III

Una tarde, quizá con la intención de ir á la corte de Texcoco, el Emperador se dirigió al lago; pero en el mismo momento espesas nubes cubrieron el cielo, los rayos atravesaron el horizonte, iluminándolo de una luz siniestra, y las aguas del lago comenzaron á agitarse y á hervir, como si tuviesen una gran caldera de fuego en el fondo.

Moctezuma se retiró á su palacio más triste y abatido. Imaginó aplacar la cólera de los dioses y mandó traer una gran piedra de sacrificios que había ordenado antes se labrase con mucho esmero. Al pasar la piedra por el puente de Xoloco, construído de intento con fuertes maderos, crujió repentinamente, y la enorme piedra se hundió en las aguas, llevándose consigo al sumo sacerdote y á la mayor parte de los que la conducían.

En ese día un temblor hizo estremecer como si fuese la hoja de un árbol el templo mayor, y un gran pájaro de forma extraña atravesó por encima de la ciudad, dando siniestros graznidos. Otra vez una negra tempestad descargó sobre la ciudad. Un rayo incendió el templo.

Moctezuma no pudo ya dominar su inquietud y su miedo, y mandó llamar al sabio Rey de Texcoco.

Los poderosos y magníficos reyes de México y de Texcoco tuvieron una entrevista solemne.

Netzahualpilli era un Rey anciano, lleno de justicia, de bondad y de sabiduría, é interpretaba los sueños y los fenómenos de la naturaleza, y tenía el don de la profecía. Llegó ante Moctezuma, tomó asiento frente de él, y largo rato permanecieron los dos taciturnos y silenciosos.

—Señor, dijo Moctezuma interrumpiendo el silencio, ¿has visto la grande estrella roja con una inmensa ráfaga de luz blanca?

—La he visto, contestó el Rey de Texcoco.

—¿Anuncia hambre, peste, ó nuevas guerras?

—Otra cosa todavía más terrible, dijo gravemente el Rey texcocano.

Moctezuma, pálido, casi sin aliento, temblaba sin poder articular ya una palabra.

—Esa señal de los cielos ya es vieja, continuó con voz solemne el Rey de Texcoco, y es extraño que los astrólogos nada te hayan dicho. Antes de que apareciera la estrella, una liebre corrió largas horas por los campos hasta que se entró en el salón de mi palacio. Esta señal era precursora de la otra más funesta.

—¿Qué anuncia, pues, la estrella?—preguntó Moctezuma con una voz que apenas le salía de la garganta.

—«Habrá en nuestras tierras y señoríos, continuó el de Texcoco, grandes calamidades y desventuras; no quedará piedra sobre piedra; habrá muertos innumerables y se perderán nuestros señoríos, y todo será por permisión del Señor de las alturas, del Señor del día y de la noche, del Señor del aire y del fuego.»

Moctezuma no pudo ya contener su emoción, y se echó á llorar diciendo: «¡Oh, Señor de lo criado! ¡oh, dioses poderosos, que dais y quitais la vida! ¿cómo habeis permitido que habiendo pasado tantos Reyes y Señores poderosos, me quepa en suerte la desdichada destrucción de México, y vea yo la muerte de mis mujeres y de mis hijos? Adónde huir? adónde esconderme?»

—En vano el hombre quiere escapar, contestó tristemente el Rey de Texcoco, de la voluntad de los dioses. Todo esto ha de suceder en tu tiempo, y lo has de ver. En cuanto á mí, será la postrera vez que nos hablaremos en esta vida, porque en cuanto vaya á mi reino moriré.

Los dos Reyes estuvieron encerrados todo el día conversando sobre cosas graves, y á la noche se separaron con gran tristeza[4]. Netzahualpilli murió en efecto el año siguiente[5].