III

Mina no perdió su tiempo. Construyó un fuerte regular en Soto la Marina, y resolvió expedicionar en el interior del país.

La mañana del 24 de Mayo, Mina, ya con su espada ceñida, estaba en la plaza al frente de sus tropas, que eran las siguientes:

General y su Estado Mayor11
Guardia de honor al mando de Young31
Caballería124
Regimiento del Mayor Sterling56
Primero de línea64
Artillería5
Criados12
Ordenanzas5
Total308

Era ridícula esta expedición. Mejor dicho, era sublime. El comandante tenía en sus ojos la victoria.

Mina llamó al mayor Sardá.

—Te dejo cien hombres, mayor. Con esta fuerza te defenderás hasta el último extremo. Te han de sitiar, sin duda alguna; pero no haya cuidado, yo volveré y haré á balazos que te dejen quieto. Mina estrechó la mano del mayor, y espada en mano, salió de la plaza de Soto la Marina, tambor batiente y bandera desplegada.

Después de tres días de marcha por aquellos desiertos faltos de víveres y de agua, la tropa comenzaba á fatigarse y á murmurar.

—No hay cuidado, mis amigos; antes de algunas horas tendremos víveres frescos, y habitación magnífica, y dinero.

En efecto, Mina, burlando con la rapidez de su marcha la vigilancia del jefe D. Felipe de la Garza, sorprendió una hacienda y se apoderó de una buena cantidad de efectos y provisiones que repartió entre sus soldados.

Ninguna de las muchas combinaciones militares que hizo el gobierno con una actividad sorprendente, pudo detener la marcha de Mina. Derrotó á Villaseñor en el Valle del Maíz, y el 14 se hallaba instalado en los magníficos edificios de la hacienda de Peotillos, que en esa época pertenecía á los Carmelitas. Los dependientes y mozos habían huído, llevándose todas las provisiones. La tropa, cansada y hambrienta, se acostó sin cenar. No habían cerrado los ojos, cuando el enemigo se presenta. Armiñan y Rafols, con fuerzas considerables, tocan, como quien dice, á las puertas de la hacienda.

Mina recibe el aviso de sus avanzadas, se ciñe la espada, sube á la azotea del edificio y observa entre el polvo y la ardiente reverberación del campo, una fuerza de infantería como de 1,000 hombres, seguida á cierta distancia por una numerosa caballería.

—Amigos, dice á sus soldados, que habían salido en seguimiento de su jefe; vamos á ser atacados dentro de pocos momentos. Si nos encerramos en las casas, pereceremos, si no por las balas, sí de hambre. No hay más recurso que salir al campo y atacar al enemigo antes de que se acerque más.

La respuesta de esta tropa denonada fué un ¡hurra! estrepitoso, y cosa de 170 hombres formaron en momentos y se dirigieron á paso veloz al encuentro de la formidable columna española.

Mina, á los pocos momentos de comenzada la acción, se vió envuelto por la caballería, y sus escasas fuerzas diezmadas por las balas enemigas. En este trance supremo, con los pocos que le quedaban, formó un cuadro, hizo una descarga á quemaropa á la caballería que se le venía encima, mandó calar bayoneta y se lanzó con espada en mano, haciendo un agujero sangriento en la masa compacta de enemigos. El pánico se apoderó de ellos, comenzaron á vacilar y á desorganizarse, y concluyeron con abandonar el campo y echar á correr. El coronel Piedras, de las tropas realistas, no paró hasta Río Verde. Rafols se escapó en las ancas del caballo de su corneta de órdenes, y Armillan se retiró á San José. Esta fué la célebre acción de Peotillos dada el 15 de Junio.

Mina con el puñado de hombres que le había quedado, resolvió seguir al interior del país, y al día siguiente se puso en camino, no deteniéndose sino delante del Real de Pinos, cuya plaza estaba fortificada y defendida por trescientos hombres y cinco cañones.

Para Mina no había dificultades, y á todo trance necesitaba apoderarse de este mineral. Mina intimó rendición á la plaza, y habiendo recibido una respuesta altanera, se decidió á obrar. Llamó á quince de sus más atrevidos soldados, les indicó una tapia, y con una escalera subieron sin ser sentidos á las azoteas de las casas. Descendieron á la plaza, sorprendieron la guardia y se apoderaron de la artillería. Mina entonces asaltó la ciudad, y no habiendo resistido ya los defensores, entró á ella, permitiendo el saqueo para castigarla de su resistencia. El 24 de Junio Mina se hallaba en el corazón del país, y posesionado del fuerte del Sombrero, que mandaba el jefe independiente D. Pedro Moreno.

A los cuatro días, y cuando apenas sus soldados comenzaban á descansar de una marcha de más de 250 leguas por un país desierto, se supo que el jefe español Ordoñez, con una fuerza de 700 á 800 hombres, se dirigía sobre el fuerte. Mina rápido en sus concepciones, resolvió atacarlo, y acompañado de Moreno y del Pachón (Encarnación Ortiz), se puso en marcha, y á la media noche llegó á las ruinas de una hacienda, donde encontró 400 insurgentes armados con unos cuantos fusiles inútiles. Al día siguiente muy temprano continuó su marcha, y algunas horas después se hallaba frente del enemigo con dos columnas de cien hombres, y en menos de ocho minutos Mina derrotó á los españoles, y regresó al fuerte con los cañones, fusiles y dinero ganados en esta batalla donde murieron los jefes realistas Ordóñez y Castañón.