II

Algo más hay que contar de la vida privada de Ocampo. Tocóle en herencia una grande y productiva hacienda de campo en el Estado de Michoacán, que se llamaba Pateo. Era aún muy joven, y de pronto no se le juzgó á propósito para la dirección de sus propios negocios. A los pocos días de haber recibido sus bienes dió pruebas evidentes de su aptitud, y más que todo de su rara probidad.

La finca era extensa y valiosa; pero reportaba muchos gravámenes, y había, además, una cantidad de deudas pequeñas que satisfacer. La primera providencia de Ocampo fué llamar á todos sus acreedores.

—Esta hacienda, les dijo, es más bien de ustedes que no mía. Examínenla á su gusto, y convengamos en la parte de ella que cada uno quiera tomar para pagarse su deuda.

La mayoría de sus acreedores consentían en renovar las escrituras. Ocampo rehusó y quiso pagar. Los acreedores eligieron convencionalmente las fracciones que les pareció, y quedó á Ocampo un potrero sin casa ni oficinas. Sus acreedores se mostraron satisfechos y fueron pagados, y él comenzó materialmente la vida ruda y laboriosa del colono.

Fijó su residencia debajo de un grande y frondoso árbol que todavía existe, y ayudado personalmente de los sirvientes que le eran adictos, comenzó á levantar una casa pequeña, á cavar las zanjas, á formar las cercas, á establecer las tierras de labor, á formar, en una palabra, de una tierra salvaje una hermosa propiedad que literalmente regó con el sudor de su frente. En el discurso de pocos años había ya una casa modesta, pero cómoda; un jardín cubierto de las flores más exquisitas, y unas tierras de labor benditas por Dios, y abonadas con el sudor y el trabajo de un hombre honrado, y no sólamente admirador de la naturaleza, sino muy inteligente en la agricultura. A esta nueva propiedad le puso por nombre Pomoca, anagrama de su apellido.