La religión y los sentimientos éticos
Tener una religión sin poseer sentimientos religiosos, es no tener nada. Los sentimientos religiosos deben ser siempre previos a su sistematización y sintetización en forma de religión.
La ética que se basa en los principios religiosos, es ultraegoista. El estudio de la gran mayoría de los preceptos morales que surgen de esa fuente, comprueban con toda evidencia el aserto. Tomaré el tan difundido “Haz bien y no mires a quien”, que sólo obedece a que, persiguiendo el sujeto beneficiarse a sí mismo, claro está que sea indiferente el individuo sobre quien recae la acción. El benefactor lo es, ante todo, de sí mismo, puesto que su buena acción no quedará sin su premio correspondiente y se sumará en su haber. Si bien es cierto que el hecho es que resulta un beneficiado, la falta de discernimiento con que se aplica el beneficio, indica que el primer plano lo ocupa el benefactor, siendo absolutamente indiferente el beneficiado. Los que practican la caridad aplicando el precepto sin tener en cuenta para nada su beneficio personal, creen de buena fé realizar un acto moral, y no obstante, es pseudomoral; los que lo realizan desde el punto de vista de la recompensa futura, inconscientemente, realizan actos inmorales. De este modo, cuando un religioso hace una obra piadosa cualquiera, con el ánimo de hacer méritos, quien debe agradecer es él antes que nadie y no el que recibe el beneficio, y debe quedarle grato, además, por prestarse o hacerse cómplice de su egoismo, puesto que el premio que espera obtener supera con mucho al bien realizado.
La moral religiosa es una moral a base de premios y castigos, de carácter eminentemente egoista, prometiendo castigos horrendos o como recompensa un sensualismo que envidiarían los epicuristas. El “rogaré por Vd.”, el “Dios se lo pague”, etc., que contestan los beneficiados, en los casos de limosna, por ejemplo, indica una devolución de ultratumba infinitamente mayor al beneficio realizado. Si esa moral se pudiera hacer efectiva en la vida diaria, la usura ahogaría a la vida misma.
Por lo demás, el eje sobre el que reposa, especialmente la moral religiosa, es la cuestión sexual.
El instinto de conservación específico, satisfecho de acuerdo con los preceptos establecidos, resulta siempre una inmoralidad disimulada, y por tanto, tolerada. En el terreno afectivo-emocional, su base más honda, está en la afectividad negativa y en la emotividad depresiva.
No entraré a analizar la pseudomoralidad que aporta en la ética individual, la religión; caería en el terreno del deporte de los poco cultos que recién descubren la pseudomoralidad de la ética religiosa.
Lo que trataré de ver es si normalmente, si racionalmente, se puede edificar una ética o se pueden formar sentimientos morales, a base de religión.
Los prácticos lo consagran así, y, no obstante los reiterados fracasos, la rutina subsiste. El hogar religioso, trata desde la más tierna edad de formar en el niño sentimientos religiosos. Luego las clases de doctrina dadas por sacerdotes del culto, y en algunos países atrasados la enseñanza de la religión en la escuela, tratan de crear sentimientos religiosos a bases de enseñanza de la religión.
Claro se vé que si es absurdo tratar de formar sentimientos morales, enseñando moral teórica, lo es a fortiori, pretendiendo hacer penetrar a los niños en abstracciones muy alejadas de su mentalidad y en cuestiones de carácter dogmático. Los resultados así lo atestiguan, pues salvo el caso de que al sujeto lo haya rodeado un ambiente muy propicio, o que se trate de sujetos de cierta pobreza mental, los demás, cuando llegan a jóvenes, hablan en tono jocoso de la religión que les inculcaron en la niñez, evaporada hoy; recuerdan lo odioso de esa enseñanza impuesta, o bien las travesuras de las clases de doctrina, o los regalitos para atraerlos, u otros procedimientos como juegos, etc., para inculcarles la fe.
Analizar todas estas tentativas para desarrollar en el niño sentimientos religiosos, desde el punto de vista psicológico, es, sencillamente, tiempo perdido. Basta una palabra, se trata de disparates.
No se pueden desarrollar sentimientos morales a base de sentimientos religiosos, porque los últimos están por sobre los primeros, son superiores en jerarquía y mal pueden ser causa de los sentimientos morales, cuando deben ser efectos de éstos. Los sentimientos morales son previos a los religiosos, de manera que no son los sentimientos religiosos los que conducen a los morales, sino que la evolución superior de los morales conduce a los religiosos. Si los sentimientos religiosos son verdaderos, sinceros, si no se trata de vividores o mistificadores, para llegar a esta etapa de la evolución psíquica, el sujeto debe, necesariamente, haber construído antes todo su andamiaje ético, para construir más tarde su monumento religioso. Antes de llegar a la fé, el individuo ha tenido un período de duda, o por lo menos, de discusión y de grande sintetización, de carácter, no solo sentimental, sino también mental. Los sujetos verdaderamente religiosos son grandes razonadores; sólo los débiles mentales tienen fe sin discernimiento.
En la filogenia el sentimiento religioso es el último en aparecer. Obsérvese que las religiones de los pueblos al través de la Historia, siempre expresan la síntesis de su progreso y civilización; es decir, que a nosotros, como colectividad, nos da la expresión más avanzada de su progreso. La religión ocupa siempre la cúspide, no está en la base. Cuando la religión queda por debajo de los conocimientos, necesariamente se modifica o es reemplazada por otra. De ese modo vemos, al través de los tiempos, modificarse las religiones paralelamente a los adelantos en la cultura y civilización.
En la ontogenia ocurre lo mismo; los sentimientos religiosos son los últimos en aparecer. En la niñez no existen en realidad, todo lo más, encontraremos la emoción del temor, que sólo se liga a cuestiones religiosas si al niño se le orienta en esa dirección mediante sugestiones; de otra manera ese temor en el niño, nada tiene que hacer con lo religioso actual y estará vinculado a formas filogenéticas más o menos remotas; el temor religioso será instintivo. Durante la juventud lo general es que el sujeto sea indiferente, no se preocupe, es decir, está en un período donde aún no ha formado síntesis y es irreligioso como regla general. Los sentimientos religiosos se forman en una época relativamente tardía, la edad madura, como síntesis de los sentimientos morales.
En la vejez y, particularmente, en la edad senil, las tendencias religiosas, el fanatismo de los ancianos, se debe a otras causas.
Siendo mucho más amplios los sentimientos religiosos que el sentimiento de equidad y de justicia, a título de simple comparación, para diferenciarlos, digo: que los sentimientos religiosos, son a los morales, lo que el sentimiento de equidad es al de justicia. El sentimiento religioso, para el que lo posee, es lo superior, comprende una síntesis enorme, donde entra lo ideal, lo intangible, lo sublime, lo perfecto, la evolución o la superstición de las concepciones morales del sujeto; los sentimientos morales no son superhumanos, sino muy humanos, dentro de lo real y de lo tangible. El sentimiento moral es al religioso, lo que lo concreto es a lo abstracto, lo que lo relativo es a lo absoluto.
Fundar los sentimientos morales en los religiosos, es pues, proceder en sentido inverso; es antilógico.
Los procedimientos empleados en la enseñanza de la religión, y particularmente, para desarrollar o dar siquiera nacimiento a sentimientos religiosos en los niños, demuestran hasta la evidencia, que no se pueden desarrollar sentimientos, ni siquiera adquirir ideas religiosas, sino mediante los sentimientos morales.
Lo contrario es absurdo, o, por lo menos, no se vé su posibilidad; equivaldría a pretender educar las aptitudes intelectuales del sujeto, sin instruir. Los resultados están de acuerdo con lo manifestado, los niños tienen tantos sentimientos religiosos antes como después de los cursos de doctrina. Lo común es que el resultado, a la larga, concluya por ser contraproducente.
Es que en realidad de los sentimientos éticos a los religiosos media una respetable distancia en la ontogenia, como ha ocurrido en la filogenia. En la juventud ya se presentan bastante desarrollados los sentimientos morales, mientras que, como regla general, los religiosos ni siquiera comienzan a alborear. Estos, como lo he manifestado, no son más que resultantes de grandes síntesis, las que no pueden realizarse sino al través de los años. Además, para que los sentimientos morales evolucionen hacia la formación de los religiosos, es menester que construyan los intermediarios entre unos y otros, representados por los sentimientos estéticos. Ya volveré sobre este asunto.