I

A fines del siglo XVIII desembarcó en el puerto de Veracruz un español que venía á la Nueva España en busca de mejor suerte que la que le deparaba la madre patria. Era probo, trabajador y de buena inteligencia.

Entonces Guanajuato tenía fama de ser una de las provincias en que se hacía fortuna en un abrir y cerrar de ojos.

¡La minería! ¿quién era pobre dedicándose al beneficio de metales? Y el extranjero partió á ese rumbo, con mucha esperanza y el firme propósito de que la voluntad no le abandonaría para trabajar.

A la vuelta de algunos años ya era propietario de la Hacienda de Robles, en la cañada de Marfil. La constancia y hombría de bien aumentaron su capital. Pasó á ser rico y todo el mundo le llamaba don Jesús Santos Degollado. Tuvo una compañera, la señora Ana María Garrido, que parecía hacerle feliz. Dos niños llegaron pronto á alegrar el hogar: Nemesio Santos, el mayorcito, y Rafael.

Más tarde, el rico español veía caer sus negocios, antes prósperos, y descendía á la pobreza. Andaba por las calles de Guanajuato, socorrido por sus amigos, cuando le sorprendió la muerte en la miseria.

El cura de Tacámbaro, don Mariano Garrido, del Orden de San Agustín, antiguo capellán de un batallón y hermano del conocido fray Mucio, de Morelia, protegió á la señora Ana María Garrido de Degollado. Allí estaba con Nemesio y Rafael.

Rafael, flemático, silencioso y retraído.

Nemesio, nervioso, irascible y raquítico. Gracias á la bella forma de su letra, el cura le tenía metido lo más del día en la vicaría, levantando actas de matrimonio y escribiendo fes de bautismo. Don Mariano les daba un trato muy duro á los dos niños. Exigente para con éllos, cualquiera acción era pretexto para descargar su ira. Casi á fuerza hizo que se casara Nemesio con la joven Ignacia Castañeda Espinosa[5]. No contaban veinte años de edad.

Don Santos solía decir á su hijo Mariano:

—Cuando me casé tenía yo dieciocho años.

La pareja vivió al lado del sacerdote, quien, á pesar del cambio de estado de Nemesio, no modificaba su tratamiento insufrible.

Un día, aburrido el joven de que no era posible hacer llevadera aquella vida, se echó al hombro su capita de barragán y con una peseta en el bolsillo se fugó del hogar, dejando en Tacámbaro á su madre, á su hermano y á su esposa. Y tomó el camino de Morelia.

Al otro día, al obscurecer, llegó á la ciudad sin conocer á nadie, ni tener razón de nada. En una fonda, frente á la cárcel, pidió medio real de cena; en seguida dijo á la dueña del establecimiento:

—Señora, ¿me puede usted hacer favor de darme un lugar para dormir? Acabo de llegar, no conozco á nadie, no sé nada: es primera vez que vengo aquí.

La extrema bondad se le salía á la cara.

La señora se lo concedió sin vacilar.

Al otro día, destinó una pequeñísima parte del resto de su capital para comprar papel. Escribió, lo mejor que pudo, un pliego y se presentó en la notaría de don Manuel Baldovinos, situada en el portal de San José.

—Señor, esta es mi letra, ¿puede usted darme trabajo?

El notario vió de pies á cabeza al joven y luego paseó su mirada por el pliego, lleno de bonita, preciosa y clara letra.

—¿Esta es la letra de usted?

—Sí, señor, es mi letra—respondió humildemente Nemesio.

—Puede usted venir desde hoy mismo.

Y el fugitivo, muy pobre, sin más ropa que la que llevaba en el cuerpo, cubriéndose en la noche para dormir con la capita de barragán, comidas las mangas de la levita por el mucho apego á la mesa de la vicaría de Tacámbaro, y raídos los pantalones por el roce en la marcha, empezó á trabajar de escribiente en la notaría las mañanas, con el sueldo de cincuenta centavos diarios. Al poco tiempo, el doctor José María Medina, juez hacedor de diezmos y visitador del diezmatorio, que hacía préstamos de dinero bajo hipoteca, se presentó en la Notaría.

—¿Qué es de mi escritura, Baldovinos?

—Aquí está ya, curita.

El doctor apenas la vió, dijo al notario:

—¿Quién ha escrito esto?

—Ahora lo verá usted, curita.

El señor Baldovinos condujo al cura al interior del despacho y al estar frente al escritorio de Nemesio, le indicó:

—Aquí le tiene usted.

—Cédame á esto joven, Baldovinos.

Convencido el notario de que el doctor le impartiría protección decidida, dejó que cargara con él para su casa.

Tendría treinta pesos al mes, habitación y alimentos. La nueva casa estaba cerca del Seminario. Fué su trabajo el ser escribiente y profesor del niño Nicolás Medina, con el cuidado especial de perfeccionarle en la forma de su letra. Siempre le llamó «Nicolacito,» «mi querido muchachito;» porque era bueno, cariñoso y honrado como él.

El sacerdote, satisfecho de la vida del joven, á los dos años le dió un empleo de escribiente en la sección de glosa de la Haceduría de las rentas decimales con la retribución anual de cuatrocientos pesos.

Allí se hizo idolatrar de los canónigos.

Entraba á las ocho de la mañana á la oficina y salía á las doce y media, y en vez de irse á paseo, se dedicaba al estudio: aprendía latín, griego, hebreo, francés, matemáticas, física, teología y se enseñoreaba de todo por su aptitud universal.

El general Medina, que es un retrato fiel de las virtudes de Nemesio, me decía á propósito de su genio:

—A mí me hizo creer en la ciencia infusa.

Era contador de la Haceduría don Luis Gutiérrez Correa, furibundo liberal, á quien el clero quería por su intachable manejo y tener en la punta de los dedos los números[6].

Distinguía al escribiente y procuraba que subiera escalón por escalón, para cederle su distinguido puesto.

Nemesio llegó á ser contador y mandó traer á su esposa. Por las tardes, que le quedaban libres, proseguía dedicándose con ahinco á todo: hacía gimnasia para desarrollar su cuerpo; estableció un taller de carpintería en su casa y fabricaba bateas y gavetas; aprendió á tocar la flauta y la guitarra.

En el Colegio de San Nicolás dió un gran concierto, para ministrar recursos al organista de la catedral, un tal Elízaga, que se encontraba cesante y pobre.

Nemesio y Pedro Vergara ejecutaron á maravilla en la guitarra unas variaciones difíciles de Vivián.

Una vez, para que se vea de bulto su carácter, fué con Nicolás Medina, su íntimo é inolvidable amigo, á las fiestas de Tarímbaro.

Había corrida de toros.

Salió uno bravísimo, feroz, temible, que echó al suelo en un dos por tres al hombre que lo montaba.

—A mí no me tira—dijo Nemesio.

Y dicho y hecho: bajó al redondel así como estaba elegante: camisa bien aplanchada, traje de color negro y sombrero alto. Montó á la fiera, teniéndose firme con la presión que ejercía con los miembros inferiores. El público parecía haberse vuelto loco al mirar al caballero bien montado y al animal hecho una furia, corcoveando, bramando, ya libre del lazo, sin poder echar al suelo al jinete que se sostenía, sin pretal: aplaudía, y gritaba desaforadamente. El joven alcanzó una ovación inusitada.

Era tal la fuerza de Nemesio, que domaba un caballo con la presión de los muslos.

Morelia tenía noticias de su talento y erudición. Una vez le invitó el Seminario para que fuese á replicar en los exámenes de fin de año. El Gobierno del Estado no tardó en convencerse de la sabiduría del joven.

A él se debe la organización del Colegio de San Nicolás.

Los señores Luis Gutiérrez Correa, como jefe del partido liberal, Juan González Urueña, Juan Bautista y Gregorio Ceballos y Melchor Ocampo celebraban juntas secretas para discutir los medios mejores de derrocar al gobierno retrógrado. A éllas asistía Nemesio.

El general Ugarte le redujo á prisión por andarse mezclando en la cosa pública.

Un día, indignado el gobierno santanista, le puso en el cuartel, en compañía de un bandido muy valiente: Eustaquio Arias, que le adoraba.

Hubo vez en que estando preso el bandido, engrillado, á la vista de la guardia, hizo que se pronunciara el Cuerpo Activo de Morelia; echó abajo las rejas de la prisión, salió á la calle todavía con los grilletes puestos, que se los desclavaron los mismos soldados en el instante en que el general Ugarte intentaba, reducir al orden á la tropa sublevada.

Dió por muerto á Ugarte y con precipitación pasó sobre él, tomando el camino de Cuitzeo de la Laguna, para ir á defender las ideas liberales en Puruándiro.

Nemesio, en el torbellino de adversidades, no había olvidado el lugarcito aquel para dormir, que, á su llegada de Tacámbaro, le había dado de tan buena voluntad en su fonda la señora Josefa Saavedra, ó como la llamaba todo el mundo, doña Pepa la Moreliana, á quien regaló seis mil pesos, años más tarde[7].

Estrechado por las persecuciones de los santanistas, que no le daban punto de reposo, se alejó de la ciudad y de su familia, y estuvo distante de la que le dió el sér, de la señora Ana María Garrido, ó mejor dicho, Ana María Arcaute, su primitivo y verdadero apellido, que era de Roma.

El padre Garrido trajo á México, á la señora Arcaute, para que se curara de una peligrosa enfermedad. En junta de médicos fué desahuciada, y falleció después de haber recibido los auxilios espirituales de propias manos de tres obispos.