II
Mi mejor época empezó cuando pude formar compañía, siendo a la vez empresario y actor.
La primera dama era mi mujer, la pobre Rosalba, de la que hablaré luego. Su padre, un español venido de allá treinta años antes que yo, había alcanzado en Buenos Aires los tiempos del tirano Rosas, y, por su edad y su voz, se encargaba en nuestras representaciones del papel de traidor. Los demás actores se quejaban a todas horas, provocando disputas con sus celos y exigencias; pero esto no impedía que marchásemos siempre juntos, queriéndonos como si fuésemos de la misma familia.
Rosalba era extremadamente morena, tenía hermosos ojos, y más de una vez sentí orgullo y tristeza a un tiempo viendo cómo la miraban muchos espectadores en las ciudades del interior. La pobre no conoció jamás la riqueza ni el verdadero lujo; pero representaba la poesía de la vida, la elegancia aristocrática, los grandes placeres de Europa, ante los públicos sencillos que venían a escucharnos, como si fuésemos los enviados de un mundo misterioso y lejano.
Su madre también era española; mas Rosalba, por haber nacido en Buenos Aires, se consideraba distinta a nosotros, interpretando esta diferencia como algo que la confería una superioridad indiscutible. En sus momentos de fervor artístico (que no fueron muchos) soñaba con ir a España para representar en uno de sus teatros. Ser actriz en Madrid le parecía el término glorioso de una existencia. Luego, en sus ratos de cólera (que eran los más), me echaba en cara mi origen:
—Tú eres un «gallego»; yo soy criolla y estoy en mi casa.
Mi suegro, hombre a la antigua, incapaz de abdicar la superioridad de su sexo, me daba consejos:
—¡Mucho ojo, Mariano! Mi niña es una mala bestia, y ya sabes cómo hay que tratarla: el pan en una mano y el palo en la otra.
Pero yo, doctor, preferí siempre tener la razón de mi parte, dejando que ella fuese injusta y agresiva. En realidad, ya no me acuerdo de los disgustos que pudo darme. Nuestra vida movediza y pródiga en molestias nos impulsaba a juntarnos otra vez, olvidando con facilidad las querellas del día anterior. Frecuentemente me hablaron mal de ella, y hasta recibí anónimos; pero la envidia profesional, sobre todo entre mujeres, aconseja tales cosas a la gente del teatro.
Confieso, sin embargo, que algunas veces sentí la tentación de separarme de ella por sus imprudencias. Coqueteaba descaradamente con señores del público, y esto era perjudicial para nuestra empresa, haciendo desmerecer a la compañía y quitándonos prestigio ante las nobles matronas de las ciudades en que trabajábamos.
Yo podía enfadarme con mi esposa, pero no me era posible despedir a la primera dama. No habríamos logrado continuar sin ella nuestras representaciones. Por eso, aunque me cause cierta vergüenza el confesarlo, transigí siempre, y algunas veces, al huir Rosalba de nosotros, fui a pedirle que volviese, en nombre de su familia y en nombre también de los demás artistas, que faltos de su colaboración iban a verse en la miseria.
Sé que las gentes malignas hicieron comentarios poco gratos para mí sobre estas fugas, diciendo que siempre la acompasaba en ellas algún personaje del país, doctor, general o simple periodista. Pero estoy seguro de que eran calumnias. Ella me lo demostró siempre con pruebas irrecusables. Si huía de nosotros era por su carácter caprichoso, por su genio independiente, que la hacía odiar de pronto cuanto la rodeaba.
Crea, doctor, que si alguna vez me fue infiel (y ahora lo dudo), debió serlo por imposiciones violentas, y no por su voluntad. Usted no sabe lo que puede encontrarse viajando a través de esta América, tan desigual. En las Repúblicas de vida adelantada, donde mandan los blancos más que los obscuros, hay justicia, y las personas pueden creerse seguras. Pero a veces caíamos en lugares donde estaban las gentes como encogidas, bajo el capricho de un hombre solo. Esto era en provincias de alguna de esas Repúblicas sometidas a frecuentes revoluciones. El presidente, para gratificar a los que contribuyeron a su elevación, los envía a un territorio lejano, y allí pueden enriquecerse, llevando una existencia igual a la de un antiguo gobernador turco.
Imagínese las inquietudes de nuestra compañía cuando llegaba a uno de estos lugares. Temíamos el mal humor del tirano, porque podía oponer toda especie de obstáculos a nuestro trabajo. Faltos de su protección, nos era imposible obtener un local ni ganar dinero. Pero yo, por mi parte, temía no menos a los gobernadores entusiastas del arte dramático, que nos recibían con una afabilidad extraordinaria, asistían familiarmente a nuestros ensayos y nos brindaban apoyo. Cansados de las hembras del país, sentían la atracción de la comedianta recién llegada, que era además esposa del director de la compañía: una novedad.
¡Las astucias que hubo de emplear para defenderme de tales bárbaros!... Uno de ellos me tuvo en la cárcel tres semanas, por creer que yo era amigo de los que conspiraban contra él. Es verdad que mientras estuve encerrado proveyó al mantenimiento de toda la compañía, invitando además a mi esposa a comer y cenar en su casa... Y mis compañeros, halagados por la familiaridad del gobernador, declararon que esta temporada, tan penosa para mí, fue para ellos la más agradable.
Nunca quise saber con certeza lo que pudo existir detrás de una medida tan arbitraria. Rosalba me juró que este hombre temible y atropellador, aunque de perversa educación, era en el fondo un caballero, y no había osado nada contra ella. No pude negarme a creerla. Me lo juró sobre la cabeza de nuestra hija.
He olvidado que usted no conoce a mi hija Pepita: una actriz de verdadero talento, pero con un carácter peor que el de su madre. Esta muchacha excelente, muy seria en sus costumbres, tiene un gesto que corta y disuelve todo intento de confianza. Por eso muchos de nuestra profesión la llaman por apodo «la Virgen guerrera».
Hace más de veinte años que nació en Buenos Aires; pero esto fue pura casualidad. Lo mismo podía haber nacido en una pobre estación de ferrocarril, en una carreta cruzando la Pampa, o en una canoa bajo el ramaje de una selva vecina a un río. Rosalba no dejó de representar mientras la llevaba en sus entrañas. Hasta el último instante se apretó el corsé e hizo esfuerzos para mantener disimulada su maternal deformidad. No quería que el público riese considerando su estado y viendo al mismo tiempo que el galán joven la perseguía loco de amor, deseoso de morir o matar por ella. Así es nuestra existencia.
Tampoco las funciones de la lactancia sirvieron de estorbo para la gloria y la actividad artística de la madre. Mi pobre Pepita se dio cuenta de que existía entre dos bastidores de teatro pobre, y pasó sus primeros años en continuo viaje por las tierras comprendidas entre los dos trópicos, llegando algunas veces hasta las montañas heladas de la Tierra del Fuego.
Mi esposa, que unas veces era Doña Inés, otras la dama feudal amada por el trovador, y otras la doncella romántica de ojos pudorosos con una rosa en la mano, se abría en los entreactos la pechera del vestido para que la niña pudiera alimentarse, medio cegada por el resplandor de un mechero.
Hubo que acudir a recursos extraordinarios para que no muriese de hambre. Rosalba, que, a pesar de sus defectos, era una excelente mujer, no podía cumplir a la vez con exactitud sus deberes contradictorios de madre y de artista. Como viajábamos incesantemente, la pequeña se nutrió al azar de nuestras correrías. Le dieron sus pechos indias y negras; se alimentó con leche de animales de todas castas: vacas, yeguas y cabras. Hasta creo que conoció las ubres de las llamas que trotan como bestias de acarreo por los senderos pedregosos de los Andes.
Esta alimentación, que uno de mis compañeros, llamado Tribaldo, muy extravagante en el empleo de las palabras, llama «internacional y geográfica», fue causa, tal vez, del carácter raro o intratable de la niña.
Aprendió a mantenerse sobre un caballo antes de saber andar. Durmió tranquilamente, como en un regazo, entre fardos llevados a lomo por mulas o guanacos. Su tierna carne se acostumbró al lancetazo chupante de los mosquitos, las moscas de color y demás insectos de las soledades americanas. Una vez, al hacer alto en una selva, la sorprendimos jugueteando con una serpiente de cascabel. En otra ocasión, al pasar un río abundoso en caimanes, se nos cayó de la mula, y hubo que sacarla por los pelos. Tenía entonces cuatro años, y después de expeler el agua tragada, no volvió a acordarse del accidente. Mi hija conoce todo lo malo de este país, y no hay nada en él que pueda matarla...
¡Los viajes de hace veinte años, cuando aún vivía mi esposa y empezaba Pepita a salir a escena, unas veces de niña raptada, otras de angelito, en el momento de la apoteosis final!... Mientras trabajábamos en tierras con ferrocarriles, la compañía se trasladaba fácilmente de un lugar a otro, seguida de todo su equipaje. En nuestra existencia errante no podíamos olvidar nada: trajes, objetos ni decoraciones. Era imprudente contar con los recursos del país. En ciertos pueblos el teatro era un corral. Nosotros nos limitábamos a levantar el tablado que servía de escenario, y el espectador se traía el asiento de su casa.
Hoy existen ferrocarriles en muchas tierras que atravesé yo hace menos de medio siglo viajando lo mismo que los primeros exploradores españoles. Como ocurre siempre en los países que llegan tarde a disfrutar las ventajas del progreso, estos ferrocarriles son magníficos, superiores a los de Europa; como quien dice, «la última palabra»: vagones Pulmann, amplios dormitorios, etc. Pero en mis tiempos tuve que invertir seis u ocho días, subiendo y subiendo por las faldas de los Andes y atravesando cimas eternamente nevadas, para correr el mismo camino que ahora hace el tren en unas cuantas horas.
Ascendíamos a tan enormes cumbres, que nos daba la enfermedad llamada «sorocho», el mareo de las alturas, igual al mareo del mar. Los cóndores volaban curiosamente sobre nosotros, adivinando que éramos una tropa diferente a la de los arrieros de poncho colorado que cruzan la Cordillera con sus recuas.
Emprendíamos el viaje desde cualquier puerto del Pacífico (población cosmopolita y calurosa, a ras de las olas, con muchos comerciantes ingleses o alemanes) hasta alguna ciudad del interior, de nombre histórico, situada en lo alto de la Cordillera, a dos mil o tres mil metros, y adormecida noblemente lo mismo que en la época de sus ilustres fundadores, venidos de Extremadura o Andalucía. Como avanzábamos por senderos estrechos, bordeando precipicios, el material de la compañía iba a lomos de bestia. Para mayor seguridad y baratura, empleábamos el animal de carga del país, el compañero del indio.
Usted conoce indudablemente lo que hacen las llamas cuando el arriero pretende imponerles un trabajo extraordinario. Es un animal que sabe hasta dónde deben llegar sus fuerzas, se irrita ante el abuso, y defiende tenazmente sus derechos. Todos los de su especie han acordado, sin duda, que sólo deben soportar una determinada cantidad de kilos, y cuando les colocan una libra más en sus alforjas, llamadas «petacas», se tienden en el suelo como un trabajador que apela a la huelga pasiva, y no hay quien los levante, por más palos que les den.
Nuestras decoraciones eran de papel, y no muchas; el vestuario y los objetos escénicos tampoco resultaban abundantes; pero, aun con esta parsimonia, ¡imagínese si serían necesarios animales de tal especie para trasladar toda la impedimenta de la compañía!
Formábamos una hilera de doscientas o trescientas llamas, con sus arrieros indios, que gritaban para animarles en los malos pasos. Los artistas íbamos en mulas tozudas y voluntariosas, a las que era prudente dejar sueltas, a merced de su instinto, sin preocuparse de guiarlas, sin otra defensa que cerrar los ojos en ciertos senderos, que más bien eran filos de cuchillo, con un precipicio de varios centenares de metros debajo de nuestros pies. Esto no impedía que «la Virgen guerrera» trotase al frente de la caravana, a horcajadas como un muchacho, las piernas al aire, la cabellera suelta al viento, y en continua pelea con su mula, que coceaba junto a los abismos, protestando de una voluntad deseosa de imponerse a fuerza de varazos y tirones del ronzal.
Los personajes más importantes de la compañía marchábamos en el centro de este rosario. Crea usted que a nuestras tres o cuatro mujeres, arrebujadas en sus mantos, con la cara ennegrecida por el sol y el frío de las cumbres, no las habrían conocido jamás los mismos que las aplaudían una semana antes en la ciudad que habíamos dejado abajo, junto al mar.
Ascendíamos en zigzag, como una fila de hormigas rojas, por las laderas de los Andes. ¡Éramos tan poca cosa en aquella inmensidad!... Levantando los ojos podíamos ver las panzas de los animales de la primera sección de la caravana, que subían y subían, trazando una serie de ángulos. Mirando abajo sólo encontraban nuestros ojos las cargas y las cabezas de las llamas que cerraban la marcha. A veces salvábamos profundísimos barrancos merced a un puente hecho de lianas, que se mecía como una cuna sobre el abismo.
Viajábamos lo mismo que en otros siglos los personajes de la colonización española. Como yo tengo mis lecturas, creí muchas veces que no éramos una compañía de cómicos; más bien una caravana de funcionarios, enviados por el rey de España y sus Indias, que acababan de desembarcar; un corregidor y varios oidores de Audiencia venidos con sus damas a tomar posesión de sus cargos.
Cuando el viento de las alturas era favorable, soplándonos por la espalda, los arrieros convertían sus bestias en navíos. Entre las dos «petacas» colocaban un palo, izando en él un pedazo de lona que hacía oficios de vela. De este modo la fría brisa de las cumbres ayudaba nuestra marcha, empujando a las llamas, haciéndoles redoblar su trote adormecido; y la flota animal, con sus centenares de velitas desplegadas, iba navegando entre el revuelto oleaje de rocas y nieves.
Guardo un mal recuerdo, doctor, de mi viaje en ferrocarril la última vez que estuve en Quito. Este mismo viaje lo había hecho seis años antes en recua, y aunque fue incómodo y largo, resultó más seguro.
La línea férrea que existe ahora de Guayaquil a Quito es casi un funicular de varios centenares de kilómetros; una vía atrevidísima que sube y sube. Como yo y mis gentes empleamos este medio de transporte en las primeras semanas de su funcionamiento, el tren descarriló al ganar una meseta solitaria de los Andes.
Hubo muertos y muchos heridos. Imposible imaginar un paisaje más desolado: rocas de colores metálicos, y como única vegetación cactus rectos y muy esparcidos, que parecían hombres resbalando por las laderas. Ni una casa, ni un árbol, ni una gota de agua. Y en esta soledad, lamentos de heridos, gentes llamándose en torno a los vagones hechos pedazos o volcados.
Me alejé del tren, buscando socorro. De pronto vi asomar cautelosamente sobre el borde de un barranco unos cuernos rojos y algo flácidos, como si fuesen de trapo; luego unos ojos oblicuos y malignos, con las cejas en ángulo, y el resto de una cara manchada de negro y bermellón. Era un demonio, un verdadero demonio, más horrible en esta soledad que los que había yo visto en los cuadros y en el teatro.
Detrás de este demonio, que subía lentamente, a cuatro patas, apareció otro, y luego otro. Llevaban trajes grotescos, disparatados, astrosos; pero estas vestimentas parecían darles un aspecto más horripilante. La tropa infernal, que iba avanzando medio oculta, con las precauciones que impone la vida desconfiada del desierto, se puso de pie y marchó audazmente, animada por el aspecto que ofrecía el tren.
Le confieso que sentí miedo al ver cómo venían hacia mí tantos diablos, rojos y verdes, con la cara negra de hollín. De pronto recordé que estábamos en domingo y era Carnaval. Los demonios se convirtieron en indios, habitantes de chozas cercanas o invisibles para mí, que se habían disfrazado con motivo de la fiesta, abandonando sus bailoteos al enterarse de la catástrofe.
Como era mediada la tarde estaban ebrios, y después de rondar en torno a los vagones, empezaron a sentirse tentados por los equipajes de los viajeros, haciéndolos suyos tranquilamente. Representaba una amenaza de muerte pasar la noche en compañía de estos demonios, cuyo número iba aumentando. Por suerte, llegó un tren de socorro: una locomotora y un vagón, con varios empleados norteamericanos de la línea, y una caja de botellas de whisky para las primeras curas. No podía pedirse más.
Otras veces conocíamos en nuestros viajes inesperadas grandezas y maravillosas abundancias. Recuerdo cómo desembarcamos en una ciudad de la costa del Perú, fundada por Pizarro, pero que había permanecido luego olvidada durante siglos. Los yanquis empezaban en ella la explotación de unas minas, o mejor dicho, la depuración de las escorias, abundantes en plata, abandonadas por la minería colonial, y esto había atraído numerosos obreros.
Fuimos a tierra desde el vapor en una balsa, hecha de troncos y tripulada por indios. No crea que el viaje era fácil. Había que salvar tres líneas de rompientes, aprovechando el minuto preciso, con riesgo de zozobrar y ahogarse si los remeros maniobraban un momento antes o después. Aun así, quedamos varias veces, personas y objetos, sumidos entre espumas, yendo acompañada cada sacudida de la balsa con alaridos de mujeres y llamamientos a todos los santos. Viajeros y cosas navegábamos amarrados, para mayor seguridad, y aun así perdimos mucho equipaje.
No había otro medio de desembarcar; pero la aventura valía la pena. Imagínese la emoción de un millar de hombres aislados en este pedazo de costa olvidada, ganando dinero abundantemente y sin saber qué hacer de él. Un barracón vecino al embarcadero de mineral lo convertimos en teatro. Cada minero pagó por su entrada un peso fuerte. Nunca he vuelto a ver tantos duros juntos. Cuando nos retiramos a media noche a nuestro alojamiento, tuvimos que valernos de una carretilla para acarrear las espuertas llenas de monedas de plata.
Además, en ningún teatro obtuve ovaciones tan sinceras y clamorosas. Lo que más gustaba a este público de blancos y mestizos eran los dramas abundantes en peleas y con mucho choque de espadas. Cada vez que me batía con el traidor de la obra, los espectadores daban alaridos de entusiasmo, pidiendo un segundo combate, y yo, enardecido por los aplausos, repetía la lucha, matando de nuevo a mi adversario.
Nunca aprecia uno el poder mágico del teatro como viviendo entre gentes sencillas. Por eso en mis viajes he preferido los pueblos humildes y olvidados, las ciudades viejas, a las que sólo llega muy de tarde en tarde una compañía teatral.
Que no me hablen de esas capitales de América vecinas al mar, en las que se usa generalmente la lengua española, pero son muchas las gentes de todos los países. Llega uno para dar a conocer las obras del teatro clásico, y le preguntan inmediatamente cuántas mujeres trae la compañía, si son bonitas y si las obras que van a representarse tienen música y canto. Deme usted ciudades del interior, reposadas y nobles, donde se encuentran plazas con soportales que recuerdan a Toledo y Segovia; donde los señores usan barba y tienen un aire caballeresco, como si acabasen de quitarse la coraza en su casa; donde las damas son aseñoradas y van a misa cuando apunta el sol a un convento que tiene naranjos en el patio, llevando sobre el rostro un manto negro, lo mismo que las tapadas de Calderón y de Lope.
Parece que esta América vieja se ha modificado mucho desde mis tiempos de galán joven y va a desaparecer. Pero yo la he conocido aún con su noble atraso y su lujo colonial. Estuve en poblaciones del interior célebres por sus minas históricas, donde todo era de plata, pero de plata antigua y recia, trabajada a martillo, con la prodigalidad que aconseja la abundancia del material; los platos, los jarros y hasta cierto útil nocturno depositado junto a la cama. Los objetos de loza había que traerlos de la costa, y se quiebran fácilmente en un viaje a lomos de mula por los senderos de la Cordillera. Resultaba más económico fabricarlos de plata.
En estas tierras de vida ingenua es donde me vi más apreciado. Hombres de cuchillo curvo, que llevaban varias muertes sobre su conciencia, me seguían, al encontrarme en las calles, con ojos de admiración y respeto. Eran espectadores que me habían visto la noche anterior batirme como un héroe contra varios bellacos.
—¡Salud, patrón!—decían algunos—. ¡Vaya una «manito» que tiene usted para la espada! ¡Que el Señor se la conserve!
Muchas veces me he acordado del gran Rengifo. Estando en Méjico, al ir en diligencia de una ciudad a otra, le salieron al camino unos bandoleros célebres, que llevaban sus trajes y monturas chapeados de monedas y bordados de plata. Estos facinerosos mataban a todos los que pretendían desobedecerles.
—Yo soy Rengifo—dijo con arrogancia a los ladrones, mirándolos frente a frente.
Y ellos dejaron de apuntarle con sus carabinas, echando pie a tierra para estrechar su mano.
—Nosotros respetamos a los valientes, compañero.
Todos ellos le habían visto en el teatro.
Cesó de hablar el gran Fonseca, quedando en actitud meditabunda. Parecía perseguir sus recuerdos y reconcentrarlos, para que no se escapase ninguno. Deseaba hacerme conocer, en sus múltiples aspectos, buenos y malos, aquella vida errante a través de América, que tenía para él la dulzura melancólica de su lejana juventud.
Pero un hombre gordo y afeitado, con rostro de comediante viejo, acababa de entrar en el café. Iba a sentarse junto a una mesa ocupada por otros de su mismo pergenio, cuando al reconocer a Fonseca cambió de dirección, viniendo hacia nosotros.
—¡El tiempo que llevo sin verte, Mariano!—dijo con voz profunda y lenta, que daba una solemnidad grotesca a sus palabras—. Te encuentro gordo como un canónigo de aldea.
Fonseca le miró con ojos de conmiseración.
—No seas bruto, Tribaldo. En las aldeas no hay canónigos. Querrás decir un cura de aldea.
—¡Tú siempre dando lecciones! Quieres que no olvide que en tu juventud fuiste estudiante... Bueno; hemos de hablar de un negocio, de una tournée en Chile. Vendré a buscarte luego. Te invito a dar un paseo... noctámbulo.
Y al marcharse Tribaldo, el gran Fonseca me miró como si implorase clemencia para los disparates de su camarada.
—Así son—dijo con tono resignado—la mayor parte de los que vienen a este café. ¡Y uno debe vivir con ellos a todas horas!... Por suerte, tengo a Pepita. Es preciso, doctor, que venga usted a nuestra modesta casa, para que conozca a mi hija.