III
Vulgarmente se decía: «Ocampo es un hombre raro.» En efecto, no era común, y en este sentido había razón para calificarle así. Tenía un sistema de filosofía peculiar que no pertenecía realmente á ninguna de las escuelas antiguas ni modernas. Era el conjunto de todas ellas, modelado en su propio cerebro, con independencia de toda preocupación. Ocampo pensaba en la misión del hombre sobre la tierra, y para él, esta misión era la de hacer el bien y propagar la libertad en toda su mayor y más aceptable latitud; así, la política tenía necesariamente que formar parte de sus creencias íntimas. ¡Pueden hacer tanto bien los gobiernos! ¡Pueden proporcionar una suma de libertades tan apetecibles y preciosas! El constituir una parte de esa entidad que podía dispensar los más grandes beneficios á la sociedad, era para un ciudadano un grande honor y un motivo de legítima aspiración. He aquí el aspecto bajo el cual Ocampo miró siempre las cosas públicas; y no hacemos más sino recordar hoy muchas de las conversaciones que tuvimos con él.
Con unos precedentes tan sinceros y generosos, jamás pudo entrar, ni aun remotamente, en sus ideas, ni la consideración de un sueldo, ni el deseo del mando, ni la necia vanidad de figurar. Desde el momento que se persuadía que no podía hacer el bien en un puesto público, lo dejaba positivamente, y omitía esas fórmulas y esas ceremonias propias de los que no obran con la firmeza de una conciencia ajena de todo interés.
Ocampo escribió para el público menos que Otero, que Rosa, que Morales y que otros muchos hombres distinguidos del partido liberal, y sin embargo, ejerció en su época mayor influjo que ellos en la marcha de las cosas políticas. Cuando se establecía en México el gobierno conservador y dictatorial, Ocampo, ó era perseguido y desterrado, ó desaparecía de la escena pública y se encerraba en su hacienda á leer ó estudiar, y á cuidar sus pocos intereses, que tenía en un perfecto estado de orden. Cuando triunfaba el partido liberal, inmediatamente era llamado á ocupar algún puesto distinguido. Se prestaba á servir los cargos populares ó políticos; jamás quiso recibir ningún empleo, aun cuando le instaron para que aceptara muchos y muy buenos, entre ellos el de director del Montepío.
Así, fué gobernador de Michoacán, cuyo Estado ha añadido el nombre de Ocampo á su antigua denominación Tarasca. Gobernó bien, estableció prácticamente sus doctrinas de libertad; fué, como en todos los actos de su vida, nimiamente honrado y delicado, y se puede asegurar que jamás tomó un solo peso que no fuese adquirido con su personal trabajo.
Fué llamado al ministerio de Hacienda en Marzo de 1850, durante la administración del general Herrera.
En Octubre de 1855 entró á desempeñar el ministerio de Relaciones, siendo presidente el general Don Juan Alvarez.
En 1858 volvió á desempeñar el mismo ministerio, siendo presidente el Sr. Juárez, y en 1859 y 1860 estuvo encargado al mismo tiempo de los ministerios de Guerra y Hacienda. Fué en esta última época cuando desplegó Ocampo toda la energía de que era capaz, y participando de los inconvenientes y peligros de toda la época tormentosa de la guerra de la Reforma, firmó en Veracruz el célebre manifiesto del gobierno constitucional, y las leyes se expidieron una tras otra hasta completar la serie de providencias y circulares necesarias para consumar la obra que había costado tanta sangre y tantos trastornos en los últimos años.