V

Un sol de gloria da de lleno sobre esas tumbas abandonadas, y la patria aun no señala con un monumento el lugar de tantas ejecuciones.

¿Compareceremos ante el juicio de la historia con la fea marca de la ingratitud? ¿No habrá quién coloque una piedra en ese Gólgota, para decir á nuestros hijos: aquí levantó la iniquidad su piedra de sacrificios para inmolar á los patriotas de la independencia mexicana?

Nosotros desde el fondo de nuestro corazón enviamos el más santo de nuestros recuerdos á los Mártires de la Libertad, y consagramos en las páginas del Libro Rojo la ofrenda de justicia á los héroes cuyos sublimes hechos servirán de grandes enseñanzas á las futuras generaciones.

Juan A. Mateos.

ARTEAGA Y SALAZAR

Quisiera no tener la necesidad de escribir este artículo; los recuerdos que para hacerlo tengo que evocar, punzan mi corazón, pues que á pesar de los años que han transcurrido desde la época en que acaeció el sangriento drama que voy á referir, hasta hoy siento aún aquella penosa angustia que era consiguiente al negro y tempestuoso porvenir que nos presentaba la lucha de independencia, y el doloroso vacío que dejaron en mi alma las terribles ejecuciones de Arteaga y Salazar, Villagómez y Díaz.

Lo que voy á contar no está apoyado en documentos oficiales, ni en citas históricas, ni en comentarios de sabios; es lo que yo mismo presencié, y lo que llegó á mi noticia por las sencillas relaciones de los jefes, de los oficiales y de los soldados que militaban á mis órdenes, y que fueron hechos prisioneros en unión de Arteaga y de Salazar.

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Comenzaba el mes de Octubre de 1865, y la suerte no podía ser más contraria para los republicanos que componíamos el ejército que se llamaba del Centro.

Reducidos á un número escaso de combatientes, con malísimo armamento, con poco parque de fusil, y eso de mala calidad, faltos de recursos pecuniarios, y sobre todo sin esperanza de mejora, los esfuerzos combinados de todos los jefes, su fe ciega en el triunfo de la causa de la Independencia de México, podían apenas mantener encendida la chispa en las feraces montañas del heróico Estado de Michoacán.

Arteaga era el general en jefe de aquel ejército, y en los días en que pasaron los acontecimientos que voy á referir, el General Carlos Salazar era el Cuartel-Maestre.

El general D. José M. Arteaga era un hombre cuya edad difícilmente podría haberse conocido en su rostro, porque su cutis rosado y transparente como el de una dama, sus ojos negros, rasgados y brillantes, y el fino bigote que sombreaba su boca, le daban el aspecto de un joven que apenas contara veinticinco años; y sin embargo, Arteaga pasaba ya de cuarenta; y sólo su obesidad, y la torpeza de sus movimientos, provenida de las heridas siempre abiertas que tenía en las piernas, podía desvanecer la idea que se formaba uno al ver su rostro constantemente risueño y alegre.

Salazar era casi de la misma edad que Arteaga; pero Salazar, por el contrario, representaba tener mayor número de años de los que en realidad contaba, y su aspecto era imponente, porque á las musculosas formas de un Hércules se unía la frente despejada y serena, y la mirada penetrante del hombre de gran inteligencia.

Durante algún tiempo, Salazar y Arteaga estuvieron desavenidos, lo cual fué causa de que el primero se separara temporalmente del servicio; pero pocos días antes de la ejecución de ambos, Arteaga llamó á Salazar, tuvieron una explicación en mi presencia, y sin dificultad volvieron á reanudar su antigua amistad, y Salazar fué nombrado Cuartel-Maestre del Ejército del Centro.

¡Tristes días eran aquéllos para nosotros! En el mes de Julio de ese mismo año habíamos sufrido un revés terrible en las inmediaciones de Tacámbaro, atacados por la legión belga y por las fuerza imperiales que mandaba Méndez, y de aquel desastre apenas habíamos salvado algunos elementos de guerra; todo parecía perdido, y sin embargo, la constancia y el entusiasmo de los jefes volvió á salvarnos del conflicto.

Por todas partes se trabajaba con una actividad prodigiosa; los coroneles Villagómez, Vicente Villada y Francisco Espinosa por un rumbo, Eugenio Ronda y Rafael Garnica por otro, Méndez, Olivares, Valdés, Díaz, Alsate, etc., etc., todos levantaban é instruían batallones y escuadrones, y para el día 1.º de Octubre, es decir, tres meses después de la desgracia de Tacámbaro, pudimos pasar en Uruapan revista á una división, formada de esta manera, y que contaba, ya con muy cerca de cuatro mil hombres, y esto, fuera de los que habían quedado de guarnición en algunas plazas como Zitácuaro, Huetamo, Tacámbaro, etc.

Aquella revista se pasó en medio de la mayor alegría y del entusiasmo más santo. Y tal era la fe de nuestros soldados, que al verse así reunidos, se creían tan fuertes, que se hubieran atrevido á batirse contra un ejército diez veces superior en número.

Pero aquella alegría y aquel entusiasmo eran los precursores de nuevos días de duelo y de tribulación; aquellas esperanzas iban á desvanecerse como el humo, á disiparse como una nube de verano.

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El día 10 de Octubre, desde las diez de la mañana, comenzamos á tener por diversos conductos, noticias de que Méndez, con una fuerte división, había salido de Morelia y se dirigía á Uruapam con el objeto de batirnos; y estas noticias, como era natural, nos tenían en alarma y dispuestos para emprender la retirada ó salir al encuentro del enemigo, según dispusiera el general en jefe.

Sería la una de la tarde, cuando llegó á mi alojamiento uno de los ayudantes del general Arteaga, á decirme que el General me esperaba en su casa; seguí al ayudante, y encontré á Salazar y á Arteaga que discutían sobre los movimientos del enemigo.

—General;—me dijo Arteaga—el enemigo debe estar aquí á las cuatro de la tarde; ¿qué opina vd. que debemos hacer?

—Mi opinión—le contesté—es que debemos dar una batalla.

Expliquéle en seguida mi plan, que no fué de su aprobación, y la cuestión comenzaba ya á acalorarse, cuando entró el coronel Trinidad Villagómez.

Villagómez era un joven de veinticinco á veintiséis años, valiente, pundonoroso, patriota de corazón, leal y muy dedicado al estudio; le había yo encargado el mando de una pequeña brigada de infantería, que con jefes tan dignos como Villagómez, prometía dar al Ejército del Centro muchos días de gloria.

El general Arteaga hizo á Villagómez la misma pregunta que poco antes me había hecho á mí, y Villagómez fué de mi misma opinión.

Entonces insistí yo; Salazar apoyó la opinión de Arteaga, y éste ordenó la retirada.

Pero esta retirada no debía hacerla nuestra fuerza en un solo cuerpo, sino que debía dividirse en tres secciones: la primera con los generales Arteaga y Salazar, tomaría el rumbo del Sur, internándose por la Tierra Caliente; la segunda, á las órdenes del coronel (hoy general) Ignacio Zepeda, se dirigiría al Estado de Jalisco, á expedicionar por Zapotlán; y yo, con la tercera, debía ir hasta Morelia, si no á intentar la toma de la ciudad, porque estaba fortificada y la mayor parte de mi fuerza consistía en caballería, sí á poner en alarma á la guarnición.

Con esta resolución ya se dictaron las disposiciones necesarias, y á las cinco de la tarde, bajo una espantosa tempestad, comenzaron á desfilar las tropas, tomando cada una de las secciones el rumbo designado: Zepeda el camino de San Juan de las Colchas, Arteaga el de Tancítaro, y yo el de la Sierra de Paracho.

En estos momentos, Méndez, con las tropas imperiales, estaba ya á muy poca distancia de nosotros.

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Arteaga llevaba la brigada que mandaba Villagómez, una sección que estaba á las inmediatas órdenes del coronel Jesús Díaz, y algunos piquetes de infantería y caballería que no estaban incorporados en ninguna brigada.

A pesar de la tormenta y del mal estado de los caminos, Arteaga hizo caminar á la tropa que le acompañaba toda la noche del día en que se efectuó la retirada, y al siguiente día llegaron al pueblo de Tancítaro.

Aquella precipitación había sido una medida prudente, y que los acontecimientos posteriores confirmaron de necesaria, porque el día 12, en el momento en que los soldados iban á tomar «el rancho,» llegó la noticia de que el enemigo estaba tan cerca de Tancítaro, que sin permitirse tomar el primer bocado á los soldados, se emprendió violentamente la retirada rumbo á Santa Ana Amatlán.

Sin embargo, Méndez logró alcanzar la retaguardia de los republicanos; pero Villada, que la cubría con un batallón, sostuvo bizarramente la retirada, y por esta vez volvió á salvarse aquel pequeño ejército.

Toda la tarde y parte de la noche caminó Arteaga, hasta llegar á una pequeña finca situada á siete leguas de Tancítaro, en donde acampó.

La distancia recorrida por las tropas republicanas en aquel tiempo, parecerá muy corta á los que no tienen conocimiento de los caminos por donde tenían que atravesar; pero cuando se miran aquellos desfiladeros, en que los infantes no pueden cruzar sino de uno en uno, en que los jinetes necesitan echar pie á tierra, en que cada paso es un peligro, y cada peligro es mortal, entonces es cuando se considera que aquellos senderos, en el tiempo de las lluvias, son casi intransitables de día, y la tropa los atravesaba de noche; entonces es cuando se comprende, por qué se caminaba durante tanto tiempo para avanzar sólo unas cuantas leguas de terreno.

Por fin, aquellos pobres soldados, que apenas habían podido dormir, hambrientos, fatigados y empapados por las constantes lluvias, llegaron á Santa Ana Amatlán á la mitad del día 13.

Arteaga y Salazar se creyeron en completa seguridad, fiados en la vigilancia del coronel Solano, á quien el primero de aquellos generales había ordenado que, con cincuenta caballos, permaneciese cerca de Tancítaro, en observación de los movimientos de Méndez.

Como para dar más seguridad á Arteaga, pocos momentos después de que llegó á Santa Ana Amatlán, se le presentó un oficial de Solano, pidiéndole, de parte de su jefe, un cajón de parque, y confirmó lo mismo que habían dicho ya algunos exploradores: que el enemigo no había hecho movimiento alguno.

Arteaga, pues, sin temer nada, y seguro de que Méndez había dejado ya de perseguirle, mandó desensillar, dispuso que se preparase la comida de la tropa, y él mismo se retiró tranquilamente á su alojamiento, y quiso descansar también, aunque fuera por algunas horas.

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Las armas estaban en pabellón, los calderos comenzaban á hervir con la pobre ración de carne, los soldados, abrumados por el ardiente sol de aquellos climas, se procuraban un abrigo bajo los árboles y los portales de la población, y los oficiales y los jefes buscaban en las modestas tiendas algún alimento para calmar su necesidad.

Repentinamente se escuchó un rumor extraño, carreras de caballos y de hombres, y gritos y disparos de fusil, y luego la confusión más terrible, más espantosa.

Los republicanos habían sido sorprendidos y era inútil pensar en la resistencia; un terror pánico se apoderó de los soldados, como sucede siempre en estas ocasiones; y ya no escuchaban la voz de sus jefes, y no volvían siquiera el rostro para el lugar en donde estaban sus armas, y no pensaban más que en salvarse por medio de la fuga, que emprendieron ciegos y por todas direcciones.

Todos los jefes, incluso Arteaga, fueron sorprendidos en sus alojamientos y hechos allí prisioneros: Salazar, con sus ayudantes y algunos criados se hizo fuerte en su casa, y se batió durante algún tiempo; pero fué obligado á rendirse, y solo el coronel Francisco Espinosa, gracias á su sangre fría, logró escapar de las manos de los imperialistas.

Para consumarse aquella terrible desgracia, había bastado apenas una hora, es decir, dos horas después de haber llegado Arteaga á Santa Ana Amatlán, él y Salazar, y todos sus jefes y oficiales, y gran parte de sus soldados estaban prisioneros.

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¿Quién fué culpable de aquella sorpresa? ¿cómo pudo Méndez haber llegado hasta Santa Ana Amatlán, sin ser sentido por las fuerzas del general Arteaga, sin ser detenido por el coronel Solano y por el comandante Tapia, que habían quedado con dos cuerpos de caballería cubriendo el camino y en observación de los movimientos de los imperialistas? Misterios han sido y son éstos para mí, á pesar del empeño que tomé para saber la verdad.

Arteaga, Salazar y muchos de los que con ellos iban en aquella desgraciada expedición, creyeron que Solano y Tapia se habían puesto de acuerdo con Méndez; pero esto me parece imposible, porque Solano era un joven honrado y patriota, á quien se habían encargado comisiones peligrosas, y siempre había correspondido perfectamente á la confianza de sus jefes; y Tapia, por sí solo, nada hubiera podido hacer aún cuando hubiera querido traicionar.

A pesar de todo, algo habría podido averiguarse si en aquellos días no hubiera muerto Solano de fiebre en el pueblo de Tancítaro; y como sucede en las guerras de insurrección, la muerte de un jefe produce, necesariamente, la desorganización más completa, y luego la dispersión de las fuerzas que manda, sobre todo si son, como aconteció entonces, tropas levantadas y organizadas por el mismo jefe, y merced á sus esfuerzos y á sus simpatías personales.

A Tapia no lo volví á ver más.

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Treinta y cinco fueron los prisioneros hechos por Méndez en Amatlán, inclusos los dos generales, y todos ellos, aun algunos heridos, pasaron el resto de la tarde y la noche del día de la sorpresa, encerrados en un cuarto, frente á cuyas ventanas las músicas de los vencedores tocaban alegres sonatas, celebrando aquella poco costosa victoria.

Al día siguiente se emprendió la marcha de regreso para Uruápam, y á los treinta y cinco prisioneros se les entregaron quince caballos para que pudieran caminar.

Muchos tenían que marchar á pie, pero todos convinieron en que, de preferencia, uno de los caballos debía servir al general Arteaga, y se le dió en efecto.

Arteaga era un hombre sumamente grueso y por consecuencia pesado y torpe en sus movimientos; necesitaba, pues, una montura especial y una cabalgadura fuerte y vigorosa, y ni una ni otra cosa se le daba; en vano pidió que se le entregase la mula que él montaba ordinariamente, y que con todo y arreos estaba en poder de los soldados de Méndez; nada consiguió, y se encontró en la necesidad de montar el caballo que le habían dado.

El camino estaba casi intransitable; el caballo era débil, la silla pequeña, y á cada paso el desgraciado general Arteaga caía con todo y caballo, causándose grave mal en sus abiertas y dolorosas heridas.

Salazar hacía casi todo el camino pie á tierra.

Seis días duró aquella terrible peregrinación, durante la cual el cansancio y los sufrimientos físicos y morales de los prisioneros, no encontraron más compensación que las muestras de simpatía de los pueblos del tránsito, y sobre todo de Uruápam, á donde llegaron el día 20 de Octubre.

Según me han referido los jefes que estaban allí entre los prisioneros, ninguno, inclusos Arteaga y Salazar, creía que después de los días trascurridos, se les fuera á fusilar, y en esta confianza ya todos hablaban solo de las penalidades del camino, y del día en que probablemente debían llegar á la capital de Michoacán.

Descansaban todos reunidos en su prisión, adonde algunas buenas y nobles familias les habían enviado abundantes comidas, cuando á las tres de la tarde se presentó el coronel Pineda, y en alta voz llamó á los generales Arteaga y Salazar, á los coroneles Villagómez y Díaz y al capitán González, y los hizo pasar á una pieza inmediata.

Ninguno de los otros prisioneros sabía cuál era el objeto de aquella separación, pero todos los corazones lo adivinaron, todos comprendieron que iba á representarse allí una terrible y sangrienta escena, todos, sin vacilar, aseguraron que aquellos cinco separados iban á ser las primeras víctimas.

Entonces desapareció la tranquilidad, reinaron la incertidumbre y el temor, y una nube de tristeza cubrió el rostro de aquellos desgraciados que ya no esperaban sino su turno para morir.

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En aquellos días se había promulgado en la ciudad de Morelia el tristemente célebre decreto llamado “del 3 de Octubre” por la fecha en que fué expedido, y conforme á ese decreto que recibió Méndez en Uruápam, iban á ser pasados por las armas los prisioneros.

Pero ese decreto no podía aplicarse á hombres á quienes no se había hecho conocer; ese decreto no podía autorizar al mismo Méndez cuando aun no se promulgaba en los lugares en que él estaba, ni aun lo conocían sus mismos oficiales.

Nunca Arteaga, Salazar, Villagómez ni ningún otro de sus compañeros de infortunio se habrían sometido al imperio, ni dejado de combatir por más que ese y otros decretos los amenazaran con la muerte; pero en estricto derecho, esa ley no pudo ni debió habérseles aplicado.

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Separados ya de los demás prisioneros, Arteaga, Salazar, Villagómez, Díaz y González, se les notificó que en la mañana del siguiente día debían morir, y se les exhortó á prepararse para aquel horrible trance.

Todos ellos recibieron la noticia con noble serenidad, sin quejas, sin recriminaciones, con un valor heróico.

Pocos momentos después se presentó en la prisión el Sr. Ortiz, cura de Uruápam, eclesiástico lleno de virtudes, hombre de corazón recto y de sentimientos generosos; su palabra fué un bálsamo consolador para aquellos desgraciados que no miraban en derredor más que rostros amenazadores, y quizá risas sardónicas y de desprecio.

El cura Ortiz no abandonó un solo instante á Salazar y á sus compañeros que se sintieron ya menos abandonados, menos aislados en aquella última y suprema hora de su vida.

Toda la noche la pasaron escribiendo á sus familias y á sus amigos, y dando sus últimas disposiciones, de las cuales fué encargado el padre Ortiz, y en todas aquellas cartas se nota un pulso firme, un ánimo sereno, una conciencia tranquila, y sobre todo un patriotismo ardiente.

Consejos, recomendaciones, profesiones de fe política, todo con tanta calma como si no les faltaran tan pocas horas para morir.

Amaneció el día 21, y á las seis las tropas de Méndez salieron de sus cuarteles y formaron el cuadro frente á la prisión.

Eran ya los tres cuartos para las siete; había llegado el momento, y los sentenciados se presentaron. A pedimento suyo se les permitió marchar al lugar del suplicio sin llevar los ojos vendados.

Con paso firme se adelantaron, Arteaga pálido pero sereno, Salazar fiero y amenazador, Villagómez frío y desdeñoso, Díaz con una resignación cristiana, González con un aire burlón y despreciativo.

Salazar arengó á la tropa, pero como de costumbre, los clarines y las cornetas, y las cajas de guerra resonaron ahogando su voz.

Arteaga quiso arrodillarse para recibir la muerte, pero Salazar se lo impidió; se oyó la voz de «fuego,» retumbó la descarga, y poco después la columna imperialista desfilaba al lado de cinco cadáveres que Méndez dejaba abandonados, sin cuidar siquiera de que se les diese sepultura.

Aquella sangrienta ejecución en las montañas de Michoacán preocupó apenas á los defensores de la intervención, y apenas se ocuparon de ella los periódicos de las capitales; pero la historia la recogió en sus fastos, y la justicia eterna la grabó en su libro, y quizá tuvo un grande influjo en el porvenir.

Dios es justo.

Vicente Riva Palacio.

MAXIMILIANO

6 de Julio de 1832.

19 de Junio de 1867.

Aquella fecha fué el día en que nació Fernando Maximiliano José, Archiduque de Austria. Esta, en la que murió.

La ciudad de Viena, Schònbrum, fué su cuna; la de Querétaro, Cerro de las Campanas, fué su tumba.

Su nacimiento tuvo el esplendor grandioso de un regio alumbramiento. A su muerte, un golpe eléctrico tocó todos los corazones, para no dejar esa memoria, en el reposo del olvido. La luz de la existencia no se extinguió en las tinieblas de su último día. Al morir acabó el hombre, para dejar al dominio de todo el mundo la vida del príncipe, la del político infortunado.

¡Insondable es el destino del hombre!

Al nacer, los plácemes se multiplican y se anuncia una esperanza de felicidad.

El que nace despierta toda la fe del porvenir.

Un príncipe que viene al mundo, es la alegría de la familia, es la ilusión dorada de una dinastía; puede ser el genio benéfico de un pueblo, de una sociedad entera. El contento se generaliza, y las demostraciones de júbilo resuenan en el extenso ámbito de una monarquía. Los más lisonjeros ensueños de los padres encuentran la entusiasta predicción de los amigos, de los partidarios, de los adictos, y el horizonte de la vida, se dilata más allá de donde en el curso natural de la existencia se puede pasar.

El príncipe, al nacer, parece que lleva un destino que cumplir: inmortalizar con sus hechos un nombre que ya suena como gloriosa herencia que en la sucesión de los siglos han conquistado sus antepasados. Esperanza de gloria. Esperanza de inmortal nombre. Esperanza de los amigos y de la patria; ella y ellos hacen votos porque el príncipe esté predestinado para encumbrar los altos intereses de la nación; y así lo quieren; porque también quisieran que el que nace para gobernar, fuese un conjunto de las más grandes virtudes. El valor, la generosidad, el genio, la más elevada educación, la ciencia y el amor á la humanidad, debieran ser inseparables compañeros de los que se creen con título para mandar.

La pasión de mando en los príncipes, lo mismo que en los demás hombres públicos, puede ser una virtud ó un vicio. El anhelo de hacer el bien, es una virtud, y ese anhelo tiene á menudo los caracteres de una pasión...... pasión inmensa, superior á todas las pasiones; porque ella lisonjea las más nobles aspiraciones que el hombre puede traer á la vida. Ser feliz por la felicidad pública, vivir para un pueblo, trabajar sin descanso para una nación, darle vida, esplendor, nombre, poder, independencia, respeto, bienestar, libertad, orden, paz, fraternidad y dicha, es sin duda la más grande y noble pasión, como también la virtud más digna del reconocimiento público.

¡Cuántos hombres, sin embargo, habrán tenido estos ensueños, esos delirios patrióticos, esas aspiraciones que embriagan, y qué distante habrán visto el resultado! ¡Cuántas veces los medios empleados conducen á las naciones al inverso fin de los pensamientos y proyectos concebidos!

Tomad vuestro libro, príncipes, recorred la historia, y al llegar á las páginas de Luis XVI, Iturbide, Murat, Carlos I y Maximiliano, meditad en ese destino.

Abrid el vuestro, hombres públicos; y cuando lleguéis á las páginas de Hidalgo, Morelos, Matamoros, Guerrero, Ocampo, Alberto Brum, César, Cicerón, Terault de Sahelles, Filipeaux, Danton, Robespierre, Russel, Riego, Camilo Desmoulin, y otros y otros, pensad con detenimiento en el trágico fin de hombres que hoy suenan como gloria de las naciones que impasibles los vieran morir. Llegad con valor á las tumbas de esos príncipes y de esos hombres, removed su pasado entero, tocad uno á uno los puntos de su vida pública, y fijad, si podéis, con criterio indefectible, con la conciencia de juez severo, con la luz indeficiente de la razón, con la firmeza de la conciencia universal, el motivo determinado, seguro, fijo, que causó su muerte. Para ello, remontad vuestro estudio á la intención, que es la guía de la criminalidad.

No separéis vuestra atención de los propósitos. Detenéos un poco. Llamad á la filosofía en vuestro auxilio. Con el espíritu indagador del verdadero filósofo, buscad la criminalidad de los políticos en la violación de una ley clara como la luz del día, evidente como el sentimiento de nuestra existencia, universal como los preceptos de moral. ¿La encontraréis siempre? No.

¿Y la dañada intención de ejecutar una criminal voluntad?

¿Y el propósito de hacer mal?

¿Y la conciencia de sus faltas?

¿Y la depravación de sus miras?

¿Y el remordimiento de sus actos, y la agitación de su espíritu, y el terror de su fuero interno, y la inquietud de su alma, y la pasión ciega de sus deseos, y el abominable arranque de un corazón vengativo? ¿Lo encontraréis? Decidlo. Decidlo con franqueza. La filosofía no permite disimulo; externad vuestro juicio con la severidad filosófica de Catón.

Pero ¿adónde vamos?

¿A condenar la pena de muerte por delitos políticos?

Esto ya lo hemos hecho. Derramar la sangre humana como medida represiva ó preventiva, podrá tener su resultado positivo para la paz que forma el vacío; pero hay en el fondo de nuestro corazón una profunda repugnancia, inconcebible para algunos, poderosa para nosotros.

En esa lucha de las necesidades públicas hay una verdad que respetamos con toda sinceridad: la extinción de la pena capital es un pensamiento que ha encontrado resistencias que han parecido invencibles. Políticos profundos han creído que sin la pena de muerte la sociedad perdería sus elementos de vida rompiendo el respeto que inspira la posibilidad de la muerte por la ley.

A través de diez y nueve siglos que tiene la era cristiana, no se han podido realizar todas las esperanzas que despertó su existencia; pero la lentitud del progreso asegura su triunfo sobre el desmoronamiento de los antiguos elementos de política. La filosofía de la libertad vendrá más tarde á purificar doctrinas que en su desarrollo detienen el espíritu progresivo de la humanidad. El tiempo, armado de su poder irresistible, con la sucesión de algunos años en que la paz, condenando las malas pasiones, abra el alma á la luz de la enseñanza que entraña la fraternidad, será el mejor obrero de lo que hoy se llama utopia irrealizable.

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¡Sombra de Maximiliano, espíritu de ese príncipe en cuya defensa tuvimos un encargo de confianza; desde esa mansión donde todo es luz, arrojad alguna sobre este cuadro de vuestra vida, para pintar con caracteres de innegable verdad las causas de un gran drama político!

¿Qué causa determinó ese contraste de destino entre el nacer y el morir?

¿Quién guió esos pasos que conducían al patíbulo á un príncipe heredero de una gloria secular?

¿Por qué causa vino á morir á Querétaro, en el Cerro de las Campanas, quien pudo ser rey en Europa? ¿Qué había de común entre la dinástica nobleza de Austria y el pueblo de esta República?

México pasaba por una crisis cruel en su naturaleza misma; porque era trágica y suprema. Las instituciones eran todo y eran nada; porque ellas servían de bandera de libertad y de apoyo del Gobierno. Eran nada, porque en la práctica no regían. Su vida perfecta era imposible en una nación de combatientes. Era ese período en que se rompe para siempre con las tradiciones del pasado. Las reformas religiosa y política habían sacudido de raíz aquel árbol secular á cuya sombra la sociedad se forma de una aristocracia de fueros y privilegios notables en el clero y en el ejército. La ley de la igualdad se había proclamado, incorporando á las clases privilegiadas dentro de una misma ley civil.

El antagonismo de clase, condenado por los principios políticos, era una nueva ocasión de guerra. La nacionalización de bienes eclesiásticos, secularización de regulares, extinción de la vida monacal y demás reformas religiosas, preparaban algunos espíritus para una lucha sangrienta, como guerra de religión, interminable por un avenimiento; porque alimentada por pasiones que tocaban los extremos, era terrible, asoladora. Sus efectos se hacían sentir ya poderosos, cuando estalló la revolución que proclamó en la patria de Washington la independencia de los pueblos del Sur.

Los gobiernos de Europa, que presentían las consecuencias de un triunfo glorioso de la democracia, pensaron en que México pudiera ser un punto de apoyo, un arsenal inmenso, un cuartel general para ulteriores operaciones; y aprovechando las disensiones apasionadas de sus hijos, ofrecieron crear una monarquía en la tierra de promisión, que descubierta por el ilustre genovés Cristóbal Colón, fué la perla de la corona de España.

Esta colonia que llevó á su tesoro torrentes de plata y oro en cambio de una civilización cristiana, no era aún conocida el año de 1862 en su poder nacional.

Frágil la memoria de los hombres poderosos, olvidaron pronto los sacrificios de México, por su independencia, desconocieron su adelanto en medio de sus guerras intestinas, y creyeron obra de una visita militar la fundación de una monarquía que renovara las antiguas tradiciones, despertando el espíritu de orden y obediencia en que tan notable fué este virreinato por tres siglos.

En los años pasados después de la independencia, la educación ha cambiado las antiguas costumbres. México ha obtenido en medio siglo lo que pudiera ser obra para otros pueblos de centenares de años. De 1821 á 1863 recorrió desde la monarquía absoluta hasta la república más democrática, y la obediencia pasiva del antiguo sistema se ha cambiado por los fueros de la libertad.

Ese año de 1863 será siempre inolvidable en la historia de los sucesos que vamos á referir; porque éste fué el período en que el príncipe Maximiliano aceptó lo que, obra de los hombres, parecía altamente glorioso en sus fines al archiduque de Austria.

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Inglaterra, Francia y España, unidas por la convención de Londres el 21 de Octubre de 1861, enviaron en Diciembre del mismo año al puerto de Veracruz algunos miles de soldados, representada la primera para los fines de la convención por Sir Charles Wyke. Ministro inglés residente en México; la segunda por el Almirante Jurien de Lagravière y por el Conde de Saligny, Ministro de Francia en México; y España por el Teniente general don Juan Prim, Conde de Reus.

El tratado que celebró en el pequeño pueblo de la Soledad, distante pocas leguas de Veracruz, el Ministro de Relaciones D. Manuel Doblado, permitió á las tropas de las tres naciones venir á Orizaba y Tehuacán, ajustando un armisticio para acordar, entretanto, los medios de llevar á un término prudente las diferencias que en lo ostensible tenían aquellas naciones con la República Mexicana. Ese tratado que con el Sr. Doblado firmaron los representantes de las tres naciones el 31 de Octubre de 1861, ha sido juzgado por muchos como el monumento más glorioso de la habilidad diplomática de nuestro Ministro. Aplazada la guerra, podía crear la división en los invasores, y permitir, además, que se viese con claridad el fin á que se encaminaba y los medios de que disponían cada una de las partes que formaron la convención.

Había en lo íntimo, en lo secreto de las instrucciones reservadas que traían los tres representantes, algo contradictorio que no podía llevarlos á una inteligencia fácil, á un acuerdo seguro.

Los representantes de España é Inglaterra vacilaron, los de Francia traían una consigna que cumplir, Napoleón III quería un rey para este suelo virgen. El príncipe que debía ceñir la corona, sería acaso dudoso; pero la resolución estaba tomada. México sería una monarquía.

Aun es un misterio si la voluntad enérgica del Conde de Reus rompió la convención, llevando tras esta resuelta conducta el acuerdo del representante de Inglaterra; ó si instrucciones superiores prepararon el rompimiento que dejó al ejército francés solo en este suelo para llevar adelante las órdenes de su gobierno, que ejecutaba por su cuenta y riesgo, la más aventurada, peligrosa y estéril de cuantas intervenciones se registran en los siglos de la historia política del mundo.

La República supo con asombro que, rotas las estipulaciones del tratado de la Soledad, avanzaban en son de guerra los franceses al mando del general Laurencez, y ligeros encuentros en las Cumbres de Aculcingo, obligaron á las tropas de la República, al mando en jefe del general Zaragoza, á resistir el choque del ejército francés en la ciudad de Puebla.

El 5 de Mayo de 1862, á las once, comenzó la acción sobre el Cerro de Guadalupe, y á las tres retrocedieron las fuerzas francesas, llevando ya en su retirada á Orizaba, la convicción profunda de que la misión que debían cumplir era algo más peligrosa que un paseo militar.

México ha recogido en la memoria de esa jornada, la de un día de gloria nacional que solemniza en su aniversario, como la de una segunda independencia. El recuerdo del 5 de Mayo fué la bandera de la República en sus días de prueba y de desgracia. Los nombres de los generales Zaragoza, Mejía, Díaz, Berriozábal, Negrete y otros, han tenido desde entonces un lugar de preferencia en el corazón de un pueblo que se apasiona por la superioridad del valor en el cumplimiento del deber.

Después de algunos meses, grandes refuerzos llegaron al ejército francés mandado ya por el general Forey, y se emprendió un nuevo golpe sobre la ciudad de Puebla, la que sucumbió el 17 de Mayo de 1863, obligada por un sitio de más de sesenta días. El hambre puso término á ese sitio, rindiéndose la plaza, después de romper el ejército mexicano sus armas y clavado su artillería.

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Hoy que Francia sufre, y los peligros y el sufrimiento fanatizan el amor patrio, habrá comprendido Napoleón III, capitulando en Sedán, todo el inmenso placer que habría en la victoria, toda la inmensa pena de las derrotas, todas las inexplicables amarguras de una capitulación, y todas las desgracias de conflictos entre pueblos que derraman su sangre, gastan sus tesoros, aniquilan sus elementos de vida en luchas que excitan las malas pasiones, en cuyo desenfreno todo lo pervierten, á pesar de la buena índole de las masas. México, joven, nacida en este siglo á la vida nacional, ha sido mártir por los celos extraños de su propia infancia. Nacida y codiciada, independiente y dividida, su escuela ha sido la guerra interior y exterior. Francia en el apogeo de sus días, con su gobierno de veinte años, su rico tesoro, sus preparativos de guerra, y teniendo por capital la ciudad de París, centro del mundo, donde se encontraban bienestar y dicha, porque había algo de magia en aquella gran ciudad para que el viajero de todo el mundo, á pesar de la diversidad de sus hábitos y costumbres, encontrara allí la asimilación de lo que era la patria, ha sido el objeto de todas las miradas; era el baluarte poderoso donde por el hambre podrían sucumbir hombres que, héroes en el combate, grandes en su patriótica desesperación, tenían la sentencia de su destino en una triste capitulación, después de ese sitio de titanes que será el asombro de los tiempos modernos. El siglo XIX en sus transformaciones políticas, en su marcha poderosa á los fines de la democracia, y en su grandeza universal, necesitaba para ser inolvidable, el gigantesco sitio que oprimió á la ciudad del orbe. Frente al poder del dinero, de la ciencia y del progreso, se presenta la guerra, la muerte, la destrucción, el sitio y el hambre.

Francia y Prusia en gigantesco duelo, es víctima la primera, en medio de su grandeza, y vencedora la segunda, provocada al duelo. París se enloquece en su desgracia y enarbola la bandera de guerra civil. París, antes resplandeciente de prosperidad y lustre, da muerte á su propia vida devorando á sus propios hijos, arrojando, á semejanza del suicida, elementos corrosivos á sus entrañas, para morir en el fuego, la destrucción, el aniquilamiento y la desesperación.

París, reina de las ciudades modernas, sociedad poderosa para imprimir movimiento á las ciencias y á las artes, centro privilegiado del orbe donde la historia ha grabado sus fechas gloriosas con monumentos que recuerdan guerras, gobiernos, luchas, victorias, triunfo de la idea y del arte; ciudad que llora hoy los más grandes infortunios que la más negra imaginación no podía alcanzar; arrojad de vuestro seno los elementos de esa vida cenagosa á que la corrupción levantara altares, y Dios permitirá que de ese huracán espantoso de pasiones desencadenadas, de ese fuego que destruyó la materia y el espíritu, brote la libertad pura y santa, que haga á los pueblos hermanos en el progreso y émulos sólo en el trabajo.

¡Pobre Francia! ¡cuánto atormentan los terribles golpes de la adversidad sobre las masas de un pueblo! ¡Cuántas víctimas inocentes que no merecen el castigo de esas grandes desgracias!

México ha sufrido los males del incesante anhelo de otras naciones para intervenirla. Francia llora hoy la ardiente pasión del imperio, para imponer su intervención á otras naciones. México pobre, debil, joven y desheredada por sus propias y extrañas guerras, debe á la constancia de sus hijos y á su fe, la restauración de la República. Su ejemplo lo ha invocado Francia, no sólo como lección adversa de su política, sino como bandera de guerra por su nacionalidad. Reciba nuestros votos por una paz duradera que afiance en esa poderosa nación la libertad. Ella será fecunda también para una gran parte del mundo que, por la lectura, por la tradición, por la costumbre de imitar y por los hábitos de educación, está dispuesta á aceptar la política de Francia, que tiene, por su grandeza nacional, un poder mágico, casi irresistible, de propaganda y de asimilación política.

¡Cómo cambia el poder de las naciones constituídas al abrigo de un poder personal! En 1863, Francia Imperial enviaba algo menos que el sobrante de sus legiones á esta tierra víctima de sus disensiones civiles; y hoy la República Mexicana envía los votos de muchos de sus hijos al pueblo francés, por su pronta y sólida libertad. ¡Ojalá y ellos se cumplan! ¡Ojalá y el año de 1871, Francia regenerada y libre, sea también la Francia de la paz y la prosperidad!

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La tarde del 31 de Mayo de 1863 salió de esta ciudad el Sr. Presidente D. Benito Juárez. Ese día tuvo lugar la clausura de la Cámara, y más bien que una solemnidad, fué una lúgubre ceremonia. Era el adiós de amigos que se dispersaban: fué la triste asistencia oficial de un día de duelo para la patria. Tras de ese día todo era desconocido. El único pensamiento de aquellas horas, era partir de la ciudad que debían ocupar las fuerzas francesas como fruto de su triunfante expedición sobre Puebla.

La noche arrojaba sobre el alma de esta gran ciudad una melancolía abrumadora. La agonía de una época, el término de un orden de cosas, el misterio del día siguiente, daban un tinte sombrío á todas las fisonomías. ¡Toda la noche fué de movimiento de salida! ¡Cuántas lágrimas derramadas en ese día de luto! Una despedida sin saber el día del regreso, tiene algo de semejante á la muerte.

¿Cuándo volverán los que hoy salen?

Sólo Dios puede saberlo......

Esa pregunta del corazón y esta respuesta de la cabeza, daban á tan triste despedida una amargura que es fácil sentir y difícil explicar.

Los poderes de la federación se dispersaban, dándose una cita para el interior del país. El Presidente de la República, al partir, había renovado su inquebrantable juramento de vencer ó morir. La lucha era á muerte, porque no cabía capitulación. Así lo había dicho este supremo magistrado el 21 de Marzo, al recibir las felicitaciones como día de su cumpleaños.

Abiertas quedaron las puertas de la capital que no podía resistir, y tomaron vida por casi todo el país los elementos de un nuevo orden de cosas que generalizó el proyecto de la monarquía mexicana.

En la dispersión de los poderes públicos, México quedaba sólo al abrigo de un ayuntamiento presidido por el Sr. D. Agustín del Río. Hombre de valor y de corazón generoso, inspirado por su ardiente amor á la patria, supo llenar cumplidamente sus deberes, lo mismo que la corporación que presidía. Merced á su actitud, la ciudad no sintió el enorme peso de la crisis. La historia consagrará algún día una honrosa página al Ayuntamiento de México y su digno Presidente.

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El 1.º de Junio, un repique en la Catedral anunciaba que se abría para la capital de la República Mexicana la primera página del libro de la intervención. ¡Pobres campanas! inanimados pregoneros que hablan al impulso del que los hiere, y lloran, gritan, pregonan y aplauden á nombre del pueblo. ¡Cuántas veces pregonan lo que debieran callar! ¡Cuántas veces aplauden lo que debieran condenar! El atronador repique con que se pretende á nombre del pueblo engañar al pueblo mismo, ha sido el medio más usual con que solemniza la alegría oficial lo que ha sido muchas veces el duelo de la Nación. Entonces, entre el ruido de la armonía del repique, hay siempre una voz que habla más alto: es la conciencia pública que condena el sacrificio de un pueblo.

La historia del período de la intervención, en sus detalles, no es del momento. Pocos renglones debe ocupar la narración sencilla de la muerte del infortunado Archiduque de Austria.

Preparado el terreno por la invasión francesa, perdida para muchos la esperanza de una restauración nacional; mientras la guerra de escisión entre los Estados Unidos no llegara á un término, fatigado el espíritu por la serie de incesantes revoluciones, el establecimiento, aunque pasajero, de una monarquía, era un suceso que la más corta previsión alcanzaba. El Imperio, para la Nación, sería un hecho; para los que lo deseaban, una gloriosa conquista; y su duración un problema para muchos, envuelto en el misterio del tiempo en que debieran realizarse los grandes sucesos de América.

El príncipe solicitado era Fernando Maximiliano, que residía en su palacio de Miramar. Allí fué donde los enviados del Emperador Napoleón hicieron despertar en su corazón ese sentimiento de gloria, por lo grande y desconocido á que tenía irresistible inclinación. Allí fué donde los augures del porvenir espléndido de una gran monarquía en el mundo de Colón, fundaban con la riqueza de una imaginación fecunda el trono de México. Allí las vacilaciones de un espíritu, que dominado por la idea de la gran política, estaba sin embargo preparado para todo lo que abría las puertas de ese futuro lleno de encantos por la pasión que se llama gloria. Allí ese consejo íntimo de familia, con su esposa la princesa María Carlota Amalia, que era su secretario, su amigo, su confidente, la compañera, sin duda, de proyectos, de pensamientos y de ensueños de un glorioso porvenir; y de allí partieron para esta tierra regada por muchos años con la sangre mexicana.

Más allá de la política, que glorifica á los hombres y apasiona á la multitud, hay algo en una minoría que, con la fe del que mira en lontananza los sucesos venideros, pronostica el porvenir como el apóstol de una idea; combate y lucha por ella hasta el heroísmo, y sostiene la verdad, desconocida para muchos, que parece el patriotismo especial de un círculo reducido de hombres.

Thiers y Julio Favre en Francia, Juárez, Zaragoza, Díaz y otros en México, vaticinaron el mal éxito de la aventura monárquica, y predijeron que la intervención sería para Napoleón III el camino seguro del abismo donde sepultara su trono.

Hasta donde se hayan realizado esas profecías, la historia contemporánea puede ya apreciarlo.

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Maximiliano llegó á la capital de la República el 12 de Junio de 1864. Pasados los primeros días, llamó en lo privado á algunos hombres del partido liberal, y presentándoles un programa extenso sobre las bases de independencia nacional, libertad y consolidación de las conquistas de la Reforma, obtuvo de algunos su participio en la formación del gobierno.

El programa podía condensarse en estas palabras:

Difundir la enseñanza á costa de los más grandes sacrificios, promover toda mejora material, alentando la colonización en masas y la inmigración de ricos capitalistas, afianzar las conquistas obtenidas por la República en favor de la libertad, y encaminar ésta á su aceptación por todos los partidos.

Difícil era la reconciliación de las clases y de los corazones. Ese milagro político no podía ser el instantáneo fruto de un programa. Sólo el tiempo y la libertad práctica unen á los hombres divididos en política por opiniones encontradas.

Francia gastaba, entretanto, algunos millones en el apoyo de su aventura; pero el cansancio en una empresa toda de peligros, no tardó en expresar palabras de arrepentimiento y de abandono. La versatilidad del Imperio francés en los actos que llamaba de alta política, era una presunción de que pondría término á sacrificios que no podían tener compensación.

El Príncipe Maximiliano luchaba con todo esfuerzo por nacionalizar su gobierno, y su programa democrático, á su juicio, en lo compatible con la forma monárquica, está consignado en seis tomos de decretos.

Por un corto período, la fortuna sonrió á la monarquía. Las fuerzas de la República habían perdido los grandes centros de las poblaciones, y el Sr. Presidente D. Benito Juárez, y su ministerio compuesto de los Sres. Lerdo, Iglesias y Mejía, se habían refugiado en Paso del Norte, pequeña aldea en los confines de la República, á orillas del Río Bravo. Su fe era su bandera, su constancia la base del porvenir.

Algunos jefes de inquebrantable energía sostuvieron siempre la guerra; entre ellos el ilustre general D. Vicente Riva Palacio, por cuyo encargo escribimos esta sencilla historia.

El país estuvo por un período sometido á la sorpresa de los grandes sucesos; pero la impresión fué pasajera, y las armas de la República acudieron á combates repetidos que despertaban en la Nación la fe del porvenir.

Cuernavaca era la residencia del Archiduque el mes de Junio de 1866, cuando recibió las noticias definitivas sobre la conducta de Napoleón III. Había resuelto retirar sus tropas y los recursos pecuniarios con que apoyaba al imperio mexicano. Este dejaría de percibir los quinientos mil pesos de que todos los mesen disponía á cargo del tesoro francés.

Tan grave noticia tenía altamente preocupado al Príncipe, quien con su triste fisonomía reveló á la Princesa Carlota el pesar de alguna nueva desgracia. La mala posición á que se veía reducido el ensayo de monarquía en México, despertó en el espíritu de los dos príncipes la idea de enviar un comisionado, un embajador especial al Emperador Napoleón, para exigirle francas explicaciones, resoluciones firmes sobre sus compromisos para con el naciente y agitado imperio de México y muy particularmente para con el mismo Archiduque de Austria, antes de partir de Miramar. ¿Quién podrá desempeñar esta misión importante? decía Maximiliano. ¿A quién escuchará Napoleón? ¿Quién podrá hacerle oir todos los deberes que tiene que cumplir? ¿Quién podrá hacerle comprender las consecuencias de su falta, si niega hoy lo que antes tenía ofrecido?

Se trajeron á la memoria diversos nombres de personas á quienes el Emperador de Francia en otro tiempo recibía de buena voluntad; pero que en la situación á que habían llegado las cosas, con probable seguridad, casi con evidencia, serían desairadas.

En un momento de ese silencio que impone la perplejidad de ciertas circunstancias, dijo la Princesa Carlota: «Yo tengo un embajador fiel á todos sus compromisos políticos, resuelto á todos los sacrificios, y que se hará escuchar de grado ó por fuerza. Ante su resolución no habrá obstáculos.»

«¿Quién puede reunir, dijo Maximiliano, todas esas virtudes de adhesión, y además las facilidades de llegar oportunamente cerca de Napoleón para contrariar resoluciones tomadas acaso de una manera irrevocable?»

«Yo, contestó la Princesa Carlota, y tal vez sólo yo pueda lograr que se modifique lo que respecto de México se tiene ya acordado.»

El Archiduque meditó sobre este pensamiento, lo encontró oportuno, y presentándole solo en oposición dificultades de viaje, recordó que estaba próximo el 6 de Junio, que era el día de su cumpleaños, y que según la tradicional costumbre de su casa, la Emperatriz recibía y hacía todos los honores en la solemnidad de ese día.

Los proyectos de conveniencia que se combaten con accidentes de fácil solución, están aceptados. Así sucedió con el viaje de la Emperatriz. El movimiento de la casa era luego el testimonio vivo de la resolución tomada. El Emperador y la Emperatriz regresaron á México, y el seis de Junio, después de las solemnidades de la mañana, se hicieron los preparativos para el viaje á Europa.

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El día ocho salió para Veracruz la Princesa Carlota, emprendiendo, con el valor digno de un hombre, una empresa que era superior al empeño de las más grandes habilidades diplomáticas.

Francia, en la historia de su último imperio, y la del Vaticano en la de sus días de prueba, tendrán que consagrar algunas líneas á la infortunada y virtuosa Princesa Carlota Amalia visitando en 1866, víctima ya de un principio de enajenación mental, á Napoleón III y á Pío IX.

En su ciencia y brillante educación no alcanzó todos los peligros de la intervención en la República mexicana. La historia de todas las intervenciones es la del suplicio de los pueblos, la del peligro de la independencia, la del sacrificio de la autonomía, y muchas veces el de los actores mejor intencionados. Los años que corren de este siglo daban ya abundante materia para demostrarlo sin necesidad de las sangrientas peripecias del gran drama en que tan sentido se presenta el fin de Maximiliano, vencido, y la vida congojosa de la Princesa Carlota, que es la personificación del pensamiento monárquico en la rectitud de su intención y en la gloria de la fundación; pero también en el extravío de su juicio, por confiar su suerte á una protección extraña, y en el sufrimiento de su pesar profundo. Figura histórica, pasajera en su vida real, transformada por su dolor en una existencia sombría y melancólica, que conservando en su memoria las negras páginas de su martirio, sin el orden que imprime el juicio, tiene grabado como en álbum fotográfico el período de su vida en México. La memoria, el corazón y el entendimiento funcionan en la demencia, siempre con el pasado á la vista; pero las páginas de ese gran libro se desencuadernan, se confunden y mezclan, para hacer de la vida un repertorio donde la memoria, sin orden y armonía, sin concierto ni exactitud, renueva del tiempo feliz de la razón lo que más hirió el conjunto de las facultades. La historia del viaje de la Princesa Carlota, si llega á escribirse, podrá dar alguna luz sobre la materia, y fijará también el verdadero período de su enajenación mental. Maximiliano aparece, según la tradición, vivo en la adoración de la Princesa su esposa; pero en el altar de sus rezos derrama lágrimas que como flores deposita en la tumba de una memoria. Tal vez junta en un solo punto, á semejanza de visión extraña, dos ideas de vida y muerte como el que ve en medio de una tempestad lanzarse á pique una nave sin socorro posible.

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El mes de Noviembre de 1866 todo anunciaba la retirada del príncipe y la del ejército francés. El primero marchó á Orizaba, y la Novara, que lo trajo lleno de entusiasmo y de esperanzas, debía también conducirlo, atormentado por el mal éxito de su empresa, á su antigua residencia de Miramar. Lo esperaba en Veracruz para partir.

El príncipe estaba de choque con el ejército francés, que abandonaba su obra.

Aun las relaciones de cortesía se habían cortado. El mariscal Bazaine y el general Castelnau habían concertado la retirada del ejército francés; y el voto unánime y sincero de los mexicanos era que jamás otra intervención pisara este suelo privilegiado, que sólo necesitaba para su prosperidad la unión de sus hijos. El imperio francés recibía una lección severa. Los gobiernos que no miden las cuestiones exteriores más que por la fuerza física, sacrificando la justicia, se suicidan, porque preparan ellos su propio sacrificio. Francia, arrebatada por el poder militar, sintió todo el peso de sus desgracias en la condenación universal de su política, en el triunfo de la oposición y en la aceptación tácita de la doctrina Monroe.

Libre Maximiliano de los compromisos de la intervención, llamó á Orizaba su Consejo, y sometió á su examen la resolución de su viaje. La duda atormentaba su vida, y necesitaba una resolución. Creía llegado el momento en que el hombre público debe pertenecer todo á su causa, á sus principios, á sus partidarios.

Muchos atribuyen á diversos miembros del Consejo, y muy particularmente á las inspiraciones del jóven general Miramón, el regreso á México. Nosotros no participamos por completo de esa opinión. Causas de otro género fueron las que ocasionaron esa resolución. A la llegada del paquete francés á Veracruz, en Noviembre, recibió el príncipe multitud de telegramas combinados en cifras. ¿Qué traían de Europa esos telegramas? No se ha sabido; pero el hecho es que al día siguiente se dieron las órdenes de regreso, y fué gratificado el jefe de la oficina del telégrafo con quinientos pesos, entregados en monedas de oro.

Desde ese momento cambió la fisonomía del príncipe. Su vida tomó la animación de quien tiene un gran propósito que cumplir. Aislado por su propia voluntad los días anteriores, incomunicado con los demás, vagando como un sonámbulo por los cercanos campos de Orizaba, volvió á la vida cuando resolvió morir ó vencer, jugando la existencia hasta perecer en la demanda.

El 25 de Diciembre de 1866 salió para esta ciudad el Archiduque, con el propósito de dar vida al ministerio conservador que había formado antes de partir para Orizaba.

Reciente la historia del gobierno del Imperio, no es posible tocarla en el reducido espacio de que se puede disponer al ocuparse sólo de la muerte del príncipe que fué elevado al trono. La historia de esa sombra de gobierno monárquico no puede aún escribirse; porque las lecciones que de ella se derivan, se pierden cuando todavía están vivos los sentimientos de una lucha y de una restauración en un corto período de tristezas y alegrías, de esperanzas y decepciones, de tragedias políticas, de piedad y de rigor, de templanza y de exceso, de virtud y de vicio, de persecución y de amnistía, de gemidos y de bendiciones, de duelo y de vida.

Los siete años de 63 á 70, son el gran libro de una historia rápida y complexa, que á semejanza de la de los náufragos, estará llena de vida en la narración misma de la agonía. Ella entrañará lecciones saludables para un pueblo que, al sacudir el yugo de la fuerza extraña, ha proclamado la libertad de todos sus hermanos.

Esa historia la conocerán siempre aún los niños y las mujeres; porque es la historia de los sentimientos populares y el fin de las disensiones religiosas en la política militante. Las pasiones todas tomaron parte, todas se mezclaron. El entusiasmo y el dolor se tocaban á cada paso como resultado de esos resortes del corazón, que apasionado en una lucha de hombres contendientes, son tan fieles y cumplidos como la personificación de un deber sagrado, tan resueltos como una virtud heroica, y tan firmes como ciegos por la fe, tan adictos á su causa como á la de su Dios, su religión y su patria. Por esto creían muchos pelear, y aun los seres inculpables en ese conflicto aterrador tributaban un culto á la exaltación de sus propias pasiones, como la expresión de la conciencia recta, como el eco de la conciencia nacional.

Los más grandes errores toman en política las proporciones de un deber, y á la pasión que se llama patriotismo, virtud facticia muchas veces por su origen, pero sincera por el tiempo, sólo se le puede desarmar con la frialdad de la razón, la luz de la justicia y la generosidad de los sentimientos.

Este período era el punto más grave en la escala de las disensiones de los partidos; pero también debía ser el término de las profundas divisiones.

La confirmación que el Príncipe Maximiliano imprimió á las conquistas de la libertad, á los hechos consumados, y á los principios de la revolución por la reforma religiosa, puso el sello á cuestiones que antes fueron el abismo de odios y de sangre entre los partidos.

Los peligros de una existencia precaria para el porvenir de nuestra patria, amenazada siempre por los elementos intestinos y conflictos internacionales, ¿no abrirá el corazón mexicano á sentimientos de unión, único vínculo de poder nacional?

Estos eran los pensamientos de esa época, en que al través de un corto período, todos veían como indefectible la restauración de la República.

Entretanto, las fuerzas organizadas bajo la dirección de los Generales Díaz, Escobedo, Corona y Riva Palacio, marchaban sobre las ciudades de Puebla, México, Guadalajara, Toluca y Querétaro, donde los más caracterizados jefes del partido militar, ligado en sus últimos días á la suerte del archiduque de Austria, hacían grandes aprestos de resistencia. Ingrata la suerte al príncipe, los franceses se retiraron, dejando sin más apoyo á su protegido, que la fuerza mexicana y algunos escuadrones de alemanes al servicio del Archiduque, mandados por dos valientes jefes y el joven coronel Kevenüller.

Todos los prodigios de valor habrían sido estériles contra el país levantado en masa proclamando la restauración de la República. Una á una fueron cayendo las ciudades en poder de las armas republicanas.

Querétaro era el lugar que absorbía la atención del gobierno, porque un fuerte ejército que mandaba en persona el archiduque Maximiliano era compuesto en su mayor parte de jefes de un valor á prueba, de una decisión enérgica. Bastaba que entre ese grupo estuviesen los generales Miramón y Mejía, para comprender que la lucha sería sangrienta, desesperada, heroica.

Dos meses de sitio en que hubo combates dignos de una memoria especial en la historia general del país, pusieron término á la lucha desigual entre sitiados y sitiadores. Estos tuvieron abundantes recursos que les enviaban de todo el país, abierto á su poder, mientras que en la ciudad faltaban los elementos necesarios para la vida.

Toda crisis política tiene su término, que es principio y fin de goces y sufrimientos. La ocupación de una plaza sitiada es una página de doble vista: para unos todo es vida, animación, alegría, gloria, poder, porvenir, lisonjas, plácemes, felicitación; para otros es un negro abismo.

La ciudad de Querétaro el 15 de Mayo de 1867, que fué ocupada por las fuerzas de la República al mando del general Escobedo, era para muchos un cementerio donde más que por la muerte misma, tenía el alma de la población una tristeza aterradora, porque era la tumba de mil esperanzas, el sepulcro de una época. Pudiera ser la de personas queridas......... y el misterio del porvenir arrojaba sobre el corazón sus negras sombras, que sólo disipa el curso de los acontecimientos elocuentes en su lenguaje, mudo para vaticinar el futuro, y poderoso para abrir el horizonte.

Al derrumbarse el imperio y caer el monarca en manos de los sostenedores de la República, la vida se contaba por minutos, y todos los que se deslizaban en la sucesión de las primeras horas, depositaban una esperanza de salvación.

Prisionero Maximiliano en el cerro de las Campanas, después de salir del convento de la Cruz, fué conducido á Querétaro por el general D. Vicente Riva Palacio. Las altas consideraciones con que este jefe lo distinguió, quiso corresponderlas el archiduque con alguna demostración, y dirigiéndose al general Riva Palacio, le dijo: «Permitidme, señor general, que os ofrezca al entrar á mi prisión mi caballo ensillado: recibidlo como una memoria de este día.»

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Una celda del convento de Capuchinas de Querétaro fué la prisión del príncipe Maximiliano. Humilde como todas las habitaciones de quienes hacen solemne voto de pobreza, aquella celda tenía que ser histórica. Edificada para recibir en su seno los suspiros religiosos de alguna alma que, rompiendo los vínculos de la tierra, sólo miraba en la eternidad la esperanza de su dicha, recogía hoy á un hombre que en su destino adverso tenía que mirar siempre al cielo como única fuente de donde podía venir al alma la luz, ó siquiera de ella un débil rayo sobre la obscuridad en que va la vida, que en todo su poder, en su pleno vigor, por todas partes tiene la imagen de la muerte, por todas partes la presencia de la agonía, que en todos los momentos oye la última hora que suena en el reloj de la conciencia.

Aquella celda, santificada tal vez años atrás por la vida pura de una mujer santa, iba á ser la capilla donde depositara sus últimas oraciones el descendiente de muchos reyes, el hermano del emperador de Austria, el hijo del archiduque Francisco Carlos José.

Querétaro era todo un cuartel militar. Vencedores y vencidos ocupaban la plaza. Unos como guardianes y otros como prisioneros.

El Presidente de la República, desde San Luis Potosí, que era la residencia del Gobierno, dió orden el 21 de Mayo, por conducto del Ministerio de la Guerra, al general Escobedo, de abrir un proceso al archiduque de Austria y á los generales D. Miguel Miramón y D. Tomás Mejía. Seis días se tomó el Ministerio para dictar una resolución, que quiso fuera hija de una profunda meditación, para que no estuviese sujeta á los vaivenes de lo impensado.

El príncipe Maximiliano quiso que el Sr. D. Mariano Riva Palacio y nosotros fuésemos sus defensores, y así lo manifestó en el siguiente telegrama:

«Remitido de San Juan del Río, Mayo 25 de 1867.—Recibido en Guadalupe Hidalgo á las 9 y 12 minutos del día.

«El emperador Maximiliano al barón de Magnus, Ministro de Prusia en México.—Tenga vd. la bondad de venir á verme cuanto antes, con los abogados D. Mariano Riva Palacio y D. Rafael Martínez de la Torre, ú otro que vd. juzgue bueno para defender mi causa; pero deseo que sea inmediatamente, pues no hay tiempo que perder. No olviden vdes. los documentos necesarios.—Maximiliano.»

Para cumplir este encargo marchamos á Querétaro acompañados del ilustre abogado D. Eulalio María Ortega, que por su ciencia y carácter independiente era á propósito para encargarse de seguir el proceso mientras íbamos á San Luis á pedir la vida de nuestro defendido. El indulto era la única esperanza.

En Querétaro había sido encargado también de la defensa un ilustre abogado, el Sr. D. Jesús María Vázquez. La noticia de la prisión del archiduque fué un rayo inesperado en esta ciudad, muy conmovida también á la presencia y con los sufrimientos de un sitio. La inquietud de aquellos días de angustia, sólo se calmaba con la confianza que inspiraba el general Díaz y demás jefes superiores que mandaban el ejército sitiador. El cuartel general era Tacubaya, por donde salimos el 1.º de Junio los defensores, acompañados en nuestro viaje á Querétaro del barón Magnus, ministro de Prusia, y del Sr. Hoorick, encargado de negocios de Bélgica.

La severa ley publicada en 25 de Enero de 1862 por el ministro Doblado, no permitía tener confianza en la absolución del consejo de guerra á que se debía sugetar el archiduque. Someterse á esa ley y morir, era consecuencia natural. Caer bajo la aplicación del decreto citado, era perder hasta la más remota esperanza de otra pena que no fuese la capital.

El único arbitrio era pedir el indulto; y cuanto se hizo para lograrlo, lo hemos publicado en el año de 1867, en el Memorandum de los defensores.

«Tomad los decretos del período de mi gobierno, decía el Archiduque en las instrucciones verbales que nos dió; leedlos, y su lectura será mi defensa. Mi intención ha sido recta, y el mejor intérprete de mis actos todos, es el conjunto de mis diversas órdenes para no derramar la sangre mexicana. La ley de 3 de Octubre fué creada para otros fines que no se pudieron realizar. La consolidación de una paz que parecía casi obtenida, era el objeto de esa ley que, aterradora en su texto, llevaba en lo reservado instrucciones que detenían sus efectos. Dispuesto á sacrificarme por la libertad é independencia de México, no habrá en el examen de mi vida un solo acto que comprometa mi nombre. Decidle al Presidente Juárez que me otorgue una entrevista que creo provechosa para la paz de la República y para su porvenir.» Tales fueron las palabras que como despedida dió el archiduque el 6 de Junio, al salir para San Luis Potosí.

El Presidente creyó que ningún motivo debía detener el curso del proceso.

El consejo de guerra continuó sus procedimientos, y el 14 de Junio de 1867 se pronunció la sentencia, después de haber agotado los abogados Ortega y Vázquez, en Querétaro, cuanto recurso tiene un defensor.

La sentencia, es esta:

«Vista la orden del C. General en Jefe, del día veinticuatro del pasado Mayo, para la instrucción de este proceso; la del veintiuno del mismo mes, del Ministerio de la Guerra, que se cita en la anterior, en virtud de las cuales han sido juzgados Fernando Maximiliano de Hapsburgo, que se tituló Emperador de México, y sus generales Miguel Miramón y Tomás Mejía, por delitos contra la Nación, el orden y la paz pública, el derecho de gentes y las garantías individuales: visto el proceso formado contra los expresados reos, con todas las diligencias y constancias que contiene, de todo lo cual ha hecho relación al Consejo de Guerra el fiscal, teniente coronel de Infantería C. Manuel Aspiroz: habiendo comparecido ante el Consejo de Guerra que presidió el teniente coronel de Infantería Permanente, ciudadano Rafael Platón Sánchez: todo bien examinado con la conclusión y dictamen de dicho fiscal, y defensas que por escrito y de palabra hicieron de dichos reos sus procuradores respectivos: el Consejo de Guerra ha juzgado convencidos suficientemente: de los delitos contra la Nación, el derecho de gentes, el orden y la paz pública, que especifican las fracciones primera, tercera, cuarta y quinta del artículo primero, quinta del artículo segundo, y décima del artículo tercero de la ley de veinticinco de Enero de mil ochocientos sesenta y dos, á Fernando Maximiliano; y de los delitos contra la Nación y el derecho de gentes, que se expresan en las fracciones segunda, tercera, cuarta y quinta del artículo primero, y quinta del artículo segundo de la citada ley, á los reos Miguel Miramón y Tomás Mejía; con la circunstancia que en los tres concurre, de haber sido cogidos infraganti en acción de guerra, el día quince del próximo pasado Mayo, en esta plaza, cuyo caso es del artículo veintiocho de la referida ley; y por tanto condena con arreglo á ella á los expresados reos Fernando Maximiliano, Miguel Miramón y Tomás Mejía, á la pena capital, señalada por los delitos referidos.

«Querétaro, Junio catorce de mil ochocientos sesenta y siete.—Rafael Platón Sánchez.—Una rúbrica.—Ignacio Jurado.—Una rúbrica.—Emilio Lojero.—Una rúbrica.—José V. Ramírez.—Una rúbrica.—Juan Rueda y Auza.—Una rúbrica.—Lucas Villagrán.—Una rúbrica.—José C. Verástegui.—Una rúbrica.»

El fallo del Consejo fué confirmado en los términos siguientes:

«Ejército del Norte.—General en Jefe.—Conformándome con el dictamen que antecede del ciudadano asesor, se confirma en todas sus partes la sentencia pronunciada el día catorce del presente por el Consejo de Guerra, que condenó á los reos Fernando Maximiliano de Hapsburgo, y á sus llamados generales D. Miguel Miramón y D. Tomás Mejía, á ser pasados por las armas.

«Devuélvase esta causa al Ciudadano Fiscal, para su ejecución.

«Querétaro, Junio diez y seis de mil ochocientos sesenta y siete.—Escobedo.—Una rúbrica.»

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El 16 de Junio de 1867, en la celda de su prisión, preocupado acaso por lo adverso de su destino, á las once de la mañana se notificó la sentencia al príncipe que había pretendido fundar una monarquía en la República Mexicana llamándose Maximiliano Emperador de México. No se inmutó, ni dió testimonio alguno de sorpresa ó indignación. Su respuesta fué lacónica, pero muy expresiva. Dijo: «Estoy pronto.» El valor le acompañaba siempre, y no le faltó en la hora suprema de la agonía, en medio de una vida llena de vigor. Sin duda había pensado mucho en aquel momento, y su raza y su sangre le habían dado en instantes tan críticos la frialdad alemana que parecían disimular en los buenos tiempos, su fisonomía franca y expresiva en sus pasiones, su razón pronta y oportuna, su espontánea palabra, su locución de artista, su deseo de cautivar, su inquietud incesante en trabajos diversos, su entusiasmo ardiente por las ideas de su programa, y su amor á la popularidad. Dominaba en aquella naturaleza mucho de la susceptibilidad latina, que no es compañera de la inalterable tranquilidad sajona.

Había en aquel sentenciado á muerte una resignación que se asemejaba a una extraña, inexplicable y casi espontánea conformidad. Superiores los acontecimientos á las fuerzas y á la voluntad del hombre, Dios imprime el sello de sus altos decretos á los golpes rudos de la adversidad, ante la que se postra la naturaleza humana para pedir misericordia, no al mundo ni á sus pasiones, sino al único Juez infalible de la conciencia del hombre.

Católico el príncipe, tomó sus disposiciones espirituales. Arregló también su testamento bajo la impresión dolorosa de la muerte de la princesa Carlota Amalia. La lloró muerta por la Providencia, á la que bendijo en medio de su dolor.

Había muerto, en efecto, para la vida animada, para los placeres y la dicha. Su razón extraviada la colocaba en ese mundo siempre nuevo y siempre misterioso de la enajenación mental, en que la brújula del criterio se pierde en los delirios incomprensibles de una enferma imaginación.

¡Pobre mujer que no ha tenido el consuelo de llorar á plena luz, con conciencia perfecta, y el corazón comprimido por todo el peso de su dolor! ¡Desdichada princesa, que acaso tiene un instinto superior á su extravío, y á medias percibe y mide, allá en el fondo de sus lúgubres y siniestros desvaríos, la gravedad de su infortunio!

Algunas lágrimas del príncipe á la memoria tierna de su esposa, le volvieron la serenidad, y su alma, llena de pensamientos y sin dudas sobre el destino del hombre más allá de la tumba, sintió la paz de quien está dispuesto á la muerte, como el paso para otra vida.

¿A dónde dirige el alma sus primeros pensamientos después de una sentencia de muerte? ¿Dios y la familia serán la primera impresión tan grande y dolorosa, como aterrador el paso que abre las puertas de la eternidad? ¿Habrá en el espíritu una maldición para los hombres y una bendición al Sér Supremo?

Morir en salud, perder la vida sin agonía, saber el momento preciso de un adiós eterno á los amigos, á la patria, á la familia, y no saber qué hay más allá de ese instante supremo en que el cuerpo, perdiendo sus resortes, cae en el abismo de una eterna noche para penetrar el misterio de la eterna vida, tiene algo de dolor profundo y de resignación filosófica. La conciencia se abre toda para iluminarse como á la luz de un relámpago, y la revista en examen de la vida pasada, es tan súbita, que se dibujan, sin duda, como puntos de meditación, los grandes bienes y los grandes males de la conducta. Al tocar el término de la vida, cuando llegamos al terrible enigma que separa el tiempo de lo infinito, ¿será todo luz, todo evidencia, porque allí esté la presencia de Dios iluminando la conciencia del hombre?

Maximiliano, Miramón y Mejía, en sus tres celdas de Capuchinas, oyeron casi al mismo tienpo su sentencia de muerte. Al juzgar por su serenidad, la vieron como la transformación gloriosa de la vida. Compañeros de campaña, prisioneros del mismo día, juntos debían morir. Miramón realizaba un pensamiento de su vida. Al ver en Europa el sepulcro del mariscal Ney, había dicho: “Esta muerte es dulce porque es pronta. Gloria en la vida, honor en la historia y muerte rápida si el destino es adverso, es una carrera, que yo apetezco.”

En la resignación de la muerte hay un sello de grandeza que da á el alma el brillo de grandes pensamientos, y al corazón un manantial de sentimientos tiernos para la vida, y de esperanzas para la eternidad.

Maximiliano, á la presencia de sus últimas horas, trajo á su corazón toda la fuerza de quien ha querido hacer de su vida por los peligros una existencia de gloria, y de su muerte por su valor, una historia toda de vida. Formó su testamento como soberano y como artista. Encargó que se escribiese la historia de su gobierno, y también que se acabasen trabajos de arte en Miramar; hizo obsequios como memoria de despedida, y puso cartas expresivas de gratitud á sus defensores. Habló de sus amigos, de sus adictos, y tributando un culto de adoración al porvenir que no le pertenecía, á ese futuro que no podía mirar, su conversación frecuente era la paz de la República, la unión de los mexicanos: bajo esta impresión escribió al Sr. Juárez la carta siguiente:

«Sr. D. Benito Juárez.—Querétaro, Junio 19 de 1867.—Próximo á recibir la muerte, á consecuencia de haber querido hacer la prueba de si nuevas instituciones políticas lograban poner término á la sangrienta guerra civil que ha destrozado desde hace tantos años este desgraciado país, perderé con gusto mi vida, si su sacrificio puede contribuir á la paz y prosperidad de mi nueva patria. Intimamente persuadido de que nada sólido puede fundarse sobre un terreno empapado de sangre y agitado por violentas conmociones, yo conjuro á Ud. de la manera más solemne y con la sinceridad propia de los momentos en que me hallo, para que mi sangre sea la última que se derrame, y para que la misma perseverancia que me complacía en reconocer y estimar en medio de la prosperidad con que ha defendido Ud. la causa que acaba de triunfar, la consagre á la más noble tarea de reconciliar los ánimos, y de fundar de una manera estable y duradera la paz y tranquilidad de este país infortunado.»

«Maximiliano.»

No satisfecho aún con esa carta, encargó al Sr. Lic. Vázquez, que al llegar el Presidente Juárez á Querétaro le hiciese luego una visita á su nombre, y le dijera que al morir Maximiliano no llevaba á la tumba resentimiento alguno.

El Sr. Vázquez cumplió el encargo, y el Presidente contestó manifestando toda la pena que había tenido en aplicar inflexible la ley por la paz de la República.

Estas palabras eran el resumen de lo que los defensores habíamos oído en San Luis, cuando perdida toda esperanza pedíamos aún economía de sangre, como prenda de reconciliación; y el Sr. Juárez decía:

«Al cumplir Uds. el encargo de defensores, han padecido mucho por la inflexibilidad del Gobierno. Hoy no pueden comprender la necesidad de ella, ni la justicia que la apoya. Al tiempo está reservado apreciarla. La ley y la sentencia son en el momento inexorables, porque así lo exije la salud pública. Ella también puede aconsejarnos la economía de sangre, y este será el mayor placer de mi vida.»

Estas fueron las últimas palabras que oímos en San Luis Potosí la noche del 18 de Junio, después de haber presentado tres exposiciones pidiendo el indulto, y de haber agotado en multitud de conferencias los recursos de nuestros sentimientos y de nuestro entendimiento.

En espera de algún incidente favorable á la vida de nuestro defendido, habíamos pedido una ampliación del término para la ejecución, que se difirió para el miércoles 19, y en ese período Maximiliano puso el siguiente despacho:

«Línea telegráfica del Centro.—Telegrama oficial.—Depositado en Querétaro.—Recibido en San Luis Potosí á la 1 hora 50 minutos de la tarde, el 18 de Junio de 1867.—C-. Benito Juárez.—Desearía se concediera conservar la vida á D. Miguel Miramón y D. Tomás Mejía, que anteayer sufrieron todas las torturas y amarguras de la muerte, y que como manifesté al ser hecho prisionero, yo fuera la única víctima.—Maximiliano.»

Nada se obtuvo, y cuando se cerró la puerta de toda esperanza, comprimido nuestro espíritu por el fin trágico que se presentaba á nuestra vista, pusimos este telegrama:

«Telegrama de San Luis Potosí para Querétaro.—Junio 18 de 1867.—Sres. Lics. D. Eulalio María Ortega y D. Jesús M. Vázquez.—Amigos: todo ha sido estéril. Lo sentimos en el alma, y suplicamos al Sr. Magnus presente á nuestro defendido este sentimiento de profunda pena.—Mariano Riva Palacio.Rafael Martínez de la Torre.»

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En la mañana del miércoles 19 de Junio, formadas las tropas en la ciudad de Querétaro, sonaban las seis cuando salían de su prisión Maximiliano, Mejía y Miramón. Antes de salir habían oído misa, que dijo el padre Soria. ¡Cuánta veneración hubo en aquel acto religioso! ¡Con qué respeto se asiste al solemne oficio de una religión que alumbra en el último momento de la vida el porvenir de la que no tiene fin!

Al salir Maximiliano de la prisión, abrazó á los Sres. Ortega y Vázquez. Marchó al suplicio con la calma de quien ve el fin de una jornada, como el principio de una gloriosa conquista.

El Cerro de las Campanas era el lugar designado para el trágico fin del segundo imperio en México.

Poco antes de la hora de salida, comprendió que se acercaba el último momento de la vida. Después de dar un abrazo al joven militar que debía mandar la ejecución, salió del convento de Capuchinas, y como despedida tierna y expresiva de todo lo que le rodeaba, dijo:

«Voy á morir......»

Voy á morir.... Negro, horrible pensamiento, presencia de insondable abismo, lúgubre, aterrador sentimiento que sobrecoge al espíritu de miedo y pavor, que anonada y aterra al corazón que aun ama, que tiene gratas impresiones, que acaricia aún esperanza de la vida; pero Maximiliano, notificado de muerte; se había despedido del mundo para no verlo más...... ni una ilusión, ni una esperanza alimentaba. Extranjero en su patria adoptiva, sólo en el mundo nuevo de una prisión, su alma no tenía ya quejas que exhalar, ni memorias que evocar. Su dolor fué mudo y grande, muy grande su disimulo, ó grande, mucho más grande su resignación filosófica, su conformidad cristiana, la aceptación valerosa de su destino adverso.

En tres coches caminaban al cerro de las Campanas, acompañados cada uno de un sacerdote, Maximiliano, Mejía y Miramón.

¿Qué pensamientos llevaba en su alma el infortunado príncipe Maximiliano? ¿Qué sentimientos se desbordaban de su corazón?

¿La luz purísima de ese cielo azul de Querétaro en la mañana del 19 de Junio, al caminar al lugar de la muerte, llevaría al alma de Maximiliano la amargura de la nada en la vida que se extingue, la verdad terrible del polvo en que se resuelve aún la más gloriosa existencia? ¿La razón fría y expedita, ó las pasiones nobles y generosas, serían sus compañeros al abrirse á sus pies la sepultura de su terrestre vida? ¿La noche eterna de la tumba embargaría antes con su impenetrable obscuridad todas las potencias? ¿Esa luz diáfana, brillante, sería la atmósfera en que se hacía sensible la presencia de Dios para el que en su infortunio lo invocaba como el único consuelo?

Ni un solo pensamiento de odio, ni un sentimiento de disgusto, ni una palabra de rencor se le oyó á Maximiliano; y su alma y su corazón, su memoria del pasado y su pensamiento del porvenir, formaban una corriente incesante de votos por la paz de la República y su libertad é independencia. Estas fueron sus últimas palabras:

«Voy á morir por una causa justa, la de la independencia y libertad de México. ¡Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria! ¡Viva México!»

Maximiliano, sin ligas ni vínculos sagrados de parentesco, sin patria que recibiera sus restos inanimados en un monumento destinado á la memoria de los grandes de Austria, sin familia que llorase su muerte, hizo de México, de sus amigos, de sus defensores, de sus adversarios, de sus jueces, de sus vencedores, su propia familia; porque á todos consagró recuerdos, y para todos deseaba bien y felicidad. Sus conversaciones, sus votos todos y sus últimas cartas, son irrecusable testimonio de esta verdad.

Sus últimos momentos fueron sin duda de oración. El que cree, ora. Hablar con Dios cuando se tocan las puertas de la eternidad, es ley del pensamiento. Este forma la parte de nuestro sér divino; y cuando se rompe el velo de la vida para descubrir el misterio de la eternidad, Dios y el alma son inseparables. Entre la altura del Sér omnipotente y el camino que conducía al cerro de las Campanas, había una cadena impalpable: no estaba sugeta al dominio de los sentidos, porque la verdadera oración es mental; pero Maximiliano pensaba en Dios, en su omnipotencia, en su misericordia, y Dios recibía esta corriente de pensamientos como la expresión sincera y religiosa de quien cumple lleno de fe los deberes de un providencial destino.

Maximiliano, Mejía y Miramón, poetizaron con el valor su muerte. Antes de pronunciar el primero las palabras que precedieron á la descarga que imprimió á su vida tan trágico fin, dió á cada uno de los soldados un maximiliano de oro, moneda valor de veinte pesos mexicanos. Momentos después, traspasado su cuerpo, cayó desprendido de los espíritus vitales. Una descarga arrancó su alma del cerro de las Campanas, para que fuera á ser juzgada por el único Juez infalible. Su cuerpo quedó á merced de los elementos que combaten la corrupción de la materia, y su nombre fué saludado como el del héroe mártir del gran drama de la intervención en México.

El 6 de Julio de 1832, una multitud saludaba llena de entusiasmo el nacimiento de un príncipe de la casa de Austria.

El 19 de Junio de 1867, una multitud lloraba la muerte del príncipe Maximiliano.

Nació en medio de los suyos, rodeado de una familia numerosa, en medio de un pueblo amigo.

Murió lejos de sus parientes, separado de toda su familia; pero la política es una liga superior á las de sangre, más poderosa que las de afinidad. El amor y el odio son el fruto de la política. Ella forma alianzas impalpables, vínculos sin pacto, simpatías de instinto, afectos profundos, adhesión inmensa, entusiasta hasta el delirio, resuelta hasta el martirio. Ella despierta sentimientos grandiosos hasta el heroísmo, y la admiración sincera, y el entusiasmo ardiente, y la gratitud reconocida, dan siempre una familia numerosa al que muere por una causa política. Las lágrimas son más abundantes, y su sinceridad está en el luto que cubre el corazón que trunca su vida, colocando en el altar de sus esperanzas el negro sudario de la muerte.

La patria, la familia, los hijos, esa continuidad de la existencia, renueva sin embargo nuestro sér, abre el corazón á los sentimientos generosos, el entendimiento á la luz; y después de los sangrientos dramas de la política, sólo hay un deseo, la salvación de la patria, la unión de los mexicanos, la libertad práctica, la consolidación de la independencia.

La historia con el inexorable poder de su criterio, es la única que al través de los años que calman las pasiones, mide bien los acontecimientos públicos. ¡Ojalá y ella, al juzgar á esta generación de que formamos parte, pueda decir: El velo que la Nación arrojó con el decreto de amnistía en 1870 sobre el período de la intervención y los de las guerras civiles en la República, puede levantarse sin temor para el examen filosófico de sus causas; porque están asegurados los votos de Maximiliano al morir; los de Juárez como vencedor y juez, son ya una verdad: la paz, la libertad y la independencia de México.

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El 6 de Julio de 1832, el corazón de la princesa Sofía se ensanchaba de gozo. Un nuevo hijo en una dinastía reinante, era un refuerzo, un apoyo, un elemento de poder que se ofrece en el alumbramiento de un niño que para la sociedad es la esperanza de la gloria, y para la madre la admiración de una preciosa existencia. El 19 de Junio de 1867, el corazón de la princesa Sofía ha de haber presentido toda su desdicha, y dirigiéndose al Sér Supremo, único consuelo de una madre que vé á un hijo en la desgracia, derramaría á torrentes el llanto del alma que, en sus penas y dolores, en su desvarío y en sus grandes amarguras, viste de luto la existencia que inquieta se desliza llena de sobresalto, en medio de la congojosa melancolía de un negro presentimiento.

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Poco tiempo después llegaba á México el almirante Tegetthoff á pedir los restos inanimados del príncipe Maximiliano, para conducirlos al sepulcro de sus antepasados.

El cadáver frío, yerto; pero conservado por la ciencia que momifica, permitía llevarlo al sepulcro de los grandes de Austria.

El cuerpo sin el alma es la presencia aterradora que aviva todo el dolor por la existencia perdida. Donde el alma se evaporó, no hay luz ni brillo, no hay amor ni esperanza, no hay más que tristeza, sombra, horror, ausencia, amargura, negra atmósfera que oprime el corazón. La única luz es Dios. La única esperanza es la transparencia inexplicable pero firme en la conciencia, de ese infinito que está más allá del día de la muerte. En ella encontró su consuelo la Princesa Sofía, madre adorada por el Archiduque.

La Novara, en 1864, traía á México la vida de un imperio lleno de pensamientos, proyectos é ilusiones. Cubierta de luto volvía en 1867, conduciendo el cadáver de aquel príncipe que, jefe de la marina austriaca, renunció á la posesión tranquila de sus honores, por la gloria de fundar una monarquía en México. La Novara será un navío histórico de un período de que fué principio y fin. En 1864 traía á bordo toda la esperanza de lo misterioso, de lo desconocido, que engendra para algunos la vida y para otros la duda y el temor. En 1867 llevaba la muerte: era el transporte fúnebre de un rey ajusticiado, era un ataúd provisional. En 1864, la Novara fué saludada con ardiente entusiasmo por los creyentes en la eficacia de la monarquía: en 1867 la luz artificial de los cirios que rodeando el cadáver del príncipe, chispeaban al cruzar el mar, era la más negra sombra que se proyectaba sobre el alma de la tripulación. La luz que oprime, la luz que hiere el alma, la luz que arroja sombras, luto y aflicción, es sólo la luz del sufragio; porque es el tributo á la nada en que se resuelve la vida que se extingue; pero hay aún en algunas naturalezas, para esa nada del espíritu, para esa nada de la vida, un amor inmenso, desgarrador, capaz de aniquilar nuestro propio sér, convertido al andar del tiempo en panteón ambulante de memorias queridas.

Una ceremonia fúnebre oficial, después del estremecedor y triste recibimiento de familia, tuvo lugar en el Convento de Capuchinas de Viena, donde se depositó el cadáver de Maximiliano. Una historia enseñaban aquellos restos, y la familia hizo gravar sobre el ataúd de aquellos despojos regios la siguiente inscripción:

FERDINANDUS. MAXIMILIANUS
ARCHIDUX. AUSTRIÆ
NATUS. IN. SCHOENBRUUN
QUI
IMPERATOR. MEXICANORUM. ANNO. M.DCCC.LXIV. ELECTUS
DIRA. ET. CRUENTA. NECE
QUERETARI. XIX. JUNNI. M.DCCC.LXVII
HEROICA
CUM
VIRTUTE. INTERUIT.

Nosotros quisiéramos también poner una inscripción que, á semejanza de un epitafio, reasumiera la vida de un período y de un orden de cosas que no tiene posible resurrección; pero esto sería pretender un imposible.

La mano del hombre más poderoso, el amor inmenso de los padres, la voluntad decidida, de los adictos, el entendimiento de más privilegiada fuerza, la historia inflexible en sus sentencias, son impotentes para reasumir en un epitafio toda una narración que abraza una época, que sólo puede juzgar hoy con imparcialidad el superior de todos los jueces. A ese juicio severo é impasible sólo se aproxima la inspiración tardía de los pueblos, que se erige, al desaparecer las pasiones, en criterio de la historia. Ella juzgará, y su sentencia, detallada en miles de páginas, no llegará tal vez á los oídos de los actores ni de la generación contemporánea; porque nuestra vida es corta, y el soplo de los años, poderoso para hundirnos en la nada de esta existencia, es un instante inapreciable en la vida de las naciones. Héroes ó mártires, vencedores ó vencidos, afortunados ó infortunados los actores del período á que consagramos estos renglones, tienen ya en sus manos el porvenir de la República: hay ya en el corazón mexicano un resorte de inmenso poder. Una ley de amnistía llama á todos á trabajar por el bien de la patria.

Esta página de nuestra historia debe ser también la llave del porvenir. Si aun ciegos y obcecados los partidos no abren su corazón y su conciencia á las inspiraciones santas del patriotismo y de la unión, México sucumbirá; porque la anarquía será el preludio de catástrofes que hoy nos amenazan como negra y aterradora sombra...... Pero no...... la adversidad no puede, inexorable, perseguirnos: el destino de nuestra patria perderá lo sombrío de algunas profecías, y la transformación de su sér se explica ya en el deseo general, inmenso, evidente de la paz. La Providencia lleva muchas veces á los pueblos á sus grandes fines por medios imperceptibles, y ha llegado para México el período de su resurrección. La experiencia de nuestros errores, el instinto de nuestros peligros, la advertencia de las lecciones pasadas, los episodios sentidos de las vicisitudes políticas, forman el hilo, hoy invisible de la unión, que dará al país la fuerza y el poder de su propia salvación. Sacudimientos ligeros, convulsiones pasajeras, pueden aún herir el sentimiento nacional; pero éste, superior á las disensiones de partido, se levantará poderoso contra toda tendencia revolucionaria que amenace la paz de la República. México había significado antes anarquía, desórden, rebelión constante; pero la sangre á torrentes derramada, la fortuna perdida á impulso de las revoluciones, la paz deseada y siempre perturbada, ha cambiado el carácter revolucionario y versátil del pasado que sucumbió para siempre, merced á los sacrificios de una generación que quiere para su patria orden, paz, progreso, independencia y libertad.

La regeneración de México ha comenzado, y esta regeneración se saluda como la vuelta de un joven lleno de esperanzas á la vida normal. Alimentemos todos esa preciosa existencia de la patria, con el inmenso amor del suelo en que nacimos, y unidos trabajemos por la paz, que es la más grande herencia que podemos legar á nuestros hijos.

Llamemos á nuestra mente la trágica historia nacional desde la Independencia; evoquemos recuerdos del sentimiento expresado por los hombres todos que han muerto por la patria, y como epílogo de esos solemnes y lúgubres momentos de la muerte, en que están presentes la patria, la familia, la conciencia, Dios y la eternidad, pudieran reasumirse esas palabras de agonía santificadas por la presencia del suplicio, en esta exclamación: «Patria, patria infortunada y querida: Si de los votos de estas víctimas dependiera tu felicidad, la unión de tus hijos te abriría el más brillante porvenir, y México sería grande y feliz con la unión de los mexicanos.»

Tales deben ser también los votos de los que sobrevivimos, y á su realización debemos encaminar nuestra conducta. Hoy tales propósitos aparecerán como un error: antes de mucho tiempo tendrán la evidencia de un axioma, y más tarde serán el poderoso elemento de nuestra vida nacional.

¡Ojalá y la generación que ha asistido al drama sangriento de las disensiones por la patria, sea también la que abra por la fraternidad y conciliación, una nueva vida en el suelo privilegiado de la República! ¡Dios permita que el nombre de México, que al pronunciarse evocaba recuerdos de sus dolores y lúgubres peripecias, sea saludado en el porvenir como el pueblo digno de la libertad, tan grande por sus virtudes, como ha sido sufrido en su infortunio!

México, Julio de 1871.

Rafael Martínez de la Torre.

APÉNDICE
AMPLIFICACIONES
POR
ANGEL POLA

EN PEREGRINACION,
DE POMOCA A TEPEJI DEL RIO

PATEO

Por la vía troncal del Ferrocarril Nacional Mexicano, que parte de la ciudad de México y en el kilómetro 205, llégase á la estación de Pateo, formada de un pequeño edificio de cal y canto, casi un cubo, con techumbre laminada en forma de caballete.

Un amplio y desnivelado camino arcilloso, de dos kilómetros une la estación con la hacienda del propio nombre, la cual destaca sobre una colina, entre los cerros de San Miguel el Alto y Paquizihuato, presentando, al primer golpe de vista, los altos muros blancos de su perímetro, coronados por los aleros de las casas, el campanario de la capilla y el follaje tupido de la arboleda.

Frente á la puerta principal aparece, tras pequeña verja, un jardincito limitado en uno de sus extremos por el departamento administrativo; en el otro, por un mirador y la sala, y en el fondo, por el ancho corredor que sirve de atrio al pabellón del edificio central.

En uno de los ángulos del corredor hay una piececita de cinco metros de latitud por seis de longitud, que tiene paso en su fondo y uno de sus costados á dos recámaras. La puerta de entrada presenta en una de sus hojas y á la altura de un metro, un orificio circular de dos centímetros de diámetro, cubierto por un cristal, y por el que don Melchor Ocampo vigilaba la carretera, á fin de evitar á tiempo el peligro que lo amenazase, desapareciendo súbitamente por un escotillón abierto á corta distancia de sus plantas y que comunica por un subterráneo escalinado en su principio y cuyo término se ignora. El escotillón, construído debajo del lecho, quedaba oculto por la alfombra.

El edificio, hermoso de puro sencillo en su estilo, de arquería de medio punto y esbeltos pilares en sus corredores del interior, ha venido siendo ceñido desapiadadamente por construcciones modernas, entre las que resaltan la capilla y los graneros. Inmediato á la primera hay un jardín extenso de simétricas avenidas y desvanecidos camellones, sombreado eternamente por multitud de altos cedros, fresnos, eucaliptus y árboles frutales de variadas especies, todos plantados por las propias solícitas manos del señor Ocampo.

Existen como testimonios vivientes de nuestra narración, los servidores José Dolores Gutiérrez, Benito Campos, Epigmenio Moreno y Tomasa X., empleados todavía en la hacienda. Refieren llenos de ternura, que el antiguo amo despertaba con el día, se entregaba invariable y pacientemente á las labores de campo, prefiriendo las de floricultura y plantación de árboles raros, alternando estos trabajos con empresas de mejoras, el estudio á que se dedicaba con afán y la inquebrantable vigilancia ejercida sobre la servidumbre, en cuyo bienestar estuvo siempre interesado, acudiendo cariñoso, ora con auxilios pecuniarios cerca de los pobres, ora con medicinas á la cabecera de los pacientes, haciéndose acompañar del doctor Patricio Balbuena, radicado en Maravatío, cuando el caso lo requería, y si era trivial, juzgaba suficiente su ciencia.

Campos, que raya en los setenta de edad, decíanos, al repreguntarle si había tratado mucho al señor Ocampo:

—Sí, señores: ¡pues si aquí comencé á ganar medio con él!

—¿Y es verdad que se portaba bien?

Y, en vez, de contestar él solo, á una voz nos respondieron los cuatro viejos y fieles sirvientes:

—Sí, como un santo; pero harto bueno, harto bueno.

Así es que, entrevistados sucesiva y juntamente, y practicados entre éllos algunos careos en los puntos discordantes de sus relatos, siempre convinieron en que aquel amo fué un hombre de bien á carta cabal, asíduo en el trabajo, estudioso infatigable, con especialidad en la Historia Natural, la que procuraba llevar á la práctica en sus teorías más modernas y elevadas, introduciendo en su jardín botánico plantas exóticas de flores y frutos primorosos, como los pudimos apreciar, al designarnos estos testigos, cedros, matas de cramelias, arrayanes de corte caprichoso que señalan los lindes del terreno y bordan los prados, presentando un conjunto boscoso, perfumado é interesante, lo mismo en las rotondas, cerca de las fuentes, como en los rincones más apartados y umbríos, entre los cenadores de atavíos primaverales.

Se distingue en este jardín la principal avenida, que arranca de un gran enverjado y confina en el fondo obscuro de la vegetación que viste la tapia que cierra el perímetro, señalada esa avenida por árboles añosos de cedro, de que penden lama y heno, testimonios de su vetustez. Las semillas de tales plantas fueron depositadas en la tierra por las mismas manos del señor Ocampo, que veló por su germinación y desarrollo.

POMOCA

(Hoy Hacienda Subterránea)

Pateo, de la propiedad de don Pedro Rosillo en 1743 y después de doña María Francisca Javier de Tapia, pasó á ser del señor Ocampo, su hijo, á la muerte de esta señora, hasta que, en la imposibilidad de proseguir conservando la hacienda, por razón de los muchos gravámenes contraídos en el ejercicio de la más pura caridad, calificada por él como derroche, vióse obligado á fraccionarla, reteniendo la parte designada Rincón de Tafolla, y enajenando la otra á don Claudio Ochoa, quien, posteriormente, la vendió á los señores Sotomayor y éstos á su vez á la viuda de don Angel Lerdo, que es la propietaria, en el presente.

Dueño el señor Ocampo de la fracción Rincón de Tafolla, fué á vivir bajo unas tiendas de campaña, que fijó en el punto donde dió principio con la erección de la hacienda, la cual él mismo bautizó con el nombre de Pomoca y que, como se sabe, es el anagrama de Ocampo.

Terminada, en parte, la obra material de la moderna Pomoca, estableció allí su residencia y puso en práctica sus tendencias, enriqueciendo el lugar con un parque de piñones, olivos, cedros y el arbusto rarísimo de la cruz, idéntico al que existe en el convento del mismo nombre, en la ciudad de Querétaro. Aprovechando una quebrada del terreno, hizo un estanque para baños y otro para la procreación de peces, en forma circular, y con un jardín de aclimatación en su centro. Introdujo el agua, trayéndola de muy lejos, en una bien construída cañería.

Se ve aún, como islote, un prado ricamente provisto de plantas de valor científico. Se entraba en esta estancia por una avenida de cedros del Líbano; y comunicando de la casa á un baño, tupidamente cubierto de plantas trepadoras, veíase una callecita estrecha y ondulada, bajo palio de enredaderas de fragancia indecible, que bajaban á trechos sus ramas cuajadas de hojas, hasta ocultar los asientos de mampostería.

Si á tal cuadro se añade la riqueza del arbolado, que abraza y esmalta el lugar, se comprenderá el interés que despierta en el ánimo del viajero el examen de las variadas especies de árboles frutales, de los frondosos olivos, los piñones y los sauces.

De la obra material no quedan sino desolación y ruinas, hechas por la mano del hombre, que parecen protestar contra el olvido, la incuria y la irrespetuosidad de la ignorancia. Sólo se contemplan, abriéndose paso entre breñales, los muros carcomidos y agrietados de diez piezas, rodeadas de una superficie cascajosa en los cuales crecen hierbas y arbustos, y se abrigan sabandijas.

El terreno es una ladera, cerca de San Miguel el Alto.

VENTA DE POMOCA

(Hoy Pomoca)

Allá abajo, en un erial, á poca distancia del punto de bifurcación del camino real de Toluca á Maravatío, está la venta llamada de Benito Tapia en época remota; después, de Pomoca, y ahora, Pomoca á secas: teatro del drama que terminó en tragedia en Tepeji del Río, y duró del 31 de Mayo al 3 de Junio de 1861: teatro de otra pasión como la del Redentor, que tuvo su via crucis y su calvario: esta es la primera estación.

Pomoca es una hostería de dos patios, grande el uno, con cuartos á sus costados y la parte posterior de su frente, y pequeño el otro, que es la caballeriza y el abrevadero. Fuera, el caserón tiene portal amplio y alto, y una llanurita hasta el camino real. En su lado izquierdo, pared por medio, edificó el Mártir su hogar, cuyo trazo es un paralelógramo estrecho y su fachada la continuación de la fachada de la hostería. Aquí hay dos ventanas bajas, sin barandales, pertenecientes á la sala, que hacen juego con otras tantas puertas, hacia el interior: una de las cuales abre paso al dormitorio del señor Ocampo, siendo una de sus paredes la divisoria de la hostería, y la otra puerta da al corredor, cuya forma es la de una escuadra de ramas muy desiguales, abarcando la menor la mitad de la longitud de la sala, pues que la otra mitad, como prolongada por adentro, forma el dormitorio, en donde, sobre la mesa de noche, nunca faltaron libros junto á la vela. Este tiene una ventana por el corredor y una puerta por un pasillo, que conduce á lo que era biblioteca y laboratorio del sabio. Del patio grande de la hostería recibía luz y ventilación. En el departamento, además de los libros, muchos buenos y raros, había un herbario tan rico y costoso como la misma biblioteca, una selecta colección de conchas, recogidas unas durante el destierro en Nueva Orleans y otras en Veracruz; animales disecados, ejemplares teratológicos, esponjas; planos y mapas, algunos obra de su pulso; esferas terrestres, celestes y armilares; hornillas, redomas, sopletes y balanzas de precisión; microscopios, botiquines y estuches de matemáticas. Ahora el hollín tapiza las paredes y el techo, y tapiada la ventana, la luz ha huído del recinto.

Al dormitorio siguen en línea recta el aposento de las señoritas Josefa, Lucila, Petra y Julia, sus hijas adoradas, y de doña Ana María Escobar, respetada y obedecida; luego, inmediato, el comedor; después, la cocina, que ocupa el otro lado pequeño del paralelógramo, con un costado libre, que es el paso del corralito denominado de «Las Gallinas,» en el que había un subterráneo para ocultar ropa, dinero, alhajas y hasta personas. Uno de los muros del corralito lo forma la espalda del comedor y la cocina, otro muro es el mismo del jardín; y tiene por éste, á flor de tierra, una puertecita secreta de escape.

El jardín era la delicia del señor Ocampo. Las cuatro paredes que lo cierran desaparecían bajo la cortina de verdura de unos membrillos enfilados, de duraznos, de perales, de capulines, de manzanos, de albaricoqueros, de higueras, de sauces. Había frutos de todos tamaños y sabores, y flores de todos colores y fragancias. Había hasta ochenta especies de claveles y muy variadas de alelíes, rosas y dalias; injertos admirables; árboles gigantescos que producían frutos diminutos y árboles enanos que daban frutos enormes. Aquel lugar parecía un paraíso: había de todos los frutos y las flores de la tierra, formando lindos bosquecillos y camellones de figuras caprichosas. ¡El sabio naturalista se burlaba con su genio de la uniformidad de la madre naturaleza! ¡Variaba los colores de las flores, cambiaba los sabores de los frutos, les daba forma, hacía los tamaños! Y el agua límpida, fresca y rumorosa, discurriendo en mil líneas y vueltas por el jardín, transfundía la vida á aquel mundo vegetal. A este sitio delicioso, en cuyo centro había un cenador perpetuamente sombreado por plantas trepadoras, ocurría de diario el Reformador, y con el pantalón remangado, en chaleco y cubierta la cabeza con una cachucha, tomaba el azadón ó la pala, el rastrillo ó el zapapico, y abría y esponjaba la tierra, ora para distribuir el agua en hilos delgados, ora para depositar la simiente de plantas medicinales valiosísimas, cuyo secreto curativo se llevó consigo.

En tal tarea le acompañaba un mocito de nombre José María Hernández, hoy anciano, quien, al invocar el recuerdo del amo, nos ha dicho con la voz anudada y los ojos arrasados de lágrimas:

—Era un buen caballero y un buen señor; pues, como ninguno, auxiliaba á los pobres.

En la fachada, cerca de los marcos de las ventanas de la sala, hay señales hondas de balazos. Cuentan que una gavilla hizo una descarga en esa dirección, para aprehender á un hombre que huía. En las hojas se conservan todavía unas claraboyitas, por donde el señor Ocampo espiaba el camino.

La sala, desnuda, guarda unos utensilios arrinconados, cubiertos por una sábana suspendida de pared á pared á lo ancho. Aquí, los sábados, bajaban de San Miguel el Alto los carboneritos, y luego que realizaban su mercancía en Maravatío y las haciendas comarcanas, entraban derecho, sin otro pase que el buenos días, así como iban: con ese descuido que mueve á risa y toca el corazón; y tomaban asiento cual si fuese aquella su casuca, y cogían un periódico de entre los muchos que había sobre la mesa del centro y muy serios se ponían á leer, como si estuvieran enterándose á pechos de la política. Y no: los pobrecillos deletreaban, repasaban la lección del otro sábado, dada con empeño paternal por el amo, que también leía ante ellos. Parécenos que estamos viéndole con aquel su semblante todo de bondad y amor, aquellos sus ojos hermosos de puro apacibles, aquellos sus labios que rebosaban energía y mansedumbre, su cabeza apolínea de cabellera suave y ondeada, sus maneras refinadamente nobles, su alta frente espaciosa, su voz clara y dulce. Terminada su clase de instrucción primaria, hablaba á sus discípulos humildes, como Jesús á su grupo de pescadores.

—No hagas á otro lo que no quieras que te hagan á tí. No juzgues y no serás juzgado. Dar es mejor que recibir. Perdona y serás perdonado. El que se humille será exaltado, el que se exalte será humillado. Ama á tus enemigos. Haz bien á los que te aborrezcan.

Y esto, predicado en aquella comarca desolada y lúgubre, especie de Galilea hace tiempo, lo repiten al pie de la letra los iniciados supervivientes en los misterios de aquella sinagoga, como enseñanza del Evangelio. ¡Cómo no había de ser el Evangelio, si Ocampo fué el doctor de la ley! ¡A sí llamaba siempre á los humildes! ¡A él acudían en las aflicciones de la carne y del espíritu para hallar alivio!

Esa mañana que visitamos á Pomoca, nos causó indignación y tristeza ver salir de unas trancas el ganado del dueño actual. Uno tras otro pasaban indiferentes y perezosos los animales, con la cabeza recta, tambaleándola, los ojos soñolientos, rumiando todavía. Un toro, negro como el azabache, hizo alto en el desfile y se puso á oler fuertemente un trecho de tierra, en seguida mugió y comenzó anheloso á llorar. Retiróse á carrera, como para participar del dolor á sus compañeros, volvió luego, y olía rastreando el belfo, rascaba tierra, azotaba la cola en su trasero y, abriendo tamaños ojos, mugía y lloraba inconsolable. Otros animales acudieron en tropel y apenas olían ese pedazo de tierra, también mugían y lloraban, y venían otros, y otros más, hasta formar un círculo apretado de dolientes que sollozaban.

El sitio que abandonaba el ganado era el jardín del señor Ocampo, el gran jardín, que siempre causó delicia á su hacedor. De él sólo quedan el trazo del cenador y los membrillos, un sauce y el árbol de la estricnina, que parecen arrastrar una vida de hastío desde la muerte de quien los velaba. Lo demás es tierra raza y estiércol apelmazado por las bestias.

UN SUCESO EXTRAÑO

En una hondonada, entre Pomoca y Pateo, corre el río de las Minas, que nace en Tlalpujahua, y atraviesa el camino real bajo un puente de cal y canto. De aquí á Pomoca el camino se hace pedregoso, pero orillado de fresnos frondosos. El puente es obra del señor Ocampo y sus manos plantaron los fresnos.

Aquí estuvo sentado en el borde del puente, pistola en mano, la noche del martes 28 de Mayo, en seguimiento de algo extraño, que trataba de alcanzar y ver y que se le perdía. Sucedió que, cenando en familia, á la hora del té, tocaron en la pared del lienzo correspondiente al corral de las gallinas. Doña Ana Guerrero, ama de llaves y encargada de la tienda, mandó á Marcelino Campos que viera qué acontecía. El sirviente entró en el corral, buscó y no vió nada. Apenas había vuelto al comedor é informaba de que nada era, oyéronse otros toques, tan fuertes como golpes.

—Parecen de barreta—hizo observar el señor Ocampo.

Entonces doña Ana, en compañía de Marcelino y otras personas, fué á registrar todo el corral y examinó la pared en la parte en que salían los golpes. Convencida de que nada había, volvió y dijo al señor Ocampo, que permanecía de sobremesa con sus hijas Petra y Julia, y don Eutimio López, administrador de la hacienda:

—Compadre, no es nada.

—Pero, ¿han buscado bien?

—Sí, compadre, por todas partes y no hay nada.

—¡Qué raro!—prorrumpió el señor Ocampo.

En esto, oyéronse otra vez los golpes, más intensos y repetidos, precisamente á sus espaldas. Luego, molesto, dijo que la familia, inclusa Lucila que estaba enferma y la cuidaba á su cabecera doña Clara Campos, esperara en el zaguán chico, que era la salida de la casa á la troje y la era, y el paso para el jardín y la hostería; pero á ésta, volteando la fachada. Y, levantándose, mandó bajar del zaguán el quinqué y pasó á registrar el corral, el jardín y otros lugares. De regreso, no habiendo hallado nada, buscó, con igual resultado, entre las tupidas enredaderas que tapizaban los pilares y las paredes. Cuando se presentó donde esperaba su familia, oyeron todos, como viniendo del puente á la hostería, ruido de cabalgaduras á galope, de armas que chocaban contra monturas y ecos confusos de voces. Se armó de pistola, dijo á doña Ana que, si era muy preciso, ocultase los objetos de valor y á sus hijas en el subterráneo del corral de las gallinas; que nadie le siguiera, y partió á cerciorarse de quiénes eran. Llegó al portal de la hostería y no encontró á nadie ni vió nada: el zaguán estaba cerrado. Se puso á escuchar si habían entrado: silencio sepulcral reinaba. Queriendo ver en el camino, allá, á cien metros, en medio de la obscuridad, para distinguir á álguien, y de nuevo oyó el ruido de las cabalgaduras, de las armas y el rumor de las voces; mas, ahora, como que se alejaban. Y resuelto, se dirigió en seguimiento de todo eso extraño, que le precedía, hasta el puente, en donde dejó de oir. Entonces descansó en el borde y, en tanto reflexionaba sobre el suceso, percibió que alguien iba detrás; habló y le contestó Campos:

—Yo soy, señor amo: me mandaron las niñas que le siga, para que nada le pase.

Transcurrida como una hora, á las diez, llegaba de una hacienda inmediata á Ixtlahuaca, don Juan Velásquez, con la noticia de que acababa de entrar en ella una tropa de reaccionarios. Hizo ver al señor Ocampo el peligro que corría, permaneciendo en Pomoca, y la necesidad de que partiese pronto á lugar seguro porque parecía que venían por este rumbo.

—Si yo no he hecho nada, ni he ofendido á nadie. ¿Por qué he de huir?—manifestó el señor Ocampo.

Esa noche no pegó los ojos, sino hasta muy tarde. Sus hijas y doña Ana, con el sobresalto, durmieron mal.

Miércoles 29.—El señor Ocampo iba á Maravatío en compañía de sus hijas Petra, Lucila y Julia á pasar el Corpus. La presencia del señor Juan Velázquez fué la causa de que ya no las acompañase, sino éste, que partía para la población. La salida fué á las seis de la mañana. Estaba él muy taciturno, rebujado en su capa, cubierta la cabeza con una cachucha, de pie en el portal de la hostería, donde las cabalgaduras ensilladas esperaban al grupo de viajeros. Sus hijas, al despedirse, le besaron amorosamente la mano.

—Está bien, mis señoras;—les dijo emocionado—allá nos veremos el sábado, para que nos vengamos juntos.

Al partir la caravana, quedó él como clavado, mirándola y mirándola, hasta que la perdió de vista. Cuando volvió las espaldas al camino y entró ya solo en la casa, se llevó el pañuelo á los ojos é inclinó la cabeza.

Jueves 30.—Llegó á la hostería una persona sospechosa vestida de negro, cuyo caballo tenía en una anca este hierro: R (Religión); acompañábale un guía, á quien encerró en un cuarto, sin dejarle salir, ni aun para el sustento, el cual él mismo le introducía. El mantillón de su montura era de paño azul, con angostas franjas rojas. Doña Ana y Esteban Campos le preguntaron por qué tenía ese hierro el caballo y ese mantillón la montura, y contestó:

—En el camino unos pronunciados me quitaron mi caballo, que era bueno, y me dieron éste, así como está.

Doña Ana, sospechando algo, rogó al señor Ocampo que se fuera, porque corría peligro; que probablemente era un espía el desconocido. Pareció ceder y mandó ensillar su caballo; pero la respuesta del desconocido, repetida por doña Ana, le hizo cambiar de resolución.

—Es posible que le hayan cambiado su cabalgadura—dijo el señor Ocampo.

Y en seguida, después de un momento de silencio, agregó:

—Ya no me voy. Que desensillen mi caballo.

Viernes 31.—A las cinco de la mañana el desconocido salió aparentemente para continuar su viaje. Le siguió Esteban Campos en observación del camino que tomaba. Fué el mismo que trajo la víspera: el del puente; noticia que comunicó al señor Ocampo.

Desde aquel instante, parece que un grave presentimiento cayó sobre su ánimo: de comunicativo se tornó profundamente reservado; de sereno, en inquieto; de laborioso, en inerte; de triste, en enfermo.

Al sentarse á la mesa y tener á la vista una taza de caldo, exclamó, dirigiéndose á doña Ana:

—Comadre, me voy á tomar este caldo como una taza de agua de tabaco. ¡Extraño mucho á mis hijas!

—¿Por qué no se fué usted con éllas, compadre? ¿por qué cambió de parecer?—le preguntó doña Ana.

—El sábado voy por éllas—respondió, como si tratara de esquivar la contestación categórica.

Había probado el caldo, cuando se presentó Gregorio García, hospedero, á noticiarle que un grupo de jinetes, á galope, venía por el puente.

El señor Ocampo se levantó de su asiento y se dirigió á la sala para espiar por la claraboya de una de las ventanas: al aproximar el ojo, no vió más que á los últimos.

Entre tanto doña Ana, después de haber rogado apresuradamente al señor Ocampo que se ocultara, salió al encuentro de los desconocidos, atravesó el pasillo y, á su salida al patio de la hostería, tropezó con un hombre de elevada estatura, complexión delgada, de tez blanca, cabello un poco rubio, tirando á cano, barba poblada, nariz recta y ojos claros, vistiendo de charro.

Sin dominar su impaciencia el desconocido, preguntó á doña Ana en dónde estaba el señor Ocampo; y como le contestase que no sabía, replicó, exaltándose:

—Cómo es posible que no sepa usted si está.

Y rehusando otra explicación, la condujo á fuerza al interior de la casa, sin dejar de inquirir en voz alta y con aspereza el paradero del señor Ocampo. Al pisar los umbrales de la sala el desconocido y doña Ana, escuchó don Melchor una frase dura, proferida por quien le buscaba, y se presentó tras de doña Ana, diciendo:

—¿Qué se le ofrecía? Estoy á sus órdenes.

El charro puso en sus manos un papel, y al terminar su lectura el señor Ocampo, dijo:

—Está bien; pero ¿tuviera usted la bondad de decirme con quién hablo?

—Con Lindoro Cajiga—contestó el portador.

Y haciendo uso de su serenidad habitual y su genial cortesía, dijo á Cajiga:

—Antes de ponernos en marcha para saber qué me quiere Márquez, tomaremos la sopa.

A esa invitación se negó rotundamente Cajiga; y como manifestase precisión de ponerse luego en camino, doña Ana, dirigiéndose á don Melchor, le preguntó:

—Compadre, ¿por qué no se cambia usted de ropa?

—No sé si me lo permitirá el señor—contestó Ocampo, señalando á Lindoro.

—Sí, puede cambiársela—manifestó éste.

El señor Ocampo entró en su recámara y, poniéndose un traje sencillo, se despojó del reloj y las mancuernas de oro, dejándolos en su lecho, y volvió á presencia de su aprehensor. Al ir á montar en el caballo que le había preparado su servidumbre, se encontró con que le había sido substituído, de orden de Cajiga, por otro de pésimas condiciones, que á lo pequeño y maltratado reunía una montura ridícula. Tan luego como Cajiga hubo desaparecido con su presa rumbo á Pateo, ordenó doña Ana á Gregorio García que corriese á Maravatío á dar aviso á las niñas de la captura de su padre. Ya en la casa de la finada doña Ana María Escobar, donde estaban hospedadas, al llamar Gregorio á la puerta salió Lucila á su encuentro y leyéndole en el semblante lo que acontecía, le interrogó sobresaltada:

—¿Qué sucede con mi padre, Gregorio?

—Pues nada, niña—contestó, pugnando por disimular la gravedad del suceso.

—Algo le pasa á mi padre, dímelo. Dime, ¿qué pasa?—insistió Lucila.

—Lo han tomado prisionero á la una del día—dijo con honda amargura Gregorio.

Como si tratara de substraerse al castigo de su crimen, Cajiga condujo á Ocampo á la hacienda de Pateo. Allí estaban de paso doña Teresa Balbuena de Urquiza y su hijo don Francisco, que se dirigían á Pomoca, para hacerle una visita. Viendo éste que su amigo carecía de abrigo, le ofreció unas chaparreras y, para sujetárselas al pantalón, unas correas. Aceptólas cariñosamente y, al ponérselas, Ocampo mostró sonriente su nueva prenda y prorrumpió, dirigiéndose al alma de sus perseguidores:

—Hijo, nadie creería que soy de Michoacán; pues ya ves que los padres, para dar el Viático, se ponen chaparreras.

PAQUIZIHUATO

En su marcha de fugitivos, se dirigieron á la hacienda de Paquizihuato, situada en la falda de un cerro, fertilizadas sus cercanías por el río Lerma, que á trechos corre caudaloso rompiendo sus aguas contra rocas y los sabinos seculares, que orlan sus márgenes, para esparcirse en seguida mansamente por la superficie arenosa y cubierta de guijas del antiguo valle de Uripitío de los Pescadores, hoy de Maravatío.

La troje, local saliente de la finca, y que está como entonces, sirvió de primera cárcel al señor Ocampo. Cerca de la puerta le tuvieron sentado entre centinelas de vista; mientras la soldadesca discurría por las casuchas, alardeando de su negra hazaña y entregándose al pillaje. Testigos de estas depredaciones son Leandro Hernández y Pascual Molina, supervivientes, que nos narraron este suceso, despertando su indignación el recuerdo.

MARAVATIO

Cerca de las cuatro, Cajiga dió orden de marcha hacia Maravatío. A vista de algunas haciendas de las muchas que parecen salpicar el valle, entró en la de Guaracha, para aprehender á Gregorio, que esquivaba su encuentro, de regreso á Pomoca. Incorporado en la fuerza, continuó ésta su ruta.

A la caída de la tarde arribó á la población, la cual, con motivo de ser viernes, día siguiente al Corpus, estaba en movimiento inusitado. Al percibir á la tropa, huía desbandada la gente, temerosa de sufrir atropellos, y cerraba sus casas.

Aprovechando estos momentos de pánico, Gregorio logró confundirse entre la multitud, yendo á ocultarse en la carbonera de la finca de don Antonio Balbuena.

Hizo alto Cajiga en el mesón de Santa Teresa, de la propiedad de don Atilano Moreno, ubicado en el ángulo de las calles de Iturbide y las Fuentes. Hállase este edificio horriblemente carcomido por la acción del tiempo; la entrada ha sido siempre por Iturbide; el patio estaba rodeado de cuartos de alquiler. En uno de los del fondo, pasó el señor Ocampo la primera noche de su via crucis. Hoy son ruinas y apenas señalan su perímetro las bases de sus muros.

En la esquina, arriba de la placa que nombra la calle de Iturbide, hay una lápida conmemorativa que reza:

En esta casa estuvo prisionero el ilustre C. Melchor Ocampo la noche del 1.º de Junio de 1861[3].

Al circular la noticia de la llegada del señor Ocampo, el personal más notable de la población se reunió en la casa de los Balbuena, á deliberar qué debía hacer para obtener la libertad de su benefactor, á quien debía no sólo su progreso material, sino su desenvolvimiento intelectual y moral. Tomado el acuerdo de que el licenciado don Jerónimo Elizondo escribiese al general Leonardo Márquez, quien le debía la vida, en solicitud de la libertad del Señor Ocampo, partió Teodosio Espino con la misión al siguiente día, sábado, 1.º de Junio.

Momentos antes de verificarse la junta, preocupados sus amigos, Dionisio y Francisco Urquiza, lograron hablar al prisionero y proponerle la fuga, horadando la pared de su celda, que lindaba con la casa de don Agustín Paulín. El les contestó:

—Yo no me fugo, porque no soy criminal.

No satisfechos los señores Urquiza de la negativa, acudieron á don Antonio Balbuena, que ejercía gran ascendiente sobre Ocampo, para que nuevamente le propusiera la evasión.

—Yo no propongo semejante cosa á Melchor;—les dijo—pues conociendo, como conozco, su carácter y honradez, es seguro que me desairará.

Como á las nueve de la mañana, Cajiga, después de formar á su soldadesca en el Portal de la Aurora, donde estuvo á la expectación pública el prisionero, se puso en camino hacia la hacienda de Tepetongo.

TEPETONGO

Como obedeciendo á extraño impulso, la fuerza de Cajiga fué á parar, tras larga fatiga, hasta la hacienda de Tepetongo, á las cinco de la tarde. Frente al extenso portal, hizo alto, y reconocido el prisionero por don Juan Cuevas, dueño de la finca, mandó decirle con el trojero Pascual Benavides, radicado actualmente en Toluca, qué se le ofrecía. El señor Ocampo contestó que nada, expresando su agradecimiento; pero, después de un momento de vacilación, pidió una taza de chocolate. Al recibir el aviso de que estaba servido, Benavides, en nombre del amo, suplicó á Lindoro que permitiese al señor Ocampo pasar al comedor. Habiendo sido la respuesta una negativa, se le llevó el chocolate y lo tomó sobre una gran caja de granos, que hizo veces de mesa.

Acto continuo el jefe ordenó la marcha rumbo á la Venta del Aire, la Jordana y Toshi.

TOSHI

Entrada la noche llegaron á Toshi. Ocampo habló en el despacho con don Antonio Rivero, administrador de la Hacienda, y en seguida le llevaron á la pieza de una vivienda, que ve al Poniente y guarda todavía las mismas condiciones. Allí tomó un vaso de leche, por todo alimento, manifestándose triste é intranquilo. Durmió mal y, muy de madrugada, el domingo 2 de Junio, se desayunó sin apetito. Vestía traje negro y corbata café, y llevaba sombrero hongo de color oscuro. En el patio montó el mismo caballo colorado, de frente blanca.

Refieren este acontecimiento don Tomás Marín y una anciana, desde entonces cocinera de la finca, sobre quien, parece, no pasan los años.

ESTANCIA DE HUAPANGO

(Hoy Huapango)

Atravesando á galope sostenido los llanos de Acambay, encumbraron á San Juanico y entraron en la cañada de Endeje, para caer á la Estancia de Huapango, después de orillar sus lagunas. Su paso por San Juanico despertó la curiosidad de Antonia Peralta y José Martínez, que había merodeado en las filas de Cajiga. Esas dos personas viven aún en el lugar.

Huapango remeda un castillo medioeval: corona una eminencia, la defienden altos y fuertes muros, resguarda su entrada una grande y pesada puerta y en el centro se levanta imponente el edificio. Este era el refugio de Leonardo Márquez y Félix Zuloaga.

A la hora en que los rayos del sol caían como hilos á plomo, el centinela del torreón dió el grito de alarma, al descubrir una polvareda que un grupo de jinetes levantaba tras sí, en su avance. Puestos en observación los jefes, reconocieron que no era fuerza enemiga la que se aproximaba.

La presentación de Lindoro Cajiga y su gente, muy conocidos en el lugar por ser un rincón del teatro de sus fechorías, despertó en la tropa la curiosidad de saber quién era el que traían entre filas. Luego resonó en los oídos de todos el nombre de Ocampo y se hizo el tema de las conversaciones: figura formidable en el partido liberal, se daba importancia desmedida á su captura.

Puesto en manos de Márquez y Zuloaga, corrieron las órdenes para que fuera rigurosa la custodia é inviolable la incomunicación.

VILLA DEL CARBÓN

Al atardecer de ese mismo día arribaron Márquez y Zuloaga al pueblo, por el camino real, en dirección de la Hacienda de Niginí. La tropa que custodiaba al preso ocupó el Mesón de los Fresnos, situado al Poniente de la vía y de la propiedad, en esa época, de don José Velázquez, y hoy, del señor Longinos Maldonado.

El edificio es del estilo arquitectónico rutinario de los poblachos: patio amplio, alojamientos destartalados, tejado de caballete y portal corrido. Tres corpulentos fresnos sombrean su frente.

El señor Ocampo durmió en la pieza lateral al zaguán, que tiene salida por él. La única modificación que se le ha hecho, es la abertura de otra puerta con vista á la calle.

La noche de la estancia del preso, el señor Doroteo Alcántara, vecino del pueblo, que conocía á Ocampo y de quien era muy estimado, le proporcionó los alimentos y la cama.

Así lo refieren don Agapito Tinoco, la señora Manuela Marín y Pedro Gutiérrez, sirviente del mesón, entonces.

Esta jornada, casi toda de cerranías, fue la más penosa, á pesar de su hermoso horizonte, á cada paso renovado.

TEPEJI DEL RIO

Como si obedeciese al propósito de extremar la crueldad con el señor Ocampo, la soldadesca que le condujo, complaciéndose en forzar la marcha, llegó bien pronto á Tepeji del Río. Era lunes, día 3. La entrada fué triunfal por la ostentación que hacía de su preciada víctima y la comedia que representaban, jugando Zuloaga el papel de presidente y Márquez el de general en jefe de la República.

Hospedadas las fuerzas en distintos mesones, Márquez dispuso que el de las Palomas, en la calle real, sirviera de capilla al señor Ocampo. Ocupó el cuarto número 8, hoy convertido en fábrica de jabón.

Casi contiguo al mesón, en la casa de doña Antonia Valladares, viuda de Sanabria, se alojaron Zuloaga, Márquez y su estado mayor. Esta casa tiene dos grandes ventanas bajas á la calle, correspondientes á la sala, donde de continuo estaban los jefes deliberando sobre asuntos importantes ó platicando regocijadamente.

A las diez de la mañana, al acercarse para curiosear don Ramón Alcántara, á la puerta de la pieza que ocupaba el preso y en la cual no había más que una silla de tule, una mesita y una tarima, suplicóle el señor Ocampo que le trajese un vaso de agua y tinta y papel. El prisionero se paseaba y veíasele triste y demacrado el semblante. Hizo su testamento.

A la sazón, era aprehendido León Ugalde, guerrillero liberal, al bajar de una diligencia, que conducía Pedro Saint Pierre. Apenas puesto en capilla para ser ejecutado, varias personas del pueblo se interesaron por su vida y acudieron violentamente á Zuloaga y Márquez en solicitud de indulto. Formado el cuadro y á punto de entrar en él, llegó el perdón y regresó á la cárcel.

Las mismas personas, entre las que se hallaban los señores Piedad Trejo, Agustín Vigueras, José Ancelino Hidalgo y, haciendo cabeza, el cura don Domingo M. Morales, después de salvar á Ugalde, pasaron en comisión cerca de Márquez y Zuloaga, para impetrar el indulto del señor Ocampo. La negativa fué categórica, y hasta con indignación dada por Márquez.

Al preguntar el cura Morales á Ocampo si se confesaba, contestó:

—Padre, estoy bien con Dios y Él está bien conmigo.

A las dos de la tarde, hora santa, vióse salir al señor Ocampo, jinete en un caballo mapano, entre filas, en camino á la última estación de su calvario, con la serenidad del justo.

Los curiosos advirtieron que jugaba suavemente el fuete en las crines, el cuello y la cabeza de su cabalgadura. A su paso frente á la casa de Márquez y Zuloaga, las ventanas estaban abiertas de par en par.

Recorrido el largo trayecto, del Mesón de las Palomas á Caltengo, hizo alto la tropa á solicitud del mártir, para agregar una cláusula á su testamento.

Bajo la inquisitiva mirada de sus guardianes, satisfizo su deseo en el portal, en una mesita de tapete verde, sentado en un taburete.

Estas prendas y el tintero, la marmajera y la pluma se conservan con veneración en el despacho y tienen la nota de pertenecientes á don Melchor Ocampo, en el inventario de la Hacienda.

No se oreaba aún la adición testamentaría, cuando emprendieron otra vez la marcha. A muy corta distancia, el comandante mandó hacer alto y dijo:

—Aquí.

Formó cuadro la tropa, y señaló á Ocampo su lugar. Firme é imperturbable lo ocupó, distribuyendo entre sus ejecutores algunas prendas. Al vendársele, habló:

—Puedo ver la muerte. Mi única recomendación es que no me tiren al rostro.

En seguida se oyó una descarga y entre el humo apareció el cuerpo, presa de las convulsiones de la agonía. El tiro de gracia consumó el crimen.

Presuroso el grupo de verdugos pasó por las axilas del cadáver las cuerdas que preparó de antemano, para suspenderlo del árbol de pirú, que se yergue sobre el montículo del ángulo de los dos caminos.

Tenía la cabeza tan caída que tocaba con la barba el pecho. Los cabellos, largos y suaves, cubrían la cara.

En este punto, la carretera es amplia y recta hasta el pueblo. Esa tarde había transeuntes como en día de plaza y muchos contemplaron aquel cuadro.

Márquez no cedió á ningún ruego para que se descendiera el cuerpo. Después de la salida de las tropas, lo verificaron algunas de las personas que habían preguntado si podía hacerse el descenso.

El cadáver fué transportado á la casa municipal, para el arreglo de su entierro. Apolonio Ríos, panadero, le lavó la cara y lo peinó. Presentaba en la cabeza una herida en la cima, otra en el carrillo derecho y otra en la comisura labial; en el pecho: una en la tetilla izquierda y otra en la región dorsal. Tenía quemado parte del semblante.

Estuvieron expuestos los restos hasta el anochecer, en que colocados en caja tosca de madera blanca, los trasladaron por orden de la autoridad á la Capilla del Tercer Orden. Unas cuantas personas caritativas del pueblo los velaron.

Al siguiente día los condujeron á Cuautitlán, donde los recibió una comisión del Ministerio de Guerra.

En el lugar de la ejecución, hay un monumento que tiene esta inscripción:

A la memoria del gran reformador don Melchor Ocampo, sacrificado el 3 de Junio de 1861. 6. 3. 93.

El brazo del pirú que sostuvo el cadáver, ha desaparecido por efecto de la sequedad; pero el árbol ha echado renuevos y lo cuida la Hacienda, de la que es dueño don Felipe Iturbe. En carta de don José Manuel Vértiz, apoderado general, al administrador don Mariano Gil, con fecha 11 de Noviembre de 1899, se lee esto: «Que no vayan á tirar el árbol de don Melchor.»[4]

Angel Pola.

Aurelio J. Venegas.

SANTOS DEGOLLADO
1810-1861