VIII.
¿Termina verdaderamente con la muerte la biografía de Vicente Espinel? No hay escritor español sobre cuyas obras más se haya discutido. Todo el siglo XVII permaneció Espinel en el más profundo olvido, sobre todo desde que con la muerte de Lope de Vega Carpio y de don Francisco Gomez de Quevedo desaparecieron tambien sus dos últimos amigos. Desde el primer tercio del siglo XVIII volvió á estar otra vez Espinel en moda; pero de la manera más desagradable que pueden ponerse á la polémica del dia las obras y el ingenio de un autor. Ademas de la invencion de la quinta cuerda de la guitarra, debíase á nuestro poeta la de una nueva combinacion métrica y rítmica en nuestra poesía, combinacion de tal llaneza y flexibilidad de estructura, que muy luego fué aceptada por todos nuestros poetas, inundando el Parnaso con las composiciones escritas en el nuevo metro. Llamóse este, décima ó Espinela, de su inventor Espinel, como los versos sáficos de Safo[19]. Aunque esta verdad no admitia réplica y todo el mundo la sabia, la erudicion pedante, esa que no se entretiene sino en fátuas fruslerías y que no se para en deslustrar glorias, con tal de hacer entender que el que hace de ella su profesion posee la quinta esencia de la más sutil sabiduría, trató de arrebatar este parco honor á la memoria del poeta, pretendiendo sostener que las estrofas de diez versos octosílabos eran conocidas y usadas desde mucho antes que Espinel viniese al mundo. No era así enteramente: antes de Espinel se componian estas estrofas con la reunion de dos quintillas, completamente distintas entre sí, en la segunda de las cuales se pareaban indeclinablemente los consonantes de los dos primeros versos. Cualquiera de los poetas de casi todo el siglo XVI nos ofrece abundantes ejemplos de este género de composicion. El mismo Miguel de Cervantes Saavedra coetáneo de Espinel, las prodigó bastante, antes de conocer la invencion de su docto amigo; y hé aquí cómo las construia, segun se encuentran entre los versos laudatorios que preceden al antes referido Cancionero de Lopez Maldonado.
Bien donado sale al mundo
Este libro, dó se encierra
La paz de amor y la guerra
Y aquel fruto sin segundo
De la castellana tierra,—
Que, aunque la da Maldonado,
Vá tan rico y bien donado
De ciencia y de discrecion;
Que me afirmo en la razon
De decir que es bien-donado.
El sentimiento amoroso
Del pecho más encendido
En fuego de amor, y herido
De su dardo ponzoñoso,
Y en la lid suya cogido;—
El temor y la esperanza
Con que el bien y el mal se alcanza
En las empresas de amor
Aquí muestra su valor,
Su buena ó su mala andanza...
Cito la composicion que conozco más perfecta y que más se acerca á la estructura de la décima inventada por Espinel, por lo mismo que la diferencia que entre una y otra combinacion métrica existe, es tan fácil de observar. La décima de Espinel constituye una composicion tan perfecta como el soneto, sin sus pretensiones heróicas, por cuya razon ha sido siempre preferida á éste para expresar un pensamiento completo, aunque más sencillo que el que al soneto corresponde. La décima se compone de dos estrofas de cuatro versos octosílabos cada una con consonantes del primero con cuarto, y del segundo con tercero, entre las que se introducen otros dos versos octosílabos auxiliares del pensamiento para ligar entre sí la tésis y la conclusion: los consonantes de estos dos auxiliares se ligan el primero con el cuarto y el segundo con el séptimo. La tésis de la composicion, en la décima, se presenta y desenvuelve en la primera redondilla; el silogismo para la prueba del pensamiento se establece en los dos versos posteriores, y la segunda cuarteta completa con perfeccion el raciocinio poético. Esto no era lo conocido ni practicado antes de Espinel, aparte del elemento armónico en la rima de su nueva composicion. Espinel sólo nos dejó un modelo de su obra: aquellos versos que comienzan así:
No hay bien que del mal me guarde
Temeroso y encogido,
De sin razon ofendido,
Y de ofendido cobarde.
Y aunque mi queja ya es tarde,
Y razon me la defiende,
Más en mi daño se enciende:
Que voy contra quien me agravia,
Como el perro, que con rábia
Á su propio dueño ofende.
Ya esta suerte, que empeora,
Se vió tan en las estrellas,
Que formó de mí querellas,
De quien yo las formo ahora.
Y es tal la falta, señora,
De este bien, que de pensallo
Confuso y triste me hallo,
Que si por vos me preguntan
Los que mi daño barruntan,
De pura vergüenza callo...
¡Lástima grande que un nombre tan ilustre como el de D. Gregorio Mayans y Císcar fuese el que se distinguiera más en esta clase de acérrima oposicion al mérito de esta invencion!
No habia de estar, sin embargo, solo entre los impugnadores de las obras del infortunado poeta de Ronda. Al fin de las Rimas, impresas en 1591, Espinel, que presumia de gran latino y de buen discípulo de Horacio, habia publicado una traduccion de la Epístola á los Pisones, dedicada á D. Pedro Manrique de Castilla, de la casa de los Vargas, que fueron siempre tan favorecedores suyos. Era la primera traduccion del Arte poética de Horacio que se hacia en castellano y una tambien de las primeras en las lenguas neolatinas. Comentaristas del preceptista del Lacio los habia á centenares dentro y fuera de España; pero estos comentarios estaban escritos en latin bárbaro moderno y abundaban más en audacias pedantescas que en sabia doctrina para la mejor inteligencia del texto. Por último, todos los datos que resultan del exámen de la traduccion de Espinel, y sobre todo el de su defectuosa versificacion castellana, inducen á sospechar que esta fué ensayo de sus primeros aleteos poéticos, probablemente practicado en las mismas escuelas rondeñas de Juan Cansino, antes de visitar por vez primera las celebradas aulas de Salamanca. Ni en bien ni en mal se habia ocupado la crítica de esta produccion, ciertamente la menos pretenciosa de Espinel, cuando proyectando D. Juan José Lopez Sedano comenzar la publicacion de su Parnaso Español en 1768, ocurriósele encabezar su obra con la produccion poética del Arte de Horacio, hecha por nuestro poeta. Verdaderamente ningun editor que publica un libro, empieza por desacreditarlo; antes bien lo encomia y prepara á fin de que obtenga el favor del público. Esto hizo Lopez Sedano con aquella obrilla, y esto bastó para alborotar los nervios al famoso D. Tomás Iriarte, que no tardó en abrir en las Gacetas de la época la polémica más descomunal contra la traduccion, contra el editor, contra Espinel y contra el Parnaso. El secreto de esta contienda estaba en que Iriarte, valiéndose de un inmenso catálogo de traductores y comentaristas, principalmente franceses, posteriores al poeta de Ronda, los más modernos y aun casi modernísimos, habia emprendido una nueva traduccion del Arte poética en verso castellano, y él, como apasionado autor, la creia la mejor cosa que se habia hecho en el mundo. Por otra parte con la discusion arrebatada, casi escandalosa, lograba llamar y aun interesar la opinion hácia su nueva obra.
La traduccion de Iriarte no oscureció la de Espinel, aunque el nombre de éste fué objeto de toda clase de irreverencias, y el migajon de la disputa se contiene en varios folletos de la época, de estéril y cansada lectura. La primera impugnacion de Iriarte se halla en el tomo IV de la Coleccion de obras en verso y prosa de D. Tomás Iriarte, (Madrid: impr. de Benito Cano: 1777). Contestó Lopez de Sedano en las Notas al tomo IX y último del Parnaso Español, (Madrid: impr. de D. Antonio de Sancha: 1778, pág xlvj á ljv). Replicó nuevamente Iriarte en el tomo VI de sus obras (1783) con un largo folleto titulado: «Donde las dan las toman, diálogo joco-serio sobre la traduccion del Arte poética de Horacio y sobre la impugnacion que de aquella obra publicó D. Juan José Lopez de Sedano al fin del tomo IX del Parnaso Español,» y finalmente en dos volúmenes en octavo y bajo el pseudónimo del doctor D. Juan María Chavero y Eslava, vecino de la ciudad de Ronda, dió Lopez de Sedano en 1785 á las prensas de D. Félix de Casas y Martinez, en Málaga sus «Coloquios de la Espina entre D. Tirso Espinosa, natural de la ciudad de Ronda y un amanuense natural de la villa del Espinar, sobre la traduccion de la Poética de Horacio hecha por el licenciado Vicente Espinel y otras espinas y flores del Parnaso Español.» La disputa fué cansada, larga y fatigosa, y aquí no queda más espacio que para dar la noticia ya apuntada.
Lo mismo casi tengo que hacer con la cuestion más importante que suscita el nombre de Espinel, despues de la larga y honda polémica de carácter nacional á que han dado ocasion los raptos verificados en sus obras por el novelista francés Mr. Alain René Le Sage y la publicacion del Gil Blas de Santillana. Dos acusaciones casi simultáneas cayeron en el siglo último sobre el autor francés poco escrupuloso, que ha usurpado á la fama española una de esas reputaciones, que en la esfera intelectual los frívolos escritores de Francia deben con suma frecuencia á los robos que practican sobre las literaturas extranjeras. La primera de estas denuncias se hizo en la misma Francia, por uno de los hombres de más verdadero mérito propio que aquel país ha producido; por el mismo Mr. Voltaire, el cual describiendo el siglo de Luis XIV, al llegar á la figura, poco noble por sus escritos de Mr. Le Sage, y al referirse á su novela del Gil Blas, que por aquel tiempo alborotaba á la opinion dentro y fuera de su país, decia textualmente:—«il est entiérement pris du roman espagnol intitulé La vidad del Escudiero Dom Márcos d’Obrego.[20]» Cuidaron los franceses, solícitos guardadores del honor patrio, de tener velada esta acusacion de Voltaire, la cual no demuestra ciertamente la ligereza que le han atribuido despues en su juicio los escritores que por defender el prestigio de la literatura nacional se han puesto del lado del plagiario, sino por el contrario, que aunque Voltaire no se habia detenido en hacer un prolijo cotejo capítulo por capítulo entre la obra de Espinel y la de Le Sage, ni una ni otra le eran desconocidas y aun que guardaba bien frescas y puntuales reminiscencias de las dos.
En 1787 apareció en Madrid bajo el pseudónimo de D. Joaquin Federico Is-salps, anagrama del nombre del P. Jesuita José Francisco de Isla, una traduccion española de la obra de Le Sage, que ya habia recorrido el mundo, hallando por todas partes aplausos é imitadores, con el título de Aventuras de Gil Blas de Santillana, robadas á España, y adoptadas en Francia por Mr. Le Sage: restituidas á su patria y á su lengua nativa por un español celoso que no sufre se burlen de su nacion. En su Conversacion preliminar el P. Isla no atribuia á Espinel la paternidad de la obra; pero sostenia que habia sido sacada de original español. Por último, sin tener conocimiento de las obras, ni mucho menos de los juicios de Voltaire, el diligente vicario de Ronda, secretario que habia sido del obispo de Málaga, D. Jacinto José de Cabrera y Rivas, hombre frenéticamente entusiasta del autor de Márcos de Obregon, mantuvo de 1793 hasta 1819 frecuente trato literario con Don José Lopez de la Torre Ayllon y Gallo, con el que sostenia que el autor verdadero del Gil Blas era Vicente Espinel, en corroboracion de lo cual le trasladaba repetidos pasajes de aquella obra y su correspondencia idéntica con otros del Márcos de Obregon, para que se viera la verdad de lo que aseveraba. No habian dejado de causar impresion por Europa las indicaciones del P. Isla á las que se unieron otros trabajos publicados en Paris por el escritor español don Juan Antonio Llorente. Entonces á título de abogado defensor de la nacion francesa, como él mismo se decia, salió á la palestra el conde Francisco de Neufchateau, miembro del Instituto de Francia y Ministro del Interior que habia sido, ante cuyo adversario elevando Llorente nuevas Observaciones críticas al seno de la misma Academia francesa, generalizó la erudita discusion, logrando tomaran parte en ella los literatos de todas las naciones. En esta cuestion, aunque literaria, del mismo modo que en todas cuantas afectan á España, harto visiblemente se han dibujado en el campo de la contienda las simpatías históricas y tradicionales. Quiso hacer la crítica británica alianza con la de Francia, y Walter Scott, hallándose en la cima de su crédito, declaró sin exámen, que Le Sage era un escritor completamente original; M. Everet, norte-americano aspiró á poner la cuestion en la balanza de la justicia; el aleman Ludwig Tieck aplicó á su censura todos los recursos de un análisis concienzudo y demostró que en el Gil Blas todo eran raptos de la literatura española, á escepcion del estilo ligero, irónico y gracioso del escritor frances. Despues de la defensa de Llorente, España no ha vuelto á decir una palabra, y en tal estado se hallaria el asunto, si los escritores franceses viéndose horriblemente cogidos en el doble lazo del análisis y de la crítica, no se hubieran resuelto espontáneamente á transigir. Todos los pasajes hurtados á la novela y á la comedia española por Mr. Le Sage, están ya perfectamente deslindados. Gran parte de ellos, en efecto, corresponden á las Relaciones de la vida del Escudero Márcos de Obregon del maestro Vicente Espinel, como Voltaire con gran firmeza de penetracion y de criterio aseveró: de modo que la ligereza sólo ha estado en aquellos escritores que sin exámen negaran lo que tan fácilmente habia de corroborar despues el más leve trabajo de comparacion. Mr. Baret en estudios especiales sobre este asunto fija en diez los lugares del Gil Blas en que el Márcos de Obregon fué traducido por Le Sage; pero en esto no ha hecho sino seguir servilmente lo apuntado por el aleman Tieck, el cual declara en el prólogo de su traduccion de la obra de Espinel, que por la pérdida de algunos papeles donde conservaba sus apuntes, no ha podido puntualizar todas sus observaciones de la manera que lo habia hecho en la idea del prefacio de Gil Blas donde se ha tomado la anécdota de los estudiantes de la introduccion del Márcos del Obregon; en la historia del barbero Diego de la Fuente; en la aventura de la cortesana Camila; en la de la casa de los ladrones; en la de los amores del barbero con D.ª Margelina, etc. Con esto se ha dado por concluido el pleito.
Ciertamente se me tachará de dejar aquí la cuestion incompleta, cuando ningun lugar parece más oportuno para dilucidarla. No puede ser así, sin embargo; trabajos de esta índole para ser completos demandan el auxilio de largos textos, y necesitaria para un cómodo desenvolvimiento de los estudios que tengo practicados, un tomo de mayores proporciones que la suma de todo el actual. No es, sin embargo, obligacion que declino, y me reservo llenarla, como antes dije, en coyuntura mejor. Entre tanto no puedo menos de sentirme lisonjeado en haber sido el primero en bosquejar aquí, como ya queda bosquejado, el rápido cuadro de una vida bastante ignorada hasta ahora por nuestros hombres de letras, y que de todas maneras resulta siempre interesante. Autores que, como Vicente Espinel, tienen la honra de que sus obras periódicamente se reproduzcan y frecuentemente promuevan polémicas como las que dejo reseñadas, son siempre primeras figuras en el vasto teatro de la literatura brillante de su nacion. Sus producciones nunca palidecen; y en todo momento en que se impriman de nuevo, su aparicion será oportuna. Las ediciones del Gil Blas de Santillana no podrian fácilmente enumerarse. Todos los idiomas cultos del mundo han vertido del frances esta novela, y el lápiz y el buril harto se han ensayado en trazar los pintorescos cuadros de sus variados episodios. Nunca alcanzará, sin embargo, esta obra francesa el rango de la inmortal española de Miguel de Cervantes Saavedra. La razon es óbvia: el brillante ingenio español del siglo de Felipe II fué el creador sublime de un libro que perpétuamente hablará al corazon y á la mente de todas las generaciones, de todos los hombres, de todos los pueblos. El Gil Blas de Santillana, aunque en círculo más estrecho, pues está desprovisto de idealidad, será tambien un libro universal; pero no su pretendido autor, pues suprimidos diversos ingenios españoles, de quienes tomó las diversas partes de su obra, y muy principalmente Vicente Espinel que en el Márcos de Obregon le proporcionó los mejores materiales, queda de todo punto suprimido, como Voltaire pretendia, el carácter buscon y plagiario del decantado Le Sage.
Juan Perez de Guzman.
Madrid 5 de Mayo de 1881.