IV
El viejo del Paseo de los Ingleses, al sentarse por las mañanas en su banco frente al mar, de espaldas a la muchedumbre circulante bajo la caricia del sol, pensaba siempre lo mismo:
«¡Ella va a venir! ¡Va a venir!...».
Después de haberlo deseado como una ilusión tan extraordinariamente hermosa, que juzgaba casi imposible su cristalización en la realidad, sentía ahora inquietud y hasta miedo viéndola cada vez más próxima.
Recordaba aquella Vera de hermosura dolorosa que él había creado en su interior, e inmediatamente sentía esa tendencia irresistible a la comparación y el contraste que surge en las horas de desaliento.
Intentó darse cuenta exacta de cómo se veía al mirarse en un espejo. Luego examinó con ojos severos el resto de su persona, desde las puntas de los pies hasta el pecho. Ella iba a llegar, con su belleza indisimulable de gran señora disfrazada de pobre... ¡Y él! ¿Cuál sería la impresión de Vera Alejandrowa al verle?... Fedor sentía el desaliento y la tristeza de un hombre que ya no puede recobrar su voluntad de ser joven. En vano, para consolarse, contaba los años transcurridos desde que ella se marchó: ocho nada más.
Ocho años son poca cosa en plena juventud, y aun en la madurez de su existencia. Sólo traen con ellos variaciones insignificantes o desgastes fáciles de reparar. ¡Pero ocho años entre los cincuenta y los sesenta!... ¡Un mundo!
Al marcharse Vera, tenía él la cabeza y las patillas ligeramente grises. Ella había bromeado muchas veces sobre sus canas nacientes, asegurando que le daban una distinción igual a la de los caballeros con peluca blanca. No debía teñirse, porque esto iba a dar un aspecto duro a sus facciones... Pero ahora su blancura era la de la ancianidad. Además, ¡sus ojos hundidos, sus arrugas, todos aquellos avances de la vejez que no le habían preocupado en los últimos años, interesado únicamente en mantenerse con cierto decoro, y ahora le parecían lacras vergonzosas!...
Vera no necesitaba seguramente preocuparse aún de sus años. Era más joven que él. Cuando se separaron tenía la hermosura majestuosa del verano, el esplendor de las horas solares. Además, las mujeres pueden valerse, sin miedo a la burla, de todos los rejuvenecimientos inventados por el lujo. Su tocador guarda varias primaveras sucesivas, y los artificios del afeite seducen a los hombres con una fuerza malsana, más poderosa a veces que la ingenuidad juvenil.
Cuando mayor era su inquietud al pensar en el rudo contraste de su vejez con la belleza invencible de la otra, vino a buscarle la amable Tatiana en su tugurio, antes del paseo matinal.
—Ahí está; llegó anoche.
Fedor se resistía a creerlo. ¿Era posible que ella, la esperada tantos años, se presentase así, obscuramente, sin un aviso?...
Se había imaginado muchas veces el momento de esta llegada: su espera temblorosa en la estación; el tren deteniéndose y ella descendiendo con una majestad triste de reina sin trono; el minuto emocionante en que le reconocían sus pupilas de esmeralda; luego el abrazo... Y en vez de esto era la vulgar y novelera Tatiana la que venía a decirle simplemente: «Ahí está; llegó anoche».
El instinto de conservación le hizo ir hacia el único espejo de su vivienda. Se le ocurrieron a la vez varias necesidades, imperiosas e imprescindibles. Quería afeitarse, cambiar de traje... Tatiana debía dejarlo solo. Y cuando su humilde y verbosa amiga se preparaba a salir, corrió tras de ella, arrepentido de su vanidad, creyendo que sería una burla al Destino, merecedora de duras penas, retardar por unos minutos la realización de lo que tanto había deseado.
Llegaron a una casa habitada por refugiados rusos, igual a la de Tatiana. Fedor reconoció a la amiga de Vera que la había traído a Niza buscándola un empleo. La había visto muchas veces en las reuniones de compatriotas, sin sospechar nunca que conociese a la otra. ¡Y él había perdido el tiempo conversando con Tatiana!...
Después de saludarla, así como a otras mujeres de aspecto mísero y triste sentadas en la misma habitación, miró en torno con impaciencia, convencido de que al final tendría que pasar a una pieza contigua para encontrar a la que buscaba.
—Vengo a ver—dijo en ruso—a la señora Velinski, la hija del general Bodkine.
Se levantó una de las mujeres para avanzar hacia él. Indudablemente esta pobre señora iba a acompañarlo hasta la habitación ocupada por Vera.
Parecía baja de estatura, por una tendencia a encoger los hombros y encorvar su dorso, como si gravitase sobre ella un peso invisible. Sus ojos, empequeñecidos por la contracción de los párpados, no permitían apreciar exactamente el color de sus pupilas. Lo único determinado en éstas era un brillo agudo y fijo que expresaba la desconfianza y parecía armonizarse tristemente con el duro mohín de su boca. Su cabellera, teñida recientemente, era de un rubio subido; pero el tinte «no agarraba»—como dicen las mujeres—, dejando visible la blancura de sus cabellos. Tampoco la pintura fresca, distribuida sobre su rostro con la prodigalidad oriental de las eslavas, conseguía adherirse a la epidermis, curtida y resquebrajada por el frío. Esta mujer tendió sus dos manos para coger las de Ipatieff.
—¡Oh, Fedor!... Le he reconocido apenas entró. Está igual a la última vez que nos vimos.
Luego dijo con una expresión envidiosa:
—Bien se ve que ha vivido en esta tierra, libre de sufrimientos.
Aquella mujer casi vieja era Vera Alejandrowa; una Vera que le admiraba, juzgándolo joven al compararle con su propia miseria.
Continuó la conversación con arreglo a estas palabras preliminares que Ipatieff consideraba absurdas.
La antigua dama de la corte era ahora de pequeña estatura, como si la miseria hubiese contraído y secado sus carnes. Sólo le quedaba de su pasado la robusta osamenta y un gesto de resolución que en determinados momentos apoyaba sus palabras. Pero este gesto no era para subrayar altiveces. Únicamente lo usaba al expresar su propósito de ganarse el pan, no queriendo ser una carga para sus amigas.
Nada la unía al resto del mundo. Al verse aquí, se imaginaba haber caído en una tierra paradisíaca. Todo le infundía admiración: el pan blanco, la modesta comida de sus compañeras, hasta los vestidos ajados que llevaban. Sus ojos parecían acariciar los muebles, las paredes, el pedazo de jardín que daba entrada a la pobre casa de las afueras de Niza.
Una palmera desmochada y triste de este mísero rincón de la Costa Azul la hacía prorrumpir en exclamaciones de entusiasmo, semejantes a las de Abderramán, el califa poeta de Córdoba, ante la palmera traída de Bagdad.
—¡Qué dicha verse aquí!... Después de haber gemido en aquel infierno, se sabe mejor lo que es la dulzura de vivir.
Y volvía a admirar a Ipatieff con ojos envidiosos. Luego musitó tristemente:
—Debe usted haberme encontrado muy cambiada. Confiese que no me conoció al entrar aquí; que no me hubiese conocido nunca, de haberme yo callado.
A pesar de su tristeza, el esplendor luminoso de este país parecía embriagarla, despertando su regocijo pueril e incoherente de eslava, haciéndola pasar de la lamentación a la risa. Sus amigas habían querido devolverle su aspecto de otros tiempos al verla llegar mal vestida y con una fealdad de obrera. Unas la habían prestado sus ropas; otras la ayudaron a teñirse el pelo y a acicalarse el rostro. ¡Hacía tanto tiempo que había olvidado estas cosas!... Y entornando sus párpados, dados de azul con un lápiz de tocador, fijaba en Ipatieff una mirada que pretendía sondear el pasado, preguntándole al mismo tiempo con miedo y coquetería:
—¿Cómo me encuentra, Fedor?... ¿Soy todavía como usted me conoció?...
Fedor la encontraba simplemente grotesca bajo estos adornos apresurados, que parecían despegarse de su miseria. Pero de todos modos era Vera Alejandrowa. Su admiración a la gran dama había desaparecido para ser reemplazada por un sentimiento protector, mezcla de ternura y de piedad.
Ella abandonó a Ipatieff para pasar a una habitación inmediata. Alguien había venido a buscarla. Mientras tanto, su protectora y amiga dio explicaciones a Fedor.
—La desdichada es más pobre que todas nosotras. Cuando llegó anoche, venía sin comer desde París. No le quedaba un céntimo del dinero que le recogieron algunos amigos en Finlandia. Desea trabajar, y como sabe muchos idiomas, le he buscado un empleo en una pensión donde se alojan gentes del Norte. En los grandes hoteles no quieren personas de nuestra clase. Poca cosa es el empleo, pero tendrá la comida segura. La dueña de la pensión está hablando ahora con ella.
El viejo del Paseo de los Ingleses decidió inmediatamente cambiar de vida. Las invitaciones de sus antiguos amigos y la cría de perros le habían hecho existir hasta entonces con miseria, pero conservando una falsa independencia de «señor». Ya que una Vera Alejandrowa se veía obligada al trabajo, él debía buscar igualmente un empleo para servir de sostén a la otra.
En los días siguientes pudo conversar con ella, pero rara vez estuvieron solos.
La antigua gran señora no podía ocultar su extrañeza al verse otra vez llevando una existencia sin peligro en el seno de una sociedad ordenada. Al mismo tiempo reconocía la fragilidad de la reglamentación social.
Cuando se vive tranquilamente como vivíamos antes de la guerra, no se preocupa uno de cómo se ha hecho el pan que comemos ni quién calienta nuestra casa. Nos parece que todo es eterno, que ha existido siempre y existirá lo mismo, como el sol que sale todos los días, como el agua que corre invariablemente por sus cauces naturales.
Pero de pronto surge una guerra o una revolución, y todo detiene su curso, y al final se deshace, obligándonos a retroceder a una vida primitiva, en la que sentimos y sufrimos lo mismo que los animales inferiores. Estamos orgullosos de nuestro bienestar, y basta un simple trastorno del organismo social para que vuelvan el hambre, el frío y el asesinato a convertirnos en bestias, como al principio de la vida de nuestro planeta.
—¡Lo que yo he visto!—decía Vera—. ¡Lo que he sufrido!
Y la ex millonaria miraba sus manos rugosas mientras seguía hablando con voz sorda. Por dos veces la habían llevado a la cárcel, sufriendo el tormento de la escasa alimentación y la incertidumbre del que no sabe si vivirá al día siguiente. Cada vez que alguien entraba en el calabozo creía sentir en su nuca un redondel pequeño y frío: la boca del revólver encargado de las ejecuciones rápidas y económicas. ¡Ay!... Era mejor no acordarse...
—¿Y su marido?—preguntó una tarde Ipatieff—. ¿Vive aún en Siberia?
Ella le miró con extrañeza antes de contestar, como si encontrase ociosa su pregunta.
—Lo mataron... ¿Cómo iba a tener mejor suerte que los demás?... Me han dicho que sus mismos obreros lo arrojaron al fondo de una mina.
A los pocos días Fedor ya no pudo visitar a Vera Alejandrowa ni oír sus tristes relatos, que tenían el encanto de un «flirt triste», según él. La fugitiva había ido a instalarse en la pensión eslava, contenta de ganar su pan y no ser gravosa a nadie.