Epilogo
Era la noche del 11 de septiembre de 1541. La noticia de la trágica muerte de Pedro de Alvarado acababa de llegar á Guatemala, y su viuda Doña Beatriz de la Cueva lloraba sin consuelo tamaña desgracia, en la ciudad de Santiago, donde estaba radicada.
Varias damas de las principales familias de la población habían ocurrido á hacer compañía á la afligida esposa del capitán general.
Serían las dos de la mañana, cuando se estremeció terriblemente la tierra, por una, dos y tres veces, y se escuchó un pavoroso ruido subterráneo, que venía como de las montañas.
La cima de uno de aquellos montes se desprendió cayendo hacia la parte opuesta de la ciudad; pero de allí mismo brotó un torrente impetuosísimo, que arrastrando inmensos peñascos, se precipitó sobre las habitaciones, sepultando á seiscientas personas.
Doña Beatriz de la Cueva y doce señoras que la acompañaban, perecieron aquella noche entre las ruinas de un oratorio en donde se habían refugiado[15].
CARIDAD EVANGELICA
35. En esto conocerán todos
que sois mis discípulos,
si tuviéreis amor los unos
con los otros.
Evangelio según San
Juan. Cap. XIII.
Pasaba tranquilamente el año del Señor de 1575.
La Nueva España, gobernada á la sazón por Don Martín Enríquez de Almanza, cuarto Virrey, presentaba un cuadro en verdad halagüeño para su metrópoli.
Los habitantes parecían olvidar sus penas y sus deseos de independencia, y comenzaban á sufrir, sin murmurar, el yugo de sus conquistadores; el comercio era activo, las minas anunciaban ya grandes bonanzas, y las artes y las ciencias empezaban á tener su asiento en la capital de la colonia. Estaba ya fundado el colegio de los jesuitas, que después se llamó de San Gregorio, se abrió el Seminario de San Pedro y San Pablo, que luego tuvo el nombre de San Ildefonso, y el canónigo tesorero Don Francisco Santos estableció un colegio de pasantes nobles, que fué el conocido por colegio de Santos, y estuvo situado en la calle de la Acequia, célebre por más de un título, y sobre todo, por lo extraño de sus constituciones y porque en él vivieron muchas personas ilustres en México por su ciencia.
Nada, pues, parecía turbar la paz de la colonia, y Don Martín Enríquez escribía satisfecho al Rey, pintándole la felicidad de que se disfrutaba en toda la Nueva España.
Una noche, sobre el oscuro cielo de México, puro y tachonado de estrellas, apareció repentinamente un cometa[16].
Aquella era una terrible señal de grandes males para los sencillos descendientes de Moctezuma, que no podían aún olvidar que un cometa había también anunciado á sus padres la llegada de los españoles, la caída del poderoso imperio de los aztecas y la esclavitud de su raza.
Los ánimos comenzaron á turbarse, negras y siniestras preocupaciones se apoderaron de los hombres más audaces, y una nube de tristeza y desconsuelo pareció envolverlo todo desde aquel momento.
El cometa era para todos el mensajero de grandes calamidades; sólo que todos se perdían en conjeturas, creyendo unos que anunciaba guerras sangrientas, otros pensando que indicaba hambres, y otros suponiendo que traía la peste.
No hubo desde entonces un corazón tranquilo ni un espíritu sosegado: el presentimiento de la desgracia era unánime.
Duró el cometa algunos días sobre el horizonte, y luego desapareció, pero no con esto tornó la calma.
Una mañana, á cosa de las ocho, brillaron repentinamente también en el firmamento tres soles.
Tres soles, pero iguales; tres soles que caminaron por el cielo, causando el más terrible espanto á los mexicanos, hasta la una de la tarde, en que dos de ellos se apagaron.
El terror y el sobresalto no tuvieron entonces límites, y aquellos fenómenos se interpretaban, ya como el anuncio de un cataclismo universal ya como el aviso celeste del próximo fin del mundo.
Así, en medio de angustias y de temores, concluyó el año de 1575[17].
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Entrada apenas la primavera de 1576, y sin preceder causa alguna manifiesta, se desarrolló entre los naturales de la Nueva España la peste más terrible y desoladora de cuantas se registran en los anales de la historia.
Los síntomas de aquella espantosa enfermedad nada tenían de extraños, y sin embargo, ninguno de los atacados llegaba á salvarse, ni había médico ni remedio alguno que pudiera darles alivio.
Anunciábase el mal por un fuerte dolor en la cabeza, é inmediatamente sobrevenía la fiebre; pero una fiebre voraz, que agitaba de tal manera á los infelices epidemiados, que no les permitía cubrirse ni con el vestido más ligero.
Aquellos desgraciados, como huyendo del fuego interior que los devoraba, salían con horror de sus habitaciones, y así desnudos y como locos, vagaban por los patios de sus casas ó por las calles, y allí expuestos á la inclemencia, y sin auxilios de ninguna clase, y en medio de una constante é inexplicable inquietud, expiraban, después de nueve días de padecimientos, en el último de los cuales tenían una gran hemorragia por las narices.
Aquella calamidad cundía de una manera espantosa, sin que nada bastara á contenerla, y «tenía—dice el padre Cabo—tan maligno carácter, que no se puede explicar...... teniendo la singularidad de que contagiándose casi todos los naturales, los españoles é hijos de ellos gozaban de salud.»
Con la peste llegó también el hambre; el contagio había penetrado en todas las casas de los mexicanos; los que quedaban libres huían con horror de los apestados: una tristeza profunda y un terror pánico se apoderaron de todos los corazones; ni había quien atendiese á los enfermos, ni quien procurase llevarles algunos alimentos: el que no sucumbía por la fuerza de la enfermedad, moría víctima del hambre y del abandono, y el miedo hizo también morir á muchos infelices.
Los alrededores de la capital, los barrios que estaban fuera de la traza, que era el centro de la ciudad, destinado exclusivamente para las habitaciones de la colonia española, presentaban un cuadro de muerte y desolación imposible de describir.
En las puertas de las casas y en las calles, montones de cadáveres; cadáveres en los patios, cadáveres en los canales, en las canoas, en los campos, en los caminos; cadáveres por donde quiera y en todas partes.
Familias enteras morían agrupadas, hijos expirantes que se abrazaban con el inanimado cuerpo de sus padres, madres moribundas que tenían sobre su regazo las cabezas yertas de tres ó cuatro de sus hijos, niños inocentes que se arrastraban entre los cadáveres de sus padres buscando el abrigo y el alimento.
Aquello era horrible; aquella confusión de sexos y de edades en los cadáveres; aquella desnudez expuesta á la luz del sol; aquel hacinamiento de cuerpos en repugnantes posturas, cubiertos de sangre, pero demacrados, pálidos, contraídos; aquella soledad ante la muerte; aquella raza que moría toda y quedaba insepulta: todo, todo era sombrío y espantoso.
Algunas veces los moribundos tenían que hacer un esfuerzo sobrenatural para ahuyentar á los perros, á los lobos y á las aves que se arrojaban ansiosos sobre el cadáver del hijo, á presencia de la expirante madre, y sobre los restos de la esposa, al lado mismo de su agonizante prometido.
El Virrey Don Martín Enríquez y el Arzobispo Don Pedro Moya de Contreras pensaron al principio en establecer hospitales; pero muy pronto la peste se hizo tan general, que fué imposible usar de este arbitrio, tanto por el número de los enfermos como porque no había ya quien los asistiese.
En vano se apeló al auxilio de la ciencia; en vano el Dr. Don Juan de la Fuente, uno de los médicos más célebres de aquellos tiempos, procuró en el Hospital Real estudiar en los cadáveres de los apestados, y descubrir algo que le indicase el origen y la causa del mal. El diagnóstico era imposible; pero seguro el pronóstico, la muerte.
Cuanto á un enfermo producía momentáneamente alivio, causaba á otro la muerte con más violencia; y ya en aquellos momentos era un devaneo pensar en dar asistencia á los contagiados; apenas se podía conseguir personas que estuvieran cavando constantemente sepulturas para impedir que los cadáveres se corrompieran en las calles y en los campos, ó fueran pasto de los animales.
Los mexicanos creían ya que su raza iba á desaparecer de la tierra, y los españoles miraban con espanto que iban á quedar solos en medio de aquel inmenso desierto.
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En el extenso territorio de México se encuentran todos los climas, todas las temperaturas, y se hallan pueblos situados casi á la altura de las eternas nieves, y pueblos que viven bajo el ardiente sol de los trópicos.
Y sin embargo, la peste se cebaba implacable lo mismo en los habitantes de las costas del Atlántico y del Pacífico que en los que vivían en los fríos valles de Toluca y de Puebla, ó en las faldas del Tancítaro, del Iztatzihuatl ó del Zitlaltepetl.
Pero donde aquellos estragos se hacían más espantosos era en la capital, tanto por el mayor número de habitantes, como por la triste condición á que habían quedado reducidos después de la conquista.
Llegó un día en que no había quien siquiera viese á los apestados.
Entonces, el Arzobispo Don Pedro Moya de Contreras llamó á los superiores de las religiones y comunidades, y les encomendó el cuidado de los enfermos.
Desde este momento el purísimo sol de la caridad iluminó aquella tierra, sobre la que Dios hacía pesar una calamidad tan espantosa.
La historia de aquellos días de llanto y de tribulación para los desgraciados indígenas, es la inmortal página de gloria para el clero mexicano, es la aureola de luz con que aquellos santos y apostólicos varones se presentaron á pisar los umbrales de la eternidad para reclamar sus puestos entre los elegidos del Hombre-Dios.
Dominicanos, jesuitas, agustinos y franciscanos se distribuyeron por las calles y los barrios, llevando las medicinas, los alimentos, las ropas, los auxilios de la religión, y sobre todo, el santo y sublime consuelo de la caridad.
Unos curaban con sus mismas manos á los enfermos, otros escuchaban sus confesiones y les administraban el Viático y la Extremaunción, otros sacaban de las casas y recogían de las calles los cadáveres para darles sepultura, y todos, llenos de ese admirable espíritu de amor á sus hermanos, que no pudo ser comprendido en el mundo hasta que el Cristo mismo vino á explicarlo, todos prodigaban consuelos y esperanzas, é inspiraban la resignación entre aquellos millares de víctimas que sucumbían diariamente.
La noche negra de la desolación hizo brillar la estrella pura de la caridad; aquella era una terrible batalla que se daban la desgracia y la reina de las virtudes.
El triunfo de la caridad se debió entonces á las comunidades religiosas.
El ejemplo de los clérigos y de los frailes de la capital fué seguido con entusiasmo por el clero de las provincias y por las familias de los españoles.
Las damas más principales andaban en las chozas de los infelices, curando á los enfermos y llevándoles ropa y alimentos.
Los curas de los pueblos no descansaban tampoco un instante en sus evangélicas tareas.
Cuando se escribe una obra como el LIBRO ROJO, en que á cada paso se tropieza con un crimen ó con un acontecimiento originado por las malas pasiones de los hombres, se tiene un inexplicable sentimiento de bienestar al encontrarse con acciones nobles y con hechos dignos de memoria eterna, porque hay un verdadero placer en describir ciertos rasgos en que la humanidad se muestra á nuestros ojos, no tal como es, sino como debiera ser, llena de abnegación, de amor, de caridad.
El año de 1577 comenzó, y la peste seguía asolando á la Nueva España; pero como incansables, como invencibles gladiadores, los frailes y los clérigos seguían luchando con la desgracia brazo á brazo.
En aquel año las estaciones parecían haberse conjurado también contra los desgraciados indígenas, porque aconteció que desde principios de abril, cosa hasta entonces nunca vista, la estación de las aguas comenzó con toda su fuerza.
Pero esto no era un obstáculo para los que velaban por los apestados. Durante aquellas noches tempestuosas, cuando la tormenta descargaba su furia sobre la ciudad, cuando el agua caía á torrentes, y se iluminaban fantásticamente el valle y las serranías con la roja luz de los relámpagos, y el trueno se repercutía en las cañadas y entre las selvas, por los lejanos y oscuros callejones, inundados y peligrosos, se podía continuamente distinguir la incierta luz de un farolillo que ya avanzaba, ya retrocedía, ya se perdía en una casa para volver á brillar de nuevo, ya bajaba hasta el nivel de la tierra, deteniéndose allí como para alumbrar algo, dibujando con su indecisa claridad algunas sombras en las negras paredes de las casas.
Eran los frailes que buscaban á los enfermos para curarlos, á los moribundos para auxiliarlos, á los cadáveres para darles sepultura, á los niños huérfanos y abandonados para recogerlos, para evitar que muriesen de hambre y de frío.
Misión heróica, que debió hacer llorar de ternura á los mismos ángeles.
En los canales de la ciudad se representaban escenas terribles y patéticas.
Las canoas cruzaban por todas partes, y en la mayor parte de ellas los frailes remaban. Unas conducían esperanzas para los vivos, otras llevaban montones de cadáveres.
Pero aquella lucha debía tener también sus mártires entre los soldados de la caridad, y los tuvo.
El rector de los jesuitas y un gran número de dominicanos, de agustinos y de franciscanos, sucumbieron, no por la peste—con la cual no se contagiaron—sino de resultas de la terrible fatiga y de la afección moral causada por la continua presencia de escenas tristes y conmovedoras.
La historia no nos ha trasmitido ninguno de los nombres de aquellos héroes y de aquellos mártires al referirnos sus hazañas, y nosotros al recordarlos, sólo podemos repetir las sublimes palabras del Crucificado:
«En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviéreis amor los unos con los otros.»
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Aquella horrible peste, á la cual algunos llaman el Matlatzahuatl, que dejó desiertas y tristes grandes ciudades y floridas campiñas, cesó casi repentinamente á fines de 1577. El Virrey, que por conducto de los gobernadores y corregidores se había informado escrupulosamente de cuanto acaecía, hizo que se guardara en el archivo de la ciudad el testimonio del número de muertos, y eran...... más de dos millones[18].
FRAY MARCOS DE MENA
Primera parte
Lo que vamos á referir sería para novela exagerado, y, sin embargo, es exactamente cierto. Nuestra historia antigua, relegada por muchos años á las polvosas librerías de los conventos, tiene episodios que darían materia para escribir muchos y divertidos volúmenes. Conocida y popular, si se quiere, es la historia de los conquistadores, españoles, pero están olvidadas las aventuras verdaderamente románticas de los muchos religiosos que, movidos del espíritu evangélico y de esa rara heroicidad de convertir á la fe cristiana á los idólatras, no conocían ni distancias, ni temían á las tormentas, ni les asustaba ningún género de peligro, y cuando les sobrevenían algunos de esos contratiempos tan comunes en los largos viajes en tierras desconocidas y sembradas por todas partes de peligros, todo lo referían á Dios, y morían, no con el indómito orgullo de los sanguinarios capitanes, sino con la tranquila serenidad del verdadero creyente que ve en su última hora abiertas las eternas y diamantinas puertas de los cielos.
Hemos hablado de las flotas, y tendremos que volver más de una vez á este tema, porque las flotas que de la Península Española venían á México y regresaban, eran las más veces ó el principio ó el fin de sucesos importantes ó de raras aventuras.
Cincuenta años después de la conquista, el comercio era ya muy activo en México, grandes cargamentos transitaban desde Veracruz hasta Chihuahua, y cada cierto período los comerciantes de todas las ciudades españolas ya fundadas, se reunían y emprendían con sus criados, y muchas veces con sus familias, un viaje al puerto para vender los frutos de la agricultura y comprar los de ultramar. Algunas de las minas que después han sido célebres, comenzaban á derramar sus raudales de plata, y aunque La Santa Hermandad había limpiado los caminos de ladrones, los aventureros que venían en busca de la fortuna, y funcionarios de la Corona que eran enviados de España, ó regresaban, ó atravesaban los caminos seguidos de escuderos y de criados armados con grandes lanzas, y á veces con armaduras de acero como en los tiempos de la guerra. Todo este movimiento se aumentaba con la llegada ó con la salida de una flota del puerto de Veracruz.
A mediados del año de 1553, una flota estaba para darse á la vela. La Capitana era el navío de mayor porte, ya armado en guerra, ó ya perteneciente á la marina real. Además de la Capitana había siempre otros barcos con algunos cañones y tropa, y ellos servían de custodia á todos los buques mercantes que se reunían para hacer entonces una larga é incierta navegación, ya porque así sucede siempre en barcos de vela de muy poco porte, y ya también porque los marinos españoles, aunque atrevidos y resueltos, no conocían como hoy se conocen con tanta precisión las corrientes, los cayos y los arrecifes de que está sembrado todo ese mar que se llama de las Antillas, peligroso por demás en la cruel estación del invierno.
Quizá en ninguna otra época como en esta vez bajó tanta gente á Veracruz. Pasaban, entre amos, criados, cargadores y comerciantes, de cuatro mil personas, que tenían por principal objeto comprar, vender y cambiar mercancías. Los que tenían conocimientos se alojaron en las casas, gozando de esa franca hospitalidad española, que tan generosamente sabían dar á sus amigos los comerciantes de Veracruz, regalándolos con excelente pescado y con los más exquisitos vinos. La gente de menos relaciones y valía formó barracas y campamentos en las afueras de la ciudad. Era una verdadera feria.
Durante el día, el calor devorante mantenía á todos los huéspedes dentro de sus improvisadas habitaciones, y otros también ocupaban en la ciudad su tiempo en los negocios; pero cuando caía el sol, cuando las ondas mansas comenzaban con un monótono ruido á lamer aquellas arenas de fuego, y cuando la brisa arrojaba por intervalos esas ráfagas perfumadas y consoladoras que dan la vida en las regiones tropicales, todo comenzaba á animarse y á tomar un aspecto de alegría y de movimiento. Las luces se encendían en todas las barracas, y comenzaba la música, el baile, el juego y la conversación, y los ruidos misteriosos de la naturaleza formaban un extraño acompañamiento al bullicio y al ruido de los hombres. Las noches se pasaban así, hasta que la flota aparejada anunció que sólo esperaba un buen viento para darse á la mar. No hemos podido averiguar en la historia quién era el general de ella. En algún autor hemos leído el nombre de Corso; pero poco interés tiene esta indagación histórica para lo demás de nuestra narración.
Después de esperar varios días, amaneció uno hermoso y despejado; á poco sopló un viento favorable. Las anclas se comenzaron á levantar, las velas blancas se hinchaban, y aquella multitud de barcos que habían estado sombríos y tristes, balanceándose junto á Ulúa con el impulso de la marea, parecía que repentinamente se trasformaban en una alegre y blanca parvada de aves marinas.
La agitación en el puerto fué sobre toda ponderación. Más de mil personas de todos sexos y edades, que hacían viaje, ocurrieron al muelle con el resto de sus equipajes, y casi exponiéndose á caer en el agua saltaban en los botes, pateando y echando ternos cuando no lo podían hacer, y creían, porque tal era su ansia, que si perdían un minuto podían quedarse en tierra. Los deudos y amigos ocurrieron á despedirse á los embarcaderos, y no faltaron, como es de suponerse, lágrimas, y caricias, y abrazos, promesas y bendiciones, porque mil gentes que se van, siempre dejan en tierra lo menos otras tantas que las amen y se interesen por su suerte.
Entre las personas que había en la playa, casi todas fijaron su atención en una dama. Se presentó al embarcadero vestida lujosamente de seda, como si fuese á asistir á un baile, la garganta y los dedos de sus manos llenos de diamantes y piedras exquisitas de colores. Era alta, morena, de cabeza orgullosa y levantada. Su labio superior, un poco grueso y desdeñoso, estaba sombreado con un ligero bozo, y sus grandes ojos negros parecía que mandaban y exigían la sumisión y el respeto. Esta dama iba seguida de una doncella indígena y de cuatro negros. Llegó separando imperiosamente con la mano á los que le estorbaban el paso, á una lancha grande que sin duda estaba preparada para ella, y los marineros, que también eran negros, en cuanto la vieron se pusieron en pie y saludaron, saltando algunos á tierra para despejar el campo y ayudarla á embarcar. La doncella entró primero, teniendo en la mano un pequeño cofrecillo de sándalo, en seguida la dama dió resueltamente un paso, á pesar de los balanceos de la lancha, y saltó con firmeza á uno de los bancos, quedando en pie un momento, paseando su mirada por toda aquella multitud que cubría la playa y que también se fijaba en ella por su agilidad, por su hermosura y por la riqueza de sus joyas. Cuando los bogas se acomodaron y desviaron la lancha del muelle, la dama se sentó en la popa, y tomando el timón dijo en voz alta: «A la nao de Farfán.» La materia de la conversación recayó, por el momento, sobre las maneras y la hermosura de la dama. Unos creían conocerla, otros equivocaban su nombre, otros manifestaban que la amistad y ciertas consideraciones los obligaban á guardar silencio. Sin saberse el origen y el motivo, se esparció la voz de que aquella mujer, tan arrogante y tan resuelta, podía ser muy bien el diablo disfrazado, y causarles algún mal en el viaje. Muchos rieron; pero otros llevaron á bordo de las naves esa idea supersticiosa y la comunicaron á los demás pasajeros.
El toque solemne de una campana en la plaza y un cañonazo que disparó la Capitana anunciaron que la flota partía, y en efecto, poco á poco y una tras otra fueron saliendo las naves del canal, tomando el largo y alejándose, hasta que al caer la tarde se perdieron entre las brumas rojizas del crepúsculo.
En la noche, el campamento alegre de la víspera estuvo silencioso y oscuro. Los vecinos y comerciantes de Veracruz, fatigados y tristes, se recogieron más temprano, y al día siguiente multitud de viajeros que regresaban á México cubrían los caminos. En esa flota iban cuantiosos tesoros de oro, plata y perlas, y quizá en ninguna otra se embarcó tal número de gente de caudal y de una posición notable. Entre los pasajeros iban cinco religiosos, que eran Fr. Hernando Méndez, Fr. Diego de la Cruz, Fr. Juan de Mena, Fr. Juan Ferrer y Fr. Marcos de Mena, todos del convento de Santo Domingo de México.
Mientras que navegan los bajeles rumbo á la Habana, tenemos que decir dos palabras de la dama en quien también habremos probablemente fijado nuestra atención.
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La dama altiva, linda y orgullosa que hemos visto embarcarse en Veracruz, se llamaba Doña Catalina. Hemos en vano procurado hallar su apellido y su patria en las narraciones antiguas. Parece que era natural de la misma ciudad de México, y producto de uno de los matrimonios de los conquistadores con las hermosas indias nobles, y esto no se podía dudar al fijarse en el color de su tez, en sus ojos rasgados y negros, y sus manos y pies de una pequeñez exagerada. Esta joven casó, no sabemos en qué época, con Juan Ponce de León, español de bastantes relaciones é influjo en la ciudad, y rico con los productos de una encomienda en Tecama.
En la apariencia los esposos vivían en paz y felices, en una de las casas principales; se les servía por negros y negras, en vajillas de plata; tenían la mejor colección de muebles de Flandes y unas grandes pantallas de Venecia; cataban buenos vinos, asistían á todas las festividades y ceremonias, y su casa era visitada por los caballeros más principales de México. Entre las visitas más constantes y más íntimas se contaba la de Don Bernardino Bocanegra, caballero noble, rico y principal, medio calavera y guapo, que portaba siempre, como la mayor parte de los hijos de los conquistadores, filoso estoque y luenga daga. Este personaje, inquieto y atrevido por carácter, fué muy amigo del Marqués del Valle y tomó una parte activa en todos los lances y conjuraciones de que hemos dado una idea en los artículos anteriores. Malas lenguas decían que las visitas de Bocanegra á la casa del Encomendero de Tecama no eran muy inocentes; y además, los hijos que Ponce había tenido antes en otra mujer, según se infiere de las leyendas, no veían de buen ojo á Doña Catalina. Sea de esto lo que fuere, el caso es que así vivía esta familia, y que tal vez durante los años de 1550 á 1553 ningún incidente notable pasó, y cada quien se quedó con sus conjeturas y sospechas.
Una noche que ni Ponce de León estaba en su casa, ni Bocanegra ni ninguna otra visita había llegado, Doña Catalina llamó á un negro esclavo que tenía, de bastante viveza, y digamos malicia. Se llamaba Francisco, nombre común que se ponía á los Africanos en México, y era de toda su confianza.
—Te voy á hacer un encargo,—le dijo;—y á ningún otro lo haría más que á tí, porque sé cuánto me quieres.
—Yo querer mucho mi ama,—contestó el negro;—mi ama mandar y Francisco dar vida y todo por ella.
—Quizá no se necesita de tanto, pero sí de que, suceda lo que suceda, y aunque llegue el caso de que te pongan en la cárcel y te den tormento, no digas ni una sola palabra.
El negro, al oír la palabra tormento que tenía llenos de terror á los habitantes, se quedó callado.
—Toma, le dijo Doña Catalina dándole un puño de monedas de plata; quería únicamente probar si de verdad me querías; pero para nada te necesito, y puedes retirarte.
Doña Catalina volvió la cara con muestras de enojo, y el negro, conmovido y guardando al mismo tiempo su dinero, se arrodilló ante su ama.
—Francisco querer mucho. Francisco dejar matar. Francisco no decir nada. Mi ama mandar, y Francisco hacer todo.
—Levántate y no hay que asustarse, pues se trata de una verdadera bobada. Cuando D. Bernardino Bocanegra esté de visita, tu estarás pegado á la puerta del zaguán, no dejarás entrar á nadie si yo no te lo mando, y cuando yo te lo diga, abrirás prontamente y dejarás salir á Bocanegra. ¿Has entendido?
—Mi ama mandar, yo hacer todo; mi ama confiar en Francisco.
—Si por algún motivo te preguntaren en alguna ocasión algo de esto, nada dirás, y cuenta con que te daré tu libertad y todo el dinero que quieras; pero ten entendido que ni aun en el tormento deberás de confesar nada. El negro prometió de nuevo á su ama que haría cuanto le tenía mandado, y se retiró siempre un poco triste, pensando en el tormento; pero no alcanzando cómo pudieran en ningún caso ponerle en la cárcel y darle tormento por sólo abrir y cerrar la puerta de la casa de su ama.
Pasaron dos y tres semanas y Francisco cumplía con una minuciosa exactitud las órdenes de Doña Catalina. Si alguno tocaba la puerta, Francisco inmediatamente decía:
—Mi amo y mi ama dormir y yo no abrir.
Apenas Doña Catalina le hablaba, cuando Francisco, listo, abría la puerta á D. Bernardino Bocanegra, y lo único que le llamaba la atención y le recordaba el tormento, era que su amo D. Juan Ponce de León entraba á su casa apenas daban en las iglesias el toque de ánimas, mientras que D. Bernardino Bocanegra salía á las dos ó las tres y á veces á las cuatro de la mañana. Francisco hacía mil cuentas y cálculos en su cabeza, y al último se tranquilizaba diciendo:
«Dormir dos—pues dormir ó platicar tres.»
Una noche, poco después de las doce, Doña Catalina salió al corredor y gritó á Francisco con una voz visiblemente temblorosa y cortada: Francisco, abre con cuidado y sin ruido, y registra si alguien pasa por la calle. Francisco, que ya otras noches había recibido igual orden, abrió el postigo suavemente, asomó su negra cabeza en una todavía más negra noche, examinó por todas partes y luego se retiró y volvió á cerrar, diciendo:
—Calle sola y negra.
—Abre, pues, á Don Bernardino.
Francisco abrió y Don Bernardino salió embozado hasta los ojos y vacilando como si hubiese bebido vino.
—Don Bernardino emborrachar,—dijo el negro; pero sintiendo alguna cosa húmeda en su mano que se tropezó al abrir con la de Bocanegra, se acercó á un farolillo que ardía en el descanso de la escalera, delante de la imagen de una Virgen, y notó que era sangre.
—Dar tormento á Francisco,—dijo espantado el negro. De tres, morir uno. Ama no, Don Bernardino no. Amo Ponce sí—y sin poder articular una palabra se sentó para no caer, en un escalón de la escalera.
La casa, excepto esa luz vacilante del farol, estaba lóbrega y oscura. Los demás criados relegados y encerrados en el extremo opuesto, como de costumbre, dormían profundamente. Francisco tuvo miedo, y tan pronto pensó gritar, como salirse y dejar abandonada la casa; pero sus ideas tuvieron que cambiar repentinamente. Doña Catalina, medio vestida, medio desnuda, con su gran cabellera suelta y tendida como un manto de terciopelo negro en las espaldas, con sus grandes ojos amenazantes, se presentó ante Francisco con un largo estoque en la mano.
—Mira, esclavo de Lucifer,—le dijo blandiendo el estoque—si gritas ó si no haces ciegamente lo que te mande, te hago pedazos el corazón; por el contrario, si me obedeces, te daré dinero, mucho dinero.
Francisco quiso arrodillarse y no pudo, quiso hablar y la palabra se le anudó en la garganta. Doña Catalina, que observó á la escasa luz del farol que Francisco estaba anonadado, varió de tono.
—No hay que asustarse, levántate; ten calma y óyeme lo que te voy á decir.
Francisco, más tranquilo, pudo incorporarse y escuchó.
—El amo está muerto. Es menester decir que los ladrones le han matado y que á tí te han herido.
—No herir á mí.
—Sí; lo verás,—dijo Doña Catalina, y le rajó con el estoque una mejilla. El negro dió un grito y llevó la mano á la cara.
—No es nada, y calla. Te he cortado apenas lo bastante para que te salga sangre. Después te curaré y te daré dinero; pero por ahora aquí te has de quedar tirado y te has de fingir desmayado.
La cortada no era grave ni profunda; pero el negro no tuvo necesidad de fingir, sino que con el susto y la pérdida de la sangre se desmayó efectivamente.
—Bien, dijo Doña Catalina mirando al negro y tirando en un escalón la arma, que era un estoque común y ordinario, sin marca alguna. Ahora lo demás; y esto diciendo, se dirigió á la puerta, la abrió un poco y se asomó á las espesas tinieblas de la noche, comenzando á dar gritos y á pedir el favor de la justicia.
En esos años había materialmente una plaga de ladrones tal, que no se podía, á las ocho de la noche, andar en la población sino provisto de hachas de brea y seguido de media docena de criados armados.
Los alguaciles recorrían las calles y la justicia vigilaba; así es que antes de media hora los gritos de Doña Catalina habían sido escuchados, y un puñado de alguaciles precedidos de un alcalde llegaban á la puerta.
—Mi marido asesinado y mi esclavo también, mis alhajas robadas, ¡favor, favor, señores!—gritó Doña Catalina; y como hemos dicho que su traje era muy parecido al de nuestra primera madre, los alguaciles se apresuraron á favorecerla y á creer cuanto les dijese. Entraron á la casa y encontraron en el descanso tirado á Francisco en un charco de sangre. Subieron y notaron los trastos, las ropas, todo en desorden y con señales visibles de haber sido manejado y revuelto. Penetraron á la recámara y encontraron en la cama á Juan Ponce de León cosido á puñaladas y nadando en su sangre. Una espada y un estoque tirados en el suelo, demostraban que Ponce había tratado de defenderse.
Doña Catalina les contó lo que le pareció conveniente, lleváronse el cadáver de Ponce, y lo mismo hubieran hecho con el del negro, pero habiendo observado que se movía y que su herida no era grave, le dejaron de pronto al cargo y responsabilidad de Doña Catalina, que como dama hermosa y principal, fué tratada con las mayores consideraciones.
Lo que pasó efectivamente lo supieron Bocanegra, Doña Catalina y Dios. ¿Riñeron Ponce y Bocanegra, ó entre el amante y la dama mataron al marido? Eso fué lo que nunca se quiso ni se pudo averiguar.
Como Ponce era rico y muy relacionado, el suceso causó grande impresión en la ciudad, Doña Catalina vistió de luto á todos los criados, y ella se encerró sin dejarse ver de nadie. Francisco, restablecido de su cortada, quedó en la casa por súplicas de Doña Catalina, obligado sólo á presentarse á la justicia cuando fuese llamado. Se comenzaron á hacer pesquisas, y durante muchas semanas todo fué inútil.
Ocurrióle al Alcalde que dió auxilio á Doña Catalina, preguntar por Bocanegra, y resultó de las indagaciones, que desde la noche del suceso no se le había vuelto á ver en la calle. Dióse orden de prenderle, y no se le encontró ni en su casa ni en ninguna parte. Entonces se mandó por el negro Francisco, se le puso en la cárcel, y no queriendo confesar nada se le dió tormento, y durante él confesó lo que había pasado con relación á la puerta, pero nada más. La justicia comenzó á obrar con actividad; pero como entonces y ahora las leyes no se aplican á los poderosos, Doña Catalina, á fuerza de dinero, consiguió que terminara la causa, sentenciándola á destierro de las Indias, y á entregar diez mil pesos á cada uno de los hijos de Ponce, que la historia no dice cuántos eran. Doña Catalina arregló sus negocios, levantó su casa, reunió sus alhajas, que llevaba la doncella en el cofrecillo de sándalo. El esclavo Francisco, con su señal en la cara y medio desquebrajado por el tormento, pero libre, tuvo también que hacer el viaje. Tal era la dama que con dirección á España se embarcó en la nao de Gonzalo de Farfán.
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Seguramente el viaje de la flota fué en los terribles y peligrosos meses de Septiembre ú Octubre. Al día siguiente se cubrió de nuevo el tiempo, y así con una mar gruesa, con un cielo de plomo y bordeando con trabajo, pues soplaba por lo común viento de proa, la escuadra llegó después de catorce días á la Habana. Allí permaneció una semana, desembarcaron unos pasajeros, se embarcaron otros, y á las grandes riquezas que llevaban los barcos se añadieron algunos tesoros de los ricos especuladores que poblaban entonces las islas.
Antes de salir la flota de la Habana, Farfán se entró al camarote de la dama.
—Doña Catalina, le dijo, desde que salimos de Veracruz hemos traído un tiempo de perros. Los marinos somos así, y yo declaro que no os llevaré más á bordo. No me obliguéis á deciros los motivos. Vamos, es una idea.
Doña Catalina, colérica, insistía en quedarse en la nave; pero el marino fué inflexible, y llegó á decirle que si al volver á la mar continuaba el tiempo malo, si ella estaba á bordo la mandaría arrojar al agua. La orgullosa mujer mandó á uno de sus negros á buscar pasaje, y en dos ó tres embarcaciones le fué rehusado, hasta que á ruego de los cinco padres domínicos fué admitida en el mismo barco en que ellos iban.
FRAY MARCOS DE MENA
Segunda parte
Salió por fin la flota de la hermosa bahía de la Habana sin que el tiempo mejorase; dió vuelta al peñasco que hoy se llama el Morro, y hasta los cuatro días logró entrar en el canal de la Florida; tanto así eran los vientos que la empujaban al Golfo de México, de donde trataba de salir. El quinto día el cielo se puso más terrible y amenazador. Gruesos, amoratados y espesos copos de nubes parece que salían de las aguas y llenaban el horizonte de una siniestra oscuridad. El mar tenía, al parecer, poco oleaje, pero hervía como si tuviese una caldera en el fondo, y sin saberse por qué, los barcos se estremecían repentinamente, como si pasase por su quilla el lomo de una ballena. Este es un fenómeno quizá peculiar del Golfo y de todo el mar de las Antillas, de modo que algunas veces se experimentan fuertes sacudimientos, á la vez que las olas apenas se levantan media vara en la movible superficie. La Capitana hizo sus señales, y todos los barcos, que eran quizá treinta y que caminaban en conserva, comenzaron la maniobra; unos arriaron completamente sus velas y quedaron cabeceando, arrastrados por las aguas rápidas del Gulf Stream, otros se quedaron con la vela mayor, y otros atrevidos largaron, como dicen los marinos, todos los trapos, y rápidos como los alciones comenzaron á hundirse y á salir sucesivamente de los abismos que ya con lo recio del viento comenzaban á formarse. El canal de la Florida está lleno de cayos, de islotes, de arrecifes, de costas bajas y engañosas, y el peligro era, que cerrando la noche y arrastrados por las olas y el viento, viniesen los barcos á dar en algún escollo. La noche llegó, no sólo oscura, sino llena de esas tinieblas flotantes que tanto pavor causan en la mar, y que no se sabe si son los vapores que salen del agua, ó los vapores que caen del cielo; el caso es que materialmente se ve que el barco tiene que abrirse paso en esa profunda ó interminable oscuridad que cada vez es más negra y más pavorosa. La Capitana encendió un farol á popa y otro á proa, los demás barros sólo encendieron uno á proa, y un cañonazo anunció que cada momento se aproximaba más el peligro.
La noche borrascosa y amenazadora pasó, sin embargo, sin novedad, y los pasajeros saludaron con una especie de frenesí los primeros rayos del sol. Un momento el astro del día se abrió paso por entre las capas de nubes é iluminó la superficie agitada del Océano, de ese Océano inmenso que azota con sus olas las orillas frondosas y fértiles de la América y las arenas abrasadoras de la costa de Africa. Todos los barcos habían conservado hasta cierto grado una distancia conveniente y se podía con el anteojo reconocer que la escuadra estaba completa. La mayor parte de los capitanes, aunque el viento marcaba un cuarto al Nordeste, y era fuerte, aprovecharon el sol y comenzaron á desplegar sus velas. Sólo la nave de Farfán conservaba únicamente la vela de foque y capeaba el viento. El día se pasó así, pero al ponerse el sol, unos reflejos entre amarillos y sangrientos que se notaban en algunas partes del horizonte, alarmaron á los capitanes y determinaron amainar las velas y esperar el viento á palo seco. La nave de Farfán ganaba el largo, mientras el barco en que iban los padres domínicos parecía visiblemente empujado á los arrecifes. Otros barcos seguían sin poderlo evitar el mismo rumbo. Cosa de las once de la noche, el viento se desencadenó y comenzó á soplar con una furia nunca vista. Todos los barcos encendieron las luces, y los que estaban armados comenzaron á poner señales y á tirar, conforme á las ordenanzas de marina, cierto número de cañonazos, para advertir á los demás el peligro.
No es fácil describir ni la confusión, ni las lágrimas, ni el espanto de los que estaban á bordo de cada barco. Ya hemos dicho que había más de mil personas distribuidas en buques que hoy llamaríamos miserables barquichuelos, y entre ellas se encontraban muchas mujeres, niños, esclavos, y también algunos indios que en calidad de sirvientes acompañaban á sus amos á España. En la nave en que iban los religiosos domínicos pasaba una escena todavía más terrible. Los pasajeros y marineros, que tenían la idea fija en la cabeza de que Doña Catalina era el diablo en persona, ó al menos la causa de la tormenta, bajaron al camarote y encontraron á la dama presa del mareo y del terror de una muerte próxima. Se apoderaron de ella y la subieron á cubierta, resueltos á arrojarla al mar. La mujer, que al principio no sabía de qué se trataba, se dejó conducir, pero advertida por el negro Francisco del peligro que corría, y recobrando sus fuerzas y energía, derribó á los que la conducían y corrió á buscar refugio cayendo á los pies y abrazando las rodillas de Fr. Marcos de Mena, que sereno y resignado en medio de la tempestad rezaba y encomendaba su vida y la de sus compañeros al Señor que aplaca los mares y calla el ruido temible de los vientos.
Fray Marcos acogió con bondad á Doña Catalina, con palabras suaves y persuasivas calmó los temores y la cólera de los marinos, y les dijo que todos estaban entregados á la voluntad divina, y que ningún influjo maléfico ejercía Doña Catalina ni nadie en los vientos y en la mar. La furia de la tempestad no dió por lo demás lugar á más conversación. Una ola, estrellándose contra el costado del barco, azotó contra la cubierta á Fray Marcos, á Doña Catalina y á cuantos estaban cerca, y destrozando una parte de la obra muerta, se llevó cuantos trastos encontró. A esa sucedió otra, y otra, y una lluvia como si se abriesen las cataratas del cielo, hizo que todos los pasajeros bajasen á la estrecha cámara. Allí los religiosos comenzaron á rezar, y todos cayeron de rodillas implorando el perdón de sus pecados y la misericordia de Dios.
Las corrientes, el viento, el terror que se había apoderado de los marinos después de tres días de un tiempo tan duro, hizo tal vez que gobernaran mal; el caso fué que las naos cada vez se juntaban más, y se podían oir los lamentos, los juramentos y los gritos que daban mutuamente los pilotos para evitar el que los barcos se estrellasen los unos contra los otros. Una nao venía derecha con una rapidez tal, que parecía empujada por Satanás á estrellarse contra la de los domínicos, pero en el tránsito se atravesó otra, arrojada por una ola, y las dos se chocaron, se oyó un traquido, y antes de cinco minutos el Océano se había tragado naves, palos, pasajeros, todo, como si la garganta oscura de algún monstruo se hubiese abierto y vuelto á cerrar devorando la presa. Los religiosos que habían subido un momento á cubierta, lanzaron un grito de horror y comenzaron á absolver á los náufragos y á encomendar sus almas á la clemencia de Dios.
El viento era cada vez más recio y las olas más altas y amenazadoras. La escena que acabamos de referir se repitió, y se destrozaron mutuamente las naves, otras se hicieron pedazos contra los arrecifes, y otras fueron á embarrancar en medio de las tinieblas y de los horrores de esta tremenda noche, á las costas de la Florida. La nave de Farfán, la de Corso y otras cuatro ó cinco pudieron ganar la alta mar, maniobrando con destreza y energía, y se salvaron.
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Parece que la tempestad no había tenido más designio que hacer perecer la flota, pues así que todos los buques ó habían encallado ó se habían hecho pedazos y hundido, el viento calmó, las olas fueron disminuyendo, y las corrientes alborotadas y contrariadas tomaron su curso natural. El sol del nuevo día alumbró á los náufragos que habían sobrevivido, y encontráronse á poca distancia de la tierra. Con el auxilio de las cuerdas, clavos y tablazón destrozada de los mismos barcos varados, pudiéronse hacer algunas balsas, y como la mar estaba ya mansa, fueron desembarcando sucesivamente los pasajeros con parte de los equipajes, aunque mojados y una cantidad más que suficiente de provisiones. De más de mil y quinientas personas que iban en la flota, sólo se salvaron cosa de trescientas y las que iban en las naves de Farfán, y las demás que como hemos dicho escaparon del desastre. Entre los trescientos que tocaron tierra, contamos á los cinco religiosos domínicos, á Doña Catalina y á su doncella que no abandonó el cofrecillo de sándalo. En cuanto al pobre negro Francisco, seguramente se lo llevó en la noche alguna ola sin que nadie lo advirtiera; el caso fué que no se encontró entre los pasajeros.
El peligro de la mar que era más próximo, no dió tiempo á que reflexionaran los desgraciados náufragos; pero cuando se vieron salvos, se presentó á su imaginación otro riesgo, en el que no habían pensado. Aquellas tierras deberían estar llenas de tribus bárbaras é indomables, y no tardarían en ser atacados por ellas. La costa estaba desierta: sin embargo, muchos se internaron y reconocieron el país, y no encontraron huellas ni señales de que hubiese ningunos habitantes. Esto tranquilizó de pronto á la desventurada colonia arrojada de improviso por las olas en aquella costa inhospitalaria, y pensaron, antes de tomar resolución alguna, en establecer una especie de campamento. Las mujeres se dedicaron á reunir los jamones, el bizcocho, las cajetas y otras provisiones que habían salvado y que les arrojaba la marea. Los hombres examinaron todos los destrozos del naufragio, para aprovecharse de las maderas y jarcia y formar unas barracas, y los religiosos procuraban conservar el orden haciendo que las provisiones se repartiesen con igualdad y que no se ocasionaran en el campamento disputas ni desorden alguno. En estos trabajos pasó una semana tranquila hasta donde era posible, y los que habían perdido sus riquezas comenzaban á consolarse con que harto habían ganado con la vida salva y los miembros íntegros y completos. La esperanza y la felicidad reinó, pues, entre aquellos desgraciados, porque el país era pintoresco y fértil, y el clima suave había influido en reponer sus fuerzas y su salud. Una mañana, al concluir la semana, se presentó á gran distancia una numerosa reunión de indios. La colonia se alarmó naturalmente, pero á medida que se fueron acercando se pudo conocer que venían en son de paz, pues traían los arcos rendidos, y muchos pescados en las manos, que ofrecían á los náufragos con visibles muestras de contento. Con temor, pero con agrado, fueron recibidos por la colonia, y las mujeres se apresuraron á tomar los pescados, y haciendo lumbre comenzaron á guisarlos y á tostarlos en las brazas, é indios y blancos en la mejor armonía se sentaron á regalarse con este repentino banquete de mariscos frescos y sabrosos. El general de la flota, cuyo nombre, repetimos, nos ha sido imposible indagar, desconfiando sin embargo, reunió al disimulo á los hombres más animosos, les dió las armas que se habían salvado, que consistían en dos ballestas y algunos estoques y espadas, y esperó el resultado. Cuando los náufragos estaban más confiados y saboreaban los pescados que les parecían deliciosos, los indios se levantaron repentinamente, lanzaron un alarido terrible y dispararon sus flechas contra aquella reunión de mujeres y de niños inermes. El general, á la cabeza de los españoles armados, arremetió briosamente contra los indios, hiriéndolos con las espadas y ballestas, y hasta las mujeres, armadas de palos y de lo que encontraban, cooperaron á la defensa. Después de cerca de una hora de combate en el que todo fué gritos y confusión, los salvajes huyeron y se internaron en las selvas, dejando maltratadas á varias personas, y cargando ellos con sus heridos y muertos.
Este incidente arrojó la consternación en el campamento, y todos comenzaron á pensar y á discutir seriamente en el partido que deberían tomar, y resolvieron, pues, ponerse en camino y seguir la costa hasta Pánuco, (Tampico), que creían firmemente que estaría á tres días de camino, y hoy se puede juzgar bien, conocida la distancia que hay desde la Florida hasta nuestra costa de Tamaulipas, de su grave error geográfico. El pánico se había apoderado de la colonia. Cada ruido en el bosque, cada silbido del viento, cada ola que se estrellaba en la playa, les parecía el alarido fatal de los bárbaros, y lo que querían era huir á toda costa de aquel sitio donde tenían por segura una desastrosa muerte. Al amanecer del día siguiente, la desatentada gente, sin precauciones ningunas, sin tomar una parte de los víveres que todavía existían, sin recoger la madera que habían arrojado las aguas, echaron á huir, medio desnudos y descalzos, cargando unos sus niños pequeños, y otros llevándolos á pie, sin que de nada valieran las órdenes del general ni los ruegos y exhortaciones de los religiosos domínicos. El maestro Agustín Dávila Padilla dice: «Todos iban á pie, los más descalzos, muchos casi desnudos, y algunos del todo. Las mujeres y niños sentían más el camino y la ocasión les obligaba á que alargasen todos el paso. Sentíanse la hambre y el cansancio, afligía el calor de la arena, y había fuego en la cabeza y fuego en los pies. Lloraban los niños, enternecíanse sus madres y todos marchaban con grandes lástimas, procurando remediarlas descubriendo tierra de cristianos y dándose prisa para descubrirla.»
Cinco ó seis días caminaron así, y poco hay de pronto que añadir á la patética narración que hemos copiado y que hace de este suceso el apostólico varón, autor de la Historia de la Provincia de Santiago de México. Los indios, que estaban ya cerciorados que la gente blanca no tenía armas de fuego, salieron de las selvas y comenzaron á perseguir á los desventurados tirándoles de flechazos é incomodándolos de cuantas maneras podían. El general de la aniquilada flota, que conservaba todavía algún imperio sobre su gente, ordenó la marcha. Los religiosos domínicos tomaron la delantera y exploraban el camino, recogiendo algunos mariscos, yerbas y cuanto creían que podía servir de alimento. Buscaban también los depósitos de agua dulce; cavaban pozos en la arena y disponían para la noche el campamento en el lugar más cómodo. Trabajaban todo el día, alentaban á los cansados, consolaban á las desgraciadas mujeres, cargaban en brazos á los niños largos trechos, ponían troncos de árboles para pasar los bayucos y riachuelos; en una palabra, eran los ángeles protectores de aquella mísera gente abandonada en los infinitos desiertos de la América del Norte. Fray Marcos de Mena, más joven, más fuerte, más activo que los otros religiosos, fué investido de autoridad por todos los peregrinos, de manera que después del general era el único á quien obedecían y respetaban. En el centro se colocaron á las mujeres, niños y ancianos, y la retaguardia la cubría el general, llevando los hombres más fuertes las ballestas y las armas. Los negros é indígenas mexicanos que formaban parte de la expedición, armados de una especie de mazas formadas con troncos de árbol, servían como de exploradores ágiles para correr, para nadar y para reconocer las astucias de los enemigos, prestaban á todos servicios de mucha consideración. Era necesario sostener en el día un continuo combate con los salvajes, y en la noche se hacía necesario que la mayor parte de los hombres de armas permaneciesen en vela para no ser sorprendidos. Cualquiera, con solo la lectura de estos renglones, en que se refiere simplemente esta desastrosa peregrinación, puede figurarse el terror y los sufrimientos de aquellas gentes en las noches lóbregas, tempestuosas, rendidos de la fatiga, temblando con el frío y la humedad, heridos algunos de las flechas, y rabiosos todos de hambre, y sobre todo de sed, pues las más veces tenían que contentarse con las aguas salobres que encontraban.
Así, en medio de estas penas infinitas, llegaron á las orillas de un caudaloso y turbio río, que arrastrando sus pesadas aguas por entre remolinos y orillas bajas y tristes, parecía impedirles la marcha de una manera definitiva. Llamaron á este río «Bravo», y seguramente no puede ser otro más que el Mississippí; y la creencia de que una vez pasado ese río encontrarían á poca distancia el Pánuco, les dió nuevo vigor y esperanza. Acamparon en las orillas, saciaron su sed con aquella agua dulce y saludable, bien que algunos, según el maestro Dávila, murieron de tanto beber; se bañaron y curaron las heridas, y con un vigor extraño, alentados por el general, y sobre todo por Fray Marcos de Mena, comenzaron la construcción de una gran balsa, aprovechando algunas hachas, instrumentos y cuerdas que había recogido el marino más cuerdo y más previsivo que los demás. Cerca de dos semanas emplearon en cortar los árboles, en labrarlos, en formar, en fin, un par de balsas sólidas en que atravesar el río, y durante ese tiempo vivieron escasamente poniendo trampas á las aves y recogiendo algunos mariscos y dividiéndose económicamente estos recursos. Los indios hacía algunos días que habían desaparecido, y los peregrinos concibieron la idea de que hallándose ya muy cerca de Pánuco, habrían prescindido sus enemigos de la idea de molestarlos. Con esta lisonjera esperanza pasaron el gran río; pero les aconteció la irreparable desgracia de que un clérigo que iba en la balsa, por echar al agua una ropa sucia y vieja que no le servía, arrojase el paquete donde estaban las ballestas, quedando así reducidos á unas cuantas hojas de espadas despuntadas y melladas por los diferentes servicios que habían hecho.
Al día siguiente de haber pasado el río, y continuando siempre la dirección de la costa, observaron que más de cien indios les seguían á distancia, y era que mientras ellos habían pasado en las balsas, los salvajes lo habían hecho en sus canoas.
Durante dos días los enemigos se mantuvieron á cierta distancia, pero cuando se cercioraron que los españoles no tenían las ballestas, se acercaron y dispararon sus flechas durante más de una hora sin interrupción. Varias mujeres y niños fueron heridos, y tres españoles que quisieron con tan escasas armas detener la furia de los indios, cayeron heridos en su poder. Apenas se apoderaron de ellos cuando lanzaron un grito de feroz alegría, y llevándolos á una mota de arbustos que cerca había, los ataron con correas de piel que desenredaron de su cintura, y comenzaron á martirizarlos. Era ya muy entrada la tarde, y la noche vino pronto. Encendieron los indios lumbradas alderredor de las víctimas, y se pusieron á bailar haciendo gestos y contorsiones diabólicas. Fatigados del baile, los más jóvenes lanzaban sus flechas, sirviéndoles de blanco los ojos y la boca de los españoles. Volvían á cabo de un rato á comenzar su baile infernal y á atizar las hogueras, y terminado el baile, intentaban cortar la lengua ó los brazos de sus prisioneros con toscos cuchillos de pedernal, cicatrizando la sangre y las heridas con tizones ardiendo. Esto pasaba á la vista de los peregrinos que, presa del terror, no se atrevían ni á moverse ni á proferir una palabra.
Doña Catalina, á quien por contar estas raras aventuras hemos olvidado, durante todo el viaje hasta el paso del gran río, había conservado su energía y su orgullo. Habiendo salvado alguna parte de su rico equipaje, aparecía vestida siempre de seda y bien que los vestidos estuviesen mojados y maltratados, les daba cierto aire de elegancia, de manera que muchos de los que podían conservar un resto de buen humor, la llamaban la reina, mientras otros que la consideraban siempre como la causa de todas las desgracias, le rehusaban todo género de auxilios y hasta el escaso alimento que se repartía. Doña Catalina sufría con un valor verdaderamente heróico el cansancio, la lluvia, el frío, y en cuanto á los alimentos, quizá era la que mejor lo había pasado. El cofrecillo de sándalo que llevaba siempre la doncella, había sido su tabla de salvación, pues encerraba sus alhajas. Un día dió un diamante del tamaño de un garbanzo por dos cangrejos, otro un hermoso rubí por un pescado y un puñado de yerbas, otro una esmeralda por unos cuantos camarones, otro una hermosa sarta de perlas por una poca de agua salobre. Entre los peregrinos, como debe suponerse, había personas que procuraban, á cambio de las piedras preciosas, servir á Doña Catalina al pensamiento, esperando siempre llegar con vida y con valiosas joyas al suspirado Pánuco. Cuando Doña Catalina abriendo sus grandes ojos que parecía penetraban con su luz los lejanos bosques, observó los crueles tormentos de los españoles, la abandonó su energía y su resolución, y anegada en lágrimas cayó á los pies de Fray Marcos, le confesó todos sus pecados é hizo voto solemne, de si escapaba con vida, dar todos sus bienes á los pobres, tomar el hábito de religiosa, y dedicar el resto de sus días á la penitencia y á la oración.
—«Dios dispone todas las cosas y es dueño de nuestra vida, le dijo con una voz suave Fray Marcos dándole la bendición. Si está determinado que suframos el mismo martirio que nuestros compañeros, sufrámosle con resignación, ofrezcamos al Señor nuestras almas, y se abrirán para nosotros las puertas del cielo.»
Otras muchas personas imitaron el ejemplo de Doña Catalina, y aquellos buenos religiosos, sin tener en cuenta sus fatigas y sus propias penas, estuvieron oyendo la confesión, absolviendo y animando aquellas desconsoladas criaturas, mientras los prisioneros, atados en los matorrales, morían en medio de los más crueles dolores; y los indios bailaron y bailaron hasta que las hogueras se apagaron y la luz del nuevo día vino á alumbrar este cuadro de horror y de desolación.
FRAY MARCOS DE MENA
Tercera Parte
Los salvajes, arrojando gritos y soltando diabólicas carcajadas, se internaron en la selva; pero desde aquel momento el ánimo de los peregrinos quedó de tal suerte abatido que no tenían aliento ni para proporcionarse el preciso sustento. Las madres estrechaban contra su seno á sus hijos, y muchas de estas criaturas, heridas, sedientas, presa de la fiebre, arrojaban lastimosos quejidos. Tuvieron todos que continuar su marcha porque no había otro remedio, y un resto de ilusión y de esperanza les hacía ver, como si fuera la gloria celestial, la suspirada ranchería de Pánuco. Los salvajes volvieron á aparecer á los dos días con unas fisonomías risueñas y placenteras. Se apoderaron de dos hombres que por la fatiga se habían quedado atrás, y en vez de atarlos y conducirlos al martirio, los comenzaron á desnudar, y así que los dejaron como Adán, los despidieron, sin hacerles otro daño. Fué una luz, una inspiración para los desdichados. Ofrecer las ropas en cambio de la vida, no era nada.
Los indios se acercaron de nuevo y los peregrinos, les hicieron señas de si querían la ropa, á lo que también por señas contestaron afirmativamente, y entonces entraron al campamento. Dieron de pronto con un tartamudo vizcayno, el cual con visible repugnancia se quitó los pantalones: pero no fué posible que de grado les entregara una jaqueta encarnada que tenía. Los salvajes se pusieron furiosos, le dispararon muchos flechazos y le dejaron hecho pedazos muerto en el suelo, haciendo trizas la jaqueta y repartiéndose los fragmentos. Con este ejemplo por una parte, y amagados por los salvajes que tendían su arco, hombres, mujeres, niños, hasta los religiosos tuvieron que desnudarse, no permitiendo sus enemigos que conservasen ni siquiera un harapo ni un pañuelo con que cubrirse.
«Qué lástima tan extraña, dice el maestro Dávila Padilla, sería ver aquella pobre gente perseguida, hambrienta, desnuda, avergonzada, herida y con tanto tropel de males, que apenas hay oídos cristianos para poderlos oír sin mucho sentimiento. Algunas mujeres se caían muertas, y aunque había otras causas para esto, debió de ser mucha parte la vergüenza de verse tan faltas del honesto abrigo que con tanta fuerza les enseña la naturaleza.»
Los indios rieron, burlaron y festejaron la invención así que vieron completamente desnudos á todos los peregrinos, y comenzaron á vestirse con los trajes españoles. Doña Catalina tuvo que entregar sus vestidos de seda á una india que á su vez se desnudó y se engalanó de una manera ridícula con el traje de la rica dama. La doncella tuvo igual suerte, pero pudo ocultar entre la arena el cofrecillo de sándalo, y las alhajas que encerraba les sirvieron para vivir algunos días más.
Los indios, de pronto, se retiraron no sin disparar algunas saetas, y los náufragos tuvieron que continuar su doloroso camino en demanda de Pánuco, que parecía que siempre se les alejaba y estaba en la extremidad de la tierra.
Parece que desde que salieron de la Florida los náufragos, hasta el punto en que aconteció la cruel aventura que acabamos de referir, habían pasado quizá sesenta días. La crónica no puntualiza la manera como pasaron los ríos de Tejas y el que se llama hoy Bravo del Norte, y señala una jornada fatal en el río de las Palmas, refiriéndola, á poco más ó menos, de esta manera: La infortunada gente atravesó un país enteramente desprovisto de agua potable, y la sed era ya tan grande que apenas alguno solía divisar un escaso manantial en una peña, cuando corría como un furioso, devorando la poca agua con todo y el lodo, las arenas y las piedrezuelas. Su esperanza para no morir de la muerte más espantosa, era la lluvia; pero ó no caía del cielo, ó cuando caía les era imposible recogerla, y veían con espanto que las arenas ardientes sorbían las gotas que á ellos darían la vida. Así pudieron llegar al río de las Palmas los más fuertes y animosos, pues los débiles y enfermizos habían quedado regados en el camino muertos los unos de hambre y de sed, y los otros de las heridas y de las llagas que los piquetes de los insectos y el sol habían hecho en sus cuerpos; pues es menester no olvidar que esta última parte de la peregrinación la hicieron completamente desnudos. Cuando vieron un ancho, dulce y cristalino río, se arrojaron voraces á beber sus frías aguas, y fatigados y sudorosos encontraron la muerte donde creyeron hallar la vida. A esto se agregó otro y más terrible ataque de los indios, que no se sabe si eran los mismos que los habían perseguido desde la Florida, ú otros, pues toda esa costa estaba llena de tribus cazadoras y feroces que los españoles nunca pudieron ni conquistar ni reducir á la vida civilizada. La descarga de flechas y de golpes fué tal, y la debilidad de las mujeres tan extremada, que á orillas de este río perecieron todas ellas, y hubo casos en que los niños quedaron abandonados, llorando junto al cadáver sangriento de sus madres, y después murieron probablemente matados por los indios, ó de hambre y de desamparo. Difícilmente en naufragio alguno se puede contar una serie de aventuras tan horrorosas. Además de las mujeres, pasaron de cincuenta hombres los que también murieron, y los pocos que quedaron, ya sin ser posible el orden ni servir de nada los mútuos auxilios, desesperados y frenéticos se desperdigaron por los bosques, tratando de salvar su vida ó de acabar con ella prontamente.
No pudiéndonos ocupar, por falta de pormenores, de todas las personas y sufrimientos individuales, no omitiremos decir lo que alcancemos de los personajes que más han figurado en esta narración.
Los cinco religiosos que hemos dicho se embarcaron en la flota, iban á España á asuntos que podemos llamar espirituales, es decir, á agenciar las facultades y los medios de convertir á los infieles y de civilizarlos. La Providencia quiso poner á prueba su fortaleza, y sufrieron su destino y su suerte sin murmurar, y bendiciendo hasta la última hora la mano de Dios.
Fray Diego de la Cruz era español, y Fray Hernando Méndez era mexicano, joven robusto, buen estudiante y dotado de las sencillas y admirables virtudes que inspira el cristianismo. Cuando los salvajes atacaron á los peregrinos en las orillas del río de las Palmas, los dos religiosos quisieron defender á las mujeres y especialmente salvar, al menos del martirio, á los niños; así, con un valor que no lo da más que la verdadera virtud, se arrojaron á contener y á exhortar á los bárbaros; pero todo fué inútil, porque aquellos hijos de las selvas no entendían el idioma, y por otra parte parece que, trasmitida á su conocimiento la conducta atroz de los conquistadores con la raza indígena, deseaban una sangrienta y señalada venganza. Los religiosos fueron heridos gravemente, y con las flechas encajadas en la carne y dejando un reguero de sangre, se apartaron de aquel campo de desolación y pudieron llegar á un lugar solitario donde morir.
—Hermano,—dijo Fray Hernando Méndez,—tenemos pocas horas de vida. Es necesario resignarnos con la voluntad de Dios y confesar nuestros pecados, y los mios son muy grandes, porque en esta triste jornada, última de nuestra breve vida, he murmurado algunas veces de Dios y he dudado de su clemencia y amparo.
—La vida, hermano,—contestó con una voz apagada Fray Diego—es un valle de lágrimas. No hemos venido á ella para gozar, sino para sufrir, y los dolores y los martirios que estamos pasando nos abrirán las puertas del reino celestial, si en este trance bendecimos al Señor nuestro Padre que está en los cielos y confiamos en su misericordia infinita.
Los dos religiosos, medio recostados en el tronco añoso y arrugado de un árbol corpulento, comenzaron á derramar lágrimas de arrepentimiento y á sacarse las jaras y los pedernales que tenían en las llagas dolorosas de su cuerpo.
Después tuvieron fuerza para arrodillarse, escuchar mútuamente su confesión y abrirse con el perdón las puertas del cielo.
—Hermano,—dijo Fray Hernando Méndez,—mientras que nuestras fuerzas lo permitan, cavaremos nuestras sepulturas y las bendeciremos. La tierra consagrada con nuestra sangre recibirá nuestros cuerpos, y Dios nuestras almas.
Los dos religiosos, en silencio y con unos palos de árbol que encontraron en la selva, hicieron un esfuerzo supremo y comenzaron á cavar sus sepulturas.
El día estaba espléndido, las aves cantaban, saltaban en las ramas, y algunas veces, curiosas y alarmadas, revolaban alderredor de aquellos dos sangrientos y mudos esqueletos que continuaban con trabajo y silencio cavando sus sepulcros.
Las fuerzas de Fray Diego de la Cruz no le permitieron concluir la última tarea de su vida, y cayó en la tierra moribundo. Fray Hernando Méndez, más joven y más fuerte, acudió, tomó á su hermano en brazos, le rezó las últimas oraciones, le cerró los ojos, le bendijo, le depositó suave y tiernamente como si fuese un niño dormido en la sepultura que ya él había acabado de cavar, le cubrió de arena, cortó algunas flores silvestres y las arrojó sobre la tumba de este santo, y volvió al nudoso tronco, ya sin fuerzas, á esperar su última hora. Repentinamente apareció en aquella soledad el semblante de un amigo; era Francisco Vázquez, natural de Villanueva en España, hombre rico y considerado en México, y amigo íntimo de los religiosos, y que, como ellos, había participado de los desastres de la expedición. El religioso recibió esta visita, como si hubiese bajado un ángel del cielo. Vázquez extrajo con cuidado las astillas y los pedernales de sus heridas, le lavó la sangre coagulada y le curó con yerbas medicinales que él conocía, llevándosele á otro lugar que le pareció mejor. Anduvieron los dos algunos días, dice el maestro Dávila, sustentándose de raíces y de hojas de árboles, hasta que poco después la fuerza de las llagas acabó la vida del religioso, y el seglar le enterró como pudo.
Vázquez, después de haberle sepultado y derramado las lágrimas que arranca la común desgracia sobre aquella santa é ignorada sepultura, en vez de continuar su camino hacia el Pánuco, donde todos encontraban la muerte, tuvo la increible energía de emprender el regreso hasta el punto del naufragio. El cielo premió su constancia y su excelente corazón, pues á los dos ó tres días, un barco, enviado por el gobierno de México para socorrer á los náufragos, le recogió y le condujo á Veracruz, desde donde se dirigió á la capital. De las narraciones de este personaje está sacada, en parte, la triste historia que hemos puesto ante los ojos del lector. Fray Juan de Mena, Fray Ignacio Ferrer y Fray Marcos de Mena, consultaron lo que debían hacer, y resolvieron seguir la suerte de las gentes que habían sobrevivido, resueltos á auxiliarlas hasta que las fuerzas les faltasen. Se dirigieron, pues, á un río que está antes del Pánuco, dice la Crónica, y es bien difícil, en una costa tan llena de esteros y de corrientes diversas, designar con exactitud los lugares; pero realmente no es esto de importancia para aumentar el triste y sangriento colorido de estos cuadros donde el desierto, el hambre, los enemigos y hasta los insectos contribuían á aumentar el horror.
Llegados al río, al caer una tardo, los religiosos se sentaron en una orilla, y mirándose unos á otros con su cuerpo lleno de llagas, con sus pies destrozados y sin más fuerza y apoyo que el que les inspiraba su alma enérgica y religiosa, comenzaron en silencio á derramar lágrimas. Miraban la corriente ancha é impetuosa del río, y no concebían como lo pasarían. Fray Marcos de Mena se apartó un poco, recorrió alguna parte de la orilla, y en un recodo oculto, y entre plantas acuáticas, encontró una barca con dos remos que sin duda habían los indígenas dejado allí. Túvolo y con razón en aquel trance como un milagro, y dando aviso á sus compañeros, todos se embarcaron y comenzaron á bogar con dirección á un peñón negruzco que estaba en medio de las aguas y que les pareció una isla. Abordaron á ella, tratando de desembarcar para tomar aliento y pensar á qué punto de la orilla opuesta se dirigirían, para evitar un nuevo encuentro con los salvajes. Fray Ignacio Ferrer desembarcó; pero apenas puso el pie, cuando la isla se movió y gruesos chorros de agua brotaron de aquello que habían tomado por una roca.
Eran dos ballenatos que habían entrado de la mar, y tenían, como asienta el Maestro Dávila, «las cabezas cubiertas con el agua, y el resto del cuerpo descubierto, que parecían isletas; cuando sintieron gente hacia sí, levantaron las cabezas, y arrojando gran golpe de agua por los colodrillos, se fueron río abajo á la mar.» Fray Ignacio fué socorrido por sus compañeros que le tendieron un remo antes de que se hundiera, y pasado este incidente continuaron su navegación hasta que dieron en una verdadera isleta donde pasaron la noche. Temprano al siguiente día llegaron á la orilla del río, y dejando la embarcación, emprendieron á explorar el terreno hasta encontrar á la desventurada gente en cuya demanda iban. A poco andar tropezaron con un cadáver, después con otro y otros, y algunos heridos y traspasados de flechas, que apenas tenían ánimo para pedir agua.
«Aquella noche, dice nuestro cronista, quedaron los tres religiosos entre los muertos y heridos, esperando por horas la muerte. Después de media noche comenzaron á caminar con gran prisa, siguiendo cerca de la playa todo el día, hasta la noche que descubrieron á los demás españoles que se habían adelantado, y excusado por eso, hasta entonces de la muerte. Prosiguieron su camino todos juntos, la playa siempre en la mano, sustentándose de soló el marisco muy miserablemente. Casi veinte días llevaron este paso sin ver indios, aunque hallaban á algunos españoles flechados y otros muertos, porque como el aprieto era grande, cada uno procuraba su remedio lo mejor que podía, y unos se apartaban de otros procurando cada cual adelantarse por verse más presto en tierra de cristianos. Llegaron al fin los frailes y la demás gente á un río grande que está antes del de Pánuco, y comenzaron á dar orden cómo pasarle en balsas, muy descuidados ya de ver indios; pero ellos no lo estaban de los españoles, y antes aprovecharon el tiempo de su ausencia en rehacerse de flechas, y por ganar el tiempo que los españoles les llevaban de ventaja.»
El resultado de esta maniobra de los indios fué un combate terrible y tenaz. De los españoles unos trataron de huir y de esconderse, otros con las escasas armas, que no podían ser otras más que troncos ó ramas nudosas de árboles, se defendieron, y otros sucumbieron. Los religiosos, sin tener ya posibilidad de sal males. Su martirio llegó á tal grado, que prefirieron entregarse á las flechas de los indios, y salieron de aquel matorral, ganaron corriendo la orilla del río, y se echaron á la agua, único medio posible de desembarazarse de los voraces insectos. Cuando salieron del baño, encontraron inmediatamente una bandada de indios que los habían espiado y los esperaban. A Fray Juan de Mena le dieron un flechazo que le traspasó el pulmón y cayó muerto en el acto; á Fray Ignacio Ferrer le mataron dándole en la cabeza con un tronco grueso de árbol, y á Fray Marcos de Mena le asestaron siete flechazos, entre ellos uno en el lagrimal del ojo derecho. Los tres, nadando en sangre, cayeron en tierra, y los salvajes los dejaron ya muertos, y continuaron buscando á los demás españoles que se habían ocultado por las cercanías, matando á todos los que encontraron.
Así pasó ese funesto día, y los salvajes se retiraron creyendo haber acabado su misión sangrienta.
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El instinto de la propia conservación hizo que algunos de esos infelices se ocultasen, ya dentro del agua en la orilla del río, ya en alguna otra parte; el caso fué que todavía escaparon algunos de la matanza, y cerca de la noche, observando que los salvajes se habían retirado, salieron cautelosamente á explorar el campo, y se horrorizaron de verlo cubierto de cadáveres. Fijaron la atención en los tres religiosos, y como les tenían no sólo veneración sino una inmensa gratitud por los servicios que les habían prestado, no pudieron menos sino derramar abundantes lágrimas, y resolvieron enterrarlos. Cavaron ligeramente unas sepulturas, porque no tenían tiempo ni instrumentos para hacerlas profundas, y depositando allí aquellos cuerpos sangrientos y venerados, les echaron una leve capa de tierra encima, rezaron una oración, y encomendándose ellos mismos á Dios, continuaron su peregrinación, en demanda siempre de Pánuco, que era para ellos la tierra de promisión.
En el resto de la noche cayó una fresca lluvia. La mañana siguiente fué pura y hermosa. Cuando salieron los primeros rayos del sol, Fray Marcos de Mena se creyó presa de una pesadilla. Sentía que tenía un gran peso en su cuerpo y que un negro velo cubría su rostro; pero en vez de sentir dolores, experimentaba por el contrario, una especie de consuelo como si hubiesen ungido su cuerpo con un bálsamo. Hizo un esfuerzo, levantóse y con facilidad pudo sacudir la poca de tierra con que le había cubierto la piedad de sus amigos. Miró á todos lados y no observó sino cadáveres sangrientos y desfigurados que comenzaban á ser ya pasto de las aves de rapiña. Se encomendó á Dios, hizo un esfuerzo supremo y se levantó alentado con la idea de que muchos, como él, podrían estar todavía con vida, y él ayudaría á que se alejasen de aquel fúnebre cementerio. La tierra y arena en que había estado enterrado, refrescada con la lluvia, había servido sin duda de medicina para mitigar la inflamación de las heridas y de los piquetes de los insectos, y de pronto parece que un vigor desconocido y sobrenatural animaba á su ya descarnado y sangriento esqueleto. Uno por uno examinó á sus tendidos é insepultos compañeros, entre los cuales encontró algunas madres que de hambre, de miedo y de cansancio se habían quedado muertas estrechando á sus hijos en sus brazos. Aquel desierto donde acababa de desaparecer todo vestigio de existencia humana, aquellos cadáveres desfigurados é insepultos á quienes la muerte sorprendió en las siniestras posiciones que causan el dolor y la desesperación, habrían infundido miedo á cualquier otro hombre. Nuestro religioso, por el contrario, animado del sentimiento sublime de la caridad, cumplió en aquel remoto páramo con los últimos deberes, y dió sepultura á cuantos pudo, para que los restos de los cristianos no fuesen devorados por las fieras. Buscó en seguida algunos alimentos, sin poder encontrar más que raíces, y juntando trozos de leña los encendió llegada la noche, y permaneció velando aquellas fúnebres y solitarias tumbas.
Al siguiente día se alejó de aquel sitio y tomó la orilla de la playa para proporcionarse algunos mariscos; pero el sol que tostaba su desnudo cuerpo, los movimientos que tenía que hacer para proporcionarse que comer, y la falta de cuidados, ocasionaron que sus llagas volviesen á inflamarse hasta un grado tal, que le era imposible moverse. Haciendo un esfuerzo se retiró de las orillas del mar y buscó más al interior del país un sitio donde exhalar el último suspiro.
Se detuvo en una especie de gruta, formada casualmente por la vegetación exuberante de aquella costa. Había un mullido lecho de musgo, y algunos árboles que parecían colocados de propósito, formaban una cabaña. Cerca se escuchaba el ruido apacible de una fuentecilla de agua, y las aves habían escogido aquel lugar para la mansión de sus amores. Ya porque el sitio era agradable y pintoresco en extremo, ya porque el religioso no podía dar un paso mas, resolvió quedarse allí, y dió gracias al Señor porque le había llevado á aquel paraje, donde bendiciendo las obras de la naturaleza podría entregarle tranquilamente su alma. Pudo llegar á la vertiente de agua, sació su ardiente sed y se recostó en seguida en un lecho de hojas, el que se habría creído preparado por el ángel de la guarda del maltratado solitario. Tenderse en el lecho y apoderarse de sus párpados un sueño dulce y bienhechor, todo fué uno. Quién sabe cuántas horas estuvo así nuestro fraile, y recordaba que durante este tiempo, tan pronto había creído oir en la gloria melodías dulcísimas y desconocidas, como tener delante de sí al demonio «proponiéndole, con locos pensamientos, no ser verdadera la divinidad del Redentor, sino engaño de los cristianos.»
Cuando despertó de su sueño vió delante de sí una figura extraña, y de pronto creyó que era una terrible realidad. Se frotó los ojos, reflexionó un poco, y entonces observó que una negra, hincada de rodillas, con los ojos anegados de lágrimas, le contemplaba llena de veneración y de ternura. Era esta criatura una de tantas víctimas del naufragio, que huyendo descarriada había escapado de la ferocidad de los salvajes y podido vivir en los bosques. La excelente mujer contó al religioso sus aventuras, que eran parecidas á las de los demás. Hambre, frío, llagas, fatigas infinitas, calor abrasador, peligros con los salvajes, con las fieras, con los torrentes, con la soledad misma. De esta serie de incidentes se había compuesto la vida de todos los náufragos, hasta que sucesivamente fueron muriendo. Jamás el buen religioso había experimentado un placer igual al que le produjo la vista de aquella fea negra, todavía más monstruosa por el desorden de su lanuda cabellera, y por lo extenuado y flaco de sus miembros.
La negra corrió á la fuente, y en la corteza de una fruta silvestre trajo agua, lavó las llagas del religioso y le aseguró que conocía ya varios lugares donde encontraría yerbas y raíces propias para comer, y que también podría, con la ayuda de Dios, proporcionarle algunos mariscos. En efecto, durante doce ó quince días la negra aparecía con exactitud provista de algunos alimentos, acompañaba al solitario algunos ratos, rezaba con él, le curaba, y volvía á desaparecer, ocupándose en las horas de su ausencia, en procurarse los auxilios que, á duras penas, podía arrancar á aquella naturaleza salvaje.
Un día llegó la hora, que era por lo regular el medio día, y la negra no pareció. Fray Marcos esperó lleno de ansiedad, y así llegó y terminó la noche sin que la negra se presentase. A los dos días perdiendo toda esperanza, Fray Marcos urgido por la hambre y por los dolores é inflamación de sus llagas, que se habían llenado de gusanos, se resolvió á tentar el último y supremo esfuerzo, y se puso en camino con dirección á Pánuco, á ese Pánuco fabuloso que había visto cerca desde el día de su naufragio, y al cual casi ninguno había podido llegar. Pudo más bien arrastrarse, que no andar, hasta la orilla de un río, y allí perdió las fuerzas y cayó en tierra, encomendando su alma á Dios. Abrió en aquellos momentos los ojos, para cerrarlos sin duda para siempre, y observó dos hermosos mancebos de alta estatura y gallardo porte, que, aunque estaban desnudos, no tenían arcos ni flechas.
Hízoles una señal, último esfuerzo de que fué capaz, y clavó su rostro en tierra, no pudiendo ya ni aún soportar la fuerza de la luz. Los mancebos saltaron á una barca que estaba en el río, sacaron de ella una sábana blanca, levantaron del suelo á Fray Marcos, le envolvieron en ella y le colocaron suavemente en la embarcación, remando ágiles con dirección á un pueblo de españoles que estaba á trece leguas de distancia en la orilla opuesta. Allí le sacaron con el mismo tiento, le dieron agua y una «torta delgada del pan de la tierra, muy blanca y muy bien sazonada», le cubrieron bien con la sábana, é indicándole la población, que distaba sólamente algunos pasos, le dijeron: «Tampico, Tampico» y desaparecieron dejándole absorto y persuadido de que solo por la intervención de los ángeles pudo haber salvado su vida.
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Fué acogido el religioso con un entusiasmo difícil de pintarse, en la pequeña ciudad española. El refirió sus aventuras y bendijo á las familias. Las familias le agasajaron, le curaron, le mimaron con un cariño singular, hasta que estuvo en estado de emprender su camino á México, adonde llegó á tocar á las puertas de su santo convento, dejando á los religiosos asombrados con la narración de sus raras aventuras, y á todos persuadidos de que sin la especial intervención de la Providencia, era imposible que hubiese podido resistir tanta fatiga y sobrevivir á las peligrosas heridas en el desamparo de la infinita soledad de los desiertos que había atravesado.
Algún tiempo después tuvo que sufrir una dolorosa operación, pues las heridas habían cerrado en falso, y tenía dentro del cuerpo trozos de jara y de pedernal que los médicos tuvieron que extraerle. Sobrevivió veintitrés años, aunque siempre descolorido, flaco, y sufriendo diversos males, resultado de sus inauditos padecimientos. Cuando el Virrey Don Martín Enríquez salió de Nueva-España para el virreinato del Perú, le acompañaron el Maestro Fray Bartolomé de Ledesma y Fray Marcos de Mena. El primero fué electo obispo de Oaxaca, y Fray Marcos de Mena no quiso ya hacer otro nuevo viaje, y se quedó en el convento de la ciudad de los Reyes, donde murió santamente en el año de 1584.
LA FAMILIA CARABAJAL
Primera Parte
La historia de la familia Carabajal; las terribles persecuciones que sufrió por la Inquisición; las revelaciones curiosas que ante aquel tribunal hicieron las diversas personas de dicha familia, acerca de la observancia y ceremonias de la ley de Moisés, y el fin trágico de todas esas personas, daría motivo á escribir, no dos ó tres artículos, sino un gran libro.
Nosotros uniremos al laconismo, necesario á los estrechos límites de esta publicación, la mayor claridad posible, insertando al pie de la letra algunas diligencias, tales como existen en las causas originales; y aunque esto algunas veces parezca cansado, sin embargo, hará formar á nuestros lectores la idea más perfecta del carácter y procedimiento de esa terrible institución que se llamó el Santo Oficio.
D. Luis de Carabajal, nativo del reino de Portugal, hombre de 45 años, llegó á Tampico, nombrado por el Rey de España Gobernador del nuevo reino de León, por el año de 1583.
D. Luis de Carabajal trajo en su compañía á su cuñado D. Francisco Rodríguez de Matos y á su hermana Dª. Francisca Núñez de Carabajal, y á los hijos de estos Dª. Isabel, viuda de Gabriel Herrera y la mayor de todos los hermanos, de 26 años de edad, Dª. Catalina, Dª. Mariana, Dª. Leonor, D. Baltasar, D. Luis, Miguel y Anica, que eran muy niños; además, D. Francisco Rodríguez de Matos y su mujer tenían un hijo llamado D. Gaspar, religioso, en el convento de Santo Domingo de México, que había llegado allí poco tiempo antes.
Un año después de la llegada de esta familia á la Provincia del Pánuco, fueron de México dos comerciantes españoles, Antonio Díaz de Cáseres y Jorge de Almeida, y casaron, el primero con Dª. Catalina, y el segundo con Dª. Leonor. Esto motivó el viaje de toda la familia para la capital de la colonia, adonde pasaron todos á establecerse, viviendo al parecer cristiana y tranquilamente, y haciendo algunas veces viajes al Mineral de Tasco, en donde el marido de Dª. Leonor tenía una negociación de minas.
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En el año de 1587 la mano de hierro de la Inquisición cayó sobre Dª. Isabel, la mayor de los hermanos, por denuncia que contra ella se había hecho como observante de la ley de Moisés. El fiscal Dr. Lobo Guerrero presentó su acusación, y los inquisidores Bonilla y García decretaron la prisión de Dª. Isabel, y el secuestro (ó secresto) de sus bienes, como se acostumbraba en aquel tribunal. Aquí dieron principio los infortunios de aquella familia, porque la Inquisición, voluntariamente, ó por fuerza del tormento, obligaba á los desgraciados reos á decir cuanto supiesen, ó para hablar en los términos propios, á testificar á los hijos contra los padres, á los padres contra los hijos, á los hermanos contra los hermanos, á la mujer contra el marido, y á éste contra aquélla.
Y no bastaba que el reo confesase lisa y llanamente la culpa, cargando con todo el peso de ella, sino que se le atormentaba para que confesara lo que de otros sabía, que era lo que se llamaba tormento in caput alienum; porque en la Compilación de instrucciones del Oficio de la Santa Inquisición, hecha en Toledo en el año de 1561, é impresa en Madrid en 1574 dice el párrafo 45: «Si el reo estuviere negativo de sí y de otros cómplices, dado caso de que haya de ser relajado, podrá ser puesto á cuestión de tormento, in caput alienum; y en caso de que el tal venza el tormento, pues no se le dá para que confiese sus propias culpas, &c.»
Dª. Isabel de Carabajal confesó ante los inquisidores que era observante de la ley de Moisés; y al principio no quiso declarar que la había aprendido sino de su marido, que ya no existía, y de su madre Dª. Francisca de Carabajal. Entonces los inquisidores determinaron que se procediera á la diligencia de tormento. Copiaremos íntegra la parte relativa de esta diligencia, hasta el momento en que los dolores obligaron á confesar á aquella desgraciada, que no tenía entonces, según su declaración, más que 30 años de edad.
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Pronunciación de la sentencia de tormento.
«Y luego vista la negativa de la dicha Dª. Isabel, mandaron leer y pronunciar la dicha sentencia de tormento, de susso contenida y por ellos rubricada, la cual dieron y pronunciaron estando en la dicha su audiencia de la mañana, presente para ello el Dr. Lobo Guerrero, fiscal de este Santo Oficio, y por testigos Arias de Valdez, alcaide, y Pedro de Fonseca, portero; en cuya presencia, se notificó á las partes, y luego se salieron de la audiencia.
Notificación.
«Y siendo leída y notificada, la dicha sentencia á la dicha Dª. Isabel,
«Dijo: vaya sobre quien le hace padecer, porque ella ha dicho la verdad, y plegue á Dios que esto pare en bien.
«Y con esto fué mandada llevar, y fué llevada á la cámara del tormento, adonde fueron luego los Señores Inquisidores, á hora de las nueve y cuarto de la mañana.
Cámara del tormento.
«Y estando en ella fué tornada á amonestar que por reverencia de Dios diga la verdad si no se quiere ver en tanto trabajo.
«Dijo: justicia del Cielo venga sobre quien tanto mal le hace, y que ella ha dicho la verdad, y padecerá por Dios que padeció por ella en una Cruz.
Entró el Ministro.
«Fué mandado entrar y entró el Ministro, y que la desnude. Desnudóse ella mesma diciendo, que ya ha dicho la verdad, y que primero morirá que decir lo que no sabe.
Desnuda.
«Y estando desnuda, en camisa baja, las carnes de fuera, fué tornada á amonestar que por reverencia de Dios diga la verdad, y no quiera padecer tanto trabajo.
«Dijo: que ningún tormento pudiera haber para ella mayor que hacerla desnudar, y mostrar sus carnes de fuera, gran afrenta y dolor para ella.
«Y con esto le fueron mandados ligar los brazos flojamente, y estando ligados, amonestada que diga la verdad, dijo: que ya la ha dicho y no la quieren creer, y que aquí ha de morir.
Y mandóse dar una vuelta de cordel á los brazos: antes de dársela dijo: que esta es la verdad, que también Dª. Francisca su madre, y Baltazar y Luis de Carabajal, sus hermanos de ella, le dijeron y enseñaron todo lo que tiene dicho de la Ley de Moysen, y la ratificaron en ella, aquí en México, y su madre la maldecía si descubría nada, la cual y ellos, la enseñaron en toda la Ley de Moysen que hoy tiene confesado, y con ellos la guardó, y no hay otra cosa ni sabe más, y no se acuerda del tiempo en que la enseñaron y trataron, más de que esta la guardó en veces, los ocho meses que tiene confesados, y Dios es testigo que ha dicho la verdad, y dijo al Ministro la dicha, haga su oficio, que no hay más; y porque no dijo otra cosa.
Vuelta de cordel á los brazos.
«Amonestada que diga la verdad, se le dió la dicha vuelta de cordel, y dió grandes gritos y voces, ay desventurada, que la he dicho y me atormentan; vaya por amor de Dios: es Dios testigo que la he dicho, y vive Dios que me castigan sin culpa.
Segunda vuelta.
«Amonestada que diga la verdad, se le mandó dar y dió segunda vuelta de cordel, y dió grandes gritos que la dejen, que la matan......»
Dª. Isabel no pudo ya resistir por más tiempo, y allí, en medio del tormento, comenzó una larga declaración, denunciando á todas las personas de su familia y á un gran número de personas, de hombres y de mujeres, observantes de la Ley de Moisés.
Sólo á la mitad de la declaración consintieron los inquisidores en que se aflojaran los cordeles.
Después de las confesiones arrancadas á Dª. Isabel por el tormento, vinieron las causas de todas las personas testificadas por ella, las cuales á su turno denunciaron á otras, y un número increíble de reos entró á la Inquisición por esta causa.
Toda la familia Carabajal, incluso el gobernador del nuevo reino de León, toda fué presa, á excepción de D. Baltasar, que logró fugarse en Tasco, y contra quien se siguió, sin embargo, el proceso, hasta sentenciarle á ser quemado en estatua.
Dª. Francisca, madre de todos los jóvenes Carabajal, debía ser, y fué en efecto la que más resistencia opuso para declarar en contra de sus hijos; pero el tormento la hizo faltar á los sentimientos de su corazón, y en las agonías de su dolor testificó contra sus mismos hijos.
Hé aquí pintado con las sencillas palabras del proceso, el terrible trance en que aquella desgraciada mujer fué obligada á dar su confesión.
Christi Nomine Invocato
Sentencia.
«Fallamos atentos los autos y méritos de este proceso, indicios y sospechas que de él resultan, contra la dicha Dª. Francisca Núñez de Carabajal, que la debemos de condenar y condenamos á que sea puesta á cuestión de tormento, sobre las diminuciones que de su probanza y confesiones resultan conforme á lo en esta causa votado, en el cual mandamos que esté y persevere, tanto tiempo cuanto nuestra voluntad fuere, para que diga y confiese enteramente la verdad, según y como ha sido amonestada, con apercibimiento y amonestación que le hacemos, que si en dicho tormento muriere ó fuere liciada, ó dél se le siguiere efusión de sangre, ó mutilación de miembro, sea á su culpa y cargo, y no á la nuestra, por no haber querido confesar enteramente la verdad, y por estar negativa.
«Juzgando así lo sentenciamos y mandamos. (Dos rúbricas).
Pronunciación.
«La cual dicha sentencia de tormento fué dada y pronunciada por los dichos Señores Inquisidores, y el dicho Sr. Inquisidor Lic. Bonilla, con los dichos, haciendo veces así mesmo de ordinario estando en la dicha su audiencia de la mañana presentes el Dr. Lobo Guerrero, fiscal de este Santo Oficio, y la dicha Dª. Francisca Núñez de Carabajal, y siéndole leída y notificada y dado á entender el efecto de ella á la susodicha, habiéndose hallado presentes á la dicha pronunciación Arias de Valdez, alcaide, y Pedro de Fonseca, portero, que luego se salieron de la audiencia. La susodicha, llorando, dijo: que ya dice que creyó derechamente en la Ley de Moysen, y esta es la verdad, y que se duelan de ella y de los huérfanos de sus hijos, de quien tiene pena, más que de su propia vida, y que no la afrenten por amor de Dios.
Cámara del tormento.
«Y con esto fué llevada á la cámara del tormento por el dicho alcaide, á la cual fueron luego los dichos Señores Inquisidores, á hora de las ocho y media de la mañana, poco más ó menos.
«Y estando en ella fué tornada á amonestar que por reverencia de Dios diga la verdad, y no se quiera ver en este trabajo y peligro.
«Dijo: que la verdad es que ella creyó derechamente en la Ley de Moysen, por enseñanza del Lic. Morales, y por librarse de los Señores Inquisidores, ha dicho que creía en ambas leyes, pero que es burla; que no creía en la Ley de Jesucristo sino en la de Moysen, y que lo demás se lo levantan, y que miren que es mujer, y no la afrenten y desnuden, porque aquí ha de morir, y sus hijos quedarán huérfanos, y clamarán delante de Dios, y ella morirá aquí martir, y afrentada, y su alma irá á gozar de Dios, porque no saldrá de aquí viva.
«Y con esto amonestada, fué mandada entrar, y entró el Ministro, y que la desnude;
«Y dijo: que la maten ó den garrote luego, y no la desnuden ni afrenten, aunque la den mil muertes.—Lo cual dijo de rodillas llorando mucho. Y que miren que es mujer y viuda y honesta, y con quien no se sufre hacer esto en el mundo, en especial donde hay tanta santidad, y que ya ha dicho que creía en la Ley de Moysen y no en la de Jesucristo, y no hay más que decir, ni sabe de más de que es triste desconsolada y viuda con hijos que clamarán á Dios.
Desnuda.
«Y estando desnuda, con solo unos zaragüelles, y la camisa baja, en carnes de la cintura arriba, fué tornada á amonestar que diga la verdad, con apercibimiento de que se pasará con el tormento adelante.
«Dijo á voces, que todo es maldad, y que vaya en remisión de sus culpas.
Brazos ligados.
«Fuéronle mandados ligar los brazos flojamente, y estando ligados, fué vuelta á amonestar que diga la verdad, y no dé lugar á que se pase adelante.
«Dijo que la verdad toda ha dicho, y que miren que quitan la madre á los hijos, y que nunca tal entendió que tal se usara con una mujer, y que ella encomienda su alma y ofrece este martirio al que en el libro de Espejo de consolación ha leído que adoraron los Macabeos.—Porque no dijo otra cosa.
Vuelta primera.
«Amonestada que diga la verdad le fué mandado dar y apretar una vuelta de cordel á los brazos; diósele, y dió muchos gritos diciendo:—tanta crueldad, tanta, ay, que me muero:—apretósele más, y dijo lo mesmo muchas veces, con muchos gritos, y que vaya en remisión de sus pecados, que está libre; que todo lo ha confesado, y que no la quieren creer.
Vuelta segunda.
«Amonestada, se le dió segunda vuelta de cordel á los dichos brazos en la mesma forma, y dió muchos gritos, que se muere, que se muere y que le den la muerte junta, porque la descoyuntan del todo y le acaban la vida, que no lo puede sufrir, y si más supiera lo dijera.
Vuelta tercera.
«Y porque no quiso decir otra cosa, amonestada que diga la verdad, le fué mandada dar tercera vuelta de cordel en la mesma forma; diósele y dijo, ya ha dicho que creía y adoraba la Ley de Moysen y no la de Jesucristo, porque no la guardaba, sino la de Moysen, y dió muchos gritos, y que hayan misericordia de ella, que ha dicho toda la verdad, y que se muere.
Vuelta cuarta.
«Amonestada que la diga, se le mandó dar y dió otra cuarta vuelta de cordel, en la mesma forma; y dió grandes voces que se muere y no lo puede sufrir, y que ya, ya se les acabó á sus hijos su triste madre.
Vuelta quinta.
«Diósele otra quinta vuelta de cordel á los brazos, y dijo lo mesmo muchas veces, y no se le pudo sacar otra cosa, sino gemir echada la cabeza sobre los brazos y cordeles, y luego dijo, que ya ha dicho la verdad y no la quieren creer, ni tiene que decir más de que lo hacen con ella cruelmente, y que se duelan de este martirio por amor del Señor, que se muere.
Monición.
«Y habiéndosele dado las cinco vueltas de cordel en la dicha forma, fué mandada tender y ligar en el potro, amonestada que diga la verdad, y no dé lugar á que se prosiga en el tormento con tanto riesgo de la vida, como él es, quedándole tanta parte del que pasar y padecer, lo cual todo es á su cuenta y riesgo por no la querer decir, con que excusaría los dolores y martirios que dice.
Potro.
«Y estando tendida en el potro fué vuelta amonestar en la mesma forma, y que por reverencia de Dios diga ya la verdad, y se duela y compadezca de sí propia.—Y dijo: no tengo que decir sino testimonios, y esos no quiera Dios que los diga, ni los he de decir, ni los sé; sea él bendito que aquí me tratan con tanta crueldad nunca oída jamás á mujer, y es posible que esto se hace aquí con las mujeres;—y diciendo esto, se levantó sobre el potro, y amonestada dijo: no sé qué decir, sino que triste nací del vientre de mi madre, y desdichada fué mi suerte, y mi triste vejez.—Y vuelta á tender en el potro, y mandada ligar brazos, muslos y espinillas, y que se le pongan los garrotes y se prosiga al tormento, la susodicha se volvió á levantar, y levantada, de rodillas, arrimada al potro, dijo...... &c.»
*
* *
La fuerza del ánimo no pudo resistir por más tiempo á los dolores del cuerpo, y después de aquella lucha, la desgraciada Doña Francisca, desnuda y maltratada, hizo allí una larga confesión, declarando contra todos sus hijos é hijas. Consta la diligencia en la que se suspendió la confesión y dice así:
«Y con esto y por parecer que la dicha Doña Francisca estaba fatigada y afligida, y con gran dolor de estómago, de que se quejaba por estar desnuda, y al parecer con frío que le dió. Mandaron cesar en el tormento con protestación que le hicieron de que no la teniendo por suficientemente atormentada, lo continuaran hasta que enteramente confiese verdad, y así la mandaron desligar las vueltas de los brazos, y que sea curada.
«Y que luego fué desligada y puesta en una cárcel cerca de la cámara del tormento, y curada con cuidado los brazos y su persona. Acabóse esta diligencia y audiencia á las once, antes de medio día, poquito más ó menos.»
Las declaraciones arrancadas por el tormento á la desgraciada madre, dieron el resultado que deseaban los Inquisidores, y en la ratificación que ante honestas personas hizo cuando le fueron leidas estas declaraciones, dijo:
«Habiéndolo oido y entendido, dijo: que está bien escrito, y es la verdad, y en ello se ratifica y afirma, y siendo necesario, lo dice ahora de nuevo como testigo, contra todas las personas que de lo que en las dichas audiencias tiene depuesto puedan resultar culpadas en cualquier manera, y particular y nombradamente
Contra
«Luis de Carabajal, su hijo.
«Francisco Rodríguez de Matos (difunto), su marido.
«Baltasar Rodríguez de Carabajal, su hijo.
«Doña Catalina, mujer de Antonio Díaz de Cáseres.
«Doña Leonor, mujer de Jorge de Almeida.
«Doña Mariana, doncella.
«Doña Isabel, viuda, todas sus hijas, y
«Doña Catalina de León, mujer de Pérez Ferro.
«Y contra cada una de ellas: presentes las dichas honestas personas, y que no lo dice por odio, ni enemistad, etc. Pasó ante mí.—Pedro de los Ríos.»
Siguieron adelante los procesos, y en general todos los hijos é hijas de Doña Francisca confesaron con tal espontaneidad todo cuanto sabían, que con ellos no tuvieron los Inquisidores, ni necesidad de ocurrir al tormento.
Luis de Carabajal, el mozo, no el gobernador, en una de las audiencias pidió un pliego de papel para escribir y presentar á la Inquisición unas oraciones en verso que él y su hermano Baltasar habían compuesto para los días de ayuno, según la ley de Moisés. Presentólas en efecto, y entre muchas se encuentra este soneto:
«Pequé, Señor, mas no porque he pecado
De tu clamor y clemencia me despido;
Temo, según mi culpa, ser punido,
Y espero en tu bondad ser perdonado;
Recélome, según me has aguardado,
Ser por mi ingratitud aborrecido,
Porque hace mi pecado más crecido
El ser tan digno tú de ser amado.
¿Si no fuera por tí, de mí qué fuera?
Y á mí ¿de mí, sin tí, quién me librara
Si tu mano la gracia no me diera?
Y á no ser yo, mi Dios, ¿quién no te amara?
Y á no ser tú, Señor, ¿quién me sufriera?
Y á tí sin tí, mi Dios, ¿quién me llevara?»
*
* *
Ninguna dificultad se presentó en lo de adelante á los jueces para la terminación de la causa, y los Inquisidores pronunciaron sus sentencias que se leyeron en el auto de fe el 24 de febrero de 1590.—Hé aquí la sentencia de Doña Francisca, á la que son iguales las pronunciadas, contra todos sus hijos, á excepción de la de D. Baltasar, que fué condenado por ausente, lo mismo que D. Francisco Rodríguez, su padre, difunto, á ser quemados en estatua.
«Christi Nomine Invocato. Fallamos atentos los autos y méritos de este proceso, el dicho Promotor fiscal haber probado bien y cumplidamente su acusación y querella, damos y pronunciamos su intención por bien probada, por ende que debemos declarar y declaramos la dicha Doña Francisca Núñez de Carabajal haber sido hereje, judaisante, apóstata, fautora y encubridora de herejes, y haberse pasado y convertido á la ley muerta de Moysen y sus ritos y ceremonias, creyendo salvarse en ella, y por ello haber caído é incurrido en sentencia de excomunión mayor y en todas las otras penas é inhabilidades en que caen é incurren los herejes que debajo de título y nombres de Cristianos hacen y cometen semejantes delitos, y en confiscación y perdimiento de todos sus bienes, los cuales aplicamos á la cámara y fisco del Rey nuestro Señor y á su receptor en su nombre, desde el día y tiempo en que comenzó á cometer los dichos delitos, cuya declaración en nos reservamos. Y como quiera que con buena conciencia la pudiéramos condenar en las penas en derecho establecidas contra los tales herejes; mas atento á que la susodicha en las confesiones que antes nos hizo mostró señales de contricción y arrepentimiento, pidiendo á Dios Nuestro Señor perdón de sus delitos, y á nos penitencia con misericordia, protestando que de aquí adelante quería morir y vivir en nuestra Santa Fe Católica, y estaba presta de cumplir cualquier penitencia que por nos le fuese impuesta y abjurar los dichos sus errores, y hacer todo lo demás que por nos le fuese mandado, considerando: que Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, si ansí es que la dicha Doña Francisca Núñez de Carabajal se convierta á nuestra Santa Fe Católica, de puro corazón y fe no fingida, y que ha confesado enteramente la verdad, no encubriendo de sí ni de otras personas vivas ni difuntas cosa alguna; queriendo usar con ella de piedad y misericordia, la debemos de admitir y admitimos á reconciliación, y mandamos que en pena y penitencia de lo por ella hecho y cometido, hoy día de la pronunciación de esta nuestra sentencia, la salga á oir á este presente auto con los demás penitentes, en cuerpo, con un hábito penitencial de paño amarillo, con dos aspas coloradas de Señor San Andrés y una vela de cera en las manos, adonde le sea leída, y allí públicamente abjure los dichos sus errores que ante nos tiene confesados, y toda cualquiera otra herejía y apostasía, y hecha la dicha abjuración, al mandamos absolver y absolvemos de cualquier sentencia de excomunión en que por razón de lo susodicho ha caido é incurrido, y la unimos y reincorporamos al gremio y union de la Madre Santa Iglesia Católica, y la restituimos á la participación de los Santos Sacramentos y comunión de los fieles católicos cristianos de ella, y la condenamos á cárcel y hábito perpetuo irremisible, la cual guarde y cumpla en la parte y lugar que por nos le fuere señalado, y el dicho hábito lo traiga públicamente encima de todas sus vestiduras, y guarde y cumpla las demás penitencias espirituales que por nos le serán declaradas. Y declaramos la susodicha ser inhábil é incapaz para poder traer sobre sí ni en su persona, oro, plata y seda, y serle defendidas las demás cosas y honras que por derecho común, leyes y pramáticas de estos Reynos é instrucciones del Santo Oficio de la Inquisición á los semejantes inhábiles son prohibidos. Todo lo cual mandamos que así guarde y cumpla, so pena de impenitente relapsa, y por esta nuestra sentencia definitiva, juzgando así lo pronunciamos y mandamos en estos autos y procesos.—Lic. Bonilla.—Lic. Santos García.»
Pronunciación.
«Dada y pronunciada fué esta dicha sentencia de susso por los Sres. Inquisidores que en ella afirmaron sus nombres, y el dicho Sr. Inquisidor Lic. Bonilla, con las veces así mesmo de ordinario del arzobispado de México que están en la cámara del secreto de este Santo Oficio; estando celebrando auto público de fe dentro de la Iglesia mayor y Catedral de esta ciudad de México, sobre un cadalso y tribunal alto de madera que en ella había, sábado, día de Sto. Matías, 24 del mes de febrero de 1590, presente el Dr. Lobo Guerrero, fiscal de este Santo Oficio, y la dicha Francisca Núñez de Carabajal con las insignias en la dicha sentencia contenidas, siendo á todo ello presentes por testigos Diego de Ibarra, D. Francisco de Velasco, D. Rodrigo de Vivero y Rodrigo del Río, caballero del hábito de Santiago, y Fernán Gutiérrez Altamirano, D. Juan Altamirano, y otras muchas personas eclesiásticas y seculares.—Passó ante mí.—Pedro de los Ríos.»
Como aun cuando muchas personas han oido hablar de las abjuraciones públicas, no todos conocen la fórmula de ellas, copiaré la de Doña Francisca Núñez de Carabajal, para dar una idea de esa clase de documentos.
Abjuración.
«Yo, Francisca Núñez, por otro nombre Doña Francisca de Carabajal, natural de la Villa de Megodori, en Portugal, viuda de Francisco Rodríguez de Matos, difunto, que presente estoy, de mi libre y espontánea voluntad abjuro, y detesto, y renuncio, y aparto de mí toda y cualquier herejía, en especial esta de que soy infamada y testificada, y que he confesado de la Ley vieja de Moysen, ritos y ceremonias de ella. Y confieso por mi boca con puro y verdadero corazón la Santa Fe Católica que tiene y predica, sigue y enseña la Santa Madre Iglesia de Roma, y aquella tengo y quiero tener y seguir y en ella permanecer y morir y nunca me apartaré de ella, y juro á Nuestro Señor Dios y á los Santos cuatro Evangelios y á la señal de la Cruz, de estar y ser sujeta á la obediencia del bienaventurado San Pedro, príncipe de los Apóstoles y Vicario de Nuestro Señor Jesucristo, y de Nuestro muy Santo Padre Sixto V, que hoy día rige y gobierna la Iglesia, y después á sus sucesores, y de nunca me apartaré de esta obediencia por suación ó herejía, en especial por esta de que soy infamada y acusada, y de siempre permanecer en la unidad y ayuntamiento de la Santa Iglesia, y de ser en defensión de esta Santa Fe Católica, y de perseguir á los que contra ella fueren ó vinieren y de los manifestar y publicar y no me ayuntar á ellos, ni con ellos, ni los receptar, ni guiar, ni visitar, ni acompañar, ni dar, ni enviar dádivas, ni promesas, ni pres, ni los favorecer, y si contra en algún tiempo fuere ó viniere que caiga é incurra en pena de impenitente relapsa, y sea maldita y excomulgada; y pido al presente secretario testimonio de esta mi confesión y abjuración, y á los presentes ruego que de ello sean testigos. Siendo testigos los dichos, y con esto la dicha Doña Francisca Núñez de Carabajal fué absuelta en forma, y porque dijo no sabía firmar, lo firmó por ella uno de los Sres. Inquisidores.—Lic. Bonilla.—Pasó ante mí.—Pedro de los Ríos.»
Iguales á esta sentencia y abjuración fueron las de todos los individuos, varones y hembras de la familia Carabajal, y que salieron como penitenciados en el auto público de fe celebrado en México el año de 1590.
Terminado un proceso en la Inquisición, al reo si no era relajado, y por consecuencia entregado al brazo secular, y quemado, se le exigían bajo de juramento dos cosas: primera, que revelase cuanto había oido hablar en las cárceles del Santo Oficio; y segunda, que sobre lo que allí había visto ú oido, guardase el más profundo secreto.
He aquí cómo se ejecutaban estas diligencias:
Juramento.
«E luego fuéle recibido juramento en forma debida de derecho á dicha Doña Francisca Núñez de Carabajal, so cargo del cual prometió decir verdad.
Aviso de cárcel.
«Preguntada sobre el secreto y avisos de cárcel, dijo: que en el tiempo que ha estado presa en las cárceles secretas de este Santo Oficio, no ha sabido ni entendido que en ellos se haya hecho ni dicho cosa que deba manifestar contra su recto y libre ejercicio, ni contra sus ministros, ni que se hayan llevado ni traido recados algunos de fuera ni de dentro, ni ella los lleva, é que el Alcaide la ha tratado bien y ha hecho bien su oficio.
Secreto.
«Fuéle mandado debajo del juramento que tiene hecho, y so pena de excomunión mayor, y que será gravemente castigada, que tenga y guarde secreto de todo lo que en su negocio, causa y proceso ha pasado, y de todo lo demás que oviere visto y entendido en las cárceles de este Santo Oficio durante su prisión, y que no lo revele ni descubra en manera alguna directa ni indirectamente, y así prometió de lo cumplir, sin exceder.»
Así terminó el primer proceso de la familia Carabajal, y sólo agregaré la sentencia que recayó contra D. Baltasar, que, como hemos dicho, huyó sin que la Inquisición hubiera podido encontrarle nunca.
«Christi Nomine Invocato. Fallamos atentos los autos y méritos de dicho proceso, el dicho Promotor fiscal haber probado bien y cumplidamente su acusación, tanto cuanto de derecho ha sido necesario para haber victoria en esta causa, en consecuencia de lo cual que debemos declarar y declaramos el dicho Baltasar Rodriguez de Carabajal, haber sido y ser hereje, apóstata, judaisante, domatista, fautor y encubridor de herejes, y por ello haber caido é incurrido en sentencia de excomunion mayor, y en todas las otras penas en que caen é incurren los herejes, apóstatas, las cuales mandamos que sean ejecutadas en su persona y bienes y relajamos la persona del dicho Baltasar Rodriguez, pudiendo ser habido, á la justicia y brazo seglar para que en él sea ejecutada la pena que en derecho tal caso requiere, y porque al presente el dicho Baltasar Rodriguez no puede ser habido, mandamos que en su lugar sea sacada á este presente auto una estátua que represente su persona con una coroza de condenado y un Sambenito con las insignias y figura de tal condenado, y un letrero de su nombre, la cual esté presente al tiempo que se leyere esta nuestra sentencia. Y acabada de leer, la dicha estátua sea entregada á la justicia y brazo seglar para que la manden quemar é incinerar. Y declaramos sus bienes, muebles y raices ser confiscados y pertenecer á la cámara y fisco del Rey nuestro Señor, y por esta nuestra sentencia, se los aplicamos, y á su receptor en su nombre, desde el día y tiempo que comenzó á cometer los dichos delitos, y declaramos por inhábiles é incapaces á los hijos é hijas del dicho Baltasar Rodriguez y á sus nietos por línea masculina, para poder haber ni poseer dignidades, beneficios ni oficios, ansí eclesiásticos como seglares, y otros oficios públicos é de honra, y no poder traer armas, oro, plata ni seda, ni andar á caballo, ni usar de las demas cosas que por derecho comun, leyes y pragmáticas de estos Reynos é instructivos del Santo Oficio á los semejantes inhábiles, son prohibidos. Y por esta nuestra sentencia definitiva, juzgando así lo pronunciamos y mandamos en estos escriptos y por ellos.—Lic. Bonilla.—Santo García.»
Esta sentencia se ejecutó al pie de la letra, y D. Francisco Rodriguez de Matos, difunto, marido de D.ª Francisca, fué también relajado y quemado en estátua, en el mismo auto de fe.
Como cárcel perpetua se señaló á D. Luis de Carabajal, el joven, el Hospital de dementes de San Hipólito, y á D.ª Francisca, D.ª Isabel, D.ª Leonor, D.ª Catalina y D.ª Mariana, una casa aislada que estaba frente al Colegio de Santiago Tlaltelolco.
D. Luis Carabajal, el gobernador, fué desterrado de las Indias.
Así concluyó esta primera persecución que sufrió la familia de Francisco Rodriguez de Matos.
LA FAMILIA CARABAJAL
Segunda Parte
El domingo 8 de diciembre de 1596, en la Plaza mayor de México, y delante de las Casas de cabildo, celebraba la Inquisición un auto público de fe, y á este auto público salían como penitenciados Doña Francisca Núñez de Carabajal y sus hijos D. Luis, D.ª Leonor, D.ª Isabel y D.ª Catalina.
Vamos á ver por qué estaban allí y cuál es la suerte que les esperaba.
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Por el mes de enero de 1595, el fiscal de la Inquisición, que lo era en aquella época el Dr. Martos Bohorques, acusó formalmente ante los Inquisidores Dr. Lobo Guerrero y D. Alonso de Peralta, á D.ª Francisca de Carabajal y á sus hijos, por observantes de la ley de Moisés, con la agravante circunstancia de que todas estas personas habían sido ya procesadas y reconciliadas por el mismo delito en el año de 1590.
Los Inquisidores, como era natural, ordenaron la prisión de los reos, que fueron conducidos inmediatamente á las cárceles secretas del Santo Oficio.
Dióse principio á las causas, cuyos procedimientos, siendo en todo semejantes á los que dejamos explicados en el capítulo anterior, no es necesario explicarlos ni repetirlos.
Como de costumbre, unos individuos de la familia declararon contra los otros: volvieron á aparecer multitud de personas complicadas, y se acumularon testificaciones sobre testificaciones.
Hay, sin embargo, en el proceso de D. Luis Carabajal, curiosas diligencias, de las que no queremos privar á nuestros lectores, para que se formen mejor idea del carácter de los Ministros, y modos de enjuiciar en el Santo Oficio, en cuyo tribunal no se despreciaba medio alguno para conocer los pensamientos del acusado y para examinar su conciencia, por más que estos medios parezcan reprobados é ilícitos, ahora que está prohibido á los jueces hasta hacer preguntas capciosas á los acusados.
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Los Secretarios del Santo Oficio y los Alcaides andaban constantemente escuchando en las puertas de los calabozos de los presos, para saber sus conversaciones y delatarlas á los Inquisidores; y los presos eran encerrados juntos para que unos vinieran á delatar las pláticas y conversaciones de los otros. Así consta en muchas diligencias; por ejemplo, en la siguiente:
Declaración del Secretario Pedro de Mañosca
«En la ciudad de México, á 16 días del mes de Octubre de mil y quinientos y noventa y cinco años, estando en su audiencia de la mañana los Sres. Inquisidores Dr. Lobo Guerrero y Lic. D. Alonso de Peralta, pareció en ella de su voluntad, Pedro de Mañosca, Secretario de este Santo Oficio, del cual siendo presente fué recibido juramento en forma debida de derecho, so cargo del cual prometió de decir verdad, y dijo de ser de edad de 32 años, poco más ó menos, y dijo: que por descargo de su conciencia viene á decir y manifestar lo que oyó á los tres, cuatro, cinco y seis de este presente mes y año, hallándose en todos estos cuatro días desde las siete horas hasta las ocho por la noche, á la puerta de la cárcel, donde estaban juntos Luis de Carabajal, preso en este Santo Oficio y reconciliado que ha sido por él, y Luis Díaz, clérigo, habiendo ido allí en compañía y juntamente con Pedro de Fonseca, Notario de los Secretos de este Santo Oficio, y de Gaspar de los Reyes, Alcaide de las cárceles secretas dél, por orden y mandado de los dichos Señores Inquisidores. Y lo que pasa es, que habiendo hallado al dicho Luis de Carabajal, que es muy conocido en la voz, cantando en voz alta un romance en que parece alaba á Dios y á sus grandezas, que por haber durado poco no pudo prevenir este ni entender cosa dél para decirlo por sus palabras. Oyó que el dicho Luis Diaz, clérigo, dijo al dicho Luis de Carabajal:—deje agora de cantar; dígame, ¿San Pedro en el infierno está?—y respondió el dicho Luis de Carabajal—Sí, y no quisiera yo tener tanto fuego como él en la trasera—diciéndolo suciamente, y que también estaban en el invierno Juan Garrido y su madre María Fernández, diciéndolo por Ntro. Señor Jesucristo y Ntra. Señora la Virgen.»
Por este estilo fueron las declaraciones de Fonseca y de Gaspar de los Reyes, y de los presos que sucesivamente fueron encerrando con Luis de Carabajal; conviniendo todas sus declaraciones, sin embargo, en que Carabajal estaba resuelto á vivir y morir en la ley de Moisés.
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El 17 de marzo de 1595, Gaspar de los Reyes Plata se presentó en la audiencia de los Inquisidores y dijo: «que por descargo de su conciencia viene á decir y manifestar que el sábado en la noche, 13 del presente mes y año, llevando de cenar á Luis de Carabajal, preso en este Santo Oficio, le dió un melón comenzado que este le había dado para comer, y le dijo que llevase aquel melón á Dª. Leonor de Carabajal, su hermana, la cual, por lo que el dicho Luis de Carabajal muchas veces ha dicho á este, entiende que está presa con las demás y su madre; y luego dijo: que entiende el dicho Luis de Carabajal, que están presas las dichas Dª. Leonor y su madre, porque ha dicho á este, nombrándolas, que tenga cuenta con ellas y las regale. Y este después miró dentro en el melón y halló entre las pepitas y al cabo de él, un hueso de ahuacate envuelto en un pedazo de tafetán como morado, de que hizo demostración, y luego como lo vió envuelto en dicho tafetán, lo llevó al dicho Sr. Inquisidor Dr. Lobo Guerrero para que lo viese, el cual le mandó que lo guardase para presentarlo en el tribunal, y las letras que están escritas en dicho hueso, que se pueden leer, dicen de esta manera: Paciencia como Job; y las letras que se siguen no se pueden leer, porque con el tiempo que ha pasado se han revenido en el dicho hueso de ahuacate, y otras letras que están en el mesmo hueso, que se pueden leer, dicen de esta manera:—Almas de mi corazon, visíteos A. N. S., que al parecer quieren decir las dichas letras Adonay Nuestro Señor, y en el dicho hueso hay otras letras que dicen:—yo la tengo Gloria á Dios con grillos estoy por mi D.
«Y así mesmo, y el dicho Luis de Carabajal, el domingo siguiente, 14 días del mesmo mes y año, le dió á este un plántano para que diese á la dicha Dª. Leonor su hermana, en el cual plántano con mucha sutileza, en medio de él, sacada la carne que bastaba para poner un hueso de ahuacate, estaba metido el dicho hueso envuelto en un tafetan y de la mesma color morada, y en el dicho hueso había escrito las letras siguientes: albricias, que los Angeles y Santos de Adonay en el Parayso nos esperan, mártires mias, benditas de Adonay. Yo pensé ir solo, bendita mia; envíame señas si estás sola ó no, acuérdese Adonay de la madre Santa, y á tí y á ella tengo en el corazon.»
Muchos recados escritos en huesos de aguacate siguió presentando el Alcaide, y en todos ellos se descubre el tierno cariño que Luis de Carabajal profesaba á su madre y hermanas, y la fe ardiente que tenía en su religión.
Hay uno de estos recados que no podemos menos de copiar; iba también escrito en un hueso de aguacate y dirigido á Dª. Leonor, y decía así: «Angel mio, albricias, que mejor viaje es el del Parayso que el de Castilla; bienaventurado el pan que comiste, y el agua que bebiste, y la tierra que pisaste, y el vientre en que anduvimos, que de aquí á poco hemos de ir á profesar la Religión sacra de los Angeles y Santos, y á ver la tierra suya de Adonay. ¡Oh qué ricos jardines, músicas y fiestas nos esperan; lindos torneos se han de hacer en el cielo cuando Adonay nos corone por su firme fé; nadie desmaye, que su vida con ayuda que Adonay mi Señor nos dé, la cuesta de esta cárcel es la gloria; ¡quién pudiera contaros todo lo que el Señor me ha mostrado; mas con su ayuda, presto nos veremos; tres semanas estuve en un calabozo; ya me sacó Adonay mi Señor, y me puso donde veo el cielo, día y noche; una Biblia, con milagro, tuve ocho días aquí; benditas de Adonay, por acordarme de vos, de mí me olvido.»
Aun sigue más adelante esta carta, y parece increíble que tanto pudiese escribirse en Un hueso de aguacate. Sin embargo, así consta de los autos originales.
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* *
Los Inquisidores mandaron al Alcaide, no sólamente que admitiese esos recados de D. Luis para sus hermanas, sino que con objeto de saber lo que se escribia, encargaron al dicho Alcaide que como al descuido llevase las correspondencias á quienes iban dirigidas, y dejase en los calabozos pluma, tinta y papel; así consta en el expediente original.
En una de esas declaraciones, dice:
«Y para que el dicho Luis de Carabajal pudiese escribir, visto que escribia en los huesos de ahuacate, le dejo un tintero muy al descuido, por mandado de los dichos Señores Inquisidores.»
Más adelante hay una diligencia en que dice: hablando de los papeles que como resultado de esta intriga traidora escribió Luis de Carabajal, y entregó el Alcaide Gaspar de los Reyes Plata:
«Y vistos los dichos papeles por los Sres. Inquisidores, Dr. Lobo Guerrero y Lic. D. Alonso de Peralta, mandaron se le entreguen al dicho Alcaide para que entre algunas frutas y muy al descuido y con mucha disimulación, los dé á la dicha Dª. Leonor, juntamente con una de las peras (en estas peras venía escrito un recado), la mayor que hoy dicho día así mesmo exhibió el dicho Alcaide, como lo tiene declarado en su dicho, y que esté muy advertido de mirar con mucho cuidado si le diere la dicha Leonor para su hermano D. Luis de Carabajal algún recado de frutas ó en otra cualquier manera, y antes de entregarlo lo traiga al tribunal, y que con la mayor disimulación en algun plántano ó plántanos, envuelto en algun lienzo, le dé tambien á la dicha Dª. Leonor un pliego de papel blanco y pluma para ocasionarla á que responda al dicho su hermano, para que se descubra la verdad y se administre justicia.»
D. Luis y sus hermanas cayeron inocentemente en la red que les tendían aquellos hombres sin corazón, y sostuvieron una larga correspondencia por medio de cartas que, antes de llegar á su destino, se copiaban íntegras en el proceso.
Muchas de ellas, sin embargo, se agregaron originales á la causa, y se experimenta una extraña sensación al recorrer aquellas líneas trazadas por la vacilante mano de los que, viviendo en tan dura prisión rodeados de enemigos y de traiciones, y próximos ya á expirar en una hoguera, mostraban una fe tan ardiente en sus doctrinas y una tan grande entereza de alma.
*
* *
Según las reglas de procedimiento, dadas para el Santo Oficio por el célebre Torquemada, el más terrible de los Inquisidores de España, jamás el acusado debía conocer á los testigos ni saber su nombre, observándose tanto cuidado en esto, que si alguna circunstancia había en la declaración, por donde el reo pudiera adivinar ó venir en conocimiento de quién era el testigo, debía suprimirse esta parte de la declaración al notificársela al reo; y como última precaución se observaba por regla general que las declaraciones de los testigos, al comunicarse al reo, se pusieran en tercera persona, aun cuando el testigo hubiera hablado en primera; así, si éste decía que el reo le había dicho tal cosa, al leerle á aquel la declaración, se decía que un testigo declaraba que el reo había dicho á cierta persona aquello mismo, para que ni aun por esto pudiese venir en conocimiento de quién era el testigo.
Uno de los testigos en la causa de la familia Carabajal, y denunciado por ellos, fué llevado á la Inquisición y procesado.
Confesó sus propias culpas; pero cuando fué requerido como testigo, se negó enérgicamente á declarar. Víctima de su lealtad, no quiso descubrir nada que pudiera perjudicar á los mismos que le habían traído á aquella situación, y esto provenía sin duda del misterio con que se guardaba el nombre de los testigos. Quizá si Manuel Díaz, que así se llamaba este infeliz, hubiera sabido que los Carabajales habían tenido la debilidad de denunciarle, no habría sufrido tan terribles tormentos en la Inquisición.
En efecto, increíble parece la energía de este hombre en el sufrimiento; y su constancia venció la crueldad de los Inquisidores. Por esta circunstancia notable se hace preciso copiar la diligencia de tormento, que puede dar una idea completa de la heróica resolución de aquel hombre y de la saña de sus jueces.
Cámara del tormento.
«Y con tanto fué mandado llevar á la cámara del tormento, donde fueron los dichos Sres. Inquisidores y ordinario como á las ocho horas y tres cuartos de la mañana.
Monición.
«Y estando en ella fué vuelto á amonestar que diga la verdad por reverencia de Dios, y no se quiera ver en tanto trabajo, en que tiene tanto que pasar y padecer, como entenderá en el discurso del tormento: dijo que él ha dicho la verdad.
Entró el Ministro.
«Y con esto fué mandado entrar y entró el Ministro, y que lo desnude.
Desnudo.
«Y estando desnudo, en carnes, con unos zaragüelles de lienzo, fué tornado á amonestar que diga la verdad y no dé lugar á que se pase adelante. Dijo: que si él no dijera la verdad, que no viniera aquí, y como él defiende su verdad, le ayude su Dios y le dé esfuerzo para pasar este trabajo.
«Fuéronle mandados ligar los brazos flojamente, y ligados, amonestado que diga la verdad, dijo que él ha dicho la verdad.
Vuelta de cordel á los brazos.
«Amonestado que diga la verdad, se le mandó dar una vuelta de cordel á los brazos; diósele y apretósele; dijo con voz muy baja: misericordia, que él ha dicho la verdad y callaba.
Vuelta segunda.
«Amonestado que diga la verdad, se le dió segunda vuelta de cordel; dió grandes voces, ay, ay, ay de mí, que ya la he dicho, y quejábase mucho: Dios, habed misericordia de mí.
Vuelta tercera.
«Amonestado que diga la verdad, se le dió tercera vuelta de cordel á los brazos; dijo: ay Dios de mi alma, ay de mí, que me matan, que me matan, muchas veces y con grandes voces, que no puedo decir lo que no hice, quítenme la vida.
Vuelta cuarta.
«Amonestado que diga la verdad, se le dió cuarta vuelta de cordel á los brazos, dió grandes voces, que me muero, que me muero, que yo no puedo decir lo que no hice, mátenme, mátenme.
Vuelta quinta.
«Amonestado que diga la verdad, se le dió quinta vuelta de cordel á los brazos; dijo: Dios, que sabe la verdad que yo defiendo, me ayude; quítenme la vida, ay de mí. Ay de mí, quítenme la vida, ya he dicho la verdad, ya he dicho la verdad, con grandes voces.
Vuelta sexta.
«Amonestado que diga la verdad, se le dió sexta vuelta de cordel á los brazos: dió voces, que ya la he dicho, que ya la he dicho, miren que tengo cinco hijos, ay de mí, ay de mí, que no he de decir lo que no hice.
Vuelta séptima.
«Amonestado que diga la verdad, se le dió séptima vuelta de cordel: ay, ay, señores míos, que no puedo decir lo que no hice, mis señores, que tengo cinco hijos, acábame de una vez, hermano.
Vuelta octava.
«Amonestado que diga la verdad, se le dió octava vuelta de cordel á los brazos, y decia muchas veces, acábame de una vez, no sea parte el dolor para que yo diga lo que no hice, acábame de una vez la vida.
Vuelta nona.
«Amonestado que diga la verdad, se le dió nona vuelta de cordel en los brazos: hayan misericordia de mí, que yo olgara cien mil veces que fuera verdad, para no me ver en esto, que no permitan que yo diga lo que no hice.
Vuelta décima.
«Amonestado que diga la verdad, se le dió la décima vuelta de cordel, dió voces y dijo: que pluguiera á Dios que hubiera hecho lo que le levantan.
«Preguntado qué es lo que habia de ser verdad y qué es lo que le levantan, dijo que eso que está en ese proceso, y no se lo pudo sacar mas, y que no sabia lo que estaba en él; acábame, acábame, lo cual dijo á grandes voces, y pluguiera á Dios que fuera verdad, por que mi cuerpo no padeciera.
«Preguntado qué habia de ser verdad.
«Dijo: qué sé yo, eso que está en ese proceso, que yo guardo la ley de Moysen porque no padezca mi cuerpo.
«Preguntado si es mejor guardar la ley de Moysen y padecer el alma, que padezca el cuerpo.
«Dijo: que dijo que fuera verdad para pedir misericordia.
Potro.
«Y habiéndosele dado las dichas diez vueltas de cordel, fué mandado tender y ligar en el potro, y que se le pongan los garrotes á los muslos y espinillas y molledos.
Monestación.
«Y habiéndose tendido, ligado y puestos, fué muy amonestado diga la verdad, con apercibimiento que se proseguirá el tormento, dijo: Sr. Ilustrísimo, plugiera á la sacratísima Vírgen que fuera verdad cien mil veces para que yo no padeciera.
Garrotes.—Primero.
«Amonestado que diga la verdad, se le dió y apretó el garrote del molledo derecho, y dijo llorando: quítenme la vida, que ya la he dicho; quiébranme el brazo: acábese la vida de una vez.
Segundo.
«Amonestado que diga la verdad, se le apretó el garrote del molledo del brazo izquierdo. Ay, hermano, que me matais; la verdad digo, así ella me valga, acábenme de una vez.
Tercero.
«Amonestado que diga la verdad, se le dió y apretó el garrote del muslo derecho, y decía con voz baja muchas veces: acábame ya, hermano, que ya la he dicho.
Cuarto.
«Amonestado que diga la verdad, se le apretó el garrote del muslo izquierdo, y decia con voz baja: ay, ay, ay, acábame la vida; quedáos con Dios, hijos.
Quinto.
«Amonestado que diga la verdad, se le apretó el garrote de la espinilla derecha, y dijo con voz baja, que la ha dicho: ya se acabó la vida, muchas veces.
Sexto.
«Amonestado que diga la verdad, se le apretó el garrote de la espinilla izquierda, y con voz muy baja dijo, que la ha dicho; ya se acabó la vida, hijos mios, quedaos con Dios: ya he dicho la verdad, señor, ya mi vida se me arranca, no permitan que yo muera aquí.
Séptimo
«Amonestado que diga la verdad, se le dió y apretó el molledo del brazo derecho, y dijo algo más alto: señores, acábenme la vida de una vez; acábenme la vida de una vez, el que lo padece lo sabe.
Apriétanse más los garrotes.
«Amonestado que diga la verdad, se mandaron apretar todos los dichos garrotes, dándosele vuelta: ay, Dios de mi alma, ya la he dicho; lo cual dijo con voz alta, y quejábase mucho, como llorando: que ya la he dicho; ay, ay, que ya he dicho la verdad, así ella me valga.
Jarros de agua.—Primero.
«Pasósele la toca sobre la boca, metida hasta la garganta con un palo, y echado un jarrillo de agua, que hacía un cuartillo, dijo: sáquenme de aquí, no permitan que muera aquí, no permitan que diga lo que no hice.
Segundo.
«Echósele otro jarro de agua, la mesma forma.
Tercero.
«Echósele otro jarro de agua, la mesma forma.
Cuarto.
«Echósele otro jarro de agua, la mesma forma, y quitada la toca dijo que ya ha dicho la verdad.
Quinto.
«Echósele otro jarro de agua, la mesma forma.
Sexto.
«Echósele otro jarro de agua, la mesma forma.
Séptimo.
«Echósele otro jarro de agua, la mesma forma, y quitada la toca dijo que ya ha dicho la verdad.
Octavo.
«Echósele otro jarro de agua, la mesma forma.
Noveno.
«Echósele otro jarro de agua, la mesma forma.
Décimo.
«Echósele otro jarro de agua, la mesma forma.
Undécimo.
«Echósele otro jarro de agua, la mesma forma, y quitada la toca dijo que ya ha dicho la verdad.
Duodécimo.
«Echósele otro jarro de agua, la mesma forma, y quitada la toca dijo que ya ha dicho la verdad.
«Quitada la argolla de hierro de la garganta, y preguntado si quiere decir algo, dijo que la verdad ha dicho, así ella le valga, y quejábase con voz baja, y que más valiera que fuera verdad.
«Fué mandado quitar los garrotes y desligar del potro, y levantado, sentado sobre el potro, amonestado que diga la verdad, dijo que ya ha dicho la verdad.
«Amonestado que diga la verdad, fué tendido en el potro: dijo que no se permita que diga lo que no es verdad: señores, no muera yo aquí.
«Amonestado que diga la verdad, se le tornó á poner la argolla de hierro en el cuello, y dijo en voz algo alta: ay, Sr. Illmo., que ya la he dicho, así Dios se acuerde de mi alma.
«Lo cual todo visto por los dichos Sres. Inquisidores y ordinario, mandaron cesar en el tormento, no lo habiendo por suficientemente atormentado y con protestacion de lo continuar cada y cuando que convenga. Y asi se le notificó y dijo que lo oia.
«Y con esto fué desligado de los brazos y llevado á su cárcel, donde curado y mirado á lo que pareció, aunque lastimado, no habia lission ni quebradura.
«Acabóse esta diligencia del tormento como á las diez horas y media de la mañana.
«Passó ante mí.—Pedro de Mañosca.»
A pesar de todo, á este testigo le fué dado garrote, y fué quemado en el auto de fe del día 8 de diciembre de 1596, en cuyo auto corrieron la misma suerte la mayor parte de las personas de la familia Carabajal, como se verá más adelante.
Isabel Rodríguez, mujer de este desgraciado y madre de sus cinco hijos, sufrió también el tormento, soportando nueve vueltas de cordel en los brazos, nueve garrotes en el potro y tres jarros de agua, después de lo cual confesó y salió también al auto de fe mencionado, condenada á cárcel perpetua.
El marido tenía 36 años de edad y la mujer 32.
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D. Luis de Carabajal siguió en la prisión, y siguiéronse los procesos de su madre y hermanas, sólo que ya entonces Luis de Carabajal fué conocido con el nombre de José Lumbroso porque declaró
«Que Lumbroso tomó por un sueño que soñó, estando preso en esta cárcel agora cinco años, y fué que soñó que via una redoma llena de un licor muy precioso, metida en una fundilla como de sombrero, y que le decia Dios á Salomon: toma una cuchara de este licor y métela en la boca de este muchacho; y Salomon le metió una cucharada de aquel licor en la boca de este, y entonces este despertó, y quedó tan consolado, que no sentia la prision de allí adelante tanto como antes, y entendió este que aquel sueño fué una lumbre que Dios le quiso dar para que guardase la Ley de Moysen y entendiese la Sagrada Escritura.»
Luis de Carabajal no tuvo fuerzas ni para sostener la fuerza del tormento, porque era tal el terror que le causaban los Inquisidores, que en una de sus declaraciones dijo: «que no se haye en ella el Sr. Inquisidor Lic. D. Alonso de Peralta, porque le tiemblan las carnes en verle.»
Un día, al salir de la Audiencia Luis de Carabajal, y conduciéndolo á su cárcel Gaspar de los Reyes y Pedro de Fonseca, aquel infeliz, cansado ya de sufrir y no teniendo más porvenir que la hoguera, quiso acabar de una vez con su vida, y arrancándose violentamente de las manos de sus conductores, se arrojó al patio desde el corredor de la Audiencia.
Pero aun en esto le fué adversa la suerte, y fué conducido á su calabozo sin haber sufrido daño alguno de consideración.
Por fin, Luis de Carabajal fué condenado, no sin que antes se hubiera procurado, conforme á lo dispuesto por las leyes que regían en la Inquisición, convencerle de sus errores, haciéndole abjurar de la ley de Moisés y convencerle de la de Jesucristo, para lo cual se echaba mano en dichos casos de los maestros más notables en la Teología. Consta en el proceso esta razón: «En la ciudad de México, sábado 24 dias del mes de Agosto de mil y quinientos y noventa y seis años, dia del Glorioso y bienaventurado Apóstol, estando en su Audiencia de la tarde los Sres. Inquisidores Dr. Lobo Guerrero y Lic. D. Alonso de Peralta, presentes los Maestros Fray Pedro de Agurto y Fray Diego de Contreras, de la Orden de S. Agustin, qualificadores de este Santo Oficio, mandaron traer de su cárcel al dicho Luis de Carabajal, y siendo presente, le fué dicho como habian venido los dichos Maestros Fray Pedro de Agurto y Fray Diego de Contreras, para satisfacerle de las dudas que tiene, y que por amor de Dios esté atento á lo que le dijeren, para satisfacerle de ellas, y habiendo estado con él tres horas y media, satisfaciéndole sus dudas y diciéndole despues qué era lo que queria creer y tener, dijo: que queria tener y creer, vivir y morir en la ley que Dios Nuestro Señor dió al Santo Moysen.
«Y visto lo susodicho, los dichos Sres. Inquisidores lo mandaron llevar á su cárcel, con lo que cesó la Audiencia y se salieron de ella, y á los dichos qualificadores se les mandó que guarden secreto debajo del juramento que tienen hecho.»
A 121 ascendió el número de las personas testificadas ó acusadas por Luis de Carabajal en su proceso, y contra todas ellas se siguió causa. La sentencia definitiva contra Luis de Carabajal, fué la siguiente:
Christi Nomine Invocato.
«Fallamos atentos los autos y méritos del dicho proceso, el dicho Promotor fiscal, haber probado bien y cumplidamente su acusación, segun y como probarle convino, damos y pronunciamos su intención por bien probada; en consecuencia de lo cual, que debemos de declarar, y declaramos que el dicho Luis de Carabajal haber sido y ser hereje, judaisante, apóstata de nuestra Santa Fé Católica, fautor y encubridor de herejes, judaisantes, ficto y simulado confitente, impenitente relapso, dogmatista pertinaz, y por ello haber caido y incurrido en sentencia de excomunion mayor, y estar de ella ligado y en confiscacion y perdimiento de todos sus bienes, los cuales mandamos aplicar y aplicamos á la Cámara y fisco real de Su Magestad, y á su receptor en su nombre, desde el dia y tiempo que comenzó á cometer los dichos delitos de herejía, cuya declaracion en nos reservamos, y que debemos de relajar y relajamos la persona de dicho Luis de Carabajal á la justicia y brazo seglar, especialmente al Lic. Vasco López de Bivero, corregidor de esta ciudad, al cual rogamos y encargamos como de derecho mejor podemos, se hagan piadosamente con él, y declaramos los hijos y hijas del dicho Luis de Carabajal, y sus nietos por línea masculina, ser inhábiles é incapaces, y los inhabilitamos para que no puedan tener ni obtener dignidades, beneficios ni oficios, así eclesiásticos como seglares, ni otros oficios públicos ó de honra, ni poder traer sobre sí ni sus personas, oro, plata, perlas, piedras preciosas ni corales, seda, camelote, ni paño fino, ni andar á caballo, ni traer armas, ni ejercer, ni usar de las otras cosas que por derecho comun, leyes y pramáticas de estos Reinos é instrucciones y estilo del Santo Oficio, á los semejantes inhábiles son prohibidas. Por esta nuestra sentencia definitiva, juzgando así lo pronunciamos y mandamos en estos escritos, y por ellos.—El Dr. Lobo Guerrero.—El Lic. D. Alonso de Peralta.—Mr. D. Juan de Cervantes.»
«Esta sentencia se pronunció estando celebrando auto público de la fé, en la Plaza mayor de esta ciudad, en las Casas de cabildo de ella, sobre unos cadalsos y tribunal alto de madera que en ellas habia, domingo, dia de Ntra. Sra. de la Concepción, 8 dias del mes de Diciembre de mil y quinientos y noventa y seis años.»
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Entregado Luis de Carabajal al brazo secular, acto contínuo, se pronunció la sentencia siguiente:
«En la ciudad de México, domingo, 8 dias de Diciembre de mil y quinientos y noventa y seis años: estando en la Plaza mayor de ella, en las Casas del Cabildo, haciéndose y celebrándose auto público de la fé, por los Sres. Inquisidores apostólicos de esta Nueva España, fué leida una causa y sentencia contra Luis de Carabajal, reconciliado que ha sido en este Santo Oficio, que está presente, por la cual se manda relajar á la justicia y brazo seglar por relapso, impenitente pertinaz, y vista por el Lic. Vasco López de Bivero, corregidor de esta dicha ciudad, por Su Majestad, la dicha causa y sentencia y remision fecha, y la culpa que resulta contra dicho Luis de Carabajal, y que se le entregó personalmente, pronunció contra él estando sentado en su tribunal, adonde para este efecto fué llevado, la sentencia del tenor siguiente:
«Fallo, atenta la culpa que resulta contra el dicho Luis de Carabajal, que lo debo de condenar y condeno á que sea llevado por las calles públicas de esta ciudad, caballero en una bestia de albarda y con voz de pregonero, que manifieste su delipto, sea llevado al Tiangues de San Hipólito, y en la parte y lugar que para esto está señalado, sea quemado vivo y en vivas llamas de fuego, hasta que se convierta en cenizas y dél no haya ni quede memoria. Y por esta mi sentencia definitiva, juzgando, ansí lo pronuncio y mando.—El Lic. Bivero.»
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Cumplióse la dicha sentencia, y la misma suerte cupo á la madre y hermanas de Luis de Carabajal.
Y en el auto de fe celebrado el 8 de diciembre de 1596, murieron en la hoguera, según la relación original de dicho auto, D.ª Francisca de Carabajal y sus hijos D.ª Isabel de Carabajal, D.ª Catalina de Carabajal, D.ª Leonor de Carabajal y Luis de Carabajal. Además de éstos, fueron también relajados en persona, y murieron en el mismo día, Manuel Díaz, Beatriz Enríquez, Diego Enríquez y Manuel de Lucena. Sólo D.ª Mariana de Carabajal quedó por entonces libre, en atención á que estaba demente; pero como se verá más adelante, fué también quemada en el año de 1601.
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D.ª Mariana de Carabajal, sin duda por el terror que le causaron los procesos seguidos contra su familia, perdió la razón.
Los Inquisidores esperaron con paciencia á que la recobrara; recobróla en efecto, y fué juzgada y sentenciada á relajar, y entregada al brazo seglar en el auto de fe del 25 de marzo de 1601. La sentencia del Corregidor dice así:
«Fallo atenta la culpa que resulta contra la dicha D.ª Mariana de Carabajal, que la debo de condenar y condeno á que sea llevada por las calles públicas de esta ciudad, caballera, en una bestia de albarda, y con voz de pregonero que manifieste su delito, sea llevada al Tiangues de San Hipólito, y en la parte y lugar que para esto está señalado, se le dé garrote hasta que muera naturalmente, y luego sea quemada en vivas llamas de fuego, hasta que se convierta en ceniza y de ella no haya ni quede memoria. Y por esta mi sentencia, &c.—El Lic. Morfonte.»
En este mismo auto salió entre los penitentes, Anica, la más pequeña de todas las hermanas, y que era entonces, verdaderamente, una niña; única persona que, á lo que parece, logró escapar con vida de las garras del sangriento tribunal.
El auto de fe de 1601, en el que murió Dª. Mariana, fué sin duda en el que más lujo desplegaron los Inquisidores. Sería difícil hacer una descripción de él sin que pareciera exagerada; para evitar este inconveniente, y para que los lectores del Libro Rojo tengan una noticia exacta de aquel auto, en el número próximo publicaré una relación de todo lo acontecido en aquel día, escrita por orden del Santo Oficio, y que logré encontrar en los revueltos archivos de ese tribunal.
LA FAMILIA CARABAJAL
Auto de Fé de 1601
Relación muy verdadera del triunfo de la ffe, y auto general que se celebró por el Santo Oficio de esta nueva España, y Real Corte de México, en 25 de Marzo de 1601, años, siendo Inquisidores los Sres. Licenciados Don Alonso de Peralta y Gutierre, Bernardo de Quiroz, y Promotor fiscal de sus caussas, el Dr. Martos de Bohorquez, en la cual se da cierta y caval noticia de todo lo que por órden de estos Sres. se puso en obra para el aparato solene y suntuoso del dicho auto, cuyo testimonio darán las personas que en esta ciudad se hallaron desde el dia de la publicacion hasta el de su celebracion, á la qual se añadirá la memoria y lista de los penitenciados que salieron á él, con las particulares penitencias que les fueron impuestas, y el effecto que hubo el cumplimiento de ellas.
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La primera prevencion que tuvo effecto, fué dar principio á este auto, y tratar de su publicacion, la qual se puso en hobra, Jueves, antes del medio dia, que se contaron, 15 de Febrero de este año, para cuya solenidad salieron este dia de las casas del Santo Oficio y bastante número de familiares, y el Corregidor y Rejimiento y otras muchas personas de lo mas Ylustre y noble de esta Ciudad, los quales con el ornato que semejantes publicaciones suelen llevar de Libreas, trompetas, y atabales, paseando lo mas cercano y público de la plaza, publicaron con voz de pregoneros el dicho auto, dando el primer pregon á las puertas del Sancto Oficio, y el segundo á las de Palacio, y el 3.º, 4.º, 5.º, junto á las casas de Cabildo, calle de Sant Francisco, y junto á su combento; y el último á la entrada de la calle de Tacuba, señalando de término el que avia de este dia hasta 25 de Marzo, Domingo felicísimo, en que el divino Jesus bajando del seno de su Eterno Padre al profundo valle de umildad de la purísima Vírgen María, vino á darnos nueva ley de gracia, escrita en dos tablas de piedra yncorrutible de su palabra, y obras, tiempo acomodado á la ocasion en que su santa ley de ffé católica ollava los Cuellos de los que dejaban la luz, y ley de gracia, por las sobras de la ley escripta, la figura por lo fijurado, y por la casa del mal labrado évano, la coluna de nevado marfil y terso marmol; así que para mayor solenidad se elijió este dia tan acomodado y nacido para el hacto que en él se avia de celebrar.
En el qual para el seguro de que no hubiese fuga yn ausencia por los presos que avian de ser penitenciados, se destribuyó por los Sres. Inquisidores, las noches de cada semana, entre los familiares, para que en cada una de ellas velasen por su órden las calles, quadras y prisiones de su casa, hasta el dia del auto, lo qual hizo y cumplió muy cavalmente, haciendo cuerpo de guardia en el saguan de la Inquisición, donde cada familiar procuró aventajarse la noche que le cupo llevando en su compañía jente luzida y noble, de donde á la luz de muchos fuegos que se hacian se repartian á hacer su vela, estorbando el paso á la jente que iva con armas no conocida.
No causó poca admiracion á la Ciudad, ver que eran ya 10 de Marzo, y no se trataba de hacer el cadalso, entendiendo por esto, que no sería tan suntuoso ni para tanta jente como despues pareció, y la causa de esto fué, porque dentro, en las casas del Sancto Oficio, en una de sus plazas, la mas secreta, avia gran número de oficiales, hasí de carpintería como de pintura, obrando lo mas esencial y de momento, para su ornato, á la sombra de una sala grande que para su guarda se avia edificado con acuerdo y parecer de los Sres. Inquisidores, por escusar costas y gastos que en semejantes ocasiones se podia ofrecer adelante, y aprovechar en ellas las que el presente les avia causado, de donde á su tiempo se ivan llevando al cadalso segun era necesario, el qual cadalso se comenzó hacer á los 12 de este mes, casi en el comedio y arrimado á los portales de los mercaderes y sederos en la plaza pública de esta Ciudad.
Y luego el segundo Domingo de quaresma, que fué el de la Trasfiguracion del Señor, 18 de Marzo, se publicó el edicto de la fé en la Catedral de esta Ciudad, al qual ocurrió la mas jente que sufrió la capacidad de la Iglesia y la autorizó con su presencia el Ilustrísimo conde de Monte Rey, virey de esta nueva España, teniendo el sitial en la capilla mayor de ella, asiento el Sto. oficio de la Inquisicion, y habiéndose sentado comenzaron los oficios divinos, y antes del sermon, se leió el Edicto, y predicó el Provincial de los Franciscos, Fray Buenabentura de Paredes, hombre doctísimo y digno del sermon, por su mucha cristiandad y erudicion y eloquencia en alabanza de la festividad y ensalsamiento de las obras del Sancto Oficio para gran confusion de los enemigos de nuestra santa ffé cathólica.
El sábado siguiente, 24 de Marzo, á medio dia, se acabó la hobra del cadalso y su ornato, el qual era dividido en dos partes iguales, de 60 varas en largo y 30 de ancho, aunque la primera parte era mas alta que la segunda cantidad de una vara, respecto de que la gente pudiese ver y gozar de todo lo que en ella obiese, y esta division hacian una calle de ancho de 10 varas, para que la gente pudiese pasar de un lado á otro: esta primera parte tenia de alto 4 varas, y la segunda tres, y ambas se formaron sobre gruesos pilastrones de madera, fortificados con otros atravesados, que hacian labor de claraboyas y sobre las puntas sus traviesas de buenas vigas, en las quales se yso el planice pro cuyos lados en circuito, hazian los tablados una ceja de ancho de una vara, porque la gente no subiese arriba por los pilastrones, y ambas partes cercavan por lo alto unas muy lucidas barandas pintadas sobre campo blanco de amarillo, escurecido con pardo y negro. Y á esta primera parte se subia por una escalera sercada, juntas bigas á modo de aposento, de ancho de 2 varas, que tenia 18 gradas muy fuertes y bien labradas, á la qual se entrava por una puerta grande y fuerte, adornada de buena clavason, y por la parte dentro con su serrojo y llave, y á este modo tenia otro el tablado de la segunda parte, salvo que la escalera tenia 14 gradas, ambas acian frente á la calle de Sancto Domingo, y á los lados de estas escaleras se formaron dos aposentos de madera, devajo de la primera y segunda parte, cada uno: algo espacioso, con sus puertas, y lovas que avian de servir de cárceles para la gente descomedida y descompuesta que se prendiese el dia del auto.
Desde la puerta de la primera parte se hizo un palenque que de 80 varas de largo y seis de ancho, porque la gente no estorvase su entrada, y á los lados de la puerta avia hechos poyos para en que se apeasen en él, Santo Oficio, virey, audiencia y demas gente de á cavallo que los acompañase, porque los cavallos no se estorvasen al apearse unos con otros, se hizo al lado de los portales un apartamiento, por donde saliesen, y al modo de este palenque se hizo otro á la puerta de la segunda parte, que su largo será de 80 varas, y el ancho de 6, por el qual se avian de entrar los penitentes á su tablado, y á los colaterales del cadahalso se hicieron 2 tablados para cabildos eclesiástico y seglar, cada qual con sus asientos, muy bien aderesados, que con su compañía le hacia de muy gran majestad.
Al principio, y sobre esta primera parte que hacia muro con los portales de los mercaderes, hácia Oriente, se levantó un medio Teatro del ancho del tablado, cuya subida tenia 12 gradas divididas en tres partes y pendientes las unas de las otras, y las de su mitad sobrepujaban á las de las otras casi media vara y tenían de ancho 2 varas, por las cuales podian subir tres personas juntas, y por los lados subian unas barandas de 3 quartas de alto y daban vuelta á las Tribunas que serán de media vara, y el planice tenia el largo de todas las gradas y 4 varas de ancho, en cuyos lados y estremos avia 2 Pedrestales prolongados que cada uno recibia en sí dos colunas quadradas de horden dórico, de alto de 4 varas, en cuyos lissos avia pintados unos escudos de muy buen artificio con las armas que luego se dirán, y las basas y capiteles corria su cornisamento proporcionado á las colunas, y por ellas un bien labrado friso, en cuyo campo se leyan en letras latinas grandes, estas palabras: «Veritas stabit et fides convalescet Esdras. Lib. 4.º, cap. 7.º, vers. 34,—que mostraban la majestad de este lugar, hablando con los herejes y penitenciados, como quien les decia; la verdad permanecerá, y será firme y estable, y prevalecerá la fé con triunfo glorioso para vuestra confusión y desengaño, en confirmación de la verdad que siguen los fieles.
Y los costados de este cornisamento se labraron costosamente, con mucho primor; y en este friso habia puestos por su órden, cuatro escudos, en los quales y en los de las colunas se pintaron las armas siguientes: En los primeros un cuchillo ensangrentado, que hacia forma de cruz con una hacha de armas, y entre ellos una palma, con tres coronas, doradas, armas del glorioso Sant Pedro mártir, cuidadoso protector de la fé, y primer inquisidor de la Iglesia Católica.
Los segundos, un brazo con sus brazaletes y grevas, y en la mano empuñada una cruz, por cuyo pié servia un glovo de mundo, y empresa digna de las obras del Sancto Oficio, y por orla un círculo redondo, en cuyo campo se leyan en letras latinas «Exurje. Domine. Iudica. Causam. Tuam.» Los terceros tenian unas llaves cruzadas enseñando en el ángulo de arriba una tiara con 3 coronas, ensignias debidas á la potestad Apostólica. Los quartos tenian los armas del glorioso Padre Sancto Domingo, todos ellos adornados de varios y agradables colores que hermoseaban con gran majestad.
Devajo del friso se formaba un buen espacio hueco de quatro varas, el qual dividian en dos partes iguales, por su longitud, unos doseles de terciopelo negro y damasco amarillo, que hacian muralla hasta salir á recibir las colunas y el cielo abierto.
De los mismos doseles y en la frente del Tribunal, estaba un dosel con su cielo de terciopelo negro, con senefas de brocado de tres altos, bien guarnecido de oro y seda, en cuyo campo de sutilísimas y graciosas bordaduras descubria un muy gracioso escudo grande, adornado de oro y matices de sedas de colores que su grande primor hacia que á la vista parecian de pincel, y en su campo las armas reales, y en lugar de coronel una imperial corona, y á sus lados como por guarda y por la suya, dos ángeles de muy prima y artificiosa labor, que con sus dos manos tenian asido el escudo, y en las otras dos, la derecha del uno tenia una oliva, y la izquierda del otro una espada, insignias de la justicia acompañada de la misericordia que este Sancto Tribunal luce en sus causas, y sobre este escudo estaba otro algo mas pequeño, y no de menos primor, con las armas del Sancto Oficio, en cuya cruz estaba un Cristo muy devocto, bordado; y este dosel se apreció de toda costa en cinco mil pesos, y se acabó para este dia y ministerio, y su campo ocupaban tres sillas, sobre muy ricas alfombras.
La primera de mano derecha con guarnición de terciopelo negro, flecos, y franjones de oro y seda, y en su asiento un cojin de terciopelo y otro á los piés para el Sr. Virey.
Las dos guarnecidas de cordovan negro, para los Inquisidores, con otras doce de lo mismo, repartidas seis en cada lado del dosel para la Real Audiencia, y todas con clavazon dorada.
Por los lados de este dosel se entraba á la otra mitad del hueco, en la qual havia una escalera de cinco gradas, con varandas á los lados, por la qual se descendia á una ventana de las casas de los Portales que para este efecto se abrió á modo de puerta, por donde se avajaba por otras tres gradas al suelo de tres salas grandes, que estaban muy costosamente aderezadas en esta manera.
La primera se aderezó con dosel de terciopelo y damasco carmesí, y el techo de lo mismo, cubierto el suelo de alfombras muy ricas de oro y seda, y en el comedio del lado principal estaba un dosel con su cielo de terciopelo carmesí, sanefas de vrocado y guarnecido de oro y seda, en cuyo campo estaba una devota figura de Jesucristo Nuestro Señor, en una cruz de asavachado évano, jaspeado á modo de taracea con clavos de oro, cubierto con un velo costosísimo, y á sus piés una silla guarnecida de terciopelo carmesí y clavazon dorada, fluecos y franjas de oro y seda, y á un lado del dosel estaba un catre con colchones de damasco carmesí, cubierto con una sobrecama de damasco carmesí y sanefas de vrocado, guarnecida con franjones, fluecos y borlas de oro y seda, con almohadas y acericos de olanda, labrados de labores muy primas y costosas con muchos matices de sedas para este efecto, el qual cubria una cama de damasco carmesí, cortinas dobladas de lo mismo, aforradas de tafetan carmesí, cuyas faces cayan dentro y fuera con sanefas y rodapiés de brocado, guarnecida de alamares, fluecos y botones de oro y seda, y á la cabecera un Agnus Dei grande guarnecido de chapas de oro de mucha estima, y á un lado de ella estaba un bufete con sobremesa de damasco carmesí y sanefas de vrocado bien guarnecida, y otro de la misma suerte al lado del dosel, y al de la cama estaba una caja de tres cuartas de alto y poco menos de ancho, aforrada en terciopelo carmesí; por la parte de afuera y por la de dentro, en damasco: devajo de cuya tapa estaba otra aforrada y colchada de raso carmesí, y en su mitad un círculo vacío que caya sobre un vaso guarnecido con pasamanos de oro, chapas, visagras, cerradura, tachuelas y llave dorada; y á su modo otro menor con un vaso de vidrio y la misma guarnicion con cordones de seda y oro con sus borlas, que se hizo para prevencion de la necesidad humana que se podria ofrecer en semejantes ocasiones. De mucha curiosidad y costo, junto á ella un bufete de plata, atravesado en él un paño de manos, labrado curiosamente de oro y seda carmesí.
Y la ventana de esta sala tenia un encerado curioso, porque la gente del tablado no las enseñorease, la qual sala se cerró con llave y se entregó á un paje de cámara del Virey, todo lo qual no se estrenó hasta este dia.
La sigunda sala se aderezó con doseles de terciopelo carmesí, como la primera, adornada de cantidad de sillas imperiales, y dos bufetes con sobremesa de damasco y senefas de terciopelo carmesí, que será paso del Virey para la primera.
La tercera sala se aderezó de paños de corte de muncha estima, dejando por los lados principales unos vacíos angostos á la larga, en los cuales se formaron con doseles ocho retretes apartados, y cada uno ocupaba un vaso; y el suelo de estas dos salas estaba cubierto de alfombras muy ricas.
Y volviendo al cadalso por las gradas y planicie de la primera parte, que todo estaba adornado de alfombras ricas y puestas con mucho órden y concierto. Al lado derecho dél estaba una mesa de dos varas de largo y una vara y cuarta de ancho, desviada de las gradas otras dos varas, con una sobremesa de terciopelo negro y sanefas de vrocado, bien guarnecida, correspondiente al dosel del Tribunal, y en cada uno de sus quatro lados tenía tres escudos, bordados de oro y seda de varios colores muy costosos sobre las sanefas en cuyos campos estaban bordadas las armas del Sancto Oficio que la hermoseaban maravillosamente, y junto á ella un banco de espaldar, lugar y asiento para el Secretario de este Sancto Tribunal, y á su lado, en todo lo restante de la mitad de la primera parte, habia puestos con buen órden veinte vancos grandes, á la larga, y los delanteros cubiertos de alfombras para los Ministros mayores y abogados del Sancto Oficio, y los demas para el consulado, oficiales reales, religiosos caballeros y gente principal. Y al lado izquierdo avia otros veinte vancos desviados de las gradas dos varas con la misma orden y compostura que los demas; lugar para los caballeros de la casa del Virey, y Religiosos y gente principal. De suerte que la mesa y bancos por un lado y otro, formaban un pasadiso en frente de las gradas de subida del Tribunal, y del mismo ancho para si se ofreciese vajar uno de los Sres. Inquisidores el dia del auto á recibir alguna declaración de relajados, como suele acontecer y aconteció este dia.
Llegava esta calle hasta el fin de la primera parte, en cuyas esquinas y remates estaban puestos dos púlpitos quadrados, de buena altura, guarnecidos con sus molduras y cejas, en las quales recibian sobre bien labrados balaustres, unas cúpulas ó medias naranjas, á fin de que la voz del relator no se fuese por alto y se oyese la pronunciacion y letura en lo bajo; pintadas por la órden de las varandas y colunas del Tribunal que autorizaban y hermoseavan el cadalso maravillosamente, y el púlpito de mano derecha se aderezó con ornatos de terciopelo y brocado negro, bien guarnecido y bordado, para predicar en él la palabra divina el dia del auto. Y desde el fin de esta primera parte se hizo un pasadizo correspondiente al que formavan los vancos; sobre fuertes pilastrones que atravesaban la calle que dividia estas dos partes del cadalso con sus varandas á los lados de la misma pintura; que llegaba al principio y comedio de la sigunda parte, de ancho de tres varas, en cuya mitad se levantó una peaña de tres gradas, donde avian de subir los penitentes á hoir sus sentencias, dejando espacio por los lados para que se pudiesen pasar de una parte á otra, sin ofensa de la peaña. Al principio de esta sigunda parte formavan las varandas del pasadiso, en cada lado, un hueco de vara y quarta en cuadro: en el del lado derecho del Tribunal, estaba una silla, asiento para el alguacil mayor del Sancto Oficio; y el del lado izquierdo ocupava un vanco mas ó asiento para los alcaides de las cárceles secretas y perpetua, á cuyo cargo era traer á la peaña los penitentes como se ivan llamando.
Y por que como está declarado, la primera parte era mas alta que la sigunda, una vara, lo restante al pasadiso hasta llegar al medio piramide, que al fin de ella se formó de gradas para los penitentes, se hizo sobre vancos de poco mas de 3 quartas de alto, y 2 de ancho, por el qual proseguian las varandas, asta una vara antes del piramide, por cuyos lados avia unas escaleras pequeñas, de 3 gradas, por donde se descendia al planicie del Tablado, cuyos vacíos ocupaban veinte vancos grandes, hasientos para los familiares padrinos de los penitentes; y 4 varas antes de sitio desta segunda parte se formó un medio piramide que asia frente el Tribunal, y su largo atravesaba todo el ancho del tablado, dividido en 3 partes, á modo de las gradas del Tribunal, fijadas sobre fuertes pilastres con doce gradas que subian desminuyendose hasta su estremidad, que será de vara y quarta en cuadro, la qual hasia hasiento sobre un grueso morillo que subia por el remate y comedio de esta segunda parte, y su hueco se serró de tablas bien clavadas, á fin de que en él se avia de enserrar vastimentos, agua y otras cosas, prevenciones para los penitentes, si dellas tuviesen necesidad el dia del aucto, y por los lados de estas gradas suvian asta su estremidad las varandas que cercavan el planicie de los tablados y las acompañavan; de suerte que hacian lavor muy agradable á la vista, y en las esquinas y rincones de las barandas se pusieron unos pilastrones, que se ligavan con las molduras de las varandas y basas y cornisas pintadas como lo demas; y á los remates de las escaleras del pasadiso en el antepecho del pirámide, avia dos puertas de á vara por donde se entraba á su hueco.
Todo lo qual cubria la obra de una vela de anjeo nueva que los Sres. Inquisidores mandaron haser de 2450 varas, para resistencia del gran sol que por este tiempo hace en esta ciudad, que su largo tenia 68 varas, y el ancho 34, obrada con gran primor y artificio, por manos de muy diestros maestros, hasta dejarla puesta y amarrada por fuertes presillas á 48 morillos altos y gruesos que con mucha igualdad y órden cercavan el cadalso, desviados dél por los lados 4 varas, y de morillo á morillo avia 2 varas, la qual subieron por unos carrillos que igualmente tenia cada morillo, y por lo alto con muy fuertes sogas, duplicadas las unas para este efecto y las otras para hamarrar sus cabezas á poco menos de la mitad del alto de otros 3 morillos, que por cada lado, y en frente de su comedio, á 50 pasos, se pusieron con el órden que los demas, porque el viento con la grandeza y fuga de la vela no los descompusiese de la igualdad y concierto que tenian; y fué cosa de ver, que aunque hizo munchos vientos durante el tiempo que estuvo puesta, estuvieron tan firmes, y la vela tan tirante, que causó admiracion el gran ingenio y artificios con que se puso: la qual por lo alto del Tribunal tenia un enserado de anjeo de 15 varas de largo y 10 de ancho, y entre ella y el enserado se pusieron cantidad de esteras de palma, para dos efectos, el uno para mas resistencia del sol al Tribunal, y el otro para defensa del agua si lloviese, y por grandeza y loor de este cadalso, y de su traza y compostura, digo que á dicho de muchas personas fidedinas que han andado muncha parte de la cristiandad, donde han visto gran cantidad de cadalsos, dicen no haber sido ninguno semejante á su mucha majestad y hermosura.
Este dia mandaron á pregonar los Sres. Inquisidores, que ninguna persona de cualquier estado ó condicion, no se atreviese á subir al cadalso el dia del auto, sin su licencia, so pena de escomunion; y fué tanta la compostura y quietud de la gente (con esto), que no fueron menester las carceles, y solo el Notario Pedro de Fonseca tuvo cargo de ambas puertas, y de dar asiento á cada uno, y de acudir á otras cosas menesterosas en el cadalso en el dia del auto, que es una de las grandezas dignas que en este Reyno se tienen á los mandatos del Santo Oficio.