I

Una noche, cerca de las once, Don Melchor Ocampo salía de la casa de una persona con quien tenía íntima y respetuosa amistad, y que entonces vivía en la calle de ***

Cuando cerró tras sí la pesada puerta del zaguán, un hombre, embozado hasta los ojos con un capotón negro, pasó rápidamente, y después otro. Ocampo no hizo caso, y siguió lenta y tranquilamente hasta la esquina. Atravesó la bocacalle, y entonces advirtió que los dos embozados se habían reunido y marchaban delante á pocos pasos, á la vez que otros dos venían detrás, á algunas varas de distancia. Comprendió, aunque tarde, que había caído en una emboscada. Si retrocedía á la casa de donde salió, ó seguía, á la suya, se hallaba siempre en el centro. Registró maquinalmente sus bolsas, y encontró que no tenía armas; pero sí un reloj de oro, unas cuantas monedas y un lapicero. Siguió su camino derecho, pero muy despacio y sin dar muestras ningunas de que había observado á los que le seguían, y decidido á entregarles el reloj y el poco dinero que traía.

¡La rara casualidad! En todo el largo tránsito que la vista podía abarcar, no había ningún sereno, ni una alma se encontraba en la calle. En este orden, Ocampo y los embozados caminaron dos ó tres calles, y Ocampo se creyó en salvo cuando divisó ya á pocos pasos la luz de su habitación. Llegó por fin á la puerta, tocó, y con la prontitud que acostumbraba el portero le abrió; pero notó, con la poca luz que pudo entrar de la calle, que el portero estaba también embozado. Esto podía ser una casualidad. Ocampo vivía solo, y aunque preocupado y curioso, subió á su habitación sin miedo alguno. Al entrar en el pequeño salón encendió una luz y se encontró sentados en el sofá á otros dos embozados. Ocampo sonrió entre resignado y colérico.

—Señores, si es para broma, basta ya, les dijo. Yo no he gastado bromas con nadie; pero bien se puede permitir á los amigos que se diviertan alguna vez; y si es alguna otra cosa, acabemos también. La casa y todo está á disposición de los que no tienen valor para descubrirse la cara.

Al decir esto, echó á los pies de los embozados un manojo de llaves pequeñas, arrimó un sillón y se sentó.

Uno de los embozados se inclinó, tomó las llaves, encendió otra vela y se dirigió á la alcoba y á las demás piezas de la casa. A este tiempo los embozados de la calle se presentaron en la puerta del salón.

—Lo había adivinado, dijo Ocampo con voz firme. Este es un golpe de mano, de acuerdo con el portero. Lo siento, porque le tenía yo por hombre honrado. Advertiré á vdes., continuó dirigiéndose á los embozados, que sin duda han recibido malos informes de mi portero, y se han pecado un buen chasco. Yo no soy hombre rico, y aunque lo fuera, aquí no tengo gran cosa. Encontrarán vds. cincuenta ó sesenta pesos, alguna ropa que no vale mucho, y libros que no han de servir á vdes. de nada, porque si tuviesen amor á la lectura, seguramente no tendrían afición al robo. Acaben, pues, no vale la pena de que pierdan así su tiempo ni me desvelen. Tengo sueño.

Los embozados contestaron con una respetuosa cortesía, y se sentaron; solo uno de ellos se dirigió á las otras piezas. Al cabo de algunos minutos, los dos hombres que habían entrado á registrar salieron con un baulito de viaje y un legajo de papeles.

Ocampo volvió á sonreír.

—Otra equivocación tal vez, les dijo. Creerán que yo tengo papeles reservados. ¡Qué error! Todo lo que vds. traen no contiene más que apuntes sobre diversas plantas de Michoacán, y sentiré mucho que se extravíen.

Los embozados, al oír esto, descansaron el baul en el suelo, le abrieron y metieron cuidadosamente los papeles.

—Esto sí es singular, pensó Ocampo; y luego, dirigiéndose á ellos, les dijo: Como habrán vdes. observado, no soy hombre que tengo miedo, ni menos trato de armar escándalos ni de procurar que la policía intervenga. Esto sería lo más molesto para mí. Deseo únicamente que vdes. me digan lo que tengo yo que hacer, y que vdes. hagan breve lo que les convenga, y me dejen en paz. Les aseguro que en el acto que se marchen, me acuesto en mi cama y no vuelvo á ocuparme más de lo que ha pasado.

Uno de los embozados se descubrió. Era un hombre de una fisonomía dura, y se podía reconocer al momento, que lo que dijese lo llevaría á cabo irremediablemente. Ocampo le examinó de pies á cabeza con mucha sangre fría, y no pudo reconocer quién era, si bien recordaba haber visto quizá esa misma figura alguna otra ocasión.

—Supongo que no me he equivocado, y que vd. es el Sr. D. Melchor Ocampo, le dijo el hombre misterioso.

—Jamás he negado ni negaré mi nombre en ninguna circunstancia de mi vida; pero ahora me permitiré saber por qué razón me veo asaltado por gentes que se cubren el rostro. ¿Se trata de algún atentado?

—Tiempo hemos tenido para cometerlo, le respondió el desconocido con alguna dureza.

—¿Pues entonces?

—Aquí están las llaves de los roperos. Hemos encontrado un baul á propósito y hemos únicamente acomodado en él la ropa necesaria. El dinero que estaba en una tabla del ropero, y todo lo demás, queda en el mismo estado y tendríamos mucho gusto si el Sr. Ocampo pasa á cerciorarse de que lo que digo es la verdad.

—Me doy por satisfecho.

—Entonces, dijo el hombre misterioso, el Sr. Ocampo tendrá la bondad de seguirme.

—Y si no es mi voluntad, ¿qué sucederá? preguntó Ocampo con calma.

—No quisiera yo que llegáramos á ningún extremo, y sentiría de veras hacer cualquiera cosa que pudiera ofender á vd.

Ocampo se puso un dedo en la boca, bajó la cabeza y se quedó pensando un rato, y luego dijo:

—Creo comprender perfectamente, y como un caballero protesto que sin oponer resistencia alguna estoy decidido á seguir con toda calma esta aventura. Vamos.............. ¿supongo que se me permitirá tomar un abrigo?

—Había ya pensado en ello, pues que la noche está un poco fría, respondió el hombre presentándole una capa que tenía en el brazo.

Ocampo se embozó en ella, entró á sacar á su ropero el dinero que tenía, y tomando la delantera bajó el primero. En el patio estaban los otros hombres embozados, y el cuarto del portero oscuro y silencioso.

Echaron á andar por las calles solas y lúgubres, desperdigándose y colocándose á ciertas distancias los embozados, mientras el hombre con quien Ocampo había tenido el diálogo que acabamos de bosquejar, le tomó del brazo y marchaba unido con él, como si fuera su íntimo amigo. Así llegaron hasta el barrio escampado y triste de San Lázaro, sin haber atravesado una sola palabra en todo el camino. Cerca de la garita estaba un coche con un tiro de mulas. La portezuela se abrió, y Ocampo, el hombre misterioso, y dos más, subieron al carruaje. Contra las prevenciones usuales de la policía y de la aduana, las puertas de la garita se abrieron y el coche pasó, tomando el camino de Veracruz. En el tránsito Ocampo recibió todo género de atenciones de sus compañeros, que se descubrieron naturalmente, pero á los cuales no pudo reconocer. Los alimentos eran buenos, dormían en las mejores posadas; pero evitaron la entrada á Puebla y á Jalapa. Llegaron á las afueras de Veracruz una tarde á la hora del crepúsculo. Se dirigieron á pie al muelle, é inmediatamente se transladaron á una barca que estaba ya con las velas henchidas y el piloto á bordo. Antes de anochecer sopló un viento favorable, y á la media noche apenas distinguían ya el faro de San Juan de Ulúa. A los sesenta y cinco días llegaron á Burdeos.

—Antes de que nos separemos, dijo el hombre misterioso á Ocampo, quiero pediros perdón. He tenido que cumplir un encargo difícil, y lo he hecho de la mejor manera posible. Ninguno de nosotros ha traspasado los límites de la buena educación, y me atrevo á creer que nuestra compañía no ha sido tan molesta como era de esperarse, atendida la situación rara en que nos hemos encontrado.

—Los viajes y los matrimonios deben hacerse repentinamente, dijo Ocampo con cierto acento irónico; pero en verdad, yo no estoy enfadado con ninguno de vds. Me resta preguntar qué es lo que me falta que hacer, y si la compañía de vds. debe aún continuar algún tiempo más.

—Aquí nos debemos separar, y solo espero que en cambio de nuestros cuidados nos prometa vd. no pasar á tierra sino hasta que haya salido aquel barco que cabalmente comienza á levantar sus anclas. Aquí está una cartera que suplico á vd. reciba y no abra ni examine hasta que se halle instalado en la posada que elija en Burdeos.

—Prometí seguir lo que los mahometanos llaman el destino, y á nada me opongo, contestó.

Los hombres estrecharon cordialmente la mano de Ocampo, y con sus ligeros equipajes se trasladaron al barco que habían indicado, el cual antes de dos horas había ya salido del puerto y perdídose entre las ondas y el horizonte de la mar. Ocampo entonces desembarcó y se dirigió al hotel que le pareció más modesto y apartado del centro. Allí abrió la cartera y se encontró con una orden de una casa de comercio de México á otra de París, para que pudiese disponer de una mesada equivalente á 250 pesos. La cartera, además, tenía otro papel de una letra que quizá no fué desconocida para Ocampo, en que se le aconsejaba que viajase, que observase el mundo y que no volviese á México sino cuando personas que se interesaban sinceramente por él, se lo indicasen.

Esta aventura la refirió á mi padre una persona respetable y formal, y yo no he hecho más que evocar recuerdos que, aunque de época lejana, se conservan frescos y vivos en mi memoria. No salgo garante de la verdad, y de la cual tuve el mayor empeño en cerciorarme.

Muchos años después, y platicando yo familiarmente con Ocampo, hice rodar la conversación sobre los viajes, y me atreví á preguntarle si era cierto lo que había oído referir respecto á su primer viaje á Europa. Ocampo sonrió de la manera triste y sarcástica que le era peculiar, y desvió la conversación preguntándome si conocía yo una flor que, aunque se la daban por nueva, era originaria de México y muy conocida de todo el mundo. Comprendí que no debía instarle más; pero sí me llamó la atención el que no me dijese que era una fábula lo que se contaba: así, ni negó ni confirmó la narración.

El hecho fué que Ocampo permaneció muchos meses en Francia, que probablemente no hizo uso de la carta de crédito, pues vivió no sólo con economía, sino hasta con miseria, y se dedicó á estudiar las ciencias naturales, y con especialidad la botánica, en lo que fué muy notable.

Otra anécdota ha llegado á mi noticia, y quien pudo conocer el carácter de Ocampo, no dudará de ella. Entró una noche en Burdeos á un café donde acostumbraba tomar un frugal alimento. Sabía ya y entendía perfectamente el francés, y habiendo oido decir algo de México, fijó la atención en un grupo que se hallaba á poca distancia. Entre otras cosas graves é injurias relativamente á México, uno de los tertulianos fijó esta proposición general: Los mexicanos todos son ladrones.

Ocampo se levantó de su asiento, y dirigiéndose al grupo, dijo en muy buen francés:

«Señores, alguno de vds. ha dicho que todos los mexicanos son ladrones. Yo soy mexicano, y con mi conciencia les aseguro que no soy ladrón; en consecuencia, el que ha sentado tal proposición, ¡miente!»

Ocampo se retiró lenta y tranquilamente á su asiento y siguió tomando su café.

Entre los del grupo hubo un momento de silencio y de estupor, pero á poco comenzaron á discutir y á vociferar. Ocampo les volvió la espalda en señal del más soberano desprecio. Ya no pudieron sufrir, y uno se levantó, y dirigiéndose á Ocampo, le dijo:

—Espero que mañana, antes de las seis, os presentareis aquí con vuestros testigos.

—Ahora mismo es mucho mejor, y dos de los señores serán mis testigos.

Dos de los concurrentes se levantaron, estrecharon la mano á Ocampo y se pusieron á su disposición.

—¿Cuáles son vuestras instrucciones?

—Todo lo que queráis convenir lo acepto sin observación ninguna.

Al día siguiente, en un lugar aislado y apartado de Burdeos, tuvo lugar el duelo. Ocampo, que era menos diestro en la esgrima, salió herido y tuvo que estar en cama cerca de un mes. Su adversario le visitó y le satisfizo amplia y públicamente. Otros refieren que hubo un segundo encuentro, en que el adversario recibió una herida grave; pero de una manera ó de otra, Ocampo dejó bien puesto su honor y el de la patria. No vaya á creerse que era espadachín, pero sí hombre muy pundonoroso y delicado, y cuando creía tener razón y obrar conforme á su conciencia y á su deber, no conocía el miedo.