II
Las aguas de la costa de Nuevo Santander (hoy Tamaulipas) estaban por lo común solitarias, y una que otra barca de pescador rompía aquellas olas cansadas de rodar en las calientes arenas de la playa.
El tiempo había estado borrascoso. Recios vientos habían soplado sin duda más lejos, pues venían las olas todavía gruesas y enojadas á azotarse contra la costa. Se observó el palo de una embarcación. Empujada por una fuerte brisa que hinchaba sus velas, en breve llegó al puerto, y se pudo reconocer que era un barco grande armado en guerra. En efecto, era la «Cleopatra,» y á bordo venía el general Don Francisco Javier Mina.
El desembarco se hizo sin dificultad y sin experimentar resistencia ninguna el 15 de Abril de 1817.
El 22 salió Mina para Soto la Marina. Caminaba á pie, con su espada en la mano, al frente de la tropa. Tres días anduvo perdido en los bosques, pero al fin llegó á la población, donde fijó su cuartel general. Sus buques quedaron en la costa. Un marino español salió de Veracruz á atacarlos. La goleta «Elena,» que era muy velera, escapó á la vista del enemigo; las tripulaciones de la «Cleopatra» y del «Neptuno» vinieron á tierra, y en este estado, el marino español que montaba la fragata «Sabina,» se encaró fieramente con la escuadrilla silenciosa del aventurero capitán.
El marino español rompió un vivo fuego de cañón. La «Cleopatra» no contestaba, y esto irritaba al enemigo.
—Que redoblen el fuego, gritó con voz de trueno.
El cañoneo continuó más fuerte. La «Cleopatra,» siempre silenciosa, parecía resistir las balas sin que le hicieran un daño visible.
—¡Esta es una asechanza sin duda! exclamó el jefe español; se tratará de que nos acerquemos, para echarnos una andanada y sumergirnos en el agua. ¡Al abordaje! al abordaje! y no hay que perdonar á nadie. Hombres, mujeres, niños, que todos sean pasados á cuchillo.
Los botes, tripulados con un buen número de gente provista de escalas, garfios, picas y demás instrumentos propios para el abordaje, se desprendió de la «Proserpina» y resueltamente se dirigió á la «Cleopatra.» El mismo silencio, la misma terrible inmovilidad.
—¡Animo, marinos! gritó el jefe que mandaba los botes; acordáos que sois españoles y que estais en la tierra de Cortés. Arriba! á ellos! y no haya misericordia.
Los marinos españoles se lanzaron como leones.
Un gato, único defensor que había quedado á bordo, corrió por la cubierta, y mirándose atacado por los marinos de la «Proserpina,» corrió sobre cubierta, se precipitó, sin saber dónde, cayó sobre la cara del comandante, se afianzó con las uñas de sus barbas y carrillos, y al grito de sorpresa y de dolor del bravo marino, el gato cayó en el agua y desapareció entre las ondas. Los asaltantes tuvieron que soltar una carcajada.
Sin embargo, el brigadier D. Francisco de Beranger, que mandaba esta expedición, dió á su regreso á Veracruz un parte en que describía una terrible batalla naval y un sangriento abordaje. El virrey los recomendó á España, y decretó que llevaran en el brazo derecho un escudo con el siguiente epígrafe: Al importante servicio en Soto la Marina.