III.
Casi al mismo tiempo que se supo en México la retirada de los piratas, se esparció la noticia de que por orden de la Audiencia había sido preso en Puebla el visitador D. Antonio de Benavides.
¿Qué causas habían movido á la Audiencia para dar este paso? todo el mundo lo ignoraba y á todos causaba esto un verdadero asombro.
La prisión de un visitador era en aquellos tiempos un atentado grande, un hecho tan escandaloso y de tan grave trascendencia, que se consideraba como ahora entre nosotros puede considerarse un golpe de Estado.
El visitador, investido con las facultades del soberano, representando su persona, era sagrado, inviolable, y poner mano en él, equivalía á un sacrilegio, casi era un delito de lesa majestad.
El público comentaba así la prisión de D. Antonio de Benavides y había quienes muy por lo bajo murmuraban que el Virrey y la Audiencia pretendían alzarse con el reino, y lo que era natural, unos se ponían del lado de Benavides y otros ensalzaban las disposiciones del Virrey.
Ni unos ni otros tenían en qué fundarse; pero como en toda división política, más parte tenían los afectos que las razones.
La efervescencia pública llegó á su colmo el viernes 4 de junio, porque desde el medio día se supo que en aquella noche debía «entrar D. Antonio de Benavides á México.»
Tanto se había hablado de Benavides, tan misteriosa había sido su conducta, y tan impenetrables la misión que traía y la causa de su prisión, que la gente comenzó á llamarle el Tapado, y este sobrenombre se popularizó tanto y con tanta rapidez, que la noche del día 4 de junio multitud de curiosos se dirigían á las calles del Reloj, y entre todos ellos no se oía hablar de otra cosa que del Tapado, que debía de llegar en aquella misma noche.
Mucho se hizo esperar aquella entrada para la multitud que impaciente aguardaba desde las oraciones de la noche, y sin embargo, nadie se retiraba, y por el contrario más y más personas iban llegando allí atraídas por la curiosidad; tanto interés causaba aquel personaje.
Por fin, después de las nueve de la noche, como eléctricamente circuló esta voz:
—Ahí viene.
Las gentes se apiñaban, los de la primera línea luchaban por no perder el puesto, los de atrás intentaban pasar adelante, todos abrían desmesuradamente los ojos, todos alargaban el cuello, todos se ponían sobre la punta de los pies.
Diligencias inútiles; nadie, á pesar de la claridad de la luna, pudo ver otra cosa que un hombre embozado en una gran capa negra, que caminaba montado en una mula y en medio de un grupo de alguaciles á caballo.
Ese hombre era el Tapado.