II

Don Santos Degollado fué el Moisés de la revolución progresista; murió señalando la tierra prometida, al pueblo á quien había guiado en el desierto ensangrentado de los combates.

Salió de las obscuras sombras de una catedral, donde la curia eclesiástica le veneraba como á uno de los servidores más leales de la iglesia; seguramente aquella soledad despertó en su cerebro la idea de la reforma, vió al pueblo encadenado á los hierros de la tiranía, y pesando sobre la frente de la sociedad la mano inexorable del clero. Le pareció ese abatimiento la abyección deshonrosa de una nación, el envilecimiento del sér humano, y el síntoma precursor del desaparecimiento en la absorción conquistadora.

Sintióse humillado en su calidad de hombre y de ciudadano, operóse en su alma una metamórfosis heroica, arrojó de sí la pluma, empuñó la espada y sentenció en el alto juicio de su patriotismo las ideas condensadas durante medio siglo en el cielo de la sociedad.

La Iglesia le cerró sus puertas como á un relapso; entonó los salmos Penitenciales al condenado, le excomulgó á su vez, diciéndole anatemas y borrándole de los registros católicos.

Pero el pueblo formó valla á su paso, respondió á su voz que le llamaba al combate, y le aclamó el campeón de sus libertades.

Entonces se desarrolló á la vista del mundo entero un espectáculo magnífico. La juventud se apoderó de aquellos estandartes que debían llegar al último reducto acribillados por la metralla. Hubo una sucesión de combates sangrientos en que los ejércitos de la Reforma desaparecían en medio de los desastres más sangrientos; pero el bravo campeón parecía llevar en sus labios el fiat de la creación, porque sus filas aparecían como por encanto sobre los mismos campos de la derrota.

Luchaba contra la fatalidad; pero hay algo que está sobre el fatalismo: la constancia y la abnegación.

Aquel ejército, impulsado por el aliento sobrehumano del patriotismo, recorrió los campos escarbados de la República en una sucesión de duelos y de batallas que registran las páginas más terribles de nuestra historia.

El 11 de Abril de 1859 las huestes se presentaron al frente de la capital después de sostener en su tránsito tres combates formidables. Don Santos Degollado creyó dar un golpe de mano tomando por asalto la ciudad; pero Dios no había señalado aún el término de aquella lucha.

Mientras una parte del ejército republicano conquistaba el laurel de la victoria á bordo de la «Saratoga» en las aguas de Antón Lizardo, y rechazaba á los reaccionarios desde los muros de la Ciudad Heroica, una nueva catástrofe tuvo lugar en las lomas de Tacubaya.

El ejército de Degollado se retiraba después de un combate sangriento, dejando en poder de los soldados del clero un grupo de jóvenes que no quisieron separarse del campo, unos por asistir á la batalla hasta el último trance, y otros por estar en calidad de médicos, prestando auxilios á los desgraciados que yacían en la arena, víctimas del plomo.

Dice la sombría historia de aquella noche memorable, que los prisioneros fueron ejecutados en medio de una saturnal espantosa de sangre y de venganza.

El autor de la hecatombe yace proscripto y con la maldición de Dios vibrando sobre su frente, perseguido de los espectros de las víctimas que no le han abandonado desde entonces, ni en las apartadas regiones europeas, ni en su peregrinación á la Tierra Santa, ni en su ostracismo en los hielos del Norte[2].

Esas augustas sombras presenciarán la trabajosa agonía del malvado, tomarán asiento sobre la piedra de su sepultura, y permanecerán allí serenas, inmóviles, impasibles, hasta que el soplo de Dios pase sobre esos huesos maldecidos, y los mártires pidan justicia en la hora solemne de la resurrección!