III
Treinta leguas había caminado la división en cuatro días, y Romero determinó dar un día de descanso á la fuerza.
Estaban en una pequeña ranchería que se llama Papasindán.
El camino que había traído la fuerza, y que era el mismo que debía llevar el enemigo en caso de una persecución, era una vereda incómoda y en donde no cabían dos hombres de frente, escabrosa, y costeando la montaña; un ejército podía haberse descubierto desde una legua de distancia, que tardaría lo menos tres horas en atravesar, y con cien hombres podía cerrarse el paso á tres mil.
Esta es una cañada en medio de montañas elevadas, pero montañas sin árboles, sin verdura, sin vegetación. El ardiente sol de los trópicos calcina los peñascos que las cubren; la yerba que se atreve á brotar, muere como tostada por sus rayos, y apenas se descubren algunos arbustos raquíticos y sin hojas, retorciéndose á la viveza del fuego que parece circular en la atmósfera: ni aves, ni cuadrúpedos, ni aun insectos.
Por eso la cañada de Papasindán forma un delicioso contraste: arroyos caudalosos, grandes y majestuosas zirandas y parotas, muchas aves, mucho ganado, y una grama verde y tupida. Es un oasis en aquel ardiente desierto.
Romero, pues, podía estar tranquilo.
Pero la suerte de los hombres y de las naciones depende de la Providencia.
Eran cerca de las diez de la mañana; la tropa descansaba bajo los árboles, los caballos desensillados pacían libremente, y los oficiales y los jefes departían alegres en grupos esparcidos acá y allá.
Se habían escuchado algunos tiros, luego un rumor extraño, y repentinamente los zuavos, seguidos de una caballería de imperialistas, invadieron el campo republicano.
Nadie pensó en resistir; el pánico de la sorpresa se apoderó de todos, y el enemigo mataba y aprisionaba sin el menor embarazo.
La división de Nicolás Romero se deshizo como el humo, y el caudillo fué hecho prisionero á pocos momentos.