III

La época del obscurantismo entraba en agonía; su causa estaba sentenciada, pero le daba aliento la sangre, como si refrescase los labios de un moribundo. Las huestes de la Reforma sitiaban las ciudades, se apoderaban de los puertos en el Pacífico y el Atlántico, y atravesaban el centro del país reconquistando las plazas en son de guerra.

La revolución moral estaba efectuada. D. Santos Degollado era el héroe de aquel gran movimiento; tenía por soldado á Zaragoza.

El reducto inexpugnable de la reacción acababa de capitular ante las armas republicanas. Guadalajara estaba recuperada.

No queremos recordar la combinación política que motivó la separación del general Degollado de la dirección de un ejército levantado por él, y por él llevado á los campos de victoria. El insigne patriota rindió un homenaje á la autoridad constitucional, y bajó en silencio de su alto puesto, sin pronunciar una palabra, sometiéndose á las eventualidades de un proceso.

Le faltaba la última decepción para llenar la vida de un héroe. En cuanto á su muerte, el destino se ocuparía de realizarla.

Desde aquel momento su estrella se empañó en el cielo del oráculo, y comenzó á resbalar sobre la huella que termina en el desastre.

Solo, pobre y abandonado, sin más compañía que aquella espada que le había acompañado durante tantos años de vicisitudes, partió del campo de la ingratitud con la faz serena, pero con el corazón hecho pedazos.

Aquel hombre extraordinario tenía un consuelo: la religión; era como Morelos: se persignaba y decía oraciones momentos antes de la batalla.

Se le vió atravesar por los pueblos que respetaban el grande infortunio, viendo aquella figura histórica como el paso del alma de la revolución, que iba peregrinante por el suelo de los combates.

Unióse á la división Berriozábal que venía de triunfo del Puente de Calderón, y tomó hospedaje en la ciudad de Toluca.

La reacción no se dejaría arrebatar el poder sino hasta el último momento; así es que haciendo un esfuerzo supremo, organizó sus fuerzas y cayó sobre aquella división avanzada, dándole una sorpresa.

El general Degollado fué hecho prisionero y conducido como un trofeo entre los estandartes de la reacción.

El pueblo se agolpó á su tránsito, deseaba conocer á aquel hombre que había llenado las páginas de cuatro años con sus milagros y sus hazañas.

El ilustre prisionero aceptó por completo su destino; sabía que el genio de la vicisitud batía las alas sobre su existencia, y estaba resignado.

La victoria de Calpulálpan vino á decidir el triunfo completo de la idea reformista; sobre aquella arena quedó vencida para siempre la reacción. Un monumento sería en aquel lugar histórico el sarcófago de la sociedad antigua.