XII
—¿Qué haremos con los prisioneros?—preguntó uno de los oficiales á Cortés.
—Nunca será bien, si aun Dios nos tiene reservado el acabar esta empresa, que quede con vida el que ha sido el Rey de estos idólatras, ni ninguno de los que se llaman nobles ó caciques[8].
Tonatiut con un semblante torvo se presentó en el salón donde estaba Moctezuma y sus nobles, alumbrado escasamente y á intervalos por una hoguera de ocote media apagada.
—Acabad con estos bárbaros que tratan todavía de sacrificarnos, y echadlos por la azotea á la calle, sobre la Tortuga de piedra, para que toda la ciudad se entretenga, y cerciorados los indios de que están muertos, no nos estorben el paso.
Los indios se estremecieron y quisieron huir, ¿adónde? Se pusieron en pie y esperaron la muerte resueltamente. El Emperador apenas levantó la cabeza.
Los soldados sacaron los estoques y comenzaron á herir á todos los que allí estaban. A Moctezuma le dieron cinco puñaladas[9]. Concluida la matanza sacaron los cadáveres y los arrojaron por la azotea sobre la gran Tortuga, que estaba en la esquina de la fortaleza, y se incorporaron al resto de la tropa que avanzaba lentamente entre la lluvia y las tinieblas, resbalando en el lodo y en la sangre de las calles.
XICOTENCATL[10]
Atravesaba el pequeño ejército de Hernán Cortés la soberbia muralla de Tlaxcala que defendía la frontera oriental de aquella indómita República.
Los soldados se detenían mirando con asombro aquel monumento gigantesco, que según la expresión de Prescott «tan alta idea sugería del poder y fuerza del pueblo que le había levantado.»
Pero aquel paso, aquella fortaleza, cuya custodia tenían encargada los othomís, estaba entonces desguarnecida. El general español se puso á la cabeza de su caballería, é hizo atravesar por allí á sus soldados, exclamando lleno de fe y entusiasmo: «Soldados, adelante, la Cruz es nuestra bandera, y bajo esta señal venceremos:» y los guerreros españoles hollaron el suelo de la libre República de Tlaxcalan.
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* *
El ejército español y sus aliados los Zempoaltecas caminaban ordenadamente; Cortés con sus jinetes llevaba la vanguardia; los Zempoaltecas la retaguardia. Aquella columna atravesando la desierta llanura, parecía una serpiente monstruosa con la cabeza guarnecida de brillantes escamas de acero, y el cuerpo cubierto de pintadas y vistosas plumas.
Cortés caminaba pensativo: el tenaz fruncimiento de su entrecejo, indicaba su profunda meditación: mil encontradas ideas y mil desacordes pensamientos debían luchar en el alma de aquel osado capitán, que con un puñado de hombres se lanzaba á acometer la empresa más grande que registra la historia en sus anales.
Reinaba el silencio más profundo en la columna, y sólo se escuchaba el ruido sordo y confuso de las pisadas de los caballos.
De cuando en cuando, Cortés se levantaba sobre los estribos y dirigía ardientes miradas, como intentando descubrir algo á lo lejos: así permanecía algunos momentos, nada alcanzaba á ver, y volvía silenciosamente á caer en su meditación.
¿Qué esperaba, qué temía aquel hombre que procuraba así sondear los dilatados horizontes?—Esperaba la vuelta de sus embajadores: temía la resolución del gobierno de la República de Tlaxcala.
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Cuando Cortés determinó pasar con su ejército á la capital del imperio de Moteuczoma, vaciló sobre el camino que debía llevar; era su intención dejar á un lado la República de Tlaxcala y tomar el camino de Cholula, país sometido al imperio de México y en donde esperaba encontrar favorable acogida, por las relaciones de amistad que le unían yá con el emperador Moteuczoma.
Pero sus aliados los Zempoaltecas le aconsejaron otra cosa. Tlaxcala era una República independiente y libre; sus hijos, belicosos é indomables, no habían consentido nunca el yugo del imperio Azteca, vencedores en las llanuras de Poyauhtlan: vencedores de Axayacatl, y vencedores después de Moteuczoma, el amor á su patria les había hecho invencibles y les constituía irreconciliables enemigos de los mexicanos: los Zempoaltecas aconsejaron á Cortés que procurase hacer alianza con los de Tlaxcala, abonando encarecidamente el valor y la lealtad de aquellos hombres.
Comprendió Cortés que sus aliados tenían razón, y tomó decididamente el camino de Tlaxcala, enviando delante de sí como embajadores á cuatro Zempoaltecas para hablar al senado de Tlaxcala, con un presente marcial que consistía en un casco de género carmesí, una espada y una ballesta, y portadores de una carta en la que encomiaba el valor de los Tlaxcaltecas, su constancia y su amor á la patria, y concluía proponiéndoles una alianza con objeto de humillar y castigar al soberbio emperador de México.
Los embajadores partieron; Cortés continuó su camino, atravesó la gran muralla tlaxcalteca y penetró en el terreno de la República, sin que aquéllos hubieran vuelto á dar noticia de su embajada.
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El ejército español avanzaba con rapidez; el general seguía cada momento más inquieto: por fin no pudo contenerse, puso al galope su caballo, y una partida de jinetes le imitó, y algunos peones aceleraron el paso para acompañarle; así caminaron algún tiempo explorando el terreno: de repente alcanzaron á ver una pequeña partida de indios armados que echaban á huir cuando vieron acercarse á los españoles: los jinetes se lanzaron en su persecución, y muy pronto alcanzaron á los fugitivos; pero éstos, en vez de aterrorizarse por el extraño aspecto de los caballos, hicieron frente á los españoles y se prepararon á combatir.
Aquel puñado de valientes hubiera sido arrollado por la caballería, si en el mismo momento un poderoso refuerzo no hubiera aparecido en su auxilio.
Los españoles se detuvieron, y Cortés envió uno de su comitiva para avisar á su ejército que apresurase la marcha. Entretanto los indios disparando sus flechas se arrojaron sobre los españoles, procurando romper sus lanzas y arrancar á los jinetes de los caballos; dos de éstos fueron muertos en aquella refriega, y degollados para llevarse las cabezas como trofeos de guerra.
Rudo y desigual era el combate, y mal lo hubieran pasado los españoles que allí acompañaban á Cortés, á no haber llegado en su socorro el resto del ejército: desplegóse la infantería en batalla, y las descargas de los mosquetes y el terrible estruendo de las armas de fuego que por primera vez se escuchaba en aquellas regiones, contuvieron á los enemigos que retirándose en buen orden y sin dar muestra ninguna de pavor, dejaron á los cristianos dueños del lugar del combate.
Sobre aquel terreno se detuvieron los españoles, acampando, como señal del triunfo, sobre el mismo campo de batalla.
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Dos enviados Tlaxcaltecas y dos de los embajadores de Cortés se presentaron entonces para manifestar, en nombre de la República, la desaprobación del ataque que habían recibido los españoles, y ofreciendo á éstos que serían bien recibidos en la ciudad.
Cortés creyó ó fingió creer en la buena fe de aquellas palabras: cerró la noche y el ejército se recogió, sin perderse un momento la vigilancia.
Amaneció el siguiente día, que era el 2 de septiembre de 1519, y el ejército de los cristianos, acompañado de tres mil aliados, se puso en marcha, después de haber asistido devotamente á la misa que celebró uno de los capellanes.
Rompían la marcha los jinetes, de tres en fondo, á la cabeza de los cuales iba como siempre el denodado Cortés.
No habían avanzado aún mucho terreno, cuando salieron á su encuentro los otros dos Zempoaltecas, embajadores de Cortés, anunciándole que el general Xicoténcatl les esperaba con un poderoso ejército y decidido á estorbarles el paso á todo trance.
En efecto, á pocos momentos una gran masa de Tlaxcaltecas se presentó blandiendo sus armas y lanzando alaridos guerreros.
Cortés quiso parlamentar, pero aquellos hombres nada escucharon, y una lluvia de dardos, de piedras y de flechas vino á rebotar, como única contestación, sobre los férreos arneses de los españoles.
«Santiago y á ellos,» gritó Cortés con ronca voz, y los jinetes bajando las lanzas arremetieron á aquella cerrada multitud.
Los Tlaxcaltecas comenzaron á retirarse: los españoles, ciegos por el ardor del combate, comenzaron á perseguirlos, y así llegaron hasta un desfiladero cortado por un arroyo, en donde era imposible que maniobrasen la artillería ni los jinetes.
Cortés comprendió lo difícil de su situación, y con un esfuerzo desesperado logró salir de aquella garganta y descender á la llanura.
Pero entonces sus asombrados ojos contemplaron allí un ejército de Tlaxcaltecas, que su imaginación multiplicaba: era el ejército de Xicoténcatl que esperaba con ansia el momento del combate.
Sobre aquella multitud confusa se levantaba la bandera del joven general; era la enseña de la casa de Tittcala, una garza sobre una roca, y las plumas y las mallas de los combatientes, amarillas y rojas, indicaban también que eran los guerreros de Xicoténcatl.
Sonaron los teponaxtles, se escuchó el alarido de guerra y comenzó un terrible combate.
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Era Xicoténcatl, el jefe de aquel ejército, un joven hijo de uno de los ancianos más respetables entre los que componían el senado de Tlaxcala.
De formas hercúleas, de andar majestuoso, de semblante agradable, sus ojos negros y brillantes parecían penetrar, en los momentos de meditación del caudillo, los oscuros misterios del porvenir, y sobre su frente ancha y despejada no se hubiera atrevido á cruzar nunca un pensamiento de traición, como un pájaro nocturno no se atreve nunca á cruzar por un cielo sereno y alumbrado por la luz del día.
Xicoténcatl era un hermoso tipo, su elevado pecho estaba cubierto por una ajustada y gruesa cota de algodón sobre la que brillaba una rica coraza de escamas de oro y plata; defendía su cabeza un casco que remedaba la cabeza de un águila cubierta de oro y salpicada de piedras preciosas, y sobre el cual ondeaba un soberbio penacho de plumas rojas y amarillas: una especie de tunicela de algodón bordada de leves plumas, también rojas y amarillas, descendía hasta cerca de la rodilla; sus nervudos brazos mostraban ricos brazaletes, y sobre sus robustas espaldas descansaba un pequeño manto, formado también de un tejido de exquisitas plumas.
Llevaba en la mano derecha una pesada maza de madera erizada de puntas de itztli, y en el brazo izquierdo un escudo, en el que estaban pintadas como divisa las armas de la casa de Tittcala, y del cual pendía un rico penacho de plumas. Xicoténcatl, con ese fantástico y hermoso traje, hubiera podido tomarse por uno de esos semidioses de la Mitología griega: todo el ejército Tlaxcalteca le obedecía, y era él, el alma guerrera de aquella República, la encarnación del patriotismo y del valor; y era él, el que despreciando las fabulosas consejas que hacían de los españoles divinidades invencibles é hijos del sol, conducía las huestes de la República al encuentro de aquellos extranjeros, despreciando los cobardes consejos del viejo Maxixcatzin que quería la paz con los cristianos, y sin intimidarse de que éstos manejaban el rayo y caminaban sobre monstruos feroces y desconocidos.
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* *
El choque fué terrible: un día entero duró aquel combate, y Xicoténcatl, que había perdido en él ocho de sus más valientes capitanes, tuvo que retirarse, pero sin creer por esto que había sido vencido, y esperando el nuevo día para dar una nueva batalla.
Cortés recogió sus heridos, y sin pérdida de tiempo continuó su marcha hasta llegar al cerro de Tzompatchtepetl, en cuya cima un templo le prestó asilo para el descanso de aquella noche.
Los soldados cristianos y sus aliados celebraban la victoria. Cortés comprendió lo efímero del triunfo. La inquietud devoraba su pecho.
Se dió un día de descanso á las tropas.
Xicoténcatl acampó también muy cerca de Cortés, y se preparaba, lo mismo que los españoles, á combatir de nuevo.
Sin embargo, el general español quiso probar aún la benignidad y los medios de conciliación, enviando nuevos embajadores á proponer á Xicoténcatl un armisticio.
Los embajadores volvieron con la respuesta del joven caudillo: era un reto á muerte y una amenaza de atacar al siguiente día los cuarteles.
Cortés reflexionó que su situación era comprometida, y decidió salir á buscar en la mañana siguiente á los Tlaxcaltecas.
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Brilló la aurora del 5 de septiembre de 1519. El sol apareció despues puro y sereno, y á su luz comenzaron á desfilar peones y jinetes.
Su marcha era ordenada y silenciosa como de costumbre: cada uno de los soldados esperaba el combate de un momento á otro, y todos sabían ya que su valeroso general los llevaba á atacar resueltamente el campamento del ejército de Xicoténcatl.
Apenas habrían caminado un cuarto de legua, cuando aquel ejército apareció á su vista en una extendida pradera.
El espectáculo era sorprendente.
Un océano de plumas de mil colores que ondulaban á merced del fresco viento de la mañana, y entre el que brillaban como las fosforescencias del mar en una noche tempestuosa, los arneses de oro y plata y las joyas preciosas de los cascos de los guerreros Tlaxcaltecas, heridos por la luz del nuevo día.
En el horizonte, perdiéndose entre la bruma las banderas y pendones de los distintos caciques Othomís y Tlaxcaltecas, y dominándolo todo, orgullosa, el águila de oro con las alas abiertas, emblema de la indómita República.
Al presentarse el ejército de Cortés, aquella multitud se estremeció, y un espantoso alarido atronó los vientos, y los ecos de las montañas lo repitieron confusamente.
El monótono sonido de los teponaxtles contestó aquel alarido de guerra: los guerreros indios se agitaron un momento, y después, como un torrente que se desborda, aquella muchedumbre se lanzó sobre los españoles.
No hubo uno solo de aquellos valientes pechos castellanos, que no sintiera un estremecimiento de pavor.
El ejército de Xicoténcatl avanzaba rápidamente levantando un inmenso torbellino de polvo, que flotaba después sobre ambos ejércitos, como un dosel, al través del cual cruzaban tristes y amarillentos los rayos del sol.
Aquella era una hirviente catarata de hombres, de armas, de plumas, de joyas y de estandartes.
Levantóse un rugido como el de una tempestad: los gritos de los combatientes que se miraban á cada momento más cerca, se mezclaban con el estrépito de las armas de fuego, el silbido de las flechas, los sonidos de los teponaxtles, y de los pífanos y de los atabales.
Los dos ejércitos se encontraron, y se estrecharon y se enlazaron, como dos luchadores.
Pasó entonces una escena espantosa, indescriptible.
Ni los caballeros ni los infantes podían maniobrar.
Se escuchaban los golpes sordos de los aceros de los españoles sobre el desnudo pecho de los indios, y como el ruido del granizo que azota una roca, el golpe de las flechas sobre las armaduras de hierro de los soldados de Cortés.
Aquella carnicería no puede ni explicarse ni comprenderse.
Las balas de los cañones y de los arcabuces se incrustaban en una espesa muralla de carne humana, y la sangre corría como el agua de los arroyos.
Era una especie de hervor siniestro de combatientes que se alzaban, y desaparecían unos bajo los pies de los otros, para convertirse en fango sangriento.
La traición vino en ayuda de los españoles, y un cacique de los que militaban á las órdenes de Xicoténcatl huyó llevándose diez mil combatientes, y la victoria se decidió por los cristianos.
*
* *
El pueblo y el senado de Tlaxcalan se desalentaron con la derrota. Xicoténcatl sintió en su corazón avivarse el entusiasmo y el amor á la patria.
Las almas grandes son como el acero: se templan en el fuego.
Xicoténcatl contaba con el sacerdocio, y los sacerdotes dijeron al pueblo y al senado que los cristianos, protegidos por el sol, debían ser atacados durante la noche.
Y el pueblo y el senado creyeron.
Llegó la noche y Xicoténcatl condujo sus huestes al ataque de los cuarteles de los españoles.
Cortés velaba, y entre las sombras miró las negras masas del ejército Tlaxcalteca que se acercaban, y puso en pie á sus soldados.
Xicoténcatl llegó hasta el campo atrincherado de los españoles: un paso los separaba ya, cuando repentinamente una faja de luz roja ciñó el campamento, y el estampido de las armas de fuego despertó el eco de los montes.
Los Tlaxcaltecas atacaban con furor; pero en esta vez como en otras, los cañones y los arcabuces dieron la victoria á Cortés.
El senado de Tlaxcalan culpó la indomable constancia del joven caudillo, y le obligó á deponer las armas.
Los españoles entraron triunfantes á Tlaxcalan.
El águila de aquella República lanzó un grito de duelo y huyó á las montañas.
El senado de la República, que nada había hecho en favor de la independencia de la patria, temeroso del enojo de los conquistadores, destituyó al joven caudillo; pero el espíritu grande de Hernán Cortés sintió lo profundamente ingrato de la conducta del senado, é interpuso su valimiento para que Xicoténcatl fuese restituído en sus honores.
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* *
Eran los primeros dias de marzo de 1521. Cortés volvía sobre la capital del imperio Azteca, de donde había salido fugitivo y casi derrotado en la célebre noche triste, con un ejército poderoso compuesto de españoles y aliados, como se llamaban á los naturales del país.
En las filas de los Tlaxcaltecas circulaban noticias alarmantes. Xicoténcatl había desaparecido del campo, y según la opinión general, aquella separación era provenida del mal trato que los españoles daban á sus aliados, y sobre todo del odio que Xicoténcatl profesaba á esta alianza.
Dióse la orden para que los Tlaxcaltecas se dirigieran para Tlacopan con objeto de comenzar las operaciones del sitio, y los Tlaxcaltecas emprendieron el camino, dejando á la ciudad de Texcoco, en donde sin saber para quién, pero con gran terror, habían visto preparar una grande horca.
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* *
Estamos en Texcoco.
El sol se ponía detrás de los montes que forman como un engaste á las cristalinas aguas del lago: la tarde estaba serena y apacible.
Por el camino de Tlaxcalan llegaba un grupo de peones y jinetes conduciendo en medio de sus filas á un prisionero, que caminaba tan orgullosamente como si él viniera mandando aquella tropa.
Atravesaron sin detenerse algunas de las calles de la ciudad, y se dirigieron sin vacilar á la grande horca colocada cerca de la orilla del lago.
El prisionero miró la horca; comprendió la suerte que le esperaba, pero no se estremeció siquiera.
Porque aquel hombre era Xicoténcatl, y Xicoténcatl no sabía temblar ante la muerte.
Los españoles le notificaron su sentencia: debía morir por haber abandonado sus banderas, por haber dado este mal ejemplo á los fieles Tlaxcaltecas.
Xicoténcatl, que comenzaba ya á comprender el español, contestó la sentencia con una sonrisa de desprecio.
Entonces se arrojaron sobre él y le ataron.
*
* *
La pálida y melancólica luz de la luna que se ocultaba en el horizonte, rielando sobre la superficie tranquila de la laguna, alumbró un cuadro de muerte.
El caudillo de Tlaxcala, el héroe de la independencia de aquella República, espiraba suspendido de una horca, al pie de la cual los soldados de Cortés le contemplaban con admiración.
A lo lejos, algunos Tlaxcaltecas huían espantados, porque aquel era el patíbulo de la libertad de una nación.
CUAUHTIMOC
I
Los tres Reyes
Poco tiempo después de la salida de los españoles en la memorable Noche Triste, se comenzó á notar en los barrios de la ciudad una horrorosa enfermedad, antes desconocida entre los aztecas. Los médicos hacían uso de cuantas plantas benéficas conocían y de cuantos sortilegios les sugería la superstición, y todo era ineficaz. Los jóvenes y los niños eran atacados repentinamente de unas pústulas rojas que se sobreponían en el cuerpo las unas á las otras como los botones de una piña, y en breve tiempo los ojos, las narices, la boca, los carrillos no formaban sino un conjunto deforme, rojo y candente, como si con un fierro ardiendo hubiesen los verdugos marcado á la víctima. La mayor parte morían á los cuatro ó cinco días devorados por una fiebre ardiente, y dejando en el lecho los pedazos de sus carnes. Eran las viruelas, que como el primero y más funesto presente de la Europa, regalaba á la raza indígena un negro que vino entre las gentes de Pánfilo de Narvaez.
Después de la catástrofe de Moctezuma, los mexicanos se apresuraron á elegir Emperador, y recayó el mando en su hermano Cuitlahuatzin, bravo joven que había reasumido el mando de las fuerzas aztecas desde la matanza que hizo Alvarado en el templo mayor y vencido á Hernán Cortés, arrojando á los enemigos de la ciudad. Cuando se proponía levantar un grande ejército y marchar tal vez al encuentro de los españoles, que desalentados y casi perdidos se habían refugiado en la república de Tlaxcala, fué atacado de las viruelas y murió después de un corto reinado. Igual suerte tocó al Rey de Tlacopan. Los aztecas lloraron sobre los cadáveres de sus soberanos y les tributaron los honores fúnebres que eran de costumbre. La población estaba verdaderamente consternada.
A estas circunstancias y al indomable valor que había mostrado en los últimos combates, debió Cuauhtimoc su elevación, y fué elegido Emperador. Era hijo del Rey Ahuizotl y de una princesa heredera del señorío de Tlaltelulco. Tenía de 20 á 23 años; era gallardo y bien proporcionado; sus ojos negros y rasgados denotaban á la vez que una dulce melancolía, una fuerza y una energía indomables. Tenían algo de la belleza del ojo del ciervo y del orgullo y resolución de la mirada del águila. Su tez era aterciopelada y más blanca que morena; su cabellera, negra como el ébano, que le caía hasta los hombros, engastaba aquella fisonomía juvenil y guerrera, que era el tipo perfecto y acabado de la raza noble del nuevo mundo. A las funciones de general del ejército, reunía Cuauhtimoc las de sumo sacerdote, y esto hacía que los aztecas le mirasen como una divinidad.
La noticia de su elección voló de boca en boca por toda la tierra mexicana, y olvidando por un momento la peste y las pasadas calamidades, la ciudad se cubrió de gente, todas las casas fueron adornadas con arcos de flores, y nadie pensó sino en la ceremonia de la coronación, creyendo también que los dioses habían ya mitigado su enojo y que la abundancia y la victoria habían de borrar en lo futuro las plagas que habían caído sobre la reina del Anáhuac con la venida de los terribles hijos del sol.
Una mañana, bajo un cielo azul y diáfano que dejaba ver los pueblos lejanos que se reflejaban en las aguas del lago, las altas montañas y los frondosos y alegres bosques de cedros de que estaba entonces circundada la capital, una numerosa procesión atravesaba la ancha calle principal y se dirigía al templo mayor. Era este templo un conjunto de edificios, de torres y de capillas, cercado por una barda de piedra donde estaban enroscadas, formando una cornisa, horribles serpientes de granito, y las almenas coronadas con cráneos humanos, formando con los huecos oscuros de sus ojos y de sus narices, hileras fantásticas que parecían repentinamente animarse y devorar á los que pretendían poner el pie en el santuario de la sanguinaria deidad. En el centro se elevaba una gran pirámide orientada á los cuatro puntos cardinales, y una escalera casi vertical de cien escalones conducía á la plataforma. Cerca estaban unas grandes piedras convexas llenas de figuras deformes, y en una torre principal de madera, encerrada la imagen horrenda del dios de la guerra.
Los sacerdotes, vestidos con sus luengas capas de color sombrío, manchadas de sangre, y sus largos cabellos en desorden, iban delante. Seguían diez doncellas nobles con ramos de juncos rojos en las manos. Luego diez mancebos con incensarios, de donde se elevaban blancas columnas de humo oloroso. Después la nobleza, y al último sobresalía, como la alta montaña entre las pequeñas colinas, el gallardo Emperador de los aztecas con la rica vestidura real, recamada de figuras de oro y de verdes y vistosos chalchihuites. En la cabeza llevaba la mitra ó diadema real de los Emperadores aztecas. A su derecha iba Cohuanacoxtzin, Rey de Texcoco, y á su izquierda Tetlepan-Quetzal, Rey de Tlacopan.
A los tres Reyes seguían los prisioneros de guerra, españoles, tlaxcaltecas, cholultecas y huexotzingas, que habían sido cogidos en la Noche Triste y que estaban reservados para el sacrificio. Los españoles caminaban desnudos, con una corona de vistosas plumas en la cabeza y unos abanicos en la mano. Se distinguían por la blancura de su piel y por las barbas largas y espesas, que daban á su fisonomía un aire imponente. De tiempo en tiempo esta procesión se detenía, y se hacía danzar á los prisioneros. Cuando los españoles se resistían, se les obligaba hincando en sus carnes algunas espinas de maguey ó puntas de pedernal. Así fué subiendo las difíciles gradas del templo toda la numerosa concurrencia, hasta que llegó á la plataforma. Los prisioneros se colocaron en dos hileras á los lados de la piedra de sacrificios. Los tres Reyes entraron al templo de Huitzilopoztli, cuya fisonomía deforme estaba cubierta con una máscara de oro macizo.
Los sacerdotes desnudaron á los Reyes, los vistieron con una especie de túnica (xicolli) que tenía figurados con pintura calaveras y huesos de muerto, les pusieron una calabaza llena de tabaco en las espaldas, con tres borlas verdes, en la mano izquierda un saco con incienso blanco y en la derecha un incensario. La cara y la cabeza se las cubrieron con un velo verde. Así se acercaron al dios, y los Reyes comenzaron á incensarlo, mientras el numeroso pueblo reunido en la plataforma y en los patios, hacía un ruido disonante y confuso con cornetas, tambores y otros instrumentos. Acabada la ceremonia, los Reyes vistieron de nuevo sus mantos reales, y acompañados de cuatro senadores y de los sacerdotes, descendieron las gradas y entraron en la casa que llamaban Tlacochalco, donde durante cuatro días deberían ayunar y hacer penitencia.
El sacrificio comenzó en seguida, pues era la costumbre en la coronación de un nuevo Rey, ofrecer al dios de la guerra todos los prisioneros. Los españoles, cuando vieron aproximarse á los terribles sacerdotes, se estremecieron, se miraron significándose una despedida eterna, y algunas gotas de un sudor frío cayeron por sus mejillas moradas y huecas, como si la muerte hubiera ya arrojado su helado soplo en sus semblantes. Cuatro sacerdotes se apoderaron de un prisionero y le condujeron á la piedra convexa, acostándole en ella y sujetándole fuertemente los pies y las manos. El sacrificador, con una navaja de obsidiana le hizo una profunda herida en el costado izquierdo, metió por ella la mano y sacó entre borbotones de sangre el corazón caliente y humeante de la víctima, y entró á ofrecerle al dios de la guerra, mientras los otros desbarrancaban al cadáver, que hecho pedazos era recibido en el patio por otros sacerdotes. Lo mismo que se hizo con un prisionero, se hizo con todos los demás, y ya muy entrada la noche todavía le ofrecían corazones al incansable bebedor de sangre humana, que inmóvil, con su gran boca sombría, parecía entre la oscuridad alentar desde su frío altar de piedra el incansable furor de los sátrapas. A los españoles se les cortó en pedazos: las piernas y los brazos fueron enviados á las provincias, con estas palabras, que pronunciaban como una amenaza los oficiales aztecas: «Estos son los hijos del sol.» Sus cabezas fueron clavadas en las almenas de las torres, y aquellos ojos abiertos y contraídos al tiempo de morir por el dolor, parecían volverse á Tlaxcala, reclamando el amparo del conquistador. Luego que el joven Emperador salió de la casa de retiro y cumplió con todas las ceremonias religiosas, se dirigió á su palacio, y allí con los Reyes, los senadores y los ancianos caciques tuvo un solemne consejo.
—«El Malinche y nuestros eternos enemigos de Tlaxcala se preparan á hacernos de nuevo la guerra, les dijo, y yo, el día que he recibido la corona del imperio, he prometido en mi corazón defender la tierra de mis padres y de mis dioses, y morir antes que sufrir el yugo de los extranjeros.»
Los reyes y los nobles prorrumpieron en un grito de entusiasmo, y juraron también ayudar al monarca y perecer en la guerra.
A los ocho días la peste había disminuido sus estragos; la tristeza y la zozobra habían desaparecido; algunas palomas blancas que habían atravesado por los terrados del palacio, habían infundido el ánimo y la alegría en la ciudad. Más de cincuenta mil hombres trabajaban de día y de noche, los unos construyendo flechas, macanas y escudos, los otros profundizando los canales, los demás estableciendo fortificaciones en la ciudad. El Emperador personalmente recorría las maestranzas, mandaba reparar los daños hechos en la anterior campaña por los españoles, ordenaba que se limpiasen los canales y se quemasen los muertos y que se hiciese un grande acopio de maíz en los almacenes reales. Mandó embajadores y oficiales á todas las Provincias con proposiciones de paz y promesas lisonjeras, manifestando que si la raza azteca no se unía para arrojar á los enemigos extranjeros, todos serían víctimas y esclavos. En poco tiempo el reino abatido y casi al perecer, volvió á cobrar ánimo y se dispuso á recibir resuelta y valientemente á los enemigos.
II
El Sitio y el Asalto
Dos fuerzas, dos voluntades, dos derechos, dos razas iban próximamente á chocarse, y de este choque debería resultar un río de sangre humana donde hubiera podido navegar un bergantín. La fuerza de Europa auxiliada por los descubrimientos del genio, contra la fuerza indígena sostenida por el indomable carácter del monarca; el derecho bárbaro de conquista contra el derecho eterno de la independencia; la raza caucásica contra la raza india, nueva hasta ese momento en la historia humana. El carácter de acero de Cuauhtimoc, contra el carácter de fierro del capitán más valiente del siglo. Tales eran los elementos que iban á entrar en acción y en un combate á muerte.
Ni la sangre ya vertida, ni la fuerza de los caballos, ni el estampido de la artillería, ni los presagios intimidaron el ánimo fuerte de Cuauhtimoc, como tampoco hicieron ni la más leve mella en el corazón valiente del conquistador español, ni los desastres de la Noche Triste, ni los riesgos y aventuras de la empresa...... Era la lucha nunca vista en la historia de dos hombres de tal tamaño, que parecía que su sombra imponente era más alta y de mayor volumen que los gigantes inmóviles de la cordillera del Anáhuac.
El día alegre y sagrado para todo el orbe cristiano, del Nacimiento del Salvador del mundo, del año de 1520, Cortés salió de nuevo con sus fuerzas de la República de Tlaxcala y se dirigió rumbo á México. El día último del año, al caer la tarde, las tropas invasoras entraban por las calles solas y tristes de Texcoco. Sus fuerzas se componían entonces de 86 caballos, 118 arcabuceros, 700 infantes, 3 cañones gruesos de fierro, 15 más pequeños y 18 quintales de pólvora, cosa de 25 mil hombres que la República de Tlaxcala había puesto á sus órdenes y 20 ó 25 mil Cholultecas y Huejotzingas. Estas fuerzas, en el curso del tiempo se aumentaron á 200 mil hombres, y con esta tropa emprendió el sitio formal, y finalmente el asalto de la ciudad.
Cuauhtimoc por su parte tenía cosa de 200 mil hombres de guerra dentro de la ciudad, y 150 mil en diversos pueblos que fueron ó vencidos antes por los españoles ó defeccionaron por el influjo de Ixtlilxochitl, bravo y terrible auxiliar, que fué, como se dice, el brazo derecho de Cortés en esta guerra.
Luego que el capitán español tuvo listos sus bergantines y reconoció que podían obrar bien en el lago, comenzó formalmente el sitio cortando la agua de Chapultepec, impidiendo la entrada de víveres y atacando las calzadas para penetrar en la ciudad. Fué á los cinco meses de su llegada á Texcoco cuando ya decididamente organizó sus columnas. La primera división que debía ocupar Tlacopan, la confió al terrible Pedro de Alvarado. La segunda, que debía operar desde Cuyoacán al centro, la mandaba Cristóbal de Olid, y la tercera, que debía situarse en Ixtapalapa, la confió á Gonzalo de Sandoval. Él se reservó el mando de la marina, pero después lo confirió á Rodríguez Villafuerte. La fuerza naval al servicio del conquistador se componía de 13 bergantines y cosa de 16,000 canoas[11].
El primer combate de importancia fué en las aguas. Cortés pasó en un bergantín cerca de un gran peñón de piedra color de sangre que se levantaba solitario é imponente en medio del lago (el Peñón Viejo). Un alarido terrible se escuchó repentinamente, y una nube de dardos y de piedras cayeron en la embarcación. Cortés hizo anclar el bergantín, desembarcó con la tripulación y comenzó á subir por el escarpado cerro. Gruesas piedras rodaban arrastrando á los asaltantes, y las flechas y otras armas arrojadizas no los dejaban avanzar. Después de una cruda fatiga y de perder mucha gente, los españoles subieron hasta la cumbre y mataron á todos los soldados, perdonando á las mujeres y á los niños que se habían refugiado allí creyendo que ese punto era inexpugnable. Cuando Cortés volvió á bordo, el lago estaba cubierto de canoas tripuladas por los mejores guerreros aztecas que se avanzaban remando resueltamente. Un viento fresco hinchó las velas de la escuadra española, y los pesados barcos, surcando rápidos las aguas, echaron á pique las canoas. La artillería y la fusilería completaron la obra de destrucción, y pocos momentos después flotaban en las ondas los cadáveres y los restos y destrozos de las piraguas. Los indios que se cogieron prisioneros fueron ahorcados en los palos y en la jarcia de los bergantines que se retiraron á su fondeadero, balanceándose entre las brumas del crepúsculo los cadáveres de los guerreros aztecas, todavía adornados con sus vistosos penachos de plumas y sus vestiduras bordadas de vivos colores. Alvarado y Olid por su parte penetraron por las calzadas, tomaron varias albarradas y destruyeron algunas casas.
Cuauhtimoc era incansable, no dormía de noche, y en medio del silencio reparaba todos los daños que en el día habían hecho los enemigos, y procuraba sorprenderlos en las horas de silencio y de reposo. Cortés, que tenía acampadas sus tropas á la intemperie, resolvió dar un asalto, y en esta ocasión tuvo la condescendencia de dejarse guiar por un plan que le propuso el tesorero Julián de Alderete. Las columnas se organizaron, y Cortés, pie á tierra, se puso á la cabeza de la infantería. Atacadas sucesivamente por los españoles las fortificaciones aztecas, cedían después de una corta resistencia. Así fueron penetrando hasta el interior, y Alderete el primero estaba cerca del gran mercado de Tlaltelolco. Cortés reflexionó y se alarmó: era una celada en que habían caído sus tropas, y no había ya remedio. En efecto, repentinamente se escucha la corneta terrible de Cuauhtimoc que sonaba desde lo alto de un teocalli. Los mexicanos, como la avalancha de un volcán, como las olas de un mar enfurecido, se precipitan sobre los enemigos, pelean cuerpo á cuerpo, se revuelven, se matan, se arrojan á los canales, y desde las azoteas las mujeres, lanzando alaridos terribles, arrojan piedras y proyectiles sobre los combatientes. Una masa sangrienta y confusa de hombres empujada por otra, caía en el lago, y así sucesivamente, sin que fuera posible ya ni huir ni resistir, ni aun pelear contra masas tan compactas que eran lanzadas con una fuerza irresistible. Cortés fué cogido por seis guerreros y derribado por tierra; procuraban asegurarlo para presentarle como el más grande trofeo al Emperador. Cristóbal de Olea y un jefe tlaxcalteca acudieron y salvaron al capitán. Olea murió en el combate, y Cortés con mil peligros y trabajos logró llegar al extremo de la calle de Tlacopan, donde ordenó se hiciese un vivo fuego de artillería para proteger la retirada y reunir los dispersos. Los españoles quedaron completamente derrotados.
En la tarde, con la viva luz de un crepúsculo rojo y gualda, los españoles pudieron ver desde su campamento una larga procesión donde se distinguían sesenta y dos españoles desnudos que subian las gradas sangrientas del templo para ser en seguida sacrificados. En la noche se encendieron luminarias en las plataformas de los templos y en las azoteas de las casas, y una multitud frenética recorría las calles con teas encendidas, bailando y entonando cantos de guerra.
Los españoles veían mudos, llenos de espanto y con la mecha encendida en la mano, estas escenas, y su corazón fuerte temblaba pensando que quizá tendrían igual suerte que sus compañeros.
Cuauhtimoc permanecia grave, callado, triste quizá, en lo alto de su palacio. Había rechazado todas las propuestas de paz que le había hecho Cortés. La guerra no estaba concluída con esta derrota. Cortés estaba vivo, y la hambre y la peste devoraban ya á la ciudad. Los cadáveres estaban amontonados y hediondos en las casas y calles: las gentes vivas discurrian á los pocos días de esta victoria como sombras en las calles, arrancando las cortezas de los árboles, cazando á las sabandijas para mantenerse, y saciando la sed que les producía la fiebre y las heridas en las aguas cenagosas y sangrientas de los canales.
Los grandes y negros ojos de Cuauhtimoc se humedecieron un momento; su corazón vaciló ante los ruegos de unos nobles á quienes Cortés había enviado á rogarle con la paz, pero se repuso inmediatamente, y con voz resuelta dijo: «No, no; todos debemos perecer defendiendo nuestro honor, nuestros dioses y nuestra ciudad.» La guerra y la hambre continuaron.
Cortés por su parte, repuesto de la derrota y con el auxilio de nuevos aliados, se propuso terminar el largo sitio y apoderarse, si no de la ciudad, al menos de los escombros.
Un día Cuauhtimoc vió desde la torre del templo de Tlaltelolco su ruina; pero su ánimo no desfalleció ni un momento.
Cincuenta mil hombres se ocupaban de demoler calles enteras. La artillería las batia primero, y después los aliados con grandes maderos acababan de destruir las casas, derribando los techos sobre los heridos, los niños y las mujeres que estaban dentro, y robando las telas y objetos que encontraban. Los lloros y los alaridos subian á los cielos. El ruido hueco y retumbante de la artillería acallaba á intervalos los lamentos. Cuauhtimoc personalmente salia á combatir y á contener la destrucción: los soldados, sin fuerzas por la hambre y la sed, se arrojaban sobre los enemigos, pero eran recibidos por las espadas y lanzas de los destacamentos españoles que protegían esta destrucción. Así que con los escombros se llenaron los canales, y que Cortés concibió que tenía terreno donde retirarse y donde maniobrase la caballería, emprendió un ataque simultáneo y terrible. Cuauhtimoc recibió nuevas propuestas de paz, y resuelto á defenderse hasta la última extremidad, no contestó sino con atacar de nuevo á los enemigos. Tomados los templos y los palacios y destruída en su mayor parte la ciudad, se retiró al barrio de Coyonacaxco y se embarcó allí en una gran canoa llamada la Papantzin, llevando á la princesa su mujer y á los reyes de Texcoco y Tlacopan. El tamaño de la embarcación, las ricas vestiduras de los que iban en ella y la velocidad con que remaban, llamó la atención. García de Holguin, que mandaba el más velero de los bergantines, dió caza á la canoa real, y en poco tiempo y ayudado del viento la abordó. Cuauhtimoc en pie dijo su nombre con voz entera, tiró sus armas y se entregó prisionero.—«Haced de mí lo que queráis, pero respetad á la princesa,»—dijo á Holguin, y subió sereno y arrogante á la nave española. El 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito y á la hora de vísperas, fué llevado ante el conquistador el último Emperador de los aztecas, y ese día terminó para siempre la monarquía y la nacionalidad indígena, y comenzó la dominación de los reyes españoles. Los grandes sucesos de la historia mexicana han sido marcados por terribles fenómenos de la naturaleza. Esa noche comenzó á soplar un violento huracán, el viento del infierno, como le llamaban los aztecas. Los edificios demolidos acababan de caer, los fragmentos de las torres eran arrancados, y el lago furioso se salia de su seno, inundaba los barrios, y sus olas venían á estrellarse contra las ruinas. Los relámpagos alumbraban á la ciudad desolada, á los muertos sangrientos y los templos derribados, y después todo volvia á entrar en la obscuridad y el silencio. Cortés y Cuauhtimoc permanecieron mudos y aterrados ante estas fuerzas tremendas de la naturaleza que completaban la ruina de la más grande y más hermosa ciudad del Nuevo Mundo.
III
El Tesoro y el Tormento
Al día siguiente de la rendición de la capital, Cortés se retiró á Coyoacán, y los oficiales y soldados solemnizaron con un banquete donde hubo vinos y tocino que habían recibido, la espléndida pero sangrienta victoria que alcanzaron. En esa orgía tormentosa donde bebieron y jugaron y donde no faltaron las mujeres que habían robado en la ciudad saqueada y enteramente aniquilada por los aliados, se relajaron los resortes del respeto y de la subordinación, y la sed del oro se encendió con el estímulo de los licores. Deseaban oro y más oro y piedras preciosas á montones, y lo que habían recogido y tomado de las casas no era bastante. Supusieron que Cortés, de acuerdo con Cuauhtimoc á quien tenía prisionero en Cuyoacán, había ocultado todos los tesoros para apropiárselos y defraudar á la tropa su parte y al rey el quinto que le correspondía. Al día siguiente amanecieron pasquines insultantes escritos en las paredes de las casas, y Julián de Alderete, con el carácter de tesorero de la Corona, tomó la demanda por su cuenta.
—¿Sabéis, señor, lo que se dice entre nuestra gente?—dijo á Cortés antes de saludarle.
Cortés fingió no comprender nada y preguntó friamente: ¿Qué se dice?
—Se dice, prosiguió Alderete con firmeza y encarándose á Cortés, que vuesa merced de acuerdo con el Guatemuz ha ocultado los inmensos tesoros de la Corona Azteca, y que......
—Por Santiago, exclamó Cortés como buscando una arma; yo cortaré la lengua á quien tal diga.
—Vos podéis cortar la lengua á vuestros soldados, pero no al tesorero del rey de España,—contestó secamente Alderete descubriéndose y haciendo una profunda reverencia.
Cortés se dominó y replicó con una afectada amabilidad: Lo que se dice en efecto es grave; pero ¿qué hacer para acallar esas murmuraciones?
—Hay un medio que os justificará á los ojos de vuestros soldados y de S. M. El Guatemuz debe tener escondidos esos tesoros. Pedídselos, y si no los entrega, sujetadlo al tormento, y en último caso mandadle ahorcar.
—No, nada de eso, contestó resueltamente Cortés. Es mi prisionero y le he dado mi palabra, y un castellano jamás falta á ella.
—Se cumple la palabra que se da á un castellano, pero no la que se ofrece á un infiel y á un bárbaro. Acordáos del martirio de los sesenta y cuatro castellanos sacrificados en las aras del demonio.
—No, replicó Cortés secamente.
—Como gustéis, dijo Alderete cubriéndose la cabeza y retirándose; pero acordáos de que un amigo os ha venido á tender una mano cuando estábais en el borde del abismo. Perdereis vuestra gloria y vuestra conquista, y aparecereis en España como un defraudador del rey, como un ladrón.
Cortés se puso pálido, se mordió los labios, y volviendo las espaldas dijo:—Os entrego al Guatemuz; haced con él lo que os agrade.
Alderete salió con los ojos llenos de alegría, participó esta orden á los soldados, y no tardaron en encontrar el género de suplicio que debían dar al infortunado prisionero.
Llamaron al conciliábulo al Maestre Juan que era el médico, á Murcia que era el boticario, y al barbero Llerena y á otro llamado Santa Clara, y dispusieron una grande vasija de barro con aceite hirviendo. Fueron á la habitación que ocupaban los prisioneros, y sacaron á Cuauhtimoc y al rey de Tlacopan y los llevaron al patio de una casa donde había dispuestos unos maderos.
—¿Dónde está el tesoro de los Emperadores?—les preguntó Alderete.
Cuauhtimoc vió aquel aparato aterrador, comprendió de lo que se trataba, sonrió tristemente y no contestó ni una sílaba á las interpelaciones de Alderete, el cual furioso con este desprecio, ultrajó con palabras soeces al monarca. Los soldados se apoderaron de los Reyes, los ataron fuertemente á los maderos, y el barbero comenzó á bañarles los pies con aquella resina hirviente, mientras otro les acercaba unas teas encendidas.
—Señor, ¿no véis cómo sufro?—gritó retorciéndose el Rey de Tacuba.
—¿Estoy acaso en un lecho de rosas?—contestó con firmeza el Emperador azteca.
El Rey de Tacuba se fortificó con esta heróica resolución de Cuauhtimoc, y los dos sufrieron el tormento sin exhalar un quejido. Tanta firmeza conmovió el pecho de los soldados, y los mismos que habían pedido el suplicio comenzaron á murmurar contra Alderete.
—No os canséis, dijo Cuauhtimoc, que el que ha resistido la hambre, la muerte y la cólera de los dioses, no es capaz de humillarse ahora como una débil mujer: el Tesoro de los Reyes de México lo he hundido en la laguna cuatro días antes del asalto de la ciudad, y no le encontrareis jamás.
El padre Olmedo, á quien se había llamado para exhortar y amonestar á los Reyes aztecas, no pudo contenerse, y salió, volviendo á poco en compañía de Cortés.
El capitán español contempló un momento aquellas nobles víctimas, dirigió una mirada terrible á los verdugos, y dijo con un acento que no admitía réplica:—«Desatad á esos hombres y conducidles con cuidado á su habitación. Que nadie sea osado de contradecir lo que yo mando.»
El tesoro se buscó en vano, y sólo se recogieron algunas frioleras en la laguna, y un sol de oro en un estanque. Cuando el poético lago de Texcoco se seque enteramente, el gran tesoro se encontrará. La sombra de los Emperadores aztecas parece que le cuida todavía.
IV
Los tres Ahorcados
El año de 1525, Cristóbal de Olid se rebeló en las Hibueras. Cortés envió un oficial con alguna tropa; pero impaciente al no recibir ninguna noticia, se puso en camino con una fuerza, resuelto á castigar severamente al infiel capitán.
Atravesó el istmo de Tehuantepec, se dirigió por un camino lleno de ríos, de barrancas, de bosques oscuros donde no penetraban los rayos del sol, y de pantanos intransitables donde los caballos se hundian con todo y el jinete. El hambre, la sed, los insectos y las eternas y desconocidas soledades acababan con las fuerzas físicas y con el ánimo de los soldados. Muchos exhalaron el último aliento en aquellas sombrías encrucijadas, Cortés no quería volver atrás, y la esperanza le anunciaba que pronto podría encontrar una población donde guarecerse y tomar guías que le condujesen á su destino. Su humor, sin embargo, no era de lo mejor, y él mismo sentía la fatiga y el desaliento algunas veces.
Así llegó al territorio de un reino que llamaban Acallan. Llevaba como siempre á su lado á Cuauhtimoc y á los dos Reyes de Tacuba y Texcoco.
Una tarde, después de una fatigosa jornada, hicieron alto en un pueblecillo que nombraban Izancaxac. No había más que unas cuantas chozas sin techo y un teocalli arruinado. Ni un solo habitante ni un animal doméstico. Un bosque umbrío de altas ceibas aumentaba la tristeza de ese sitio. A Cortés le formaron una habitación en las ruinas del templo, y los Reyes se alojaron á poca distancia en una choza de palmas. El resto de la tropa acampó como pudo en el bosque.
Cortés trató de recogerse, y sin saber la causa, no pudo conciliar el sueño, y se levantó y escuchó que los Reyes platicaban alegremente, procurando consolarse de sus penas y fatigas. Esta alegría le hizo mal, le irritó de una manera terrible. Un bulto casi arrastrándose como si fuera un animal deforme se deslizó por entre aquellas ruinas. Cortés fijó los ojos en aquella aparición y puso la mano en el puño de su espada, pero al sacarla reconoció á Cristóbal Mexicalcin.
—¿Qué quieres á estas horas?—le dijo severamente Cortés.
—Señor, los caciques y Cuauhtimoc tienen urdida una trama infernal: vos y todos los españoles que hay en la tierra, perecerán.
—¡Por Santiago! Esta era la plática y la alegría de esos perros,—exclamó Cortés lleno de cólera; y lanzándose fuera de las ruinas, penetró en la choza donde estaban los Reyes. Cervan Bejarano y Rodrigo Mañueco, que eran sus servidores y habían permanecido despiertos, se lanzaron detrás de él.
«Llamad, les dijo, al padre Varilla. Voy á ahorcar á estos bárbaros que han urdido una trama para matarnos, y no quiero que se pierda su alma.» Marina, que también le había seguido, quiso interceder por ellos, pero vió los ojos de Cortés llenos de furia y no se atrevió. Era nada más que una esclava.
Cuando Cuauhtimoc fué sacado de la cabaña por los soldados que Cortés había llamado para la ejecución, se volvió con una firmeza increible y le dirigió la palabra: «Bien sabía, Malinche, lo que valían tus promesas, y tenía por seguro que recibiría la muerte de tus manos. Dios te pedirá cuenta de mi muerte.»
Los verdugos pusieron una cuerda al cuello del Rey, y lo mismo hicieron con los de Tacuba y Texcoco, y los colgaron en unas altas ceibas.
Eran las tres de la mañana del segundo día de Carnaval del año de 1525. La noche estaba serena y apacible, y las estrellas solas con sus tímidos rayos alumbraban melancólicamente esta misteriosa ejecución. Cortés se retiró cabizbajo y pensativo á su aposento. Allí permaneció un momento fijo y de pie como una estatua; pero le vino repentinamente un rapto de locura, de arrepentimiento quizá, midió á largos pasos la estancia y salió con la espada desenvainada á cortar los lazos corredizos donde pendían los cuerpos de los Reyes. Era ya tarde: Cuauhtimoc y el Rey de Tacuba estaban muertos. El de Texcoco cayó al suelo todavía con vida.
Al abandonar el pequeño ejército de Cortés, al día siguiente, el solitario pueblecillo, dos cadáveres se balanceaban al impulso de las brisas de la mañana. Los buitres formaban en la atmósfera círculos fantásticos, clavando sus ojos redondos y colorados en los cadáveres de los dos más poderosos monarcas del Nuevo Mundo.
RODRIGO DE PAZ
I.
En El Que Se Refiere Quién Era Rodrigo de Paz, Y Qué Papel Desempeñaba En México
El muy magnífico señor Hernando Cortés, gobernador y capitán general de la Nueva España, tenía necesidad de salir de México, con el objeto de sofocar y castigar la rebelión de Cristóbal de Olid.
Aquel viaje debía de ser largo y penoso: la distancia á que iba á encontrarse de la antigua capital del imperio Azteca, haría muy difíciles las comunicaciones, y se necesitaba establecer un gobierno provisional, que los intereses del rey y la paz de la nueva colonia atendiese y vigilase.
Incierto estuvo por algún tiempo el gobernador y capitán general, sobre á quién elegiría para encargo tan delicado, y sin poder fijarse definitivamente, porque conocía que entre los que le rodeaban había muchos, más afectos á las riquezas y á la tiranía, que amigos del buen gobierno y de la felicidad de los pueblos.
Por fin, urgido de la necesidad y apremiado por las circunstancias, hizo llamar al Lic. Alonso de Zuazo, al tesorero Alonso de Estrada y al contador Rodrigo de Albornoz, y los nombró gobernadores durante su ausencia.
El Lic. Zuazo era un antiguo amigo de Cortés y su asesor en los negocios del gobierno de la Nueva España, y Estrada y Albornoz habian llegado á México en 1524, enviados por el rey de España para componer el Tribunal de Cuentas, en unión de Gonzalo de Salazar, factor, y de Peralmindes de Chirino, veedor.
Cortés determinó llevar consigo á la expedición de las Hibueras, á Chirino y Salazar.
Una vez organizado el gobierno, quiso Hernán Cortés cuidar de su hacienda y dejarla encomendada á persona para él de toda confianza, y para esto eligió á Rodrigo de Paz, primo suyo, hombre de grande espíritu y de mucha influencia con el pueblo, y á quien invistió también con los cargos de regidor y alguacil mayor de la ciudad.
Rodrigo de Paz admitió con gusto las comisiones que le confiaba su primo, seguro de que esto le daría mayor prestigio y aumentaría el poder de que entonces gozaba.
Partió Cortés, y el Lic. Zuazo, Estrada y Albornoz tomaron posesión del gobierno como tenientes-gobernadores, asistiendo por primera vez al cabildo con el carácter de tales, el día 4 de noviembre de 1524.
II
De como las cosas del gobierno
de la Nueva España iban mal, y de como
Cortés las puso peores
Apenas se había alejado Cortés unas cuantas jornadas de México, cuando Estrada y Albornoz, que ya desde antes tenían entre sí motivos de rencor, se disgustaron completamente.
El nombramiento de un alguacil fué el aparente motivo de encenderse una disputa, en la que los ánimos predispuestos se exaltaron, y siguiendo la costumbre de aquellos tiempos en que las armas entraban como parte de la razón en las cuestiones de los hombres de honor, los dos tenientes-gobernadores echaron mano á los estoques, y en poco estuvo que la espada hubiera dirimido la competencia.
Logróse contenerlos, pero el escándalo habia sido muy grande; y luego partieron correos avisando á Cortés las desavenencias que ocurrían en la ciudad.
Chirino y Salazar que acompañaban á Cortés, supieron casi al mismo tiempo que él lo ocurrido en México, y vieron en esto un medio de separarse de su lado y tornar á la capital.
Habían llegado á Goazacoalcos, pero el camino era en extremo penoso y sembrado por todas partes de peligros.
Inmensas selvas, en donde los árboles seculares crecían tan cerca unos de otros que se confundían sus ramajes; traidores pantanos cubiertos con una engañosa capa de verdura, pero que estremeciéndose al soplo no mas de los vientos, tragaban al desgraciado que ponía en ellos su imprudente planta: vertiginosos precipicios en cuyo fondo se creía mirar de nuevo el firmamento, y que parecian á los espantados ojos de los españoles, como insondables vasos de roca, llenos de nubes y de tempestades: serpientes y monstruos hasta entonces desconocidos, esto era lo que encontraban por todas partes los que acompañaban á Cortés.
Las tempestades pasaban algunas veces sus alas de fuego sobre aquella naturaleza exuberante, y los robustos troncos de las ceibas se estremecían como una caña cimbradora, al soplo de los huracanes.
Por las noches aquellas selvas se poblaban de habitantes misteriosos; salían de ellas en espantoso concierto, aullidos siniestros, rugidos pavorosos, silbos y gritos aterradores y desconocidos, y cruzaban por los aires y entre las ramas y bajo la yerba, con fosfórica luz, millones de insectos de todos tamaños y figuras.
El melancólico rumor del viento entre las hojas se mezclaba algunas veces durante la noche al eco lejano de los torrentes, al mugido de la tormenta que se alzaba en el horizonte, á los sonoros tumbos de los mares.
Aquello era más sublime que lo que podian soportar las almas ruines de Salazar y de Chirino.
Anhelaban por separarse de allí, y la nueva de los disturbios vino á presentarles una favorable oportunidad.
Instaron, rogaron y suplicaron á Cortés pidiéndole volver á México, representándole lo oportuna que sería su presencia en la capital, y los servicios tan importantes que podían prestar á los intereses de S. M.
Cortés meditó aquella petición y accedió á la solicitud de Chirino y de Salazar.
Estrada, Albornoz, Salazar y Chirino, aunque eran en apariencia amigos de Cortés, le aborrecían secretamente, y procuraban desprestigiarle en la corte y hacerle caer de la gracia del Emperador. Cortés lo sabía y lo conocía, por eso no sólo no puso dificultad ninguna en la vuelta de Chirino y de Salazar, sino que por el contrario les dió mandamiento asociándoles también al gobierno de la Nueva España.
Aquellos dos hombres que caminaban de mala fe con Cortés, eran imprudentes testigos de sus acciones, dieron la vuelta para México, satisfechos y orgullosos de lo que habían conseguido, creyendo en su fatuidad acabar con el poder de su favorecedor, y no comprendiendo que sus desavenencias y torpezas en el gobierno debían dar el más completo triunfo al esforzado conquistador.
Salazar y Chirino llegaron á México y presentaron en el cabildo de 29 de diciembre de 1524, la provisión del muy magnífico señor Hernando Cortés que los autorizaba para tener parte en el gobierno del reino.
El Ayuntamiento les reconoció sin dificultad, pero ellos no se conformaron con eso, sino que excluyeron á Estrada y á Albornoz y se apoderaron de la administración, no admitiendo en su compañía más que al Lic. Zuazo.
La división entonces se hizo más profunda. Estrada y Albornoz se unieron para derribar á sus nuevos enemigos, y con objeto de conseguirlo quisieron y lograron atraer á su bando al alguacil mayor Rodrigo de Paz, que ejercía tan decisiva influencia en el Cabildo y en la ciudad.
En aquel tiempo el Ayuntamiento de México tenía una grandísima importancia: «ante él presentaban sus nombramientos los gobernadores, prestaban ante él juramento; él decidía las cuestiones graves que entre ellos se suscitaban, calificaba sus derechos y facultades, é imponía la pena de muerte á los que desobedecieran las providencias que de él mismo emanaban.»
Por eso Rodrigo de Paz que deseaba favorecer á Estrada y á Albornoz, se presentó al cabildo en 17 de febrero de 1525, manifestando que Salazar y Chirino no tenían derecho de excluir á sus colegas del gobierno, porque el mismo Cortés los reconocía aún como tales tenientes gobernadores, en cartas que de él se habían recibido.
El Ayuntamiento escuchó á Rodrigo de Paz, y acordó que el Lic. Zuazo resolviera en este negocio[12].
III
De como cinco enemigos comulgaron con
una sola hostia consagrada, dividiéndola
en cinco partes
El Lic. Zuazo resolvió que Estrada y Albornoz volvieran á ser reconocidos como tenientes gobernadores, y el cabildo aprobó esta resolución.
Salazar y Chirino protestaron, y para infundir el terror decretaron pena de muerte y perdimiento de bienes contra el alcalde ó regidor que se «entrometiese» á aprobar lo que el Lic. Zuazo había determinado.
Aquellos hombres tenían un temple de alma tal, que era indudable que tales penas se llevarían á efecto; pero en cambio tenían que luchar con hombres de corazón altivo, y Estrada y Albornoz asistieron al cabildo y fueron reconocidos sin dificultad.
Esto acaecía el 25 de febrero de 1525.
Salazar, hombre ambicioso é inquieto, no podía estar tranquilo en aquella situación: quería mandar, y mandar solo; Estrada y Albornoz le estorbaban, y los creía fuertes porque contaban con la protección y apoyo de Rodrigo de Paz, el hombre entonces más audaz y más poderoso; Salazar necesitaba dividir á Paz de Estrada y Albornoz, y hacer de él un instrumento para sus miras.
Entonces, como por una inspiración diabólica, concibió el plan que debía darle el resultado apetecido, y convenció hipócritamente á sus colegas á decretar la prisión de Rodrigo de Paz.
Un día repentinamente circuló en México una noticia alarmante: el alguacil mayor estaba preso en la casa de Salazar de orden de los tenientes gobernadores.
En efecto, Rodrigo de Paz estaba preso, y se paseaba tristemente en uno de los salones de la casa de Salazar, con esposas de hierro en las manos y arrastrando una larga y pesada cadena. Salazar entró y le contempló un rato en silencio.
—Duéleme de verte en esa situación—le dijo—que á tal no habrías llegado, si como la causa de Estrada defendiste, de la mía hubieras sido partidario.
—Holgárame de estar libre—contestó Rodrigo—si mis amigos hubieran triunfado, pero sigo la suerte á ellos reservada.
—¿Crees por ventura en tus amigos Estrada, Albornoz y Zuazo?
—De creer tengo, porque no hay motivos para lo contrario.
—Mira—dijo Salazar mostrándole la orden de prisión firmada también por Albornoz, Estrada y Zuazo.
Rodrigo de Paz leyó aquella orden con espanto. No podía dudar, sus amigos le abandonaban y le traicionaban.
Leyó la orden, inclinó la cabeza, y quedó meditabundo. Salazar respetó aquella meditación, y después, acercándose, le dijo:
—Mira el premio de tus favores y servicios; esos hombres están conjurados contra tí y ansían tu muerte; ¿quieres libertad, venganza?
—Sí—contestó sordamente Rodrigo.
—Júranos amistad, y Peralmindes de Chirino y yo te pondremos libre y te vengaremos de tus enemigos.
—Os juro leal amistad por la hostia consagrada.....
Al día siguiente Rodrigo de Paz concurría al cabildo.
Estrada, Zuazo y Albornoz conocieron la intriga que tramaban Salazar y Chirino, y no eran hombres para callar sus rencores.
Estalló un disgusto terrible en el cabildo, y Salazar, que tenía para sí que aun no llegaba el momento de obrar, apeló al engaño y la hipocresía.
Nada le importaba, dijo, la amistad de Rodrigo de Paz, cuyo pernicioso influjo era necesario combatir, y para esto debían ellos de unirse estrechamente, y como señal de unión y para acallar los rumores que había en el público, concluyó proponiendo que todos los tenientes gobernadores comulgasen públicamente, dividiendo la hostia consagrada en cinco partes.
Aceptaron los otros, y aquel pacto, aconsejado por la más negra falsía y cubierto sacrílegamente con el manto de la religión, se cumplió en la iglesia del convento de San Francisco.
Tan engañosa amistad debía desaparecer muy pronto, y así fué en efecto.
El día 19 de abril, Rodrigo de Paz se presentó en el cabildo é hizo reconocer á sus nuevos amigos Salazar y Chirino, como gobernadores, con entera exclusión de todos los demás.
En vano protestó con energía el Lic. Zuazo; repitióse el acuerdo y se impusieron doscientos azotes de pena y perdimiento de bienes á cualquiera que se atreviese á oponerse á lo dispuesto.
Estrada y Albornoz, lejos de conformarse, pensaron excitar al pueblo, suscitáronse graves dificultades, los dos bandos estuvieron á punto de llegar á las manos, y sólo se impidió el conflicto porque el alcalde Francisco Dávila prohibió que se acudiese con armas en pro de uno ú otro partido.
Conducta tan prudente costó al alcalde ser maltratado y verse conducido á la cárcel, de donde tuvo que huir para salvar la vida.
IV
De lo que hicieron Salazar y Chirino con
Zuazo, Estrada, Albornoz y Paz
Las alarmas en la ciudad eran de todo el día, y de todos los días; á cada momento querian llegar á las manos los partidarios, y el fuego de la discordia se encendía más y más á cada momento.
El 23 de mayo, con pretexto de conservar la tranquilidad y evitar desgracias, pero más bien con objeto de expeditar el camino que se habían trazado los gobernadores, ordenaron que nadie en la ciudad llevase armas.
Todo parecía haber terminado; pero aquel mismo día Rodrigo de Paz aprehendió al Lic. Zuazo, que vivía en la casa de Cortés, y se dió orden para enviarle inmediatamente á la Isla de Cuba.
Alarmóse la gente de la ciudad con esta prisión, y Rodrigo de Paz ocurrió, para calmarla, al engaño de que por orden del Rey iba á la Isla á dar allí su residencia.
Estrada y Albornoz pensaron entonces en alejarse de sus enemigos, y aparentando obediencia pidieron á los que habían sido sus colegas, licencia para ir hasta Medellín á conducir una cantidad que enviaban á S. M.
Los gobernadores concedieron sin dificultad aquel permiso.
Salieron Estrada y Albornoz, pero aun iban cerca de México, cuando Salazar tuvo noticia de que de las Hibueras venían Gil González de Avila y Francisco de las Casas, y temeroso de que se unieran y volvieran sobre México, hizo salir á Chirino con una tropa, en persecución de Estrada y Albornoz.
Chirino alcanzó á los que habían sido sus colegas, y aunque ellos pretendieron resistirse, unos frailes de San Francisco, que se encontraron allí, impidieron el conflicto, y Chirino volvió á México con los prisioneros.
Dueños absolutos del gobierno Salazar y Chirino, sintieron la necesidad de deshacerse de Rodrigo de Paz, echando por tierra su poder.
Salazar era fecundo en todo género de maldades, y no podía menos de encontrar un modo para atacar á Paz, y fué sin duda tan ingenioso como los anteriores.
Difundió la noticia de la muerte de Hernán Cortés.
Aquella noticia debía estar apoyada en todas las apariencias. Celebráronse solemnes honras por el alma del conquistador, en las que se predicó un sermón, moderando las alabanzas á Cortés por no ofender á Salazar.
Procedióse á la venta de los bienes de todos los que habían acompañado al gobernador y capitán general, por considerárseles difuntos, y sus mujeres fueron autorizadas para pasar á segundas nupcias; y Juana Mancilla, mujer de Juan Valiente, fué azotada porque afirmó que Cortés vivía.
Rodrigo de Paz administraba los bienes de Cortés, y no creyó tan fácilmente la noticia, pero como Salazar y Chirino sostenían que Cortés debía al Rey setenta mil pesos, é insistían, con objeto de asegurarlos, en tomar posesión de aquellos bienes, Rodrigo de Paz apeló á las armas y se hizo fuerte en la casa de Cortés.
El asalto iba ya á darse, y todos preveían grandes catástrofes, cuando el mismo Estrada, que estaba en calidad de prisionero, y los frailes de San Francisco, que ejercían muy grande influencia en México, lograron convencer á Paz que se rindiese.
Salazar y Chirino ofrecieron á Paz todas las garantías para su persona, y así lo juraron ante los capitanes José de Alvarado y Andrés de Tapia.
Paz abrió las puertas del palacio de Cortés y las gentes de Salazar se entraron. Allí robaron cuanto les fué posible, é insultaron gravemente á muchas indias nobles que Cortés tenía allí recogidas para educarlas y casarlas.
Paz determinó huir de la ciudad é ir en busca de Hernán Cortés á las Hibueras.
V
Refiérese cómo murió Rodrigo de Paz
«Si los conquistadores eran crueles con otros—dice D. Lucas Alamán en sus Disertaciones—no eran por lo menos más benignos entre sí mismos.»
En efecto, así lo probó la conducta de Salazar y de Chirino.
Rodrigo de Paz, á pesar de las promesas y juramentos de los gobernadores, no gozó mucho tiempo de libertad, y el día 4 de agosto de 1525 asistió por última vez al cabildo.
Al calce de la acta de aquel día, se lee una nota del célebre D. Carlos de Sigüenza y Góngora, que dice:
«Esta es la última firma de Rodrigo de Paz en este libro, porque después lo ahorcó su grande amigo Gonzalo de Salazar.»
Terrible ironía encierran estas cortas líneas del ilustre historiador, porque á pesar de esa grande amistad, el alguacil mayor volvió muy pronto á ser reducido á prisión.
La codicia desenfrenada de Salazar no conocía límites, ni su ambición encontraba obstáculo, por sagrado que fuese, que no atropellase con violencia.
Religión, leyes, amistad, gratitud, todo en sus manos era arma emponzoñada que esgrimía contra sus enemigos, sin escrúpulo de ninguna clase; todo era en su camino sombra despreciable sobre la cual cruzaba con indiferencia.
Aquella alma era el aborto espantoso de la codicia y la ambición; la compañía de aquel hombre, era como la sombra venenosa de esos árboles que se encuentran en nuestras montañas: convidan dulcemente durante los ardores del día, y matan al que busca allí un refugio y un consuelo.
Demasiado tarde lo comprendió Rodrigo de Paz.
Preso y encadenado esperaba de un momento á otro que Salazar le enviara desterrado, ó que la Providencia le deparara un momento oportuno para huir é irse en busca de Cortés, en cuya muerte, como muchos, no había creído ni un momento.
Como todos los prisioneros, Paz no pensaba sino en la libertad.
Una mañana, Salazar se presentó en su calabozo; había en el semblante del fiero gobernador una sonrisa de amabilidad y un aire de benevolencia tan extraños, tan forzados, que Rodrigo de Paz se estremeció.
Bajo aquella hipócrita bondad se descubría el fondo de una intención negra; era como un abismo cubierto con un cristal, era como el hacha de un verdugo envuelto en un crespón azul.
La sonrisa del hombre de bien no podía amoldarse sobre el rostro del malvado; era un consorcio sacrílego; de la franqueza simulada y de la perfidia debía resultar una cosa horrible: la hipocresía, el monstruo.
—Rodrigo—dijo Salazar—háste empeñado en labrar tu ruina, á pesar de que yo procuro salvarte.
—No te comprendo—contestó Rodrigo de Paz procurando ocultar su indignación—¿qué puedes reprochar de mi conducta?
—Rodrigo, tú tienes ocultos grandes tesoros que pertenecían á Cortés, tú nos has engañado.
—¡Tesoros!—exclamó Rodrigo de Paz, comprendiendo adónde podía ir á parar todo aquello.—¡Tesoros! nada tengo, y cuanto tenía, está ya en tu poder.
—No me engañes, Rodrigo; ¿por ventura cuánto tenía Cortés me has entregado?
—Todo absolutamente: ¿no se han inventariado los bienes? ¿no se han almonedado? ¿no habéis ya extraído el oro que depositado se hallaba en San Francisco? ¿no habéis dispuesto de los bienes de Gonzalo de Sandoval y de otros capitanes?; entonces ¿qué más queréis?
—No vengo á dar contigo mi residencia—contestó friamente Salazar—sino á amonestarte que entregues esos tesoros.
—Y yo te contesto que mal pudiera entregar tesoros que no existen.
—¿No?
—Nó, lo he dicho.
—Bien, tú lo has querido.
Y Salazar salió violentamente del calabozo.
Rodrigo le miró salir con terror, comprendiendo que algo espantoso se preparaba contra él.
Y no se engañaba: un momento después, hombres siniestramente cubiertos con capuchones y antifaces, penetraron en el aposento: mudos y sombríos se acercaron al preso, y sin contestar á sus preguntas, y sin escuchar sus razones, le sentaron en un sitial, y le ataron allí por los brazos y la cintura.
Rodrigo creyó que había llegado para él el último instante, cerró los ojos y comenzó á murmurar una de esas oraciones, que perdidas muchas veces entre los vagos recuerdos de la niñez, vuelven puras y fervientes á la memoria y á los labios del hombre, en los momentos de la suprema tribulación.
Los verdugos con una destreza increíble quitaron el calzado y las calzas á Rodrigo, que esperando la muerte y como para no verla venir, cerraba los ojos con obstinación.
De repente el infeliz lanzó un grito agudo y desgarrador: aquellos hombres vertian sobre sus desnudos piés aceite hirviendo.
—¡Jesús me ampare!—exclamaba—¡Infames!
—Confiesa en dónde tienes ocultos esos tesoros—dijo con una calma infernal el gobernador.
—He dicho la verdad—contestó con energía Rodrigo.
—Pues adelante.
Entonces siguió aquella espantosa operación; tras el aceite vino el fuego, el fuego que hacia hervir aquellas carnes; las llamas lamian como con placer aquellos pies ungidos, y sobre los que se tenía cuidado de seguir virtiendo aceite.
—¡Salazar! Salazar!—gritaba Rodrigo—no seas cruel, todos sus tesoros se los ha llevado Cortés á las Hibueras...... déjame, déjame.... te lo juro!
—Mientes—contestaba Salazar.
Y el tormento seguía, y aquellos pies habían perdido su forma, y en algunas partes ardían, y levantaban llamas, y se desprendía de ellos un líquido sangriento, espeso, que caía algunas veces encendido, y la piel se tostaba, y se levantaba y se arrollaba, y los músculos se retorcían, y las carnes se hinchaban rápidamente, y se abrasaban produciendo un ruido débil, pero horroroso.
Después de esto seguían los huesos, que crujian y que estallaban como si fueran de cristal, y los dedos comenzaron á desprenderse y á caer, como informes masas, negras, hinchadas, fétidas.
Y todo esto en medio de un humo denso, nauseabundo, y entre los gritos y los aullidos, y las quejas y las maldiciones del infeliz Rodrigo.
Los pies habían desaparecido; Salazar nada había logrado descubrir.
Rodrigo se desmayó por fin, y cesó el tormento.
La tarde de aquel mismo día, Rodrigo de Paz era sacado de su prisión y conducido hasta el pie de una horca que había en la plaza.
Rodrigo no podía caminar, porque el fuego le había consumido los pies hasta los tobillos, y le llevaban entre cuatro hombres.
Al llegar al patíbulo, y en el momento en que el verdugo iba á colocarle el dogal, Salazar se apareció.
—Aun es tiempo;—le dijo—confiesa y vivirás.
—¿Vivir?—contestó Rodrigo con voz desfallecida y levantando una manta que cubría sus mutilados pies—¿y para qué quiero vivir así?—y luego, dirigiéndose á los que le rodeaban, gritó:
—Señores, si algunos de vosotros volvéis á ver á Cortés, decidle que me perdone, por haber dicho que él se había llevado sus tesoros á las Hibueras: el dolor del tormento me hizo mentir.
Salazar, enfurecido entonces, hizo á los verdugos una señal; tendióse la cuerda, crujió el motón, y Rodrigo de Paz quedó suspendido en la horca.
Así murió el primer revolucionario de México, víctima, como todos, de la ingratitud de los mismos hombres que le debían el poder de que gozaban.
LOS DOS ENJAULADOS
I
El Emisario
Era el domingo 28 de enero de 1526.
Las companas de las iglesias y monasterios de la ciudad de México llamaban á los fieles al sacrificio de la misa, y la multitud se agrupaba á las puertas de los templos.
Los mexicanos recién convertidos eran los primeros y más solícitos en acudir á la misa; y era que había castigo de azotes para el que faltase.
Permitirán nuestros lectores que se interrumpa por un momento el hilo de nuestra comenzada narración, para referir, á propósito de la asistencia á la misa, una anécdota de la vida de Hernán Cortés.
Luego que se establecieron en México, después de la toma de su capital, los primeros templos católicos, Hernán Cortés publicó una ordenanza disponiendo que ninguno fuese osado de no asistir á la santa misa los domingos y días de fiesta, desde antes del Canon, bajo la pena de azotes al que á dicha prevención faltase.
Un domingo comenzó la misa, y la gente extrañó que el general no se hubiera presentado en la iglesia; pero conocida su piedad religiosa y lo severo de sus ordenanzas, que á nadie exceptuaban, calcularon todos que enfermo estaría de gravedad.
De repente oyóse un rumor por la puerta de entrada, y todos los rostros se volvieron para mirar al que tan tarde llegaba exponiéndose así al castigo, y encontraron con asombro que era el mismo señor Hernando Cortés que atravesó el gentío y fué á arrodillarse devotamente delante del altar.
Concluyó la misa, y allí mismo, delante de aquel concurso, Cortés fué despojado de la ropilla y de la camisa y azotado en las espaldas desnudas por un sacerdote, conforme á lo dispuesto por su ordenanza.
Conservóse el recuerdo de este suceso notable en una pintura que existió muchos años en una capilla que estaba situada en el cementerio de Catedral, y fué ejemplo saludable para todos los habitantes de la ciudad.
Por eso apenas se escuchaban los primeros tañidos de las campanas, todo el mundo salia con precipitación de su casa.
En el domingo á que nos referimos había también en México una gran novedad: el gobernador Gonzalo de Salazar daba un banquete á sus amigos en una casa de su propiedad en el barrio de San Cosme.
Lucida comitiva acompañaba á Salazar y le cortejaba: damas y caballeros de la naciente nobleza de México, empleados superiores, caciques amigos, y detrás de todos, una escolta de más de doscientos hombres de toda su confianza, perfectamente armados.
Aquella comitiva salió de la casa de Cortés, en donde vivía Salazar, y se dirigió por la calle ó calzada de Tacuba, para San Cosme; los transeuntes se detenían para contemplar tanto lujo, y las damas salían á los balcones para mirar aquel soberbio acompañamiento: eran los primeros albores de la corte de los virreyes.
En este mismo momento, por otro lado de la ciudad entraba un hombre que trazas tenía de haber atravesado un largo y difícil camino.
De aquel hombre no podía decirse con seguridad si era un soldado ó un paisano, porque lo parecía todo, aunque examinando detenidamente su destrozado traje nada podía inferirse de él.
Sin embargo, en lo que no podía caber duda era en que caminaba de prisa y procuraba recatarse de las gentes.
Atravesó sin detenerse por las calles de Iztapalapa, como se llamaban las que hoy son del Rastro, llegó á la plaza mayor y se dirigió sin vacilar al monasterio de San Francisco.
En estas calles había muy pocos transeuntes, porque todos se habían ido para la de Tacuba con objeto de ver al gobernador.
El hombre misterioso aprovechó esta circunstancia, apretó el paso y muy pronto se encontró en el monasterio de San Francisco.
Aquel monasterio parecía una ciudad según el número de personas que dentro de él estaban.
Chirino y Salazar, apoderados absolutamente del mando después de la muerte de Rodrigo de Paz, comenzaron á perseguir con tal encarnizamiento á los amigos de Cortés, que todos ellos no encontraron otro medio de libertarse que buscar asilo en San Francisco.
Por eso el recién venido se encontraba allí, con aquella gran multitud: pero sin duda aquel hombre tenía ya conocimiento de lo que ocurría, porque siguió allí con la misma conducta que en la calle: con nadie se detuvo ni á nadie habló hasta haber encontrado á Pedro de Paz, hermano de Rodrigo de Paz.
—Deseo hablar con vuestra merced á solas—dijo el recién llegado.
Pedro de Paz le miró sin poderle reconocer.
—Pero esto ha de ser ahora mismo—continuó el hombre.
Pedro le miró con desconfianza, y luego exclamó como resolviéndose:
—Vamos.
Dos horas después Pedro de Paz refería á algunos de los refugiados de San Francisco que había llegado Martin Dorantes, lacayo del muy magnífico señor Hernando Cortés, con cartas de su amo, en las que destituía á los gobernadores, nombrando en su lugar á Francisco de Casas.
Mostráronse las cartas, pero durante todo el día aquello permaneció con el carácter de un secreto, y nada se supo fuera de las tapias del convento.
II
El Pregón
Llegó la noche, y en el azul purísimo del cielo de México se elevó majestuosamente la luna, plateando con sus rayos los edificios aztecas que se demolían para no volverse á reconstruir jamás, y las casas y los templos que levantaban los conquistadores sobre aquellos escombros.
Porque en aquellos días la Tenoztltlán de Moctezuma desaparecía para dar lugar á la México de Cortés.
Serían las once de la noche, reinaba en la ciudad el más profundo silencio; ni un hombre se veía transitar por las calles, parecía que todos los habitantes dormían el sueño de la muerte; ni un ruido en las plazas, ni una luz en las ventanas, ni un eco siquiera de esas canciones ó de esas músicas que se escapan, en las altas horas de la noche, del interior de las habitaciones en todas las ciudades populosas.
El lánguido rumor del viento entre los pocos árboles que entonces había en México, y el lejano ladrido de los pocos perros que entonces había, esto era todo.
Sin embargo, ni en la casa de Hernán Cortés dormía Salazar, ni en el convento de San Francisco los allí retraidos.
La vida toda de la ciudad parecía haberse concentrado á esos dos lugares.
En San Francisco se preparaba el ataque; en la casa de Cortés la defensa.
Los retraidos en San Francisco habían citado al Ayuntamiento, y no habían conseguido que fuera más que un alcalde y algunos regidores, pero de la nobleza y los particulares reunieron más de cien personas.
Cortés en su carta nombraba para gobernador á Francisco de Casas; pero Francisco de Casas no estaba en México, y era urgente proveer á la necesidad y colocar á otro en su lugar.
Mil arbitrios se propusieron, y no faltó quien llegara á opinar que podía borrarse el nombre de Casas en la provisión de Cortés y sustituirle con otro más á propósito.
La incertidumbre seguía, y la noche avanzaba, y todos sabían ya que el gobernador Salazar algo había maliciado y aprestaba sus tropas para atacar ó resistirse.
—El tiempo vuela—dijo Jorge de Alvarado—y la indecisión es ahora nuestro mayor enemigo; resolución, y adelante.
—Y bien, ¿qué hay que hacer?—preguntó Andrés de Tapia que hasta aquel momento se consideraba como el jefe de los amigos de Cortés perseguidos por Salazar.
—Ante todo, prender á ese hombre—contestó Alvarado—quitarle el poder, impedirle que se fortalezca y pueda resistirnos.
—¿Tienes algún plan?
—Sí.
—Pues díle.
—Escuchadme—dijo con solemnidad Alvarado—en este momento no tenemos aquí más que cien hombres de combate, pero decididos á morir ó á castigar la perfidia y la tiranía de ese mónstruo: ¿es verdad?
—Sí—contestaron los presentes con una especie de rugido.
—Bien; tú, Andrés de Tapia, ¿tienes en el convento armas y caballos para estos hombres?
—Y para otros más—contestó Tapia.
—¿Y hasta qué número puedes armar?
—Con lanzas, picas, ballestas, arcabuces y otras armas, hasta quinientos.
—Con quinientos hombres resueltos me comprometo á batir á Salazar.
—Es que cuenta, según sabemos, con mil castellanos.
—Y nosotros con la justicia de nuestra causa, que vale por un ejército: quinientos hombres me bastan.
—Pero aunque hay armas, faltan brazos que las esgriman.
—Dios nos ayudará; dispón que me sigan en este momento treinta jinetes escogidos.
—¿Qué piensas hacer?
—Ya lo verás: yo saldré con esos treinta jinetes; tú entretanto te pones en son de defensa con el resto de la gente, por si Salazar intentase algo contra el convento: fía en Dios, y mañana á la madrugada, armas serán las que falten para darlas á nuestros partidarios.
Andrés de Tapia salió de la estancia en que hablaban, y media hora después volvió diciendo á Jorge de Alvarado:
—Los jinetes están listos.
Alvarado estrechó la mano de sus amigos, montó en un soberbio caballo que un escudero tenía de la brida en el patio del convento, y salió á la calle, en donde esperaba encontrar á los que acompañarle debían.
En efecto, allí estaban. La luz de la luna reflejaba sobre las brillantes armaduras de treinta jinetes que como estatuas de hierro aguardaban inmóviles las órdenes de su capitán.
Seguía reinando en la ciudad el silencio más profundo, y de repente el tropel de la caballería, y gritos y pregones inusitados despertaron á los habitantes, y las ventanas y las puertas se abrieron casi simultáneamente y se llenaron de gente ansiosa de conocer la novedad.
Aquel extraño rumor lo causaban Jorge de Alvarado y los suyos que recorrían las calles de la ciudad pregonando: «que los que quisiesen servir al rey acudiesen inmediatamente á San Francisco, en donde les mostrarían cartas del Sr. Hernán Cortés.»
Pesaba tanto sobre la ciudad la tiranía de Salazar y de Chirino, y tanto se había sentido la fatal noticia de la muerte de Cortés, que aquel pregón causó una verdadera alegría, y en muy poco tiempo toda la ciudad se puso en movimiento.
Los mozos se reunieron inmediatamente á Jorge de Alvarado, los hombres se dirigieron luego á San Francisco, y las mujeres y los ancianos quedaron en guarda de las casas y rogando á Dios por los suyos.
Cuando la aurora hizo palidecer la luz de la luna, Alvarado había cumplido su promesa.
Faltaban armas á Tapia y le sobraban combatientes.
III
La arremetida
Mil castellanos y doce piezas de artillería eran la defensa de la casa de Hernán Cortés, en la cual se había encerrado el gobernador Gonzalo de Salazar.
En cuanto á su compañero Peralmindes Chirino, había salido de México hacía ya algún tiempo, á sofocar una sublevación de los naturales de Oaxaca, que se habían levantado y dado muerte á cincuenta españoles y á diez mil esclavos que trabajaban allí en las minas.
Peralmindes Chirino, que era, á lo que parece, tan mal gobernante como inepto general, salió burlado en aquella empresa, porque rodeados los enemigos en un gran peñón adonde se habían refugiado, escaparon durante la noche con todos sus tesoros, con mengua de la vigilancia de Peralmindes.
Por esta causa Salazar se encontraba solo en México la noche en que los amigos de Cortés determinaron atacarle.
Las noticias de cuanto pasaba en las calles y en San Francisco le llegaban á Salazar por momentos; podía haber salido con sus tropas en busca de sus enemigos y haberlos derrotado, porque eran aquellos inferiores en número y no contaban con artillería; pero nada hay tan tímido como una conciencia manchada.
Salazar revisaba personalmente la artillería, las avanzadas y las tropas de combate y las reservas, animaba á los soldados y á los capitanes, y procuraba infundirles el odio y el rencor de que estaba poseído.
En la mañana, un hombre que llegaba del rumbo de San Francisco se acercó á Salazar.
—Señor—le dijo—el enemigo se pone en movimiento.
—¿Y crees tú que se atreverán á atacarme?
—Tal creo, señor, porque reina entre ellos el mayor entusiasmo: han nombrado por capitanes á Jorge Alvarado, Alvaro Saavedra y Andrés de Tapia, y han sido electos gobernadores interinos Alonso de Estrada y Rodrigo de Albornoz.
—¡Miserables! ¿Y cuánta gente tienen?
—Gran número de plebe, pero sólo quinientos hombres listos para el combate.
—¡Que vengan!—dijo Salazar sonriéndose y dirigiendo una mirada de satisfacción á sus tropas y á sus cañones.
—¡A las armas! ¡á las armas!—gritó á ese tiempo uno de los centinelas—¡el enemigo!
—¡A las armas!—repitieron todos, y como estaban prevenidos, en un momento se coronaron las azoteas de gente, y los artilleros, con los mecheros encendidos, se colocaron al lado de los cañones.
En efecto, por las calles del monasterio de San Francisco caminaba con dirección á la plaza mayor una columna á la cabeza de la cual iba Andrés de Tapia.
Salazar hizo salir á la calle y formar enfrente de la casa de Cortés gran parte de sus tropas y de su artillería.
La columna de los sublevados se detuvo antes de desembocar á la plaza, y allí se adelantó gallardamente Tapia hasta ponerse á la habla con Salazar.
—Señor factor y vosotros los que con él estáis—gritó esforzando su robusta voz.—Sed testigos de que deseo la paz; me habéis perseguido, pero estoy sin pasión: vos, factor, habéis dicho y á mí me dijísteis, que teníades orden del consejo del rey para matar ó prender al gobernador D. Hernando Cortés: mostrad esa instrucción, y os seguiremos; si no la hay, ¿para qué tenéis engañada tanta gente? Y vosotros, señores, pues habéis servido al rey, dad agora ocasión á vuestros amigos, que roguemos al gobernador interceda con el rey para que os haga merced, antes que él venga y os haga cuartos.
—Tal instrucción del rey no tengo, ni á vos la mostraría—contestó Salazar con orgullo—más cuanto hago, bueno está, y antes moriré ó saldré con ello.
Tapia escuchó con asombro aquella insolente respuesta, y sin reflexionar en lo que hacía, dando espuelas á su caballo se lanzó sobre Salazar gritando:
—Caballeros, prendedle, si no queréis ser traidores.
—¡Calla, ó doy fuego!—exclamó Salazar arrebatando un mechero y precipitándose sobre un cañón.
—Retirémonos á la casa, señor,—gritó en este momento el jefe de la artillería Don Luis de Guzmán, tomando á Salazar de un brazo—el enemigo nos ataca por la retaguardia.
Salazar volvió el rostro con espanto, y en efecto, por la calle de Tacuba desembocaba otra columna.
—¡A la casa!—gritó Salazar retirándose el primero.
Entonces hubo una terrible confusión: los soldados, imitando á sus jefes, procuraron refugiarse dentro del edificio; pero el terror que se había apoderado de ellos era tan grande, que los primeros que penetraron, creyendo que tenían muy cerca al enemigo, cerraron las puertas dejando á los demás afuera.
Lo que era natural sucedió entonces: los que habían quedado fuera comenzaron á gritar: «Viva Cortés,» y se unieron á los asaltantes.
Desde este momento la derrota de Salazar fué inevitable.
Reunióse luego el Ayuntamiento, pregonáronse los nombramientos de Estrada y Albornoz y la destitución de Salazar y Chirino.
Pero Salazar no se rendía, y sus soldados comenzaron á hacer fuego sobre los que pasaban acompañando á Tapia que publicaba aquellos nombramientos.
—¡Santiago y cierra España!—gritó Tapia arremetiendo á la casa.
El grito de guerra fué repetido, y comenzó el asalto.
Tapia cayó herido de una pedrada en la cabeza, pero en un momento sus soldados derribaron las puertas y entraron á la casa.
Jorge Alvarado fué el primero que encontró á Salazar y le aprehendió; pero apenas se supo que estaba preso, cuando toda la gente se lanzó sobre él para asesinarle.
Apenas Alvarado podía defenderle; pero llegaron en su auxilio el mismo Tapia, Saavedra y muchos de sus amigos, y con gran esfuerzo lograron salvarle, haciéndole salir por una puerta excusada.
IV
Las fieras
Hombres, mujeres, muchachos y viejos, todos salían á las ventanas y corrían por las calles con gran alborozo para contemplar una extraña procesión.
En medio de un grupo de soldados, entre la burla y la rechifla del populacho, caminaba un hombre á quien llevaban casi arrastrando de una gruesa cadena que tenía atada al cuello.
Aquel hombre, á quien agobiaban más que el peso de su cadena los insultos de la multitud, era Gonzalo de Salazar.
Los ancianos le ponían como ejemplo de la vanidad de las glorias humanas; las mujeres le compadecían, pero no deseaban su libertad; los hombres se reían de él, y los muchachos le arrojaban lodo y cáscaras de fruta á la cara.
Aquel hombre, ó más bien dicho, aquella fiera sombría y silenciosa, fué paseada así largo tiempo por todas las calles de la ciudad.
Llegó después el caso de ponerle en una prisión, pero ninguna se consideró bastante estrecha, ni nadie quiso recibir en su casa á aquel excomulgado.
—Haremos una jaula—dijo el carpintero Hernando de Torres que se encontraba allí.
—Sí, una jaula—dijeron todos.
Hernando de Torres salió y comenzó á trabajar con una actividad increíble, ayudado de muchos.
Cuatro horas después, frente al palacio de Cortés, había ya dos fuertes jaulas formadas de vigas.
—¿Para quién es esa otra?—preguntó Tapia mostrando la jaula que estaba cerca de la de Salazar.
—Para Chirino, que viene en auxilio de su compañero—contestó Hernando de Torres.
—Tienes razón.
Salazar quedó encerrado en su jaula, y atado en ella del cuello con una cadena.
Todos los días los muchachos rodeaban aquella jaula, y se divertían en arrojar piedras y cieno á Salazar.
Muy pronto Chirino, hecho prisionero por Tapia, vino á ocupar el puesto que se le había destinado, y comenzó para aquellos monstruos la época de la expiación.
Sin embargo, no les faltaron amigos que pretendiesen libertarlos, y se formó para ello un complot, y los conjurados intentaron cohechar á los guardianes y abrir las jaulas con llaves falsas.
Descubrióse la conspiración, y un Escobar que hacía cabeza en ella fué ahorcado, y á sus cómplices se les cortaron las manos y los pies.
Salazar y Chirino, como dos fieras encadenadas y enjauladas, quedaron allí sin esperanza de libertad en mucho tiempo.
V
Dos gotas en el mar
Cortés volvió á México al saber cuanto ocurría en la ciudad, pero sus enemigos no dejaban de trabajar contra él en la corte, y así es que no quiso volver á recibirse del gobierno; y después de mil peripecias, Alonso de Estrada fué reconocido como gobernador.
Entonces Salazar fué sacado de la jaula, y esto aconteció en Agosto de 1527.
Su prisión había comenzado en Enero de 1526: cerca de veinte meses estuvo encadenado y enjaulado.
Chirino había sido puesto en libertad un poco antes.
Salazar quedó aún en la Nueva España intrigando con los visitadores y gobernadores que el rey enviaba.
Pasó después á España, donde se le confió el mando de una flota que venía á México, en compañía de la armada que mandaba D. Hernando de Soto; pero al salir de Cuba, Salazar desobedeció á Soto, y en poco estuvo que Soto no le hubiese ahorcado.
Desde entonces los nombres de Salazar y de Chirino se pierden en la oscuridad, y desaparecen como dos gotas de agua que caen en el mar.
Sin embargo, algunos dicen que Chirino murió á manos de los indios en Jalisco.
Tal fué la suerte de los primeros tiranos que tuvo México después de la conquista.
LA SEVILLANA
I
La Tempestad
En una hermosa tarde del mes de Octubre del año de 1550, una barca pequeña se desprendió del embarcadero de Veracruz y se hizo mar afuera. Iban en ella dos bogas, un viejo piloto manejando el timón, y un grueso personaje vestido con un largo gabán ó pellica oscura, y un sombrerillo arriscado sin plumaje alguno, al estilo de los que usaban los que no se consideraban como hijodalgos. Cuando hubieron pasado los arrecifes, el piloto hizo señal á los remeros de que bogaran más despacio, y se dirigió al hombre gordo.
—¿Piensa vuesa merced que en esta cáscara de nuez lleguemos á Cádiz ó al Puerto de Palos?
—Yo te lo diré, Antón, antes de cinco minutos. El hombre gordo se puso en pie, sacó de un estuche de baqueta un anteojo, lo graduó á su vista y se puso á registrar el horizonte. A los cinco minutos justos se volvió á sentar en la barca y le dijo al piloto:—Adelante, Antón, porque no tardaremos media hora en descubrir los palos de la Covadonga.
—¿Qué horas son?—preguntó el piloto.
—Las cinco,—contestó el hombre gordo alzando la vista al sol.
—Pues á las seis ó á las seis y media tendremos una tempestad.
La mar estaba tranquila, el sol brillante; de vez en cuando se sentía un viento caliente como si viniese del desierto de Africa, y en el horizonte se aglomeraban algunas nubes de formas caprichosas. Los bogas volvieron á tomar aliento, y la barca volaba como un alción en la superficie de las aguas.
Después de un cuarto de hora el hombre gordo volvió á ponerse en pie, á tomar su anteojo y á registrar el horizonte; y volviéndose después al piloto le dijo:
—Creo haber descubierto en el horizonte alguna cosa como un palo, pero tan delgado que más bien parece una espiga de trigo. ¿Qué dices, Antón?
—Digo, mi señor D. Jerónimo, que lo que vuesa merced ve con el anteojo, lo he visto yo con mi vista natural. O la Covadonga está ya subiendo la última escalera de las aguas, ó yo no me llamo Antón de Peralta: pero antes que nosotros lleguemos á la Covadonga, y la Covadonga al puerto, ya soplará recio y muy dichosos seremos si Dios y sus santos nos dejan llegar á los arrecifes.
—¿Y en qué te fundas para tan triste pronóstico?
—Conozco mucho estos mares, y nunca he visto en el horizonte rayas amarillas, sin que á poco no haya soplado lo que se llama entre nosotros borrasca desecha. Mirad.
El hombre gordo miró con cuidado el horizonte. Las nubes de un amarillo opaco y triste como el fuego cuando va perdiendo su color rojizo con la luz del sol, formaban unas rayas uniformes y que parecían, más bien que naturales, formadas ó arregladas de intento. Las ráfagas de viento caliente se hacían sentir con más frecuencia, y de vez en cuando se oía un ruido como si fuese el lejano disparo de un cañón.
—Ni una sola vez, cuando el cielo está así á la hora de ponerse el sol, ha dejado de haber tempestad, dijo el piloto. Si teneis grande interés en hablar á la Covadonga, vamos, porque un viejo piloto español jamás retrocede ni ante las ondas ni ante los vientos. Los marinos sabemos que nuestra sepultura es ancha y profunda, y nos horroriza la idea de ser machacados y encerrados debajo de la tierra; pero vuesa merced preferiría mejor cenar esta noche un buen pescado en su casa y remojarlo con una bota de tinto, en vez de exponerse á que los pescados se cenen el vientre de vuesa merced.
—Tenía yo mucho interés en saber si viene en la Covadonga un alto personaje, porque mi amigo el alcalde de Mesta, Ruíz de la Mota, tiene ya sus barruntos de que el Rey mandará un visitador con cartas y provisiones amplias; y quién sabe si la pasarán mal ciertos personajes. Este es un negocio que puede valerme unos cuantos pesos de oro, además de los que gane en el fierro y en el azogue que me vienen en el navío.
—Entonces no hay que tener miedo, y hasta encontrar á la Covadonga, que el comerciante, como el soldado y como el marino, debe morir en su oficio.
—No, no, Antón, dijo el hombre gordo: tampoco á mí me gustan ni esas nubes ni ese ventarrón caliente. Aquí en la Veracruz, cuando sopla caliente á poco sopla frío, y vale más, como dices, cenar muy quietos en casa. Volvámonos, y me acompañarás cuando lleguemos, á tomar un trago de vino. Desde tierra veremos mejor los movimientos de la Covadonga.
Antón, sin responder palabra, viró la barca y dirigió la proa á Veracruz. El mar tomaba un aspecto singular; la luz amarillenta del sol, combinándose con el verde de las aguas, formaba un ancho campo donde parecía que comenzaba ó se apagaba un incendio; el viento irregular soplaba por intervalos al Sur y al Sudeste, las ondas se iban bordando de una franja de espuma, y de las fatídicas rayas amarillas parecía que brotaban gruesas nubes de un aspecto amenazador.
—Si no llegamos en media hora no llegaremos nunca,—dijo el piloto.
—Al puerto, bogas, al puerto, dijo D. Jerónimo, y tendrá cada uno un tonel de vino. Los bogas redoblaron su esfuerzo, el mar se hinchaba por momentos, y cuando la barca pasó los arrecifes y puso la proa al embarcadero, multitud de gente en la playa veía aterrorizada aquella cáscara de nuez que se hundía y volvía á aparecer entre la espuma como si fuera arrojada por el soplo de un monstruo desde el fondo del abismo. Por fin atracó al lado del embarcadero de madera, y el hombre gordo, el piloto y los bogas saltaron á tierra llenos de agua y de sudor. La Covadonga estaba ya visible y se adelantaba resueltamente en medio de la tempestad que había estallado al entrar en el puerto.
En instantes el aspecto del cielo cambió, las líneas amarillas, moribundas y enterradas al parecer en un horizonte morado oscuro, despedían un opaco y siniestro brillo, el resto del cielo estaba oscuro, el viento Nordeste desencadenado silbaba, las barcas amarradas danzaban y se chocaban entre sí, y gruesas y estrepitosas olas iban á estrellarse y á hacer crujir los débiles tablados que entonces formaban el embarcadero.
La atención de todos los espectadores estaba fija en el barco atrevido que así desafiaba la tormenta; y el hombre gordo, sin sentir ni la agua, ni la fatiga, ni el cansansio, estaba fijo y mirando las maniobras de la embarcación.
Cuando cerró la noche, la Covadonga encendió una luz á proa y tiró un cañonazo. Si el cañonazo era de socorro, era inútil, pues la mar estaba de tal manera furiosa, que cualquiera barca se hubiera hecho mil pedazos.
II
Doña Beatriz
La Covadonga, juguete de las ondas, empujada más de una vez á los arrecifes, estuvo á pique de ser hecha mil pedazos, pero el bravo marino español logró entrar al puerto, y frente del islote de San Juan de Ulúa dió fondo, amarrando su barco con dos gruesas y pesadas anclas. Continuó el recio viento parte de la noche, y el barco se mantuvo flotando y resistiendo el azote de las corrientes que se estrellaban contra sus costados, á pesar de las predicciones de todos los marinos y habitantes de Veracruz, que creían que de un momento á otro vendría á la costa; y se aprestaban á dar todo el socorro posible á los náufragos. Don Jerónimo cenó su pescado, bebió su vino en compañía del piloto y volvió á la playa, donde permaneció toda la noche esperando de un momento á otro ver hundidos sus botes de azogue y sus almadanetas de fierro, y sobrenadando el cadáver del importante personaje que esperaba.
El día siguiente de esta cruel noche amaneció puro y brillante, el viento había caído y las ondas poco á poco fueron disminuyendo, de modo que á medio día se pudo barquear, y todos los botes que dejó en buen estado la tormenta volaron por la bahía, y como una parvada de pájaros que caen sobre los granos, rodearon á la nave española.
No es por cierto hoy Veracruz tan concurrido ni tan activo como otros puertos del Golfo y de las Antillas; pero en los tiempos á que nos referimos, la llegada de un barco era un verdadero acontecimiento: así, en cuanto la autoridad lo permitió, la cubierta se llenó de curiosos, y uno de los primeros que subió la escala fué nuestro conocido Don Jerónimo, procurando indagar si venía su cargamento de fierro y azogue y el personaje distinguido á quien buscaba.
—Viene nada menos, contestó el piloto, que un Visitador; pero su esposa ha sufrido mucho en el temporal, y está desmayada ó tal vez muerta en la cámara.
Nuestro hombre gordo, bien relacionado por una parte con todas las autoridades, y pesado y exigente por otra, se abrió paso por entre la muchedumbre, y saltando por sobre los cables y estorbos que había en la cubierta, logró penetrar en la cámara, y lo primero con que encontró su mirada fué á una mujer, y quedó como pasmado, sin poder articular palabra ni moverse en algunos minutos.
Era por cierto una mujer hermosa; y nada hay comparable á una mujer española cuando es joven y positivamente bella. La criatura que causó la admiración de Don Jerónimo estaba medio acostada en un banco de la cámara, y su cabeza caía descuidadamente en unos cojines. Era de un blanco limpio, grandes ojos cerrados que sombreaban unas rizadas pestañas y coronaban dos arqueadas y sedosas cejas. Su boca entreabierta dejaba ver entre sus labios algo pálidos una dentadura fuerte y no muy pequeña, pero cincelada y lustrosa, y su largo y negro cabello ligeramente rizado, caía en un armonioso desorden realzando la admirable regularidad de sus facciones. El pecho, los hombros, todo ello formaba ondas y contornos suaves que dejaba adivinar un traje de seda, algo maltratado y húmedo, pero que parecía colocado de intento por un hábil artista. La casualidad, la fatiga, el peligro, su estado de dejadez y de abandono, todo cooperaba á aumentar la belleza de esa mujer.
Cuando D. Jerónimo volvió de la admiración, procuró dirigirse al personaje que estaba cercano á esa Venus que parecía que había dormido entre las blancas espumas y las verdes ondas de la mar.
—Señor, dijo, veo que vuestra esposa ha sufrido mucho; y yo, sabiendo hace meses que debería venir de la corte un personaje tan alto, estoy encargado por mi primo Jerónimo Ruíz de la Mota, de ofreceros mi casa, mi persona y mis servicios.
El Visitador se inclinó con dignidad. Era lo que podía llamarse un hombre, y no representaba más de cuarenta años; de tez un poco morena, de ojo pequeño y vivo, grandes entradas en la frente, y un pelo negro echado hacia atrás con desorden pero con gracia, daba á su fisonomía un aire de audacia y de superioridad que no dejaba de imponer. Sin contestar á Don Jerónimo se acercó con afección á la dama desmayada, le compuso un poco los vestidos, le tomó el pulso, le puso la mano en el corazón, y después le acarició suavemente la frente.
—Es solo un desmayo, dijo dirigiéndose al hombre gordo. El temporal ha sido fuerte, y hemos estado á punto de naufragar. Los peligros y las aventuras se han hecho para los hombres, pero la naturaleza débil de las mujeres no puede sobreponerse al horror de una muerte próxima. Quizá en tierra recobrará sus sentidos, porque el olor de un barco no es el más á propósito......
—Es mi sentir, y vuestra señoría puede disponer de una buena barca que se portó ayer muy bien, pues salí con ella á encontrar á la Covadonga, y de verdad que sin Dios y mi piloto Antón, no tuviera hoy la honra de hablar con......
—El Lic. Vena, Visitador de México.
—Por muchos años, contestó inclinándose el hombre gordo; y su señoría dispondrá lo que hacer se debe.
En esto, la hermosa dama pareció volver en sí, abrió los ojos y se incorporó. Nueva admiración de Don Jerónimo. Aquellos grandes ojos negros como el azabache despedían rayos de amor y de luz. Don Jerónimo se mordía los labios, mientras el Licenciado envolvía en unas ropas á la encantadora mujer que había llegado á las Indias en medio de la más deshecha tormenta.
III
El Visitador
El Lic. Vena y Doña Beatriz, que así se llamaba la dama, se hospedaron en la casa de nuestro D. Jerónimo, que era un rico comerciante y que aventajaba mucho en sus negocios, agasajando cada vez que podía á los empleados y personajes influentes que llegaban de España á la colonia.
Doña Beatriz volvió á caer en un desmayo al llegar á la habitación; pero los cuidados que le prodigaron dos criadas negras que tenía D. Jerónimo, y más que todo una buena taza de vino y algunos alimentos, la volvieron á la vida, pues lo que realmente tenía era que en cerca de treinta horas, por el mareo y el miedo no había comido. Así que estuvo repuesta y se encontró segura en una amplia y bien ventilada habitación, desde donde se veía el mar quieto, azul y brillante, sonrió y se dirigió al Lic. Vena, cuyas facciones denotaban una profunda tristeza.
—Es un placer, un placer que no tiene igual en la tierra, verse libre y segura después de una tormenta. ¡Qué noche, qué noche! creo que si pienso más en ella me volveré loca.
El Licenciado no le contestó, y continuó mirando distraídamente al mar. Beatriz, que lo observaba, cambió inmediatamente; bajó los ojos, y dos lágrimas silenciosas rodaron por aquellas mejillas suaves, deteniéndose un instante en el suave vello que las hacía parecer como un terciopelo al través de la luz.
—No sé por qué, dijo, daría yo la mitad de mi vida por verme en mi casa de Sevilla, al lado de mis flores, de mi madre, de Pilar mi hermana. La América nos ha recibido con una tormenta, y yo no puedo ver estas playas secas y arenosas, y estos arrecifes terribles, sin que se me cierre el corazón.
—Todo esto pasará, Beatriz, le contestó el Licenciado saliendo de su distracción y procurando poner un semblante muy afable. Dentro de pocos meses estaremos en Sevilla, en Granada, en Italia; pero no me hagas creer que te has arrepentido, porque eso sí me pondría de veras triste.
—Arrepentida, no; pero qué quieres; yo preferiría......
—¿Estar con tu marido, acaso?—repuso violentamente el Licenciado.
—Con mi marido; no, nunca. Esta señal que tengo en el carrillo es una garantía segura de que nunca volveré ni á mirarle. Una sevillana ama, pero no perdona.
Beatriz tenía, en efecto, una pequeña señal en el carrillo izquierdo.
—Bien, bien, dijo Vena, no hay que traer á la memoria recuerdos amargos. Pensemos en el porvenir, y es lo que nos toca.
—¿Traes tus cartas y tus provisiones?—le preguntó Beatriz.
—Precisamente las cartas del Rey, no; pero bastan por ahora las instrucciones; y sobre todo, ¿quién puede dudar......?
Don Jerónimo tocó suavemente la puerta y anunció que el Ayuntamiento quería felicitar al Visitador y ponerse á sus órdenes. En menos de media hora el Licenciado y Doña Beatriz salieron elegantemente vestidos á la sala á recibir á la concurrencia.
Los miembros del Ayuntamiento le presentaron un gran azafate de plata.
Una comisión del comercio que llegó después, le presentó á Doña Beatriz, en una bandeja de oro, una sarta de gruesas perlas.
Las visitas y las comisiones se sucedieron unas á otras, y cada persona llevaba al Visitador ó á su esposa un objeto de valor ó alguna curiosidad. Terminó la ceremonia, y el Visitador y Beatriz pasaron al comedor, donde nuestro grueso y buen Don Jerónimo tenía dispuesta una suculenta mesa.
Un correo se despachó á México avisando que el Lic. Vena, con cartas y provisiones del Rey, muy importantes y secretas, había llegado á Veracruz, y dentro de pocos días pasaría á la capital.
En esa época era Virrey D. Antonio de Mendoza, hombre que poseía la confianza de la Corte, que había gobernado perfectamente la Nueva-España y que no tenía de esos enemigos tenaces y secretos que perdieron á Cortés más de una ocasión en el ánimo del Soberano; así, la llegada de un Visitador no dejó de chocarle; pero puesto que era un hecho que estaba en Veracruz, no había otro remedio sino recibirle y obedecer.
En cuanto á la Audiencia, era otra cosa. Los Oidores quizá no tenían tan limpia su conciencia, la noticia los puso en cuidado, y lo primero que trataron y convinieron entre sí, fué ganarse la confianza y protección del personaje.
IV
La Audiencia
Vena y Doña Beatriz salieron al cabo de ocho días de la Veracruz, llenos de plata, de oro y de valiosas alhajas, custodiados por cuarenta lanzas jinetas. El camino fué una perpetua ovación. Los caciques, los justicias, los vecinos principales salían á recibir á los nobles personajes, y los banquetes y los obsequios eran continuados. Llegado á México, se alojó en una de las casas principales que los oidores le habían preparado, y á los tres días le mandaron respetuosamente pedir sus provisiones para darles cumplimiento.
El Licenciado contestó con la mayor franqueza y naturalidad, que él no había traído las provisiones, porque el Virrey Velasco que estaba para llegar, las tenía y entonces serían vistas y cumplidas por todos los vasallos de S. M.
La Audiencia se dió por satisfecha: llamó al Lic. Vena á sus estrados, le dió asiento en ellos, y con la mayor escrupulosidad le estuvo dando cuenta é instruyendo de todos los negocios graves que había pendientes, procurando inspirarle una resolución favorable.
Las horas en que el Licenciado acababa esos importantes quehaceres, las empleaba en su casa en recibir á las personas más distinguidas. Los encomenderos y todas las muchas gentes interesadas en la visita le llevaban cuantiosos regalos de oro y plata para él, y de alhajas y perlas para Doña Beatriz. A la segunda semana de haber llegado el Visitador á México, ya tenía un valioso tesoro, que reunido al de Veracruz, formaba un respetable capital bastante para vivir con independencia el resto de la vida.
Beatriz estaba rica: su hermosura deslumbró y causó sensación en México; pero cada vez estaba más triste, y raro día no dejaba de acordarse de su Sevilla y de derramar algunas lágrimas. El Lic. Vena la tranquilizaba y le aseguraba que antes de dos semanas estarían de vuelta en Veracruz y se embarcarían en la misma Covadonga, que aun no se daba á la vela.
Un día, como de costumbre, el Licenciado se fué á los estrados de la Audiencia, y allí llegó un correo expreso enviado de Veracruz, que avisaba que el Virrey Don Luis Velasco había llegado.
Al escuchar esta noticia, el Licenciado se puso pálido, y un ligero temblor se observó en sus labios; pero los oidores nada advirtieron, y él tuvo tiempo de reponerse.
—Qué me place, les dijo, que el buen Don Luis haya llegado, y sin la tormenta que á mí me trajo á tierra. Quiera Dios que yo sin tormenta vuelva, y con el permiso de vuestras señorías mañana partiré á encontrar al Virrey y á tomar las cartas y provisiones que me traerá, para que podamos continuar la visita para bien de S. M. y de sus reinos.
Los oidores ofrecieron sus servicios al Visitador, y despidiéronse de él cordialmente, pues creían que con tanto presente que le habían hecho le tenían enteramente de su parte.
El Licenciado salió de la Audiencia precipitadamente, se dirigió á su casa y entró buscando á Beatriz.
—¡Estás demudado! ¿Qué te ha sucedido? ¿Estás enfermo?—le preguntó Beatriz.
—Más me valiera haber muerto,—contestó el Licenciado.—Corremos un gran peligro, y esta noche es necesario que salgamos de la ciudad. Nada me preguntes ahora, y recojamos nuestras joyas y nuestros tesoros.
V
Los azotes y la loca
Don Antonio de Mendoza, que había siempre desconfiado, hizo regresar violentamente el correo á Veracruz para que preguntara al nuevo Virey lo que había.
Don Luis de Velasco contestó que no había tal visitador, que á su salida de España la Corte no había tratado de mandar persona alguna, y que así ese Lic. Vena no era más que un impostor y un aventurero, y que el no traía para tal personaje cartas ni provisiones algunas.
Cuando los oidores supieron esta noticia, se mesaban los cabellos y pateaban de rabia. ¡Unos hombres tan severos, tan respetables como ellos, burlados y robados por un miserable!
El Virrey Mendoza, tranquilo y sin darse por enojado, pues él jamás fué víctima de tal superchería, dictó enérgicas disposiciones, y las circuló á los justicias de la tierra para que aprehendiesen al falso visitador.
Don Gonzalo de Vetanzos, gobernador de Cholula, prendió en el momento de marcharse al Lic. Vena y á la linda Sevillana, y los trajo á buen recaudo á México. El licenciado fué encerrado en la cárcel; la dama en una casa de confianza, y se recogieron las joyas, oro y plata que les habían regalado, devolviéndose á sus dueños.
En breves días se instruyó la causa, y el Lic. Vena fué condenado á diez años de galeras, y á recibir antes cuatrocientos azotes.
*
* *
La misma multitud indolente y curiosa que se agolpó á ver la entrada solemne de la noble é interesante pareja, llenó las calles y los balcones para presenciar la cruel ejecución.
Un hombre, que se podía llamar hermoso, iba montado y atado en una bestia con albarda: llevaba las espaldas desnudas, pero su semblante era altanero y fiero, y desafiaba las miradas insolentes de la multitud.
El pregonero se detenía en cada esquina, y gritaba tres veces: Esta es la justicia que el Rey manda hacer en el Lic. Vena, por embaidor, por embaidor.
Apenas acababa aquel funesto grito, cuando los verdugos descargaban con todas sus fuerzas diez varazos, contándolos con una especie de complacencia.
Cuando hubo la tumultuosa comitiva y el infeliz licenciado pasado cuatro esquinas, su brío se había acabado, la sangre corría escurriendo al suelo, y algunos pedazos de carne se levantaban de sus espaldas.
El pregón continuó, y los azotes también. En la sexta esquina, una hermosa mujer apareció, encontrándose frente á frente con el azotado. Abrió los ojos, llevó la mano á los cabellos, y empujando á la multitud corrió por las calles dando lastimeros gritos. El Licenciado la miró espantado, hizo un esfuerzo por romper sus ligaduras, pero un terrible azote del verdugo le hizo lanzar un gemido de dolor.
*
* *
La historia no dice si el Lic. Vena murió en el suplicio ó fué al fin llevado á galeras. Tampoco se sabe la suerte que corrió la hermosa Sevillana, víctima de un extravío y de un amor desgraciado.
Pasados algunos años de este suceso, se refería por el vulgo que á las doce de la noche se aparecía la Sevillana y corría por las calles dando gemidos tan dolorosos que partían el corazón.
ALONSO DE AVILA
I
Prologo.—La confesión
En una noche oscura y lluviosa de fin de Julio de 1564, víctima el Virrey D. Luis de Velasco de los más acerbos dolores que le ocasionaba una aguda enfermedad, entregaba su alma á Dios. A ese mismo tiempo, y entre las tres y cuatro de la mañana, un hombre envuelto en un raído y pardo ferreruelo, escurriendo por todas partes la agua que había mojado su sombrero y vestidos, tocaba con grande estrépito la portería del convento de Santo Domingo de México, y los golpes duros y compasados producían un eco triste en las calles solitarias y en las bóvedas y estrechos corredores del monasterio. Parece que el lego portero, que estaba dormido profundamente, era el único que no oía este ruido que sin interrupción continuaba, hasta que al fin una voz ronca y gruñona se escuchó del otro lado de la puerta, y al mismo tiempo una ventanilla se abrió y dejó pasar por sus pequeñas pero espesas barras de hierro un manojo de rayos de luz que fueron á iluminar las espesas y mojadas barbas del que tocaba.
—¿Quién es el imprudente que turba á estas horas el reposo de este convento, y qué quiere?—preguntó desde adentro el lego portero con visible mal humor.
—Su Paternidad perdone. Soy Pero Ledesma, criado de mi señor Fortún del Portillo, que está en la agonía, y su alma no espera más que al Muy Reverendo Padre Fr. Domingo de la Anunciación para irse al otro mundo.
—Eso es otra cosa, Pero, dijo el lego, y todo lo que sea para la salud de la alma de tu amo que es bienhechor de nuestro convento, debemos hacerlo. Espera un poco y arrímate al marco de la puerta, pues parece que llueve fuerte. El lego sonó un gran manojo de llaves, metió una de ellas en la chapa, y en pocos minutos el rechinido de la enorme puerta anunció que el criado de D. Fortún tenía expedita la entrada del sombrío é inmenso monasterio.
—No hay que perder tiempo, dijo el lego, acomodando en la cintura el manojo de llaves y tomando en la mano una linterna que despedía una luz rojiza; cuando se trata del alma de un cristiano y de un buen español, no hay que dormirse ni que perder tiempo.
Los dos personajes subieron la escalera y se internaron por los corredores oscuros, dejando el uno un rastro de agua y el otro una nube de humo denso que despedía la mecha del farol. Llegaron á la celda de Fr. Domingo, tocaron, y al escuchar el Reverendo Padre el nombre de Fortún del Portillo, se levantó resignado, se puso una montera que le cubría las orejas y los ojos, y envuelto en una especie de turca ó sayal negro salió en compañía del criado, que encendió una tea de resina y le guió por las calles oscuras y llenas de charcos y de lodo, hasta la casa del moribundo y penado caballero.
Fortún del Portillo era hombre como de más de cincuenta años, cara larga, barba cerrada y cana. Los ojos eran hundidos, pero las enfermedades se los habían retirado casi hasta el cerebro. Sufría un ataque agudo del hígado y estaba ya sin aliento ni fuerzas, tendido en su lecho y en los últimos instantes de su vida. La recámara estaba iluminada con velas de cera que ardían delante de diversas imágenes de santos, y el cuello del paciente cubierto de reliquias y de escapularios. Luego que Fr. Domingo entró, todas las mujeres que asistían al enfermo y rezaban oraciones en coro se agolparon á su derredor y le besaron la mano. El Reverendo mandó apagar algunas de las velas y retirar á todas las rezanderas.
—Vamos, señor Fortún, ¿qué es eso? os creía, al contrario, muy aliviado...... quizá Dios todavía hará un milagro,—dijo Fr. Domingo acercándose á la cama del enfermo.
—¿Traéis los Santos Oleos?—respondió el enfermo con una voz trabajosa.
—No; y á fe que no os creía tan grave, y quizá......
—Dios me ha permitido, interrumpió el enfermo, que viva el tiempo necesario para que oigáis mi confesión, y ha querido salvar mi alma del infierno. Bendita sea su divina misericordia.
—Confiad en Dios, replicó Fr. Domingo; y quitándose su negra capa, arrimó junto á la cama un tosco sillón y se dispuso á oír la confesión del enfermo, el cual, por su parte y con mil esfuerzos, se incorporó y se acercó lo más posible al confesor.
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—¿Creéis que Su Divina Majestad me perdonará?—preguntó el enfermo después de haber confesado sus culpas.
—Si os arrepentís sinceramente, tendréis el cielo seguro, pues Dios perdona los más grandes pecados.
—¿Creéis, padre, que haría bien, para descargo de mi conciencia, en dejar para concluir la fábrica de las capillas, alguna parte de lo poco que Dios me ha dado en esta tierra?
—Seguramente, contestó Fr. Domingo. Todo eso es grato y meritorio á los ojos de Dios.
—Es que, continuó el enfermo con una voz que con esfuerzo le salía ya de la garganta, tengo otro pecado tan grande, tan horrendo, que dudo que Dios me lo perdone aun cuando dejara todo mi caudal al convento.
—No hay que blasfemar ni dudar un solo instante de la misericordia de Dios, que es infinita,—interrumpió el padre con entusiasmo. Vamos, no hay que tener empacho ni vergüenza á la hora de la muerte. Decid, depositad vuestro secreto en este Santo Tribunal.
El padre se acercó de nuevo al enfermo, y éste le habló un momento en voz muy baja.
—¡¡Jesús!!—exclamó Fr. Domingo dando involuntariamente un salto del sillón; ¿y todo ello es verdad?
—Tan verdad, padre, como que dentro de poco he de comparecer ante la presencia de Dios.
—Es muy grave, muy grave todo eso, y no hay que perder tiempo; y en esto buscó su sayal negro y caló de nuevo la montera.
—¿No me absolvéis? ¿me cerráis las puertas del cielo? ¿he de morir así como un hereje, sin esperanza ninguna?—dijo el enfermo con las lágrimas en los ojos......
—Es verdad, es verdad, dijo Fr. Domingo; pero os absuelvo con una condición. El padre se acercó al enfermo y mediaron algunas palabras. Después con toda solemnidad le dió la absolución, y apenas hubo tiempo, pues Fortún del Portillo hizo un gesto supremo, se volvió del otro lado, sus ojos se cerraron y su alma voló á la eternidad.
Fr. Domingo, preocupado con las últimas palabras que le dijo el moribundo, apenas acertó á rezarle las últimas oraciones de la Iglesia, avisó á los deudos, que entraron arrojando lastimosos lamentos, mientras el reverendo salió á la sala y se comenzó á pasear hablando solo y haciendo diversas señas y ademanes con las manos. Parecía que se había vuelto loco.
Luego que amaneció, se envolvió en su turca, y sin despedirse de nadie salió precipitadamente á la calle, se dirigió al palacio y encontró allí una multitud de gente que lloraba y se lamentaba amargamente. Era que el Virrey había muerto casi á la misma hora que Fortún del Portillo.
—No hay otro remedio, dijo en voz baja Fr. Domingo, sino dirigirse inmediatamente al visitador Valderrama; y sin entrar en su convento tomó el rumbo donde vivía este célebre é importante personaje.
II
El Marques del Valle
En la época en que va á comenzar la acción del drama histórico que en compendio vamos á referir, la muerte y el tiempo habían ya arrebatado y reducido á polvo á los personajes que por un momento hemos animado en nuestros primeros capítulos y presentado como figuras principales en el gran acontecimiento de la conquista. Los reyes aztecas y texcocanos habían sido inhumanamente matados por sus conquistadores, y los conquistadores matados también por ese secreto impenetrable que se llama muerte, y que á cierto tiempo nivela al opresor y al oprimido, á la víctima y al verdugo. El gran Tonatiut había muerto desbarrancado en Mochitilte, y su mujer ahogada el mismo día por un volcán en Goatemala; el conquistador Don Hernando, aislado y despreciado de la corte, había exhalado, como cualquier miserable, su postrer suspiro en un pueblacho solitario y oscuro de España; en una palabra, la generación terrible de los primeros conquistadores se había extinguido en cosa de cuarenta años, y sus hijos y deudos eran los que se disputaban los honores, el mando supremo y las más bellas porciones del territorio mexicano[13].
En principios del año de 1563 un grande acontecimiento ocupó á los habitantes de la nueva colonia, y aun no dejó de alborotar también á los indígenas, que esperaban siempre con la llegada de un nuevo gobernante, que empeorase su situación. En esta vez se trataba de una persona cuya tradición era respetada de los indios mexicanos.
Don Martín Cortés, hijo del conquistador y de la noble señora Doña Juana de Zúñiga, después de haber servido al sombrío monarca que tenía el nombre de Felipe II, y de haberse salvado de grandes peligros en la batalla de San Quintín, regresaba á su patria á disfrutar de los honores y de las riquezas que le había dejado su padre. Era señor de Tlapacoya y de Cuilapa, de Mexicapa, de Coyoacán, de Cuernavaca, de Charo, de Toluca, de Tuxtla, y á tantos bienes y vasallos reunía el título de Marqués del Valle de Oaxaca. Sus riquezas, entonces inmensas, el favor de que gozaba en la corte, sus aventuras novelescas de la juventud, su figura imponente y arrogante que recordaba la del gran conquistador, y el estar enlazado con Doña Ana Ramírez de Arellano, señora de muchas prendas y clara nobleza, le dieron tal prestigio, que México le vió, si no como el verdadero monarca de este reino, al menos como su más fiel y respetable imagen.
El Marqués puso además de su parte cuanto le fué posible para sostener esta reputación y esta grandeza. Su casa era á la vez un palacio y un castillo. Pajes con ricas y doradas libreas, criados negros, indígenas y españoles vestidos de diferentes y vistosos trajes, y damas hermosas é indias nobles que servían á Doña Ana con el mismo respeto que á una reina. El aspecto militar era todavía más imponente. Muchas piezas de artillería se veían en el espacioso patio, compañías de jinetes y de arcabuceros estaban continuamente de facción, como si fuese una plaza de guerra, y en las noches se veían brillar entre las almenas, con los rayos de la luna, los cascos de los soldados que con una enorme lanza hacían la guardia. Cuando el Marqués salía á la calle, lo hacía regularmente en un soberbio caballo de Andalucía enjaezado con seda, oro y terciopelo. Se hacía preceder de un paje con la celada en la cabeza y una gran lanza enarbolada, y era seguido de muchos caballeros que eran sus amigos, cada uno de los cuales llevaba su servidumbre, y el conjunto formaba una brillante cabalgada que levantaba torbellinos de polvo, hacía resonar las toscas piedras de las pocas calles que había entonces empedradas, y pecheros y nobles y caciques salían de sus habitaciones á contemplar con una mezcla de curiosidad y de miedo al rico y poderoso Marqués del Valle. Tales eran los espectáculos y las cosas que llamaban la atención en esos tiempos en la noble y leal ciudad de México, á medio reedificar todavía, y muy distinta de lo que es hoy, según más adelante diremos para la inteligencia de nuestros amables y benévolos lectores.
III
Los Hermanos
Era un espacioso salón tapizado de seda color de grana hasta la altura de dos varas. Pesados escaños y toscos sillones cuyos brazos y pies se formaban de cabezas y garras de leones, y labrados de oloroso bálsamo, estaban colocados contra las paredes y cubrían todo el espacio donde no había balcones ó puertas. En el fondo había una imagen de Cristo Crucificado, y del techo pendían tres arañas enormes de plata. El suelo estaba cubierto con alfombras venecianas y con mantas bordadas de fuertes colores, testimonio todavía patente de la industria y civilización de la raza indígena. Al entrar en esta pieza no se sabía acertivamente lo que era; pero más tenía trazas de templo que de habitación profana dedicada á los saraos y banquetes.
En este salón se hallaba el Marqués paseándose de un extremo á otro, con la cabeza baja, un dedo en la boca, y con muestras de que una idea fija le preocupaba. A pocos momentos se presentó D. Martín Cortés, hijo del conquistador y de la hermosa Doña Marina, llevando en su ferreruelo la roja Cruz de Santiago. Detrás de D. Martín Cortés se entraron silenciosamente en el salón dos caballeros: el uno era D. Luis Cortés, hijo también del conquistador y de Doña Antonia Hermosilla, y el otro Alonso de Avila. Era este un mancebo de cosa de veinticinco años, hermoso y gallardo, de ojos negros y chispeantes, de frente ancha, de nariz larga y de boca grande, sombreada por un negro bigote con las puntas retorcidas hacia arriba. Hablaba con entusiasmo y viveza, era pronto y rápido en los movimientos, accionaba mucho, y su mano derecha la llevaba frecuentemente al pomo de su larga espada, porque era pendenciero y calavera, y manejaba con garbo y destreza las armas y el caballo: vestía un capellar de damasco encarnado bordado de plata, que tenía una capucha á la usanza morisca para cubrir la cabeza, un corpezuelo de una tela de seda tejida con plata y oro, y unas calzas de terciopelo negro.
Los tres caballeros, que como hemos dicho llegaron casi al mismo tiempo, observando la distracción del Marqués, se quedaron en pie y guardaron silencio; pero éste, al volver del extremo de la sala los miró, y desarrugando su faz sonrió y les tendió la mano.
—¡Hermanos! ¡Alonso! ¿sabéis ya la buena noticia?
—Precisamente nos han dicho......
—Que la marquesa acaba de dar á luz con toda felicidad dos gemelos, ¿no es verdad?
—Me habían dicho que uno solo,—interrumpió Alonso.
—Dos, por el beneficio de Dios, contestó el marqués, y ya veremos para después como son tan grandes como su abuelo y tan ricos como su padre. Lo que me preocupaba ahora enteramente, eran las solemnidades del bautismo. Quiero que haya unas fiestas verdaderamente reales, y que......
—Reales son todas vuestras cosas, Marqués, interrumpió Alonso de Avila, y reales las hemos de volver de tal manera, que las majestades reales queden asombradas de lo que aquí va á pasar.
—Quedo, quedo, dijo el Marqués poniéndose un dedo en la boca y cerrando la puerta;—y luego, dirigiéndose á los caballeros, continuó:—Sentáos y evitemos las ceremonias, pues que todos somos hermanos, y por tal tendréis siempre á mi fiel amigo Alonso de Avila.
Los caballeros, llamándose hermanos y estrechándose las manos, se sentaron á departir con la mayor confianza.
—¿Sabes, Marqués—dijo Alonso—que tengo un gran cuidado? es decir, de los cuidados que me dan risa y que á veces torno en placeres con mi espada.
—¿Algún duelo, alguna dama infiel, algún amor nuevo?—preguntó el Marqués.
—Nada de eso, pero quizá otra cosa más grave. No sé por qué tengo idea de que el juego de pelota, de dados y de naipes que he puesto en mi casa con el intento de crearme partidarios y disimular nuestras reuniones, ha sido denunciado al visitador Valderrama, y tiene ya los hilos de la conjuración.
—Nada es más cierto, repuso el Marqués, pero no te inquietes por eso; mi enemigo el Virrey es ya muerto, y Valderrama no ha dado importancia á la denuncia y todo me lo ha confiado. Por mi parte, y como que vive en mi casa, tengo que hablarle frecuentemente; lo he tranquilizado de tal manera que ni se acuerda del asunto.
—Y la audiencia, ¿sabrá algo?—preguntó el hijo de Doña Marina.
—Por la mirada torva y la maliciosa sonrisa que observé en el Oidor Ceynos, cuando lo encontré ayer, creo que nada ignora de cuanto está pasando, interrumpió D. Luis Cortés.
—Y qué tenemos que cuidarnos de semejantes antiguallas,—exclamó D. Alonso. ¡Por Santiago! que entre mi hermano Gil y yo acabaremos á estocadas con esos viejos pergaminos.
—Calma, contestó el Marqués, y ocupémonos del bautismo de los gemelos, porque precisamente en medio de las festividades organizaremos de tal manera nuestros negocios, que la tierra quede por nuestra, y libre de la tiranía de España y del despotismo de los oidores y visitadores. Lo que el padre quiso dar al Rey, el hijo no lo quiere confirmar.
—No hay que perder momentos, dijo Don Luis Cortés, y sepamos cómo tienen de pasar esas fiestas del bautismo.
—En primer lugar, contestó el Marqués...
En esto se escuchó en la calle el ruido seco y estridente de espadas que se chocaban, y llegaron al salón gritos descompasados de los que pedían favor.
Oír el rumor y correr los tres caballeros con tizona en mano, todo fué uno. El Marqués tomó su sombrero y su espada, y los siguió de lejos hasta la calle de Martín de Aberraza, donde ya reñían furiosamente los dos hermanos Bocanegras y Hernando de Córdova, de una parte; y Alonso de Cervantes, Juan Valdivieso, Nájera, Juan Juárez y Alonso Peralta, de la otra. La justicia había acudido y levantaba en ese momento á Cervantes que había caído atravesado de una estocada. El Marqués tomó la defensa de los Bocanegras, y la pendencia habría comenzado de nuevo, á no ser porque los alguaciles rogaron al Marqués y á los amigos que evitasen un disgusto en los días de un acontecimiento tan fausto. Envainaron todos las tizonas, los corchetes cargaron al herido, y el Marqués y sus hermanos, sin ocuparse ya del suceso, regresaron tranquilamente á la casa, y se dedicaron á discutir y fijar lo que ahora llamariamos el programa de las solemnidades para el bautismo de los recién nacidos.
IV
El Bautismo
Es necesario decir algunas palabras para explicar al lector cómo estaba la parte de la ciudad donde pasan las escenas que hemos referido y las que aun falta que contar.
El palacio actual fué edificado por Cortés en el mismo lugar donde estaba la casa de Moctezuma. Tenía cuatro torreones, dos puertas al frente y su balconería. No tenía añadidos, como hoy, ni la casa de moneda ni los cuarteles. Don Martín Cortés lo vendió al rey de España en cosa de treinta y cinco mil pesos, y poco antes de que pasaran los sucesos de que nos ocupamos, el virrey, la audiencia y otras oficinas se habían trasladado al palacio, pues antes residían en las casas que se llamaban del Estado.
La Diputación no tenía portalería. Era un edificio sólido y triste con dos baluartes. En la plaza que es hoy del Mercado, había una construcción de paredes altas sin balconería y con raras y estrechas ventanas, propiedad del conquistador, y donde se alojaban los indios de Coyoacán cuando venían á verle. El lugar que ocupa hoy la Universidad era un pantano inmundo, y un canal venía pegado al costado del palacio y se prolongaba hasta el callejón de Dolores, donde está hoy la casa de Diligencias. Los portales de las Flores, el de la Fruta y otros dos pequeños, estaban edificados y tenían unas escaleras que descendían al canal, y allí las canoas y piraguas desembarcaban sus efectos. Las casas de Cortés ocupaban todo lo que hoy se llama el Empedradillo, y daban vuelta por Tacuba, donde se encontraba la tapia de una huerta inmensa. El frente de estos palacios era como el de un castillo, con torres en las esquinas y almenas en las azoteas.
La catedral actual se comenzó á edificar posteriormente, y entonces había un templo pequeño que llamaban la Iglesia Mayor, y en la esquina frente al castillo del Marqués parece que había una torre aislada que llamaban la Torre del Reloj. En la esquina de la primera calle del Reloj, y que se llamaba de Ixtapalapa, donde ahora está la botica de Cervantes, estaba la casa de Alonso de Avila, formada en su mayor parte con las piedras labradas y con los ídolos de los templos mexicanos que estaban situados á poco más ó menos en donde es hoy la calle de Santa Teresa. La plaza mayor se formaba con estos edificios y estaba despejada y con un piso de tierra, con excepción de algunos tramos cercanos á las casas, que estaban cubiertos con los restos de las losas y piedras de los templos aztecas. Esta topografía, enteramente distinta de la que nos presenta hoy la plaza y sus cercanías, nos permitirá tener una idea más aproximada del carácter de las festividades que se dispusieron para el bautismo de los dos gemelos.
El aparato real que combinó el marqués con sus hermanos y amigos, se desplegó en toda su magnificencia el 30 de junio de 1566, que fué el señalado para el bautismo. Se construyó un primoroso tablado de cuatro varas de alto y seis ú ocho de ancho, por donde podía pasar todo el acompañamiento desde el interior de la casa del marqués hasta la iglesia mayor. Los padrinos fueron Don Luis de Castilla y Doña Juana de Sosa su mujer, y echó la agua á los gemelos el deán Don Juan Chico de Molina. Al salir la comitiva se disparó toda la artillería que se había sacado á la plazuela, y al regresar se repitió la descarga. En seguida, doce caballeros armados de punta en blanco hicieron sobre el tablado un torneo y lucharon valerosamente, dejando asombrada á la multitud por el brillo y riqueza de sus armaduras y por su destreza en manejar las armas.
La plaza mayor se convirtió, como por encanto, en un espeso bosque donde se veían altos cedros, encinas y otros árboles de la montaña; cerróse completamente con altas cercas de césped, y allí se pusieron venados, liebres, codornices y cuanto animal se pudo recoger, y diestros cazadores vestidos á la usanza indígena organizaron una partida de caza que divertía á todo lo más granado de la nobleza que en los balcones gozaba de la extraña novedad de este espectáculo. En la puerta principal de la casa del marqués, había de un lado un enorme tonel lleno de vino tinto, y otro de vino blanco en el extremo opuesto. Dos criados negros daban de beber á todo el pueblo, que entrando al patio cortaban en seguida grandes rebanadas de un toro asado, que entero y de pie estaba colocado en el centro. Este banquete se renovó constantemente durante ocho días. Excusado es decir que el pueblo ocioso, entusiasmado y sorprendido con festividades que antes no se habían visto y que no se volverán á ver otra vez, pasó una semana entre la borrachera, la alegría, el juego y el amor, pues la situación entonces de la ciudad, los tablados y bosques artificiales y la holganza extraordinaria, favorecían toda clase de desvaríos y de ilícitas alegrías. En medio de esta continua orgía solían aparecer tres bultos silenciosos envueltos en negros ferreruelos, que todo lo observaban y que de vez en cuando se descubrían un poco, y arrojaban con sus ojos, luminosos como los de las hienas, amenazantes miradas á la juventud alegre, bulliciosa y elegante que rodeaba al marqués. Cuando se buscaba con más empeño á estas tres sombras entre la multitud, desaparecían como si una hechicera invisible los arrebatara repentinamente por los aires.
V
La orgia y la conspiracion
Mientras el pueblo se divierte sin apercibirse del verdadero motivo de tanta bulla y de tanta fiesta, es necesario que entremos otra vez al interior de la casa del Marqués y asistamos á uno de los espléndidos banquetes en que se regalaba la nobleza, mientras el pueblo comía sus trozos de toro asado.
El comedor era un salón que tenía más de veinticinco varas de largo y siete de ancho, con los techos formados con vigas labradas de oloroso cedro; pero al entrar en la noche, era necesario ponerse la mano en los ojos para no cegar con los reflejos de tantas vasijas, platos y vasos de plata y oro como estaban colocados en los aparadores que cubrían la pared, casi hasta el labrado artesón.
Entraron al comedor en una de esas noches, D. Martín y D. Luis, que eran hombres por temperamento quietos, pero que á la sazón tenían que seguir la corriente de los acontecimientos, y no veían tampoco con indiferencia que su hermano llegase á ser el rey y señor de la Nueva-España. Tras de ellos fueron entrando sucesivamente D. Luis y D. Lorenzo de Castilla, D. Lope de Sosa, D. Hernán Gutiérrez de Altamirano, D. Diego Rodríguez Orozco, D. Bernardino Pacheco de Bocanegra, D. Fernando de Córdova y otra multitud de caballeros, todos amigos y partidarios del Marqués. Aun no se acababan de reunir y se saludaban y dábanse las manos, cuando entró éste.
—Extraña sorpresa, dijo, echando una mirada á la espléndida mesa que estaba ya puesta y aderezada.
—Seguramente es invención de Alonso de Avila, dijo D. Martín, y no sabemos cómo completará esta festividad tan extraña.
—Por Dios, exclamó D. Hernán Gutiérrez, que esta vajilla con ser de tierra no es menos curiosa que la de plata.
El Marqués y sus amigos se pusieron á examinar la vajilla que por orden de Avila se había construído, y era toda de barro tan primorosamente labrado, que cada pieza era curiosidad digna de un museo. Este servicio de mesa, hecho por los indígenas mexicanos, había sido sustituído al de plata del Marqués que se hallaba distribuído en los aparadores, con excepción de una primorosa taza de oro que tenía la forma de una corona, y que estaba intencionalmente colocada en el lugar preferente de la mesa en que debía sentarse el Marqués del Valle.
Cada uno decía algo á propósito del servicio indígena, cuando se presentó un paje que habló al oído del Marqués y salió inmediatamente.
—Por mi fé, caballeros, dijo el Marqués, que no sé lo que Avila tiene dispuesto; pero sea lo que fuere, él nos manda la orden de que nos sentemos á la mesa, y debemos obedecerle.—Todos los caballeros que hemos mencionado, el Deán Chico de Molina y otros más que habían entrado tomaron sus asientos y comenzaron á comer y á catar los ricos y exquisitos vinos españoles de que tan bien provistas estaban las bodegas del palacio.
Escuchóse el ruido del teponaxtle y de otros instrumentos indígenas, y casi al instante fué entrando al comedor el emperador Moctezuma, los reyes de Texcoco y Tlacopan y multitud de caciques nobles vestidos con tal propiedad, que si D. Hernando hubiese resucitado, trabajo le habría costado reconocer á los españoles bajo el disfraz indígena. Alonso de Avila desempeñaba el papel del emperador Azteca, y sus amigos el de los reyes y nobleza mexicana.
Saludaron al Marqués con la ceremonia indígena, se confesaron sus vasallos, le reconocieron como á su único y legítimo soberano. El fingido Moctezuma puso en el cuello del Marqués un sartal de flores y de joyas de gran valor, y los reyes colocaron en la cabeza del Marqués y de la Marquesa que se hallaba en una pieza inmediata, unas coronas de laurel, y luego en coro toda aquella loca y alegre mascarada azteca dió un grito diciendo: «¡Oh, qué bien les están las coronas á vuestras Señorías!»
Acabada esta ceremonia se incorporaron á los convidados y se sentaron á comer. El vino circuló con profusión, los brindis comenzaron y las conversaciones no tuvieron freno.
—No hay que perder un momento más, dijo Avila. Días y semanas han transcurrido, y nosotros llenos de miedo por tres viejos estantiguas.
—Al infierno con ellos, interrumpió Gutiérrez.
—¿Todos son de los nuestros?—preguntó D. Luis de Castilla.
Alonso de Avila se levantó, recorrió uno á uno á los convidados, y luego volvió á sentarse diciendo: podemos hablar; todos somos los de la familia del Marqués.
—¿Por fin se ha convenido en algún plan?—interrogó Nuño de Chávez.
—Está definitivamente fijado, y voy á explicarlo en dos palabras, pero con la copa en la mano y brindando por el legítimo y futuro soberano de México.
Todos se levantaron, y un grito de aprobación y de júbilo se escuchó en el palacio. El Marqués se puso un poco encendido, sonrió, bajó los ojos y dijo á su compadre Castilla que estaba junto de él:—Es todo una chanza, un juego, una diversión de mis amigos....
—Veamos el plan, dijeron varios.
—Silencio, dijo Avila, y caiga la maldición de Dios y la excomunión de la Iglesia sobre el que revele á los enemigos una sola palabra de lo que aquí va á decirse.
Los caballeros se pusieron en pie y llevaron la mano al puño de su espada.
Alonso de Avila hizo sentar á los convidados, y él en pie comenzó á hablar:
—Los encomenderos todos están en nuestro favor, porque van á ver perdidas sus riquezas con las nuevas leyes de España; los indígenas veneran la memoria del conquistador y aman al Marqués; la juventud y la nobleza adora al que es el modelo de la caballería: conque si con tales cosas contamos, ¿por qué hemos de sufrir por más tiempo el yugo y la dependencia de España? Hagámonos señores de la tierra que nuestros padres conquistaron con su sangre, dictemos leyes para nuestra felicidad, sacudamos la tiranía y arrojemos á todos esos virreyes, oidores y visitadores que vienen á poner el pie en nuestros cuellos. ¡¡Viva la independencia, viva el marqués del Valle, nuestro señor!!
Alonso bebió hasta la última gota del vino que tenía en un gran jarrón, y lo mismo hicieron todos los demás, secundando el brindis con estrepitosos aplausos.
—Aun no he concluido, gritó Alonso de Avila así que se hubo restablecido el silencio. Todo está fijado para el día de San Hipólito martir, en que sale del palacio la procesión del Pendón.—Se está construyendo un gran navío que se colocará en la plazuela como una de tantas cosas de la solemnidad de la toma de México; pero ese navío estará como el caballo de Troya, preñado de soldados y también meteremos unas cuantas piezas de artillería. Cuando los oidores pasen por la esquina de esta casa donde está la torre, D. Martín descenderá como para atacar á los del navío, y en medio de esta farsa caeremos sobre los oidores, y matándolos echaremos sus cadáveres al canal ó á la plaza. Una campanada del templo mayor avisará á los hombres de armas que tendremos en la calle y se encargarán de dar muerte á D. Luis y á D. Francisco de Velasco, á los oficiales reales y á todas las personas que se opongan á la rebelión. Una capa encarnada que moverá en la azotea del palacio el Lic. Espinosa, será la señal para el toque de las campanas, y á ese mismo tiempo se pondrá fuego al archivo y á todas las oficinas para que no quede ni el nombre del rey de Castilla.
Los convidados quedaron mudos; el prospecto de incendio, de sangre y de asesinatos había hecho pasar alguna cosa como un viento frío en sus frentes ya ardorosas por el licor.
—¿Tendremos miedo?—preguntó fieramente Alonso de Avila encarándose con los convidados.
La palabra miedo pronunciada entre hidalgos españoles hizo cambiar la escena. Todos llenaron sus vasos, bebieron y brindaron de la manera más terrible. Realmente hacían bien; el único poder armado en México era el Marqués. ¿Qué podían hacer tres viejos hurones metidos en sus casas y retirados del centro de la ciudad?
El Deán Chico de Molina se levantó, y pidiendo la atención y el silencio, tomó solemnemente la taza de oro y la puso en la cabeza del Marqués, diciéndole: ¡Qué bien que le está á la cabeza de vuestra Señoría!
—Chanzas, chanzas todas, dijo el Marqués dirigiéndose de nuevo á su compadre D. Luis de Castilla, y quitándose modestamente la taza de la cabeza, la llenó de vino y bebió.
—A las chanzas pesadas, dijo D. Luis de Castilla, y bebió también.
El entusiasmo no tuvo límites, los brindis siguieron hasta la media noche, pero al fin se levantaron los manteles, y los caballeros que tenían sus escuderos y sus corceles en los patios, montaron á caballo y formaron una rica y costosa Encamisada recorriendo y alborotando la ciudad con hachas encendidas y combatiendo y tirándose con alcancías, que eran unas bolas de barro rellenas de harina ó ceniza.
De en medio de este torbellino de borrachos alegres y de atrevidos conspiradores, se deslizaban de vez en cuando unas figuras negras y misteriosas que desaparecían apenas alguno fijaba en ellas sus ojos. El Marqués observó algo de esto una ocasión, y sintió, sin saber por qué, un ligero calosfrío.
VI
Los Oidores
Terminadas las espléndidas fiestas del bautismo de los dos gemelos, la ciudad volvió á su estado aparente de quietud y monotonía, el bosque desapareció de la plaza, y la casa del Marqués era únicamente visitada por sus hermanos y por uno que otro caballero de su intimidad. Los conspiradores se reunían de noche en la casa de Alonso de Avila. Su hermano Gil González apenas había tomado parte en todo esto, y permanecía fuera de México la mayor parte del tiempo cuidando una encomienda.
Los únicos que todo lo sabían, que todo lo observaban, eran los oidores, que eran en ese tiempo el doctor Don Francisco de Ceynos, Don Pedro de Villalobos y Don Jerónimo de Orozco. Reuniéronse un día en la Audiencia, que era un departamento oscuro y sombrío del palacio, cuyas ventanas daban á los sucios albañales que había, donde después se construyó el mercado y la Universidad.
—Supongo que todo lo sabeis, dijo el doctor Ceynos arrugando las cejas, despidiendo al alguacil que estaba en la puerta y cerrándola.
—Todos los fieles vasallos de S. M. hemos presenciado el escándalo de los desleales y traidores que quieren alzarse con la tierra, dijo Orozco; pero ¿cómo hacer, cuando ellos tienen las armas y la fuerza, y á los encomenderos y á los mismos indios de su parte? Nosotros realmente somos impotentes y estamos odiados.
—No hay más remedio que ahorcarlos á todos, interrumpió Villalobos.
—Es lo mismo que yo había pensado, y todavía más, lo he dispuesto así, y salva la opinión de vuestras señorías, lo haré como lo digo, contestó el doctor Ceynos. Desde que el reverendo Fr. Domingo de la Anunciación me reveló la confesión de Fortún del Portillo, que era nada menos que el encargado de asesinarnos, he seguido los pasos del Marqués y de los Avilas, y hoy puedo decir todo lo que está preparado para el día de San Hipólito mártir. Aquí tenemos también la denuncia de Velasco y de Villanueva.
—Nosotros lo sabemos también todo, quizá lo hemos oído á esos insolentes borrachos que se regalaban en casa del Marqués; pero repetimos, ¿cómo hacerlo?
—Voy á decirlo; y si teneis valor, fe en la justicia y amor á nuestro soberano, no se necesita más sino que juguemos la partida. Bien sé que se corre riesgo, pero también es nuestra única salvación, porque de lo contrario, un día ú otro seremos asesinados.
—Seguiremos la suerte de nuestro presidente, dijeron los dos oidores.
—Ha llegado un navío á Veracruz con pliegos de España.
—Lo sabemos.
—Pues no hay más camino sino llamar al Marqués hoy mismo á la Audiencia, diciéndole que el Rey manda que ciertos pliegos se abran en su presencia. Una vez que esté aquí, le prenderemos.
—Los dos oidores se levantaron de su silla, sorprendidos de tanta audacia.
—Y le degollaremos en seguida, lo mismo que á todos los demás. Aquí teneis la lista de los conjurados, todos deben reducirse á prisión en un mismo día y á una misma hora; de lo contrario somos perdidos: uno solo que quede, alborotará la ciudad, sacará la artillería de la casa del Marqués, y sus criados bastarán para arrollarnos.
—¿Teneis gente dispuesta?—preguntó Villalobos.
—Poca, pero decidida y bien pagada, contestó Ceynos, y además cuidan del lance enemigos personales de los Avilas, de los Bocanegras y del Marqués: no nos faltarán.
—Entonces manos á la obra, respondió Villalobos, y no hay que pensarlo mucho.
Un atento recado al marqués del Valle hizo que éste, ó ajeno de la celada que se le tendía, ó demasiado confiado, acudiera inmediatamente.
Luego que se presentó en la sala, le ofrecieron con mucha cortesía un asiento, mientras otro de los oidores mandó ocupar las puertas con la gente armada, que de antemano había preparado Ceynos.
Villalobos se dirigió al presidente, diciéndole:—Mandad lo que deba hacerse.
El doctor Ceynos se volvió resueltamente al Marqués, y le dijo con voz amenazadora: «Dáos preso por el Rey.»
—¿Por qué tengo de ser preso?—contestó D. Martín levantándose de su asiento y mirando á las puertas.
—Por traidor á S. M., replicó Ceynos.
—¡Mentís!—interrumpió el marqués ciego de ira y echando mano á su estoque;—yo no soy traidor al Rey, ni los ha habido en mi linaje.
Villalobos y Orozco se sobrecogieron creyendo que había llegado el último trance de su vida; sólo el doctor Ceynos clavó una mirada fija y fiera en el Marqués, é hizo seña á los soldados que se acercasen.
El Marqués reflexionó, envainó el estoque, y pálido como la muerte, entregó sus armas. Un momento, dijo, y estoy á vuestras órdenes. Retiróse á un rincón de la pieza y murmuró algunas palabras como una plegaria. Fué la promesa que hizo, si escapaba con vida, de dar de comer á un número de presos ese mismo día de cada año. El Marqués fué llevado á una pieza que en el palacio estaba dispuesta de antemano por Ceynos.
A la misma hora fueron aprehendidos D. Martín y D. Luis Cortés y todos los convidados alegres á quienes hemos conocido en el magnífico comedor de las casas del Empedradillo. No escapó, ni por su carácter sacerdotal, el Deán Chico de Molina, que fué reducido á una estrecha prisión en la Torre del Arzobispado.
VII
Los Degollados
El 3 de agosto de 1566, víspera de Santo Domingo, á las siete de una oscura y lúgubre noche, una comitiva fúnebre se dirigía á la plaza mayor. Alonso de Avila iba montado en una mula con unos grillos en las manos; estaba vestido de negro, y una ropa ó turca de damasco pardo, con gorra de terciopelo con una pluma negra, y una gruesa cadena de oro en el cuello. Su hermano Gil González, ajeno á la conspiración, como hemos dicho, iba vestido de pardo y montado en otra mula. Eran seguidos de muchos guardias armados y de alguaciles con teas encendidas, y el verdugo, enmascarado, con una enorme hacha en el hombro, precedía muy de cerca á los presos.
Junto á las casas de cabildo estaba un tablado cubierto de paño negro, y alumbrado con la trémula y escasa luz de algunas hachas; lo custodiaba la gente de la Audiencia, y alderredor la población entera, amigos y enemigos confundidos en la dudosa sombra, aguardaban mudos y sombríos el desenlace del terrible drama. Ayudados por sus confesores, los Avila subieron al tablado. Alonso confesó allí ser cierta la conspiración, con palabras que revelaban la proximidad de la muerte, y las últimas oraciones no terminaban cuando el verdugo levantó en el aire su terrible hacha, la que zumbando trozó la cabeza del apuesto y gallardo joven, y lo mismo pasó con el inocente Gil González, quedando aquel paño fúnebre humedecido con la sangre de los dos alegres y bravos convidados del marqués del Valle.
Los cuerpos mutilados se llevaron por un sacerdote y dos hombres, á la luz de un opaco cirio, á la iglesia de San Agustín, y las cabezas amanecieron al siguiente día clavadas en unas picas en lo alto de los torreones de la Diputación.
DON MARTIN CORTES
Mandaré decapitar
A todos los sospechosos;
Con suplicios espantosos
Haré á México temblar.
Rodriguez Galván.—Muñoz.
I
La Flota
En alguno de los artículos anteriores hemos dicho que la entrada de un barco al puerto de Veracruz, que era el único por donde se hacía el comercio en la Nueva-España, era un acontecimiento. La llegada de las flotas que comenzaron á venir con regularidad desde 1561, llenaba de júbilo á los habitantes. Las noticias no se circulaban en todo el vasto territorio por telégrafo, como hoy, pero sí por medio de correos indígenas que atravesaban en pocas horas distancias prodigiosas, de manera que podemos considerarlos como los telégrafos humanos; y difícilmente en cualquiera otro país del mundo las comunicaciones han de haber sido tan rápidas y tan seguras como en México desde el tiempo de los Reyes Aztecas, que tenían sistemado de una manera notable el servicio de los correos.
Luego que á todo escape llegaba el correo á las poblaciones con la noticia de que la Flota había llegado con toda seguridad á Veracruz, el Corregidor, Subdelegado ó justicia mayor del pueblo, se vestía con todo el lujo posible, el Ayuntamiento se reunía en cabildo pleno, el cura aseaba y llenaba de gallardetes y de cirios la Iglesia, y los comerciantes y labradores salían llenos de júbilo de su casa y se reunían en la plaza á referirse mútuamente las noticias que sabían, ya de la salud de los Reyes, ya de las aventuras que habían corrido los barcos en una tan larga y peligrosa navegación, ya de las mercancías que tenían que recibir. Se cantaba una misa solemne, las campanas se repicaban á todo vuelo, y los viejos vinos de España circulaban con profusión entre los buenos y honrados mercaderes. El día era de holgorio y de completa alegría. En México, por supuesto, todo se hacía con más pompa y solemnidad, aunque algunas personas, en vez de alegrarse, temblaban á la llegada de cada Flota, porque las provisiones de la corte no siempre eran conformes con los deseos de los que aquí gobernaban.
La alegría, en la época á que vamos á referirnos, fué mayor para la generalidad de los habitantes de México, aunque al mismo tiempo inspiró el más grande sobresalto á la audiencia y á sus partidarios, que como hemos visto en la narración anterior, habían mandado degollar á los hermanos Avila, y tenían reducidos á prisión y encausados al marqués del Valle y á la mayor parte de los nobles y caballeros ricos é influentes de la ciudad.
Un día, y cuando menos se esperaba, se anunció que el muy noble y bravo general Don Pedro de las Roelas había llegado á Veracruz con la Capitana, diversos barcos de guerra y muchas naves mercantes, llenas de los más valiosos y exquisitos efectos. En la Capitana venía un alto personaje, que era nada menos que Don Gastón de Peralta, marqués de Falces, nombrado virrey de la Nueva España.
Los amigos del Marqués que veían su vida en peligro no economizaban ningún medio para salvarlo, por artero y peligroso que fuese, así que mientras unos trabajaban en México para proporcionarle la fuga ó embrollar la causa, otros habían secretamente dirigídose á Veracruz con el fin de trasladarse á España.
Al tiempo que la Flota llegó, dos jóvenes amigos del Marqués y de los Avila se hallaban en Veracruz. Inmediatamente fletaron una embarcación pequeña, se disfrazaron de mercaderes, y con pretexto de navegar para Campeche, se dieron á la mar y abordaron antes á la Capitana, logrando ser recibidos por el general Roelas y por el marqués de Falces.
—¿Qué noticias me dáis del Reino?—les preguntó el Marqués, pasadas las ceremonias y saludos de costumbre.
—No podemos darlas muy buenas, dijo uno de ellos quitándose con sencillez y respeto el sombrero. La tierra toda anda revuelta, y los oidores han ultrajado á la mitad de la nobleza, han degollado á los Avila, que eran los jóvenes más apuestos y más queridos de México, van á degollar al noble marqués del Valle, y van á degollar á los Bocanegras, y van á degollar á Castilla, y van á degollar á los Sotelos, y van á degollar al Deán Chico de Molina, y van á degollar á doce padres de San Francisco y á dos de Santo Domingo, y van......
—Esos monstruos, interrumpió el Marqués, van á degollar á toda la Nueva España; pero ¿es cierto? ¿ó tratáis de burlaros del Virrey?
—¡Dios nos defienda! dijeron los dos muchachos; nosotros somos mercaderes que hacemos viajes á Yucatán, y no nos atañen ninguna de estas cosas; pero hemos visto caer las cabezas de los Avila y sabemos todo esto. Su señoría hará bien de no salir de la Capitana, porque es muy posible que también los oidores quisieran......
—Degollarme á mí también, ¿no es verdad?—interrumpió el Marqués retrocediendo un paso.
—Salvo el parecer de su señoría, contestó el más atrevido de los muchachos que llevaba la palabra, y agachó humildemente la cabeza.
Don Pedro de las Roelas, que había escuchado en silencio toda la conversación, dió una patada en la cámara y echó uno de esos juramentos españoles que hacen estremecer una torre, y volviéndose al Marqués.
—Creo, le dijo, que esos oidores son una vil canalla, y en el fondo quizá estos muchachos dicen la verdad; será mejor que permanezcáis á bordo hasta recibir mejores noticias.
—Id con Dios, muchachos, y buen viento de popa, les dijo el marino, y los despidió.
El marqués de Falces se quedó efectivamente á bordo, y allí recibió cartas que confirmaban las noticias funestas del estado que guardaba el Reino. Al cabo de seis días se decidió á ponerse en camino para México, adonde no llegó sino después de un mes, acompañado de veinticuatro alabarderos y de doce de sus sirvientes armados de lanzas jinetas.
II
De lo vivo á lo pintado
Don Gastón de Peralta, marqués de Falces, tercer virrey de México, era hombre generoso, franco, enemigo de las violencias y de las persecuciones, y sobre todo respetaba la memoria del conquistador y estaba dispuesto á perdonar cualquier falta que sus descendientes hubiesen cometido.
Cuando llegó á México, los oidores, asustados con su propia obra, tenían la artillería abocada contra la ciudad, tercios armados recorrían los barrios, y la policía vigilaba hasta las acciones de los muchachos que andaban en la calle. Todas las noches temían que estallase una nueva conspiración y que ellos corrieran la misma suerte que habían deparado á los simpáticos jóvenes á quienes degollaron.
Don Gastón mandó retirar inmediatamente la artillería y las guardias, comenzó á conocer en todas las causas pendientes, calmó la cólera de la nobleza y volvió á los ánimos de los moradores su perdida tranquilidad.
El proceso del marqués del Valle se seguía por los oidores con actividad, el Fiscal Céspedes de Cárdenas pidió la confiscación de los bienes, el Virrey la negó; pero el miedo, que los hacía más crueles, los inclinaba á sentenciarle á muerte. El marqués del Valle, el hijo más querido de Cortés, podía ser degollado frente de la Diputación, en el mismo patíbulo que los Avila.
Don Gastón recibió, al sentarse á la mesa, informe del estado de las causas; no acabó de comer, sino que se retiró silencioso y pensativo á su cuarto. Cosa de las ocho de la noche llamó á su secretario Gordián Casasano.
—Id á la prisión del Marqués con esta orden, sacadle de ella y traedle á mi presencia. Vuestra cabeza me responde de todo.
El secretario volvió antes de una hora con un hombre embozado hasta los ojos en un ferreruelo negro. Era el marqués del Valle.
—Don Gastón, dijo conmovido, jamás mi casa olvidará lo que os debe.
—Guardad, Marqués, para otra ocasión esos cumplidos, le contestó el Virrey tendiéndole la mano, y tratemos ahora de concluír definitivamente todos estos enojosos procesos. ¿Sabéis que los oidores os condenarán á muerte?
—Me habrían ya degollado, á no haberlo impedido tan oportunamente el noble Don Gastón.
—Es verdad, Marqués, es verdad; esos hombres están sedientos de sangre. Han condenado á muerte á Don Luis Cortés.
—¡Villanos!—dijo el Marqués exaltado; el más inocente, el mejor de los hijos de mi noble y valiente padre. ¡Pero eso no es posible!
Don Gastón sonrió tristemente y contestó al Marqués:—Todo es posible en esta tierra y con estos hombres. Escuchad. Lo que voy á hacer en este momento me puede costar la vida, ó cuando menos el virreinato. No importa. Quiero salvar el nombre histórico de los españoles. Tres viejos miserables, llenos de odio y de rencor, no deben enviar al patíbulo á los hijos del capitán más grande que ha tenido la Europa. Os salvaré......
—Don Gastón, interrumpió el marqués del Valle, os explicaré......
—Nada tenéis que explicarme...... traidores no los ha habido en vuestro linaje, vos lo habéis dicho...... tampoco quiero obligaros. Cumplo con mi conciencia y mi fe de hidalgo y de español. Firmaré la sentencia de Don Luis, pero en revisión será condenado sólo á la confiscación y á servir á su costa diez años en Orán. En cuanto á vos, partiréis para España en la flota de Juan de Velasco. Si el Rey os mata allá, morid como cristiano y como caballero, que el Rey sabrá por qué mancha su manto con la sangre del que dió á Castilla el vasto reino de Nueva España: si os perdona, buena pro os haga. Todo está dicho, y ni una palabra más.
Don Gastón tocó la campanilla y el secretario entró.—Iréis á casa de los oidores y los traeréis al palacio, diciéndoles que el servicio de S. M. los llama inmediatamente.
El secretario salió y el marqués del Valle y el Virrey quedaron platicando familiar y amistosamente de las cosas de la tierra y de las cosas de España.
Los oidores llegaron y se sorprendieron de encontrar al marqués del Valle en palacio, en vez de estar encerrado en su prisión.
—No podemos tratar ni hablar, dijo Ceynos indicando al Marqués, mientras una persona que debía estar en la prisión se halla en......
Don Gastón tomó todo el aire resuelto é imperioso de quien tiene fijada en la conciencia una resolución irrevocable.
—El Virrey sí puede hablar, y hablará pocas cosas, pero serán decisivas,—dijo encarándose, y sin darles asiento. La sentencia de muerte de Don Luis está firmada, pero en revisión sólo tendrá la pena de servir diez años á su costa en Orán, y quedará confirmada la confiscación de sus bienes.
—Su señoría reflexionará, murmuró Ceynos......
—He reflexionado ya, señor licenciado Ceynos, contestó el Virrey secamente; y continuó:
El marqués del Valle saldrá para España donde continuará su causa, y uno de vosotros le custodiará hasta entregarle al comandante de la flota. ¿Lo entendeis? y vuestra cabeza responde de la seguridad del prisionero. Id con Dios.
—Señor Virrey, dijo Ceynos, yo no me encargaré por todo el oro de las Indias, de conducir á un preso semejante. Sus muchos partidarios nos atacarían en el camino y nos matarían.
—Ni yo, dijo el otro oidor.
—Ni yo, interrumpió el tercero.
—Entonces yo me encargaré, dijo el Virrey, y ya veréis de qué manera.
—Marqués del Valle, continuó, vos saldréis de México el día que yo os diga, os embarcaréis en la nao de Felipe Boquin, llamada la Esterlina, iréis á San Lúcar de Barrameda ó á otro puerto de España, y á los cincuenta días os presentaréis al consejo de Indias, avisándome de todo esto por los primeros navíos de la próxima flota. Dadme la mano y prestad pleito-homenaje ante mi secretario Gordián Casasano y el caballero de Calatrava Don Pedro Bui, y que Dios os ayude y os guarde.
—Señor Virrey, dijeron los oidores, el reo se fugará sin remedio; protestamos que.......
El marqués del Valle, lleno de enojo quiso contestar al inícuo Ceynos, pero el noble Don Gastón le contuvo, y dijo con una dignidad y una admirable firmeza:—«Príncipes, galeras, fortalezas y oficios se entregan á caballeros con pleito-homenaje.» Id con Dios, señores oidores, y sabed que con el Marqués va también Don Luis su hermano y el Deán Chico de Molina.
El Virrey saludó con dignidad á los oidores y dijo á su secretario Gordián: acompañad al Marqués á la casa y hacedle los honores debidos. Los demás presos fueron puestos en libertad al día siguiente; la ciudad quedó tranquila.
El Virrey siguió después ocupándose con afán de los asuntos de la colonia, y particularmente de componer y embellecer el palacio, donde mandó pintar la batalla de San Quintín, en la cual había tal número de figuras que según las gentes decían, pasaban de treinta mil.
Los oidores furiosos escribieron cartas á España acusando al Virrey de complicidad con los conjurados y diciendo, que tenía treinta mil hombres para alzarse con la tierra, y otras muchas calumnias de esa especie, al mismo tiempo que procuraron, por medio del soborno, que los despachos que el mismo Virrey remitió á España, fuesen robados y no llegasen por consiguiente al conocimiento de Felipe II. Todas las gentes, al ver la mudanza que se originó en el reino, se deshacían en elogios al Virrey, y decían comparándole con la audiencia: «Esto sí que es de lo vivo á lo pintado;» pero los oidores, cuando platicaban entre sí regocijándose del triunfo que iban á obtener en la corte, decían también: «todos los soldados que ha mandado pintar Don Gastón en el palacio, los hemos considerado como de carne y hueso en el informe que hemos dado á España. Esto sí es verdaderamente de lo vivo á lo pintado.»
III
El visitador Muñoz
Felipe II, alarmado con las noticias que recibió de la Audiencia de México y con el silencio de Don Gastón de Peralta, le removió del virreinato y mandó de visitadores á los Licenciados Jarava, Carrillo y Muñoz. Eran tres fieras y no tres hombres; Jarava murió afortunadamente durante la navegación. Carrillo y Muñoz llegaron á México repentinamente. Don Gastón de Peralta, sorprendido de las bruscas disposiciones de la corte, levantó una información y se retiró á San Juan de Ulúa.
El Lic. Alonso de Muñoz era hombre de más de 65 años; alto, seco, acartonado, de color de aceituna, de ojos torvos y hundidos, de una boca tosca y antipática; sus facciones todas salientes y duras, sus barbas gruesas como las cerdas de un jabalí, y que le salían en desorden por toda la cara hasta cerca de los ojos, lo hacían parecer más bien un animal feroz que un ser humano; todo, en fin, revelaba su altanería, su crueldad y su orgullo.
Luego que descansó un par de días, se presentó en la Audiencia, y toda la hostilidad que los oidores hacían al buen marqués de Falces, se convirtió en bajeza y adulación tratándose de Muñoz.
—Mil perdones tenemos que pediros humildemente, le dijeron: quizá el alojamiento no ha sido digno de una tan grande persona.
—Yo no he venido aquí á alojarme bien ó mal, sino á castigar á los traidores. ¿Qué habéis hecho para defender el trono de nuestro monarca Felipe y para atajar la cobardía ó quizá también la traición de ese Virrey débil?
—Señor, nosotros degollamos......
—Ya lo sé; degollásteis á dos mancebos calaveras. ¡Gran cosa, vive Dios! pero no tuvísteis valor para degollar al Marqués y á sus hermanos.
—Señor......
—Ya vereis: vengan acá esos papeles que llamais procesos, y esta noche temblará México.
El secretario, sin poder andar de miedo, y con la boca seca de manera que no pudo responder una palabra á las diversas interpelaciones de Muñoz, llevó unas resmas de papel escrito que contenían las causas que les habían instruído á los conjurados con motivo del bautismo de los gemelos del marqués del Valle.
Muñoz caló unas grandes gafas, tosió estrepitosamente hasta hacer estremecer la sala; hizo recorrer los estoques y armas contra su acerada cota de malla interior, para dar á conocer que á todo estaba prevenido, y comenzó á hojear las causas. Durante una hora ni las moscas turbaron el silencio.
—Que entre el fiscal Sande, dijo Muñoz después de cerrar los legajos con una especie de cólera.
El fiscal Sande entró.
—Cobardía, infamia, traición, eso es lo que saco en limpio de estos papeles. Las causas, enredadas con tantas declaraciones y alegatos, no acabarán nunca, y nosotros tenemos de acabarlas, señor fiscal, y tengan vuestra señoría y vosotros, señores oidores, mucho cuidado con vuestras cabezas.
Todos guardaron silencio, y el fiscal Sande se sentó y se puso á escribir.
—¿Qué escribís, Sande?—le preguntó Muñoz.
—Vuestra señoría tendrá la paciencia de esperar un cuarto de hora, y leerá, pues creo haber adivinado su intento.
Muñoz bajó la cabeza y quedó sumergido en una especie de somnolencia.
Cuando Sande acabó, presentó á Muñoz lo que había escrito.
Muñoz abrió su gran boca; sus ojos brillaron como los de una hiena en la noche.
—Se decreta, dijo Muñoz, la confiscación de bienes del marqués del Valle, de Don Martín su hermano, de Arias Sotelo, de Pacheco Bocanegra, de Nuño Chávez, de Luis Ponce de Leon, de Agustín de Soto Mayor, de Francisco Pacheco, de Hernando de Córdova, de Diego Rodríguez, de Hernando Bazán, de Antonio Carvajal y de Gómez de Cáceres. Todo estos quedarán reducidos á una estrecha prisión.
—Volved la hoja, le dijo el fiscal.
Muñoz volvió la hoja y preguntó al secretario de la Audiencia:
—¿Tendremos cárceles bastantes para más de doscientas personas?
—Con perdón de su señoría, después de los que se hallan en prisión, apenas habrá para veinte.
—Entonces, sin dilación, es menester construír todas las prisiones que sean necesarias. Serán estrechas, incómodas, y se colocarán en los lugares más malsanos, porque debemos estar entendidos que no se trata de regalar á los traidores á su Rey. ¿Me entendéis? Quiero que tengan fama en la historia, y que todos se acuerden en México, dentro de dos siglos, de los calabozos de Muñoz.
Muñoz se levantó, y sin quitarse la gorra ni saludar, salió de la Audiencia.
En la noche, los justicias, desde las doce hasta la madrugada, recorrieron la ciudad; asaltaron por las azoteas, por las huertas, por los corrales, todas las casas designadas, y arrancaron de su lecho y de los brazos de sus esposas á las víctimas, secuestrando la ropa, los papeles, la plata labrada, los caballos y carruajes.
Amaneció el día siguiente, y la consternación y el llanto se veían en todos los semblantes. Nadie se atrevía á hablar, y todos temblaban cuando veían pasar á los siniestros satélites del visitador de México.
*
* *
Una vez infundido el espanto y el pavor con este golpe que hirió á las más principales y nobles familias, Muñoz fué el dueño y el árbitro de la ciudad de México. En las siguientes semanas este hombre feroz se encerró en su habitación sin dejarse hablar ni ver más que por sus secuaces. Las causas caminaban con espantosa rapidez, y los presos, aturdidos, no acertaban ni en las respuestas ni en la manera de defenderse.
El día 8 de enero de 1568, al caer la tarde, fueron ahorcados Gómez de Victoria y Cristóbal de Oñate. Esa noche ninguna de las familias de los presos durmió, y la pasaron en angustias, llorando y encendiendo cirios á los santos para que libertasen de la muerte á sus deudos.
El Ayuntamiento, entre tanto, aterrorizado y temiendo ser ahorcado en cuerpo y solemnemente, dispuso alegres festividades para celebrar la llegada del visitador y la justicia que hacía en nombre del Rey.
El día 9 recorrió las calles una fúnebre procesión. Dos nobles ricos y principales caballeros, Don Baltazar y Don Pedro de Quesada, atados de pies y manos, en sendas mulas, aparecían custodiados por numerosos y feroces esbirros. En cada esquina el pregonero se detenía y gritaba con toda la fuerza de sus pulmones: «Esta es la justicia que manda hacer S. M. á este hombre, por traidor; mándanle degollar por ello; quien tal hace que tal pague.» Llevados de este modo hasta el centro de la plaza pública (donde hoy están los jardines), el verdugo les cortó la cabeza.
Diego Arias, Baltazar de Sotelo, Pero Gómez de Cáceres, Juan Valdivieso, Antonio Ruíz de Castañeda y García de Albornoz, fueron sacados violentamente, de noche, y conducidos á Veracruz para ser embarcados para España. A la mayor parte de los ricos se les exigieron gruesas sumas de dinero, que á título de sueldos se repartían Muñoz, Carrillo, los oidores y los demás satélites del tirano. Carrillo firmaba todo lo que Muñoz decretaba.
La consternación y el miedo se cambió en rabia. Aseguran las tradiciones que una buena parte de la gente principal se reunía en un barrio que se llamó por esto de los Rebeldes, y en unas casas en ruina que había (donde hoy es la imprenta de Don Ignacio Cumplido), conspiraban, resueltos á matar á Muñoz, á Carrillo y á los oidores, y á libertarse á toda costa de la más horrenda y sangrienta tiranía.
IV
El Tormento
Martín Cortés, actor principal después de su hermano en este sangriento drama, era el mejor y más amable de los hombres. Hijo de la hermosa Marina y del conquistador D. Hernando, por un error de la naturaleza no había heredado ni la fortaleza y brío personal de su padre, pero sí la melancolía y la dulzura de la raza indígena, representada en los ojos, en la fisonomía, en las maneras de la mujer más bella y más célebre que pueda registrar la historia. Débil, extenuado, enfermizo, condescendiente por carácter, fiel y amante con su hermano, había seguido pasivamente todas las aventuras que ya hemos referido, resignado como un hidalgo á sufrir heróicamente todas las consecuencias. Ya que el Marqués había escapado, Muñoz quería vengarse en el hermano.
Mientras que pasaban en la plaza mayor las ejecuciones que hemos referido, en el interior de las casas reales tenía lugar uno de esos actos bárbaros inventados por los hombres en nombre de la justicia.
Don Martín Cortés había sido condenado á sufrir el tormento de la agua y de los cordeles, y los españoles pagaban así en el hijo los servicios que la madre había prestado en la obra laboriosa y difícil de la conquista.
A pesar de una reciente y dolorosa enfermedad que había padecido, fué llevado á la pieza destinada para el tormento en el palacio, que era húmeda y sombría, pues recibía una escasa luz por una alta ventana guarnecida con gruesas barras de hierro.
Juan Navarro y Pedro Baca le desnudaron y le colocaron en el potro del tormento, que era un tosco caballete de madera con unos agujeros por donde pasaban las cuerdas y unos tornos para apretarlas.
Don Martín, silencioso, pero digno y firme, miraba fieramente á sus verdugos. Le amarraron ambos brazos con un cordel que apretaron gradualmente para arrancarle una declaración.
No habiendo dicho nada, le amarraron con seis cordeles los brazos, muslos y espinillas, y le colocaron otros dos en los dedos pulgares de los pies, y todo este aparato era terriblemente apretado por el torniquete hasta el punto que las cuerdas se le entraban en la carne y los dedos de los pies estaban á punto de arrancársele.
En esto entraron Don Francisco de Velasco y el obispo de la Puebla Don Antonio Morales, pues siendo Don Martín caballero del hábito de Santiago, conforme á los estatutos de la Orden debían asistir dos caballeros al suplicio.
Don Martín volvió indignado la vista hacia el Obispo, y nada contestó.
Entonces Muñoz, que desde la puerta vigilaba la ejecución del tormento, mandó que se le echase un jarro de agua.
Nada dijo tampoco Don Martín.
Muñoz ordenó otro jarro de agua.
Don Martín estuvo á punto de ahogarse, é hizo, á pesar de su debilidad, un esfuerzo para romper las ligaduras que le martirizaban.
Muñoz dispuso que se le echase otro jarro de agua.
Don Martín volvió la vista y amenazó con una terrible mirada á Muñoz y al Obispo.
—Otro jarro de agua,—gritó Muñoz.
Con esfuerzo, porque Don Martín se ahogaba, le echaron el cuarto jarro de agua, lastimándole la boca que pretendía cerrar á pesar de tener una trabilla que se lo impedía.
—Confesad,—le dijeron los verdugos.
—He dicho la verdad en la causa, y nada tengo que añadir,—dijo el desgraciado.
—Otro jarro de agua,—gritó Muñoz.
—Puede morir, observó el verdugo.
—Otro jarro, otro jarro, y aunque muera,—replicó Muñoz.
Otro jarro fué administrado en efecto, pero el infeliz Don Martín moría, y con voz desfallecida exclamó: «Ya he dicho la verdad, y por el Sacratísimo nombre de Dios que se duelan de mí, que no diré más de aquí que me muera.»
El paciente cerró los ojos, y los verdugos, creyéndolo muerto, suspendieron el tormento y le condujeron en ese estado á su prisión. Algunos días después Don Martín fué condenado á destierro perpetuo de todas las Indias; y enfermo y maltratado, y lleno de despecho y de tristeza por el ultraje que había recibido, se embarcó para la Península, donde murió á poco tiempo á consecuencia de sus martirios y pesares.
V
La justicia del Rey
La tiranía de Muñoz no conoció ya límites desde que empuñó definitivamente las riendas del gobierno, y la tierra se hubiera perdido desde entonces para España, si el Rey, escuchando las muchas y justas quejas de sus vasallos de México, no hubiese puesto un remedio. Los licenciados Villanueva y Vasco de Puga, oidores que había dispuesto y mandado á Castilla el visitador Valderrama, vinieron comisionados y con amplias facultades para remediar todos los males que á causa del gobierno de Muñoz aquejaban á la Nueva España.
El Martes Santo entraron secretamente á la ciudad, con sus cartas y provisiones que mostraron únicamente á la Audiencia; pero los oidores estaban ya tan aterrorizados, que ninguno quiso aceptar la comisión de notificar á Muñoz la cédula de S. M.
Villanueva y Vasco de Puga tuvieron que apechugar con todo el lance.
Muñoz, para darse más importancia y para hacer alarde de un acto de hipócrita devoción, se había retirado á pasar la Semana Santa al convento de Santo Domingo, y en la iglesia había mandado poner un alto tablado con un dosel de terciopelo carmesí, todo recamado de oro, un sitial y un cojín. Allí asistía á los oficios y ceremonias, rodeado de una compañía de alabarderos. Los mismos frailes, poderosos é influentes entonces, se llenaron de tal espanto, que muchas veces pasaban tres ó cuatro hojas del misal en vez de una, y cantaban los salmos de una manera extraña. Acabados los oficios, Muñoz atravesaba con una estudiada gravedad los corredores del convento, y se encerraba en su celda á pensar á quiénes robaría los bienes y á quién encerraría en sus inmundos calabozos.
Puga y Villanueva tuvieron, como quien dice, que echarse el alma á las espaldas, y el Miércoles Santo, muy de mañana, acompañados del secretario Sancho López de Agurto y del alguacil mayor, se presentaron en el convento. Encontráronse con el paje del servicio, pero rehusó formalmente despertar á Muñoz, por más instancias que le hicieron; así, tuvieron que esperar más de una hora hasta que otro paje se resolvió, y de puntillas y vacilando, como quien va á cometer un crimen, avisó á su amo que unos caballeros con negocios de mucha importancia pretendían besarle la mano. Muñoz despidió al audaz paje con una torva mirada, y no se dignó contestar.
Pasó otra media hora, y entonces Muñoz se vistió é hizo entrar á su dormitorio á los licenciados. Estaba sentado en uno de esos sillones antiguos, de que hoy nos quedan algunas muestras, con la gorra puesta y las piernas negligentemente tendidas sobre unos cojines de terciopelo galoneados de oro.
Puga y Villanueva se descubrieron, saludaron cortesmente, y como se acostumbraba, preguntaron por su salud.
—La noche fué mala, contestó Muñoz sin darles asiento ni quitarse la gorra, y la salud no es buena; pero sería mejor si gente atrevida é importuna no viniese desde la madrugada de Dios á turbar el sueño y el descanso en días tan santos y tan solemnes.
Estas palabras encendieron la cólera de los oidores, que se cubrieron al instante la cabeza. Muñoz quería levantarse á reprenderles sin duda, pero le hicieron una señal imperiosa con la mano, y Villanueva, que era el más resuelto, sacó del seno la provisión real, y dijo con firmeza:
—Señor secretario, leed esta cédula y notificadla al licenciado Muñoz.
Agurto, alentado y colérico también, tomó el papel, se acercó al visitador, desviando con el pie los cojines que le estorbaban, y comenzó á leer. A los primeros renglones, Muñoz se quitó la gorra; á los segundos, recogió sus piernas y se puso en una postura decente; á la mitad de la cédula, perdió el color; al fin de ella, el hombre estaba tan abatido, tan humillado, tan cobarde, cuanto antes había sido soberbio, altanero y cruel.
—Señor Muñoz, le dijo Villanueva, están sonando las ocho en el reloj del convento. Dentro de tres horas saldréis de la ciudad.
—Asistiré á los oficios, murmuró Muñoz, queriendo ganar un poco de tiempo.
—Dentro de tres horas, repitió Villanueva.
—Dentro de tres horas, dijo Puga.
—¡Dentro de tres horas! gritóle Agurto, y los tres, seguidos de su alguacil, volvieron la espalda á Muñoz, y sin saludarle salieron de la celda.
Muñoz, sobrecogido de miedo, y temiendo que los oidores le mandaran degollar, recogió el oro que pudo, y disfrazado, á pie, sin custodia ninguna y acompañado solo de Carrillo, que era su favorito, abandonó por la puerta excusada el convento de Santo Domingo, antes de que sonaran las once en el reloj, y tomó el camino de Veracruz.
Cuando los reverendos padres entraron á la celda á ofrecerle sus servicios y oraciones, encontraron la cama deshecha, papeles rotos, y ropas y muebles en desorden. El visitador se había marchado, y difundida la noticia en un momento, la ciudad se llenó de júbilo, y las gentes salían de sus casas como si se hubiesen repetido las espléndidas fiestas del Marqués.
*
* *
Don Gastón de Peralta, marqués de Falces, que estaba, por falta de un buque, detenido en Veracruz, tuvo que hacer junto con Muñoz el viaje de mar. Una sola vez trató Muñoz de saludarle y de trabar conversación con él, sin embargo de las esperanzas que tenía de que su conducta fuera aprobada.
—Un caballero y un hidalgo no puede atravesar una palabra,—dijo el de Falces con dignidad,—con un asesino y con un hombre vil. Si mis palabras os mortifican, os haré la merced, llegando á España, de daros razón con la punta de mi espada. Muñoz devoró el insulto, pensando vengarse más adelante.
Una vez que llegaron, solicitaron audiencia del Rey. Falces fué muy bien recibido, se escucharon con benevolencia sus explicaciones y se retiró á su casa contento y satisfecho.
Cuando llegó su turno á Muñoz, Felipe II estaba sentado, y ni lo saludó, ni alzó siquiera la vista para mirarle. Muñoz comenzó á hacer la relación de sus servicios y de sus méritos. Felipe se levantó entonces, le miró fijamente, y le dijo con enfado: No os envié á las Indias á destruir, sino á gobernar, y volviéndole las espaldas, se retiró á otro aposento.
Muñoz quedó petrificado como una estatua; á poco pudo moverse, y salió de los aposentos reales. Con dificultad llegó á su casa, vacilante y como ebrio, y apenas acertó á cerrar la puerta para que nadie le viese.
Al día siguiente, los pajes que entraron á servirle el desayuno le encontraron muerto, sentado en un sillón, con una mano en la mejilla y la fisonomía descompuesta y hundida; parecía la de un cadáver que después de una semana se hubiese sacado de la tumba.
Así se cumplió la justicia de Dios y del Rey.
PEDRO DE ALVARADO
I
El Comendador
Entre la alegre turba de jóvenes aventureros que llegaban de España á las ricas islas del mundo de Colón, se distinguía en el año de 1510 uno á quien sus compañeros daban el sobrenombre de el Comendador.
Contaría este mancebo cuando más veinticinco años de edad, y había nacido en Badajoz. Alto, esbelto, fornido, parecía destinado por su naturaleza á la guerra, y se hacía notable por la blancura de su cutis y por su hermosa cabellera, tan rubia como la que los poetas le atribuían al mismo Apolo.
Este joven se llamaba Pedro de Alvarado.
Al llegar Alvarado á la América, ostentaba orgullosamente un viejo sayo, único regalo quizá de un su tío, caballero de la Orden de Santiago.
Pero aquel sayo había servido mucho tiempo á aquel tío, y aquel tío había llevado en el mismo tiempo la insignia de la orden; cuando Pedro de Alvarado se hizo el propietario de la prenda, quitó de ella la cruz de Santiago, pero no consiguió borrar la señal del lugar que había ocupado, y la indeleble huella fué denunciando por todas partes la historia del sayo, y la categoría de su primer poseedor. Esto no era posible que escapara á las perspicaces miradas de los audaces aventureros que pasaban á las Indias, y para burlarse de Pedro y de su sayo, muy pronto convinieron en llamarle, y le llamaron por burla el Comendador.
Entre soldados ó estudiantes, los sobrenombres se popularizan inmediatamente, y ni la resignación ni el enojo son poderosos para hacerlos olvidar. Pedro de Alvarado tuvo que conformarse con el apodo, ofreciendo nada más que algún día llegaría por sus hechos á alcanzar verdaderamente aquella condecoración.
II
El Capitan
Los colonos de la Isla de Cuba estaban conmovidos con las noticias que circulaban entre ellos.
El gobernador Diego Velázquez había recibido nuevas de la expedición que por orden suya emprendió Juan de Grijalva en busca de nuevas tierras.
El portador de aquellas noticias, uno de los más famosos capitanes de la escuadrilla de Grijalva, era el que mandaba uno de los cuatro buques de que aquella se componía, y ese capitán, que volvió cargado de riquezas á presentarlas á Diego Velázquez, y que había dado ya su nombre á un río caudaloso en las tierras nuevamente descubiertas, no era otro que Pedro de Alvarado.
Pero Alvarado no era ya el pobre mozo que llevaba la vieja ropa de su tío, no era ya el joven desvalido á quien llamaban satíricamente el Comendador, no; Alvarado salió con Grijalva en 1518, y entonces, y al volver á Cuba, se titulaba «el capitán Pedro de Alvarado.»
Las nuevas que de su boca escuchó el gobernador Diego Velázquez, no podían ser más satisfactorias. Juan de Grijalva había costeado la gran península de Yucatán descubierta por Francisco Hernández de Córdoba, y encontrando allí señales de una civilización muy adelantada dió á aquella tierra el nombre de Nueva-España; llamó «de San Martín,» con el nombre del primer soldado que la descubrió, una sierra; nombró «de Alvarado» al río de Papaloapan, en el que entró Pedro de Alvarado con su buque, «Grijalva» á otro de Tabasco, y después de haber recorrido un extenso litoral, y haber llegado hasta Ulúa el día de San Juan, determinó enviar un mensajero al gobernador.
Para esta misión, Juan de Grijalva eligió al más distinguido de sus capitanes. Y el más distinguido era sin duda Pedro de Alvarado.
La ambición se despertó con estas relaciones, y bien pronto, el 1.º de febrero de 1519, once buques se desprendían de la Habana.
Era la expedición que caminaba á la conquista de la Nueva-España, bajo las órdenes de Hernán Cortés.
Pedro de Alvarado y cuatro hermanos suyos formaban parte de esta expedición[14].
III
Tonatiuh
Triunfante el ejército de Hernán Cortés, entró á la capital de la República de Tlaxcala el 22 de septiembre de 1519; los habitantes de la ciudad recibieron á los españoles más que como á vencedores, como amigos y como hermanos.
Mil muestras de cariño se dieron por el senado y por el pueblo á los conquistadores, y entre ellas, y no sin duda la menor, fué entregar á las hijas de los principales señores, al amor de los capitanes de Cortés, después de hacerlas bautizar.
El viejo Xicotencatl, el padre del esforzado y bizarro general de los ejércitos de Tlaxcala, tenía una hija que recibió también las aguas del bautismo, y fué llamada desde entonces Doña Luisa.
Doña Luisa era la más hermosa de las doncellas tlaxcaltecas; sus formas mórbidas y graciosas se adivinaban al través de la rica túnica de algodón bordada de plumas, que bajaba desde sus hombros dejando descubiertos su cuello y sus torneados brazos; su boca pequeña, fresca y nacarada, ligeramente entreabierta, mostraba las rojas encías y los hermosos dientes que caracterizan á la raza indígena de México, y sus ojos ardientes parecían iluminar aquella encantadora fisonomía.
Negra como el ala de un cuervo la cabellera de la doncella, estaba entretejida con sartas de cuentas de oro y de coral, y en sus pies perfectamente modelados llevaba ligeros cacles de pieles ricamente adornados, y sujetos por cintas bordadas de oro que subían entretejiéndose hasta cerca de la rodilla.
Aquella fantástica hermosura debía estar destinada para el más famoso de los capitanes de Cortés, porque aquella joven era la perla y la flor de las bellas de Tlaxcala.
Al volver Doña Luisa de las ceremonias del bautismo, y cuando iba ya á ser entregada al hombre que debía ser su dueño y su amante, todas las miradas de los españoles se clavaban en ella, y por ella se encendían todos los corazones, y todos esperaban con ansia el momento de saber quien sería el feliz mortal que iba á poseer á la Venus de Nueva España.
Doña Luisa caminaba majestuosamente, pero con los ojos bajos y encendida por el rubor, conducida de la mano por uno de los señores de Tlaxcala.
Así llegaron hasta el lugar en que estaba el favorecido.
—¡Tonatiuh! (el sol)—dijeron los Tlaxcaltecas.
—¡Pedro de Alvarado!—exclamaron los españoles.
En efecto, Alvarado ó Tonatiuh, que quiere decir sol, como le llamaban los indígenas, por el color rubio de su pelo, era el dueño de Doña Luisa, la hija del viejo Xicotencatl.
Y quizá nadie merecía como él el amor de aquella mujer. En la batalla de Tabasco, y en las grandes batallas que el pequeño ejército español había tenido que sostener contra los ejércitos Tlaxcaltecas mandados por el indomable Xicotencatl, el joven Pedro de Alvarado se había distinguido entre todos por su arrojo y serenidad; ni contaba á sus enemigos, ni calculaba sus fuerzas, ni desconfiaba de su victoria y de su brazo.
Capitán unas veces, soldado otras, allí donde más se empeñaba la pelea se encontraba siempre Pedro de Alvarado, siguiendo á los más audaces cuando le tomaban por una casualidad la vanguardia, ó conduciéndolos al peligro si así le presentaban lugar de hacerlo las peripecias del combate.
Alvarado era más un proyectil que un hombre, se abría paso entre las compactas masas del enemigo, y dejaba tras de sí como una estela de sangre y de esterminio.
Sin embargo, ese mismo ardor, esa impetuosidad no refrenada de sus pasiones, le arrastró algunas veces á la imprudencia y á la tiranía, como sucedió en la Isla de Cozumel, en donde aterrorizó á los habitantes, y como aconteció después en México; pero Cortés, que era entre aquellos hombres de corazón de acero, como el sol en medio de sus planetas, refrenó los violentos ímpetus del osado capitán.
Los naturales del país llamaron á Pedro de Alvarado desde los primeros días, Tonatiuh (sol), y el nombre de Tonatiuh se hizo célebre, y fué durante mucho tiempo el terror de aquellas comarcas.
Tonatiuh siguió á Hernán Cortés á la capital del imperio de Moctezuma, y ya hemos referido como ayudó á la prisión del infeliz Emperador y la horrible matanza que en el mes «Texcatl» de los mexicanos (mayo de 1520) hizo Alvarado en el atrio del templo mayor.
En la célebre Noche Triste, Alvarado sostenía la retaguardia del ejército español, y á tal peligro se vió expuesto, que dió su nombre á una de las calles principales de esta ciudad.
Cortés volvió á sitiar á México, y como siempre, Tonatiuh fué el más esforzado de sus capitanes, distinguiéndose sobre todo en el asalto del gran «Teocalli» de Tlaltelolco.
IV
El Gobernador
El Virrey de México D. Antonio de Mendoza ambicionaba descubrir y conquistar nuevas tierras en las costas del Océano Pacífico.
Las fantásticas relaciones de Fray Marcos de Niza hacían aparecer aquellas comarcas como un paraíso, en el que una tierra, maravillosamente feraz, ocultaba en sus entrañas ríos de plata, y en que los arroyos llevaban arenas de oro.
Dios derramaba allí todas las riquezas que podían ambicionar los hombres, y los metales y las perlas, y cuanto era capaz de cautivar el corazón ó los sentidos, todo se encontraba allí en fabulosa abundancia.
El Virrey Mendoza quiso ponerse de acuerdo y contar con el auxilio del gobernador y capitán general de Guatemala, y el gobernador vino, por tierra, á conferenciar con el Virrey, y envió á las costas de Nueva Galicia una escuadra compuesta de doce naves.
El capitán general y gobernador de Guatemala, que tan poderoso se mostraba, y que disponía tan fácilmente como un rey, de un ejército y de una escuadra, era el pobre aventurero de la isla de Cuba, el capitán de la escuadrilla de Juan de Grijalva, era Tonatiuh, era D. Pedro de Alvarado, caballero del hábito de Santiago y gobernador y capitán general de Guatemala.
No más que entonces Alvarado estaba cojo, de resultas de un flechazo que había recibido en Soconusco.
Don Antonio de Mendoza y Alvarado conferenciaron, según dicen algunos autores, en d pueblo de Maravatío, y de allí partió Alvarado para la costa, con objeto de embarcarse y emprender su expedición.
Eran ya los momentos en que la tropa iba á embarcarse, cuando un correo llegó precipitadamente y se presentó á Pedro de Alvarado.
Las noticias que traía no podían ser peores.
Los naturales de Nueva Galicia se habían sublevado, los españoles habían sido derrotados en el Mixton, y la ciudad de Guadalajara estaba en grande aprieto, y el gobernador Cristóbal de Oñate imploraba el auxilio de Alvarado.
Pedro de Alvarado no vaciló ni un instante, suspendióse el embarque, la tropa se puso en marcha, y pocos días después el gobernador de Nueva Galicia y el de Guatemala se encontraban en Tonalán.
Pero los dos gobernadores pensaban acerca del éxito de la campaña, de distinta manera.
Alvarado, orgulloso con sus antecedentes, con sus hazañas, con sus riquezas y su poder, con su nombre y con su gloria, despreciaba á los sublevados, como enemigos á quienes estaba acostumbrado á vencer.
Cristóbal de Oñate, más cauto con la derrota de Mixton, y conociendo las inexpugnables posiciones de los insurrectos, aconsejaba la prudencia y desconfiaba del éxito.
Como sucede siempre en tales casos, prevaleció entre ambos pareceres el más desacertado, y el capitán general de Guatemala no sólo determinó salir inmediatamente sobre el enemigo, sino que quiso no llevar más tropas que las que él había traído.
«Dispongámonos al socorro—dijo Oñate cuando le vió partir—que discurro necesario para los que nos le han venido á dar.»
Aquellas palabras fueron como una profesía que no tardó en cumplirse.
Los indios se habían fortificado, según algunos historiadores, en las barrancas Mochitiltic, y según otros en Nochistlán, y esperaron resueltamente á los españoles.
Alvarado no se intimidó, y dando la señal del asalto, se puso al frente de los suyos, decidido á tomar á viva fuerza aquella posición.
Empeñóse el combate y los asaltantes empezaron á trepar por la pendiente con raro denuedo; pero los otros se resistieron con brío, y comenzaron á rodar grandes peñascos, que chocando contra los árboles, los hacían estallar como si fueran de cristal, y arrastrando en su caída cuantos obstáculos encontraban, infundían el pavor entre los españoles, atemorizados por el estrago y el ruido de aquella corriente no interrumpida de rocas.
Pedro de Alvarado comprendió que había acometido una empresa superior á sus fuerzas, y dió la orden de retirada.
Trocáronse los papeles, y los indios, de perseguidos se convirtieron en perseguidores, que saliendo de sus atrincheramientos al observar el movimiento de los españoles, procuraron cortarles la retirada.
La situación era crítica. Alvarado pie á tierra procuraba cubrir la retaguardia de su tropa, conteniendo con mucha dificultad al enemigo, que á cada momento le acometía con mayores ímpetus. El terreno era quebrado y resbaladizo, y la abundancia de las aguas hacía casi intransitables aquellas angostas veredas.
Lograron por fin subir á terreno más firme, y los enemigos aflojaron en su persecución. Sin embargo, como el pánico de una derrota no se disipa con facilidad, los soldados seguían trepando con precipitación por aquellas cuestas, que eran casi inaccesibles.
En un caballo flaco y por demás cansado, aguijándole sin compasión, y queriendo comunicarle con el deseo brío y ligereza, un soldado llamado Baltazar Montoya, escribano del ejército, trepaba por aquellas fragosidades, pareciéndole sin duda que el enemigo le alcanzaba de un momento á otro.
Alvarado marchaba á pie detrás de él, y mirando su afán le dijo:
—Sosegaos, Montoya, que parece que los indios nos han dejado.
Pero el escribano no se dejaba convencer tan fácilmente, y seguía aguijando con furor al pobre animal.
De repente, el caballo tropezó, Montoya lanzó un grito y el animal despeñado comenzó á rodar por la pendiente.
Pedro de Alvarado advirtió lo que estaba pasando casi sobre su cabeza, y quiso evitar el choque, pero fué imposible; el animal cayó sobre él con todo su peso, y dejándolo sin sentido, lo arrastró también en su caída.
Los soldados volaron al socorro de su capitán. Alvarado volvió en sí, y antes que todo, pensó en sus soldados; y queriendo evitar una completa derrota, tuvo la bastante serenidad para despojarse de su armadura y hacerla vestir á uno de los que con él estaban, á fin de que se creyese que él iba bueno y que aun estaba en el combate.
Uno de sus capitanes preguntóle qué le dolía.
—El alma, contestó Alvarado; llévenme donde la cure con la resina de la penitencia.
Esto acontecía el 24 de junio de 1541.
Cristóbal de Oñate llegó á verle, lleno de sentimiento, y Alvarado le confesó que de nadie sino suya era la culpa, por haber desoído los consejos prudentes de Oñate.
Llevaban á Pedro de Alvarado para Guadalajara, y en el camino encontraron al Br. Bartolomé de Estrada, y allí mismo se confesó, y otorgó su testamento ante los escribanos Diego Hurtado de Mendoza y Baltasar Montoya, el mismo que había causado su desgracia. El 4 de julio de 1541, el famoso Pedro de Alvarado había dejado de existir.
Su cadáver fué trasportado después á Guatemala.