II.
Sin embargo, en medio de la terrible alarma que produjeron en la ciudad estas nuevas, corría una noticia entre el pueblo, que no dejaba de ser de grande interés, sobre todo para el Virrey y para la Audiencia.
Esta noticia era que poco antes de la llegada de los piratas á Veracruz, había desembarcado allí Don Antonio de Benavides, Marqués de San Vicente, Mariscal de campo, castellano de Acapulco, etc., nombrado visitador del reino por Su Majestad.
El Marqués de San Vicente se puso en marcha inmediatamente para México, y como en los pueblos de su tránsito eran conocidos sus títulos y su investidura de visitador, á porfía y en todas partes se le asistía y obsequiaba espléndidamente.
La colonia, á pesar de su aparente sumisión y fidelidad, aborrecía á sus opresores, y siempre los criollos, como llamaban los españoles á los mexicanos, veían con una especie de placer la aparición de un visitador que venía á residenciar á los señores que en nombre del rey mandaban en la Nueva España.
Los oidores y los virreyes recibían por su parte la noticia de la llegada de un visitador como el anuncio de una calamidad, y mal disimulaban en los festejos de su recepción la ira y el despecho que ardía en sus corazones.
La venida, pues, de Don Antonio de Benavides causó grandísima impresión, y más de dos corazones latieron de placer y más de un rostro palideció.
El vulgo comentó á su modo, lo mismo que los oidores murmuraron á sus solas; aquél se preparó á divertirse con la lucha que iban á emprender sus amos, y éstos se dispusieron á combatir y á poner en juego sus intrigas.
Entretanto, seguía armándose en México gente para salir en busca de los piratas á la Veracruz.
Había ya batallones de españoles, de criollos, de negros y de mulatos; los soldados se habían filiado por castas como se acostumbraba en aquella época, y se habían nombrado capitanes.
El conde de Santiago fué electo maestre de campo de aquel improvisado ejército.
Después de los oidores Delgado y Solís, el maestre de campo salió de la ciudad llevando más de dos mil hombres y cuatro carros de equipaje, y por capitanes de sus compañías á Miguel de Vera, al mariscal de Castilla Don Teobaldo de Gorraes, al tesorero de la casa de moneda Don Francisco de Medina Picazo, á Domingo de Cantabrama, á Juan de Dios y á Domingo de Larrea.
Pero estas tropas iban con demasiada lentitud para la actividad de los piratas, y apenas se habían alejado dos ó tres jornadas de México, cuando ya había llegado á la capital la noticia del saqueo de Veracruz y la retirada de Lorencillo.