II

Izocoztli al medio día se dirigió al palacio del Emperador. «Señor temible y poderoso, le dijo, anoche he visto una grande estrella de fuego en los cielos.»

Moctezuma dudó, pero quedó pensativo todo el día. En la noche él mismo permaneció en observación en la azotea de su palacio, y á cosa de las once vió aparecer repentinamente la fatal estrella roja.

Al día siguiente mandó llamar á todos los adivinos y hechiceros de la ciudad. Ninguno había visto nada. Nadie se atrevía á interpretar la aparición misteriosa de los cielos.

Moctezuma mandó llamar á los justicias. «Encerrad, les dijo, á todos estos adivinos y astrólogos en unas jaulas, y no les dareis de comer ni de beber. Es mi voluntad que mueran de hambre y de sed.

«Marchad después por todos los lugares de mi reino y haced que las casas de los hechiceros y adivinos sean saqueadas y quemadas, y traedme arrastrando del cuello por las calles á todos los que teniendo la obligación de observar los cielos y de interpretar las señales de los dioses, nada han visto, ni nada han dicho á su Rey.»

La orden se ejecutó. Los hechiceros de México murieron rabiosos de hambre y de sed en las jaulas, y á los pocos días los muchachos de las escuelas arrastraban de unas sogas amarradas al cuello á los adivinos de las provincias, que dejaban contra las esquinas de la ciudad los pedazos sangrientos de sus miembros. Así se cumplió la voluntad del muy grande y poderoso Señor Moctezuma II[3].