Otros cargos igualmente injustos.
No haremos el parangón de nuestra conducta con la de los respetables y muy estimados sacerdotes indígenas del Clero secular, á los que miman la mayor parte de los separatistas filipinos, indudablemente porque no encaja en sus planes el combatirlos. No rebatiremos la desvergüenza de suponer que parte de nuestras fincas tienen un origen criminal, y que en nuestras haciendas rurales somos unos déspotas que de varios modos chupamos la sangre de los inquilinos, infamia tantas veces refutada con datos auténticos de evidencia abrumadora. No hablaremos de la inmensa impostura de achacarnos todos los fusilamientos, prisiones, torturas, procesos y confiscación de bienes de los complicados en el último levantamiento. Despreciamos la absurda fábula de que somos los dueños absolutos, no solo de las conciencias, sino de todo el Archipiélago, á la vez que, contradiciéndose palmariamente (como lo acostumbra á hacer el error), pregonan que está perdido nuestro prestigio é influencia en las islas. Hacemos caso omiso de atribuirnos todo cuanto de odioso y censurable, según ellos, en deportaciones y otra clase de castigos han hecho en el país los institutos armados, los gobernadores, los jueces y todos los organismos públicos, cual si los Religiosos manejáramos á nuestro antojo la máquina del gobierno y administración de este territorio, y desde el Gobernador general hasta el último agente de policía no fueran todos sino ciegos ejecutores de nuestros gustos. Prescindimos de esas y de otras especies, argumentos de brocha gorda, que todavía explotan algunos descarriados hijos de este país, y que desgraciadamente repiten algunos peninsulares para manifestar su odio ó preocupación contra el Clero, y pasamos á hablar de la insurrección y de la necesidad imperiosa de que se remedie la dificilísima situación de las corporaciones Religiosas en el Archipiélago.