III
La Audiencia de México, compuesta en aquella época de hombres tímidos, intrigantes y que debían sin duda el puesto que ocupaban más al favoritismo que á sus propios méritos, no podía estar á la altura de su situación.
Los oidores, hombres vulgares que no pasaban de ser, cuando más, viejos abogados llenos de orgullo y obstinación, no pudieron comprender ni la lealtad del virrey, ni el arranque de generosidad del Ayuntamiento de México, ni el esfuerzo patriótico de los españoles.
La medida propuesta por los regidores pareció, pues, al acuerdo muy avanzada, y vista á la luz de ese miedo que las almas pequeñas llaman prudencia, mereció la desaprobación de todos los oidores.
En los momentos supremos de la crisis de un pueblo, fiar el consejo ó la ejecución de las grandes medidas á hombres de poco corazón ó de mediana inteligencia, es comprometer el éxito, buscar en la inercia el principio de actividad, pedir arrojo al que sólo piensa en precaución.
El virrey Iturrigaray y el Ayuntamiento chocaron con la Audiencia; el virrey quiso renunciar el gobierno, y lo renunció en efecto, proponiéndose pasar á España á prestar sus servicios; pero este paso fué desaprobado por sus amigos y por el Ayuntamiento, y no insistió más.
El 26 de Julio la barca Esperanza trajo la noticia de que toda la España se había levantado contra la dominación francesa, proclamando la independencia, y esta noticia se recibió en México como el más plausible de los acontecimientos.
Salvas de artillería, músicas, cohetes, repiques, paseos, todo anunciaba el gozo de la colonia, porque en México se aplaudía instintivamente el esfuerzo de un pueblo que buscaba su salvación, porque toda tiranía tiene siempre, tarde ó temprano, una reacción de libertad, porque aquella lucha era ya la alborada del día de la independencia de los mexicanos.
El Ayuntamiento instaba por la formación de un gobierno provisional, y el virrey, mirando la resistencia de los oidores, citó una gran junta, á la que debían concurrir la Audiencia, el Ayuntamiento, los inquisidores, el arzobispo, y en fin, todas las personas notables de la ciudad.
El 9 de Agosto se celebró por fin esta célebre sesión, á la que concurrió la Audiencia, no sin haber protestado antes secretamente, que sólo asistía para evitar disgustos con el virrey.
Iturrigaray presidía la reunión, y con tal carácter invitó al síndico del Ayuntamiento, Licenciado Don Francisco Primo Verdad y Ramos, para que usase de la palabra acerca del asunto para el que habían sido llamados.
Verdad era un abogado insigne en el foro mexicano, dotado de una gran elocuencia y de un extraordinario valor civil. Habló, habló, pero con todo el fuego de un republicano; habló de patria, de libertad, de independencia, y por último, proclamó allí mismo, delante del virrey y del arzobispo y de la Audiencia, y de los inquisidores, el dogma de la soberanía popular.
Aquella fué la primera vez que se escuchó, en reunión semejante, la voz de un mexicano llamando soberano al pueblo.
El escándalo que esto produjo fué espantoso, el inquisidor Don Bernardo del Prado y Ovejero no pudo contenerse, y se levantó anatematizando las ideas de Verdad; el arzobispo se declaró enfermo y pretendió retirarse.
El velo del templo se había roto, la luz había brotado por la primera vez en la colonia; después de tres siglos de obscuridad, la estátua se animaba, pero el suplicio debía seguir al reto audaz del nuevo Prometeo; los tiranos no perdonan nunca.