienen un límite que no se puede franquear sin peligro! Las vanidades quebrantan la existencia de los individuos, crean perturbaciones entre los pueblos y originan guerras que destruyen las sociedades.

1435 á 1456. At vigiles Mundi magnum et versatile templum...

El Sol y la Luna, antorchas luminosas que con luz perenne recorren toda la extensión del movedizo templo del mundo, enseñan á los hombres que los tiempos se repiten en constantes estaciones, porque todo en la Naturaleza existe con sujeción á leyes fijas y con orden invariable.

Ya el hombre vivía abrigado en sus palacios, ya en la Tierra se habían constituido las naciones, y el mar era surcado por numerosos buques, y en vigor había pactos federativos entre los pueblos, cuando los poetas comenzaron á consignar en versos los hechos pasados; pero como los elementos de la escritura eran de muy reciente invención, nuestra Edad apenas conoce de los pueblos antiguos más sucesos que los indagados por el raciocinio, apoyado en los vestigios existentes.

Las artes de la navegación, del cultivo de los campos, de las fortificaciones, de la aplicación de las leyes, de la fabricación de armas, apertura de caminos, tejidos de telas y otras de igual utilidad, y también las artes recreativas como la poesía, la pintura y la escultura, de la necesidad y de la experiencia han sido fruto. Paulatinamente el tiempo, en oportuna sazón, ha producido inventos que la industria humana ha mejorado; más adelante las artes se han concedido mutuo auxilio, y de este modo se elevarán hasta la cumbre de la perfección.