IV

Triunfante el gobierno del Sr. Juárez, volvió con él á México el Sr. Ocampo; pero á pocos días fué organizado otro Gabinete, y el infatigable Ministro de la Reforma, sin ninguna aspiración, sin llevar un solo peso, sin pretender, y antes bien rehusando todas las posiciones que se le brindaron, se retiró á su hacienda de Pomoca, donde se ocupaba de poner en orden sus negocios, y en cultivar sus hermosas flores, que fueron el encanto de su vida.

Llevó á su hogar sus manos limpias. Ni el dinero ni la sangre les habían impreso algunas de aquellas manchas que, como dice Shakespeare, no pueden borrar todas las aguas del Océano.

Los restos del ejército reaccionario, pasados los primeros momentos, volvieron á aparecer con las armas en la mano; y en la República, que por un momento pareció tranquila, volvió á aparecer la guerra civil.

En la hacienda de Arroyozarco había un español llamado Lindoro Cajiga. Por motivos más ó menos fundados, que no es del caso calificar, se separó del servicio de los Sres. Rosas, y reuniéndose con una colección de hombres desalmados, formó una de esas temibles guerrillas que han sido el espanto de las poblaciones pequeñas y de las haciendas de campo.

Un día, el menos pensado, se presentó Cajiga en Pomoca y encontró á Ocampo desprevenido, inerme, confiado y tranquilo, en medio de sus hijas y de sus sirvientes. Bruscamente le intimó que se diera por preso; y á pie, y según se dijo con generalidad, tratándole de una manera indigna, le condujo hasta donde había una fuerza mandada inmediatamente por D. Leonardo Márquez, y que también estaba á las órdenes de D. Félix Zuloaga, que se decía Presidente de la República. Lindoro Cajiga obró de su propia cuenta, ó fué enviado expresamente por Márquez ó Zuloaga? El caso fué que, apenas este hombre respetable cayó en manos de estos jefes militares, cuando determinaron que fuese fusilado.

Ocampo no suplicó, no pidió gracia, ni aun algunas horas para disponer sus negocios; recibió con una completa calma la noticia de su próximo suplicio.

Pidió únicamente una pluma y una hoja de papel, y escribió, en pocas líneas, el testamento que ponemos á continuación, con una mano tan firme y un carácter de letra tan regular y tan correcta como si en medio de su vida tranquila del campo hubiese estado describiendo las maravillas de la naturaleza.

Fué fusilado y colgado en un árbol el día 3 de Junio de 1861, frente á la hacienda de Caltengo.

TESTAMENTO

«Próximo á ser fusilado según se me acaba de notificar, declaro que reconozco por mis hijas naturales á Josefa, Petra, Julia, i Lucila, i que en consecuencia las nombro mis herederas de mis pocos bienes.

«Adopto como mi hija á Clara Campos, para que herede el quinto de mis bienes, á fin de recompensar de algún modo la singular fidelidad i distinguidos servicios de su padre.

«Nombro por mis albaceas á cada uno in solidum et in rectum á D. José María Manzo de Tajimaroa, á D. Estanislao Martínez, al Sr. Lic. D. Francisco Benítez, para que juntos arreglen mi testamentaría i cumplan esta mi voluntad.

«Me despido de todos mis buenos amigos i de todos los que me han favorecido en poco ó en mucho, i muero creyendo que he hecho por el servicio de mi país cuanto he creído en conciencia que era bueno.

«Tepeji del Río, Junio 3 de 1861.—M. Ocampo.

«Firman este, á mi ruego, cuatro testigos, i lo deposito en el Sr. General Taboada, á quien ruego lo haga llegar á mis albaceas ó á D. Antonio Balbuena, de Maravatío.

«En el lugar mismo de la ejecución, hacienda de Jaltengo, como á las dos de la tarde, agrego, que el testamento de Dª Ana María Escobar está en un cuaderno en inglés, entre la mampara de la sala i la ventana de mi recámara.

«Lego mis libros al Colegio de San Nicolás de Morelia, después de que mis señores albaceas i Sabás Iturbide tomen de ellos los que les gusten.—M. Ocampo.J. I. Guerra.Miguel Negrete.Juan Calderón.Alejandro Reyes.»

Así terminó su carrera, á la edad de 54 á 56 años, uno de los hombres más distinguidos, más honrados y mejores de la República[1].

Manuel Payno.

LEANDRO VALLE

Amigo: te felicitamos por haber dado á tu fe republicana hasta el último aliento de tu vida, hasta el último latido de tu corazón. Te felicitamos por haber sufrido, por haber muerto.

V. Hugo.