IV
El 8 de noviembre de 1519 fué un día de sorpresa, de admiración y de extraños sucesos en la gran ciudad de México.
A eso de las dos de la tarde, una tropa de europeos, á caballo los unos, á pie los otros, y todos revestidos de brillantes armaduras y cascos de acero, y armados de una manera formidable, hacían resonar las piedras y baldosas de la calzada principal con las herraduras de sus corceles, y el son de sus cornetas y atabales se prolongaba de calle en calle. En el viento ondeaban los pendones con las armas de Castilla, y á la cabeza de esta tropa, seguida de un ejército tlaxcalteca, venía el muy poderoso y terrible capitán D. Hernando Cortés.
Las azoteas de todas las casas estaban cubiertas de gente, las canoas y barquillas chocaban en los canales, y en las calles se agolpaba la multitud, estrujándose y aún exponiendo su vida por mirar de cerca á los hijos del sol y tocar sus armaduras y caballos.
Moctezuma, vestido con sus ropas reales adornadas de esmeraldas y de oro, acompañado de sus nobles, salió á recibir al capitán Hernando Cortés y le alojó en un edificio de un solo piso, con un patio espacioso, varios torreones y un baluarte ó piso alto en el centro. Era el palacio de su padre Axayacatl. Moctezuma, después de haber cumplimentado á su huésped, se retiró á su palacio. Al día siguiente, mandó que se hiciese en la montaña un sacrificio á los dioses Tlaloques. Se sacrificaron algunos prisioneros, que estaban siempre reservados para estas ocasiones; pero los dioses se mostraron más irritados. Se estremeció la Mujer Blanca, y desde la azotea de su palacio pudo contemplar asustado el Emperador azteca los penachos de nubes negras y fantásticas que cubrían la alta cima de los gigantes del Anáhuac.