IV
En los primeros días de su dominación en México, los franceses eligieron por teatro de sus ejecuciones la plazuela de Santo Domingo, que está casi en el centro de la población, y que tiene por límites, al Sur, edificios particulares; al Norte, la antigua iglesia de los Dominicos, que da su nombre á la plazuela; por el Oriente, el edificio de la Aduana, y por el Poniente, una portalería que sirve de asilo á esos escribientes y poetas pobres que se llaman en México vulgarmente «Evangelistas,» y que, sentados en un pequeño taburete, delante de un miserable pupitre, ganan escasamente su vida escribiendo y redactando versos y cartas de todas clases para los criados domésticos, para los aguadores y para los amantes pobres que no saben escribir; escritores que son la primera grada de esa inmensa escalera en cuyo último peldaño se disputan un lugar Milton y Shakespeare, Cervantes y Quintana, Víctor Hugo y Lamartine, el Dante y el Petrarca.
Aquella plazuela está verdaderamente empapada en sangre. Allí han sido sacrificadas tantas nobles víctimas, que si un laurel ó una palma brotara en memoria de cada martir, ese lugar sería el bosque más impenetrable de la tierra.
Pero hay modas hasta en el asesinato, y Santo Domingo cayó de la gracia de los civilizadores de México, y la plazuela de Mixcalco pasó á la categoría de favorita de los franceses.
Mixcalco está al Oriente de la ciudad, cerca de la garita de San Lázaro.
En otro tiempo había sido el lugar de la ejecución de los criminales; por eso tal vez causaba cierto pavor á los habitantes de la ciudad, y por eso casi siempre estaba desierta.
Absurdas consejas corrían sobre aquella plazuela: quién contaba que un hombre ahorcado allí por haberse robado unos vasos sagrados, paseaba de noche envuelto en un sudario; quién refería que la cabeza de un reo muerto impenitente, aparecía en las altas horas también de la noche, pidiendo «confesión;» quién decía haber oído un grito agudísimo y desgarrador que lanzaba una mujer vestida de blanco y con el pelo suelto, y que era nada menos que una madre infanticida, muerta allí mismo por manos de la justicia.
Sea por esto, ó por lo que es más probable, por la escasez de agua de aquél barrio, las casas que forman la plazuela se fueron quedando vacías y arruinando; de modo que en la época en que los franceses ocuparon la capital, sólo vivían por allí pobres carboneros que durante el día salían á expender su mercancía.
En aquél lugar triste y apartado debía tener su desenlace ese drama que hemos visto comenzar en Papasindán.
Se oyó un rumor en la multitud; el movimiento uniforme y simultáneo de las armas de los franceses produjo, con la naciente luz del sol, un relámpago siniestro que cruzó por encima del agrupado pueblo, y Nicolás Romero, sereno y animoso, casi indiferente, penetró en el cuadro en unión de otros dos oficiales que iban á sufrir su misma suerte.
Infinitas precauciones había tomado la plaza para llevar á efecto la sentencia; la popularidad de Romero y la notoria injusticia del procedimiento hacían temer una sublevación popular. Se había adelantado la hora; la guarnición estaba sobre las armas, la artillería lista, las patrullas y la gendarmería en movimiento, y sobre todo, la policía secreta, esa víbora que brota como la yerba venenosa de los pantanos, del seno de los gobiernos impopulares, en una actividad espantosa.
Romero fumaba desdeñosamente un puro. Los dos oficiales que le acompañaban, y que también debían morir, eran: un subteniente que había sido el mariscal de un escuadrón de la brigada de Romero, y el comandante Higinio Alvarez, jefe de los exploradores de la misma brigada. Romero iba envuelto en la misma capa que usaba en campaña, y Alvarez en un zarape tricolor, que imitaba la bandera de la República.
¿Para qué referir la ejecución? Los tres murieron con tanta sangre fría y con tan orgulloso desdén, como si no fueran á morir.
El sargento francés dió á Romero el golpe de gracia; y sin embargo, como si aquella lama de gigante no hubiera podido desprenderse del cuerpo, al conducir el cadáver de Romero á su última morada, hizo un movimiento tan fuerte, que rompió el miserable ataúd en que le conducían sus verdugos.
El pueblo se dispersó sombrío y cabizbajo.
A las diez de la mañana de ese día, la tierra había bebido ya la sangre de aquellos mártires; el sol había secado otra parte, y los vientos habían borrado con su polvo los últimos rastros.