LOS SENTIMIENTOS ESTÉTICOS Y LOS ÉTICOS

Considero á los sentimientos estéticos como íntimamente vinculados con los éticos, siendo los estéticos de jerarquía superior a los éticos, más que nada, por su formación filogenética.

Creo que los sentimientos estéticos del individuo pueden servir de norma para valorar los morales y que puede establecerse como regla general, que a mayor evolución de los sentimientos estéticos corresponde mayor evolución de los éticos. De este modo, se podría enunciar el principio, o con más corrección para no asignarle tanto alcance, la regla, en esta forma: los sentimientos estéticos están en relación directa con los éticos.

Aquí el lector, inmediatamente me objetará en una forma a su juicio contundente, diciéndome que, justamente, los cultores de la estética, los profesionales de ella, en su gran mayoría, no son los que más brillan por su moralidad, sino al contrario, por su inmoralidad.

Dejemos estas objeciones para su debido tiempo, si es que después de precisar el alcance de los términos, se persiste en ellas.

El orden de formación filogenética de los sentimientos es el siguiente: sentimientos éticos, a los que les ha seguido casi inmediatamente los estéticos, y por último los religiosos.

En la ontogenia los sentimientos morales y los estéticos se presentan aparentemente simultáneos, es decir, a sentimientos éticos determinados le corresponden sentimientos estéticos determinados, o a la misma altura de evolución, tal cual ocurre con los sentimientos morales y estéticos, en la niñez, en la adolescencia, etc. Esto indicaría que la sucesividad de sentimientos éticos y estéticos en la filogenia ha sido corta, por su aparente simultaneidad en la ontogenia.

Se infiere que los sentimientos estéticos en la filogenia no pudieron ser originariamente primitivos, sino que derivaron de los éticos que estaban en más estricta vinculación, o mejor, dependían más directamente de la lucha por la vida, del instinto de conservación, siendo los sentimientos estéticos, en cualquiera de sus manifestaciones, los sentimientos del triunfo en la lucha por la existencia; es decir, los sentimientos estéticos dependieron de lo bueno, de lo útil, de lo eficaz, pero para eso debió existir previamente la diferencia entre lo bueno y lo malo, lo útil y lo inútil, lo eficaz e ineficaz, que eran, en definitiva lo moral y lo inmoral.

En la ontogenia resultan ambos sentimientos asociados y todo lo ético es estético y lo estético para ser tal, en los sujetos normales, debe, necesariamente, ser ético. Sólo un falso discernimiento puede disociar lo estético de lo ético, admitiendo que pueda existir lo estético independientemente de lo ético, o en otros términos, que pueda existir algo estético que no sea moral. Por lo demás se vé que lo amoral es inestético, como que lo inestético es amoral y que lo inmoral es antiestético, y que solo como aberraciones se presenten los sujetos que estiman lo inmoral, o en particular, algo inmoral, como estético.

Dije que el sentimiento estético en su origen es el sentimiento del triunfo en la lucha por la vida. No voy a tratar de demostrar esta tesis, sobre la cual he escrito un libro. Sólo recordaré que en los sentimientos estéticos, como en las demás aptitudes, existe una larga gradación desde lo rudimentario hasta los grados más avanzados y que su vinculación con el instinto de conservación, es tanto más evidente cuanto más inferiores son, pues en los grados superiores la causa originaria resulta muy alejada por la cantidad de intermediarios que intervienen entre el instinto, o mejor dicho, la satisfacción del instinto en la lucha por la vida y el sentimiento estético.

En la naturaleza las cosas o los fenómenos no son ni morales, ni inmorales, ni estéticos, ni antiestéticos, sino amorales e inestéticos. El sentimiento de lo moral o de lo bello nace en nosotros por las reacciones que en nuestro sistema nervioso provocan esos agentes. De ahí que lo estético y lo moral dependan del individuo y que sea el criterio de la mayoría el que pretenda dar la pauta de lo estético, antiestético, moral e inmoral.

Naturalmente que no hay razón alguna para limitar la estética a las manifestaciones del arte y creer que los sentimientos estéticos sean sentimientos ligados exclusivamente al arte. El arte no es el único poseedor de la estética, ni cosa semejante. Si se han hecho casi sinónimos es porque el arte, para ser tal, exige el concurso de la estética, o mejor dicho, debe provocar reacciones de carácter estético; pero la estética del arte, o las reacciones estéticas provocadas por las ramas del arte, se diferencian solo de grado con las provenientes de otros géneros de actividades humanas, son términos de una misma serie y las reacciones estéticas que provoca una obra de arte pueden ser muy inferiores a las provocadas por la ciencia o superarlas, según el grado de evolución del sujeto que las percibe.

Recordaré, brevemente, las etapas de la filogenia de los sentimientos estéticos que corresponden exactamente a los que se observan en la ontogenia.

1.ª Estética motriz.—Llamo así a las reacciones estéticas provenientes de las nociones que provee el sentido muscular. La belleza reside en la dirección, o bien en la velocidad, o bien en la agilidad, o bien en la precisión, etc., del movimiento. El movimiento es el agente de la reacción estética y la belleza reside en el movimiento, ya obre el sujeto como actor o como espectador. Es la estética más rudimentaria: la del hombre primitivo, la del salvaje actual y la del niño. Sus sentimientos estéticos están ligados a ejercicios, manejo de las armas, deportes, bailes, etc.; su estética musical está más en el ritmo que en la melodía, es decir, en la noción de movimiento.

Para que el agente provoque sentimientos estéticos es menester que sea llevado a la mayor perfección posible, por ejemplo, que el o los movimientos ejecutados sean de la mayor agilidad y precisión, pues lo imperfecto, pesado, o grosero, resulta antiestético. En la filogenia, lo más perfecto fué lo más útil, porque conducía más directamente al triunfo. La estética resultó de una ética utilitaria. El sujeto que sobresalía, que se distinguía de los demás, era el que mejor realizaba lo estético, si llegaba a lo verdaderamente excepcional, fué el superhombre de esos tiempos, el respetado, el temido, el que servía de término de comparación, de unidad moral o término superior, y también el término superior en lo estético. La dependencia de lo estético de lo moral se presenta muy clara en el hombre primitivo y en el salvaje actual y también en los individuos inferiores de las colectividades cultas que son otros tantos salvajes dentro de un medio evolucionado, y, por último, en el niño. En éste, particularmente en el período belicoso, es notable su admiración por el más fuerte y con especialidad por el diestro en el manejo de los puños. Endiosan al peleador, alabando sus sopapos, sus quites, etc. El niño, como el salvaje, admira y respeta al que prima por más diestro en la fuerza bruta.

La sucesividad: ética, estética y religión, se observa muy bien en el estadio de la estética motriz, en que el hombre no había llegado aún a discernir lo mejor de lo peor, lo bueno y lo malo, etc., sino en el mundo sensorio, y, aun en éste, limitado a las sensaciones musculares que, a los efectos de la realización de la vida, ocupaban el primer puesto, eran los primordiales. El sujeto que sobrepasaba a los demás en fuerza muscular, o bien en el manejo de las armas, por ejemplo, realizaba lo más estético, prevalecía, era luego el jefe, el árbitro de lo ético, el modelo en la realización de lo estético; si llegó a lo extraordinario, las generaciones siguientes lo erigieron en ser mítico, más tarde en dios. Hombre extraordinario, jefe, mito, dios; he ahí un origen estético de muchos dioses primitivos y origen estético-motor surgido del sentido muscular como arma para satisfacer el instinto de conservación en la lucha por la vida. En aquellas épocas alejadas, el arma más eficaz para el triunfo era la fuerza muscular y la maestría para utilizarla mejor, porque aún no habían nacido otros medios de lucha, el hombre admiró y exaltó lo más perfecto, y llegó a crear los dioses que representaban el summum de la fuerza o de la perfección en las nociones que provee el sentido muscular. Pero la fuerza y la maestría si eran armas eficaces para la lucha por la vida, no lo eran para luchar contra agentes naturales como la tempestad, el rayo, la obscuridad; y el sentimiento del temor nacido de la ineficacia de los medios de lucha, dió origen a la creación de dioses misteriosos, monstruosos, brutales. Pero estos dioses eran de origen más remoto; estos dioses productos del terror perduraron y fueron, poco a poco, desplazados por los dioses motores. Los dioses de origen fóbico convivieron cierto tiempo con los dioses motores, hasta que estos últimos los desplazaron del todo.

Y este fenómeno de simultaneidad y desplazamiento gradual de dioses de distinto origen, ha sido de todos los tiempos y es el que, aunque con mucha mayor complejidad, ocurre actualmente.

No fueron los dioses los que engendraron al miedo sino el miedo el que creó a los dioses, como muy bien lo dijo Lucrecio. Como el hombre los creó bajo la influencia depresiva del terror, que es eminentemente antiestético, todos esos dioses son sumamente antiestéticos: son creaciones cuya sola vista debe provocar el mismo sentimiento de terror con que fueron creados, son dioses onomatopéyicos del terror, como ocurre con la diosa Kali indú, o los animales monstruosos de los egipcios que poblaban la tierra de que habla Máspero, o los dioses estrafalariamente horribles de los asirios y caldeos, etc.

Tampoco fueron los dioses los que crearon los sentimientos estéticos motores, sino los sentimientos estéticos motores los que crearon los dioses motores, cuyas figuras representan el summum de la estética motriz de entonces. Tal ocurre con los dioses egipcios que no eran de origen fóbico, como Ammon que era un dios de fuerza, Osiris e Isis, dioses de energía o fuentes de energía, Hércules que cae de un plano superior en Egipto a uno más inferior en Grecia que estaba en un período mucho más avanzado de evolución, y los dioses de fuerza, los dioses motores pasan a la categoría de semidioses o héroes: Teseo, Perseo, Belerofonte, Cadmo, etc.

Se ascendió de lo estético a los dioses y no se descendió de los dioses a lo estético. Los dioses sintetizaron lo estético.

Lo estético se presenta así como un grado de evolución superior a lo ético, como un sentimiento intermediario entre el sentimiento moral y el religioso. Por eso es que en el sentimiento de la inspiración, el inspirado se encuentra en un estado sentimental intermediario entre el sentimiento que provocan las reflexiones morales y el éxtasis místico. El momento de inspiración es un momento de éxtasis estético y el sujeto se halla en lo que respecta al mundo exterior, en un estado de semiconciencia, casi completamente aislado y no completamente aislado, ajeno a todo lo que ocurre fuera de él, como acontece en el éxtasis místico, que, en lo que concierne al sentimiento, es la superevolución del éxtasis estético.

Pero la estética motriz no es exclusiva de los pueblos primitivos y salvajes; en infinidad de hombres se encuentra hoy, si no en la forma rudimentaria del salvaje, en un grado de evolución algo superior. Como es muy reducido el número de sujetos en los cuales los agentes motores ya no provocan reacciones estéticas, resulta que la estética motriz es cultivada, no solo por los motores, sino por todos aquellos en los cuales este factor tiene aun importancia psicológica. Así se explica que perduren aún cantidad de deportes, que solo se diferencian de los del salvaje por la indumentaria de los que los realizan, o por la forma o los medios de realizarlos. Si se estudian los medios de provocar reacciones estéticas motrices, en las colectividades más avanzadas, se verá que son de una enorme variedad, desde el simple culto de la fuerza en los atletas, boxeadores o luchadores, hasta el tango, desde las cinchadas o gatas paridas al partido de football o de tennis, desde las cinchadas y visteadas al sable o al florete y desde el juego del sapo al campeonato de tiro.

En el niño, durante la primera, la segunda infancia y aun invadiendo la niñez, las reacciones estéticas provienen, especialmente, de excitantes motores, ya obre como actor o como simple espectador. Por grados insensibles, durante la niñez, de la estética motriz pasará al predominio de la estética sensoria, que culminará al final de la niñez.

El sujeto puede quedar estacionado, en lo que a sentimientos estéticos se refiere, en cualquier etapa. Si queda en la sensoria, será un adulto cuyos sentimientos estéticos serán sensorios y reaccionará como reacciona un niño, es decir, mediante excitantes sensorios. Si se estaciona en la motriz, sus sentimientos estéticos se manifestarán exclusivamente en lo motor y representará, en ese concepto, a un salvaje viviendo en un medio culto.

2.ᵒ Estética sensoria.—En la filogenia, sobre la base de las reacciones estéticas de carácter motriz, evolucionaron las sensorias. Llamo así, a las reacciones estéticas provenientes de todas las sensaciones, excepto las musculares o las que provoca en el espectador el movimiento, para las cuales se reserva el vocablo motriz, es decir, reacciones estéticas motrices. Los sentimientos estéticos de origen sensorio, provienen, pues, de las sensaciones visuales, auditivas, tactiles y térmicas, gustativas, olfativas y de orientación.

El nacimiento de estas reacciones estéticas en la filogenia, se explica porque complejizándose cada vez más, con la concurrencia vital, la lucha, fué necesario emplear mayor número de medios, y de medios más eficaces. Sucedió, entonces, lo mismo que ocurre ahora. Al hombre primitivo no le bastaron en una etapa dada, para tener éxito, las sensaciones musculares y la fuerza muscular, y tuvo que echar mano de otros medios auxiliares, que no podían provenir más que del empleo de los otros sentidos, perfeccionándolos, o adaptándolos mejor con el uso. Pero lo auxiliar en su origen, se fué convirtiendo, poco a poco, en fundamental, pasando lo fundamental, en muchas actividades, a ser secundario. El hombre primitivo superaba, como supera con mucho el salvaje actual, al hombre culto, en lo que respecta a sentido muscular. Salvo actividades excepcionales, el sentido muscular no es el más importante a los efectos de la lucha diaria y más concurso prestan las otras sensaciones, sin exceptuar, naturalmente, a los obreros.

En el estadio de la estética sensoria, para los que han llegado a penetrar en él, la estética motriz es de carácter secundario, pasando a ocupar el primer puesto la sensoria.

En la Historia el tipo de estética sensoria es el pueblo griego. Téngase en cuenta que aludo a la cultura media del pueblo griego y no a la de sus grandes hombres.

Los dioses primitivos de origen fóbico desempeñan allí un papel muy secundario; los dioses motores como Hércules han caído a la categoría de héroes. No obstante esto, no por eso desaparece la estética motriz, como no ha desaparecido hoy y por inferior que sea perdurará aún, y se manifiesta en los diversos juegos celebrados y cantados por sus poetas. Pero las sensaciones, de lo ético ascendieron a lo estético, y de lo estético se llegó a lo religioso. De ahí la serie de dioses de origen sensorio, de mitos, de genios, todos de carácter estético. Si se exceptúa Júpiter que es un dios de fuerza, Marte que lo es motor y alguno más, los otros en su mayoría son evidentemente sensorios: Venus, Cupido, Baco, Eolo, las nereidas, las sílfides, las ondinas, etc. Quedan Plutón, las arpías, las furias y otros genios de origen fóbico, pero ya no son tan horripilantes como los dioses fóbicos asirios o la diosa Kali.

Los epicureístas y los estoicos no son más que dos tendencias antagónicas en una ética sensoria, que llega a culminar en la estética sensoria. Tanto los epicureístas como los estoicos surgen del mundo sensorio, como propulsor de la voluntad: satisfacer la sensación de afectividad positiva, o no satisfacerla prefiriendo la negativa; he ahí a la sensación obrando en la voluntad, para unos como elemento de impulsión (epicureístas), para los otros como elemento de inhibición (estoicos), o si se quiere plantear en otros términos: el dominio de los sentidos sobre el yo o el dominio del yo sobre los sentidos.

En la actualidad no son muchos los que han ultrapasado el límite de la estética sensoria. La mayoría permanece en ella, perfeccionándola. Su ética será también poco elevada.

En el terreno del arte los estetas sensorios son aquellos que reaccionan ante las sensaciones; en visión el sujeto reaccionará ante el colorido, la perspectiva, la distribución en el paisaje, el conjunto, el claro-oscuro, etc.; en audición, se extasiará con el timbre, con la altura del sonido, con la intensidad, pero no le exige mucho más; en el gusto, será un perfecto goloso, etc.

En las producciones artísticas al visual le bastará la estética motriz o sea la ejecución, la virtuosidad del pintor, y el elemento sensorio, el colorido, la perspectiva, etc.

En literatura preferirá al descriptor colorista, importándosele muy poco del contenido, de la tesis sustentada, del meollo de la obra. Al auditivo le llamará la atención la parte motriz, ritmo, compás, movimiento, virtuosidad; preferirá en la audición lo puramente melódico o armónicamente simple. Las complejidades quedan fuera de su alcance.

Es de advertir que cantidad de productores, a los que se les llama artistas, sólo realizan la estética motriz y sensoria y sus producciones no ultrapasan ese límite. Naturalmente, obtienen un éxito inmediato; son los menos discutidos, porque la estética de sus producciones es perfectamente accesible para la gran masa y para los críticos que, si son tales, es por incapacidad de ser productores, lo que equivale a decir que siempre están en un plano inferior al productor, aunque su producción no ultrapase el límite de lo sensorio. Es por eso, por lo que, en general, los críticos hincan sus garras en la producción superior, que les es inaccesible, y no en la inferior, que pueden catar mejor.

La moralidad de los artistas que no ultrapasan la estética sensoria debe estar de acuerdo con sus sentimientos estéticos y nada tiene de extraordinario pues, que sean sensualistas, libertinos que llevan una vida disipada, como ocurre con una cantidad de literatos y de artistas en general, que en realidad son pseudo artistas, los que llegan hasta creer que la producción superior trae aparejado ese género de vida. Pero analícense sus producciones y se verá que les espera una existencia precaria; que no tendrán más longevidad que la del artículo de diario, o de la columna de revista o cosas semejantes; no pasan jamás a la Historia.

No ocurre lo mismo con cerebros como el de Víctor Hugo, con artistas como él, como Carducci, como Zola, cuya forma tachada de inmoral, es un medio de llegar a la estética del pensar, que surge de una profunda ética.

Claro está que al hablar de artistas excluyo a los llamados artistas líricos, bufos, cómicos, dramáticos, danzantes, prestidigitadores, etc. Del punto de vista de la mentalidad y del sentimiento, estos sujetos tienen muy poco de artistas y mucho de pobres diablos. Sus sentimientos estéticos, salvo las excepciones de sujetos superiores, son inferiores como lo son los éticos.

Cuando se habla pues de artistas inmorales, lo que debe discutirse, en primer término, es si se trata realmente de artistas y no de sujetos con sentimientos estéticos sensorios que no ultrapasen este límite. Por lo demás, no hay por qué circunscribir los sentimientos morales a un fallo, sino tomarlos en toda su amplitud. Me parece que no se debe echar en olvido todas las prendas morales que posea un individuo, porque tenga hábitos alcohólicos que no dañan más que a su persona, por ejemplo. No es vulgar encontrar entre los artistas, estafadores, ladrones o criminales. Si cabe llamar artistas a los sujetos cuyas producciones no van más allá de excitar nuestros sentidos y esos artistas en su mayoría son inmorales, en cualquier caso serían simples excepciones que no destruirían la regla, porque, sin ir más lejos, en nuestro medio, los sujetos de producción que van mucho más allá de lo sensorio, que yo conozco y que constituyen la gran mayoría, son individuos de la más elevada moralidad.

Cierto es que han existido artistas y grandes artistas inmorales, pero son casos aberrantes, excepcionales, y su inmoralidad ha sido siempre unilateral, una falla personal sin sanción penal.

Como lo he manifestado, en la ontogenia, las reacciones estéticas de carácter sensorio se encuentran en su período álgido al fin de la niñez; se instalaron en la época motriz y declinan en la adolescencia y pubertad en los sujetos que evolucionan hacia formas superiores.

En la mujer, este período es de menor duración que en el varón, por ser la mujer más precoz en el período sexual. Las mujeres que se estacionan en la estética sensoria son excepcionales; su enorme mayoría penetra en los sentimientos estéticos sexuales que, más o menos perfeccionados, según los sujetos, son el término de la evolución de sus sentimientos estéticos. Sólo rarísimos casos excepcionales ultrapasaron este límite, para penetrar en la estética intelectual.

3.ᵒ Estética sexual.—No llamo estética sexual a la belleza física, moral o intelectual de la mujer o del hombre. La estética sexual resulta de las reacciones de carácter estético provenientes de la esfera sexual.

La tendencia hacia el acto sexual o su realización, está muy lejos de lo estético y debe considerarse simplemente como la satisfacción de una necesidad de la vida orgánica. Si se le considerara como estética sexual, resultaría toda la humanidad compuesta de estetas sexuales y que los más impulsados, lo serían más. Pero ocurre que éstos, cuando persiguen como fin el acto sexual, teniendo poco en cuenta la persona con quien se realiza, no son ni remotamente estetas sexuales. Entre los varones el número de estetas sexuales es muy reducido, particularmente en la edad viril; en la juventud suele ser mucho más frecuente, pero lo ordinario es que sea un período de transición, que declina en su forma estética en plena edad viril.

La mujer en su enorme mayoría resulta con respecto al varón, esteta sexual, pero la sexualidad femenina difiere de la masculina, no sólo cuantitativamente, sino también cualitativamente.

El instinto de conservación específica se satisface por un doble mecanismo, tanto en el varón como en la mujer. En otros términos, intervienen dos factores muy complejos: el fisiológico y el psíquico.

Orgánicamente el hombre difiere de la mujer en que la zona de excitación sexual es mucho más extendida en ésta que en aquél. Si diferencias hay en el orden físico, mayores y más complicadas son en el orden psíquico.

De los dos factores que intervienen en la sexualidad, el fisiológico es primitivo, el psíquico es adquirido. De la intensidad de su actuación resultan los tipos de amor.

Cuando prima el factor fisiológico porque el psíquico es rudimentario, se está en presencia del amor animal, de la forma más inferior del amor. El candidato para satisfacer ese amor es cualquiera, lo único que se requiere, por ser condición indispensable, es el sexo opuesto, pero los atributos sexuales secundarios entrarán poco en cuenta; si los posee mejor, se le aplicará el dicho de que “lo que sobra no daña”. Este tipo, es el tipo del amor fisiológico, que nada tiene de estético; es puramente instintivo, y, por tanto, impulsivo.

No me ocuparé de los tipos intermediarios, que se encuentran en mi trabajo sobre ese tópico, e iré al término opuesto de la serie: predominio del factor psíquico que llega a hacer aparecer al fisiológico como nulo en un principio, rudimentario después y sigue su curso ascendente mucho más tarde. En estos casos se trata de estetas sexuales.

En mi trabajo sobre sentimientos estéticos he descripto este tipo. Aquí no haré más que dar un boceto:

El amor está lleno de atributos de carácter fuertemente sentimental y débilmente intelectual, porque el factor sentimental casi anula al intelectual. Son los casos donde cuadra bien el dicho de que “el amor es ciego”. El amor es un complejo de ideal, ilusión, pasión, fe, franqueza y alta dosis de timidez, no obstante la fe, celos, y cosas así aparentemente antagónicas, de coexistencia imposible; tiene un fondo marcadamente megalómano, puesto que el amante es el elegido por el ser amado, el único que ha podido conquistarlo entre cantidad de pretendientes, todos llenos de brillantes dotes y ese ser amado es superior a los demás: posee las más altas aptitudes y si no lo parece es porque modestamente las oculta y esa modestia contribuye a exaltar sus atributos estéticos; en una palabra, el ser amado es excepcionalmente superior, de donde resulta que el amante, debe también serlo, pues de otra manera no se explicaría la correspondencia en el amor. En estos sujetos existe un sentimiento marcado de triunfo, y si no existe, inventa dificultades que vencer.

Largo sería anotar todas las características del esteta sexual. En la época sexual o período sexual que corresponde a la pubertad y a la juventud, el tipo de esteta sexual abunda; y está representado por el joven realmente enamorado. En la edad adulta ya ha declinado el período y los casos no son abundantes.

En la mujer es el tipo normal. El amor femenino es de reacciones eminentemente estéticas.

La proyección más vasta de la estética sexual está en el romanticismo; es una estética que sea directa, sea indirectamente, a veces al través de muchos intermediarios, tiene como base el amor sexual. Los románticos son, pues, estetas sexuales y han sido descriptos en sus casos más agudos por novelistas, también románticos, es decir, de la misma pasta, con los nombres de Atala, Romeo, Julieta, Pablo, Virginia, Graciella, Rafael, Werther, etc. La literatura moderna está plagada de descripciones de tipos de esa clase, o bien se basan en argumentos sentimentales o románticos.

La estética sexual evoluciona en todos los casos sobre la base de la estética sensoria y de la estética motriz; su mayor desarrollo haciéndola prevalecer, oscurece a las otras formas y las reacciones estético-sensorias son ya débiles, siéndolo mucho más las estético-motrices. Los individuos estetas sexuales son superiores a los estetas sensorios y a fortiori, a los estetas motores. En los primeros las reacciones estéticas provienen del sentimiento; en los segundos, de las sensaciones, y en los últimos, del movimiento. El orden ascendente es, pues, éste: 1.ᵒ, estética del movimiento; 2.ᵒ, estética de las sensaciones; 3.ᵒ, estética del sentimiento, y la 4.ᵒ, corresponde a la estética del pensamiento.

Entre el amor puramente impulsivo del imbécil, del degenerado mental, o la sexualidad fisiológica del que realiza el acto satisfaciendo una necesidad de la vida vegetativa, por higiene, y el esteta sexual, media una distancia enorme. En los primeros desempeña el papel primordial el instinto y todo se reduce a ese papel, mientras que en el último entran en colaboración sentimientos de distinta naturaleza, la imaginación en una proporción enorme, y otras aptitudes intelectuales.

La estética sexual se asienta en la filogenia sobre la base de la motriz y de la sensoria, y aparece cuando los sentimientos han alcanzado un alto grado de desarrollo. La evolución superior de esta estética a base de sentimientos, dió lugar a las religiones a base sentimental.

El triunfo en la lucha para satisfacer el instinto de conservación individual dió lugar a las reacciones estéticas motrices y sensorias, y en el instinto de conservación de la especie a las sexuales. La estética motriz y sensoria tienen su punto de origen en la satisfacción del instinto de conservación del individuo; la estética sexual, en el instinto de conservación de la especie.

Los dioses más arcaicos fueron de origen fóbico; les siguieron los dioses motores y luego los sensorios. El desarrollo de la estética sexual, trajo como consecuencia un mayor vuelo sentimental, lo que dió origen a los dioses de origen sentimental, que son los dioses actuales. Llámesele El Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, Dios, Cristo, la Virgen María, llámesele ángeles, santos o santas, son perfectamente dioses, semidioses, héroes. Pero son dioses creados más que de nada, del sentimiento, poseyendo los atributos de la fuerza. Obsérvese que no hay un sólo santo sabio, los santos capaces de realizar milagros equivalen a los dioses secundarios o los héroes del paganismo, pero aquí se caracterizan por sus atributos sentimentales, por su ética sentimental. Las cuestiones de carácter científico quedan para la discusión de los hombres; en el reino de los cielos no se hace cuestión de conocimientos, sino de sentimientos. El diablo o satanás, y en general los diablos, son dioses fóbicos, seres horribles de un poder extraordinario para la realización del mal. Satanás es un dios atávico que está descalificado, pues sólo reducidísimo número de sujetos en el mundo civilizado cree realmente en su existencia. En cambio se le ha substituído por un concepto abstracto del mal; es una forma nueva, cuyo fondo es atávico, porque es de origen fóbico. La existencia del mal, es la conversión a lo abstracto de los dioses fóbicos concretos de las religiones salvajes primitivas.

Religiones a base sentimental o de origen estético sentimental, son las actuales en los pueblos más cultos, las más difundidas y que afectan al mayor número de individuos dentro de las colectividades cultas. Los pueblos salvajes están en etapas mucho más inferiores; sus dioses son fóbicos o motores, como ocurre en los pueblos del Africa Central, en algunas sectas indúes, en los Onas o los Yagan fueguinos, etcétera, etcétera.

El último estadio, como veré más adelante, corresponde a los dioses que nadie conoce con el nombre de dioses, surgidos de la intelectualidad, es decir, a los dioses intelectuales, que surgen de la estética intelectual que sólo afecta a muy reducido número de individuos de las colectividades más avanzadas.

4.ᵒ Estética intelectual.—La estética intelectual proviene de las reacciones estéticas de origen mental. La belleza de la idea, la belleza del pensamiento. Es la estética del pensar, o el término superior de la serie que comenzando con el movimiento, asciende en el sentir, se perfecciona con el sentimiento en la sexualidad y llega a su punto culminante en la intelectualidad. Las reacciones estéticas de carácter intelectual están en el mundo de las operaciones superiores de la mente, están en las ideas; más complicadas y armónicas, en los juicios; de mayor empuje y amplitud, en el razonamiento, y como pináculo, en la creación.

La estética intelectual no se encuentra en las operaciones de las aptitudes adquisitivas, sino en forma oscura y rudimentaria; es propia de las aptitudes elaborativas, en el sujeto que piensa, que medita, que en cualquier forma crea, rectifica, corrige, amplía o simplemente discute ideas. Su expresión más elevada se encuentra en los pensadores, en los filósofos, en los inventores y en los descubridores.

La belleza reside, como en las otras formas, en el triunfo, en llegar a la deducción o inducción, en intuir, en arribar a la teoría, principio o ley. Como los sujetos sienten la belleza del fin que persiguen, es muy común que se la atribuyan a los medios para llegar a ese fin. Sólo así se explica que los naturalistas hablen de hermosos ejemplares de acaroidios, de ofideos o de arácnidos, que un anátomo patologista aluda a un lindo caso de tumor y que se hable de bellas colecciones de casos teratológicos, de hermosas colas de panochtus o de hoplophurus, y apliquen calificativos como bello, hermosísimo, precioso, etc., a cosas de por sí evidentemente antiestéticas. Es que lo estético no está en la cosa misma, sino en lo que permite construir esa cosa. El vulgo, incapaz de apreciar lo último, ríe o queda estupefacto de la aplicación de los adjetivos. Sólo por las reacciones estéticas intelectuales se explica la existencia de individuos que se pasan días enteros, semanas, meses, años meditando, o persiguiendo la solución de un problema científico cualquiera. Sólo por el placer estético intelectual se explica el afán de llegar a la meta, no sólo en los hombres entregados a las ciencias, sino en todo aquel que ejercita sus aptitudes intelectuales persiguiendo la explicación de un fenómeno de carácter social o la discusión de un asunto de carácter moral, y le sea indiferente o abandone por completo todo lo que para la generalidad es estético. Estos sujetos son excepcionales, y en ellos, los agentes de las reacciones estéticas comunes, no los hacen reaccionar. No encuentran belleza donde la enorme mayoría goza y si la encuentran siempre será débil, pues la estética intensa, para ellos, está en la elaboración superior. De ahí que sienten plaza de raros, porque en realidad lo son, pero son raros como sinónimos de excepcionales, y son raros, en el concepto de salir de la norma general, lo que se interpreta como sujetos inexplicables, ridículos o cuasi ridículos.

En la mujer sólo como rarísima excepción se encontrarán casos que invadan el terreno de la estética intelectual y una de las causas primordiales está en su reducido vuelo de la imaginación creadora, siendo la mujer más perceptiva que imaginativa y más sentimental que imaginativa.

En la filogenia, la estética intelectual es reciente, si se compara con los otros géneros de estética, y el período histórico sólo nos habla de reducidísimo número de sujetos intelectualmente superiores, que son los que reaccionan a la estética intelectual, en cada época. Si la estética motriz o las reacciones estético-motrices son un carácter específico; las sensorias, étnico; las sexuales, de pueblo; las intelectuales, han sido en todo lo que conocemos, un carácter puramente individual.

De ese modo, si en la filogenia las reacciones estético-intelectuales se nos presentan como un carácter individual, no podemos ni siquiera hablar de ellas en la ontogenia, y sólo afectarán al sujeto excepcional de que se trate. La filogenia de la estética intelectual está, pues, en formación; sólo con el andar de las generaciones, cuando se haya convertido siquiera en carácter de pueblo, se podrá hablar en la ontogenia de la mencionada estética, como reproducción de un carácter adquirido en la filogenia.

Claro se ve que la estética del pensar, no puede aparecer sino con la capacidad de pensar de acuerdo con la edad. Pero en esto, como se trata de un carácter individual, no se puede invocar la ley de herencia homocrona y las variaciones en los sujetos son muchas; mientras Pascal, por ejemplo, fué muy precoz, Darwin no lo fué tanto. Algunos grandes hombres manifestáronse tales desde temprana edad, otros en la edad madura.

Derivando los sentimientos estéticos de los éticos, la estética intelectual proviene de la ética intelectual. Pero la estética intelectual (así como la estética sexual, eminentemente sentimental, conducía a la religión sentimental) conduce a la religión intelectual o a los sentimientos religiosos de origen intelectual.

El esteta intelectual con su gran aptitud de razonar, buscando el origen de las cosas, las causas de todos los fenómenos, en su afán de síntesis, no pudiendo poner límites o vallas a su aptitud, vuela hacia esas síntesis o esa síntesis que la encuentra como la causa primera más razonable y cree, por convencimiento en la Naturaleza, o en la Fuerza, o en la Materia, o en la Verdad, etc., etc., que son otros tantos dioses de origen intelectual. Así los hay partidarios o religiosos de las leyes de la Naturaleza (politeístas) de la Energía, de la Materia, del Absoluto (monoteístas), etc. No tienen religión determinada, pero han construído su edificio personal, en el que creen con toda buena fe, con toda sinceridad, sin sospechar siquiera que están abiertamente en el campo religioso. Claro es que sus dioses o su dios carecen de forma, de dimensión, etc., no tienen los atributos de los dioses primitivos, pero son siempre la causa. No existe culto externo, ni prácticas religiosas, pero sí el convencimiento. Decir que no existe Dios y que todo se explica por la Evolución, es decir que la evolución es Dios: sostener que la energía es la causa o el origen de todo, es cambiar la palabra Dios, por energía. No hay en verdad grande originalidad en el asunto, porque el Dios único, causa u origen de lo estático y de lo dinámico, de la materia, de la fuerza, de todo el mundo fenomenal conocido y desconocido, ha tiempo fué concebido. La única verdad que hay en todas estas intentonas, es el hecho de querer penetrar en explicaciones que aparentemente aproximan al hombre a esa causa única. Los sujetos que invocan como causa a la Naturaleza y sus leyes, a la Materia, a la Energía, etcétera, y que se dicen ateos e irreligiosos, no han hecho más que no tener prácticas externas y substituir el nombre de Dios por la causa invocada. El irreligioso no se preocupa nunca en buscar la causa primera, busca, si es tipo de labor mental, la causa inmediata, si la encuentra trata de inquirir la causa de esta causa, sin lanzarse en hipótesis, si no la encuentra, es decir, su espíritu no está ávido del conocimiento que no pueda adquirir experiencial o experimentalmente. El antirreligioso, en general lo es, para imponer su insospechada religión; él cree de buena fe no tenerla y en realidad no la tiene por la falta de coherencia, de cuerpo, de doctrina, pero todas sus creencias que se arraigan con profunda fe, lo hacen en general un fanático. Esto ocurre con suma frecuencia: son los que más combaten el fanatismo y a título de libres pensadores tratan de coartar la libertad de pensar.

Los verdaderamente religiosos psicológicamente se aproximan muchísimo siempre que sean sujetos superiores; lo que aleja en religión a los sujetos, son las prácticas religiosas, la mediocridad que interpreta o la inferioridad.

La decadencia de las religiones, estriba más que en nada, en la pertinacia de querer explicar por las causas primeras lo que debe explicarse, porque puede explicarse sin recurrir a ellas, por apegarse a sus prácticas, por hacerse rutinarios y no evolucionar paralelamente a las ciencias. El sentimiento religioso requiere cada vez más la base intelectual. El afán de lo ignoto conduce al sentimiento religioso, pero no comenzará el sentimiento religioso sino en el límite superior de lo racionalmente explicable.

El hombre de ciencia es, en general, irreligioso mientras no invada el terreno de lo metafísico y pueden considerarse como raras excepciones los que no lo intentan siquiera. Lo común es que hombres de ciencia que se han declarado enemigos acérrimos de la metafísica, se debatan en plena metafísica y sostengan que su metafísica no es tal por tomar como punto de partida bases eminentemente positivas. La verdad es que la mente humana en su afán de volar no reconoce vallas y que por caminos muy diversos se vuela a lo ignoto. Los que sostienen que ha pasado la época de la metafísica y que no volverá más, están en un grave error; es la metafísica antigua la que ha pasado y dió su cosecha; los adelantos en materia científica no hacen más que desplazar más adelante a la metafísica; cada arremetida, la empuja más allá, pero ella conserva los más vastos dominios donde tanto suelen recrearse los que más impugnan a la vieja metafísica. Ella existirá mientras existan los problemas de lo desconocido; cuando mucho de lo desconocido actualmente sea conocido, ese lote de la metafísica habrá ingresado al dominio de lo positivo y desde allí se tendrá en frente el campo de la metafísica futura tentando constantemente a la inteligencia a hacer incursiones por sus vastos dominios.