I

El huracán sombrío de las revoluciones arrastra á su paso los despojos de las sociedades, desquiciándolas y hundiéndolas en un abismo, tumba abierta al extravío humano!

El libro ensangrentado de nuestra historia es uno de aquellos monumentos terribles donde se ve la expiación y el castigo que deja caer la mano vengadora de Dios, sobre los pueblos á quienes azota la guerra fratricida.

Medio siglo de combates, de duelos, de asesinatos, han sembrado de tumbas el territorio de la República, y es, que al descarrilarse nuestra sociedad de la vía tenebrosa de la conquista, ha llevado en su paso á dos generaciones con el tren inmenso de sus costumbres, de su superstición y de sus creencias.

La Reforma ha pasado, como en todos los pueblos, sobre un campo de muerte; porque las sociedades antiguas se hunden en medio de la catástrofe.

Reaparece la sociedad moderna bajo la luz de la civilización y de la nueva idea, y sentada sobre los escombros ensangrentados, pasea su mirada en torno, y entonces la historia se escribe, y el gran libro de la experiencia llena sus páginas con el relato de los desastres.

Registramos hoy en las hojas del Libro Rojo la hecatombe más pavorosa que llenó de indignación al mundo civilizado, y determinó la caída de la usurpación armada.

He aquí el relato de ese hecho que pasa ya entre los romances populares con todas sus sombras é invencible horror.

La hora había sonado para las antiguas preocupaciones; el poder del clero se hundía al Dies iræ de la revolución en los avances del siglo, y los últimos soldados de la fe luchaban desesperados en nombre de una causa sentenciada en el tribunal augusto de la civilización.

El pueblo combatía bajo los pendones del progreso, y oponía su sangre como en los días primeros de su emancipación, á los golpes postreros de sus enemigos.

El patriarca de la Libertad que como el mito de la religión pagana convertía las piedras en hombres, levantando ejércitos con sólo el esfuerzo de su aliento y la fe de su constancia, acercó atrevido sus trágicos estandartes á la capital de la República, clavando su bandera sobre ese cerro histórico de Chapultepec, como un cartel de desafío á sus adversarios.—Menguaba el astro de aquel hombre sublime, mientras ascendía en el cielo de la patria el sol de sus libertades. La historia señalaba el 11 de Abril de 1859 como una fecha siniestramente memorable para la República.

Libróse una batalla sangrienta en que las huestes del pueblo quedaron derrotadas sobre aquel campo. Hasta ahí, nada presentaba de particular el lance de guerra, sino la heroicidad de los vencidos.

Abrimos un paréntesis para dar lugar al relato escrito en la misma noche del 11 de Abril, y bajo las impresiones dolorosas de aquel suceso.

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El 11 de Abril de 1859 trabóse una batalla en las lomas de Tacubaya, y el general Degollado resolvió emprender una retirada, señalando una corta sección que resistiera el empuje de los soldados de la guarnición de México. Esta sección combatió con valor hasta agotar sus municiones; la villa fué invadida, el palacio arzobispal ocupado por los soldados de la reacción, que viendo vencidos á sus enemigos les hicieron fuego y los lancearon en todas partes, sin hacer distinción entre los heridos.

Algunos jefes y oficiales quedaron prisioneros al terminar la acción del 11. Los heridos no pudieron seguir la retirada, y quedaron en hospitales improvisados en el Arzobispado y en algunas casas particulares. Con ellos quedó el jefe del cuerpo médico-militar del ejército federal y tres de sus compañeros que creyeron inhumano y desleal abandonar á hombres cuyas vidas podrían salvar, cuyas dolencias podrían mitigar.

Un día antes de la acción se supo en México que eran muy pocos los profesores que venían en el ejército federal, y que esta escasez podía hacer mucho más funestos los resultados de una batalla. Esta noticia hizo que algunos jóvenes estudiantes formaran y llevaran á cabo el noble proyecto de ir á Tacubaya á ayudar gratuitamente á los facultativos y á cuidar y operar á los heridos de los dos ejércitos.

Terminada la acción, varios vecinos recorrían el teatro de la batalla para informarse de lo ocurrido y auxiliar á los moribundos.

Otros jóvenes llegaban en aquel momento á la población, viniendo de tránsito para México á completar su educación.

La contienda había concluido; contienda entre compatriotas y hermanos, no quedaba para el vencedor más que el triste y piadoso deber de curar á los heridos, de sepultar á los muertos y endulzar la suerte de los prisioneros: esto habría hecho cualquier caudillo que hubiera tenido de su parte el derecho y la legitimidad. Pero pocas horas antes había llegado á México D. Miguel Miramón como primer disperso del ejército que anunció iba á tomar Veracruz y retrocedió espantado de los muros de aquella heroica ciudad, sin haberse atrevido á atacarla. Humillado, caído en el ridículo, prófugo, quiere vengar los desastres que debe á su impericia, y vuela á Tacubaya. El genio del mal, el demonio del exterminio y del asesinato, cayó sobre aquella población!

Durante el desorden de la ocupación de la villa, se oían tiros por todas partes. Unos huían, otros se defendían vendiendo caras sus vidas, otros sucumbían; pero, aunque desigual, había lucha todavía.

Miramón reune en San Diego á Márquez y Mejía; sabe allí los nombres de algunos de los prisioneros, y estos tres hombres reunidos en un claustro decretan la muerte de los vencidos y de cuantos se encuentren en su compañía. Estos tres hombres pronuncian el vae victis! de los tiempos más bárbaros. Varios jefes palidecen al recibir las órdenes de los asesinos; pero hay cobardes que se encargan gustosos de la ejecución de la matanza.

Los soldados caen sobre los heridos; penetran hasta los lechos que les ha preparado la caridad, y allí los acaban á lanzadas animados por la voz de Mejía.

Los médicos, pocas horas antes, habían dicho á un oficial que estaban prestando socorros urgentes á los heridos. El oficial les dijo que hacían muy bien en cumplir con su deber, y desde entonces los auxilios de la ciencia se impartieron por ellos, sin distinción, á liberales y reaccionarios.

Llegó la noche, y comenzó á cumplirse la orden de los jefes de asesinos.

En el jardín del Arzobispado sucumbió la primera víctima, el General D. Marcial Lazcano, antiguo militar, que acababa de batirse con un valor admirable, y que al ser conducido al suplicio fué insultado por oficiales que habían sido sus subalternos y á quienes había corregido faltas de subordinación y disciplina. El general les dijo: «Hay cobardía y bajeza en insultar á un muerto.»

Inmediatamente corrieron la misma suerte

El joven D. José M. Arteaga,
El capitán D. José López,
El teniente D. Ignacio Sierra.

Los cuatro murieron con valor y fueron fusilados por la espalda; los cuatro animaron á sus verdugos diciéndoles que no temblaran al hacerles fuego.

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Los médicos oyeron los tiros, conocieron lo que pasaba y sin embargo seguían haciendo vendajes y practicando amputaciones. Hubo quien dijera á D. Manuel Sánchez que huyera, y él, mostrando un instrumento quirúrgico que tenía en la mano, y el enfermo á quien operaba, dijo: «No puedo abandonarlo.»

La soldadesca llega hasta las camas de los heridos, arranca á los médicos y á los estudiantes de las cabeceras de los pacientes, y un momento después caen acribillados de balas

D. Ildefonso Portugal,
D. Gabriel Rivero,
D. Manuel Sánchez,
D. Juan Duval (súbdito inglés),
D. Alberto Abad.

Portugal pertenecía á una de las familias más distinguidas de Morelia, era notable por su ciencia y por su filantropía, y era primo hermano de D. Severo Castillo, el llamado Ministro de Guerra de Miramón.

Rivero ejercía las funciones de jefe del cuerpo médico del ejército federal, y no quiso retirarse cuando salieron las tropas.

Sánchez fué el que permaneció al lado de los enfermos, aunque se le advirtió el peligro que corría.

Duval era un hombre estimado por su caridad, por la conciencia con que ejercía su profesión, y que jamás se había afiliado en nuestros bandos políticos.

Con estos hombres eminentes que así terminaron una carrera consagrada á la ciencia y á la humanidad, perecen los dos estudiantes

D. Juan Díaz Covarrubias,
D. José M. Sánchez.

Díaz Covarrubias tenía diecinueve años; era hijo de Díaz el célebre poeta veracruzano, su aspecto era simpático, en su frente se veían las huellas prematuras del estudio y de la meditación. Estaba para concluir los cursos de la escuela, y consagraba sus ocios á cultivar las bellas letras. Es autor de varias novelas de costumbres y de poesías líricas, que revelan una alma pura, sensible y ansiosa de gloria. Todas sus ilusiones juveniles, todas sus esperanzas se extinguieron cuando le anunciaron que lo llevaban á la muerte. Este joven, este niño, pidió que se le permitiera despedirse de su hermano; los verdugos le dijeron que no había tiempo. Quiso escribir á su familia; los verdugos le dijeron que no había tiempo. Pidió un confesor; los verdugos le dijeron que no había tiempo. Entonces el poeta regaló su reloj al oficial que mandaba la ejecución, distribuyó sus vestidos y el dinero que tenía en los bolsillos, entre los soldados; abrazó á su compañero Sánchez, y resignado y tranquilo se arrodilló á recibir la muerte. El oficial dió con acento ahogado la voz de fuego, y los soldados no obedecieron; la repitió dos y tres veces, y al fin sólo dos balas atravesaron el cuerpo del joven; sólo dos hombres dispararon sus armas. Los soldados lloraban; Díaz Covarrubias, agonizante, fué arrojado sobre un montón de cadáveres; algunas horas después, aún respiraba......... Entonces lo acabaron de matar, destrozándole el cráneo con las culatas de los fusiles!

El mundo calificará estos horrores, que jamás había presenciado ni en las guerras más encarnizadas. Se ha visto entrar á saco á los ejércitos en país enemigo; se ha visto el incendio de las ciudades; se han visto actos de crueles represalias; pero ni en los tiempos bárbaros, ni en la edad media, ni en las conquistas de los musulmanes, ni en la guerra de Rusia en Polonia, ni en la del Austria en Italia y en Hungría, ni en los desastres de los carlistas de España, ni en la actual sublevación de la India, se han encontrado bárbaros que arranquen de la cabecera del enfermo el médico para asesinarlo. A los ojos de ningún tirano ha sido delito curar al herido; el médico de ejército no se considera como prisionero; jamás es permitido disparar contra la bandera blanca de los hospitales de sangre; en medio de la guerra, los hombres todos respetan ciertas reglas de humanidad, cuya observancia es la gloria del valor.

A nuestro siglo, á nuestro país estaba reservada la triste singularidad de ofrecer un espectáculo tan inhumano, tan cruel, tan salvaje, que hace retroceder la guerra á los tiempos de Atila y de los hunos.

Los médicos asesinados en Tacubaya son mártires de la ciencia y del deber. Sus verdugos, que defienden los fueros de clérigos y frailes, han atropellado los fueros de la humanidad, las leyes de la civilización, los preceptos del derecho de gentes sancionados por los pueblos cristianos.

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Quienes así trataron á los que estaban salvando á sus heridos, ¿de quién habrán de tener piedad?

El Lic. D. Agustin Jáuregui estaba tranquilo en su casa de Mixcoac, al lado de su esposa y de sus hijos, sin haber tenido la menor relación con los constitucionalistas. Era hombre que, si bien deploraba los males del país, estaba exclusivamente consagrado á su familia. Un infame, cuyo nombre ignoramos, lo denuncia á Miramón como hombre de ideas liberales, y esto basta para que lo mande aprehender.

Jáuregui tiene aviso de esta denuncia; duda, nada teme, sus deudos le aconsejan la fuga; pero era ya tarde: una gavilla de soldados se apodera de él, y maniatado es conducido á Tacubaya. No se le pregunta siquiera su nombre; es llevado al matadero, y cae fusilado como los otros.

¿Cuál era su delito? ¿De qué se le acusaba?

Nadie lo sabe.

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Entre los prisioneros estaba D. Manuel Mateos, joven de veinticuatro años que hace un año se recibió de abogado, y tenía felicísimas disposiciones para el cultivo de las letras, habiéndose desde niño dado á conocer por sus poesías, que respiraban un entusiasta patriotismo, y en que cantaba las glorias de nuestros primeros héroes.

Este joven valeroso, instruído é inteligente, había combatido varias veces contra la reacción; hacía pocos días que, después de haber sufrido una larguísima prisión, se había incorporado al ejército federal.

Llevado al suplicio, camina sin temblar, indaga quienes han muerto antes que él: cuando quieren fusilarlo como traidor, se irrita, forcejea para recibir las balas por delante, y arenga á sus verdugos, diciéndoles que los perdona porque no saben lo que hacen cuando consienten en asesinar á los que luchan por darles la libertad; hace votos porque su sangre no sea vengada; dice no lo aterra la muerte porque ha cumplido con sus deberes de mexicano y acepta gustoso el sacrificio de su vida...... Sus palabras son interrumpidas por las balas que le hieren el pecho; un oficial ha tenido miedo de que siga hablando, y manda hacerle fuego antes de tiempo. ¡Mateos cae, y espira victoreando la libertad!!!

Cuando este joven fué como voluntario á la campaña de Puebla y estuvo en la batalla de Ocotlán, en medio de la confusión de aquel día descubrió á su lado á unos oficiales reaccionarios que estaban perdidos. Mateos se acerca á ellos, les estrecha la mano, los viste con el uniforme de los rifleros, cede á uno su caballo, y así los salva, trayéndolos á México y ayudándoles á ocultarse mientras pueden obtener el indulto. Uno de los oficiales así salvados por Mateos, era ayudante de Haro y Tamariz.

¡Y hombre tan generoso perece en la flor de su edad, sin encontrar un corazón amigo!

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Las víctimas completan hasta el número de CINCUENTA Y TRES.

Entre estas víctimas se oyen crueles despedidas, gritos de los que pedían un confesor, plegarias dirigidas á Dios y víctores á la libertad. Algunos habían sido prisioneros, otros no tenían más culpa que estar cerca del teatro de los sucesos: unos eran artesanos, otros labradores; muchos quedaron con los rostros tan desfigurados, que nadie ha podido reconocerlos. ¡Mártires sin nombre, pero cuya sangre no dejará por esto de caer sobre las cabezas de sus asesinos! Entre los testigos de esta tragedia, muchos lloraban, y á veces soldados y oficiales abrazaban á las víctimas.....

Los cincuenta y tres cadáveres quedaron amontonados unos sobre otros, insepultos y enteramente desnudos, porque los soldados los despojaron de cuanto tenían, y de paso saquearon algunas casas.

Las madres, las esposas, los hermanos, los hijos de las víctimas, acudieron al lugar del trágico acontecimiento, reclamaron á sus deudos para enterrarlos, y se les negó este último y tristísimo consuelo.

A los dos días, los cadáveres fueron echados en carretas que los condujeron á una barranca, donde se les arrojó y donde permanecen insepultos.

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¡Víctimas de la ciencia, de la caridad y de la abnegación, dormid en paz! Vuestros verdugos os han abierto las puertas de la inmortalidad, y han coronado vuestras frentes con la aureola del martirio y de la gloria. Estais ya libres de la opresión; no sufrís el sonrojo del abatimiento de la patria; no veis triunfante el crimen, y estais ya en la mansión de la eterna justicia!

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Esta justicia ha condenado ya á los verdugos, que no podrán librarse del castigo de su culpa. Malditos serán sobre la tierra que empaparon con la sangre de sus hermanos, á quienes cobarde y alevosamente asesinaron: malditos sobre la tierra, sí, porque aunque huyan de la patria, en el destierro los perseguirán sus remordimientos, y todas las naciones cultas los recibirán con horror y con espanto. No hizo tanto el general Haynau en la guerra de Hungría, y al llegar á Londres el pueblo lo apedreó y lo escarneció en memoria de sus iniquidades.

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¡Dios Santo!! Tú que amparaste al pueblo mexicano en sus tribulaciones; Tú que diste fuerza á su brazo para filiarse entre las naciones soberanas; Tú que inspiraste á su primer caudillo la obra sublime de la abolición de la esclavitud, aliéntalo para que lave la tierra que le diste, y la purifique de las manchas sangrientas que le imprimen sus verdugos. ¡Dios de las naciones! Tú que eres misericordioso y justiciero, alienta, alienta á este pueblo para que recobre sus inalienables derechos para que asegure su porvenir, para que sea digno de contarse entre los pueblos cristianos que siguen la ley de gracia, traída al mundo por tu Hijo á costa de sangre!

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¡Dios de las naciones! Haz que el crimen tenga expiación; permite que este pueblo se lave del baldón de sus opresores, haciendo reinar la paz, la justicia y la virtud; y haz por fin, que este pueblo oprimido quebrante sus cadenas y sea el terrible instrumento de tu justicia inexorable.

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¡Ay de los asesinos! ¡Ay de los verdugos! ¡Ay de los modernos fariseos! ¡Malditos serán sobre la tierra que regaron con sangre inocente, con sangre de sus hermanos que vertieron con crueldad y alevosía!!