LIBRO TERCERO
1. E tenebris tantis tam clarum extollere lumen...
Á ti ¡oh varón ilustre, gloria de las gentes griegas, primero que de tenebrosa obscuridad supo extraer clara luz que iluminase los senderos de la vida! á ti sigo. Sobre las huellas de tus pasos coloco mis piés, no porque pretenda rivalizar contigo, sino porque deseo imitarte. ¿Cómo podría la golondrina contender con el cisne, ó cómo débil cordero de miembros trémulos podría disputar en la carrera con fogoso caballo? ¡Oh genio creador de la ciencia! Tus sabias lecciones son para nosotros rico patrimonio, y en tus discursos, lo mismo que en el floreciente prado la abeja liba miel de color de rosa, nosotros tomamos áureos conceptos, áureos y dignos de ser repetidos eternamente. Bastó que tu razón clamara que el orden universal no era obra de inteligencia divina, para que se disiparan los terrores del ánimo y el Mundo quedara abierto á nuestra investigación: vemos el Todo formarse en el vacío, y se nos aparece el poder de los dioses en sede neutral jamás sacudida por los vientos ni rociada por nubes tempestuosas, ni violada por los copos de nieve que penetrante frío condensa, pero rodeada siempre del límpido éter lleno de sonriente luz difundida á largas distancias. La Naturaleza todo lo da hecho á los dioses; éstos no sienten alterada en ningún tiempo y con motivo alguno la paz del ánimo: por lo contrario, nunca ven los antros aquerusios, y pueden siempre observar, sin que bajo sus piés les estorbe el suelo, todas las escenas que se ejecutan en el vacío. Ante esas consideraciones experimento divino placer y cierto asombro, porque, merced á tus investigaciones, están para nosotros de manifiesto los arcanos todos y toda la obra de la Naturaleza.
31. Et quoniam docui, cunctarum exordia rerum...
Hasta aquí he discurrido acerca de los elementos que son principios constitutivos de todas las cosas, y acerca de las distintas figuras de las moléculas que espontáneamente giran en el espacio con movimiento eterno. Ahora debemos estudiar la naturaleza del ánimo, aclarar en qué consiste la esencia del alma, y poner en ruinas el temible Aqueronte[29], que turba todo bienestar de la vida humana, tiñe todas las cosas con las preocupaciones de la muerte, y no permite el goce tranquilo de ningún placer puro y honesto.
[29] Aqueronte, río de Epiro, llamado hoy Veliqui; río del infierno, según los poetas; el infierno mismo.
41. Nam, quod sæpe homines morbos magis esse timendos...
Porque si bien no faltan hombres que alardean de considerar más temibles la infamia y las enfermedades que los abismos de la muerte, y entienden que el origen de nuestra alma es el mismo que el de la sangre[30], y dicen, por último, que nuestras lecciones les son inútiles, advierte que hacen esas afirmaciones, más por vana presunción y deseo de renombre, que por tener firmes convicciones. Esos mismos hombres, si proscriptos de la patria se encuentran, ó si retirados de la vida social se hallan, ó si les abruma torpe acusación, ó viven, finalmente, afligidos por numerosas desdichas, adondequiera que, míseros, se retiran, celebran funerales, inmolan ovejas negras, dedican sacrificios á los Manes, y cuanto más el infortunio los agobia, tanto más inclinan su ánimo á la superstición. En tiempos de adversidades, es cuando conviene observar á los hombres, porque entonces se dan éstos fácilmente á conocer: proceden como sienten, la máscara se les cae y se muestran como son.
[30] Alusión á ciertas ideas defendidas por Critias y por Empedocles, según las cuales el alma es sangre pura del cuerpo vivo: también en el versículo 23, cap. 12 del Deuteronomio y en el Levítico, cap. 17, vers. 11 y 13 se hacen indicaciones análogas con referencia á los animales.
59. Denique avarities, et honorum cæca cupido...
La avaricia y el ciego afán de honores que á tantos míseros hombres empujan á traspasar los linderos de la justicia, á hacerse criminales ó encubridores de crímenes, y á pasar días y noches engolfados en inquietud penosa que les permita acumular riquezas, son calamidades que afligen la vida, y que se deben en mucha parte al temor de la muerte[31]. El menosprecio, la indigencia y la ignominia, se consideran estados incompatibles con la dulzura de la vida, y casi como antesalas de la muerte. Para huir de tales situaciones, y colocarse lejos de ellas, los hombres, desatentados, compran honores con sangre que vierten de sus conciudadanos, amontonan crímenes para multiplicar ávidos sus tesoros, se alegran, impíos, de los funerales del hermano, y aun odian y temen, recelosos, los festines de sus próximos parientes.
[31] Según la antigua Mitología, la pobreza figuraba en el cortejo de la muerte. Virgilio (Eneida, canto VI) coloca en la puerta de los infiernos al hambre y la pobreza.
La envidia, por igual razón, con temores mortificantes, se despierta en muchos, ante cuya vista se muestra el poder como la presa de unos cuantos que disfrutan riquezas y distinciones brillantes, mientras que ellos viven en las tinieblas y se arrastran por el lodo: algunos mueren con la preocupación de las estatuas y el renombre, y otros, á quienes el temor de la muerte inspira odio contra la vida y la luz, llevan el infierno en su triste pecho; se olvidan de que es manantial de todos los males ese miedo que veja la inocencia, rompe los vínculos entre amigos y arranca de los corazones la piedad. ¡Y aun muchas veces ha habido hombres que por vivir, para retardar las penas del Aqueronte, han hecho traición á sus padres y á su patria! Como niños que de todo tienen miedo por la noche, así nosotros, durante el día, nos vemos rodeados por ilusorias sombras y fantasmas vanos que no se disipan con el rayo solar ó con la luz diurna, pero que se desvanecen mediante el uso de la razón tranquila y el estudio reflexivo de la Naturaleza[32].
[32] Lucrecio repite los versos 51 al 61 del canto II.
94. Primum Animum dico, mentem quem sæpe vocamus...
Primeramente digo que el ánimo, al que damos con frecuencia el nombre de entendimiento, es régimen y consejo de la vida, y forma parte de nosotros no menos que las manos, los piés y los ojos. Muchos sabios piensan que el ánimo no reside en lugar determinado, por cuanto es la exteriorización de la vitalidad del cuerpo ó la harmonía de los sentidos, según dicen los Griegos; y aunque nos hace vivir consciamente, no es susceptible de ocupar espacio, como sucede respecto á la salud que no es parte del cuerpo, sino modo regular de la existencia de éste, y no se halla fija en sitio alguno; pero entiendo que esa opinión es errónea. Algunas veces el cuerpo exteriormente sufre mientras que se experimenta bienestar interno; otras veces el ánimo se halla triste y el cuerpo disfruta salud, y en ocasiones el dolor que ofende los piés no daña la cabeza. Además, aunque blando sueño debilita los miembros y priva al cuerpo del uso de los sentidos, hay personas que en ese estado se agitan de muchos modos, y tienen sensaciones de alegría, de inquietud y de tristeza.
118. Nunc animam quoque ut in membris cognoscere possis...
Ahora puedes conocer que también el alma se halla en los miembros del ser sensible, y que no es la harmonía el sostén del cuerpo. Desde luego se observa que si á éste se priva de algunas partes, la vida subsiste muchas veces conservada por el resto del organismo; pero si decrece la temperatura de nuestro cuerpo, ó si se espira una cantidad de aire mayor que la conveniente, en el momento las venas saltan y se descomponen los huesos. Puedes inducir de repetidas observaciones de esta clase, que no todas las partes del cuerpo son de igual importancia, ni todas contribuyen igualmente á la salud, y que los vapores cálidos y el aire vital son los primeros agentes de la vida y las últimas resistencias que escapan de los miembros moribundos.
131. Quapropter, quoniam est Animi natura reperta...
Por tanto, averiguada ya la naturaleza del ánimo y del alma que son partes constitutivas del hombre, la palabra Harmonía debe devolverse á los Griegos, que faltos de expresiones adecuadas para representar ciertos pensamientos nuevos, quizá la derivaron de ignoradas fuentes ó la adquirieron de la elevada cima del sonoro Helicón[33]; guárdenla ellos y sigamos nuestro discurso. Opino que el ánimo y el ánima entre sí mantienen unión estrecha, de la que resulta una substancia distribuida en todo el cuerpo; ésta, en cuanto dirige los actos humanos, recibe el nombre de ánimo y también entendimiento ó inteligencia, y tiene su centro en lo íntimo del pecho, donde laten las emociones de pavor y miedo, y se originan los estímulos del placer; pero el alma se extiende por todo el cuerpo, y aun cuando recibe impulsos del ánimo, tiene conciencia de sí misma, y en sí propia se ocupa cuando ninguna cosa exterior la solicita. Y así como la cabeza y los ojos, en muchos casos duelen, pero no hacen partícipes de su malestar á todo el cuerpo, así también la mente alguna vez sufre daño ó goza beneficio, y no transmite al alma las sensaciones correspondientes; empero, cuando terror extraordinario perturba el ánimo, también el alma en todos los órganos se impresiona; todo el cuerpo se cubre de sudor y palidez, la lengua vacila, se extingue la voz, los ojos se nublan, los oídos zumban, los miembros se relajan.
[33] Helicón, monte de Beocia consagrado á las artes rítmicas (Apolo y Musas).
Muchas veces vemos que los hombres sucumben al peso del terror del ánimo: por este hecho observado, fácilmente puede conocerse cuál sea la conjunción que hay entre el ánimo y el ánima; ésta, golpeada por la fuerza del ánimo, inmediatamente comunica á todo el cuerpo la impresión recibida.
161. Hæc eadem ratio naturam Animi, atque Animai...
Las consideraciones precedentes nos enseñan que el ánimo y el alma son corpóreos; porque si agitan los miembros, si privan de reposo al cuerpo, si alteran nuestro semblante y dirigen al hombre (ya que la observación nos hace ver que ninguno de aquellos hechos se realizan sino mediante un contacto, y que no puede haber contacto sino entre cuerpos), ¿no estaremos obligados á confesar que el ánimo y el alma son de naturaleza corpórea?
Pero es, además, seguro que las funciones del cuerpo y del ánimo se corresponden, y que este último no recibe más impresiones que las comunicadas por aquél; si horrible dardo que hiere nuestros nervios y punza nuestros huesos, no nos roba la vida, nos producirá, cuando menos, un desfallecimiento invasor del organismo y una dulce pesadez que nos obligará á inclinarnos, á pesar de los esfuerzos que hagamos para erguirnos. Luego indudablemente es corpórea la naturaleza del ánimo ya que experimenta los efectos de penetrante arma.
177. Is tibi nunc Animus quali sit corpore, et unde...
Voy ahora á tratar de explicarte lo que entiendo acerca de la esencia del ánimo y de las substancias que lo componen. Desde luego afirmo que es un concreto sutil de elementos sutilísimos: considera reflexivamente esta opinión, y la hallarás confirmada. Nada hay que tenga la rapidez con que el ánimo concibe y realiza sus proyectos; la Naturaleza no ha formado ningún cuerpo más activo. Como es tan móvil, debe estar integrado por glóbulos muy tenues que pueden ser agitados por cualquier débil impulso; el agua, apenas tocada, se mueve y fluctúa por estar compuesta de elementos sutiles; más consistente la miel, es más pesada, corre con lentitud, sus moléculas se adhieren entre sí porque son poco pulidas, algo pesadas, menos globosas; el viento más leve dispersa con prontitud una grande cantidad de simiente de adormideras, pero no produce efecto sobre pesadas masas de hierro ó de piedra. Los cuerpos son movedizos en proporción al pulimento y tenuidad de sus moléculas, y son más resistentes aquellos que contienen elementos ásperos y voluminosos.
Ahora bien: como la naturaleza del ánimo es notablemente movible, necesario es que esté formada por corpúsculos simplicísimos, muy ligeros y redondos. Y el conocimiento de este postulado ¡oh querido amigo! te será muy útil y de oportunas aplicaciones.
208. Hæc quoque res etiam naturam deliquat ejus...
De otra observación se infiere cuál sea la tenue contextura del ánimo y en qué reducido lugar se contendría si pudiera condensarse: cuando el hombre llega al reposo de la muerte, después de quedar deshecho el tejido propio del ánimo y del alma, bien podrás ver que el cuerpo no pierde forma ni peso: la muerte se lleva la sensibilidad y el aura de la vida, pero deja intacto lo demás. Luego es necesario que el alma, unida á las venas, vísceras y nervios, esté formada por principios muy tenues, ya que al desvanecerse ella el cuerpo no pierde gravedad ni pierde su forma: también, cuando por evaporación se disipan la esencia del vino, el aroma de los perfumes ó el delicado sabor de los manjares, los cuerpos respectivos conservan la misma apariencia y el mismo peso, porque los elementos que les daban color y sabor, diluidos en el conjunto, eran extraordinariamente sutiles. Ante la consideración de estos hechos, una y muchas veces deberemos de afirmar que el ánimo y el ánima constan de principios materiales mínimos, cuya desaparición de un cuerpo, en que se manifiestan, no disminuye en nada el peso y el volumen del cuerpo mismo.
No por eso ha de pensarse que el alma sea simple; el moribundo exhala cierta aura tibia que supone especial combinación de calor y de aire frío: las moléculas del calor están muy separadas, y entre ellas pueden penetrar y situarse elementos primordiales aéreos.
237. Jam triplex Animi est igitur natura reperta.
Hasta ahora hemos hallado que la naturaleza del ánimo tiene tres componentes[34], pero no son bastantes por su condición para engendrar las sensaciones: no se puede concebir que aquellos principios, por sí solos, puedan crear movimientos sensoriales y dar actividad á la inteligencia: es necesario que admitamos un cuarto principio impulsor, aunque no sepamos darle nombre, si bien consideremos que ha de ser movedizo, de elementos muy finos, pequeños y veloces: este agente innominado imprime en nuestros nervios la acción y la energía de la vida; puesto en agitación, transmite su corriente al calor y al aura vital, y establece el movimiento para todo el organismo; entonces la sangre late en las venas; las vísceras devienen sensibles, y los huesos y la médula se hallan capacitados para sentir impresiones de dolor y de placer.
[34] Principio frío (aire); principio cálido (calor); principio templado (aura vital).
Pero si en esa cuarta esencia substancial del ánimo penetra el dolor, se produce una conmoción general del cuerpo, y en éste no queda sitio donde la vida se refugie; por tanto, las partes del alma tienden á salir por todos los poros: sin embargo, las más de las veces, el trastorno ocasionado por efecto del dolor no traspasa la superficie del cuerpo, y la vida se repone para nueva larga duración.
258. Nunc ea quo pacto inter sese mista, quibusque...
Defectos de nuestra lengua patria no me permiten, á pesar de mis deseos, explicarte claramente las relaciones que entre sí mantienen aquellos elementos mezclados; intentaré, no obstante, dilucidar el asunto, aunque sea sumariamente y hasta donde me sea posible. En concertada indestructible unión se mueven los primeros principios; nada hay que pueda separarlos; son como varias fuerzas unidas en un solo cuerpo; la potencia de todos en ningún caso puede ser ejercida por cualesquiera de ellos aisladamente. De igual modo que en las vísceras de los animales se producen condiciones adecuadas para la percepción del olor, calor y sabor, y constituyen facultades propias, no de órganos aislados, sino de un cuerpo que sea perfecto; así también el calor, el aire y el aura vital, combinados, integran una sola substancia, en la cual surge aquel agente que da impulso al movimiento de todo el organismo y dota de sensibilidad á las vísceras: este poder motor se encarna en lo interior de nuestros miembros: nada hay más íntimo en nuestro cuerpo que ese agente; es como el alma de nuestra alma, que ejerce influencia en todo nuestro ser; es la fuerza impulsora del ánimo y la esencia del alma, fuerza y esencia ocultamente unidas; en su formación entran elementos muy pequeños y muy pocos, pero aun así late y domina en todo el cuerpo, y es, volveré á decirlo, el alma de nuestra alma. Deberemos, pues, afirmar que el aura, el aire y el calor se extienden, combinados, por todo el cuerpo en regular proporción; porque si alguno de esos elementos preponderase, no formarían un solo todo. Si el nexo entre el aire, el calor y el aura vital se rompiese, de su desequilibrio sobrevendría la muerte.
288. Est etiam calor ille Animo, quem sumit in irâ...
El calor enciende, además, en ira el ánimo: con su ardiente impulso la sangre hierve y los ojos brillan: por su parte el aire, que es frío extremadamente, provoca el temor y por excitación de éste se agita en convulsiones; por último, el aura, que es tibia, de plácida calma nos llena el corazón y lleva la serenidad á todo el organismo. El calor predomina en aquellos seres que se distinguen por temperamento efervescente dispuesto á la ira, entre los cuales figura en primer término el león que es todo bravura y valentía; de su pecho brotan pavorosos rugidos; no puede contener los ímpetus de la violencia: el aire influye especialmente en los venados, los cuales, agitados por el frío que hiela sus vísceras, tiemblan por cualquier motivo: por efecto del aura templada los bueyes gozan vida apacible; ni los torbellinos de ciegas cóleras los arrebatan con accesos de ira, ni del hálito helado los entorpecen con temores los miasmas que penetran hasta la médula; es, por tanto, el buey, animal que tiene su propia situación entre el tímido venado y el fogoso león.
307. Sic hominum genus est: quamvis doctrina politos...
Así pasa al género humano: la educación puede modificar la índole de algunos hombres; pero éstos conservan siempre vestigios de la señal que en su constitución les marcó Naturaleza. No creas posible arrancar la propensión á los vicios que en algunos se manifiesta, ni evitar que otros dejen arrebatarse por la ira, aquél sucumba á injustificado temor, ó éste se dedique excesivamente á determinadas complacencias: mucho difieren entre sí los caracteres de los hombres y las costumbres que de ellos se derivan. No pretendo hacer ahora una disquisición acerca de las causas ocasionales de esos fenómenos que señalo, ni tampoco á exponer los dictados que corresponden á las figuras de los elementos que tantas variedades crean; pero por inducción de los hechos observados me atrevo á decir que las naturales inclinaciones se modifican notablemente con auxilio de la enseñanza y con auxilio de la razón; nada hay que nos incapacite para gozar vida propia de dioses.
325. Hæc igitur natura tenetur corpore ab omni...
La naturaleza ó manera de ser de cada individuo está constituida por todo el cuerpo, del cual es norma y regla de vida: entre el cuerpo y su propia naturaleza no hay diferencias de origen ni puede haber separación: la muerte los disuelve. De igual modo que no es factible desligar el incienso y su propio olor sin destruir la naturaleza de ambos, así también no es posible extraer del cuerpo los constitutivos del ánimo y del ánima sin que los tres se deshagan: sus respectivos elementos desde el principio de cada existencia determinada, se hallan de tal modo enlazados, que por igual contribuyen á la vida íntegra del ser: en nada puede revelarse el ánimo sin el cuerpo, y nada puede éste sentir sin la impulsión del ánimo: sus acciones combinadas encienden la vida y dan sensibilidad á los órganos.
339. Præterea, corpus per se nec gignitur unquam...
Además, cuerpo sin alma nunca es engendrado, ni crece, ni subsiste después de la muerte: podrá el agua por la acción del calor evaporarse en parte y en parte quedar incólume; pero los órganos corporales no pueden tener vida sin alma: cuando ésta falta es cuando aquéllos perecen penetrados de corrupción. Desde la iniciación vital del ser, el alma y el cuerpo con movimientos mutuos están íntimamente unidos, de tal manera que si en el útero materno quedaran desligados sería cuando el ser muriera: luego si una y la misma es la causa de la existencia del cuerpo y del alma, una y la misma ha de ser su naturaleza.
352. Quod superest, si quis corpus sentire renutat...
Aún más: si alguien supusiera que el cuerpo no experimenta sensaciones y pensara que solamente el alma, por todo aquél extendida, es capaz de ese movimiento á que damos el nombre de facultad de sentir, sostendría una opinión opuesta á la verdad; y, por lo contrario, ¿quién se atreverá á decir que el cuerpo siente por sí propio, sin la intervención del alma, cuando ésta se revela constantemente? El cuerpo deja de ser sensible cuando el alma de él se retira: pierde el cuerpo durante la vida muchas cosas que no le son adecuadas, y en el momento de la muerte pierde otras. Decir, pues, que los ojos no pueden objeto alguno distinguir porque son meras aberturas que sirven al ánimo para hacer sus observaciones, es delirar y proceder contra el dictamen de los sentidos: con auxilio de los ojos se forman las imágenes para las representaciones. Muchas veces la presencia de una luz muy viva, al molestarnos, perturba también el fenómeno de la visión; pero si los ojos no fuesen más que ventanas para mirar, no podrían influir en las funciones visuales. Además, si los trastornos que en ocasiones sufrimos no pasaran de los ojos, sin ellos el alma podría distinguir las cosas y nunca experimentaría contrariedades.
372. Illud in is rebus nequaquam sumere possis...
Acerca de este orden de ideas no debes admitir como verdaderas todas las que afirmaba el ilustre Demócrito, el cual entendía que los elementos primarios del cuerpo en precisa relación corresponden á otros iguales del alma; porque es lo cierto que los principios de ésta han de ser más tenues y en número más reducido que los del cuerpo en el cual aquéllos se encuentran esparcidos. Lo que podemos asegurar es, que los elementos constitutivos del alma son todos los que en los órganos existen capaces de sensaciones. No nos produce molestia el polvo que á nuestros piés se adhiere, ni el color gredoso que tiñe el semblante[35], ni la niebla nocturna; tampoco nos afectan los débiles filamentos que las arañas en los caminos colocan, ni los despojos que lanzan al suelo, ni las plumas de las aves, ni el vilano que del cardo se desprende y después de fluctuar en el aire cae lentamente con vacilaciones debidas á su levedad; ni aun siquiera notamos el paso de los insectos que se arrastran ó el de los débiles mosquitos que sobre nosotros se posan. Por tanto, las partes de que se compone la textura de nuestros miembros deben ser impresionadas con cierta relativa intensidad para que los elementos del alma dispersos en todo el cuerpo reciban la sensación correspondiente, se activen, choquen y ejerciten sus acciones concertadas.
[35] Horacio y Petronio escribieron acerca de las mujeres que se embadurnaban el rostro con greda.
394. Et magis est Animus vitai claustra coercens...
Más decisiva influencia ejerce el ánimo que el alma en la función de moderar la vida y dirigir las acciones de los seres racionales: inmediatamente que falta el ánimo, no puede el alma permanecer ni un solo instante en nuestros miembros y abandona el cuerpo al frío de la muerte para elevarse por las regiones del infinito espacio; pero disfrutan de la vida los seres que del ánimo gozan, aunque el cuerpo sufra incomodidades y haya perdido parte del alma entre dolorosos estremecimientos de próxima descomposición: mientras exista la potencia sensitiva que reside en el ánimo, no se extingue el aliento vital: por muy contrariados que se encuentren los miembros, es posible la reposición de la vida que se les escapa, en tanto conserven un pequeño lazo con el alma; como es fácil que subsista la facultad de la visión aunque los ojos se hallen lesionados. Puedes ofender las órbitas, cortar los párpados, herir el globo ocular, pero si dejas intacta la pupila, conservarás la vista sin grave modificación; por lo contrario, si dañas la parte central del ojo, á pesar de ser tan pequeña y aun cuando todos los demás órganos exteriores de aparato visual se hallen en buen estado, perderás la vista, y la obscuridad te envolverá quizá para siempre: de modo igual se cumplen las leyes relativas al ánimo y al ánima.
Ahora debes de considerar que juntamente con los animales nacen y mueren sus respectivos ánimos y almas[36]. Procuraré explicarte en versos dignos de tu atención, esa verdad que he adquirido en virtud de continuados é incesantes estudios; pero ten desde ahora en cuenta que aquellas dos substancias, por su unión indisoluble, constituyen una sola y voy á comprenderlas también bajo una sola denominación; así, cuando en lo sucesivo te hable del alma y te diga que es mortal, entiende que me refiero lo mismo al ánimo que al alma.
[36] La inmortalidad del alma, ó mejor dicho, la perpetuidad del alma fué enseñada, según Cicerón, por Phereces, de Siria, y adoptada por Tales de Mileto, Anaxágoras, Platón, Diógenes, etc. Ptolomeo Filadelfo, el mismo que reunió en Alejandría sabios de todas las escuelas filosóficas para formar una sola doctrina que fuese confesada por todo el mundo, prohibió (hace 2177 años) la propaganda de aquella idea por creerla peligrosa para el reposo público. En Grecia y en Roma tendría seguramente muchos partidarios, cuando tanto empeño mostraron en combatirla Epicuro (hace 2150 años) y Lucrecio (hace 1980 años).
427. Principio, quoniam tenuem constare minutis...
Ya he procurado hacer patente que en la formación del alma sólo entran elementos muy delicados y aún más sutiles que los componentes del agua, de las nubes y del humo, supuesto que su movilidad característica se exalta prontamente por la más sencilla causa, aunque ésta no sea más que la mera representación de atmosféricos vapores, como sucede cuando en sueños nos emocionan el simulacro de los perfumes de los altares y el humo de las víctimas sacrificadas en honor de los dioses. Así como se extiende por todas partes el agua contenida en un vaso que se quiebra, y como en los aires el humo y las nieblas se disipan, cree que de igual manera nuestra alma, cuando del cuerpo se aleja, se desvanece en menos tiempo del que los miembros necesitan para su descomposición. Y si el cuerpo, que es como el vaso del alma, queda abatido por un golpe mortal ó extenuado por falta de sangre, ¿podrá retener el alma aunque sea con auxilio de la presión del aire, fluido que al cabo es más fácil de penetrar que nuestros músculos?
447. Præterea, gigni pariter cum corpore, et una...
El alma y el cuerpo se forman simultáneamente; á la vez se desarrollan y al mismo tiempo envejecen: si tierno y endeble es el cuerpo durante los primeros años de la vida, tenue y débil es el alma; cuando la edad fortalece los miembros, el alma se activa y la razón se muestra ampliada; cuando el desgaste de las fuerzas durante los años transcurridos encorva el cuerpo y embota los órganos, también se rebaja el ingenio, se entorpece la lengua y se apaga el entendimiento; y, por último, cuando el instante de la muerte llega, todo acaba. En esta ocasión el alma como humo se desvanece, confundida en las etéreas auras: viene á la vida juntamente con el cuerpo, con él crece, y juntamente sucumbe con él bajo el peso de las fatigas acumuladas por los años.
461. Huc accedit uti videamus corpus ut ipsum...
Podemos también observar que al cuerpo atacan excesivos males y duros dolores, y al alma afligen cuidados, tristezas y sobresaltos; luego están igualmente sujetos á la muerte.
Muchas veces, por causa de las dolencias que ofenden al cuerpo, el ánimo se turba, el juicio se extravía, la razón desfallece: cae el cuerpo abatido por letargo invencible que le obliga á cerrar los ojos é inclinar la cabeza, y en tanto el ánimo yace en sopor imperturbable; en ese estado el paciente no oye la voz ni conoce las facciones de los circunstantes que junto á su lecho se esfuerzan, entre suspiros profundos y lágrimas que les bañan el rostro, por restituirlo al goce de la vida. Luego si la enfermedad afecta íntegramente á todo el ser que la sufre, es indispensable confesar que el alma se disuelve cuando en ella penetra el contagio morboso. El dolor y los padecimientos son precursores de la muerte: nos lo ha enseñado la experiencia.
470. Denique, cur hominem, cùm vini vis penetravit...
Finalmente, cuando al hombre domina la fuerte acritud del vino, cuyo intenso ardor se extiende por sus venas, ¿por qué los miembros lo abaten, las piernas le flaquean, la lengua le vacila, el entendimiento le falta, los ojos le lloran? ¿Por qué ese hombre, rendido por la embriaguez, exhala gritos, vierte llanto, profiere injurias, comete excesos? ¿Cuál es el motivo inmediato de esos fenómenos sino la fuerza del vino, que perturba el alma cuando también trastorna las funciones del cuerpo? Y todo lo que puede ser alterado con seguridad perece cuando una causa extraña modifica radicalmente las necesarias condiciones de su existencia.
487. Quin etiam, subita vi morbi sæpe coactus...
Más aún; no pocas veces ante nuestros ojos se presenta el triste espectáculo de un infeliz que atacado repentinamente por grave mal cae al suelo como herido por un rayo: de la boca le salen espumas á borbotones; temblor convulsivo se apodera de sus miembros; estertores pavorosos de su pecho brotan; se agita con violencia, se retuerce con angustias, se arquea con frenesí: la enfermedad ha invadido todo el cuerpo, ha penetrado en el organismo, y el alma, afectada, manifiesta su estado por estremecimientos epilépticos, de igual manera que las más inferiores capas de agua cuando en el mar penetra el viento se mueven, se arremolinan y se muestran á la superficie convertidas en espumosas irritadas olas: el dolor de aquel desdichado tiene un cierto desahogo en los gemidos que exhala; cuando menos disminuye al escapar algunos gases del modo que tienen salida los elementos de la voz: algunas veces, perturbaciones de esa clase ocasionan la demencia cuando el ánimo y el ánima sorprendidos por un daño imprevisto en su primer movimiento rompen el concierto de su unión. Al disminuir la causa del ataque sufrido por el enfermo, el humor corrompido se restituye á los vasos linfáticos de donde proviniera, el paciente comienza á incorporarse, tembloroso y vacilante se yergue y recobra poco á poco el uso de la razón y de los sentidos. Puedes conocer, ante la consideración de casos como el que te he presentado, que el alma es combatida por diferentes quebrantos, muy penosos, y que en ocasiones se agita dolorosamente en el cuerpo cuya vida integra. ¿Y creerás que si la vida se ausenta de un cuerpo subsistirá por sí sola en medio del aire expuesta á todos los vientos?
510. Et quoniam mentem sanari, corpus ut ægrum...
Cuando podemos comprobar que el entendimiento y el cuerpo que en enfermedad caen se curan por la Medicina, tenemos que reconocer que ese hecho da testimonio de la condición mortal del ánimo, el cual, si experimenta modificaciones, ha de estar sujeto á pérdidas y aumentos como todas las demás substancias que pueden cambiar; pero lo que es inmortal no es susceptible de alteraciones, porque si alguna vez dejara de ser lo que antes ha sido, ó perdiera la más mínima parte de su estructura, al traspasar los límites de su naturaleza, podría también llegar hasta la muerte; luego el ánimo ya padezca ó ya sea curado con auxilio de la Medicina, como perecedero se nos muestra en ambos casos. De esta manera la verdad combate los sofismas, cierra el camino á todo subterfugio y con razonados argumentos alcanza victoria sobre los errores.
Muchas veces presenciamos la muerte lenta de un hombre cuyos miembros pierden poco á poco la sensibilidad; primeramente quedan lívidas sus extremidades inferiores; después la muerte, desde los piés se apodera de las piernas; luego sube, avanza y en todas partes deja las señales de su letal aliento. Como el alma, por su naturaleza, no existe reducida á un lugar sino se halla en todo el cuerpo, ante la consideración del caso precedente, debe calificarse de mortal, porque si piensas que puede refugiarse y encogerse en órganos que no están invadidos por la destrucción que adelanta, habrías de admitir que las sensaciones se acumulan en aquellos puntos donde las energías anímicas se concentran; pero como nada que autorice esta suposición se ha observado hasta ahora, hay que reconocer que el alma queda lacerada en los miembros dañados, y, por consiguiente, es víctima de la muerte; pero aun en el caso de que el alma pudiera replegarse para huir de los miembros atacados, deberíamos también considerarla mortal, porque, en definitiva, lo mismo importa que perezca dispersada en los aires ó encogida en una masa. De todas maneras, siempre resulta que para el hombre las sensaciones poco á poco se extinguen y la vida poco á poco se consume.
548. Et quoniam mens est hominis pars una, locoque...
El entendimiento forma parte del hombre, y en la constitución de éste ocupa lugar determinado, como los oídos, los ojos y los demás órganos que ejercen funciones propias en circunstancias dadas para el cumplimiento de las leyes de la vida. Así como no sería posible que las manos, la nariz y los ojos gozaran de sensaciones separados del cuerpo correspondiente, sino que en este caso, corrompidos caerían en disolución, así también el ánimo no puede tener existencia real fuera del cuerpo en que está contenido; aunque más exacto fuera decir que el ánimo y el cuerpo forman una sola substancia que mutuamente se integran.
En fin; el cuerpo y el alma viven en cuanto están unidos: alma sin cuerpo, aun admitida la suposición de que pudiera existir, no produciría las sensaciones de la vida; y cuerpo sin alma carece de energías y de movimientos voluntarios: si de la órbita queda separado el globo ocular, no servirá para la función de ver; igualmente el alma y el ánimo por sí mismos nada son, porque sus partes componentes se hallan distribuidas por las vísceras, venas, huesos y nervios, están adaptadas al cuerpo adecuadamente constituido, y no pueden vivir independientes: si la actividad anímica y el cuerpo rompieran sus antiguas relaciones, se dispersarían y no podrían volver á la vida; pero inmediatamente después que el alma se aleja del cuerpo, los principios formativos de una y de otro disueltos quedan: si el alma pudiera ser en el aire como era antes en un cuerpo organizado, también funcionaría en el aire y éste llegaría á ser animado. Cuando en los aparatos de los animales hay algún desequilibrio, sobreviene la espiración del aura vital y se extinguen la sensación del ánimo y la actividad del alma, sensación y actividad que son dos efectos dependientes de una misma causa.
580. Denique cùm corpus nequeat perferre Animai...
Además, es un hecho que no puede soportar el cuerpo la ausencia del alma: inmediatamente que ésta falta, aquél presenta pestilenciales síntomas de próxima descomposición: ¿es posible dudar de que la vitalidad anímica escapa, y en el espacio se desvanece como el humo? La alteración que sufre todo cuerpo vivo cuando es alcanzado por la muerte, ¿no es claro indicio de que el alma, fundamento de la vida, en un momento descompuesta, huye por todos los poros y conductos del cuerpo? Debes declarar que son muchas las pruebas de que deshecha la estructura del alma, sus elementos se ausentan del cuerpo y disgregados se confunden en las auras etéreas.
Frecuentemente el alma, sacudida por violencias extrañas y aun dentro de las condiciones ordinarias de la vida, conmueve los órganos y parece que va á abandonar repentinamente el cuerpo: una extrema languidez altera el semblante como si la muerte fuera inmediata; una debilidad excesiva se apodera de los miembros que amenazan con una inminente dislocación; los sentidos suspenden sus funciones; las fuerzas del organismo carecen de suficiente energía para mantener los lazos de la existencia; el ánima y el ánimo perturbados, parecen próximos á perecer, y positivamente dejarían el cuerpo si el choque experimentado por ellos adquiriera alguna mayor violencia. Y si convulsiones y trastornos tales sufre el alma dentro del cuerpo, ¿cómo puedes pensar que fuera de él y confundida en el inmenso espacio, sea capaz de resistir los embates exteriores y vivir, no ya perpetuamente, sino un solo instante?
607. Nec sibi enim quisquam moriens sentire videtur...
No parece que el moribundo note que el alma se le escape íntegra del cuerpo, ni que le suba por el tubo aéreo hasta la faringe, sin duda porque la parte existente en cada órgano en él se extingue, como desaparece la actividad de todos los sentidos en la misma región donde se manifiesta; pero si fuera inmortal nuestra potencia de conocer, al desprenderse del cuerpo inspiraría alborozo y no tristeza al moribundo, porque gozaría de verse libre de la vestimenta que la había envuelto, así como la serpiente se alegra al dejar la piel que la cubre ó como el venado se regocija cuando pierde las viejas astas.
¿Por qué la reflexión y la inteligencia no se ofrecen jamás como originadas solamente en la cabeza, ó en los piés ó en las manos, sino en sede establecida á la vez en todas las regiones corporales, ya que desde el momento en que se produce un ser cada sentido surge y permanece en un determinado sitio del cuerpo, de tal modo, que nunca se da el caso de que se interrumpa el orden existente y todas las funciones indiferentemente se ejecuten por todos los órganos? Entre las cosas hay correlación estable, y nunca en las aguas de los ríos estallará un incendio ni el agua se helará entre voraces llamas.
Si fuera inmortal la naturaleza del alma y ésta pudiera sentir del cuerpo separada, en ese estado independiente poseería, según mi entender, cinco sentidos que le fueran propios; no de otra manera podemos suponer que las almas vaguen en los infiernos, y así lo han pensado los pintores y los poetas de todos los siglos cuando representan á las almas revestidas de sentidos corporales; pero si es cierto que el alma sin cuerpo no puede tener ojos ni conservar la nariz, ni las manos, ni la lengua ni los oídos, cierto ha de ser también que no puede tener sensaciones ni existir.
635. Et quoniam toto sentimus corpore inesse...
Es indudable que las funciones vitales residen en todo el cuerpo y que todo éste se encuentra igualmente animado; si repentinamente un golpe divide en dos porciones á un ser vivo, y cada una de esas partes cae en diferente dirección, no debe dudarse de que también el alma quede fraccionada en dos mitades, cada una de las cuales acompañará á la parte correspondiente del cuerpo; empero, si puede partirse no puede ser eterna. Frecuente es que, en los combates, carros falcíferos con rapidez extraordinaria separen miembros que siguen calientes y palpitantes sobre el suelo, ya porque sobrecogida el alma por lo instantáneo del golpe no ha sentido el dolor del daño, ya porque absorta en los accidentes de la pelea no ha cuidado más que de valerse de los miembros como instrumentos de batalla. Un guerrero no se entera durante algunos instantes de que arrebatadoras hoces y rápidos carros lo han privado ¡infeliz! del brazo izquierdo y del escudo con que se amparaba de los golpes; otro, empeñado en escalar un muro, no advierte por un momento que ha perdido el brazo derecho; otro intenta apoyarse en un pié que le falta y que á su lado ve tendido en el suelo, donde, moribundos, tartalean los dedos; también la cabeza, del cuerpo separada, rueda, cubierta en sangre, y mueve los ojos y muda el semblante, mientras que el tronco vida y calor conserva hasta que se evaporan las reliquias del alma. Si de una serpiente que vibra la lengua y te amenaza cortas la cola en varias partes con afilado hierro, pero de manera que la porción anterior le quede intacta, notarás que durante algún tiempo cada pedazo se agita, se retuerce y despide substancias venenosas, en tanto que la cabeza se vuelve y clava los dientes en el sitio herido para atenuar el dolor. ¿Supondremos que hay tantas almas como partes separadas? Entonces cada ser animado tendría á su disposición un número de almas no determinable. Lo que podemos afirmar es que el alma se fracciona al dividirse el cuerpo; y en este caso alma y cuerpo, igualmente divisibles, son igualmente mortales.
671. Præterea, si inmortalis natura Animai...
Si el alma fuere de inmortal naturaleza y se uniera al cuerpo en el instante en que éste apareciera á luz, ¿cómo no sabemos de propia experiencia absolutamente nada anterior á la vida y no conservamos el menor vestigio de las acciones pasadas? Y si tanto se altera el alma que llega á olvidar todo lo pasado, entiendo que el estado á que se reduce difiere poco de la muerte. Conducidos por estas observaciones hemos de vernos obligados á confesar que todas las almas que antes hayan vivido murieron, y que las ahora existentes ahora se han producido.
Además de lo expuesto, si el cuerpo ya formado recibe la potencia vivificadora del alma cuando traspasa los umbrales de la vida, entonces, con seguridad, no la sentiríamos crecer con los miembros en todo el cuerpo, en la sangre toda, sino viviría, como en una jaula, indiferente á las mudanzas que el cuerpo tiene durante la edad, y no se desenvolvería con el desarrollo del cuerpo. Así, dígase y repítase que las almas tienen principio y están sujetas á las leyes de la muerte. Y tampoco puede racionalmente pensarse que una substancia determinada, sólida, se junte estrechamente al cuerpo y no siga la suerte de éste; lo contrario es lo que los hechos manifiestan, porque el alma se halla en todas las partes del cuerpo, en las vísceras, en las venas, en los nervios, en los huesos y hasta en los dientes, como lo patentiza el dolor que en éstos experimentamos frecuentemente, las sensaciones desagradables que sufrimos cuando se toma en la boca agua helada y las molestias que al masticar se tienen cuando en los alimentos se hallan algunas asperezas. Y como la unión es tan perfecta, no es creíble que el alma se salve de las incomodidades que padecen las articulaciones, los nervios y los huesos, que tan íntimamente la poseen.
699. Quod si fortè putas extrinsecus insinuatam...
Y si llegaras á suponer que la substancia extraña que se une al cuerpo es líquida, aumentarás los motivos de precisa disolución, porque ésta será más rápida cuanto más extendida se considere el alma, ya que los líquidos se evaporan y luego desaparecen transformados: divididos el ánimo y el alma entre todos los órganos, así como los alimentos, después de la digestión, convertidos en nueva substancia se reparten por todos los miembros, de igual modo si aquéllos, aunque íntegros, penetran en el cuerpo, en él se disolverán pronto, y sus partículas circularán en todos los vasos y venas; se formará así nueva alma, que, originada por la anterior, se extenderá en los miembros, y distribuida entre éstos, perecerá también. Según puede conjeturarse por lo expuesto, el alma, aun considerada como un líquido, tendría su día de nacimiento y su día de muerte.
¿Por acaso algunos elementos del alma permanecen en el cuerpo después de la muerte de éste? Entonces no puede gozar del beneficio de la inmortalidad, porque tendrá que sufrir diminución en sus partes componentes. Y si en toda su perfecta unidad se retira del cuerpo, y en éste no queda la más mínima porción de ella, ¿por qué motivo de los cadáveres descompuestos brotan numerosos gusanos? ¿Cómo se forman tantos insectos sin huesos y sin sangre, que bullen en los entumecidos miembros?
Si entiendes que esos animálculos reciben de fuera sus respectivas almas, las cuales se unen á sus cuerpos, deberás observar que es muy sorprendente el hecho de que tantos miles de almas de insectos vermiculares concurran á un sitio donde se halla un cadáver en descomposición; pero aún hay en este asunto para estudiar una cuestión que se divide en dos: si las almas de esos gusanos escogen por su propia iniciativa los embriones que les sirven de materiales para fabricar las casas en que se han de introducir; ó si desde luego se introducen en cuerpos ya formados. No se comprende por qué motivo las almas de los gusanos, que sin cuerpos transitan libremente, exentas de frío, de hambre y de otras molestias, se decidan á construir un cuerpo, donde, al encerrarse, han de sufrir no pocas incomodidades, mediante el contacto que tengan con el cuerpo que les sirva de envoltura; pero si las almas hubieran de construir las moradas en que se aposentasen, deberían recibir fuerzas útiles, acomodadas á ese fin. No es lícito creer que las almas fabriquen para su uso los cuerpos y los órganos en que han de residir, ni tampoco es admisible la idea de que se introduzcan ó establezcan en cuerpos formados con anterioridad; pues no hay conexión ni enlace que puedan existir por consentimiento común del cuerpo y del alma.
749. Denique cur acris violentia triste Leonum...
En fin; ¿por qué la cruel ferocidad de los leones se conserva en su especie? ¿Por qué entre las zorras es hereditaria la astucia y entre los gamos el temor que les obliga á estar siempre fugitivos? Y con respecto á los demás géneros de animales, ¿por qué en todos los grupos hay cualidades permanentes que se transmiten, si no es porque hay elementos especiales que de igual modo contribuyen á la formación del alma que á la del cuerpo? Si aquélla fuese inmortal y residiera ya en un cuerpo, ya en otro, no habría costumbres propias de cada especie animal, y se vería muchas veces al perro de origen hircano esquivar temeroso la presencia del cornígero ciervo, y al rapaz gavilán temblar y huir al ver que se le aproximaba una paloma; los hombres perderían la racionalidad y brillaría el saber de las fieras.
Incurren en grave error los que suponen que sin dejar de ser inmortal el alma, se acomoda á los cuerpos en que se aposenta; pero lo que muda se disuelve, luego muere: si las partes cambian desaparece el orden que constituyen; y por tanto, se perderían en los miembros y morirían juntas con el cuerpo. Si dicen que las almas de las personas siempre á otros cuerpos humanos pasan, preguntaré también que cómo puede suceder que el alma de un sabio esté oculta en un necio, y cómo los potros no tienen la destreza del caballo, si no es porque se origina cada alma de germen propio de su especie y se desarrolla con el total del cuerpo; y si piensan que al habitar en cuerpos nuevos el alma se rejuvenece, implícitamente declaran que el alma es mortal porque la mudanza supone desaparición de las sensaciones y extinción de la vida.
771. Quove modo poterit pariter cum corpore quoque...
¿Y cómo podrían el alma y el cuerpo alcanzar una igual fuerza y perfección si no tuvieran un solo y el mismo origen? ¿Por qué en la senectud las almas todas, sin excepción, abandonan á los miembros? ¿Acaso temen que encerradas en un cuerpo cercano ya á la corrupción, ó metidas en un edificio vetusto puedan ser víctimas de la ruina? Pero tales peligros no podrían alcanzar á seres inmortales.
Además, parece ridículo imaginarse que las almas, evocadas por Venus, acudan presurosas al acto de la generación y del nacimiento y contiendan entre sí en número considerable con extraordinario celo para disputarse el nuevo cuerpo; á no ser que entre las almas exista un pacto federativo en cuya virtud la primera que llegue con vuelo rápido sea la preferida, y de este modo aquéllas no consuman sus fuerzas en inútiles batallas.
Finalmente; ni en el aire se encuentran árboles, ni en el mar nubes, ni los peces viven en los campos, ni en la madera hay sangre, ni en las piedras savia: un propio lugar es adaptado para la vida y crecimiento de cada ser, y no hay alma sin cuerpo dotado con sangre y nervios. Si pudiera haber energía anímica sin aquellos órganos, también sería fácil que el alma tuviera su residencia en la cabeza, en los hombros, en los piés ó en cualquiera otra parte del cuerpo, supuesto que de todas maneras siempre quedaría en la misma persona ó en el mismo vaso. Pero si no podemos dar por cierto que en nuestro cuerpo exista un lugar fijo donde el ánimo y el alma puedan residir y crecer, tampoco debemos admitir como verdadera la idea de que puedan existir fuera del cuerpo: necesario es, pues, afirmar que cuando el cuerpo muere también el alma se disipa.
802. Quippe etenim mortale æterno jungere, et unà...
Y ciertamente, unir lo mortal con lo eterno y suponer una recíproca influencia entre lo uno y lo otro es delirar. ¿Puede haberse discurrido mayor absurdo que el de juntar cosas tan diversas y contrarias como son las comprendidas en lo perecedero y perdurable, y pretender que soporten en continua repugnancia daños comunes?
Para que un cuerpo subsista eternamente es necesario, ó que sus componentes sean por completo sólidos y resistan el choque, la penetración y la disociación producidos por otros cuerpos, como sucede á los elementos de la materia, de los cuales con extensión hemos tratado anteriormente, ó que no sea susceptible de choques, como el vacío, que permanece siempre intacto y nunca puede ser destruido, ó, por último, que no esté rodeado por un espacio al que sean lanzados sus fragmentos; de esta manera última es eterna la Suma de las sumas, fuera de la cual no hay nada que pueda alterarla ó disolverla, ni lugar en que se disipe, ni agentes que la disminuyan ó quebranten. Pero, como ya he demostrado, el alma no tiene solidez absoluta, porque en todas las concreciones hay que admitir intersticios; ni tiene las condiciones del vacío, porque hay en la Naturaleza otros cuerpos que pueden producir trastornos en su composición y rodearla de invencibles peligros; existe, además, un espacio infinito donde la energía anímica puede anularse y los elementos del alma pueden ser precipitados á la disolución. Luego para el alma no están cerradas las puertas de la muerte.
829. Quod si fortè ideò magis inmortalis habenda est...
Si por acaso fuera considerada inmortal porque resguardada se encuentra de agentes exteriores que intenten combatirla, ó porque no puede ser directamente atacada, y si lo fuera podría rechazar el golpe antes de ser herida, el que así pensara se colocaría en una posición muy distinta de la verdad. Además de las dolencias que afligen al cuerpo y que interesan al alma, ésta sufre amarga incertidumbre por los sucesos futuros que le producen no pocos sobresaltos, y tiene remordimientos por los errores cometidos en épocas pasadas: añade el delirio, que es propia enfermedad del alma, la falta de memoria y el terror de ser arrojada en las negras ondas del letargo.
Nada es la muerte y nada nos importa desde que se considera inmortal la naturaleza del alma; y así como no sufrimos ahora por los padecimientos pasados en el tiempo ni por motivo de las luchas sostenidas con los invasores cartagineses en las guerras que con hórrido tumulto hicieron estremecer hasta á los astros, y mantuvieron en espectación al mundo, que dudaba acerca de cuál de los dos pueblos había de dominarlo por mar y tierra, así también, cuando la vida se haya extinguido en nosotros por la separación del alma y del cuerpo, nada tendrá influencia sobre nosotros, ni causa alguna despertará nuestras sensaciones aunque se confundan la tierra con el mar y el mar con el cielo.
854. Et si jam nostro sentit de corpore, postquam...
Y si después de separados de nuestro cuerpo el ánimo y la actividad anímica aún conservaran la facultad de sentir, nada podría importarnos ese hecho, supuesto que somos producto de íntima unión constituida por el cuerpo y el alma. Si transcurrido algún tiempo después de nuestra muerte pudieran volverse á unir del modo que ahora lo están nuestras partes integrantes, y por segunda vez nos fuera dada la luz de la vida, tal suceso en nada podría afectarnos por haberse interrumpido la continuidad de nuestra existencia. Nada que nos haya pasado antes de que tuviéramos conciencia de nosotros mismos, puede importarnos, como no debe afligirnos preocupación alguna por lo que hagan de nuestros restos las futuras generaciones. Si meditamos acerca de las mudanzas y movimientos que indudablemente ha experimentado la materia durante una serie de pasados siglos, habremos de convenir en que los elementos pueden haberse combinado en otras ocasiones lo mismo que lo están hoy; pero la memoria no puede conservar recuerdos acerca de esos cambios por las pausas que ha habido en la existencia y por los distintos movimientos extraños á las sensaciones á que pueden haber estado sometidos los elementos del alma. La muerte exime y libra de todo sufrimiento á aquel individuo que sin duda habría de padecer cualquier daño en el supuesto de que viviera dentro de algún tiempo como ahora vive. Debemos considerar, por tanto, que en la muerte nada hay que nos inspire legítimo temor, porque no puede sufrir quien no existe; y para el efecto de las sensaciones no hay diferencia entre el objeto que nunca ha sido capaz de tenerlas, y el ser á quien la muerte eterna salvó de mortal vida.
882. Proinde ubi se videas hominem indignarier ipsum...
Cuando veas que un hombre se indigna al considerar lo que hagan de él después de muerto, porque teme que su cadáver sea arrojado á un pudridero ó consumido por las llamas ó devorado por las fieras, lícito ha de serte suponer que no habla con sinceridad y que en el corazón abriga ciertas preocupaciones, aunque niegue creer que alguien sienta después de muerto. Opino que no dice lo que piensa, porque entiendo que el tal individuo, si habla de su muerte con temores, es porque se figura que asiste á ella, que una parte de su propio ser le sobrevive, que su cadáver se destina para pasto de las fieras voladoras ó de las vivíparas, que se apena de sí mismo, que no se resuelve á desprenderse definitivamente de sus restos, ante los cuales él mismo en posesión de su juicio se encuentra colocado, y se indigna por haber sido creado mortal; se considera de pié junto á su propio cadáver, y sin pensar en que la muerte no deja otro él existente, deplora su desaparición, y llora y se queja herido por el dolor. Desagradable juzgan muchos la idea de ser devorado por las fieras; pero no comprendo que se considere mejor el ser quemado por las voraces llamas que rodean el cuerpo yacente, ó ser envuelto en miel, ó congelado por el frío, ó encerrado en sepulcro marmóreo, ó ser comprimido por montón de tierra apisonado.
906. At jam non domus accipiet te læta, neque uxor...
Pero ya familia alegre y excelente esposa no saldrán á recibirte, ni cariñosos hijos correrán á buscar tus besos y á inflamar tu pecho con mal contenido placer; ya no podrás realizar empresas gloriosas para ti y para las personas de tu amor: «infeliz, ¡oh infeliz! dirán, un solo día infesto destruyó los goces de tu vida,» y no añadirán á esas palabras «pero también te libró de una vez de toda clase de pesares;» porque si meditaran libres de prevenciones y reflexionaran acerca de lo que piensan, desterrarían toda congoja del ánimo y todo miedo. Sin duda alguna, cuando yazgas inanimado por la muerte estarás exento, para toda eternidad, de dolores y pesares; pero nosotros, junto á ti, aun después de convertido en cenizas, verteremos tristes lágrimas y abrigaremos en el pecho para siempre la pena que nos devore. Pero hay motivo para preguntar: ¿qué es lo que en este suceso hay de amargo para el que muere, si queda reducido á quietud y puede consumirse en el tiempo que dure el luto de sus parientes y deudos?
Muchas veces en los festines, los comensales, recostados, con las copas levantadas y con la frente oculta por las coronas, exclaman: «Breve es la dicha del pobre hombre, y cuando se marcha no es posible hacerla volver.» Tal vez les amargará lo dulce de aquel momento la idea de la muerte, con las ansias de ardiente sed que les devore y les abrase, ó con algún otro deseo que les atormente.
Cuando la inteligencia y el cuerpo entregados al sueño descansan, nadie de sí cuida ni de su existencia: de igual modo, cuando eterno sueño nos subyugue ningún deseo nos ha de volver á atormentar; pero los elementos de las sensaciones, aun cuando en el sueño se hallan detenidos, no se disuelven y pueden funcionar nuevamente. La muerte es todavía menos que el sueño, si es que se puede llamar menos que algo lo que nada es. Á la muerte sigue la disolución de la materia; y por esa causa nadie que haya sido asaltado por el frío intenso que sigue á la desaparición de la vida, ha vuelto á despertar.
943. Denique si vocem rerum Natura repente...
En suma, si la Naturaleza emitiera voz inteligible y de este modo se expresara: «¿Por qué te entregas, mortal, con tanto exceso al dolor y á la aflicción? ¿por qué gimes y lloras ante la idea de la muerte? Si hasta ahora te ha sido grata la vida y los placeres para ti no se han perdido como si hubieran sido puestos en vaso taladrado y se hubieren extinguido ó escapado fácilmente, ¿por qué no te separas de la vida como convidado satisfecho, y por qué, necio, no te entregas con ánimo tranquilo al reposo? Y si los placeres que pudieras tener ya se han extinguido y la vida sólo te proporciona sinsabores, ¿por qué deseas aumentar tus días que te producirán nuevos disgustos, y al cabo concluirán sin hacerte ningún bien, y por qué no anhelas el fin de la vida que será también el término de tus trabajos? Considera que desde ahora en adelante, por mucho que me esforzara, nada encontraría que te proporcionara placer, porque las cosas siempre son las mismas. Si tu cuerpo ha resistido el desgaste de los años y tus miembros aún no vacilan, también deberás pensar que las cosas continuarán siempre lo mismo, aunque vivas largos siglos y aunque nunca mueras,»—¿qué responderíamos, sino que era justa la demanda interpuesta por la Naturaleza y fundado el motivo de sus palabras?
Pero si fuera un desdichado el que se lamentara de la llegada próxima de la muerte, ¿con cuánto mayor motivo y con cuánta mayor dureza no le podría decir llena de indignación: «Oculta esas lágrimas, hombre insaciable, son inútiles tus quejas?» Y si fuera un anciano rendido bajo el peso de la edad el que temiera la muerte, la Naturaleza podría decirle: «Has gustado todos los placeres, ¿y todavía te quejas? Tu inmoderado afán por despreciar lo que posees y desear lo que no tienes ha mermado en la mitad los goces que has podido tener en la vida, y ahora te alcanza la muerte antes de que tu avidez quede satisfecha: lo que ya en turno has disfrutado en tu larga edad, déjalo para que lo usufructúen los que vienen detrás de ti en la vida; es necesario.»
Con razón, según pienso, con razón hablaría, acusaría y reprendería de este modo la Naturaleza. La vejez, decrépita, cede siempre el paso á la juventud: los seres á costa los unos de los otros se suceden. Nada se pierde en los profundos abismos del Tártaro; la materia de hoy es necesaria para el advenimiento de las generaciones futuras; y éstas pasarán muy pronto, como aquélla no tardará en seguirte: los seres que ahora son perecerán de igual modo que sucumbieron los que gozaron antes de la vida: cada ser nace de otro y á ninguno es dada la vida á perpetuidad.
984. Respice item quam nil ad nos anteacta vetustas...
Reflexiona, además, cuán nula es para nosotros la edad pasada antes de nuestro nacimiento. La Naturaleza nos muestra en lo que ha existido hasta ahora lo que será en lo sucesivo: ¿y qué encontramos de horrible y de triste en la muerte de los que fueron? ¿no es, por acaso, un sueño muy tranquilo?
Todos los tormentos, sin excepción alguna, de los que se dice que son propios del profundo Aqueronte, á esta nuestra vida real pertenecen. El mísero Tántalo que teme ser aplastado por masa enorme suspendida en el aire, según la fábula, en su vano temor que le agobia representa á los hombres necios que, aterrorizados, atribuyen á los dioses todo lo que es obra del acaso[37].
[37] También refiere la fábula que Tántalo (personificación de la perfidia) fué sumergido hasta la barba en un lago, á cuyas orillas había árboles de frutas deliciosas; tanto las aguas del lago como las frutas huían de Tántalo, cuando éste, sediento ó con hambre, pretendía utilizarlas.
No hay Ticio yacente[38] en las orillas de un río del infierno, y no hay buitres que le coman constantemente las entrañas: habían de ser éstas de un tamaño suficiente para cubrir toda la tierra y ocupar la inmensidad del espacio, y no serían bastantes para servir de pasto durante la eternidad á aquellas insaciables fieras aladas; ni puede ser interminable el dolor, ni cuerpo alguno puede servir de inacabable alimento. Pero en realidad, Ticio es imagen de aquellos á quienes amor tiraniza, ansiedades atormentan y pasiones devoran.
[38] Ticio (el fatuismo), hijo de Júpiter (el poder) y de Elara (la coquetería), según los poetas estaba condenado á que los buitres (las pasiones) le picotearan perpetuamente las entrañas, por haber galanteado á Latona (la vanidad) madre de Apolo (el ritmo) y de Diana (la caza).
1007. Sisyphus in vitâ quoque nobis ante oculos est...
Ante nuestros ojos tenemos también la alegoría de Sísifo, aplicable á aquellos que resuelven pedir al pueblo los haces y las cortantes segures[39], y siempre tienen que retirarse tristes y desairados. Solicitar honores que en rigor nada valen, pero cuya consecución es muy difícil, es lo mismo que luchar esforzadamente por llegar hasta la cumbre de una montaña, cargado con una piedra enorme, que siempre, al ser acercada á la cima se resbala, y después de recorrer el inclinado plano del monte, con la violencia adquirida rueda por la llanura.
[39] Alude á los haces de varas con segures, que llevaban los lictores encargados de preceder á los magistrados.
Satisfacer todas las exigencias del deseo; dar al ánimo cuantiosos dones, sin conseguir nunca dejarlo saciado; gozar los frutos y aprovechar los beneficios de las estaciones anuales que en rueda se nos presentan alternativamente, sin que basten á contentar los caprichos, todo esto se me figura que está representado en las Doncellas, de las cuales se cuenta que en su florida edad se ocupan en llenar de agua vasos que no tienen fondo, y nunca logran su objeto.
El Cerbero, las Furias y el obscuro Tártaro, cuyas fauces despiden espantosas aceleradas llamas, nunca han existido ni pueden existir. Como consecuencia de los crímenes perpetrados y de las maldades hechas, aquí, en la vida, el malvado padece temores y castigos; la cárcel, la horrible pena de ser arrojado á un precipicio desde alta roca, los azotes, los verdugos, la flecha, la pez, la tea; y si para el criminal faltasen aquellos suplicios, la propia conciencia, que hasta las intenciones penetra, se encargaría de castigarlo. Si á todas las aflicciones ordinarias se juntan las preocupaciones que infunde la inseguridad en una vida posterior, el desconocimiento de los males que se padecen y el temor de que éstos puedan ser aumentados con la muerte, bien puede afirmarse que la vida es verdadero infierno de los necios.
1036. Hoc etiam tibi tute interdum dicere possis...
Sin vacilar, tú mismo puedes reconvenirte del siguiente modo: «Anco el bueno[40] que fué mejor que tú, malvado, en muchas cosas, cerró sus ojos á la luz; todos los reyes y potentados que en otros tiempos gobernaron á muchas gentes sucumbieron á pesar de su poder: aquel mismo que en remotos días supo atravesar los mares y enseñó á sus legiones á pasarlos sin riesgo, y salvó en la obscuridad los abismos de las aguas y despreció los estruendos del Océano[41], también murió por la separación del alma y el cuerpo: Escipión, rayo de la guerra, terror de Cartago, entregó sus huesos á la tierra, lo mismo que el más vil de sus esclavos: los investigadores de las ciencias, los ordenadores de las artes, y los compañeros de las Musas, entre los cuales Homero lleva el cetro, en sueño eterno reposan: Demócrito, cuando advirtió que su inteligencia se debilitaba por el natural efecto de la edad, voluntariamente rindió su cabeza á la muerte: el mismo Epicuro, aquel que por su genio superó á todos los individuos de la raza humana, y como brillante Sol eclipsó todas las estrellas que en el cielo del saber hasta su época habían lucido, también llegó al término de la vida. ¿Y tú, asustado y temeroso, te indignas porque tienes que morir, cuando tu vida es una lenta agonía? ¿Pues no consumes una parte de tu existencia en el sueño? Y aun despierto, ¿no sueñas muchas veces, y en otras tampoco dispones de tu inteligencia perturbada con preocupaciones? ¿Cómo quieres vivir si no sabes hallar, desdichado, los motivos de los males que te rodean, y cuando la incertidumbre y los prejuicios te oprimen el ánimo que vacila entre errores?»
[40] Anco Marcio, cuarto rey de Roma (hace 2530 años).
[41] Jerjes I, rey de Persia (hace 2380 años).
1065. Si possent homines, proinde ac sentire videntur...
Si los hombres pudiesen conocer el origen de sus desdichas, no sufrirían en el ánimo la abrumadora pesadumbre, que oprime su pecho. Cada cual procura distraerse, y entre agitaciones y afanes vive con inquietud, ignora lo que desea, no sabe lo que busca, y como si quisiera librarse de sus propias preocupaciones, incesantemente cambia de sitio aunque no encuentra el que le sirva para deponer su carga.
Uno abandona su palacio suntuoso porque no halla en él tranquilidad, é inmediatamente regresa porque no se considera lejos de su casa más feliz que en ella; otro corre á una quinta de su propiedad con la precipitación que llevaría si fuera á apagar un incendio, y apenas pasa los umbrales de su nueva residencia se encuentra incómodo y procura con el sueño olvidarse de sí mismo, ó vuelve con la misma agitación á su habitual morada: parece que todos pretenden huir de su propia persona, y como no lo consiguen se resignan á sufrir sus ansias y desasosiegos: ninguno conoce las causas de su malestar; pero si cada cual pensara con reposo, dejaría preterida toda clase de vanos empeños y buscaría remedio para su desdicha en la investigación de los fenómenos naturales, pues no se trata de arreglar intereses del momento, sino de conocer lo que sea de los hombres después de la muerte y por toda eternidad.
1088 á 1106. Denique tantopere in dubiis trepidare periclis...
Finalmente, ¿por qué el deseo de vivir nos abate con tantos males, y por qué nos hacen temblar tan dudosos peligros? Ciertamente el fin de la existencia, para todos los mortales, ha de llegar, y no es posible evadirse de él ni evitarlo; hay que morir.
Sabemos además que aquí, donde siempre hemos residido, ningún completo goce hemos de tener, aunque se prolongara nuestra existencia, porque siempre nos ha de parecer mejor que lo presente aquello que no tenemos, y después que lo hubiéramos conseguido con el mismo afán desearíamos otra cosa; de este modo, siempre nos ha de abrasar la misma sed de prolongar la vida, y nunca dispondremos de un solo instante en que deje de preocuparnos la suerte futura y el destino que en lo por venir nos aguarda.
Y, por último, no ha de pensarse que la duración de la eternidad sea menor cuanto más vivamos; aunque lográsemos aumentar el número de los días de nuestra existencia, y aunque pudiéramos vivir muchos siglos, siempre nos esperará eterna muerte. Aquél que hoy mismo haya alcanzado el término de su vida, no estará muerto menos tiempo que los que sucumbieron hace ya muchos meses y muchos años.