VII.

Á 13 de setiembre de aquel año de 1598 murió en el Escorial el rey Felipe II, y no fué antes llegar á Ronda la noticia, que disponer su vuelta á la córte el inquieto capellan de Santa Bárbara. Al principio de 1599 entró en Madrid, y para mayo del mismo año ya se le habia dado colocacion permanente, en uno de los cargos que más podian halagar la idea que él mismo tenia de sus propias habilidades. La facultad y los conocimientos musicales de Espinel, y su invencion de la quinta cuerda de la guitarra española, más bien han sido considerados hasta aquí, como adorno de su persona y perfeccion de su ingenio, que como progresos positivos en una profesion, que á él le valió en vida tanta dignidad como el sacerdocio. El papel que en el arte divino ha representado siempre la guitarra no ha sido por otra parte, el más adecuado para conceder importancia á los adelantos reflejados sobre este instrumento. Sin embargo en el acto I, escena 8.ª de la Dorotea hace Lope de Vega decir á Gerarda:—«Á peso de oro avíades vos de comprar un hombron de hecho y de pelo en pecho, que la desapasionase de estos sonetos y de estas nuevas décimas ó espinelas que se usan; perdóneselo Dios á Vicente Espinel, que nos trujo esta novedad y las cinco cuerdas de la guitarra con que ya se van olvidando los instrumentos nobles

El doctor Cristóbal Suarez de Figueroa en su Plaza universal de todas las ciencias en 1615, llamó á Espinel, autor de las sonadas y cantar de sala, al tratar de los tañedores insignes de guitarra como Benavente, Palomares, Juan Blas de Castro y otros. El portugués Nicolas Doyzi de Velasco, músico de S. M. y del Sr. Infante Cardenal D. Fernando, en su Nuevo modo de cifra para tañer la guitarra que publicó en 1630 en Nápoles, hallándose al servicio del virey duque de Medina de las Torres, dijo que en Italia, en Francia y las demás naciones llevaba la guitarra el nombre de española, desde que Espinel, á quien conoció en Madrid, la aumentó la quinta cuerda, á que llamamos prima, con lo que quedó tan perfecta como el órgano, el clavicordio, el arpa, el laud ó la tiorba, y aun más abundante que estos instrumentos. De la misma invencion de Espinel dedujo la perfeccion que la otorga el licenciado Gaspar Sanz en su Instruccion de música sobre la guitarra española, que publicó en 1674 en Zaragoza y dedicó á D. Juan José de Austria, el bastardo de Felipe IV. El mismo Lope de Vega, apenas nombra una sola vez á Espinel en alguna de sus obras, y lo nombra en muchas, sin celebrar al músico tanto como al poeta. En su dedicatoria de El caballero de Illescas dice á Espinel que el bello arte «no olvidará jamás en los instrumentos el arte y dulzura de vuesa merced.» En la dedicatoria de La viuda valenciana, á D.ª Marta de Nevares, haciendo encomios de las bellas prendas que adornaban á esta señora, dijo Lope de Vega tambien: «si toma en las manos un instrumento, á su divina voz é incomparable destreza el padre de la música, Vicente Espinel, se suspendiera atónito.» Que esta era opinion comun entre los contemporáneos, no es preciso acreditarlo con los pasajes del Márcos de Obregon que á ello se refieren: basta registrar los libros dogmáticos ó rituales de la música de aquel tiempo, y muchos son los que entre sus precedencias contienen la autorizada firma de Espinel en el catálogo de sus censuras. Sabido es que estas no se confiaban sino á personas competentes en lo que habian de examinar. Sirvan de ejemplo los Tres cuerpos de música, compuestos por Juan Gil de Esquivel Barahona, racionero y maestro de capilla de la catedral de Ciudad Rodrigo, los cuales son misas, magnificat, himnos, salmos y motetes y otras cosas tocantes al culto divino, todo conforme al rezo nuevo, que por mandado del Sr. D. Martin de Córdova, presidente del Consejo de la santa Cruzada, aprobó Espinel en diciembre de 1611, hallando en ellos «muy apacible consonancia y gentil artificio y música de muy buena casta así en lo práctico, como en lo teórico.»

Seria un error creer que Espinel no sacara el debido provecho de esta tan educada capacidad que poseia; así se le vió en 1599, salir de Madrid para Alcalá de Henares, en cuya Universidad se graduó aquel año de Maestro en artes, y desde la regia academia, fundada por el cardenal Ximenez de Cisneros, dirigirse á la Capilla del obispo de Plasencia, cuyo protector D. Fadrique de Vargas Manrique le tenia reservado una plaza de capellan con 30,000 mrs. anuales de emolumentos y 12,000 más como Maestro de la linda capilla de música de que estaba dotada aquella fundacion y por enseñar á los seizes. Nada más curioso que registrar en los libros de cuentas de aquel tiempo las partidas otorgadas á Espinel por gastos de su ministerio en la capilla del obispo. En el libro II de dichas cuentas, á la primera vista que por ellas se pasa en las de 1599, al fól. 29 vto. se tropieza con esta partida: «Item, da por descargo (el capellan mayor licenciado Alonso Hernandez) 46 rs. que pagó por un libro de las Magníficas, para la dicha capilla, como pareció por certificacion del maestro de capilla Espinel.»—En las de 1601, al fól. 45 vto. tambien se le aprobó al mayordomo y capellan, Juan de Arganda, el siguiente capítulo: «Item: se le reciben y pasan en cuenta 3 rs. de una mano de papel que dió al Maestro Espinel para los villancicos.» En la capilla del obispo Vicente Espinel perseveró hasta el término de sus dias, y aunque algunos meses antes de su muerte ascendió por antigüedad al cargo de capellan mayor, que era el último grado de los que en ella se obtenian, nunca dejó el de maestro de la de música, pues todavía en las cuentas de 1622 y de 1623, se hallan capítulos como los siguientes:—1622—«Recíbense en cuenta al dicho mayordomo (Gabriel del Espinar) 8000 mrs. por tantos que pagó al maestro Espinel, maestro de capilla, de su salario de ocho meses.»—1623—«Mas se le pasan en cuenta al dicho 4000 mrs. por tantos que pagó al maestro Espinel, maestro de capilla, del salario de cuatro meses.»—¿No son estas noticias tan auténticas, un solemne mentís contra los que hasta aquí han venido sosteniendo que, pobre é imbele pasó Espinel el resto de sus dias, recogido en el asilo eclesiástico de santa Catalina de los Donados, que no era sino un Hospicio? Pero con esta ligereza está sostenido en España por los hombres más serios y de reputacion más voluminosa, todo lo que hasta aquí está escrito en materia de biografía y de historia.

La época más brillante de la vida de Espinel, es la que corre por todo este tiempo hasta el término de sus dias. Cervantes le llamaba amigo; Lope de Vega maestro, como en nuestro siglo Espronceda, Ventura de la Vega, Pezuela, Pardo, Escosura daban este mismo nombre al venerable Lista. Apenas habia solemnidad literaria que Espinel no graduara con su presencia, ni produccion de ingenio de aquella edad que no se ufanara con su censura. Cuando al estilo de Italia se importaron á España las Academias poéticas bajo la proteccion de los Príncipes y Grandes, la de Madrid y su protector D. Félix Arias Giron, de la casa condal de Puñonrostro, segun Lope de Vega en su Laurel de Apolo, laurearon con grande aplauso de señores é ingenios á Vicente Espinel, único poeta latino y castellano de estos tiempos. Fundóse en 1608 bajo la proteccion del duque de Lerma, el poderoso favorito de Felipe III, la Esclavonía del Santísimo Sacramento, que no era sino una gran comunidad de grandes y gentes de letras, parecida á lo que ahora es un partido político, y en la que Lerma se apoyaba para sostenerse en el poder, y á ella fué la autoridad del nombre de Vicente Espinel, entre los de la flor de la aristocracia de la sangre y de las letras por aquel tiempo. Se canonizó san Isidro, patron de Madrid, cuyo suceso fué un gran acto de la política de aquel tiempo, y á sus justas y certámenes llevó Espinel el óbolo de sus versos, no por la codicia del premio, sino por tributo de altos respetos. Toda Sevilla leyó en 1609 en manos de Rodrigo Caro una carta de Juan Melio de Sandoval en que le decia:—«El discurso de vuesa merced sobre la definicion de la poesía tiene el señor conde de Lemos con noticia de su dueño, y ha parecido muy bien; como al maestro Vicente Espinel la Cancion á las ruinas de Itálica, que yo se la mostré en la calle Mayor de Madrid, y leyéndola dijo, antes que le dijéramos cuya era:—Este es ingenio andaluz.—Díjele que sí y el nombre. ¡Bien puede vuesa merced creer es buena, pues ha sido graduada por tan gran censurante!»

No prodigó Espinel entonces, ni nunca, los elogios de su pluma, para las precedencias de libros, aunque tampoco por esto debe creerse fué tacaño de su ingenio en las aras de la amistad. El primer libro que en 1586 se autorizó con sus versos laudatorios, fué el Cancionero de Lopez Maldonado. Despues escribió en 1599 un epígrama latino para la primera edicion del Guzman de Alfarache, de Mateo Aleman. En 1599 tambien, habiendo hallado en Madrid un antiguo camarada de las mocedades de Sevilla, D. Antonio de Saavedra Guzman, que á la sazon imprimia su Peregrino Indiano, dióle unos sonetos de alabanza. Con otra poesía para las precedencias del Modo de pelear á la gineta, obsequió en 1605 á D. Simon de Villalobos y Benavides, su amigo en Bélgica, y con otra, en 1610, al capitan Gaspar de Villagrá, que entonces publicó su Historia de Nueva Méjico. Favores idénticos hizo en 1616, 1619 y 1622 respectivamente, á Céspedes y Meneses para su Español Gerardo, al padre Fray Hernando Camargo, fraile agustino, para su Muerte de Dios por vida del hombre y á Gabriel Perez de Barrio Angulo para el Secretario de Señores. Gabriel Laso de la Vega, cuando publicó en 1601 en Zaragoza los Elogios en loor de los tres famosos varones D. Jaime de Aragon, D. Fernando Cortés y D. Álvaro de Bazan, no pidió nuevas obras al númen de Espinel, pero tomó de su poema titulado Casa de la Memoria los elogios que el poeta habia hecho de Bazan y Cortés. Si el antequerano Pedro de Espinosa proyectaba sus Flores de poetas ilustres de España, tributario hacia á su casi paisano de su interesante Antología: del mismo modo que Fray Diego de san José cuando en 1615 describió las fiestas á la beatificacion de santa Teresa de Jesus, y el licenciado D. Pedro de Herrera al celebrar la reedificacion del santo Sagrario de Toledo por el cardenal arzobispo Sandoval y Rojas, cuyas fiestas y regocijos se celebraron con tan espléndido aparato.

Lo mismo se solicitaban sus censuras y aprobaciones. El primero en reclamarlas era el mismo Lope de Vega. En 1615 apareció la Sexta parte de sus Comedias, y Espinel en su aprobacion un año antes, decia solamente que aquel libro era muy digno de imprimirse, para que todos gozaran de sus excelentísimos versos y conceptos. Vino en 1617 la parte séptima, y aquí fué ya más expresivo, contestando puntualmente á los tres extremos que la censura debia abrazar.—«Cuanto á lo primero, decia, no hallo mal sonante, ni cosa que ofenda á la religion y buenas costumbres. Cuanto á lo segundo tienen lenguaje muy cortesano, puro y honesto: las personas guardan la propiedad del arte; de manera que ni el señor se humilla al modo inferior del criado, ni la matrona á la condicion de la sierva, y todo con pensamientos y conceptos ajustados á la materia de que se trata. Cuanto á lo tercero, si pueden imprimirse, digo, que si hay permision y es lícito representarse con los adornos, palabras y talle de una mujer hermosa y de un galan bien puesto y mejor hablado; ¿por qué no lo será que cada uno en su rincon pueda leerlas, donde solo el pensamiento es el juez, sin los movimientos y acciones que alegran á los oyentes? ¿Dónde es más poderosa la vista que el oido? Signia irritant animos demissa per aures: quam quae sunt oculis subjecta fidelibus.» Otra vez en 1617 volvió el Consejo Real á encomendarle el exámen de la Docena parte de las Comedias de Lope, y otra vez él las elogiaba, en lugar de censurarlas, y escribia:—«y porque en esta obra campea la elocuencia española y el vuelo grande de la retórica y poesía de su insigne autor, la cual va acompañada con mucha erudicion de lectura y varia, es bien que se imprima, para que los venideros escritores tengan que imitar y los presentes que aprender.» Para poner cima á la opinion que Espinel tenia de Lope, hay que leer todavía la censura del primero á la Décima quinta parte de las Comedias del segundo, en 1620. Hé aquí las palabras de Espinel:—«Deleita y suspende, dice, con la elegancia, suavidad y pureza del verso; enseña y regala con la abundancia de sentencias morales; edifica con la honestidad y admira con la multitud nunca vista. Es mi parecer, y de toda la república, que será bien recibido que se imprima esto y cuanto de sus manos saliere.» De 1620 á 1622 todavía Espinel tuvo del Consejo la comision de examinar cuatro partes más de estas comedias, desde la décima sexta á la décima nona inclusive. Y por si esto no fuera bastante, tambien en 1622 se le encargaron las de don Juan Ruiz de Alarcon, de las que aplaudió el gentil estilo y los conceptos honestos y agudos.

Otras obras de diversa índole antes y áun despues, hasta 1623, vinieron con este objeto á sus manos; mas por no parecer cansado, solamente citaré la Patrona de Madrid restituida, poema de Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo, impreso en 1609; la misma Historia de la Nueva Méjico del capitan Gaspar de Villagrá, en 1610; La Filomena de Lope de Vega, de 1621; las Prosas y versos del pastor de Cleonarda, de Miguel Botello de Carvalho, y El mejor príncipe Trajano Augusto del licenciado don Francisco de Barreda, de 1622, y finalmente las Novelas amorosas, de José de Camerino, y las Divinas y humanas flores, de Faria y Sousa, de 1623. Ni es probable que sus dolencias, cada vez más agudas, por la gota que padecia, le dejaran ya en lo corto que le quedó de vida volver á emplearse en ningun género de tareas del ingenio, del juicio ó de la erudicion. Céspedes y Meneses en la introduccion á la Fortuna vária del soldado Píndaro, dice: «era el rigor del más airado y proceloso invierno que vió nuestro siglo en España, últimos y primeros dias de los años de 1623 y 1624: memorias prodigiosas á la posteridad, pues nunca rodearon nuestra península tan contínuas y perdurables nieves.» Si la edad y los padecimientos no vencieran ya por esta época á Espinel, ellas bastaran para agotar la salud, en una naturaleza, toda fogosa, á quien dañaban extremadamente las humedades y los frios. Espinel no pudo resistir la crudeza de aquel invierno. Rodeado en su lecho de muerte por perennes amigos, el primero de febrero de 1624, otorgó su testamento ante Juan Serrano, hallándose presente el padre Fray Felipe de Madrigal, de la órden de Santo Domingo, Juan Ruiz Aragonés, Francisco Sotomayor, Custodio Sohotes y Martin Lopez. Dejó por albaceas y testamentarios al maestro Franco Alonso, cura de San Andrés y al licenciado Jerónimo Martinez, capellan de la capilla del obispo de Plasencia, de que Espinel era presidente. Instituyó su heredero á su sobrino Jacinto Espinel Adorno, que residia en Ronda. Entregóse despues á los cuidados del alma, y el dia 4 del mismo mes de febrero de 1624 entregó al Criador su espíritu, en su habitacion de la mencionada capilla, siendo enterrado el cuerpo en la bóveda de San Andrés, para cuya fábrica de sepultura consignó en el testamento cuatro ducados.