II

Los rusos refugiados en la Costa Azul apenas le tenían por compatriota suyo. Se había educado en Francia, viviendo después en las capitales principales de la Europa occidental. Hacía solamente viajes a su país cuando la amistad con algún personaje de nombre ilustre le permitía frecuentar durante varios meses el mundo aristocrático de San Petersburgo.

Su hermano el industrial aceptaba con orgullo esta existencia brillante y perezosa, viendo en ella un honor para el apellido de la familia. De permanecer siempre en su país, Fedor Ipatieff sólo habría sido el hijo de un fabricante rico, sin entrada en el gran mundo. Pero en las capitales célebres de Europa podía tratarse amistosamente con grandes personajes rusos: la vida en los salones y los hoteles facilita estas intimidades; y luego, al volver a su patria, penetraba en lugares privilegiados, cuyas puertas se había abierto hábilmente desde el extranjero.

Remontándose en su pasado, más allá de la revolución, más allá de la guerra, Fedor contemplaba los tiempos de su juventud como un cuento maravilloso que había existido en la realidad; pero visto ahora, a gran distancia, resultaba más extraordinario que los cuentos imaginados. Admiraba la vida rusa bajo los zares como la más completa expresión de la dulzura de vivir. Era indiscutible que esta dulzura sólo la paladeaban unos cuantos nada más, haciéndola pagar a millones y millones de habitantes de las estepas con una existencia igual a la de las bestias. «Pero ¿acaso están ahora mejor, después de la revolución?», pensaba Ipatieff, egoístamente.

¡Oh, Petersburgo! La vida había sido en esta ciudad monumental tan lujosa y alegre como los bailes rusos, puestos luego de moda en el resto de la tierra.

Fedor se acordaba de las representaciones en el teatro María y el teatro Miguel, ante públicos de un lujo abrumador: las mujeres, con perfil altivo de emperatriz, luciendo constelaciones de joyas, y los grandes señores, brillantes como ídolos, cubiertos de condecoraciones y bordados; las cenas fastuosas en los restoranes de las islas, enormes y blancos como catedrales; los paseos en muelles vehículos por las orillas del Neva, bajo abrigos de pieles costosísimas. Este carnaval deslumbrador lo gozaban unos miles de privilegiados, que veían reservadas igualmente para el resto de su existencia las altas dignidades y las grandes fortunas del país, los empleos valiosos, los mandos en el ejército y la administración, el disfrute de propiedades agrarias extensas como naciones. ¡Y todo esto el bolchevismo lo había deshecho en unos cuantos meses!...

Los ricos de la «gran época» habían sido asesinados, como su zar y sus grandes duques, o eran mendigos, conociendo el suplicio del hambre. Las damas majestuosas como zarinas, que habían sido el principal sostén de los grandes modistos de París por sus fastuosos encargos, temblaban ahora de frío en las calles de Rusia, marchando como delgados fantasmas sobre el hielo, con las manos cortadas y desfiguradas por una temperatura inclemente, vendiendo periódicos u ofreciendo un ramito de flores mustias a cambio de un pedazo de pan con más paja que harina...

No; no había justicia en la tierra. Ipatieff estaba seguro de ello al pensar en el pasado. Y apartaba su recuerdo de la tierra natal para ver las capitales europeas tales como habían sido en sus años de juventud.

Entonces estaba bien representada Rusia en el rosto de la tierra, y era un honor ser súbdito del zar. Los grandes duques asombraban a París con sus prodigalidades. En Monte-Carlo los jugadores moscovitas eran los mejores clientes. Todas las industrias de lujo tenían en Rusia su mercado más importante, y él, Fedor Ipatieff, disfrutaba una parte de este prestigio nacional.

Los hoteles célebres de Suiza, rodeados de campos de hielo, le habían visto por la noche en conversación con la más brillante sociedad de Europa, mientras se preparaba a obtener en la mañana siguiente un nuevo triunfo como patinador. Había bailado en Biarritz, en Niza y en Deauville, según las diversas estaciones, con las damas más célebres y hermosas de Europa. Tenía por amigos a personajes célebres, y hasta había sido presentado a herederos de coronas, con esa camaradería de buen tono que impera en los lugares de vida aristocrática y costosa. Le invitaban a todas las fiestas, aceptando sus opiniones de hombre de moda un poco original y exótico. Lo necesitaban además como incansable danzarín.

Su hermano el industrial, que se enteraba por los periódicos extranjeros de estos éxitos mundanos, siguiéndole de lejos con ojos de admiración, cuando le veía llegar a Petersburgo y vivir en la sociedad más cerrada y aristocrática, proveía sin tasa a sus gastos, extremando muchas veces la producción de su fábrica e ideando nuevas economías en la retribución a los obreros para que no sufriese merma alguna en sus rentas este hermano menor, que llevaba con él la gloria de la familia.

En el último período de su existencia brillante y vana, a los cuarenta y cinco años, fue cuando Fedor Ipatieff tuvo el encuentro que consideró como primer capítulo de lo que llamaba «la novela de mi vida».

Había sido hasta entonces un ambicioso frívolo, buscador de amistades por la honra que éstas le pudieran reportar, y anteponiendo siempre en su existencia la vanidad a los afectos. Sus múltiples preocupaciones de hombre elegante sólo dejaban un lugar secundario a la necesidad que algunos llaman vagamente «amor», por miedo a usar otra expresión más precisa.

El ruso sonreía escépticamente al hablar del amor. Esta palabra sólo tenía para él un significado material, que halagaba su vanidad de hombre. En algunas ocasiones había creído conocer el llamado amor con mujeres hermosas, pero incapaces de interesarle mucho tiempo, por ser simples burguesas, faltas de lujo y que llevaban una existencia vulgar. Otras veces se había dejado querer por respetables damas que casi podían ser madres suyas, portadoras de un nombre histórico. Su hermano el industrial casi lloró de emoción cierta vez que obligaron a Fedor a salir de Petersburgo por complacer a un tío del emperador, celoso de las preferencias que mostraba por este elegante su noble esposa, una gran duquesa de fealdad hombruna y entrada en años.

Fue Vera Alejandrowa, mujer de un propietario de minas de oro y platino en Siberia, llamado Velinski, la que cambió, sin desearlo, la vida y los sentimientos del tornadizo Ipatieff.

La había conocido en los salones de Petersburgo. Era hija del general Bodkine, que llevaba hecha su carrera militar sin salir de la corte; pero como el padre carecía de fortuna y ella sólo podía concebir una existencia lujosa, se casó con el minero, despreciando momentáneamente sus prejuicios de clase. Luego, al verse rica, estos prejuicios resucitaron, haciéndole encontrar intolerable la vida con su esposo.

Después de varios años de conflictos familiares, el siberiano acabó por aceptar una separación de cuerpos, no queriendo sufrir más el carácter duro y arrogante de ella. Prefería vivir en sus tierras, donde lo admiraban las pobres gentes como un ser superior. Se contentaría con seguir siendo de nombre el esposo de una mujer célebre por su belleza y el yerno de un personaje de la corte. Vera Alejandrowa podía gastar a su antojo: las minas darían de sobra para todos sus caprichos.

Indignada de las murmuraciones de sus amigas y de la austeridad de ciertas matronas de la vieja aristocracia, que no querían transigir con las libertades de su existencia, acabó por marcharse de Rusia. Además, necesitaba que la admirasen por su fastuosidad en aquella Europa occidental, de la que llegaban los trajes, las alhajas, los perfumes, todo lo que es de última moda para el embellecimiento de la mujer.

Llevaba diez años de vida parisiense y era una celebridad de la moda femenina, figurando su nombre con frecuencia en las publicaciones elegantes, cuando ella y Fedor creyeron verse por primera vez.

Esta novedad tenía para ambos una explicación. La vida agitada de París les hacía encontrarse todas las semanas en los estrenos de los teatros, las carreras de caballos y las fiestas lujosas. Pero en tal existencia, inquieta y múltiple, los encuentros son como tropezones involuntarios seguidos de una sonrisa de excusa, de un saludo, y cada uno se aleja sin volver la vista. La elegancia es una profesión que impone numerosos cuidados y preocupaciones, no dejando tiempo para otras cosas.

Pero los dos pasaron juntos todo un invierno en Niza, lo que pareció unirles con repentina intimidad. Eran antiguos amigos, eran compatriotas, y debían buscarse naturalmente. Estaban en el mismo hotel, asistían a idénticas fiestas, hacían iguales excursiones, regresaban a altas horas de la noche de jugar en Monte-Carlo, y esta vida de continuo trato acabó por considerarla Fedor como el período más triunfal de su historia.

Le enorgullecía ver la mirada de admiración con que los hombres iban siguiendo a la dama que se apoyaba en su brazo, alta, esbelta, de blancas carnes, ojos verdes y dorados, y una cabellera roja y ondulante sobre su pequeño cráneo, como una antorcha. Además, esta mujer emocionaba igualmente a las otras mujeres por sus vestidos innumerables, sus pieles de emperatriz y el esplendor de sus joyas, casi bárbaras en fuerza de ser ricas y suntuosas.

Al principio la admiró. Él sentía una adoración instintiva por todo lo que fuese riqueza y lujo. Luego se consideró ligado a ella por la ternura de la gratitud, pensando en el nuevo prestigio social que le proporcionaban sus relaciones con esta mujer extraordinaria. Al fin, un día, cuando Vera Alejandrowa le había concedido todo lo que él osó pedirla y no podía ya darle más—o sea en el momento que abandonaba él a las otras mujeres—, conoció por primera vez la importancia de la palabra «amor», que antes le hacía sonreír.

No se le ocultaban las malas condiciones del carácter de Vera, dominante, caprichoso, fantástico; pero aun cargada de tales defectos, se sentía más ligado a ella que a ninguna mujer de las conocidas en su pasado.

—¡El amor es así!—se decía Fedor con resignación.

Ella, por su parte, en un momento de entusiasmo, dijo algo que casi hizo llorar de gratitud a su amante.

—Si no necesitase ser rica para vivir me divorciaría, casándome contigo.

Una Vera Alejandrowa no podía decir más.

Cinco años pasaron yendo de un lado a otro de Europa, con arreglo a las rotaciones exigidas por la moda: el invierno en la Costa Azul, la primavera en París y Londres, el verano en las costas atlánticas, reservando además algunas semanas a vagas curas en los balnearios célebres de la Europa central, y otras a los deportes de nieve en Suiza. Al anunciar los periódicos la llegada de la célebre dama rusa a estos lugares, muchos sonreían indiscretamente, profetizando como algo inevitable la presencia dos o tres días después del elegante Fedor.

De pronto surgió la guerra. Durante los primeros meses la vida de los dos amantes no fue alterada por las privaciones. La continuación egoísta de su dicha, manteniéndose intacta en medio del cataclismo continental, parecía dar nuevo atractivo a sus placeres.

Luego el dinero empezó a escasear. Las comunicaciones funcionaban mal o no funcionaban. El gobierno ruso había reglamentado los giros de cantidades.

Al conocer la gran señora, por primera vez en su existencia, la necesidad de pedir prestado, las angustias de la escasez, la imperiosa necesidad de la economía, sintió un repentino amor hacia su patria y un interés vehemente por todos los individuos de su familia, que hasta entonces había tenido olvidados. Su padre era general; sus hermanos hacían la guerra como oficiales: ¿por qué vivía ella en París?... Era una rusa, y debía aportar su esfuerzo a los suyos, improvisando asociaciones de caridad, trabajando en los hospitales. Consideraba también necesario reunirse con su esposo, sin poder explicar la causa de este súbito deseo.

Y se marchó, arrostrando todos los peligros de la travesía en un vapor inglés, por el Norte de Noruega, hasta desembarcar en el helado puerto de Arkangel.

Fedor quiso seguirla; pero ella, que tanto deseaba sacrificarse por su patria, con una inconsecuencia propia de su carácter, se negó a que el hombre amado arrostrase los mismos peligros. Ipatieff debía quedarse. No era hombre de guerra, y podía prestar mejores servicios a su patria en aquel mundo occidental donde siempre había vivido. Vera Alejandrowa sentía la necesidad de alejarlo de ella, sin dejar por eso de quererlo. Representaba los recuerdos de una vida brillante que parecía haber muerto, y ella necesitaba avanzar sola por su nueva existencia.

Transcurrieron los años de la guerra, repletos de sucesos, como si fuesen siglos. Cayó el zarismo para siempre; luego vivió con languidez la República rusa, dirigida por el orador Kerensky, y al fin triunfaron los Soviets, intentando los comunistas, para implantar sus doctrinas en la realidad, someter la enorme Rusia a una experiencia fría y metódica, igual a los experimentos de los sabios en los laboratorios... Y para evitar la protesta del pueblo sometido a tan arriesgada operación, empezó a funcionar el terror rojo.

Todo esto lo vio Fedor desde lejos, circunscribiendo su interés a las personas que vivían allá y podían influir en su sufrimiento o su bienestar.

Siempre que ocurría un nuevo suceso en Rusia, formulaba las mismas preguntas:

—¿Qué será de Vera?... ¿Le habrá ocurrido algo a mi hermano?

De la gran señora recibió varias cartas, muy espaciadas y todas ellas tristes. Sus hermanos habían muerto en la guerra; luego murió su padre, tal vez de asombro al presenciar el derrumbamiento de la monarquía de los zares.

Su hermano el fabricante también mostraba un pesimismo oriental viendo a su país en plena revolución. Después dejó de escribir, o mejor dicho, no llegó a manos de Fedor ninguna de sus cartas.

Algunos refugiados rusos que habían conseguido evadirse de lo que llamaban «el infierno rojo», al encontrarlo en Niza, le dieron una noticia dolorosa, bruscamente, con la dureza de los que han visto y sufrido todos los horrores imaginables y no conocen ya el valor de las precauciones ni los matices de la palabra. Su hermano había sido fusilado por los comunistas con otros representantes de la burguesía. Sus fábricas ya no existían...

¿Qué podía importar a Fedor la destrucción de las riquezas de su familia, cuando la sociedad capitalista había quedado anulada en su patria? A él sólo le interesaba la suerte de las personas vivas...

Pero... ¿Vera Alejandrowa vivía aún?

III

Hablaba frecuentemente con rusos que iban llegando a la Costa Azul, fugitivos de su país. Muchos de ellos parecían guardar en sus pupilas una dilatación de espanto por lo que habían visto.

Unos habían huido, viajando sobre el mar helado para llegar a un puerto fronterizo. Otros descendían hasta el Mar Negro, y después de terroríficas aventuras, lograban escapar de la tiranía de los Soviets, cruzando a continuación como peregrinos las naciones del Sur de Europa. Todos hablaban de encierros mortales, de fusilamientos, de locuras provocadas por las persecuciones; pero lo que les hacía estremecerse con más horror era el recuerdo de dos tormentos continuos, tenaces, insufribles: el hambre y el frío.

La antigua tiranía de la Okhrana, policía política del Imperio, que enviaba los revolucionarios a Siberia o a la horca, había sido sustituida por la Inquisición roja de la Tcheka, nombre que parecía chino y era simplemente la abreviatura telegráfica de la Comisión Extraordinaria Pan-Rusa, encargada de perseguir a los enemigos del régimen comunista.

El «zar rojo», Lenine, al concentrar en manos de su gobierno todos los medios de nutrición, ejercía el despotismo más violento y doloroso conocido en la Historia: un despotismo sobre el estómago. El hambre era el látigo de este domador. Todos los alimentos se reservaban para sus soldados y partidarios. Lo sobrante era lo único que podía comer el resto del país. Las gentes de las ciudades se alimentaban tres veces por semana, en los bodegones públicos, mediante la presentación de una tarjeta del gobierno, con unas onzas de pan hecho de paja y un caldo en el que nadaban como elemento substancioso cabezas y espinas de arenque.

«¿Qué será de Vera?», pensaba Ipatieff.

Por las mañanas, al tomar el sol en el Paseo de los Ingleses, sentía remordimiento. Sus ojos dejaban de ver la luminosa bahía de los Ángeles para contemplar de pronto una calle o una plaza de Petrogrado, sobre cuya nieve avanzaba una mujer temblorosa. Dentro de los edificios la temperatura era igual a la de las calles. Las puertas y ventanas ya no existían. Toda madera había sido consumida mucho tiempo antes en las estufas ahora heladas. ¡Y él viviendo junto al Mediterráneo, rodeado de gentes en apariencia felices, sin poder cederla su puesto al sol!...

Cuando comía al azar de su existencia bohemia en un gran hotel o un bodegón de la Niza vieja, su regodeo goloso de hombre que empieza a envejecer sentíase alterado por el recuerdo de aquellas miserias nutritivas que relataban los fugitivos rusos. ¡Pobre Vera! ¡Gran señora infeliz que había vivido, los más de sus años, buscando nuevos refinamientos para hacer más costosa su existencia! En su palacio de París pagaba a su cocinero un sueldo mayor que el de un presidente de Consejo de ministros. Y ahora imaginaba Fedor cómo se abalanzaría ella, con el ímpetu de un animal hambriento, sobre los residuos de su comida que ensuciaban el mantel del bodegón nicense, frecuentado en días de escasez...

La pobre habitación que le servía de vivienda se transformaba en palacio al recordar a la antigua millonaria. Él y todo su rebaño canino comían, ignoraban el frío, tenían buena luz eléctrica al cerrar la noche, ¡mientras la otra infeliz!...

—El mundo ha cambiado—decía Fedor, mirando en torno de él con extrañeza.

Sí, el mundo había cambiado; pero las gentes sólo se enteran de los trastornos históricos si éstos les tocan de cerca, y cuando los ven lejanos se cansan de hablar de ellos y los olvidan. El viejo del Paseo de los Ingleses se asombraba al ver tantas personas contentas de su suerte, venidas a la Costa Azul en busca del sol. ¡Pensar que mientras una parte de la humanidad se entregaba a los placeres, olvidando la guerra pasada o las guerras futuras y próximas, seguía desenvolviéndose en la otra mitad de Europa la revolución más enorme de la Historia, a espaldas de las gentes que no sentían interés por ella, a causa de su duración y su monotonía!...

—Acabó la época de los ricos—murmuraba—. Ya no existen ricos en mi país, y los de aquí siguen ciegamente su vida de siempre, sin pensar que a su vez les llegará el turno de morir como los otros.

Y concentrando la suerte del mundo en la persona que a él le interesaba, volvía a acordarse de Vera Alejandrowa.

Todo en Niza parecía evocar su imagen. Los perrillos que le ayudaban a vivir con su fecundidad eran descendientes de una pareja de favoritos que ella le había confiado antes de partir a Rusia. El Casino le hacía recordar los bailes de otro tiempo. Le era imposible salir de la ciudad sin que sus ojos tropezasen inmediatamente con la masa enorme y blanca del hotel donde habían vivido los dos en lo alto de Cimiez. Los comedores de los «Palace» que frecuentaba ahora como humilde y simpático parásito le habían visto sentado junto a ella durante largas cenas de platos costosos y vinos extraordinarios, pagadas con una largueza moscovita, ignorante de los valores.

Madame Volinski, la esposa del famoso minero, gastaba 800 000 francos al año en vestidos (tres millones de ahora), y sus joyas eran tantas que no dejaban sitio disponible en las cajas de seguridad de los hoteles. Los periódicos de modas habían hablado con asombro de su calzado: cien pares ordinariamente. Sentía repentina aversión por trajes y zapatos que sólo había usado una vez, regalándolos a sus doncellas o a criadas de hotel conocidas horas antes; y las pobres mujeres, no sabiendo qué hacer de tan fastuosos regalos, los vendían.

De todos los caprichos de Vera Alejandrowa, el que recordaba Fedor con más frecuencia era su baño: un baño diario que hacía pasar a segundo término las extravagancias termales de las emperatrices de Roma. La esposa del millonario siberiano arrojaba todos los días en su bañera perfumes de París por valor de 500 francos. ¡Y ahora, tal vez pasase meses y meses, allá en la gran ciudad devastada por la experiencia comunista, sin cambiar de ropas, sin conocer los cuidados higiénicos, desposeídos de importancia en un país falto de alimento y de calor!... Pero como si no pudiera imaginársela sucia, haraposa y alimentándose con inmundicias, se preguntaba:

—¿Realmente vivirá aún?... ¿No habrá muerto de miseria, como tantos millones de personas?

Un día experimentó una gran emoción, casi lo mismo que si hubiera visto a la desaparecida.

Evitaba el trato con los rusos residentes en Niza. Todos ellos maldecían la tiranía roja; pero apenas se juntaban para acordar los medios de combatirla surgían tantas opiniones como individuos, y estas opiniones eran tenaces e irreconciliables. Ipatieff, educado en la Europa occidental, creía a sus compatriotas algo locos de nacimiento y con una tendencia a la crítica que les hacía impotentes para la acción. Él, a su vez, era tenido por los otros como un vividor alegre que no había hecho nada útil en sus tiempos de rico, y además le consideraban extranjero.

En una reunión de compatriotas, hablando con una señora llamada Tatiana, recién venida de Rusia, palideció de sorpresa al oírla nombrar a Vera Alejandrowa.

Vivía aún tres meses antes. Tatiana la había visto mientras preparaba su fuga de Rusia. Y Fedor tuvo que escuchar con fingido interés el relato de esta aventura novelesca, igual a las fugas peligrosas de tantos otros: la marcha sobre el mar helado en un trineo que avanzaba cubierto de sábanas, lo mismo que los caballos que tiraban de él, para inmovilizarse sobre la nieve y confundirse con ella cuando los reflectores de las fortalezas de Cronstadt paseaban sus mangas de luz sobre la blanca llanura para descubrir a los fugitivos. Luego, el lento reptar sobre el hielo, deslizándose entre los centinelas rusos; la parálisis que empieza a adormecer a los que mueren helados; y al fin, la llegada a Helsingfors, puerta del mundo, entrada del paraíso para tantos millares de fugitivos de la Tcheka inquisitorial.

—¿Y Vera Alejandrowa?—interrumpió Fedor—. ¿Cómo estaba cuando la vio usted?...

El viejo del Paseo de los Ingleses tuvo desde este día una ocupación urgente que le hizo olvidar los cuidados de su rebaño canino. Empezó a hacer visitas a esta señora con la asiduidad de un enamorado. Vivía con otras rusas arruinadas por el sovietismo en una casa de huéspedes, donde muebles y personas parecían tener el mismo aspecto de indiferencia, resignación y pereza eslavas. El antiguo elegante quería ser ciego para el abandono personal de todas estas compatriotas, que después de tres años de vida soviética necesitaban reacostumbrarse a la limpieza y a la abundancia del Occidente europeo.

Lo que él deseaba era escuchar a Tatiana, olvidando la pobre taza de té que ésta le había ofrecido. Comprimía su ansiedad por saber de la otra, dejándola que describiese la vida tal como era en aquellos momentos en Petrogrado y en Moscou. Le interesaba todo esto por ser el ambiente en que existía Vera. Al final, Tatiana, arrastrada por su charla, le hablaría de la otra. Y así era siempre.

La pobre rusa, extremadamente sentimental, acababa por apiadarse del interés amoroso de este hombre tan buscado en otro tiempo por su elegancia, y hablaba de sus encuentros con la antigua millonaria, exagerándolos para dar gusto a su oyente.

Había visto a Vera Alejandrowa por primera vez cuando salía ésta de la tienda de un anticuario. El comercio de antigüedades, o más exactamente dicho, de prendas, era el único que había podido sobrevivir dentro del régimen soviético, a pesar de que Lenine declaraba un robo todo comercio, prohibiéndolo bajo pena de muerte. Ella salía de vender los últimos restos de su antiguo lujo y miraba con tristeza el grueso rollo de rublos en billetes que le había entregado el comerciante judío. ¿De qué podía servirle este dinero? La comida la daba el gobierno, y únicamente valiéndose de astucias, castigadas con prisión o muerte, podían comprarse en secreto los alimentos.

—Cuando la vi un año después, ella, que no había entrado nunca en una cocina, se dedicaba, con otra señora que fue de la corte, a la fabricación de bombones de chocolate... sin nada de chocolate. Lo más peligroso era venderlos. Los que ejercen allá un comercio acaban en los calabozos de la Tcheka... Pero su antigua fama de mujer elegante le servía para vender sus bombones a las compañeras de los revolucionarios célebres.

¡Qué de transformaciones!... Un grupo de antiguos senadores se había sindicado para fabricar zuecos. Muchos príncipes eran cocheros o afiladores de cuchillos. Las hijas de generales célebres vendían ropas viejas... Pero Tatiana interrumpía su lamentable descripción de la Rusia nueva para no impacientar a su oyente, que sólo se interesaba por Vera Alejandrowa.

—Mucho tiempo después la encontré en Moscou. No sé por qué estaba allá; tal vez fue, como yo, para solicitar la protección de los nuevos amos. Se puede protestar y resistir cuando se ha comido; pero ¡ay, el hambre!..., ¡qué humillaciones trae! No hay nada que suprima tan aprisa la dignidad y todas las vanidades humanas... Nos encontramos en la Soukharewka, un mercado de dos kilómetros de largo que se forma ahora en las afueras de Moscou, a pesar de que el gobierno castiga el comercio como un crimen. Todos van a él para comprar y vender. El comprador se convierte inmediatamente en vendedor. Es el único sitio donde el dinero guarda aún su antiguo poder; pero se necesita tanto, ¡tanto! para comprar un alimento cualquiera que en otra época considerábamos despreciable... Vera Alejandrowa miraba a todas partes con las cejas fruncidas, como el que prepara una resolución de la que depende su existencia. Necesitaba comprar para comer, y no era empresa fácil. Nos saludamos y cada una se fue por su lado. El hambre deja poco sitio a la amistad.

Fedor se decidió a hacer una pregunta que llevaba mucho tiempo en su pensamiento:

—¿Y todavía está hermosa?

Tatiana le miró con una expresión de asombro y lástima.

—¿Hermosa?... ¿Quién piensa en eso? No sé; nunca me fijé en su cara. Allá teníamos otra preocupación: comer... Míreme a mí. Antes de esa maldita revolución mis amigos decían que yo era hermosa, ¡y ahora...!

La miró Fedor con el cruel egoísmo del enamorado, que sólo puede ver defectos en una mujer que no es la suya. Luego le inspiró lástima la vanidad de Tatiana. Nunca debía haber sido hermosa, según él. Además, ¡tan vieja! Seguramente tenía doce o quince años más que la otra. Vera Alejandrowa, aunque estuviese quebrantada por la miseria, ofrecería siempre mejor aspecto que esta burguesa. Sólo por los azares de la revolución había podido Tatiana hablar como una igual a la antigua dama de la corte...

Influenciado por estas conversaciones, empezó a ver con más intensidad la imagen de la ausente. Le salía al encuentro en todos los lugares que habían frecuentado juntos ocho años antes. Ya no era un fantasma pálido e incierto. Los relatos de Tatiana habían acabado por sacar del limbo de sus recuerdos la imagen amada, viva y corpórea, tal como él la había visto la última vez.

Deseoso de acoplarse a la realidad, hacía concesiones al tiempo y los sucesos, imaginándose a Vera Alejandrowa vestida con modestia, pero sin perder por eso sus atractivos de mujer elegante.

La veía igual a una gran artista de ópera cuando debe salir a la escena disfrazada de mendiga y procura que sus harapos guarden cierta distinción. También aceptaba que todas aquellas penalidades físicas la hubiesen enflaquecido, blanqueando su rostro con una palidez exangüe; pero esto daría seguramente a su perfil mayor majestad y a sus ojos verdes una dilatación enfermiza y misteriosa. Una segunda Vera imaginada por él empezó a reinar en su existencia.

—¡Ay, si viniese!... ¡Si pudiera escaparse de aquel infierno!...

Esta esperanza le galvanizaba a veces, dándole la energía de una segunda juventud. Aunque ambos fuesen ahora pobres podrían continuar viviendo juntos, como en sus días de opulencia. Ella, después de las miserias de la Rusia roja, debía considerar como una dicha interminable la vida modesta de un obrero o un empleado de la Europa occidental. Él trabajaría como los verdaderos hombres, apelando a recursos desesperados para proporcionarla nuevas comodidades. ¡Qué no haría por Vera!... Contaba, al tenerla junto a él, con su aumento de energía, considerando vencidos de antemano todos los obstáculos.

Y cuando Fedor Ipatieff se deleitaba con tales suposiciones, seguro de que no podrían realizarse, y haciendo de ellas, por esta misma imposibilidad, el tema eterno de sus pensamientos, Tatiana le buscó para darle una noticia:

—Vera Alejandrowa se ha escapado y está en Finlandia. Ayer ha escrito a una amiga que tiene en Niza. Según parece, esta amiga la ha buscado un empleo y viene a vivir aquí.