VI.
«Miércoles 14 de julio de 1683», dice el Lic. D. Antonio de Robles en su diario, de donde hemos tomado estos datos, «día de San Buenaventura fué el bautismo del hijo del Virrey, á las once y media; lleváronle en silla de manos la aya: bautizóle el señor arzobispo en la pila de San Felipe de Jesús; pusiéronle José María Francisco omnium Sanctorum; asistió la real Audiencia en la catedral, en la nave del altar del Perdón, y todas las religiones; marcharon todas las compañías é hicieron salvas generales; túvole de padrino Fray Juan de la Concepción, donado de San Francisco que S. E. trajo de España; acabóse la función á la una; en la marcha anduvo el conde de Santiago, de maestre de campo, á caballo.
«En la noche se quemaron delante de palacio doce invenciones de fuego grandes; hubo mucho concurso.
«Cenaron en palacio esta noche los tribunales de Audiencia.»
Aquel día, pues, era todo de fiestas y de regocijo en la corte del Virrey, el palacio estaba iluminado profusamente, damas y caballeros atravesaban los corredores y se reunían en las estancias, ó se asomaban á los balcones para divertirse con los fuegos, las ricas carrozas cruzaban la plaza mayor en todas direcciones, y una muchedumbre alegre y bulliciosa se apiñaba delante de la habitación del Virrey escuchando las músicas de las serenatas y confundiendo sus gritos con el estallido de los petardos.
Y en aquellos mismos momentos, en el edificio del palacio, en uno de los más oscuros y tristes calabozos de la cárcel de corte, un humilde sacerdote, acompañado nada más de algunos devotos, administraba el sacramento de la Extrema Unción al misterioso marqués de San Vicente, al visitador D. Antonio de Benavides.
El sacerdote murmuraba devotamente sus fervorosas oraciones en aquel apartado calabozo, en medio de un silencio que no interrumpían allí más que los débiles gemidos del moribundo y el chasquido triste de las hachas de cera con que alumbraban los asistentes, pero que formaba un pavoroso contraste con los perdidos ecos de las músicas y de los gritos de la multitud que gozaba.
Don Antonio de Benavides recibió los últimos sacramentos y dió al cura mil pesos de manípulo, que el cura se negó á aceptar, y que el Virrey mandó después que se aplicaran á la compra de un palio para el Santísimo.
La historia del Tapado ofrece á cada momento incidentes que sólo sirven para aumentar más y más el misterio que envuelve siempre á este célebre personaje, y que nos inducen á formar mil conjeturas.
En efecto, ¿qué puede pensarse de un hombre sobre quien la justicia había ejercido tan rudamente su poder, que estaba moribundo á consecuencia del tormento, olvidado en un calabozo, en una ciudad y en un reino al que llegaba por la primera vez, y que hacía tan fácilmente un regalo de esa clase á la Iglesia, sin tener bienes conocidos de ninguna clase, ni relaciones aparentes con ninguna persona de la colonia?
Dar, no mil sino cincuenta ó cien mil pesos á la Iglesia, era una cosa usada y muy sencilla para cualquiera de los ricos colonos de la Nueva España; pero el preso, infeliz y desvalido, regalando mil, esto es una cosa en verdad llena de misterio.