II
Un día amaneció Morelia entera preguntándose por don Nemesio Santos Degollado, por su querido gobernante en 1848 y 1857, que apenas tuvo tiempo para hacer bien y que había sido diputado á la asamblea departamental en 45, consejero de gobierno en 46 y diputado por elección unánime al Congreso General, en 55.
Unos decían que había sido desterrado por Santa-Anna á la Villa de Armadillo, San Luis Potosí. Otros, que se encontraba en México en la casa de don Valentín Gómez Farías, 2.ª calle del Indio Triste, número 7, esquina á la de Montealegre. Otros, que se había lanzado á la revolución, á defender el plan de Ayutla.
Pero levantó cabeza y se le vió de cuerpo entero en Tunguitiro, hacienda de don Epitacio Huerta, en Michoacán, lugar de cita de los liberales, donde se encontraban los coroneles Luis Ghilardi, Manuel García Pueblita y Epitacio Huerta, el comandante de batallón Régules y el comandante de escuadrón Refugio I. González.
De día estaban con el arma al brazo, ordenando tomas de plazas ocupadas por los santanistas y haciendo más posible el triunfo del plan de Ayutla.
De noche, teniendo en mucha cuenta la mala fe de las fuerzas de Pátzcuaro, se iban á dormir al cerro de Cirate, inaccesible por lo escarpado y perdedizo por lo nemoroso.
Haciendo expediciones de acá para allá, tomaron á Uruápam; por asalto, á Puruándiro; los santanistas de la Piedad se rindieron.
De vuelta encontraron que Tinguitiro era presa del fuego. El enemigo estaba al frente en expectativa. Los soldados de los dos bandos, bien formados, sin avanzar un punto, se avistaron; pero no se hicieron nada.
Una noche pasaron bajo las ruinas.
La plaza de Puruándiro fué tomada por cincuenta hombres, á la cabeza del comandante Calderón, sin que lo supieran los jefes del sitio. Vieron venirse abajo una trinchera y pretendieron ganar tiempo para dar el asalto; pero un soldado del general Juan Nepomuceno Rocha dijo:
—Señor, si ya están adentro.
—¿Quiénes?
En Penjamillo se recibió carta de que se habían pronunciado en Zamora los señores Trejo y Miguel Negrete, acabados de ascender á tenientes, y que pedían pronto auxilio.
Degollado ordenó que el comandante Refugio I. González fuera con cuatrocientos caballos. Allí se encontró con que ya eran coroneles los tenientes de ayer.
Vagando con muy buenas intenciones, don Santos Degollado vino á parar en Cocula. El enemigo le dió una sorpresa. Durante el tiroteo se acuerda de que no se había despedido de la familia que le dió hospedaje; entonces le dijo al general Huerta:
—Procure usted detener al enemigo, mientras regreso. Voy á despedirme de la familia y á darle las gracias.
—Señor, nos ataca con ímpetu.
—Sostenga usted el fuego. ¡Cómo va á ser que nos vayamos así, sin decirle adiós!
—Ya lo tenemos encima.
—Voy á despedirme. No vaya á decir que soy ingrato.
Cuando estuvo de regreso, el general Huerta había perdido un brazo.
Defendió el plan de Ayutla con una convicción apostólica, y llegó á ser gobernador de Jalisco en 1855.
Era su sueño dorado hacer la felicidad de su país y prácticas las leyes y la justicia, tales como debían ser en una forma de gobierno representativo popular. Decretó la abolición de las alcabalas.
Hizo efectiva la libertad de conciencia. Un grupo de jóvenes, entre ellos Miguel Cruz Aedo, Urbano Gómez, Jesús González, Miguel Contreras Medellín y José María Vigil predicaban en la plaza de Escobedo las ideas liberales. La Revolución, que tenía por lema: «Ser ó no ser: he aquí la cuestión», era el órgano del partido puro. No les importaba gritar á la luz del día: ¡Muera el Papa! ¡Muera el Clero! Un 16 de Septiembre tanto fué lo que se dijo en la tribuna, presidiendo la celebración de la fiesta nacional el señor Degollado, que el obispo don Pedro Espinosa puso el grito en el cielo. Lanzó una carta pastoral furibunda el reverendo y La Revolución la burló. Hubo cambio de manifiestos entre los dos, Espinosa y Degollado, en que el uno pedía coacción del pensar y el otro la negaba dignamente en nombre de la ley. Por esto le llamaban purete al señor Degollado.
Y sin embargo de esta tirantez de relaciones entre el Gobernador y el Obispo, cuando unos jóvenes, sin permiso de la autoridad política, ni de la eclesiástica, repicaron en la Iglesia Catedral de Guadalajara, por la reapertura del Instituto, don Santos reprendió á los jóvenes y mandó una satisfacción al señor Espinosa, «manifestándole la ninguna culpa que tenía en el acontecimiento.»
Su administración no tuvo más defecto que ser demasiado liberal, hasta para los conservadores. Se llegó á decir, á consecuencia de todo esto, que don Santos favorecía al partido contrario y lo inclinaba á la desobediencia del gobierno federal. Por esos días, en Diciembre, se pronunció un grupito de descontentos en Tepic. Reducidos al orden, fueron desterrados Eustaquio Barron, cónsul de Inglaterra, y Guillermo Forbes, cónsul de los Estados Unidos. Protestaron de la enérgica medida, fundada en el contrabando que hacían; pero ningún efecto surtió la protesta, porque el consejo aprobó, conforme al derecho de gentes y leyes del país, la resolución oficial.
El 10 de Febrero de 1856 expidió un decreto, según el cual no reconocería autoridad originada de movimientos reaccionarios y ofrecía el territorio para trasladar los supremos poderes; invitaba á los Estados para una coalición bajo bases de «unión, libertad, integridad del territorio nacional, inviolabilidad del principio democrático popular, independencia entre sí para el gobierno interior y cambio recíproco de auxilios y recursos.» A pesar de tanto bien que hacía, dejó el puesto y vino á México para ocupar su lugar en el Congreso Constituyente. Había como cuarenta jóvenes diputados que querían hacer entrar las más avanzadas ideas liberales en la Constitución. Con ellos votó siempre Degollado.
Llegó vez en que de un voto pendía la existencia de la Constitución de 57. Muchos deseaban la del año 24 con algunas reformas. Después de tres días de sesión permanente, vencieron los puros y sin gozar de un solo centavo de dietas. Sin embargo, en ese mismo año de 57, llegó á tener algunos miles de pesos el señor Degollado. Un billetero de la Lotería de San Carlos se acercó, en la calle, á los señores Benito y Fermín Gómez Farías, rogándoles con insistencia que le compraran un número.
—Mira, ese no sirve. Tráenos un trece mil cualquiera—dijo don Benito al billetero.
Echó á correr y trajo un trece mil. Costó el entero diez pesos, que pagó don Benito. Luego que llegaron á la casa, una casita de la calle de Victoria del señor Cumplido, donde habitaban, Fermín tomó la pluma y escribió en el billete: «Billete de Benito Gómez Farías, Fermín Gómez Farías, Nemesio Santos Degollado y Joaquín Degollado.»
El billete fué colocado y olvidado tras un espejo de la sala. Un día, á la hora de comer, se presenta el billetero muy alegre.
—¡Vengo á decirles que se sacaron la lotería!
—¿Qué lotería?—preguntó Fermín.
—Pues ¿qué lotería ha de ser? ¡La de San Carlos!
—¡Ah, sí, á este señor le compramos el billete que guardamos detrás del espejo!—exclamó don Benito.
El premio fué de sesenta mil pesos, que se repartieron fraternalmente entre los cuatro, pagando hasta entonces cada uno á don Benito los dos pesos cincuenta centavos que les correspondía.
Cuando el golpe de Estado, don Santos Degollado no amaneció en su casa del callejón de la Olla. Partió á Michoacán para hacer que el poder ejecutivo del Estado reconociera al gobierno constitucional. Luego se dirigió al Sur de Jalisco, en Marzo de 1858, después de haber estado en un hilo la vida de Juárez, y la de los personajes que le acompañaban, en Guadalajara, por el pronunciamiento del 13, del mismo mes, acaudillado por Antonio Landa, quien recibió cinco mil pesos.
La última disposición de Juárez, cerca de Colima, antes de embarcarse, fué que don Santos Degollado sería Ministro de Guerra y que tenía el mando del Ejército y facultades omnímodas en los Estados del Norte y Occidente.
La tropa se componía de setenta y cinco infantes y veinticinco dragones. Se pudieron conseguir mil quinientos fusiles, y volvió don Santos Degollado a Guadalajara; pero en Junio, ya que había sitiado la ciudad, supo que Miramón se acercaba con tres mil hombres y catorce piezas de artillería, y cambió de propósito, regresando á sus posiciones del Sur. En Atenquique, el 2 de Julio, pudo verse que las fuerzas constitucionalistas de su mando estaban con alientos para obtener victoria, pues sostuvieron con el enemigo un combate del que pudieron salir completamente triunfantes.
Ese mismo mes se encontraba nuevamente don Santos Degollado en Colima, pertrechándose con esa fe y constancia que le caracterizaban para volver á la carga. Allí pareció descansar la tropa.
De los jóvenes jefes, ni uno solo perdió la alegría de la juventud. Cierta mañana se presentó á la casa de don Santos Degollado una celestina. En una mesa escribía el general Nicolás Medina y cerca de otra estaba de pié don Santos Degollado.
—Su excelentísima—habló la mujer al señor Medina.
—No soy yo—le dijo, haciéndole una indicación con el pulgar derecho encorvado.
Entonces, dirigiéndose á quien debía dirigirse:
—Su excelentísima, vengo á darle una queja.
—Diga usted, señora.
—Los jefes Rodríguez, Avila, Saviñón, Rosas Landa, Miravete, Salgado y Joaquín Moreno han ido á molestar á mis niñas, que no son gente de mal vivir, y me rompieron un espejo y un pabellón. Yo no puedo perder eso, excelentísimo señor. Mis muchachas entienden con buenas palabras, pero no así como éllos quieren.
A don Santos se le subió la sangre al rostro.
—¿Cuánto importa lo que le rompieron á usted, señora?
—Nueve pesos, su excelentísima.
Don Santos se dirigió á su recámara y de una bolsita de manta sacó la suma.
—Aquí tiene usted, señora: pero no haga usted escándalo. Perdónelos usted: son jóvenes. No lo volverán á hacer, se lo prometo. Yo los reprimiré. Vaya usted sin cuidado. No lo volverán á hacer. Perdónelos usted, se lo suplico.
La celestina recibió la cantidad y se fué muy satisfecha.
—¿Qué dice usted, Nicolacito? Esta es cosa de los mochos que me quieren desacreditar. De otro lo podía creer, ¡pero de Moreno que es casado!
Pero no todo fué contratiempos: el día 21 de Septiembre hizo que en Cuevitas pusieran pies en polvorosa las tropas de Casanova.
El 28 de Octubre capituló Guadalajara, mediante un tratado digno para los liberales. Se les garantizaba la vida á los jefes del enemigo.
Degollado y don Benito Gómez Farías, considerando la exaltación del pueblo, quisieron que el general José María Blancarte permaneciera en el palacio de gobierno.
—Quédese usted ahí, en esa pieza—dijo don Santos Degollado á Blancarte, ofreciéndole amablemente una pieza que seguía á la en que platicaban.
—Corre usted mucho riesgo—le manifestó Gómez Farías.
—Señores, mejor me lo llevo para mi casa—hizo observar el señor Antonio Alvarez del Castillo.
Y Blancarte se acogió á Castillo.
El coronel Antonio Rojas se presentó una mañana en la casa en que se hallaba Blancarte; hizo que sus soldados dispararan sus armas sobre él, y no satisfecho con haberlo matado, hubo uno que le machacó la cabeza á culatazos. El hecho llegó á oídos de don Santos Degollado. Primero no quiso creerlo; pero después que supo la realidad, le abandonó la calma, esa calma suya que hacía que no tuviese arrugas en la frente.
Quiso poner su renuncia de Ministro de Guerra y Marina y general en jefe del ejército federal. Los amigos le rodearon para convencerle de la inconveniencia del paso.
—No puedo permanecer en mi puesto, porque los tratados son inviolables y la vida del hombre es sagrada. No puedo dejar sin castigo este crimen. ¡Qué dirán de nosotros cuando se sepa! Infame, villano..........
Hubo gran junta en la que discutieron mucho Vallarta y Ogazón, para que don Santos cambiara de parecer. Medio se calmó luego que Rojas fué puesto fuera de la ley:
El culpable, que respetaba y quería al señor Degollado, se puso á salvo; sin embargo, así y todo solía preguntar por su buen jefe.
—¿Qué tal va el amo?—le preguntó una vez, en retaguardia, al general Nicolás Medina.
—No se le acerque porque le manda fusilar.
—¡Si he matado la víbora que le había de picar!
—No le enseñe la cara porque le ha puesto fuera de la ley.
—¡Ah, qué don Santitos! ¿Conque estoy fuera de la ley? ¡Si yo nunca he estado adentro!
En San Joaquín, el 26 de Diciembre de 1858, después de hora y media de combate, Miramón derrotó á Degollado.
No se arredró ante la mala suerte; prosiguió resignado en la defensa de las ideas constitucionalistas, sufriendo derrotas y obteniendo una que otra victoria.
El 10 y el 11 de Abril de 1859 fué derrotado por Márquez en Tacubaya. Allí olvidó en el campo una casaca y una banda que fueron puestas á la vista de la plebe en la Plaza de la Constitución, de esta Capital, para que las cubriera de lodo.
En el parte oficial, dirigido de Chapultepec, al general Antonio Corona, Márquez decía: «Las valientes tropas que me enorgullezco de mandar han obtenido esta victoria, disputando el terreno palmo á palmo, y en la lucha no sólo derrotaron al enemigo, sino que le tomaron por la fuerza toda su artillería, parque, carros, armamento y demás pertrechos de guerra, contándose entre su pérdida la casaca y la banda de general de división que tiene la desvergüenza de usar el infame Degollado, sin haber servido á la nobel carrera de las armas.»[8]
Don Santos Degollado fué á parar en Michoacán, para reorganizar fuerzas y seguir batiéndose por la causa constitucional. Ante jefes y soldados aparecía inmaculado; á pesar de esto, Vidaurri tuvo la ocurrencia de ponerle fuera de la ley, el 19 de Septiembre, por pugna con Zuazúa y los gobernadores de Aguascalientes y Zacatecas, la cual limitaba las ambiciones del gobernador de Nuevo León.
Nada le hacía dar un paso atrás, nada le desalentaba, nada hizo desviar en un ápice su constancia. Derrotadas sus tropas en la Estancia de las Vacas, el 13 de Noviembre de 59, volvió á la carga más constante á San Luis, en seguida á Lagos, después al Bajío.
El 12 de Noviembre, víspera de la batalla en la Estancia de las Vacas, tuvo una conferencia con Miramón bajo un mezquite, entre la Calera y la hacienda del Rayo.
No pudieron llegar á ningún acuerdo.
Al despedirse, Miramón dijo á Degollado:
—Mañana le derroto á usted como tres y dos son cinco.
A lo que respondió don Santos:
—Mi deber no es vencer, sino combatir por principios que al fin tienen que triunfar porque son los de una revolución grandiosa que en el orden moral está verificándose en todo el país.
Y era la verdad: don Santos Degollado no tuvo otra mira en la revolución.
Siempre pobre, estaban primero sus soldados que él. Cuando había, los jefes sin distinción recibían un peso por cabeza; pero don Santos Degollado rara vez recibía sueldo. Lo poco que tenía, lo iba gastando con una economía proverbial.
Una botella de vino en la mesa, á la hora de comer, le inquietaba hasta la nimiedad.
Le decía al proveedor:
—No ponga usted vino en la mesa. Dirán que si para esto queremos los préstamos. Basta una comida sencilla sin estos lujos. Es preciso cuidar de los recursos del soldado y no verse obligado á gravar con mas contribuciones á los pueblos, que son los que pagan todo esto.
No quería ni que los jefes, en las ciudades ocupadas, fueran al teatro para que no dieran que hablar. Cuando llegaba su tropa á algún pueblo, prefería hospedarse en la casa consistorial que en una de familia, para evitar molestias. Muchas ocasiones sucedía que tras de larga jornada, en que el cansancio y el hambre estaban por matar á la tropa, al Estado Mayor y á él, se negaba caballerosamente á aceptar las ofertas que familias enteras le hacían al llegar á un punto.
—Excelentísimo señor, pase usted á la mesa con su Estado Mayor.
Gracias, mil gracias. No se molesten ustedes, señoras. Si ya comimos.
El general Ghilardi, que á las espaldas del jefe escuchaba la oferta y el rehusamiento, débil de cansancio, hambre y sed, como en realidad se encontraban todos, perdía su paciencia y cachaza de italiano, y respondía.
—Sí, señoras, moléstense ustedes: tenemos mucha hambre.
Y luego, volviéndose á sus compañeros, decía;
—Este don Santos no come, no bebe, no pasea, no nada.
La necesidad de sus fuerzas le obligó á dar su consentimiento para ocupar la conducta de Laguna Seca, de 1.100,000 pesos, y aun quiso que toda la responsabilidad cayera sobre él, en Septiembre de 1860.
Con este motivo decía en su manifiesto á la nación:
«Había reservado para mí y para los mios hasta la severidad mezquina, un nombre puro que legar á mi familia: pero un día la necesidad en nombre de mi causa llamó á mis puertas para pedirme ese nombre y entregarlo á la maledicencia, y yo consentí en entregarme como reo y sufrir ese suplicio peor que el martirio, porque en el martirio consuela la mano generosa de la gloria.»
Sólamente se le lanzó el anatema de todos los jefes, de Zaragoza, Huerta, Doblado, Valle, Ogazón y Aramberri, el 29 de Septiembre, al querer celebrar un proyecto de pacificación del país con el ministro inglés Mathew[9].
Juárez le destituyó del mando del Ejército.
Todo su pecado fué ese conato de proyecto, cuya alma era el evitar más derramamiento de sangre, en bien de la patria, y no en el suyo, como lo saben quienes le sobreviven y entre quienes hay muchos que le vieron humilde y pobre, como la pobreza y la humildad mismas.
Más de una vez el general Miguel Blanco le llegó á decir:
—¡Cómo, señor! ¿Usted mismo arreglando su ropa?
Y no era don Santos Degollado á secas: era el Ministro de Guerra y Marina y el general en jefe del ejército federal.