II

La Libertad es como el sol.

Sus primeros rayos son para las montañas, sus últimos resplandores son también para ellas.

Ningún grito de libertad se ha dado en las llanuras, como en ningún paisaje se ha iluminado primero el valle.

Los últimos defensores de un pueblo libre han buscado siempre su asilo en las montañas.

Los últimos rayos del sol brillan sobre los montes, cuando el valle comienza á hundirse en la obscuridad.

Por no desmentir este axioma, la Convención Francesa en 93 tuvo su llanura y su montaña.

Zitácuaro está situado en una fragosa serranía del Estado de Michoacán.

Era una graciosa ciudad de ocho mil habitantes.

Sus calles, rectas; sus casas, aunque no elegantes, limpias y bonitas.

Su comercio activo, y su agricultura floreciente.

Esta era Zitácuaro en 1863.

La República de México había sido invadida por los franceses.

Los malos mexicanos se habían unido con ellos.

El Gobierno legítimo abandonó la Capital después de esa gloriosa epopeya que se llamó el sitio de Puebla.

El ejército de Napoleón III ocupaba las ciudades y los pueblos sin resistencia.

Aquella era la marcha triunfal de la iniquidad.

El paseo militar de la fuerza que vence al derecho.

Pero el derecho debía tener sus representantes sobre la tierra, para protestar y combatir.—Debía tener sus mártires, y los tuvo.

Y los representantes del derecho y de la Libertad se refugiaron en las montañas para protestar y combatir.

Y los mártires encontraron en las montañas su Calvario.

Al principio, es decir, antes de que comenzara esa larga serie de sangrientos combates que con fuerzas tan desiguales sostuvieron los defensores de aquel heróico pueblo, la hospitalidad no fué de lo más cordial.—Después que el fuego enemigo los encontró juntos, todos fueron unos.

En las primeras invasiones, la población emigraba en masa.

Así podía llegar la noticia de la venida del enemigo á la mitad del día como á la mitad de la noche; en una mañana serena ó en una tarde tempestuosa.

La alarma corría veloz como la electricidad, y todo el mundo se ponía en movimiento, y la población en masa emigraba á los bosques, llevando cada una de aquellas familias lo poco que podía de sus muebles y de sus animales.

Era un espectáculo tierno y sublime.

Las madres cargando á sus hijos, los hombres llevando á cuestas á los enfermos, las ancianas conduciendo con los niños y pesadamente los mansos bueyes y los corderos, las gallinas y los cerdos; todo en una inmensa confusión, pero sin gritos, sin sollozos, sin maldiciones; con la resignación de los mártires, pero con la energía de los héroes.

Y esa desgraciada muchedumbre se ponía en marcha muchas veces de noche, en medio del agua que caía á torrentes, y alumbrada apenas por hachas de brea, que la tormenta y el aire apagaban á cada momento.

Y así caminaban entre aquellos precipicios, como una procesión fantástica, resbalando en las lodosas pendientes, cayendo á cada instante, pisados, maltratados, estrujados, llenos de fango, hasta la orilla del bosque, en donde cada familia buscaba, no un abrigo, sino un lugar en que esperar la salida del sol y los acontecimientos del otro día.

Pero las invasiones y los combates se hacían más y más frecuentes.

Las tropas fieles de Toluca buscaron un asilo en Zitácuaro.

Apenas se pasaba una semana sin que los ecos del orgulloso cerro del Cacique, en cuya falda se extendía la población, repitiesen los gritos de «viva el imperio,» y con las detonaciones de la fusilería.

Las familias comenzaban á cansarse, pero no transigían con el enemigo.

Poco á poco fueron dejando abandonada la ciudad y retirándose á los pueblos y ranchos de Tierra Caliente, adonde el enemigo no había logrado aún penetrar.

Nicolás Romero escogió el Estado de Michoacán para teatro de sus hazañas.

El león de la montaña, como le decían los franceses, era un hombre como de treinta y seis años, de una estatura regular, con una fisonomía completamente vulgar, sin ninguna barba, el pelo cortado casi hasta la raíz, vestido de negro, sin llevar espuelas, ni espada, ni pistolas: con su andar mesurado, su cabeza inclinada siempre, y sus respuestas cortas y lentas, parecía más bien un pacífico tratante de azúcares ó de maíz, que el hombre que llenaba medio mundo con rasgos fabulosos de audacia, de valor y de sagacidad.

Y sin embargo, Nicolás Romero era para sus enemigos y para sus soldados un semidios, una especie de mito. Jamás preguntó de sus contrarios ¿cuántos son?; sino ¿dónde están?, y allí iba.

Romero tenía orden de escaramucear y retirarse después sin pérdida de tiempo para Tacámbaro.

Pero Romero era un valiente, y no se contentó con esto, sino que se batió un día entero con los franceses, y al otro emprendió su marcha.