III
—¿Cuándo nos vimos la última vez, doctor?... ¿Hace ocho años o diez? Sólo recuerdo que nos encontramos en aquel café de la Avenida de Mayo, donde se reunían las gentes de mi arte. A pesar del tiempo transcurrido, le reconocí inmediatamente. Usted, en cambio, no hubiese sospechado nunca que soy el mismo Fonseca que le entretenía con sus historias allá en Buenos Aires.
Era cierto: nunca hubiese conocido al famoso comediante andariego en este viejo de espalda convexa, desdentado y con el rostro fruncido como una fruta invernal. De su pasado sólo conservaba la cabellera encrespada y abundante; pero ya no admitía el tinte, y era blanca y dura lo mismo que la de los negros cuando encanecen.
—Reconocerá usted, doctor—siguió diciendo don Mariano—, que fui profeta cuando le anuncié en «el otro mundo» el porvenir brillante que lo esperaba aquí. No he sentido ningún asombro al reconocer a mi antiguo compañero de café en el célebre médico que se digna visitar nuestro establecimiento. Yo he seguido rodando cuesta abajo; era mi destino, y gracias que pude parar aquí. Usted me conoció comediante en decadencia; pero, en fin, artista todavía, y con ciertos públicos que se conservaban fieles a mi nombre. Transcurridos unos cuantos años, me encuentra ahora de asilado en un establecimiento de caridad, y viejo, como si un siglo entero hubiese pasado sobre mí.
Durante mi veraneo en la costa cantábrica había querido ver un asilo para ancianos, fundado cerca del mar por un español enriquecido en la República Argentina. Este «indiano» había comprado una casa enorme, con vasto jardín, para vivir el resto de sus días en el país natal; pero el descanso, después de una existencia penosa de negocios y ahorro, pareció atraer a la muerte. Antes de irse del mundo había ordenado que su finca fuese convertida en asilo, aplicando la mayor parte de sus rentas al sostenimiento de la fundación. Como recompensa moral sólo pidió que su nombre figurase en grandes letras de oro sobre la fachada. Era médico-director del establecimiento un joven muy afecto a mis trabajos científicos, y él fue quien me incitó con sus ruegos a realizar esta visita.
—No crea que me quejo de mi actual situación—continuó el comediante—. Fue una verdadera suerte que algunos españoles de Buenos Aires, apiadados de la miseria de Fonseca, al que habían aplaudido tanto en otros tiempos, obtuviesen un puesto para él en esta casa, que sólo puede albergar un corto número de infortunados. Le advierto que hicieron además una suscripción para costearme el viaje. El último obsequio de aquel público que tanto me quiso.
Aquí no estoy mal. El director me aprecia y gusta de escuchar mis historias «del otro mundo», o sea mis aventuras de cuando andaba de un extremo a otro de las antiguas Indias occidentales representando comedias. Los asilados me conocen y hasta sienten cierto orgullo al verme entre ellos. Algunos estuvieron en América, donde tanto bruto se ha hecho rico, y volvieron más pobres que se fueron, con la salud perdida. Unos recuerdan haberme aplaudido en un teatro de allá; seguramente un teatro de pueblo, de los de mi última época. Otros sólo están enterados de que don Mariano fue algo, y no por eso me respetan menos. Todos ven que cuando llegan visitas importantes soy yo el único de la casa que inspira curiosidad y el único también que puede sostener una conversación. Los demás se alejan apenas el visitante les da tabaco.
Se detuvo Fonseca al decir esto, mirando con desaliento la colilla de cigarro que guardaba entre los dedos.
—No crea usted que soy ingrato y gusto de criticar a mis bienhechores, como algunos de los infelices que viven aquí. Pero debo declarar que en esta casa no todo es perfecto y existe en ella un gran vicio de organización.
El hombre benemérito que la fundó hizo su fortuna en Buenos Aires fabricando cigarrillos, y sin embargo, en su testamento no tuvo en cuenta para nada que el hombre necesita fumar, necesidad que dio origen a su riqueza. Estamos bien alojados, no comemos mal; pero de tabaco... ¡ni una brizna! En el reglamento de esta casa no se habla de dar a los asilados ni un mísero cigarrillo, y usted sabe cuán necesario es el tabaco para los que viven una existencia común, en un buque, un cuartel o un asilo.
Yo espero horas enteras el paso del director por el jardín o invento pretextos para buscarle. Sé que el encuentro me puede proporcionar un poco de tabaco, pues a él lo place oírme, y yo hablo más a gusto cuando fumo.
Esto no lo he dicho como indirecta para que me regale usted cigarrillos... Pero en fin, ¡ya que usted se empeña!... Crea que agradezco de verdad su obsequio. Otros asilados tienen parientes en el país, que vienen a verlos y les traen paquetes del estanco. Yo estoy solo en el mundo y únicamente puedo contar con lo que me den las buenas almas.
Cediendo a mi insistencia, Fonseca se apoderó, con una avidez pueril, de todos los pitillos que contenía mi cigarrera. Encendió uno en el resto del anterior, y luego de expeler por las narices dos chorros de humo con el regodeo del que paladea su deleite favorito, continuó hablando:
—Se irá usted esta misma tarde. Lo he oído a las señoras que llegaron con usted y están visitando el jardín en este momento acompañadas por el director. Vamos a separarnos pronto, y adivino que siente curiosidad por conocer la vida de este infeliz después que dejó de verle.
¿Se acuerda usted de Pepita, mi pobre «Virgen guerrera»?... No he olvidado que vino usted a casa para ver mis recuerdos de gloria: las coronas, las placas de metal regaladas en noches de beneficio, una colección de anforitas de barro cocido y otras cosas sacadas de las tumbas de los indios que fui adquiriendo en mis viajes.
¡Ay! Todo eso desapareció. Tuve que venderlo a cualquier precio en mis últimos años de miseria; cuando me vi solo en Buenos Aires y forzado casi a pedir limosna.
A mi hija la conoció usted en aquella visita. No creo que se llevase un recuerdo agradable de ella.
Inútiles las excusas: lo mismo les ocurrió a muchos. No digo que fuese mal educada; pero era incapaz de una expansión sonriente, de una palabra amable, siempre ceñuda y con hostilidad para los hombres. No podía ser de otro modo, aunque lo desease.
Repetidas veces anduvo en noviazgos con actores jóvenes de nuestra compañía; pero siempre acabó por repelerlos.
—Yo no puedo sufrir a otro hombre que a ti, papá—me decía—. No me casaré nunca.
Creo que uno de estos novios desechados fue el que inventó su apodo de «Virgen guerrera». El mote no pudo ser más exacto y completo. Su odio a los hombres era prueba y garantía de su virginidad. Y en cuanto a lo de guerrera, yo sabía de esto más que nadie.
Tenía el carácter belicoso de mi mujer; pero la pobre Rosalba enviaba sonrisas voluntariamente a los señores del público, y mi hija necesitaba un esfuerzo heroico para sonreír en la escena. En realidad, sólo llegaba a dar media sonrisa, y era con la boca nada más, mientras el resto de su cara se mantenía cejijunto y agresivo.
Este mal carácter le impidió ser una gran actriz. No crea que habla mi cariño de padre. Le aseguro que tenía más talento que Rosalba y todas las mujeres con las que he trabajado en mi vida. ¡Pero aquel rostro de pocos amigos!... ¡Aquella voz dura y monótona, que sólo se ablandaba al expresar en escena la cólera o la venganza!...
Con todos sus defectos, los últimos años que pasé junto a ella, a pesar de ser los de mi decadencia, me parecieron más gratos que los de mi juventud gloriosa al lado de Rosalba. Después que usted la vio hicimos una excursión por Chile y otras Repúblicas de la costa del Pacífico. Fuimos avanzando de teatro en teatro en dirección contraria a la de los descubridores españoles, o sea de Sur a Norte.
Le he dicho a usted de teatro en teatro, y esto muchas veces no fue verdad. Huíamos de las ciudades con teatros, porque en ellas el público no mostraba interés alguno por conocernos. Había pasado la época de Mariano Fonseca. Este nombre no decía nada a las gentes nuevas. En todas partes querían obras con música o dramas representados con gran aparato escénico, ¡y nosotros éramos tan pobres!...
La juventud del país acudía la primera noche deseosa de ver a las mujeres de nuestra compañía; pero mi Pepita, con sólo mostrarse, ponía en fuga a este público bullicioso. Sin embargo, usted la conoció. Era tal vez demasiado morena, pero nadie podía llamarla fea. Además, acuérdese de sus ojos...
Indudablemente, no era un espantajo, y muchos sintieron la atracción de su juventud y de su hermosura algo rara. Pero ¡ay!, ¡su maldito carácter!... ¡Aquella prontitud de mano para contestar con una bofetada al más pequeño atrevimiento!... En algunos pueblos fuimos silbados a causa de sus violencias; de otros tuvimos que irnos a toda prisa porque la niña había golpeado al hijo del personaje más poderoso.
Buscábamos, para no morirnos de hambre, poblaciones casi ignoradas, sin pensar si había en ellas teatro o no lo había. Improvisábamos nuestro escenario en corrales de posadas llamadas hoteles, en plazas públicas, hasta en tolderías de indios a medio civilizar. Allí donde existía un grupo humano llegaba la compañía Fonseca, en mula, en carreta, en piragua o a pie.
Cuando nos faltaba algo para nuestras decoraciones, lo buscábamos en el almacén de comestibles del lugar. Recuerdo haber empleado en Don Juan Tenorio, como estatua de Doña Inés, un cartel anunciador hecho en los Estados Unidos, que representaba una buena moza, de tamaño natural, montada en una bicicleta. Y tal es el poder del arte, que con esta carencia de medios escénicos lográbamos emocionar a nuestros públicos y hacerlos aplaudir. Pero repito que esto ocurría siempre lejos de las ciudades, trabajando «con decoración de selva», como decía uno de nuestros compañeros.
Teníamos además un enemigo feroz, que nos acosaba incesantemente y cada año parecía centuplicarse. Lo sentíamos avanzar a nuestra espalda; nos salía al encuentro cerrándonos el paso; nos obligaba a redoblar la marcha para librarnos de su persecución; iba estrechándonos por ambos flancos. Este enemigo era el cinematógrafo.
Mientras no existió el maldito invento pudimos los cómicos errantes de América prolongar nuestra vida. En las poblaciones del interior, las gentes necesitadas de entretener sus noches acudían gozosas a nuestros espectáculos, fuesen éstos como fuesen. No había otra cosa. Pero con la generalización del llamado «teatro mudo», todos parecían vernos bajo una nueva luz, dándose cuenta de nuestra pobreza y de nuestras improvisaciones grotescas.
Crea, doctor, que por culpa del cinematógrafo pasamos grandes apuros y vergüenzas en el último período de mi carrera. Gracias a que la energía de Pepita sirvió más de una vez para sacarme adelante. Yendo de pueblo en pueblo y evitando las ciudades, que representaban para nosotros el fracaso y la miseria, vinimos a dar en una de las regiones menos pobladas de Venezuela; un país que políticamente pertenece a dicha República, pero a causa de lo difíciles y largas que resultan las comunicaciones, está gobernado por un amigo del presidente, que ejerce una autoridad absoluta.
Este gobernante cambia a cada revolución, y el que encontramos nosotros fue un buen mozo, llamado Urdaneta, gran jinete, gran «machetero», como dicen allá, e irresistible en el manejo de la lanza. Era un hombre temerario, pródigo en dádivas, rapaz para los que vivían sometidos a su gobierno, feroz con sus enemigos y aficionado a todos los placeres que tienen algo de crueldad; en fin, un varón creado para la pelea y la conquista.
Él vio una especie de triunfo político en nuestra llegada a la población, cabecera de sus dominios. La compañía Fonseca representaba un gran suceso en la historia de su gobierno. Iban transcurridos muchos años desde la última vez que unos comediantes habían visitado aquel rincón de la tierra.
Resultaba explicable el entusiasmo con que fuimos recibidos, después de tantos menosprecios y pobrezas. El viaje valía todo esto y mucho más. Yo, que llevaba una vida tan larga de exploraciones, sentí asombro viéndome llegado hasta allí.
Un protegido de Urdaneta, al encontrarnos en la capital de la República, nos había propuesto esta «temporada extraordinaria», y dirigidos por él atravesamos sabanas que parecían interminables, y en cuya vegetación se hundían nuestras mulas hasta el vientre. Luego nos creímos perdidos en selvas donde no se veía el cielo y bajaba a través del ramaje una luz verdosa, semejante a la del fondo del mar. Pero los guías lograban orientarse, siguiendo unos senderos apenas perceptibles entre la maleza agitada por bestias ocultas. Vimos aves de plumaje fantástico, mariposas enormes, pájaros diminutos como insectos, moscas que parecían esmeraldas y rubíes con alas; mas nos faltaba tranquilidad para admirar tales prodigios. Pensábamos en tigres y jaguares, creyendo su aparición inmediata cada vez que las mulas coceaban o se echaban atrás, inclinando sus orejas con inquietud.
A continuación pasamos muchos días viviendo y durmiendo en canoas que se deslizaban por una maraña de arroyos y ríos. Todos los cursos de agua parecían iguales. Repetidas veces nos imaginamos haber pasado por el mismo sitio, mirando con incredulidad a los romeros indígenas, que sonreían de nuestra desconfianza. Navegábamos jornadas enteras bajo túneles de follaje. Las ramas colgantes nos obligaban con su azote a bajar las cabezas. De vez en cuando, un marinero cobrizo, con la vista fija en la bóveda vegetal ensombrecedora de las aguas, levantaba su percha, dando un fuerte palo a una de las lianas verticales. La liana tenía ojos, se contraía, y perdiendo su equilibrio acababa por derrumbarse en el río. Era una boa enorme...
Pero ¿a qué contarle más de este viaje? Era una América distinta a la que usted conoce; la tierra tropical casi intacta, tal como debieron verla los primeros españoles que bajaron por el Amazonas o el Orinoco. A nosotros, pobres cómicos, después de pasar varias semanas en el seno de esta naturaleza sin domar, nos pareció una capital enorme el pueblo donde vivía Urdaneta, y recibimos con gratitud casi llorosa las muestras de afecto y protección de este personaje.
Jamás sultán de cuentos orientales se vio tan admirado y obedecido como él por nosotros. Hay que advertir que Urdaneta vivía casi aislado en las tierras sometidas a su gobierno. Todos le temían y procuraban evitar su presencia. Era caprichoso en su trato con las personas, no creía en la amistad, se consideraba amenazado constantemente, y para librarse de asechanzas procuraba ser el primero en la agresión. Total, que había dado muerte a muchos de sus gobernados para librar su propia vida, según él afirmaba, o por capricho y embriaguez, según el decir de las gentes.
Nuestra presencia le proporcionó diversiones extraordinarias. Con la magnanimidad de un tirano protector de las artes, nos invitó repetidas veces a comer en su casa. Además decretó enérgicamente que el país debía civilizarse, y para ello lo más eficaz era acudir a un espectáculo culto y moralizador como nuestras representaciones.
Siempre había sido gran aficionado a la poesía. En la sobremesa de sus banquetes, cuando estaba casi agotada la botella de ron puesta ante él, nos iba recitando el inmenso caudal de versos, sentimentales y amorosos, atesorado en su memoria. Durante sus campañas para derribar a varios presidentes por el hierro y por el fuego, su distracción nocturna era tañer la guitarra, cantando romanzas de treinta o cuarenta estrofas, todas ellas dignas de lágrimas. Reconozco que este guerrero lírico y sensitivo habría ordenado a veces, en el mismo día, numerosos fusilamientos; pero, no obstante este detalle y el enorme daño que acabó por causarme, declaro que era simpático a su modo.
Los últimos triunfos de mi vida artística los debo a su protección. Había improvisado un teatro, al que acudían puntualmente todas las noches los habitantes del pueblo como si cumpliesen una función pública. Frente al escenario había un tabladillo adornado con banderas nacionales, y en él un sillón de madera dorada traído de la iglesia.
Este palco presidencial lo ocupaba Urdaneta con otros personajes de tez sombría, ojos diabólicos y palabra melosa, que oran ejecutores de sus voluntades y compañeros de sus peligros. El público reía nuestras gracias o aplaudía frenéticamente nuestras nobles acciones, animado por el gesto benévolo del presidente. Pepita era considerada por los espectadores como una deidad milagrosa que podía interceder en favor de ellos, haciendo más tolerable su existencia. Yo trabajaba con el inquebrantable entusiasmo del que tiene seguro su éxito.
Pero debo llegar al final de este período de mi existencia (el último en que me creí feliz), o sea a mi infortunio definitivo.
Un día me di cuenta de que mi hija ya no merecía su apodo. Como ocurre siempre en tales casos, yo fui el último en enterarme. Por algo el público, al aplaudirla, mostraba la adulación de los que desean congraciarse con los poderosos. Pepita era la amante de Urdaneta, y esto había sido por su voluntad, sin que el déspota, acostumbrado a la violencia, necesitase hacer nada para vencerla. La «Virgen guerrera» había reservado su integridad corporal para este descendiente de los conquistadores, que la esperaba, sin saberlo, en un rincón de la América caliente, aislado por selvas y ríos.
No negaré que Urdaneta era un cumplido varón, capaz de conmover a las hembras que gustan de hombres violentos y desean vivir sometidas a una voluntad avasalladora. Pero Pepita era todo lo contrario. Yo no la consideraba inferior por su mal genio al tirano que nos protegía. Luego pensé que tal vez la identidad de sus caracteres había acabado por atraerlos.
Pasé mucho tiempo fingiendo ignorancia y ceguera. Dirá usted que esto no es digno de un padre; pero ¡ay!, ¡la vida nos exige tales cosas cuando somos pobres! Además, Pepita se mostraba contenta de su nueva situación, y cada vez que intenté hablar de lo ocurrido, me miró con aquellos ojos que parecían congelarme, cortando bruscamente mis palabras.
Con un hombre como Urdaneta no podían durar mucho las situaciones tranquilas y plácidas. Él dio fin, del modo más inesperado, a nuestra temporada teatral. Le parecieron inoportunas las familiaridades de los hombres de la compañía con la primera dama... ¿Por qué tuteaban a Pepita?... ¿Cómo iba a tolerar que un actor la abrazase en la escena, diciendo palabras amorosas, cuando por menos había sacado en diversas ocasiones el revólver o el machete, librándose en un segundo del que podía ser su rival?...
Se acabó el teatro, y con él mis noches gloriosas, apagándose para siempre aquellas salvas de aplausos que me hacían retroceder a los tiempos de mi juventud. Urdaneta retribuyó generosamente a mis compañeros, haciéndoles emprender su viaje de vuelta a la capital, otra vez por ríos, selvas y llanuras. Yo me quedé, porque era el padre de la gobernadora; pero jamás en mi existencia me vi tan solo y aburrido.
Pasaba los días conversando con aquellos personajes inquietantes, obscuros de tez, que eran algo así como los mariscales de la corte de mi napoleónico protector. Me hablaban de guerras civiles y de revoluciones, mostrando un menosprecio espeluznante por el valor de la vida humana.
Mientras tanto, los dos enamorados corrían a caballo las selvas o se dedicaban a la caza. Urdaneta era ahora maestro de mi hija, alabando sus admirables disposiciones. Este hombre de armas gozaba en enseñar su manojo a Pepita, y la casa del gobernador temblaba diariamente con el estruendo de las pistolas y carabinas usadas por ella.
Tal era la confianza del terrible maestro en su discípula, que había inventado una diversión de las que a él le gustaban, mezcla de voluptuosidad y de peligro. Muchas noches, antes de acostarse, mi yerno (llamémosle así) colocaba sobre su cabeza una fruta cualquiera del país, algo que pudiera servir como la manzana de Guillermo Tell. Y la nueva tiradora se la arrebataba con un balazo de su rifle. Después de este juego, los dos parecían amarse con nueva pasión. Era algo semejante a las caricias de las fieras, según decían en el pueblo.
Un día me hablaron dos forasteros, haciendo grandes elogios de mi talento de actor. Aseguraban haberme aplaudido en una de las pocas funciones que di en la capital de la República. Luego me ofrecieron un regalo de diez mil dólares en moneda americana y dos pasajes hasta Cuba, para mí y para mi hija.
Bastaba una operación insignificante para corresponder a tanta generosidad. Se daban por contentos con que la ex «Virgen guerrera» bajase un poquito su puntería una noche: asunto de que el proyectil, en vez de rozar la abundosa cabellera de Urdaneta, le diese en mitad de la frente.
Me pareció poco repeler esta propuesta con las mejores frases de indignación de mi repertorio, y se la revelé a mi hija. ¡Qué quiere usted!... Le había tomado cierta simpatía al tirano, recordando los tiempos en que protegió con tanta eficacia el arte dramático. Pepita debió hablar, y Urdaneta consideró oportuno unos cuantos fusilamientos, ordenados a capricho indudablemente, pero con el deseo de que sirviesen de saludable advertencia a sus contrarios.
No le extrañará a usted, después de esto, que Mariano Fonseca, hombre pacífico y accesible al remordimiento, no pudiese vivir con tranquilidad. Me acusaba a solas de los fusilamientos, como si los hubiese ordenado yo mismo. Para mayor desdicha, Urdaneta empezó a mirarme con desconfianza, considerando inoportuna mi presencia en sus dominios. Por suerte, no me creyó traidor ni un instante; pero, según dijo a mi hija, me tenía por un bonachón peligroso, dispuesto a liar amistad con todo el que me hablase de cosas de teatro: una especie de puerta abierta por la que podían llegar sus enemigos hasta él... Y como era rápido y enérgico en sus resoluciones, ordenó mi viaje de vuelta, lo mismo que había hecho meses antes con las gentes de mi compañía.
Resultaba absurdo pensar en protestas ni razones con Urdaneta. Además, mi hija decía siempre lo mismo que su amante. Para abreviar: tuve que hacer de nuevo el largo trayecto, en piragua y en mula, hasta la capital de la República; pero esta vez abundantemente provisto de dinero. El déspota sabía ser generoso, derrochando su riqueza con la misma violencia que empleaba para adquirirla.
Sentí, al verme solo, el tirón de la vida errante, y reanudé mis correrías, ahora, de Norte a Sur, atraído, como siempre, por Buenos Aires. En mi lenta retirada tuve noticias de Pepita: las últimas.
Estalló una revolución en aquella tierra; una más que añadir a la lista interminable de su historia. El presidente fue derribado; pero le dieron tiempo para escapar. Urdaneta, su protegido, no quiso imitarle. Se había acostumbrado a vivir como una autoridad independiente en aquel rincón olvidado y casi salvaje de la República. Se imaginaba que este gobierno era suyo por derecho de conquista, y nadie podía arrebatárselo, ocurriese lo que ocurriese en el resto de la nación.
La gente no lo entendía así. Ya que había triunfado una revuelta, debían renovarse las autoridades, siendo reemplazado Urdaneta por otro gobernante. Nadie se hacía la ilusión de que el nuevo fuese mejor; pero era indispensable cambiar de tirano. Los hombres de confianza del vencido sintieron igualmente ese deseo general, abandonándole para unirse a los vencedores.
Ni aun así quiso huir aquel testarudo, audaz y valeroso, digno de vivir en otros siglos. Al verse sin amigos, se fortificó en la casa de gobierno con mi hija. ¡Los dos contra todo el pueblo y contra los grupos en armas enviados por la revolución triunfante!... Ambos eran excelentes tiradores, y los fusiles y cartuchos abundaban en su vivienda.
Me han contado que Pepita, caída en el suelo, con una pierna rota de un balazo y otras heridas en el cuerpo, cargaba los rifles, pasándoselos a Urdaneta, que tiraba y tiraba incesantemente con una ligereza de demonio. Los asaltantes, después de muchos ataques inútiles y mortales, tuvieron que avanzar protegidos por unas carretas de paja ardiendo, y prendieron fuego al edificio, convencidos de que únicamente así podrían acabar con su temible gobernador.
De este modo perecieron Urdaneta y mi ex «Virgen guerrera». La muchedumbre sólo osó acercarse a ellos cuando sus cadáveres estaban ardiendo como si fuesen carbón. Aun así, temían muchos que surgiesen otra vez de entre las llamas los certeros balazos del tirano.
Después de esto, creo que nadie se atreverá a decir que en la vida de los comediantes todo es mentira y fingimiento, y que no ocurren en la realidad dramas más tremebundos que los que nosotros representamos sobre las tablas.
Muerta mi hija, las aventuras de mi vida no ofrecen interés. Cuando volví a Buenos Aires ya me había comido todo lo que me dio el generoso compañero de Pepita. Conocí de nuevo miserias y humillaciones; pero ahora estaba solo, me faltaba mi hija, que parecía sostenerme y darme vigor con su duro carácter. Además, los compañeros eran malos conmigo al no ver a mi lado «la Virgen guerrera»... Ya sabe usted lo demás: cómo vine a dar con mis huesos en este refugio, la protección de algunos comerciantes españoles de allá, la suscripción para el viaje, etc.
Pero advierto, doctor Olmedilla, que le llaman esas señoras, y el director parece impacientarse porque le retengo con mi charla.
No se ocupe de mí; atienda a sus amigos... y si alguna vez se acuerda del comediante Fonseca, su viejo compañero de Buenos Aires, ya sabe cómo puede favorecerlo.
Nada de dinero... Me envía simplemente tabaco: unos cuantos paquetes de cigarrillos.
Todos sufrimos en esta casa por la distracción de aquel cigarrero que a la hora de su muerte no se acordó de que los hombres fuman. Y las buenas almas deben reparar un olvido tan inexplicable.