Respecto á la santidad de su vida privada.

Se declama en términos, que parecen inspirados en centros protestantes y anticlericales de baja estofa, contra los vicios é inmoralidad de los Regulares; pero en eso como en otras cosas, salvo lo que la más severa legislación y el más exquisito cuidado jamás pueden evitar aún en las colectividades más santamente organizadas, no ignoran cuantas personas nos tratan de cerca, que nada se nos puede echar en rostro.

Muy oportunas y eficaces son á este propósito las palabras del Padre San Agustín defendiendo á su instituto contra acusaciones parecidas á las que se dirigen á las Ordenes de Filipinas: «Decidme, hermanos, ¿por ventura mi congregación es mejor que el arca de Noé, en la cual, de tres hijos que tuvo, el uno fué malo? ¿Por ventura es mejor que la familia del patriarca Jacob, en la cual de doce hijos que tenía solo es alabado José? ¿Por ventura es mejor que la casa del patriarca Isaac, en la cual de dos hijos que le nacieron, uno fué escogido de Dios, y el otro reprobado? ¿Por ventura es mejor que la casa de Jesucristo nuestro Salvador, en la cual de doce apóstoles uno le fué traidor, y le vendió? ¿Por ventura es mejor que aquella compañía de los siete diáconos llenos del Espíritu Santo, escogidos por los Apóstoles para tener cargo de los pobres y viudas, entre los cuales uno, por nombre Nicolao, vino á ser heresiarca? ¿Por ventura es mejor que el mismo cielo, de donde tantos ángeles cayeron? ¿Será mejor que el paraíso terrenal, en el cual los dos primeros padres de todo el linaje humano, criados en justicia original y gracia, cayeron?»

¡Ah¡ las Corporaciones Religiosas de Filipinas, cuidando por la santidad y salvación de todos sus hijos, al ver que algunos de sus individuos falta á sus deberes, después de corregirle y de tomar, conforme á ley y religiosa prudencia, eficaces medidas para reparar, si lo hubo, el escándalo, é incluso, si es preciso, para extirpar y arrojar la rama podrida, exclaman lastimadas cual verdadera madre con el Apostol: Quis infirmatur et ego non infirmor? quis scandalizatur el ego non uror? ¿Quién está enfermo espiritualmente y yo no padezco con él? ¿quién sufre escándalo y yo no me abraso?... Eso es lo que deben decir cuantos saben las caídas del prójimo; eso dictan la caridad y la justicia; eso pide el respeto y consideración á los ministros de la Iglesia; y mientras que nuestros sistemáticos acusadores no demuestren que las Ordenes consienten y no reprimen los pecados, en gran parte humanamente inevitables (dadas las condiciones en que forzosamente viven los dedicados al ministerio), de los poquísimos Religiosos que tienen la flaqueza y desgracia de caer, no tienen derecho á deshonrarnos, y á clamar contra lo que nosotros somos los primeros en lamentar y en procurar corregir.

¿Lo demostrarán alguna vez? Bien tranquilos estamos de lo contrario; y eso que tienen á mano cuantos medios de inquisición y prueba puede desear el juez más interesado en una causa. A la vista de todos están nuestros conventos, nuestros ministerios, nuestras personas: solos, y rodeados de multitud de indígenas, están los párrocos y misioneros; cuanto decimos, hacemos y dejamos de hacer, lo ve, lo espía todo el pueblo: nuestras moradas son de cristal para toda clase de personas; nuestro faz de europeos y nuestro carácter de sacerdotes nos dan tal relieve en las misiones y feligresías, que sería candidez estólida tratar de ocultar nuestros pasos y acciones. Todo, por consiguiente, favorece á nuestros adversarios en el proceso á que les provocamos, y á que voluntariamente se somete cada Regular, desde que, fiel á su vocación y obedeciendo á sus superiores, se sacrifica á vivir entre estos naturales, sus muy queridas ovejas del rebaño de Cristo. Nuestro honor, nuestra fama en manos está de ellos: fácil les sería á nuestros adversarios confundir á los Institutos Religiosos, si la verdad presidiera sus acusaciones. Pero como esa verdad es la que no brilla en sus palabras, viene á verificarse en su conducta lo que dice el sagrado texto: «Hablaron contra mí con lengua engañosa y con lenguaje de odio me atacaron;» y respecto de nosotros lo que dice San Pedro: «Con modestia y temor teneis una conciencia recta para que sean confundidos todos cuantos calumnian vuestro recto proceder en Cristo.»