LIBRO CUARTO


1. Avia Pieridum peragro loca, nullius antè...

Voy á elevarme á las cimas del Parnaso, y á recorrer campos hasta ahora no hollados por ninguna planta; iré á beber grato licor de fuentes vírgenes, y me apresuraré á coger desconocidas flores, con las que tejeré para mi cabeza corona insigne mejor que todas las que hasta hoy las Musas han concedido; primeramente, porque enseño altas verdades, é intento romper la dura esclavitud con que las religiones han abatido los ánimos, y, además, porque suavizaré un estudio árido con las gracias de la poesía, que convierte en agradable cualquier asunto obscuro; así obraré conforme á razón. De igual modo que los médicos, al propinar á los niños amarga medicina, untan de sabrosa miel los bordes de la copa en que la administran, á fin de que, inexpertos y atraídos por la dulzura que gustan sus labios, sin recelo beban el licor amargo y deban la vida á traición agradable, así yo, ahora que he de explicar asuntos ásperos y desabridos para los que no están acostumbrados á ellos, y fastidiosos para el vulgo, quiero exponerte mi doctrina en el ameno lenguaje de las Piéredes, y con acento de dulce harmonía, para que, al buscar recreo en la lectura de mis versos, adquieras conocimiento de las leyes de la vida y del orden universal[42].

[42] Repetición de los versos 933 á 957 del canto primero.

26. Sed quoniam docui, cunctarum exordia rerum...

Ya he considerado los principios elementales de las cosas y las diferentes formas que afectan, los movimientos á que se hallan sujetos eternamente los cuerpos simples por su propia condición y la manera como de ellos pueden ser creados todos los seres, y, por último, la naturaleza del alma, síntesis de las fuerzas que al cuerpo animan, y la reversión de ésta á sus primeros principios, cuando se disgrega de un cuerpo cuya vida sensible había constituido. Ahora deseo comunicarte algunas otras ideas pertinentes á los mismos temas, y para hacerlo con fruto debo empezar por decirte que hay algunas entidades, á las que vamos á dar el nombre de simulacros de las cosas, las cuales son como unas membranas que rodean á todos los cuerpos, cada cual á aquel de que procede, en forma de emanaciones vaporosas que lo circundan, que vuelan hacia uno y otro lado á impulso de las auras, y que, unas veces, cuando estamos despiertos, se nos ofrecen con terrorífica apariencia, y otras, cuando el sueño nos abate, se nos muestran con figuras horribles, de tal manera, que en la obscuridad nos producen terror y cierta soporífera languidez, y dan ocasión para que algunos entiendan que los simulacros son almas escapadas del Aqueronte, ó sombras de los difuntos errantes entre los vivos, ó restos que después de la muerte de cada individuo permanecen entre nosotros; como si el cuerpo y el alma no perecieran juntos y no se resolvieran en los elementos que los constituían.

Digo, pues, que los simulacros, tenues membranas producidas por desprendimientos de la totalidad del cuerpo de los seres, forman una especie de substancia cortical, libre, aérea, que reproduce con exactitud la imagen ó efigie de los cuerpos de que se derivan[43].

[43] Pensaba Epicuro que de los cuerpos surge un tejido imperceptible, que es elemento de los dioses, origen de nuestras ideas y causa de la visión: el filósofo griego dió á esas emanaciones los nombres de εἴδωλα y τύποι. Lucrecio las llama simulacra, effigies, imagenes.

51. Id licet hinc quamvis hebeti cognoscere corde.

Esta explicación es fácil de entender aun para aquellos que tengan rudo ingenio, porque todos pueden ver y sentir á cada momento densas emanaciones de algunos cuerpos difundidas en el aire, como el humo que de la leña se desprende y el calor que se origina del fuego; pero todavía existen otras de contextura más condensada y viva, como la túnica de abrigo que la cigarra suelta en la estación ardiente, las membranas que los novillos de su cuerpo despiden al nacer y el vestido que lúbrica serpiente deja entre los espinos á merced del viento. Esas observaciones demuestran que de las superficies de los cuerpos emanan propias sutiles imágenes, las cuales unas por condensación de sus moléculas componentes se hacen ostensibles, mientras que otras, por disgregación de estas mismas, no adquieren apariencias fenomenales; permiten asegurar los hechos estudiados que esas partes desprendidas de la superficie de todos los objetos en cierto modo conservan la forma de sus cuerpos generadores, de los cuales más se apartan á medida que más obstáculos se les oponen en el momento de su aparición.

Porque no solamente de lo interior de los seres se exhalan esos corpúsculos sino también de lo exterior, como antes he dicho y como podemos comprobar con los colores: las colgaduras amarillas, rojas ó moradas que ondean pendientes de las vigas de los teatros tiñen de su color la escena, las decoraciones, á los senadores, á las matronas y las estatuas de los dioses; y cuanto más se evita que en el teatro penetre la plena luz del día, más encantos ofrece á la vista el reflejo movedizo de los colores[44]. Si éstos se desprenden, como creemos notar, de la superficie de los paños, también habrá otros cuerpos que de igual modo emitan sus propias imágenes, pero muy sutiles y finísimas, tanto que sean imperceptibles para nuestra vista, aunque ofrezcan fieles vestigios de los cuerpos que las hayan producido.

[44] Tres clases de colgaduras usaban los romanos en los teatros: cortinas, tapices y paños; éstos servían para proteger de los rayos del Sol á los espectadores.

88. Præterea, omnis odos, fumus, vapor, atque aliæ res...

Los olores, el humo, el calor, y otras emanaciones similares á éstas, se difunden fácilmente en el aire porque tienen su origen en lo interior de los cuerpos, y al salir de éstos hallan obstáculos que los obligan á separarse de la línea recta y á esparcirse por donde logran abrirse camino; pero la tenue película de los colores, puede, al extenderse, conservar la misma forma que tiene en los cuerpos de que procede, porque, de lo exterior surgida, nada se le opone para que siga la dirección recta.

Los simulacros se muestran en los espejos, en el agua, en las superficies pulimentadas; y pues tienen la misma apariencia de los seres que representan, han de ser imágenes de estos mismos. Es indudable que los cuerpos sensibles de fáciles emanaciones se reflejarán mejor que aquellos otros de moléculas muy tenues cuyo poder para manifestarse ha de ser muy escaso.

Cuerpos hay, no obstante, que nos dan sus imágenes muy disipadas, y, por lo extendidas, invisibles; pero si las emanaciones que repetidamente exhalan chocan en un espejo, se recogen, se reunen, se reflejan y se hacen perceptibles para el sentido de la vista: por esta causa los espejos representan fielmente la figura de las cosas que tienen delante.

Ahora debes considerar cuán delicadas y sutiles han de ser las imágenes de cuerpos que existen sumamente pequeños, tanto que la vista más perspicaz apenas distinguirlos consigue. Con este motivo voy á confirmarte en pocas palabras lo que ya sabemos acerca de la tenuidad de los primeros principios de las cosas.

113. Primum animalia sunt jam partim tantula, eorum...

Animales hay tan pequeños que son como la tercera parte del tamaño que tienen los cuerpos más diminutos que puede la vista dominar. ¿Cómo calcularemos el volumen de los intestinos de esos animales? ¿Cómo será el tejido muscular de su corazón? ¿Cómo sus ojos, sus miembros, sus articulaciones? ¡Qué pequeñez! ¿Y podremos concebir la sutileza de los elementos que componen su ánimo y su alma? ¿Podrás imaginar algo más pequeño y más delicado?

La panace, el amargo ajenjo, el suave abrótano y la triste centáurea exhalan penetrante olor, significativo de los simulacros que de esas plantas brotan y luego vuelan de muchos modos, aunque sin energía para hacerse perceptibles á la vista; pero nadie podrá apreciar la relación que existe entre el tamaño de las moléculas componentes de esas emanaciones y el de los cuerpos de que se han producido.

Pero no pienses que en el aire vagan solamente los simulacros que de los cuerpos se desvían; hay también otros que se forman espontáneamente y residen en ese cielo, que es llamado aire, en el cual afectan distintas figuras y no cesan de moverse de muchos modos: son los que forman las nubes que crecen y cambian de apariencias en el cielo, cuya extensión visible muchas veces cubren; en unas ocasiones parecen gigantes que vuelan y poco á poco extienden la obscuridad por todas partes; en otras semejan grandes montes, que de la tierra se desprenden para acompañar al Sol en su curso; y algunas veces se muestran con la forma de bestia feroz, que guía y distribuye las nubes.

140. Nunc ea quam facili, et celeri ratione genantur...

¡Con cuánta facilidad los simulacros de esa clase emanan continuamente de las cosas, y con cuánta rapidez se desvanecen! Unos penetran en cuerpos de condiciones análogas al paño; otros son detenidos por objetos como la madera y las piedras, incapaces para reflejarlos; pero otros simulacros emitidos por seres colocados frente á un espejo ó cuerpo diáfano, lúcido y compacto, si bien no entran en éste como en el paño, tampoco se desvanecen como si estuvieran en presencia de cuerpos opacos y antes de ser reproducidos en imagen, por virtud del fenómeno de la reflexión. Tan pronto como un cuerpo se halla enfrente de una superficie pulimentada, en ésta aparece la efigie de aquél; este hecho, repetido muchas veces, te demostrará que de los objetos se derivan tenues figuras de textura tenue. Luego los simulacros se producen con rapidez incomparable.

Y así como la luz solar en breve tiempo se propaga en el espacio mediante emanaciones innumerables, de igual modo es preciso que los simulacros se emitan incesantemente en todas direcciones para que sea posible que en cualquier sitio donde se coloque un espejo, éste reproduzca la imagen de las cosas que se le presentan, con su forma peculiar y con su propio color.

En ocasiones, cuando el cielo está claro y limpio, de repente la obscuridad reemplaza á la luz, como si todas las imaginadas tinieblas del infierno se hubieran precipitado para ocupar las cavidades celestes; todo lo envuelve noche tempestuosa; ruidos procedentes de las alturas llenan de pavor á los mortales. Pues bien; nadie podrá explicar la relación exacta que exista entre la imagen que se nos muestra y el cuerpo que produce el fenómeno que absortos contemplamos.

211. Quare etiam atque etiam mitti hæc fateare necesse est...

Preciso es declarar con insistencia que esas emanaciones, al ponerse en contacto con nuestros ojos excitan el fenómeno de la visión[45]. Constantemente de ciertos cuerpos se desprenden olores, como de los fluidos surge frío, del Sol calor y de los mares sal que socava los edificios situados en las playas: por el aire vagan siempre muchos sonidos; cuando paseamos por las orillas del mar notamos el gusto á salobre que nos impresiona débilmente; cuando asistimos á la preparación del absintio paladeamos el amargor de esa planta perenne. Luego es indudable que de todos los cuerpos se desprenden mínimas partes que se diseminan por el espacio; no permanecen en reposo, ni pueden ser detenidas en su curso; por su medio experimentamos continuas sensaciones, y en todo caso podemos ver, oir y oler.

[45] Parece que hay contradicción entre lo que ahora sostiene Lucrecio y lo que expuso en los versos contenidos en los números 739 al 852 del canto segundo; pero debe tenerse en cuenta que, según Epicuro, cuya doctrina siguió Lucrecio, para que se efectue el fenómeno de la visión se necesita la concurrencia de dos clases de emanaciones, una procedente de todos los cuerpos y otra de la luz que se mezcla con la anterior.

Además, si en la obscuridad reconocemos por el tacto un cuerpo que antes hubiéramos visto á la luz, deben ser muy semejantes las causas inmediatas del tacto y de la visión; por igual motivo, si en las tinieblas tocamos un objeto de figura cuadrangular y de él adquirimos idea, ¿lo podremos confundir á la luz con otro de distinta forma? Luego la principal causa para la visión la dan las mismas imágenes, sin las cuales no podríamos tener representaciones de las cosas.

234. Nunc ea, quæ dico, rerum Simulacra, feruntur...

Los simulacros de que ahora hablo se emiten de todos los cuerpos y se dispersan por todas partes; y como los ojos no nos sirven más que para ver, cualquiera cosa á la cual los convertimos solamente nos da la imagen de su propio color y de su propia forma, único medio de conocer los cuerpos á distancia, pues tocan á nuestros ojos las emanaciones que los cuerpos exhalan y de las cuales se llena el espacio: la corriente de esas emanaciones circula por el aire, se desliza junto á los órganos visuales, roza levemente la pupila y sigue su curso. También de ese modo conocemos las distancias que nos separan de las cosas; porque á medida que es mayor la masa de aire movida por las emanaciones al tocar nuestros ojos, más velozmente se aleja y más distante se nos figura el objeto que miramos. Ese movimiento es sumamente rápido, y por esta razón simultáneamente formamos juicio de las cosas y de las distancias á que se encuentran.

Y no debe producir extrañeza el hecho de que los simulacros, si bien formados por pequeñísimas partes invisibles afecten el órgano de la visión y nos permitan percibir las cosas: también sentimos el aire frío, no por la influencia de cada una de sus moléculas componentes, sino por el efecto que nos comunica la totalidad del fluido aéreo. Parecida impresión recibimos por el contacto con cualquier otro cuerpo: si ponemos un dedo sobre una piedra tocaremos de ella un punto de la superficie colorada; pero la representación que en el acto nos formemos será correspondiente á la cualidad y dureza de toda la piedra.

264. Nunc age, cur ultra speculum videatur Imago...

Ahora considera por qué motivo en el espejo se ve la imagen de las cosas, y por qué parece reflejada á cierta distancia de aquél: ese fenómeno obedece á la misma causa que nos hace ver á lo lejos desde lo interior de la casa, cuya puerta esté abierta, los objetos que se hallan fuera, aunque fronteros. Dos corrientes de aire hieren la vista; se extiende una entre la puerta y el observador, y conduce á los ojos de éste la imagen de la puerta y la de las cosas que se hallan á los dos lados de esta última; la otra que impresiona en segundo lugar, y es procedente de fuera, guía las imágenes de los objetos exteriores. Lo mismo se nota en el espejo, cuya imagen viene á nosotros conducida por el aire existente en el espacio que media entre él y nuestros ojos. Así la vemos de seguida, lo primero; y después, en segundo término, cuando la vista puede fijarse en el espejo, percibimos en él reflejada nuestra propia imagen, que otra corriente de aire nos trae. Queda así explicada la causa que nos hace ver la imagen á cierta distancia del espejo. Dos corrientes de aire, una después de otra, producen este resultado.

Todas las cosas que están á nuestra derecha, en el espejo se ven á la izquierda, porque la imagen del cuerpo que de frente se halla ante el metal bruñido, también de frente se refleja, y, por tanto, en posición cambiada. Igualmente, si en una mascarilla de greda aplicas barro humedecido y lo aprietas fuertemente, obtendrás una figura, en la cual, además de aparecer las partes salientes como entrantes, notarás que el ojo derecho se muestra como izquierdo, y el izquierdo como derecho.

Sucede también que la imagen transmitida por unos espejos á otros, cinco ó seis veces se reproduce. Todo lo que detrás de ti queda, ó debajo ó á los lados, aun cuando se halle muy distante, lo puedes ver reflejado varias veces en los espejos con que adornas tu casa; cada uno copia la imagen proyectada en otro, y si uno la presenta hacia tu derecha, otro la da á la izquierda, y en un tercero la verás restituida á su primera posición.

No obstante lo dicho, las imágenes aparecen iguales en un espejo compuesto de varias facetas; al mismo lado ofrecen todas la parte correspondiente á nuestra mano derecha; pero también sucede que las imágenes reflejadas se encuentren, se junten y den otra en la forma primitiva, ya porque la simetría se deshaga por la conjunción de unas y otras, ó ya porque la figura se cambie al convertirse para nosotros.

Los simulacros avanzan y se alejan con nosotros, é imitan nuestros movimientos; pero si nos retiramos definitivamente del sitio en que se halle el espejo, éste deja de dar nuestra efigie. Es ley de la Naturaleza, en todo caso, que la imagen recibida en el espejo sea igual á la reflejada.

319. Splendida porrò oculi fugitant, vitantque tueri.

La presencia de cuerpos brillantes ofende á los ojos, los cuales procuran evitarla; el Sol ciega á aquel que lo mira de frente, porque sus rayos son intensos y porque los simulacros que emite con rapidez atraviesan las distancias, y con sus fulgores lesionan los ojos y trastornan el aparato visual; una claridad viva contiene moléculas de fuego, y como éste, quema los ojos al penetrar en ellos.

Los ictéricos ven todas las cosas teñidas con el color amarillo, como si de su organismo dimanaran partículas de aquel color, las cuales se mezclaran con los simulacros, ó bien porque sus ojos están saturados de moléculas de esa coloración é impresionan las imágenes que se les aproximan.

Desde un sitio obscuro vemos los objetos que se encuentran rodeados por la luz, porque si bien las sombras que se hallan próximas á los ojos invaden á éstos, son inmediatamente rechazadas por los rayos luminosos que también penetran en los órganos de la vista, y por su acción enérgica, viva y veloz, disipan las tinieblas; cuando todas las partes de los ojos que habían sido ocupadas por la obscuridad quedan iluminadas, los simulacros de los cuerpos que están en la luz se introducen en ellas y se efectúa el fenómeno de la visión. Por lo contrario, desde un sitio bañado por la claridad no se puede ver lo que haya en un próximo lugar obscuro, porque las sombras, al llegar en segundo término, obstruyen los órganos de la visión y no dejan que pasen los simulacros emanados por los cuerpos.

348. Quadratasque procul turres cùm cernimus urbis...

Muchas veces desde lejos contemplamos las cuadradas torres de las ciudades, y se nos figura que son redondas, porque los ángulos rectos de sus lados contiguos se nos representan como obtusos, ó bien porque se desvanecen á nuestra vista y no los podemos precisar: á proporción que aumentan las distancias los simulacros pierden poco á poco su forma por el choque de los cuerpos que flotan en el aire; y cuando el ángulo degenera lentamente á nuestra vista, nos imaginamos ver el volumen de un cilindro de piedra, no perfecto, sino algo desvanecido y confuso.

Parece que nuestra sombra se mueve en el Sol, imita nuestros movimientos y sigue nuestros pasos, como si fuera posible que el aire, de luz privado, tuviese idoneidad para repetir los actos de los hombres y copiar sus gestos, ya que nada más que aire envuelto en la obscuridad es lo que llamamos sombra: falta el Sol en algunos puntos de la Tierra porque nuestros cuerpos impiden el libre acceso de los rayos del astro luminoso; pero cuando el obstáculo se retira, el Sol luce y por ese motivo creemos que la sombra nos acompaña siempre. Constantemente se dispersan los haces luminosos que se forman sin cesar, como se encogen y consumen los hilos de lana que sucesivamente se arrojan al fuego. Es fácil de explicar, pues, que la Tierra pierda la luz y que al recobrarla desvanezca las negras sombras que la hubieran envuelto.

No concedemos que los ojos se engañen: propio de ellos es distinguir si hay luz ú obscuridad y en qué sitio; pero incumbe á la razón el discernir si la sombra que vemos en un lugar es la misma que estuvo en otra parte, ó si es diferente, como he dicho antes de ahora: los ojos no pueden conocer la Naturaleza de las cosas: no atribuyas, por tanto, á los ojos defectos propios del ánimo.

382. Qua vehimur navi, fertur, cùm stare videtur...

Nos parece que está inmóvil el barco en que navegamos, y se nos figura que marchan cosas que están fijas: cuando con velas hinchadas la nave que nos conduce hiende las ondas y nos transporta velozmente, creemos que huyen de nosotros los campos y las colinas: las estrellas se nos muestran como estacionadas en la bóveda etérea, aunque siempre están en movimiento y aparecen en un lado para ir á perderse en el opuesto después de haber lucido su brillante masa en los espacios siderales: de igual manera creemos ver en reposo el Sol y la Luna, aunque la razón nos dice que se mueven: desde el mar se observa, como si formaran una sola isla que brotase de las aguas, varias montañas entre cuyas gargantas podría maniobrar numerosa flota: los niños, después de dar muchas vueltas creen al pararse que la casa anda con movimiento de rotación, y que giran las columnas de la sala en que juegan, y aun temen que el edificio se desplome sobre ellos.

Cuando en cumplimiento de las leyes de la Naturaleza el Sol comienza á dirigir sus trémulos rayos por encima de las montañas, y crees ver que el rojo disco reposa en ellas y con su manto de fuego las toca, repara que esos montes no distan de nosotros dos mil tiros de saeta, y muchas veces ni aun quinientos; entre esas montañas y el Sol median muchos mares que tienen por cubierta el cielo, é innumerables tierras ocupadas por diversas clases de gentes y muchas especies de fieras. En un charco de agua de muy escasa profundidad, formado entre las piedras de la calle, parece que se ven un cielo abierto, nubes aglomeradas, un profundo abismo y muchos cuerpos escondidos bajo la tierra.

416. Denique ubi in medio nobis equus acer obhæsit...

Cuando en medio de un río que pasamos por un vado se detiene el caballo que montamos y dirigimos la vista hacia las aguas, nos parece que el cuadrúpedo, aunque inmóvil, es llevado contra la corriente; y si á cualquiera otra parte convertimos la mirada creeremos que todos los objetos son arrastrados de igual manera.

Si contemplamos un pórtico de columnas paralelas é iguales, de modo que nuestra vista domine toda su extensión en sus dimensiones de longitud y latitud, notaremos que las columnas parecen juntarse cada vez más; que se estrecha el espacio que las separa; que el techo se aproxima al suelo; que los dos lados se tocan; y por último, veremos una capacidad confusa de forma cónica: los navegantes, que no ven más que cielo y agua, piensan que el Sol nace en las ondas y que en ellas oculta su fulgor. No creas, temerario, por estos hechos que los sentidos engañen.

Las naves en el mar batidas por el oleaje parecen destrozadas y con las banderolas deshechas, al ignorante que desde el puerto las mira; porque observa que una parte de los remos y del timón es recta, pero otra parte, sumergida en las aguas, por efecto de la refracción de la luz, á sus ojos se ofrece como si estuviera rota: durante la noche suelen verse espléndidos astros que más allá de las nubes se mueven, por el viento impelidos, en dirección opuesta á aquéllas; y claro es que vemos lo contrario de lo que es en realidad: si con un dedo te haces presión en la parte inferior del globo ocular podrás ver duplicadas las cosas; contemplarás dos luces en cada luz que mires, dobles los muebles de tu casa y los hombres con dos rostros y dos cuerpos.

449. Denique, cùm suavi devinxit membra sopore...

Finalmente; cuando el sueño domina los sentidos con dulce sopor y el cuerpo yace en completo reposo, nos parece en ocasiones que estamos vigilantes y que nuestros miembros se mueven: en noche envuelta por densa obscuridad, creemos ver el Sol y gozar de la luz diurna; que varían de lugar los astros, el mar, los ríos, los montes; que recorremos á pié campos extensos; que de noche en el silencio oimos varios ruidos, y por último, que respondemos cuando estamos callados. Aunque muchos hechos de esa especie sean, en verdad, sorprendentes, no deben servir para quebrantar la confianza que tengamos en el testimonio de los sentidos, por más que den como realidades ilusiones fantaseadas por el ánimo y en algunas veces creamos distinguir cosas que no pueden existir. Difícil es, ciertamente, el fijar la diferencia que existe entre las apariencias fenomenales y la realidad de las cosas, pero no debe el ánimo dejarse vencer por las dudas.

Quien dice que nada se sabe, afirma contra su propia opinión; pues nada podrá saber aquél que confiesa que no puede saberse nada[46]. No pretendo contender con el que se pone en desacuerdo consigo mismo; pero si concediese como probado el principio de que nada se sabe, aún habría de preguntar al que negase toda seguridad en el juicio formado: ¿De qué medio se vale para diferenciar lo que sea saber y no saber, y dónde pudo adquirir noticia de la verdad y del error, ya que no es posible discriminar la duda y la certeza?

[46] Aristóteles decía á los escépticos: Ó sabéis ó no sabéis: si sabéis que no sabéis, algo sabéis; si no sabéis que no sabéis no podéis afirmar que no sabéis.

474. Invenies primis ab sensibus esse creatam...

Comprenderás que las ideas fundamentales provienen de los sentidos, que si no pueden engañar deben inspirarnos confianza, porque mediante la investigación de verdades nuevas ellos mismos pueden vencer sus antiguos errores. ¿Hay algo que nos merezca mayor fe que los sentidos? ¿Puede suponerse que la razón deponga contra ellos cuando todos los datos de que se vale solamente de los sentidos proceden? Si fueran falsos los antecedentes que ministran á la razón, falso ha de ser el juicio que ésta forme acerca de las cosas. ¿Podrá el oído corregir á los ojos, ó el tacto al oído? ¿Podrá el sabor rectificar al tacto, ó á los ojos el paladar? Entiendo que no, porque tiene cada aparato sensitivo su acción privativa y su peculiar energía; por esta causa ocurre que la blandura, la dureza, la frialdad y el calor se determinan por el órgano adecuado, el cual da también á conocer cómo sea lo blando, lo duro, lo frío y lo caliente; los colores de las cosas y todo lo que á los colores pertenece afectan á otro órgano, y separadamente el sabor, el olor y el sonido se originan en esfera propia. Es un hecho que unos sentidos no pueden corregir á otros ni reprenderse á sí mismos; luego todos deben inspirarnos igual confianza: lo que para los sentidos es verdad confirmada por el transcurso del tiempo, verdad es.

Y si la razón no pudiese alcanzar la causa de que los objetos realmente cuadrados nos parezcan redondos vistos á distancia, vale más traducir equivocadamente la defectuosa idea que tengamos de ambas figuras, que dejar escapar de la mano los hechos patentes, negar el principio de toda certeza y destruir los fundamentos en que descansa todo nuestro bienestar y nuestra vida. No solamente se trata de evitar que la razón por falta de base caiga arruinada, sino que la vida misma se haga imposible como sucedería en el instante en que dejáramos de confiar en los sentidos: hay que tramontar los precipicios que amenazan la existencia racional, poner en fuga los daños que puedan perjudicarla y atraer todo lo que la beneficie. Debes, pues, considerar como palabras baldías todas las que sirvan para declamar contra los sentidos.

Así como en la construcción de un edificio, si imperfectos son los planos que sirven de guía, ó si alguno de los muros que se levantan en la fábrica se aparta de la perpendicular, ó si el nivel es falso en alguna parte, la obra resulta disforme, defectuosa, inclinada, torcida, sin gracia, de techos peligrosos, y amenazará ruina, ó al cabo se desplomará como levantada contra las reglas más elementales del arte de las construcciones, así también la razón habrá de admitir errores si funciona sobre falsos datos de los sentidos.

519. Nunc alii sensus quo pacto quisque suam rem...

No me parece difícil de explicar ahora el proceso que sigue para manifestarse la acción de los otros sentidos: en primer término, las ondulaciones sonoras y la voz afectan el oído cuando los elementos correspondientes llegan al pabellón de la oreja y penetran por el conducto auditivo: luego si las vibraciones excitadas por la voz y cualquier otro sonido obran sobre nuestros órganos propios, no puede negarse que son de naturaleza corpórea. En ocasiones la voz emitida ofende la garganta y los gritos lanzados con violencia irritan la tráquea, porque los principios materiales que forman la voz se precipitan en número considerable por el estrecho tubo aéreo, lo llenan, y luego al salir dañan el orificio laríngeo por donde se esparce la voz en las auras: luego si la voz y el sonido en ocasiones pueden producirnos dolor, sus elementos, no podemos negarlo, han de ser corpóreos. Y no ignoras que si alguien comienza á hablar desde que la aurora dibuja en el horizonte su tenue luz, y no cesa hasta que las sombras de la noche se extienden, experimenta cansancio de fuerzas, debilidad de nervios, languidez en todo el cuerpo, y mucho más si mantuvo la conversación en voz alta: luego es indudable que la voz es corpórea si produce detrimento mayor cuanto más se ejercita.

De elementos rudos procede la aspereza de la voz y su dulzura de elementos suaves; también corresponden á otros apropiados el atronador ruido que la trompeta envía á largas distancias, el áspero zumbido que retumba de corneta retorcida y los amargos quejidos con voz lúgubre lanzados por los cisnes que habitan los helados valles del Helicón. Cuando intentamos representar por medio de palabras nuestro pensamiento, formamos voces que los órganos bucales emiten, la lengua articula y los labios moldean con su especial configuración. Siempre que la voz articulada no tiene que recorrer un largo espacio desde los órganos que la producen hasta los oídos que la reciben, las palabras se oyen claras, distintas, con su propio sonido; pero cuando atraviesa dilatada extensión se descompone, se desvanece en las corrientes de aire; así, aun cuando oigas la voz, no podrás precisar sus inflexiones, y, por tanto, no comprenderás el significado que tengan, porque habrá llegado confusa á tu oído.

561. Præterea, Edictum sæpe unum perciet aures...

No pocas veces un edicto publicado por el pregonero llega á los oídos de varias personas como si una sola voz se dividiera en muchas y cada una fuera distintamente conducida por el aire al órgano apropiado de cada individuo. Las voces que no encuentran oído que las recoja, siguen su camino y se pierden esparcidas por los aires ó chocan en algunos cuerpos que las devuelven por repercusión: en este último caso producen muchas ilusiones porque las palabras se propagan en el espacio que las rechaza de un modo parecido á la manera como los espejos reflejan las imágenes. Enterados en las causas que producen este fenómeno, bien podremos comprender y explicar á los demás, por qué en ciertos lugares solitarios las peñas repiten los gritos articulados con que llamamos á los demás compañeros perdidos. Hay sitios, y yo conozco alguno, que reproducen seis ó siete veces las palabras que una sola vez hayamos pronunciado; inmediatamente que son emitidas, de otero en otero vuelan fielmente reflejadas. Los pueblos que residen en las cercanías de esos lugares, suponen que éstos se hallan ocupados por sátiros de piés de cabra, ninfas y faunos, los cuales bailan en las soledades, interrumpen de los bosques el silencio con nocturnos conciertos, y exhalan quejumbrosas voces acompañadas por el sonido suave de instrumentos de cuerda, y por la plañidera flauta que muy hábiles manejan. Dicen, además, que los habitantes de esos campos reciben la visita del dios Pan, el cual se les presenta con la semisalvaje cabeza adornada por pínea corona, con el caramillo entre sus labios ondulados que de los cañutos hacen brotar interminables notas, para recordar la harmonía perenne de la campestre musa. Otros varios prodigios nos cuentan los vecinos de aquellas comarcas, ya para que entendamos que su país merece las atenciones de los dioses, ó ya con otros fines, pues es muy cierto que á los hombres seduce el misterio.

593. Quod superest, non est mirandum, quâ ratione...

Después de lo dicho, no deberá sorprender que las ondas sonoras penetren en lugares que no pueden los ojos invadir. Nadie ignora que podemos conversar con otra persona que se halle detrás de una puerta cerrada. La voz se transmite intacta en corrientes que pasan por canales tortuosos á través de los objetos, pero los simulacros de los seres no pueden circular de ese modo, porque los obstáculos que se les oponen los disgregan; en línea recta, se propagan lo mismo que las imágenes se ofrecen intactas en los espejos. Los sonidos pueden ser llevados en todas direcciones, porque de una vibración sonora se forman otras muchas, á la manera como la fugaz chispa ígnea se divide en varias que se dispersan. La voz, reproducida considerablemente, llena todos los sitios que están á nuestro alrededor, y pasa por todas partes; pero los simulacros sólo en línea recta pueden impresionar los ojos: por ese motivo nadie ve lo que hay encima de su cabeza, en tanto que ésta conserve su posición normal: si bien percibimos la voz, cualquiera que sea la dirección en que se emita, la distancia la desvanece, y al tocar nuestro oído llega confusa, por haber perdido las modulaciones características de cada palabra.

El proceso de las sensaciones gustativas es más complicado y de más difícil explicación. Como en la mano se exprime una esponja, así en el acto de la masticación extraemos de la materia alimenticia el jugo que desde luego penetra en los conductos absorbentes del paladar y en los sinuosos é intrincados que existen en la substancia porosa de la lengua: si esos jugos se componen de moléculas suaves y lisas, estimulan agradablemente los órganos del gusto al extenderse por toda la húmeda región del aparato lingual; pero si esas moléculas son ásperas, ofenden el paladar, tanto más fuertemente, cuanto mayor sea su rudeza. El placer que los sabores nos proporcionan tiene su asiento en el fondo del paladar; cuando los sucos estimulantes de la sensación gustativa, después de haber pasado por las fauces llegan al esófago, el placer desaparece, porque entonces quedan anuladas todas las cualidades sápidas de los alimentos y actúan las que sirven para la digestión, para la asimilación y para el útil entretenimiento del estómago.

633. Nunc aliis alius cur sit cibus, ut videamus...

Tratemos ahora de indagar por qué los mismos alimentos no convienen á todos los animales, ya que unos encuentran agradable y dulce lo que á otros molesta por amargo y áspero. Desde luego es notable que hay substancias muy útiles para el sostenimiento de algunos seres vivos, pero que son irremediablemente venenosas para otros; por el sólo contacto del humor salival humano, la serpiente se enfurece, y después de inferirse varias mordeduras muere entre congojas; para nosotros es veneno acre el eléboro que á las cabras y á las codornices nutre. Á fin de que puedas conocer el fundamento natural de esas diferencias, debes el recuerdo traer á tu memoria de lo que ya hemos dicho acerca de la distinta composición elemental de los cuerpos; si todos los animales en su forma exterior, en sus miembros, en su aspecto, son desemejantes y constituyen especies variadas, necesario es también que sean distintos sus principios integrantes, su estructura, sus vasos, todos sus órganos, su misma boca y aun su mismo paladar; lo que en unos sea pequeño, en otros será de gran volumen; lo triangular en éstos, será cuadrado, redondo ó de muchos lados en aquéllos; los conductos y sus orificios serán proporcionales, y las moléculas que en ellos se ingieran corresponderán á la figura de los órganos. Ha de haber un perfecto enlace entre la posición de los cuerpos elementales y la forma y movimiento de las moléculas, y, por tanto, la textura de los órganos de cada animal, y sus poros y sus venas han de guardar relación completa. Luego no es para extrañar el hecho de que unos hallen dulces substancias alimenticias que otros encuentran amargas, porque en los conductos del paladar de los primeros entrarán elementos muy finos, mientras que en los de los segundos se introducirán moléculas toscas, ásperas, que lesionarán las fauces.

Ahora te será fácil con estos datos resolver muchos problemas: así, cuando la abundancia de bilis origina fiebre, ó cuando cualquiera otra causa produce trastorno en el organismo, se experimentan los efectos del malestar en todo el cuerpo, sencillamente porque los elementos primarios cambian de posición; antes se hallaban dispuestos como convenía á la condición del ser que informan; ahora, dislocados, no funcionan regularmente y en ellos dominan influencias morbosas. Ya en otra ocasión hemos podido considerar que de la conjunción de elementos contrarios resulta el sabor de la miel.

675. Nunc age, quo pacto nares adjectus odoris...

Voy á explicar ahora el procedimiento seguido por las emanaciones odoríferas para influir en el aparato olfatorio. Necesario es que de los cuerpos se desprendan y se evaporen muchas partículas que inunden con sus efluvios extensos espacios, supuesto que los percibimos como provenientes de todas direcciones. En verdad, las aptitudes y los estímulos que con relación á los olores tienen los animales, han de ser variadas tanto como sus especies; las abejas, desde largas distancias son atraídas por el perfume de las flores apropiadas para la elaboración de la miel; el buitre es guiado por la fetidez cadavérica; el olor que deja en su fuga la fiera de hendida pesuña despierta la especial disposición de los perros; el cándido pato, guardador del romúleo alcázar, presiente por las corrientes del aire la aproximación del hombre. Así, por el olfato los animales se sienten obligados á buscar el alimento que les sea propio, y á huir de aquellos que les perjudiquen; de ese modo se conservan las razas vivientes.

699. Hic odor ipse igitur, nares cuicunque lacessit...

Este mismo olor, pues, irrita las fosas nasales, y aunque las moléculas que lo producen tienen bastante alcance, no pueden ir tan lejos como las del sonido y la voz, y especialmente, según ya he dicho, como los simulacros que hieren los ojos y excitan la visión, porque aquéllas se esparcen, se propagan lentamente, se descomponen con facilidad en las auras y mueren con rapidez. Este fenómeno se realiza, en primer término, porque las emanaciones se originan sólo de la parte superficial de los cuerpos, y no admite duda que la energía de los efluvios de lo interior procede, como lo prueba el hecho de que más olor den los cuerpos que se fracturan, se machacan ó se descomponen al fuego; y en segundo lugar, se nota que las partículas estimulantes del olfato son más gruesas que las del sonido, por cuanto aquéllas no pueden penetrar á través de los muros, mientras que éstas fácilmente se transmiten. Demás de lo dicho, fácil es comprobar que las emanaciones odoríferas no dan á conocer el lugar en que se hallan los cuerpos de que dimanan; las auras los contrarían y marchan con lentitud ó se disipan; nunca proceden como diligentes mensajeros que llevan rápidas noticias de las cosas al sentido correspondiente: por esa causa muchas veces los perros pierden el rastro que siguen.

Y no solamente las emanaciones sápidas y olfatorias tienen acomodamiento desigual para los seres; también unas mismas imágenes y unos mismos colores impresionan de manera distinta á diferentes ojos, y aun á algunos produce afección dolorosa lo que á otros no molesta; por ejemplo, el gallo, que ahuyenta la noche con sus alas y saluda con vibrante voz la aurora, causa terror á los leones, que ante su presencia huyen, tal vez porque del cuerpo de aquella ave doméstica surgen substancias moleculares que se introducen en la pupila de los ojos del león, el cual, á pesar de su ferocidad, sufre con ellas dolor fuerte é irresistible; sin embargo, á nosotros no nos causan daño, bien porque las mencionadas partículas no tienen acceso en nuestros ojos, bien porque si en ellos penetran encuentran fácil salida sin ofender nuestro aparato visual.

734. Nunc age, quæ moveant Animû res, accipe; et unde...

Aprende ahora, pues, aprende á conocer en pocas palabras las substancias que mueven el ánimo, de dónde proceden y cómo á él llegan. Primeramente digo que en toda la extensión del espacio vagan y giran de variados modos innumerables y muy tenues simulacros de las cosas, los cuales al encontrarse en las auras fácilmente se coaligan, como los hilos de araña y las hojuelas de oro; es su levedad aún mayor que la de las efigies, cuyas finísimas partículas tocan en los ojos y motivan la visión, y de seguida penetran por el aparato visual, mueven la íntima naturaleza del ánimo y excitan de éste la potencia sensible; merced á ese proceso podemos representarnos Centauros, personificaciones de Escilas, triplicadas cabezas de cerberos, y aun imágenes de personas cuyos huesos cubre ya la tierra. En todas partes existen simulacros de variadas especies; unos que espontáneamente se forman en el aire, otros que son procedentes de las cosas y fuera de ellas se combinan de múltiples modos: ciertamente la imagen del Centauro no responde á ningún ser real, porque nunca ha existido un animal de su figura; pero las imágenes del hombre y del caballo pueden fácilmente encontrarse, y unirse como antes he dicho, á causa de su naturaleza sutilísima, apropiada para conjunciones sutiles. De manera igual se han formado otras representaciones; porque los simulacros por su agilidad se mueven instantáneamente y con su delicado impulso pueden mover la acción del ánimo, dotado también de admirable movilidad y de sutileza extrema.

Fácilmente puedes comprender la manera cómo se realizan esos hechos de que ya he hablado, si consideras que nuestros ojos son capaces de ver lo que en nuestra alma se halla, supuesto que la percepción de la imagen y la representación en nuestra alma son dos instantes de un mismo fenómeno; y si no podemos ver leones, como ya he dicho, sino por medio de simulacros que nuestros ojos impresionen, lícito ha de ser pensar que los simulacros de los leones llegarán á nuestro entendimiento como otros de la misma especie tocan á nuestros ojos, si bien aquéllos deben ser más tenues que los segundos. Y no por otra razón es posible que el ánimo se halle vigilante cuando el sueño abate los miembros, á no ser porque los simulacros estimulen nuestro ánimo lo mismo que si estuviéramos despiertos, y así, dormidos nos figuramos ver á personas que llegaron al término de la vida y de las cuales se apoderó la muerte. En la Naturaleza se realizan esas ilusiones por causa del profundo sueño de los sentidos que imposibilita á éstos para conocer la verdad, y del abatimiento de la memoria que, adormecida, no distingue que pertenece á la muerte algo de lo que la imaginación nos da revestido con las apariencias de la vida.

Tampoco debe extrañar que los simulacros se muevan y al parecer agiten con regularidad los brazos y otros órganos; forman una imagen más fugaz que el mismo sueño, porque en éste, apenas una primera ilusoria efigie se disipa, otra quizá muy diferente le sucede, tal vez sin solución de continuidad, y por esta causa varias imágenes sucesivas parecen una sola que cambia y varía repentinamente de gesto. Aún respecto á este orden de ideas tenemos que hacer muchas indagaciones y muchos puntos obscuros tenemos que aclarar si deseamos exponer con claridad el asunto que ahora nos preocupa.

788. Quæritur imprimis quare, quod quoique libido...

Averigüemos antes de todo la causa de los deseos que en el alma se despiertan y de las determinaciones que ésta adopta entre dos extremos. ¿Acaso los simulacros, obedientes á las excitaciones de nuestro apetito, combinan imágenes á nuestro gusto? ¿Quizá la Naturaleza para complacernos forma en nuestra mente, sin la presencia de objeto, fantásticas efigies del cielo, de la tierra, de los mares, de asambleas, ceremonias, festines y combates, y tal vez las crea en la misma región y en el mismo lugar donde el ánimo encuentra cosas muy diferentes?

En verdad, cuando en sueños distinguimos simulacros que marchan acompasadamente, que emplean los miembros con gallardía, que usan con ligereza las extremidades torácicas y abdominales y que acompañan esos movimientos con gestos adecuados, ¿hemos de suponer que han aprendido un arte á cuyas reglas sujetan sus juegos nocturnos; ó más acertadamente creeremos que en nuestra imaginación se presentan confundidos muchos instantes diversos, como sucede con las palabras de un discurso que en gran número se juntan en sucesión apenas diferenciada por los sentidos, pero discriminada por la razón? De igual modo se presentan confundidos simulacros de muy variadas formas y especies relativas á circunstancias múltiples de tiempo y de lugar: ¡tanta es su movilidad y tanto es su número! Y como la tenuidad de esas partículas es muy grande, el ánimo para distinguirlas necesita concentrarse: todas las imágenes que una vez han sido presentes para el ánimo han desaparecido si éste no se ha dispuesto para retenerlas; con esta última condición podemos ver en lo futuro alguna cosa ya pasada, y así en efecto sucede.

¿No observas que cuando queremos ver objetos muy pequeños tenemos que fijar en ellos los ojos con atención sostenida, porque de lo contrario no llegaríamos á adquirir de los mismos una bastante representación? Y si para conocer las cosas que tenemos presentes necesitamos predisponer el ánimo á fin de que éste las contemple como si hubieran estado siempre á largas distancias, y este es un hecho comprobado por la experiencia de todos los días, ¿debe admirar que los simulacros, aun cuando existan, sean perdidos para el que no los estudia? No pocas veces aumentamos en la fantasía el tamaño de los signos de las cosas, y de este modo caemos en error y el ánimo se engaña.

824. Fit quoque ut inter dum non suppeditetur Imago...

Muchas veces en sueño vemos que de repente mudan las imágenes y el sexo á que pertenecen, hasta el punto de que en ocasiones una hermosa mujer se transforma en hombre: cambian el semblante y la edad. Y no debe sorprendernos esa metamorfosis, porque es lo cierto que el sueño y el olvido se parecen. En todo lo que se refiera á las ilusiones que fácilmente nos forjamos, debes proceder con mucha cautela para no incurrir en error: no creas que las pupilas de los ojos, claras y luminosas, fueron creadas precisamente para que nos sirvieran de órganos auxiliares de la visión; ni que las piernas descansan en los piés á fin de que alarguen los pasos que éstos inician; ni que los brazos se ostentan provistos de robustos músculos y terminan en manos obedientes para que realicemos los usos á que los destinamos en la vida.

Quien de ese modo interpretara los hechos que ve y ejecuta, daría pruebas de no haber comprendido las causas y los efectos del orden universal; no se hicieron los miembros para los usos á que los destinamos, sino hemos adquirido costumbres adecuadas á nuestros órganos: antes de ver no hubo ojos, como no se formaron palabras antes de que hubiera lengua que las modulase; por lo contrario, la existencia de la lengua precedió en mucho á la combinación de idiomas; antes de que hubiera sonido existiría el oído, y todos los miembros han de haberse adelantado al uso que de ellos hacemos, porque es indudable que no surgieron para un fin predeterminado[47].

[47] Combate Lucrecio la teoría sobre las causas finales; algunos filósofos, y entre ellos Buffón y Condillac, han desenvuelto los argumentos que Lucrecio señaló, no siempre con buena fortuna, aunque sí con estro poético admirable.

De toda certeza es que los hombres sostuvieron combates á puñadas y se lastimaron y se hirieron antes, mucho antes de que luciente flecha rasgara el aire; la Naturaleza había enseñado al hombre á evitar las heridas antes de que el arte suspendiese del brazo izquierdo el defensivo escudo; más antigua es la necesidad de entregar el cuerpo al reposo que la fabricación de los mullidos colchones de nuestro lecho; ya se sabía mitigar la sed antes de que se inventara el vaso: todos los descubrimientos han sido fruto de la experiencia y se han hecho bajo la inspiración y para satisfacciones de la necesidad. Luego si los sentidos y los órganos que les sirven de instrumentos fueron anteriores á las funciones que desempeñan, podemos decir repetidas veces que no se formaron para que sirvieran de utilidad.

864. Illud item non est mirandum, corporis ipsa...

Tampoco debe nadie admirarse de que los seres animados busquen los alimentos que más se adaptan á su naturaleza. Ya te he dicho que de los cuerpos fluyen y brotan numerosas moléculas en cantidad proporcionada al movimiento que los mismos desarrollan: por la transpiración, desde lo más íntimo del organismo, salen muchas; otras por la boca se escapan en la respiración anhelante. Esas derivaciones continuas representan pérdidas que abaten el cuerpo hasta sumirlo en postración seguida por cierto dolor estimulante que obliga al ser vivo á buscar los alimentos necesarios para calmar las molestias sufridas, para reponer las fuerzas gastadas y para renovar las energías de los miembros y de las venas; también los fluidos se reparten por el cuerpo, y con su humedad se calman los ardores provocados por la combustión efectuada en el estómago, y se restringe el fuego que trata de invadir el organismo: de esta manera se apaga la ardiente sed y se calma la famélica ansiedad.

Ahora trato de inquirir la causa que nos permite andar y mover nuestros miembros de varios modos, con sujeción á nuestra voluntad, agente que impulsa la pesada masa de nuestro cuerpo; escucha, pues, mi discurso. Digo que los simulacros rozan nuestro ánimo, y, como ya expuse más arriba, le comunican cierto movimiento, del que se originan las determinaciones volitivas, que son requisito indispensable de todo lo que se proyecta ó se ejecuta; luego la formación de la imagen ante la presencia del objeto, es la primera condición para todo hacer. En cuanto el ánimo se resuelve á seguir una dirección, la energía del alma, que extendida está en los órganos y en los miembros, compele á éstos; el fenómeno se realiza sin dificultad, porque siempre el alma, unida al cuerpo, impulsa á éste, que se pone en movimiento y avanza; también el aire, que nunca deja de agitarse, en cumplimiento de su propia función, penetra en los dilatados poros del cuerpo activo, y va á esparcirse hasta por las más pequeñas partes del ser. Hay, pues, dos clases de substancias que imprimen al cuerpo el movimiento, como dos fuerzas combinadas, la del viento y la de las velas, son las que ponen en marcha la nave. Y no debe sorprender el hecho de que elementos delicadísimos puedan mover y conducir á su arbitrio el cuerpo con toda su gravedad: también el ligero viento, á pesar de su composición tenuísima, puede empujar velozmente una pesada nave, á la cual una sola mano rige en el mar, por arrebatado que esté, y un solo timón da la dirección conveniente: de igual modo las gruas y los tornos elevan masas enormes, aunque sean movidas por un débil esfuerzo.

913. Nunc quibus ille modis somnus per membra quietê...

Ahora, para explicarte el modo con que el sueño difunde la quietud por los miembros[48] y expulsa los temores del ánimo, emplearé dulces, aunque pocos versos, pues más grato es el débil cantar del cisne que el graznar de las grullas, oído hasta en las nubes[49]. Concédeme atento oído y ánimo reflexivo, y no rechaces sin meditación las razones que voy á exponerte, ni con prevenciones caprichosas niegues demostradas verdades: tuya, de todas maneras, será la culpa, si no adquieres aptitud para discernir con acierto.

[48] La frase de Lucrecio es: somnus per membra quietem inriget. Virgilio dijo después: fessos sopor irrigat artus.

[49] Repetición de los versos 175, 176 y 177 de este mismo canto.

Cuando la energía anímica dispersa por los órganos llega á descomponerse, de tal modo que una parte de ella sale fuera del cuerpo, mientras que otra parte en el interior de éste se condensa, el sueño sobreviene. En este caso, las relaciones que entre los miembros existen se quebrantan, y todos éstos caen en laxitud: el alma nos da las sensaciones, pero no puede privarnos del sueño sin que la misma substancia pensante ó racional se perturbe y sea lanzada fuera del organismo, aunque no completamente, porque el frío de la muerte se extendería por todo el ser, si en él no quedaran, como ascua entre cenizas, partículas del alma que pudieran esparcirse en los miembros á manera de súbita explosión, como del fuego latente surge la llama. Pero ahora voy á explicarte las causas que producen languidez para el cuerpo y turbación para el alma; procura que yo no vierta mis palabras en el viento.

En primer lugar, es evidente que el cuerpo, siempre en contacto con las auras aéreas, ha de recibir de éstas en su parte exterior repetidos rozamientos, que puede sufrir sin contrariedades por estar cubierto de cuero, de cerda, de concha, de piel callosa ó de cáscara; y en su parte interior ha de sentir el aire aspirado que luego por la espiración exhala; así el cuerpo, batido por dentro y por fuera, recibe choques á través de los poros hasta en sus elementos primarios constitutivos, y experimenta poco á poco abatimiento y cansancio. De este modo conturbados y dislocados de su posición normal los principios integrantes del ser, el alma se fracciona en partes, una que del cuerpo sale, otra que oculta permanece en lo interior de éste y otra que se esparce por todos los órganos; y no pueden reunirse las tres ni ejercer movimientos mutuos, porque la Naturaleza les ha cerrado las entradas y los caminos: consecuencia de este desorden es el desvanecimiento de la sensación. Cuando este caso llega, el organismo pierde su vigor, el cuerpo se debilita, languidecen todos los miembros, los brazos y los párpados decaen, las piernas se abaten extenuadas, las fuerzas desaparecen.

Y en segundo lugar, si después de la comida sobreviene el sueño, es porque el alimento cuando se distribuye disuelto en las venas, produce en éstas un efecto parecido al que en las mismas engendra el aire; el sueño es pesado cuando al dolor del hambre sigue el placer de la satisfacción, porque entonces son muchos los elementos que se reunen para activar las funciones de la vida: en esta ocasión el alma penetra en el cuerpo con mayor intensidad, se manifiesta al exterior con mayor amplitud, y sus elementos componentes más se apartan y más se esparcen.

968. Et quoi quisque ferè studio devincius adhæret...

Las cosas que más nos inquietan durante el sueño son las que constituyen especialmente nuestras habituales ocupaciones, las que más tiempo nos han entretenido, las que más han solicitado nuestra atención. Entonces el abogado instruye causas é interpreta leyes, el general trata de combates y de asaltos, el piloto lucha con el desencadenado viento y yo indago las causas del orden universal para enseñar á mis conciudadanos los secretos de la Naturaleza; otros hombres, en fin, mientras están dormidos, tienen la ilusión de varios estudios y de artes varias. Aquellos que frecuentan los espectáculos públicos, durante mucho tiempo conservan como introducidos en su alma los simulacros de las impresiones recibidas en las fiestas á que asistieron: ven reproducidos en su imaginación los mismos ejercicios, y aun en estado de vigilia se representan el bailarín que salta y mueve el flexible cuerpo, los acordes sonidos de la lira y el dulce lenguaje de las cuerdas; creen asistir á las mismas reuniones á que en alguna ocasión han concurrido y se figuran reproducidas las escenas que una vez presenciaron: ¡grande es el poder que la voluntad crea, el uso desarrolla y el hábito afirma entre los individuos de la especie humana lo mismo que entre los animales! Pueden verse caballos briosos que en profundo sueño sumidos se estremecen, se cubren de sudor, se mueven con inquietud y dan fuertes resoplidos, como si en su imaginación vieran expeditas las puertas del circo y desearan lanzarse por ellas en busca del premio de la victoria: no pocas veces se ven perros de caza que en sueño se agitan bruscamente, aullan, aspiran con ansia el aire como si buscaran el rastro de las fieras, y aun en ocasiones, al despertar en ese estado, corren detrás de los simulacros de ciervos que se figuran fugitivos, hasta que recobran la posesión de sus sentidos y se desvanecen sus errores; la mansa especie de los cachorros, acostumbrada al domicilio de sus dueños, de repente abre sus ojos, sacude el sopor que la embarga y asustada se pone de pié como si delante se le ofreciera un desconocido rostro del que tuviera que defenderse; porque tanto más incomodan las imágenes cuanto más ásperos son los elementos que las forman: por último, algunas aves, entregadas á sosegado sueño sin duda se figuran que otras rapaces se dirigen contra ellas para destruirlas entre sus garras y devorarlas en el acto, cuando de repente se lanzan presurosas en vuelo rápido y buscan refugio en los impenetrables bosques.

¡Y cuán variados movimientos agitan profundamente el alma humana! Mientras duermen, unos hombres combinan proyectos y realizan grandes empresas; otros dan batallas, vencen reyes, caen prisioneros; no pocos exhalan clamores, como si fueran degollados; muchos se quejan y profieren dolorosos gemidos, porque se imaginan que se hallan entre los dientes de una pantera ó que son despedazados por león implacable; algunos se denuncian en sueños por faltas cometidas; éstos se creen ya esclavos de la muerte; aquéllos se figuran que desde elevados montes son precipitados á un abismo y se despiertan asustados y como fuera de juicio hasta que recobran lentamente su tranquilidad; un sediento piensa que se halla junto á un río ó en las proximidades de amena fuente y que bebe el agua en abundantes sorbos; los niños, muchas veces bajo el sueño, se creen próximos á pila ó vasija conveniente, se levantan los vestidos y dejan escapar de su cuerpo líquidos sobrantes que manchan el magnífico esplendor de las bordadas estofas. También aquellos jóvenes para quienes empieza á surgir el vigor de la edad y á sus miembros da el tiempo gérmenes fecundos ven simulacros de varia especie que representan figuras bellas de color y de forma, las cuales despiertan deseos y producen efusiones que dejan abundantes señales en las ropas[50]. Cada objeto ejerce influencia sobre su órgano propio, y solamente la imagen humana tiene poder para obligar al germen humano á escaparse de su natural residencia.

[50] Desde este punto hasta el final del canto cuarto Lucrecio trata un asunto muy difícil, con una viveza de expresión poco grata para las exigencias de nuestra cultura. El traductor se ha visto obligado á velar algunas frases y á rodear de obscuridad algunos pensamientos del autor.

1043. Sollicitatur id in nobis, quod diximus antè...

El fluido generador, como antes he dicho, ejerce en nosotros cierto influjo cuando la edad adulta fortalece los órganos: entonces se reparte por todo el cuerpo, se acumula en los nervios é irrita los aparatos propios que determinan arranques pasionales de amor ansioso de emociones tranquilizadoras. En los combates se lucha cuerpo á cuerpo, salta la sangre de allí donde se dirige enconado golpe y el vencedor tan cerca de la víctima se halla que puede sacar manchado su vestido.

Así, pues, el que recibe el dardo punzante de Venus, ya sea éste lanzado por mancebo de afeminada apariencia, ya por mujer que provoque amor con todo su porte, desea aproximarse á quien lo hiere para colmarlo de halagos: de este modo se despierta la pasión, que no es otra cosa más que el ansia de conseguir un goce apetecido: ese deseo, llamado Venus, lleva también el nombre de amor, penetra gota á gota en el corazón y nos inunda con suaves dulzuras y férvidos cuidados; pues aun cuando esté ausente la persona á quien amemos los simulacros suyos estarán con nosotros y llevaremos su grato nombre en los oídos.

Pero si los simulacros encienden en nosotros exagerada pasión, debemos huir de ellos, separarnos de todo lo que favorezca su concentración, y distraer nuestra inteligencia entre objetos varios: si una exclusiva pasión nos produce cuidados y tormentos que pueden acortar nuestra vida, porque obra como llaga que se amplía por momentos, ó como frenesí que aumenta por grados, ó como enfermedad que se agrava incesantemente, es necesario que se busquen nuevas emociones para apaciguar la anterior, y en una prudente inconstancia hallar medios para dar al sentimiento rumbo distinto.

No se priva de las dulzuras de Venus aquel que evita el amor; por lo contrario, obtiene frutos sin pasar quebrantos; pueden los individuos sanos alcanzar dichas completas, pero no aquellos miserables que tienen la razón trastornada, fluctúan con frenético ardor, fijan sus ojos y no distinguen, lastiman con sus manos crispadas y hacen daño con sus labios convulsos: todas esas rabiosas manifestaciones son incompatibles con el verdadero amor; pero Venus con delicias quebranta las penas y ahuyenta las amarguras. Se espera equivocadamente que tenga poder bastante para apagar la llama del amor el mismo ser que ha podido encenderla; pero esa pretensión es contraria al orden natural: es el amor un vivo afán que más se excita cuanto más se lisonjea. Cierto es que las substancias alimenticias sólidas ó líquidas, al asimilarse á nuestros órganos fácilmente matan la necesidad que de ellas tenemos; pero un semblante agraciado y un color bello no dan de sí más que simulacros tenuísimos que solamente producen una vaga esperanza con facilidad desvanecida en el aire: como el sediento se esfuerza en beber durante el sueño y no consigue extinguir la sed en que sus miembros arden, porque los simulacros del agua no llegan á sus labios aunque el necesitado se imagina que se halla dentro del agua, así Venus burla con los simulacros á los apasionados que no pueden apagar su deseo con la mera contemplación del objeto que aman; ni tampoco mediante el movimiento de las manos que errantes vagan inciertas por el cuerpo amado como si en él buscaran algo que los satisficiera.

1107. Denique, cùm membris conlatis flore fruuntur...

Finalmente, cuando en la flor de la edad se unen dos amantes y el cariño los aproxima ante la presencia de Venus que preside la fecundación femenina, se estrechan y se halagan como si quisieran ambos confundirse en una sola alma y en solo un cuerpo; crecen sus arrebatos amorosos y sus violentos ardores, que se resuelven en efluvios de delicias; pero los afanes que se amortiguan por la satisfacción renacen después de corta pausa; vuelven el mismo frenesí, el mismo furor y la misma rabia; los amantes anhelan llegar al fin que los atrae; pero no encuentran medio de extirpar el mal que padecen, hasta que desfallecidos caen agobiados por oculto fuego que los consume ó por dardo penetrante que los hiere.

Añádase, además, que las fuerzas se consumen agotadas por anhelos eróticos; que se pasa la vida sujeta á ajena esclavitud; que se extingue la fortuna, y después se contraen deudas; que el crédito se pierde; que los deberes se olvidan; que se cae en la deshonra: se adquieren perfumes, lindo calzado procedente de Sición[51], joyas de oro y de verde esmeralda, ropas delicadas que se humedecen con el sudor de la persona amada; los bienes que los antepasados supieron juntar y legaron á sus herederos se disipan en fajas, tocas, estofas de Malta y de Cea[52], opíparos banquetes, dulces vinos, suaves perfumes, recreos, guirnaldas y coronas; y á pesar de tantos dispendios nada es bastante para endulzar la amargura que se experimenta, y de cuyo fondo surgen flores que se convierten en espinas, ya porque la propia conciencia acusa de que se lleva una vida ociosa ó perjudicial, ya porque alguna frase equívoca de la persona amada penetra hasta el fondo del corazón, ora porque en sus ojos se descubre una mirada furtiva en favor de un rival, bien porque en su fisonomía se cree hallar alguna vez una expresión de mortificante menosprecio.

[51] Ciudad del Peloponeso.

[52] Cea, isla del mar Egeo.

Si grandes son los males que nos acarrea una pasión correspondida, mayores son los que trae consigo un amor desgraciado: es, pues, conveniente, vivir alerta para librarse de tantos peligros. Más fácil es precavernos de las celadas de amor, que romper las mallas de su red y cortar los apretados nudos con que Venus las estrecha.

1151. Et tamen implicitus quoque possis, inque peditus...

Pero aun cuando ya estés dominado por el amor, todavía podrás librarte de su imperio si quieres dejar de ser esclavo y observar con ojos serenos los defectos del cuerpo y los vicios del ánimo de la persona que te subyuga. Bien sé que los hombres ofuscados por la pasión atribuyen á la beldad amada todas las perfecciones imaginables que seguramente no tiene; hasta las mujeres viciosas y repugnantes reciben mimos, respetos, atenciones y caricias de algunos hombres. Tales individuos se escarnecen los unos á los otros, se aconsejan mutuamente para pedir á Venus que los libre de su extravagante amor, y los miserables, que ven el ajeno mal, ni siquiera aciertan á comprender sus propios errores. Si la mujer amada es muy morena, para el enamorado es trigueña agraciada; si es sucia y exhala mal olor, es poco aficionada á afeites; si tiene los ojos azules, es rival de Palas; si nerviosa y seca, es como la corsa de Menelao; si enana, es una de las tres Gracias, toda encantos; si larga y desproporcionada, es la personificación de la majestad; si torpe de lengua, no quiere hablar; si muda, prudente es; si colérica y charlatana, es luz perenne; si de enfermiza constitución, es delicada; si peligrosa tos padece, es una dulce hermosura; si es gorda y de pechos abultados, es Ceres amante de Baco; si chata, es como los sátiros; si de labios gruesos, es encantadora. Jamás terminaría si hubiera de relatar todo lo que se dice en este género.

Pero aun cuando posea todas cuantas bondades quiera suponérsele y tenga de Venus toda la gracia y la belleza, ¿será la única de su especie? ¿No habrá vivido antes el mundo sin ella? ¿No estará sujeta á las mismas necesidades que afligen á las más feas, y la infeliz no se impregnará de fétidos olores que harán á los fámulos huir, al mismo tiempo que se burlan furtivamente de la hermosa?

El amante que tiene prohibida la entrada en la casa de su deidad coloca en las puertas coronas y flores, perfuma el umbral con valiosos ungüentos para ver si consigue ablandarlo y besa el inflexible quicio; pero si al cabo llega á penetrar y de ciertos olores siente algún vestigio, inmediatamente busca un pretexto para ausentarse, olvida las quejas que por tanto espacio de tiempo lanzara y se acusa de loco por no haber considerado antes que á ningún mortal pueden suponerse dones incompatibles con su naturaleza: nuestras beldades saben á qué atenerse respecto de este asunto, y ocultan con exquisito cuidado á aquellos á quienes pretenden ligarse con vínculos de amor muy estrechos, todo lo que se refiere á escenas íntimas de la vida faltas de pulcritud; pero inútilmente las ocultan, porque sin duda, cualquiera puede suponerlas mentalmente; quizá por este motivo hay mujeres amables y no fatuas que en ocasiones dadas te sabrán tolerar algunas faltas propias de la humana flaqueza.

No siempre, aunque sí algunas veces, la mujer suspira amor sin fingimiento: en esa ocasión, estrechada al cuerpo de su amante, ofrece á éste sus húmedos labios y con transportes solicita un largo espacio en la carrera del amor: de igual modo hay momentos en que todas las hembras, lo mismo las volátiles que las terrestres, las feroces que las mansas, con docilidad se someten á los férvidos ardores de sus compañeros. La Naturaleza impone esta sumisión de la que resultan fecundos goces. ¿No ves algunas veces que se martirizan aquellos á quienes une mutuo deleite? ¿No ves en los trivios cómo luchan para divorciarse canes enlazados por atracciones genéticas? Este caso nunca se daría si un mutuo instinto de común placer no los hubiera hecho sus cautivos.

1208. Et commiscendo cùm semen fortè virile...

Al recibir el seno de la mujer la influencia generadora masculina, la descendencia adquiere mayor semejanza con el padre ó con la madre, según de quien proceda la mayor suma de principios generativos; pero si tiene parecido con los dos, señal es de que, excitado el organismo de ambos con igual energía, uno y otro aportaron los mismos elementos para la obra común: se da el caso de que las personas se parecen á sus abuelos cuando los padres en su constitución han reunido principios materiales, dispersos en su inmediata ascendencia. Por este procedimiento, Venus reproduce las facciones de los antepasados, su voz, su cabello, su estatura; y este hecho es una prueba de que los seres constan de elementos fijos. Da origen el padre al sexo femenino y al varonil la madre: cierto es que la prole consta de gérmenes del uno y de la otra; pero en todo caso hay un principio dominante, derivado ya de la mujer, ya del varón.

1232 á 1288. Nec divina satum genitalem Numina quoiquam...

Ni evitan númenes divinos la reproducción de los seres ni se oponen á que reciba el dulce nombre de padre ningún hombre, ni tienen eficacia las súplicas dirigidas á Venus, como suponen los ilusos que vierten sangre de sacrificios en los altares y dedican obsequios á dioses, mientras que piden abundantes medios para que su matrimonio sea fecundo. Se fatigan inútilmente con tales súplicas y tales ofrendas: es inevitable la esterilidad cuando la simiente es muy densa ó demasiado tenue; si es débil resulta inútil por falta de adherencia; si es crasa tiene gravedad inconveniente para la invasión de las células apropiadas y para la identificación consiguiente en ellas. Es indudable que para la eficacia de las funciones regidas por Venus son necesarias condiciones de adaptación entre los esposos: no todos los enlaces producen el mismo resultado: mujeres hay que han sido estériles en varios himeneos, y al celebrar otro, han podido rodearse de numerosos juguetones hijos; y también hay hombres que no han logrado sucesión con varias compañeras, y de un nuevo contrato han conseguido varios hijos que les alegren su vejez. Estos hechos, por su repetición, prueban que el humor espermático masculino y femenino debe tener adecuidad y no ser más craso ni más tenue que lo conveniente para que su conjunción no sea baldía. Los alimentos contribuyen mucho á la calidad del fluido generador, pues con unos se forma pesado y denso y con otros suave y ligero; y, por último, en los efectos de la función influye la forma de realizarla; según dicen, ésta es más eficaz more ferarum quadrapedumque ritu, porque la eyaculación se facilita cuando el pecho femenino está inclinado y alzada la región lumbar. Ciertos movimientos impúdicos son perjudiciales para la generación; hay cansancio inútil, fuerzas perdidas, la reja del arado fuera del surco, la simiente arrojada en terreno yermo: hagan lo que gusten las meretrices para producir mayores alucinaciones y para evitar resultados futuros, pero nuestras esposas no deben caer en deshonestidades.

La mujer menos hermosa consigue hacerse amar sin la intervención de dioses y sin las saetas de Venus; pues una conducta morigerada, unos modales dignos y un cuidado honesto de su persona harán apetecible su trato; después el hábito creará el amor. Golpes sucesivos, aunque débiles, triunfan de los cuerpos duros: ¿no ves de qué manera gotas de agua que sin cesar caen, al cabo de algún tiempo llegan á horadar las peñas?