ALBERDI, SARMIENTO Y MITRE
ALREDEDOR DE 1852
Por DAVID PEÑA
Profesor en las Universidades de Buenos Aires y La Plata
Por el asedio y otras causas, la rueda de argentinos residentes en Montevideo se achicó de pronto hacia 1851, aumentando, en cambio, las que existían en Santiago, Valparaíso y Copiapó. Otros pasaron al Perú, otros a Bolivia y otros al Brasil. Esta incorporación ahondó la divergencia que ya existía en Chile entre los primeros acerca de las cuestiones internas de la República Argentina y sus problemas exteriores. Algunos de los recién llegados se inclinaron al grupo que tenía su sede en Valparaíso y otros al Club que comenzaba a funcionar en Santiago.
Sarmiento y Alberdi eran los representantes de éstas como tendencias antagónicas que estaban latentes en todos los espíritus, manifestadas en los vagos anhelos, en las observaciones críticas, en las conversaciones de las ruedas familiares de las tardes y las noches. Los sucesos y los hombres de la patria se apreciaban de diverso modo, como también se discrepaba al considerar los planes referentes al futuro.
Cuando Sarmiento y Mitre abandonaron el hospitalario Chile, ya quedaban divididos los ánimos, mucho antes de Caseros.
Sarmiento y Mitre, acompañados de Aquino y de Paunero, embarcáronse en Valparaíso, con rumbo a Montevideo, a donde llegaron el 2 de Noviembre de 1851. De allí escribe Sarmiento a don Manuel Montt esta fatua confidencia: “Todos presienten que hay un rol que me está reservado, y mi llegada parece que llena una necesidad”.
Tal ufanía sería explicable tratándose del escritor, pero no del político, y menos del organizador. Bien conocidos eran los méritos de la pluma de Sarmiento como incansable denostador de la tiranía y anheloso propagandista del régimen de libertad, para que no se le estimulase con el augurio de que el general Urquiza sabría apreciar debidamente sus talentos y utilizar su pluma; pero no suplían sus tentativas en el papel para acreditarle capacidad de mando, en una campaña que llevaba consumidas existencias valiosas y el patrimonio de dos generaciones. A él le bastaba, sin embargo, que el hermano de Lavalle le hubiera regalado las espuelas que usara el general, o que el ministro Batlle se desprendiera de su espada, en su obsequio, para sentirse animado de aquel superior aliento que transportaba heroísmo a la adarga de Don Quijote. Puso en agitación a medio Chile con su proyecto de penetrar a su país por la región andina al frente de una expedición, y, al salir con Paunero, Aquino y Mitre... sólo obtuvo el acompañamiento de tres peones que andaban sin trabajo. Mas ¿qué importa? Habían sido soldados del Ejército de los Andes, desde luego sargentos, y nada más fácil que del Regimiento de Granaderos a caballo. A poco, uno de ellos, su asistente, se deja seducir por un bombero de Pacheco y, entre libación y libación, le entrega el paquete de papeles y el “Diario de Campaña” de su jefe el escritor.
Sarmiento trasladóse a Gualeguaychú, acompañado de Aquino, donde el general Urquiza preparaba su ejército desde su cuartel general. La entrevista debió ser interesante. Sarmiento vestía un flamante traje de teniente coronel, grado que él se concediera ante sí y por sí. Urquiza lo reconoció y mantuvo en ese grado, con su poco de apego por el extraño personaje que pusiera su pluma poderosa al servicio de la campaña contra Rosas y también de su persona. Conocía todos los artículos laudatorios del eminente escritor de “La Crónica”, “La Tribuna” y “Sud América”, como de años atrás las páginas de “Facundo”; pero también sabía que Sarmiento constituía una fuerza incierta, un punto de apoyo de insegura resistencia, un aliado intermitente. Debióle bastar un simple golpe de ojo al Favio criollo para averiguar la psiquis de aquel raro compatriota que hablaba a destajo de las eminencias europeas y barajaba los ejemplos de la América del Norte, entre el ludir de las caballadas y el hervor del campamento, semejante a colmena. De aquella conversación en la carpa no resultó Sarmiento jefe del Estado Mayor sino encargado de redactar el “Boletín” del ejército. Munido de fondos, regresó a Montevideo a organizar su imprenta ambulatoria.
Paunero y Mitre lo esperaban allí. Con ellos se embarcó en uno de los buques de la escuadra brasileña que debían proteger el pasaje del ejército, soportando en el Paso del Tonelero el fuego de las baterías enemigas al mando de Mansilla, amigo después de ellos. Al siguiente día llegaron al Diamante, donde ya había empezado el ejército de Urquiza el pasaje histórico. Mientras Mitre y Paunero ocupan los puestos que se les tenía ofrecidos, Sarmiento prepara los enseres de la imprenta militar. Una vez la columna en marcha, Sarmiento se adelantó hacia el Rosario sin la correspondiente autorización del general en jefe, a recibir las anticipadas ovaciones de aquella modesta villa que se acababa de declarar por la revolución[1].
Fué allí mismo y a los breves días, que aconteció el suceso desgraciado y alarmante de la sublevación del regimiento de Aquino y el asesinato de este jefe por sus propios soldados. Mitre atravesaba esa noche el campo para ir a visitarlo en su carpa, y distraído en la conversación con quien lo acompañaba, se separó del camino. Si llega antes, asiste a la tragedia. En homenaje a la amistad y a su empeñosa solicitud, Urquiza recomendó de todos modos la aprehensión de los soldados fugitivos, prometiéndole que sería inexorable con los asesinos del valeroso jefe.
Caseros se produce. Sarmiento no tiene ningún papel militar, pero asiste a la batalla. Mitre comanda unas piezas de artillería frente a frente de su ínclito ex jefe el coronel Martiniano Chilavert, el antiguo unitario pasado recientemente a las fuerzas de Rosas después de sus lucidos servicios a la causa opuesta.
La batalla de Monte Caseros ha sido juzgada con distinto criterio como hecho de armas, pero del punto de vista de su acción política y moral, es una batalla grande, de las más grandes después de las de la Independencia, como que allí fué, por fin, aventada la omnímoda tiranía que desde 1829 resistiera todos los embates y cruzadas.
En los preliminares de esta acción, preocupaba a Urquiza la averiguación del jefe a quien Rosas entregaría la dirección del combate, como que de su elección dependería, en mucho, el éxito, dando siempre sus ojos, al repasar la lista, con el nombre del general Pacheco. Díaz, Chilavert, Lagos, no detenían su atención. Era Pacheco. Era Pacheco. Entonces urdió una supuesta correspondencia con él, de anterior data, y escribióle cartas como si fueran la continuación de aquélla, cartas que confiaba a chasques con instrucción respecto del camino que debían de tomar, el mismo por donde estaban apostados los centinelas de Rosas. Apresados los citados mensajeros, eran llevados ante el Restaurador con el cuerpo del delito.
Contábale yo este episodio al general don Benjamín Victorica hace muy pocos años y, al oirme, él completó la narración de esta manera: “Como se acercara el momento de la batalla y el gobernador (Rosas) no le hubiera designado al general Pacheco su papel en ella, y en cambio Manuelita había tenido ya actos de preferencia y de obsequiosidad para con Lagos, el general Pacheco resolvió entrevistarse con el general Rosas, buscándolo donde se hallara. Rosas consintió en recibirlo en las proximidades de Caseros, en un edificio que antes sirviera de panadería. Yo me quedé a la espera del general Pacheco, de quien era ayudante. Cuando salió, vi su fisonomía descompuesta.—“Ciertamente el gobernador debe de estar loco”, fué lo único que me dijo. Nos alejamos en nuestros caballos hasta una casa semi abandonada, seguidos de los soldados que formaban su guardia. Penetramos a una de las piezas, y como era ya de noche, preparamos nuestros recados como camas y, acostados uno cerca del otro, encendimos nuestros cigarros mientras nos venía el sueño.
De pronto vi una sombra pegada a la ventana cerca de la cual yo estaba, y oí mi nombre pronunciado apenas. Me levanté al instante y acudí al llamado. Un hombre embozado hasta los ojos díjome que un amigo, que no puedo nombrar a usted, me prevenía no dormir esa noche cerca del general Pacheco. El misterioso mensajero desapareció en seguida.
Yo dí aviso al general del peligro que lo amenazaba, y él dispuso entonces volver a ensillar los caballos y separarse de aquel sitio. Lentamente proseguimos en dirección a sus campos. El general Pacheco, terminaba el doctor Victorica, no asistió en efecto a la batalla. Al otro día tuvimos noticias del resultado de ella, muy distantes del lugar en que se había realizado”.[2]
Vencedor Urquiza, estableció su residencia en Palermo. Los primeros días, sofocados los asaltos de la canalla y los robos de delincuentes y soldados, debieron ser de regocijo indescriptible para los que volvían a ver las calles de Buenos Aires después de una proscripción forzosa o voluntaria de más de cuatro lustros.
¡Buenos Aires! Los de menor alejamiento eran los que salieron jóvenes a la época que iniciara Alberdi la égida en 1838. Mitre no conocía propiamente la ciudad soñada, pues trasladado a Patagones el mismo año de su nacimiento, de allí pasó a la estancia del hermano de Rosas, y de esa estancia a Montevideo. Así se explica que en los días inmediatos a Caseros aquellos hombres jóvenes se pasaran recorriendo los lugares históricos con un fervor intenso y un tanto melancólico, porque se sentían como extraños en el hogar común[3].
Vencedor Urquiza, decía, estableció su residencia en Palermo. Allí le presentaron parte de los desertores asesinos de Aquino, los que fueron en seguida fusilados. También lo fué Chilavert, a causa (a estar al ayudante Elías) de su arrogante manifestación hecha con el objeto de que lo supiera Urquiza, que para él Rosas representaba la causa de la nacionalidad; y que, lejos de arrepentirse de su reciente renegación, la volvería a cometer una y cien veces. Saldías, pariente de Chilavert, ha rodeado de comentarios dramáticos este final del talentoso artillero para hacerlo caer como un héroe de leyenda; y otros historiógrafos han difundido el dato de que Mitre le vituperó con energía la acción al mismo vencedor. Si a renglón seguido se recuerda que el rasgo fisonómico de Urquiza que nos han grabado a fuego los mismos narradores, transformaban a aquel hombre en tigre, con sus ojos verdes, brillantes por la cólera, y sus pómulos movidos por el temblor del odio, no sabemos cuando tienen razón: si cuando trazan la figura de Urquiza en actitud de oir, sumiso, la reprimenda del comandante Mitre, o cuando lo muestran poseído de la crueldad de las fieras.
Urquiza no se entrega a las delicias de Capua. Urgido por el cumplimiento de sus promesas hechas a la faz de América y del mundo, va derecho a la solución de los problemas que preocuparan a los hombres de Mayo y que quedaron interrumpidos en el último ensayo del año 26, brillando un día en la mentalidad de Facundo:—la organización nacional.
Echa el vistazo en derredor y percibe de inmediato el espíritu unitario en conciliábulo extraño, resto de aquel rezongo de los que detuvieron el paso de Dante en el Infierno.
Urquiza protege la ciudad; Urquiza declara y demuestra no querer intervenir en un solo acto relativo al manejo interior de Buenos Aires; Urquiza comparte su victoria y su gloria con todos los generales del ejército aliado acordándose del propio jubiloso modo de los orientales como de los correntinos, de los brasileños como de los entrerrianos. Impide que se inmiscuya el ejército en los preliminares del acto electoral que después de veinte años va a llevarse a cabo, a fin de que haya una legislatura libre. Todo lo espera del patriotismo como el suyo. No hay vencedores ni vencidos, vuelve a decir, como en Montevideo. Olvídese el pasado. No hay otro enemigo que el que yace derrocado, camino de la proscripción. ¿A qué perseguir ese enemigo? No se pesquisará a nadie, pues, porque todos los argentinos hacen falta al fin inmediato y perentorio de reconstruir el edificio desde sus propios cimientos. Mientras llega el momento de ensayar el ejercicio de las nuevas instituciones y de dar al país su ley fundamental, por medio de un congreso general, ocupe el gobierno de la provincia de Buenos Aires el varón más anciano y también el más ilustre, el que desempeñara accidentalmente el cargo de presidente al renunciar Rivadavia, el autor de la Canción Nacional de 1813.
Todo esto por el lado inmediato y con relación a Buenos Aires. Del Arroyo del Medio para allá, ¿qué hacer con las provincias? ¿Qué hacer con las gobernaciones? Si se las desatiende o desconoce y con más razón si se les humilla o ataca, volveráse a la guerra civil del año 20 como pensaba Sarmiento el año 92. Se plantearán las luchas de Buenos Aires contra López, Ramírez y Bustos. No. No se ha destruído una tiranía de 20 años para empujar al país reconquistado, hacia una anarquía innecesaria. Esos gobiernos de provincia representan “intereses creados”. Hay que acordarles intervención en la obra común de la organización política, porque son partes del todo, ramas de un mismo árbol, miembros de la familia que vuelve a estar reunida. A fin de inspirarles confianza, comenzando por las clases obscuras, en cuyo seno está el hogar gaucho y en él la materia de que se ha de hacer el pueblo, ofrézcase un hecho material visible que sirva de promesa y de vínculo ideal, tardío y complicado si ha de traducirse en palabras; simple y claro si el signo entra por los ojos. Y Urquiza propone, como en el ejército, el uso de una cinta colorada como prenda de conformidad en la iniciación del nuevo credo republicano argentino.
Lo grave de la decisión estuvo en el color elegido, y acaso únicamente en el color, pues el uso de cintas como distintivos políticos se pierde en los siglos. Como primer antecedente argentino figuran las escarapelas repartidas por Beruti y French a los patriotas de 1810. Pero Urquiza necesitaba apoyarse en los mismos servidores de Rosas, y en el color residía el secreto. Claro es que si la cinta colorada le aportaba el concurso de los federales, despertaba la desconfianza o engendraba la “fobia” en los unitarios. ¿Adónde habría ido a parar la inspiración de Sarmiento, provocada por el color colorado, si Urquiza elige el azul? Pero todo el mundo sabe que en la época de Rosas no existía este color en Buenos Aires.
La cinta colorada o cintillo—después de ser aceptado—fué el pretexto para el repudio y el encono, atribuyendo al vencedor el propósito oculto de substituir la tiranía de Rosas por la propia. Pero se escondió en los revueltos pechos la causa verdadera que era el afán de reemplazarlo en la tarea de la organización de la República. ¿Y quiénes hubieran realizado esa organización? ¿Los unitarios que dirigieron sin acierto la campaña militar que dió el triunfo completo al general Oribe? ¿Los unitarios civiles que, dispersos de Montevideo a Chile y del Brasil a Bolivia no habían podido juntar los medios eficaces de derrocar a Rosas desde 1835 a 1852, cayendo en el error de creer que si la pluma bastó para engendrar el desprestigio de un déspota, pudo también unir pueblos desarticulados por el odio y trabajados por la desconfianza? ¿Cuál era el hombre capaz de ocupar la posición de Urquiza, por valimientos propios, considerando valimientos para las funciones de gobierno desde el factor de la riqueza material, que afianza la independencia de la conducta y facilita la ayuda a los demás, hasta el claro conocimiento de las necesidades de todo el territorio a gobernar, y desde el talento de clasificar y medir hombres e intenciones, hasta las galas del valor físico, necesario a demostrar en todo la superioridad señalada por el medio?
Urquiza celebra conferencias con los hombres distinguidos que concurren a Palermo, jóvenes o viejos, provincianos o porteños, militares o civiles.
Tenía del gaucho de la tierra el astuto disimulo y una sin igual penetración para distinguir el valer positivo del mérito ocasional. Mezcla y lucha de claridad interior y de vacilación externa, concebía el problema sin poseer los medios mentales para resolverlo, como que su instrucción sólo le permitía la resultante pero no los términos. Era clara su visión y podía, con mano firme, realizar el trazo; pero, faltábale la línea y el color.
Muy conocedor de hombres, prefería siempre oírlos. Su silencio era en él una facultad equivalente a la función de asimilación de cuanto convenía a su espíritu. Escaso de dulzura para atraerlos por los recursos ondulantes, hoy tan esparcidos en política, elegía el camino más corto para que lo entendieran.
Entre las variantes de los caudillos argentinos, carecía de la generosidad de Facundo, del donaire de Ramírez, de la mansedumbre de Benavídez, de la implacable y fría exterioridad de Rosas, de la hipocresía de López. Su gran pasión fué poseer tierras. No hubo señor feudal más rico en campos. La más enorme de sus satisfacciones era dominar el horizonte de una altura y descubrir con sus ojos los límites infinitos de sus posesiones para no hallarles término.
Sarmiento no mereció de parte del general Urquiza la distinción del intercambio de ideas políticas, por lo que resolvió de pronto pedir licencia para trasladarse a Río Janeiro y de allí volver a Chile. ¿Qué había acontecido? Hasta tanto lleguemos a la explicación cierta de tan repentino alejamiento, digamos que su amor propio comenzó a sufrir desde la travesía del ejército donde sólo se le distinguía con el mote de “El Boletinero”.
¿No supo mantener, o en aquel ambiente complejo no le quisieron acordar, la autoridad moral a que era acreedor por sus antecedentes intelectuales, y antes de un rompimiento, prefirió la deserción voluntaria? Más adelante se verá el fundamento de esta duda.
Sarmiento se detiene en Río, con efecto, y allí es recibido con afabilidad por el joven emperador del Brasil don Pedro de Alcántara, muy capacitado para el conocimiento de los hombres y sucesos del Plata por su inclinación a la información oral y a la lectura.
“El emperador, dice Sarmiento en carta a Mitre,—joven de veintiséis años (Sarmiento tiene 41) estudioso, y dotado de cualidades de espíritu y de corazón que lo harían un hombre distinguido en cualquier posición de la vida, se ha entregado con pasión al estudio de nuestros poetas, publicistas, escritores sobre costumbres y caracteres nacionales. Echeverría, Mármol, Alberdi, Gutiérrez, Alsina, etc., etc. son nombres familiares a su oído, y por lo que a mí respecta, habíame introducido favorablemente “Civilización y Barbarie”, hace tiempo, con la primera edición, habiéndose procurado después “Sud América” “Argirópolis”, “Educación Popular”, etc.[4].
Hasta el momento actual nada ha podido ocurrir que baste a alterar los vínculos de compañerismo y amistad entre Sarmiento, Alberdi y Mitre. Sarmiento ha tenido, es cierto, dos encuentros periodísticos con Alberdi, explicables por las modalidades de temperamento, antes que por disconformidad de ideas, a propósito de la tesis de Alberdi para graduarse en Chile, la primera vez, y otra “sobre lo que era “honesto y permitido” en un extranjero en América”. Se han escrito con asiduidad y recíprocamente se han auxiliado con nobleza. Es al volver Sarmiento a Chile que procura embarcar a Alberdi en sus prejuicios y enconos contra Urquiza, trayéndole la pasión de sus enojos; pero Alberdi se gobierna a sí mismo y opone su tranquila fe en la obra imperecedera y en las cualidades del obrero.
Esta fe la ha demostrado Alberdi escribiendo casi improvisadamente un libro que constituye la colaboración más trascendental a la obra realizada y a realizar por el general Urquiza, a quien se lo envía con la siguiente carta:
A S. E. el Señor General
Don Justo José de Urquiza
Valparaíso, Mayo 30 de 1852.
Señor General:
Los argentinos de todas partes, aun los más humildes y desconocidos, somos deudores a V. E. del homenaje de nuestra perpetua gratitud por la heroicidad sin ejemplo con que ha sabido restablecer la libertad de la patria, anonadada por tantos años. En cortos meses ha realizado V. E. lo que en muchos años han intentado en vano los primeros poderes de Europa, y un partido poderoso de la República Argentina. Quien tal prodigio ha conseguido ¿por qué no sería capaz de darnos otro resultado, igualmente portentoso, que en vano persigue hace cuarenta años nuestro país? Abrigo la persuasión de que la inmensa gloria—esa gloria que a nadie pertenece hasta aquí—de dar una Constitución duradera a la República, está reservada a la estrella feliz que guía los pasos de V. E. Con este convencimiento he consagrado muchas noches a la redacción del libro sobre “Bases” de organización política para nuestro país, libro que tengo el honor de someter al excelente buen sentido de V. E. En él no hay nada mío sino el trabajo de expresar débilmente lo que pertenece al buen sentido general de esta época y a la experiencia de nuestra patria. Deseo ver unida la gloria de V. E. a la obra de la Constitución del país; mas, para que ambas se apoyen mutuamente, es menester que la Constitución repose sobre bases poderosas. Los grandes edificios de la antigüedad no llegan a nuestros días sino porque están cimentados sobre granito; pero la historia, señor, los precedentes del país, los hechos normales, son la roca granítica en que descansan las constituciones duraderas. Todo mi libro está reducido a la demostración de esto, con la aplicación a la República Argentina. Espero que encuentre en la indulgencia de V. E. la acogida que merecen las buenas intenciones, y que admitirá con igual bondad V. E. la seguridad de mi gratitud, como ciudadano argentino, y del respeto profundo con que tengo el honor de suscribirme de V. E. atento servidor.
Juan B. Alberdi.
El general Urquiza se apresura a contestar esta carta en la siguiente forma:
“Al señor Doctor
D. Juan B. Alberdi
Valparaíso.
Palermo (Buenos Aires), Julio 22 de 1852.
Apreciable compatriota:
La carta que con fecha 30 de Mayo me ha dirigido usted, adjuntándome un ejemplar de su libro “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina”, ha confirmado en mí el juicio que sobre su distinguida capacidad, y muy especialmente sobre su patriotismo, había formado de antemano.
Me es muy lisonjero encontrar en la generalidad de los argentinos el deseo y la firme resolución de contribuir a que nuestra querida patria se constituya al fin un sistema de leyes digno de sus antecedentes de gloria y capaz de conducirla al grado de prosperidad que le corresponde.
Conociendo bien esos sentimientos de los argentinos, contando con ellos y con sus decididos esfuerzos, me he puesto al frente de la grande obra de constituir la República. Tengo fe de que esta obra será llevada a cabo.
Su bien pensado libro, es, a mi juicio, un medio de cooperación importantísimo. No puede ser escrito ni publicado en mejor oportunidad.
Por mi parte, lo acepto como un homenaje digno de la patria y de un buen argentino.
La gloria de constituir la República debe ser de todos y para todos. Yo tendré siempre en mucho la de haber comprendido bien el pensamiento de mis conciudadanos y contribuido a su realización.
A su ilustrado criterio no se ocultará que en esta empresa deben encontrarse grandes obstáculos. Algunos, en efecto, se me han presentado ya; pero el interés de la patria se sobrepone a todos. Después de haber vencido una tiranía poderosa, todos los demás me parecen menores.
¡Que la República Argentina sea grande y feliz, y mis más ardientes votos quedarán satisfechos!
Usted hallará siempre en mí un apreciador de sus talentos y de su patriotismo y en tal concepto los sentimientos sinceros de un afectuoso compatriota y amigo.—Justo José de Urquiza.”
La aparición de las “Bases” fué saludada con entusiasmo dentro y fuera del lugar en que su autor residiera. En Chile puede apreciarse esa impresión con sólo saber que el Club Constitucional Argentino que presidía don Gregorio Gómez, resolvió un acuerdo que significó un homenaje cívico en favor de la personalidad de Alberdi.
Sarmiento, por su parte, deja estampado así su juicio acerca de “Las Bases”.
“Yungay, Septiembre 16 de 1852.
Mi querido Alberdi:
Su Constitución es un monumento: es usted el legislador del buen sentido bajo las formas de la ciencia.
Su Constitución es nuestra bandera, nuestro símbolo. Así lo toma hoy la República Argentina. Yo creo que su libro “Bases” va a ejercer un efecto benéfico.
Es posible que su Constitución sea adoptada; es posible que sea alterada, truncada; pero los pueblos, por lo suprimido o alterado, verán el espíritu que dirige las supresiones: su libro, pues, va a ser el Decálogo Argentino: la bandera de todos los hombres de corazón.—Domingo F. Sarmiento.”
Desde ese instante los hombres que rodeaban al general Urquiza tuvieron su brújula segura para orientar el barco que acababan de tripular. Mas las opiniones del grupo unitario persistían en su afán de no despegarse del terreno, entendiendo que era a ellos a quienes les correspondía por derecho propio la tarea de organizar la República.
Para medir entretanto en su tamaño real la obra que acababa de realizar el general Urquiza, conviene echar una mirada retrospectiva hacia el Buenos Aires que Rosas había gobernado y las maneras que usó.
Rosas había comenzado por dividir la sociedad en dos partes: lo físico y lo moral. Lo moral era el elemento ilustrado de la ciudad, que tuvo a Rivadavia por representante y cuyo fracaso estaba fresco. Lo físico era la campaña, el elemento inculto, que él representaba y para el cual reivindicaba el ensayo del gobierno. Para identificarse a él, decía, había llegado al sacrificio: a abandonar las comodidades y las seguridades del poblado y a hacer abandono absoluto de su provecho personal.
Había vivido en contacto íntimo con la masa, en el desierto, con el paisano paria. Ahora probaría el manejo de la cosa pública con esa fuerza incomprendida y se vería que el éxito estaba de su lado; que eran estos hombres repudiados los que tenían de su parte el buen sentido, el patriotismo y la honradez[5].
Después del último ensayo constitucional—27 años atrás—el espíritu público de Buenos Aires había caído en la atonía a que contribuye y arrastra en conspiración la lentitud del tiempo, sometiéndose a la pasibilidad fatalista de todo pueblo inculto, hecho al manejo del héroe, cacique o César. Faltaba en su seno el ejercicio, aún primario, de toda libertad democrática. La reunión pública no existía. No se conocía el debate de la prensa ni de la Sala de Representantes. El ambiente de claustro universitario había desaparecido. La rueda social enrarecida, no daba asidero ni siquiera al comentario, porque el espionaje de la servidumbre se encargaba de transportarlo en delación de los oídos de doña Encarnación Ezcurra, y, después de ella, a los de cualquiera de los directores de la Mazorca. Rosas hacía un gobierno de información plebeya y poseía en sus manos los hilos de todas las familias, como los tenía el virrey y el obispo en la época de la colonia. No había suceso de carácter policial que no pasara su vista para su resolución. La vida de Buenos Aires estaba contenida en los prontuarios o carpetas que a diario se elevaban a su conocimiento, arriba de las cuales, en dos líneas, debajo de su extracto, iba la pena, escrita de su puño. Era el gobierno de la menudencia íntima, pero a cuya virtud él debía el dominio de cada cuestión, de cada hogar, de cada ser, y por tanto, de la sociedad entera.
Los asuntos de mayor volumen, relacionados a los intereses, civiles o comerciales o a las grandes faltas o crímenes, pasaban, con mayor razón, a su conocimiento inmediato y en escrupulosa preferencia. Entonces se entendía con los jueces directamente, sin cortapisas ni escrúpulos, echando mano siempre de un recurso en el que era artista supremo. La anécdota de su entrevista con el doctor don Vicente López es así tan sugerente y de tan provechosa enseñanza psicológica que vale por una demostración.
Otro recurso de que Rosas usaba para su dominación, era el dinero. Las almas angustiadas, apuradas todas las soluciones, iban en última instancia, a él; y hecha la confesión del desastre y la sentida promesa de la gratitud eterna, venía el préstamo en fácil y abundante forma. Rosas era el hidalgo prestamista que sólo pedía la adhesión como interés, y esta franca munificencia, secreto de todo caudillismo, era más abierta y espontánea con aquellos individuos de quienes él se prometía un favor político o militar. Banco de descuentos, de provisión o ayudas, formábase en su torno el halo del hombre providencia, tanto más general y esparcido cuanto mayor era su tacto para manejarse con los favorecidos. Estos tratos eran siempre directos y reservados. Manuelita intervenía para los de otra laya: la súplica ante “tatita” para indultos, conmutaciones, gracias. Este espíritu detallista y administrador regía en sus relaciones con los gobernadores y sus emisarios, aunque éstos fueran chasques. Rosas presidía personalmente desde el suministro de armas o ropas para el ejército, hasta el de una pieza de lienzo para el gaucho portador de cartas.
Dipútanse el desempeño de comisiones ante él desde los confines de la República, los más infelices paisanos, porque la “menta” de su generosidad se había extendido hasta ellos. Quien, había traído un caballo regalado; quien, un poncho, quien, un traje. Los gobernadores que gozaban de la amistad de Rosas tenían franquicias comerciales para sus Estados, soluciones para los intercambios de sus productos, para los problemas de su moneda o para los pasajes de sus haciendas. Y cuando esos gobernadores venían a su sede, eran proverbiales los agasajos de toda la sociedad de Buenos Aires, amén de sus favorables concesiones. A Quiroga le decreta honores que recorren la gama del placer, desde el caballo a la bacanal degastadora y crapulosa. A López, banquetes y vacas; a Ibarra plata y armas.
En los asuntos arduos obtiene el medio de saber, valiéndose de una estratagema. Cuando se presenta una cuestión internacional o simplemente de derecho administrativo o de gobierno, complicada o difícil, manda llamar a su despacho o a su casa al doctor Lorenzo Torres, explica el caso y le pide su juicio. Horas más tarde usa el mismo procedimiento para con el doctor Dalmacio Vélez; y por el mismo repetía la consulta con don Pedro de Angelis o don Tomás de Anchorena. Preparado de este modo, reunía todo el cónclave y a cada uno presenta la cuestión con la argumentación tomada del contrario, resultando que a su modo repite el papel de Napoleón en la discusión del Código.
Tiene la pluma fácil: es de su agrado el escribir. Escribe sobre todo: desde la carta política a Ibarra, glosando el versículo de la Biblia de “quien no está conmigo está en contra de mí” al billetito penetrante y avisor, como el mandado a doña Inés Dorrego. ¡Todo un espécimen! Dos son sus grandes amanuenses de confianza: Reyes, cuya letra llega a confundirse con la de él, y don Pedro de Angelis, que lo interpreta a maravilla.
Un otro factor de verdadera confianza y como complemento de su personalidad: la casa que habita.
Cualquiera podría creer que quien vivía en esa penumbra era un misántropo, un enfermo, un melancólico a lo Francia, Felipe II o Luis XI. No, por cierto. Rosas es una expresión casi permanente de buen humor, entremezclado con una cantidad de inconsciencia manifiesta, que lo acerca al terrible filósofo siempre optimista y cínico hechura de Luzbel. Ordena un fusilamiento o un degüello y en seguida está apto para urdir una broma. Tras de un asesinato, del de Maza, por ejemplo, puede reir si se le ocurre hacer llamar por medio de Corvalán al señor Obligado, que ese día ha tomado purga. Como a Alejandro VI, un espectáculo de muerte puede abrirle el apetito. Ahora, pasemos al Rosas de la proscripción. Es charlador, sociable, cultor de damas, y borrajeador incansable de cuartillas. Fabrica él mismo adobes; anda a caballo todo el día, luego se pone a escribir un libro de medicina. Llama a su criada con cencerro; se hace dar friegas en las piernas; no le agradan las visitas de americanos. Tal su régimen por años. ¿Tuvo una hora de honda meditación en las soledades de Southampton? ¿Sintió una sola vez, una siquiera, el estremecimiento de ese dolor que remuerde por no haber hecho a su patria y a sus compatriotas todo el bien que pudo y que deja escapar por entre las palmas de las manos? Por lo menos en el instante final, en esa última palpitación del cerebro y del corazón, de la memoria y de las fibras, al despedirse del cuadro lleno de luz ante su vista interior, ¿lo sacudió una angustia, un recuerdo hondo, un arrepentimiento de los que acaso bastan a la purificación en el dintel de la Eternidad? Ni uno solo. Su hija nos habla de la agonía y de la muerte serena de su padre, como un historiador nos hablaría de la agonía y muerte de un justo. ¡Conciencia humana! ¿Qué eres?
Pero, volvamos a tomar los hilos de nuestro discurso o sea lo que importa a las tres vidas paralelas, materia de estos capítulos.
Al regresar Sarmiento a Chile con el ánimo enconado contra el general Urquiza por el único delito de que Urquiza no le consultara sobre el plan de Caseros, primero, y luego sobre el mejor modo de organizar el país, dióse a glosar los 26 Boletines de la Campaña del Ejército Libertador de que había estado encargado, intercalando entre ellos comentarios despectivos contra la persona del general vencedor. Al dar a luz este trabajo, determinó dedicárselo a Alberdi.
Según un pasaje de esta dedicatoria parecería que Alberdi hubiera suscitado la polémica en “El Diario” de Valparaíso; pero el aludido rechaza categóricamente la alusión.
La dedicatoria está llena de velados cargos y otros bien directos contra Alberdi, desde la inculpación de su posición semioficial, hasta la de creerlo interesado en lanzar a Sarmiento a la anticipada publicación de su “Campaña”, que él reservaba para muchos años después. Desde su ignorancia de los hechos, que Sarmiento en cambio acaba de ver envueltos en sangre, hasta el recuerdo de su deserción de Montevideo, al acercarse a Oribe.
La censura, pues, a Urquiza comienza con una página adversa a su amigo, a quien llama “Mi querido Alberdi”.
La “Campaña en el Ejército Grande” se inicia con la Introducción, que es otro golpe indirecto a Alberdi, y entra luego, como diario de un viaje, a referir impresiones de los distintos puntos y accidentes por que ha tenido que pasar, desde su salida de Chile hasta la “fuga” de Buenos Aires, después de Caseros.
En forma amena, pero falta de cohesión, va dejando escapar sus sentimientos y reflexiones sobre los hombres y los sucesos que le salen al encuentro, destacando siempre de la interesante narración su figura en primer término.
Sin constituir una crónica de hechos, ni menos un estudio de caracteres, esta producción de Sarmiento, tan rica de matices, puede ser considerada como un auxiliar para la historia de la época o del acontecimiento que comprende, si bien debe cuidarse quien la utilice, del espíritu preconcebido que la mueve. Bajo la pasión demoledora de estas páginas, no obstante, asoma aquí y allá un afecto, un rasgo de admiración, un verdadero aplauso a tal o cual figura determinada, todo ello mezclado con lo anterior, como tintas claras y obscuras, manejadas a un tiempo en un mismo estado de ánimo por un firme pincel. No se ajusta el autor a ningún género dado, como que la soltura sigue siendo su característica; quiero decir que, junto a la descripción de un paisaje, vése un estudio de paralelo; y al lado de una reflexión filosófica, que dá a la oración un corte de discurso moral, interrumpe un diálogo y con éste una narración pintoresca y con ella un apóstrofe y en seguida un retrato y por último una epístola.
De estas páginas, que causan el efecto de hojas diseminadas, Sarmiento lo va diciendo todo muy aprisa, con el único cuidado de no posponer al protagonista ni un instante. Y por ese propio apuro, el protagonista moral y material, nos resulta un extraño ser, un ser inexplicable. De pronto un hombre que tiene miedo a un perro y, al lado, un valeroso crítico del general en jefe, compitiendo con él en volumen político y social, como por ejemplo al adelantarse al Rosario, o al recibir las primeras salutaciones de Palermo. Unas veces el servidor medroso que espera del ayudante una palabra tranquilizadora de parte del superior; otras, el violento discutidor que a voz en cuello censura al padre ante su hijo. De pronto, vestido de pequeño mariscal francés, con plumas en el sombrero, depositando a gritos palabras peligrosas en el oído de las gentes que le salen al paso. Más tarde, sometiéndose a las menores indicaciones del general, con una disciplina rayana en servilismo.
A las impresiones relacionadas con lo que Sarmiento llama su Campaña, están unidos sus juicios referentes a los sucesos que siguieron a la batalla, en la cual, desde luego, no desempeña ningún papel.
“Mi papel de “boletinero” me exoneraba de toda obligación militar con mis jefes, por lo que, así que hubimos de rompernos los cuernos, dejé al general Virasoro con sus edecanes y sus caballos blancos, yo que no andaba muy bien montado, y busqué el batallón oriental que mandaba el coronel Lezica y me coloqué donde no estorbase, con mi ayudante, el capitán Dillon y uno de mis asistentes, pero en lugar bien aparente, precaviéndome contra ciertas bromas que estaba seguro se harían valer contra mí,—el militar con guantes y con levita,—si podían decir que me había perdido.”
En balde será el empeño de hallar en esta producción de Sarmiento las pruebas que justifiquen sus acerbas manifestaciones contra el general Urquiza, a quien llega a examinar hasta en su faz doméstica. Del relato mismo se desprende que éste y todos los jefes que lo acompañan, sólo tuvieron consideración y afecto para con el instable compañero.
“Enrolándome, dice Sarmiento, en el Ejército, tuve ocasión de conocer de cerca el personal de guerra de nuestro país, los jefes más acreditados, los medios de acción y cuanto interesa al publicista, al historiador, al viajero, y al político argentino. Merecí de todos, distinción y aprecio, y reconocí las virtudes, patriotismo, capacidades, y talentos de los hombres que han de figurar más tarde. Déboles a todos los jefes y oficiales el más profundo agradecimiento. Fuí siempre atendido por los coroneles Urdinarrain, Palavecino, Basabilvaso y otros de Entre Ríos; considerado por Virasoro y Galán: y sólo con el coronel Pirán tuve reyertas en que nos decíamos ambos las impertinencias de más grueso calibre.”
En lo que se relaciona con el general Urquiza, Sarmiento nos dice que en cierta ocasión le dió mil explicaciones, lo llamó su amigo y se estrecharon varias veces la mano. Hay pasajes en que su devoción por el general Urquiza pasa por entre sus enconos, como la luz por entre los celajes, y en que llega a aplaudir terribles hechos de sangre, tal como en la escena en que traen a la presencia del general vencedor al jefe rosista Santa Coloma, que Urquiza manda degollar por la nuca en castigo de sus víctimas, inmoladas en la misma forma.
Viaja el monorritmo de la cinta colorada por entre las páginas de la “Campaña” como una obsesión formada e impuesta a los fines de disculpar tanto agravio férvido en la pluma del autor. Pero si hay momentos en que el tema puede ser oído con alarma, descúbrese en seguida que es uno de los “sistemas” a que obedece la modalidad literaria de Sarmiento, y de la que no se aparta a pesar de consejos tan sanos y autorizados como los que ya le había dado don Valentín Alsina.
Tal es la síntesis de la “Campaña en el Ejército Grande”. La imparcialidad del lector crítico no puede atenuar el egotismo y la imprecación hiriente que constituyen su esencia, porque el limo que sus aguas dejan, fecundiza la figura del vencedor de Caseros, dando un resultado contraproducente acerca de la tolerancia de su alma, frente a la ingratitud que lo combate.
Alberdi no considera el ataque de este punto de vista, sino del que le es directo. Mas, lejos de contestarlo en el tono de la réplica, volviéndola también reducida y personal, saca partido doctrinario del asunto y lo eleva a la altura de un estudio, generalizándolo y legándolo como enseñanza.
Retirado en Quillota, dedicó cuatro cartas a su adversario que aparecen fechadas tres en el mes de enero y otra en febrero desde Valparaíso.
Explica en la primera que no hubiera leído, por escasez de tiempo, la “Campaña”, cualquiera sea su mérito, a no verse obligado a ello por la dedicatoria, lo que a su vez lo determina a analizar y contestar todo el trabajo. Advierte que nada tendrá que hacer con la persona del contendor, quien sólo le merecerá una crítica alta, digna y respetuosa, y que su propósito capital es estudiarlo en sus escritos. Y al entrar en materia, comienza por establecer cuán distinta tiene que resultar la prensa, desde la caída de Rosas, si ha de intentar llegar a la eficacia de sus fines políticos. Tras del dibujo del licenciado de la vieja prensa, insubordinado a toda regla o disciplina, agitador de poblaciones y de improvisada preparación, especie de gaucho malo, el lector vé alzarse, como en fotografía superpuesta, la efigie de Sarmiento. Estas primeras cuatro cartas son de una notable importancia por la serenidad, por la lógica, por la fuerza destructora e inmensa y por el estilo diáfano.
Es acaso el primer escritor de América que conoce los insuperables secretos de la difícil síntesis. Escribe, con la menor cantidad de palabras, la mayor porción de ideas. Del ahorro de sonidos, obtiene más substancia y pensamiento. Es la pluma de las “Bases”. Y lo admirable de su construcción, es que lejos de perder la forma de su belleza, la aumenta en flexibilidad y ondulaciones, volviendo tan terso y sutil el velo, que se ve toda la imagen al través. De modo que es el latín clásico traducido al español armonioso.
Estas cartas debieron producir la sensación de las máquinas de guerra de los griegos que se destinaban a aplanar los cuerpos de los muertos, después de la batalla. . .
Pero, Sarmiento no estaba muerto. Contestó la réplica de Alberdi con toda la violencia de su temperamento de demostrado luchador, tirando a fondo sus formidables golpes de clava como para finalizarlo todo.
Su prosa es amplia, su brazo largo, su juego desordenado y abierto, sus golpes a la cabeza del contendor. No le perdona ni la letra. Y de la letra, la estatura, la manera de reir, las intenciones, y, acto por acto de su vida de abogado, de escritor, de periodista.—“Alma y cara de conejo”, le dice. “Sólo sabe agrupar pesetas y palabritas”. Llega al giro despreciativo minúsculo: “pillito”, “ratoncito que roe papeles”. “Estate quietito: tú serás enviado diplomático en Chile”.
Otras veces, del asunto obtiene el vocablo que le viene a la pluma: “ergotista genovés”, recordando que Alberdi estuvo en Génova y que allí escribió uno de sus libros. “Andate enhoramala, botarate”.
La gracia y la novedad del denuesto se traduce en figuras como ésta: “Es una esponja de limpiar muebles que absorbe todas las ideas para volverlas a estrujar y aplicarse a todas las cosas sucias”.
El tono sube:—“Y no ha habido en Valparaíso un hombre de los que pertenecen “a la multitud de frac” que le saque los calzones a ese raquítico, jorobado de la civilización, y le ponga polleras. . .” “Entecado que no sabe montar a caballo”. . . “Abate por sus modales; saltimbanqui por sus pases magnéticos; mujer por la voz; conejo por el miedo; eunuco por sus comparaciones políticas; federal-unitario, ecléctico-panteísta; periodista, abogado, conservador, demagogo”.
Este es Sarmiento de una vez:—“¡Pues, qué! ¿quería mamar a dos tetas?”
Sarmiento vuelve a recuperar el campo como Hércules vencedor. Sus amigos, sus admiradores, los jóvenes, los viejos, sus compatriotas, el resto de emigrados que presenciaban el encuentro desde la sombra del tendido, lanzaron el ¡hurra! del loor ganado. Sarmiento era el representante de la democracia brava frente a la borla doctoral.
¿Y Alberdi? No responde. ¿Dónde está el doctor Alberdi? No es habido en los sitios sociales ni en el foro. ¿Qué le pasa al académico escritor? Su posición es tan ingrata que sus íntimos y correligionarios deciden instarlo a la refriega, pero se hallan con que el metódico trabajador tiene entre manos, en esos mismos instantes, un proyecto de Constitución para su país, que forma el complemento de las “Bases”. Hasta tanto no lo termine, no se enterará de los nuevos ataques de Sarmiento. Vanos fueron los argumentos que se le hicieron para demostrarle la necesidad perentoria de que ensayara la refutación de los cargos y acusaciones de su enemigo implacable. Alberdi . . . Pero estoy cometiendo una falta de probidad y de buen gusto al dar ropaje propio a un relato que ha sido ya hecho por un maestro, por el inolvidable Lucio V. López, que a su vez repite la narración de su ilustre padre, testigo de la época, amigo por igual de Alberdi y de Sarmiento.
Al ocuparse Lucio López de la reimpresión de las “Cartas Quillotanas” en 1873, legó páginas de insuperable mérito, que contienen con la dramaticidad del momento, noticias directas de la psicología de los dos soberbios contendores. Helas aquí:
“Las “Cartas Quillotanas” están destinadas a vivir siempre en la literatura política de nuestro país. Ellas son la más severa lección que se ha dado a la prensa que emplea el dicterio y el insulto para convencer al público y confundir al adversario. Ellas son la protesta más ardiente y victoriosa que puede hacerse contra esa literatura feroz de que la ignorancia vulgar de nuestras sociedades se ha amamantado en las pasadas luchas civiles, creando reputaciones de arcilla e inconsistentes que la justicia severa de los fallos modernos tiene por fuerza que desconocer.
Esas cartas son poco conocidas en Buenos Aires. Hasta hace muy poco, tan sólo las conocíamos por las referencias de sus contemporáneos, y su crónica había llegado hasta nosotros, sin que hubiéramos podido procurarnos las preciosas páginas que las contenían. Es por esto, que no podemos menos de agradecer al editor el verdadero servicio que se ha hecho a las letras argentinas, haciendo de ellas una edición copiosa que, al mismo tiempo que pueda repartirse con profunsión por todos los rincones de la República, sirva para estudiar tranquilamente y sin pasiones mezquinas la índole de ciertos hombres que las injusticias del pasado han tratado de obscurecer.
La historia de las “Cartas Quillotanas” es interesante. Un testigo ocular nos ha narrado su crónica que vamos a tratar de transmitir a nuestros lectores con toda la imparcialidad que nos corresponde.
La refutación del doctor Alberdi a la Campaña del Ejército Grande, que el señor Sarmiento le narra intencionalmente, exasperó el ánimo de éste con justos motivos. El golpe había sido mortal. La contestación había apurado todos los recursos de la sátira y la pluma de Alberdi había rayado en el papel la caricatura del adversario con los gráficos rasgos de un Chatam y con la culta acrimonía de un Timon. La primera parte de las cartas es la gran parodia “de la Campaña”.
Los gritos de la herida fueron tan elocuentes por parte del señor Sarmiento como había sido punzante el dardo sutil que la causaba. Su espíritu se encrespó, tomó formas colosales, midió el cuerpo de su adversario y prorrumpió en un torrente de lava escrita característico en él, si tenemos en cuenta una cualidad remarcable de sus talentos: la labia copiosa con que manifiesta sus pasiones. Alberdi se encontró ahogado por aquella avalancha. Danton y Robespierre, y todas las furias de la revolución francesa, no habrían producido una diatriba más sublime que aquella.
El señor Sarmiento no es clásico sino “criollo puro” y sin embargo, es curioso de notar, cómo en su réplica a las primeras cartas de Alberdi, palpita el más legítimo paganismo haciendo recordar las pasiones del anatema clásico puesta en boca de los dioses, menos el estro de Homero y de Virgilio.
La cultura del lenguaje, la delicadeza del escritor, todos los escrúpulos sociales están desconocidos en la réplica del señor Sarmiento y para que no se dude de nuestra aseveración puede leerse el siguiente párrafo con que ataca al señor Alberdi. “Usted ha tenido la debilidad de eludir la ley penal por el decoro; pues yo tendré la gentileza “de degradar mi rango de escritor y de insultar la ley y la sociedad poniendo escritos inmundos contra usted”.
Si Facundo hubiera sabido escribir, no de otra manera hubiera escrito.
La réplica del señor Sarmiento hizo gran sensación en Chile. Los amigos de Alberdi se enfriaron en su entusiasmo. Los amigos del señor Sarmiento aprovecharon esta frialdad y la convirtieron en éxito para sus afecciones. El señor Sarmiento estaba triunfante y la “vox populi” sancionaba su victoria. Alberdi había enmudecido y todos consideraron que el golpe lo había abrumado. ¿Qué hacía? ¿Dónde estaba? ¿Cuál era la causa de su silencio? Este continuaba. Días, semanas y meses pasaban sin que respirase. Varios amigos suyos resolvieron buscarlo y decirle la crítica posición en que se encontraba. Lo hicieron, y fueron recibidos en su gabinete donde trabajaba con perfecta calma y tranquilidad. Le manifestaron lo que pasaba en Chile con su persona, y una vez enterado, oyeron con asombro de sus labios que no había leído la réplica del señor Sarmiento, que estaba sumamente empeñado en concluir su proyecto de constitución para la República Argentina y que había previsto que la lectura de las cartas de su adversario, podía distraer su atención poniendo en conflicto la terminación de su obra. En vano fué que sus amigos le manifestasen la necesidad en que estaba de salir cuanto antes de su crítica posición. Su determinación fué irresistible. No hizo la lectura y se dispuso a desocuparse del trabajo que se lo impedía. Extrañó, sí, la debilidad de la opinión para condenarlo tan ligeramente y quiso tal vez imponerle con su silencio el castigo de su ligereza. A los pocos días llamó a uno de sus amigos y le manifestó que su proyecto de Constitución estaba concluído y que al día siguiente partía para Quillota a ocuparse de contestar al señor Sarmiento cuya réplica ya había leído. Prometió a sus amigos vindicarse ante la opinión y anonadar a su adversario para siempre. Regresó de Quillota al poco tiempo trayendo un rayo que lanzó de improviso y que cambió el hado próspero de su contendor. Y en efecto, “La complicidad de la prensa en las guerras civiles de la República Argentina”, que era el título de la contrarréplica, fué fatal para el señor Sarmiento. Este había presentado infinidad de hechos que menoscababan la reputación del doctor Alberdi. Estos hechos fueron desmentidos uno por uno, con datos tan fidedignos que toda la opinión reconoció su veracidad. Alberdi en boca de Sarmiento había sido indigno instrumento de los gobiernos, mal abogado, mal escritor, ignorante, mal político y en fin dueño de las cualidades más poco envidiables que se pueden poseer, y el mismo Alberdi, según su expresión, se encargaba de “tomar por la oreja al mentiroso, sentarlo en el banco de la risa y hacerlo desmentirse con sus propios escritos” que dejaban a Alberdi bajo el punto de vista de un hombre digno, independiente, buen abogado, brillante y competentísimo escritor, político hábil y en fin con todas las excelentes dotes que las pasiones febriles del señor Sarmiento le habían desconocido.
Las últimas cartas de Alberdi corrieron de mano en mano con un prestigio extraordinario. Llamó la atención sobre todo la parte final titulada “Enmienda Honorable” que es una colección crecida, compuesta únicamente de elogios de todo orden, debidos a la pluma de su adversario. La crónica cuenta que el señor Sarmiento quedó sumamente mal parado. Ofreció cuarenta cartas más con las que prometía hundir por siempre a su antiguo amigo, pero sólo produjo dos y la mala acogida que recibieron acabó de descorazonarlo para siempre haciéndolo abandonar la escena que le había arrebatado tan felizmente su adversario.
Esta es la sencilla historia de las “Cartas Quillotanas”, cuya reimpresión acaba de hacerse y cuya lectura no podemos menos de recordar a los que no lo hayan hecho. En ellas se verá que la República Argentina tiene en su literatura ingenios de nota, cuyos escritos participan del género de los que inmortalizaron a Fígaro y a Cormenin.
De las “Cartas sobre la prensa” resulta, que hasta el odio a Buenos Aires, otro de los cargos vulgares con que se ha querido combatir a Alberdi, nadie lo ha expresado como el actual presidente de la república en los siguientes párrafos que insertamos:
“En vano le han pedido (a Buenos Aires) las provincias que les dejase pasar un poco de civilización, de industria y de población europea: una política estúpida y colonial se hizo sorda a estos clamores. Pero las provincias se vengaron mandándole en Rosas mucho y demasiado de la barbarie que a ellos le sobraba. Harto caro la han pagado los que decían: “La República Argentina acaba en el Arroyo del Medio”. (Sarmiento: “Facundo“, pág. 23, 1.ª edición).
“Tucumán tiene hoy una grande explotación de azúcares y licores que podría permutar por las mercaderías europeas “en esa ingrata y torpe Buenos Aires” desde donde le viene hoy el “movimiento barbarizador”. (Sarmiento: “Facundo”, pág. 195. 1.ª edición).
“¡Eh! vergüenza de Buenos Aires, os habeis hecho las guaridas de todas las alimañas, que Paz hace huir del interior”. (Sarmiento: “Facundo”, pág. 195, 1.ª edición).
“Diréselo a usted al oído, a fe de provinciano, porque el pueblo de Buenos Aires, con todas sus ventajas es el más “bárbaro” que existe en América”. (Sarmiento: “Sud América”, tom. 2, núm. 2.—Mayo 1.ᵒ de 1851).
Después de estas inserciones, todo comentario nos parece inútil, pues la justicia no puede hacer sino uno que no corresponde repetir.”
Terminado y remitido, pues, con urgencia el Proyecto de Constitución, Alberdi vuelve a la polémica, titulando esta vez sus escritos así: “Complicidad de la prensa en las guerras civiles de la República Argentina” y precediéndolas de una saludable “Advertencia”.
Si eficaces fueron las primeras, estas últimas resultaron decisivas. Y debieron serlo, de verdad, porque redujeron a silencio la pluma de Sarmiento y abrieron doble brecha en su cuerpo y en su ánimo. En cartas íntimas gime su cuita y expresa el dolor de su carne macerada por el látigo de Alberdi[6].
Quedó abierto desde entonces el abismo que había de separar hasta más allá de la tumba el alma de estos dos argentinos. ¡Y qué larga y profunda fué la venganza de Sarmiento contra las “Cartas Quillotanas”!
De modo que por su orden de tiempo debe leerse la “Campaña del Ejército Grande” de Sarmiento, punto inicial de la polémica; en seguida las “Cartas sobre la prensa” más conocidas por “Cartas Quillotanas” de Alberdi; luego “Las Ciento y Una” de Sarmiento, y, por último, “Complicidad de la prensa en las guerras civiles de la República Argentina” punto final, puesto por Alberdi.
No hay otro duelo en los fastos literarios de América de mayor repercusión y de mejor enseñanza. Préstanle su fama el volumen de sus autores, la habilidad en las armas y la gravitación que tuvo en los sucesos públicos de la patria.
El lauro ha sido discernido por la posteridad a Alberdi, quien al domeñar todos sus humanos impulsos, habilitóse a sí mismo para vencer al adversario, colérico y sin freno, impulsivo, ciego y cruel. Alberdi constituye de entonces un modelo en la alta polémica. La cultura universitaria, aun en la pelea, tenía que salir victoriosa de la locura del titán.