II
Las noticias de los acontecimientos de la metrópoli llegaron á la colonia, y los mexicanos, indignados, olvidaron por un momento su esclavitud para pensar en la suerte de España y en la injusta opresión de Bonaparte.
Hay momentos supremos para los pueblos generosos, en que el texto de su derecho internacional es el evangelio, y olvidando las reglas de la diplomacia y los sentimientos de conveniencia, sienten la gran confraternidad de las naciones, olvidan sus rencores, y brota colectivamente en las masas una especie de caridad, de pueblo á pueblo, de nación á nación.
El duque de Berg, Lugarteniente de Napoleón, comunicó sus órdenes al virrey de México que lo era entonces Don José de Iturrigaray, teniente general de los ejércitos españoles; pero el virrey no se atrevió á acatar aquellas órdenes ni á desobedecerlas abiertamente; quiso consultar, quiso saber si contaba con algún apoyo, y citó á la audiencia para tratar sobre esto con los oidores.
Reunióse en efecto el acuerdo. El virrey les hizo presente el motivo con que los había citado, y aquellos hombres palidecieron como si vieran á la muerte sobre sus cabezas, y apenas se atrevieron á dar su opinión.
Entonces el virrey tomó la palabra, y con un acento conmovido, protestó que antes perdería la existencia que obedecer las órdenes de un gobierno usurpador; que aun podía ponerse á la cabeza de un ejército, y combatir por la independencia y el honor de su patria. Los oidores se retiraron avergonzados y cabizbajos.
La Audiencia aborrecía al virrey y le hacía una guerra sorda, y sin embargo, en aquél momento le había tenido que contemplar con respeto.
Ellos eran el vulgo delante del héroe; sólo el patriotismo pudo haber dado al indigno Fernando VII, vasallos y capitanes como los que pelearon en España y los que gobernaron sus colonias.
La noticia de estas ocurrencias se difundió bien pronto por la ciudad, y el Ayuntamiento quiso también tomar y tomó parte en la cuestión.
En el año de 1701 la monarquía española cambió de dueño; el fanático Carlos II legó los extensos dominios que conquistaran y gobernaran sus abuelos á la casa de Anjou, y Felipe V se sentó sobre el trono del vencedor de Francisco I.
Aquél cambio de dinastía se verificó sin que las colonias españolas de la América hubieran dado la menor muestra de disgusto; un rey al morir dejaba á un extraño pueblos y naciones por herencia, como un particular lega un rebaño ó una heredad, porque sus súbditos eran cosas; pero esto acontecía en 1701.
La abdicación de Fernando VII y la usurpación de Bonaparte se sabían en México en 1808, es decir, entrado ya el siglo XIX.
Los nietos conocían mejor sus derechos que los abuelos; México protestó contra la usurpación: México era colonia, por eso aborrecía las conquistas; los mexicanos eran víctimas, por eso detestaban á los verdugos.
Una tarde, el Ayuntamiento de México, en cuerpo, presidido de las masas de la ciudad, se presentó en palacio, las guardias batían marcha, la muchedumbre se agrupaba en derredor de los regidores, el virrey salió al encuentro de la corporación, y el alcalde puso en manos de Iturrigaray una representación.
En aquella representación el Ayuntamiento, á nombre de la colonia, pedía la formación de un gobierno provisional; el virrey la leyó con agrado y la pasó en consulta á la Audiencia.
El Ayuntamiento se retiró en medio de las ovaciones del pueblo, que tenía ya noticia de lo que acontecía.
Esto pasaba en el mes de Julio de 1808.