I

Hay seres á quienes el destino manifiesto, lanza en el mundo pavoroso de la adversidad, como relámpagos desprendidos de una nube de tormenta, para alumbrar el caos y quedar perdidos en los pliegues gigantes de la tiniebla.

Seres revestidos de una alta misión, apóstoles de una idea sobre el ancho camino de los mártires, glorificadores del pensamiento, honra de un siglo y veneración de la humanidad.

Ante esos seres del privilegio histórico, es necesario descubrirse la frente, como á la vista de un monumento que señala una conquista civilizadora, ó la revindicación de un derecho hollado.

Hay una palabra que asume el destino entero de una época, ya se opere en la religión, en la política ó en la filosofía: se llama Reforma.

Cuando esa idea grandiosa encarna en un hombre, hace de él un mártir, á veces un héroe.

El mundo oye decir: «ese hombre es un reformador,» y su mirada se posa en la tribuna, y después en ese gólgota donde ha caído gota á gota la sangre redentora de la sociedad humana!

¡El cadalso! trípode magnífica levantada sobre los gigantes círculos de la tierra, donde la voz, en sus últimas entonaciones, adquiere el poder de resonar en los ámbitos del globo.

Diez y nueve siglos vienen las palabras del ajusticiado de Jerusalem disputándose las lenguas, reapareciendo con los idiomas nuevos, incrustándose en los monumentos, porque esas palabras cayeron al pie de la cruz en los momentos supremos de la agonía.

Y es que al extinguirse el aliento del hombre, comunica á la idea ese soplo vivificante de la inmortalidad.

Delante de las cenizas de un reformador venimos á pronunciar las palabras del contemporáneo, para que sean recogidas en son de ofrenda por los historiadores del porvenir.

No vamos á buscar en la cuna del pontífice de la democracia mexicana la voz del augurio, ni la constelación dominante en la hora de su advenimiento al mundo; porque esos misterios los encerramos todos en la idea que opera transformaciones tan gigantes.

La democracia no cree más que en una raza, en una sangre: la que corre al través de la humanidad entera.

Dios arrojó sobre el globo las inquietas aguas del Océano; en vano el orgullo de los hombros les ha impuesto un bautismo; son tan salobres las ondas del mar Indico, como las del estrecho de Bering.

Sabemos que viene el hombre del sexto día del Génesis, y eso nos basta.

Negamos la profecía sobre el sér que despierta al aliento de la vida, como negamos la infalibilidad; porque sabemos que cederá á la influencia de su época en las transformaciones sociales.

Vemos al gladiador sobre la arena del anfiteatro sin preguntar si mecieron su cuna los vientos emponzoñados del Ganges, ó las brisas del Nuevo Mundo.

La filosofía no abre las hojas del pasado, sino para estudiar el fenómeno.

Hay tanta obscuridad en derredor nuestro, que apenas podemos determinar algo sin auxilio de otro misterio. Ver salir á un hombre á la vida social, apoderarse de una idea, convertirse en campeón, luchar, sufrir, sacrificarse y vencer al fin, con sólo el esfuerzo de su voluntad indomable, con sólo el magnetismo de la palabra, es más de lo que puede hacer el resto de los hombres; esto se consigna, se palpa, pero no se comprende.

Sale del humilde pueblo Nazaret un inspirado, se hace oír en la tribuna, desciende á las márgenes del Galilea, inquieta á la sociedad pagana, funda una doctrina, sube con serenidad las rocas del Calvario, acepta por completo su misión de mártir, y el mundo antiguo sobrevive apenas á la agonía del Crucificado. El catolicismo se apodera del mundo moderno y le encadena; ya no son los cristianos los que entran en el circo; de víctimas se tornan en verdugos que arrojan al fuego á sus enemigos. Entonces se levanta de la humilde celda de un convento de la Alemania la voz terrible de Martín Lutero, iniciando la reforma religiosa y la idea protestante; señala ya al siglo XIX como el crepúsculo del catolicismo.—Decididamente Martín Lutero vale tanto como Mahoma y Sakia-Muni.

Estos grandes movimientos religiosos coinciden con los cambios políticos, porque la idea civil y religiosa se tocan en la práctica de las sociedades.

No entraremos en esas apreciaciones históricas y filosóficas, porque es otro el objeto de nuestro artículo.