II
Iniciando en el Congreso la supresión de los tratamientos oficiales, supo la muerte de Santos Degollado, y ciego de ira, dejó escapar una palabra dura contra aquél, que originó con el general Nicolás Medina, serio altercado, que debía terminar en duelo.
—Estas charreteras me las he puesto á cañonazos—dijo exaltado Valle palmeándose los hombros.
Y quiso ser el de la revancha.
Una mañana, ¿quién de aquella época preñada de odios, no la recuerda? Leandro Valle, montando en San Pedro (un brioso caballo alazán tostado), vestido de gris, luciendo la militar botonadura dorada, fieltro negro, botas federicas, el pelo al rape, barbirraro en la punta de la barba, radiante de gloria y muy joven aún, salía de la casa número 4 del Tercer Orden de San Agustín, para marchar á la cabeza de las fuerzas que el Gobierno creía suficientes para exterminar las reaccionarias de Márquez y Zuloaga, que, después de asesinar á Ocampo en Caltengo, invadían ahora el Estado de México. A la vez, el coronel Tomás O’Horán venía de Toluca para operar de acuerdo sobre el enemigo, en el Monte de las Cruces. El general José María Arteaga iba por otro lado, al mismo punto.
Turbado por tristes presentimientos, Valle se había despedido de la que pronto sería su esposa, la señora Luisa Jáuregui de Cipriani, prometiéndole la victoria. De paso en la calle real de Tacubaya, dió también el adiós á doña Ignacia.
—Tal vez no nos veamos más. ¡Quién sabe si me ahorquen, madre mía!—exclamó, echándole los brazos, mientras ella, creyente fervorosa, le colgaba al cuello un relicario de la Virgen de los Remedios.
—No, no quiero; dirán que una cosa creo y otra predico.
—Mira, Leandro, hazlo por mí.
La noche del 22, Márquez y Zuloaga tuvieron noticia en Acapulco, de que O’Horán, de Toluca, y Valle, de México, salían á combatirles, y dispusieron marchar la madrugada del 23, para darles encuentro en el Monte de las Cruces. A las diez y media de la mañana, las avanzadas de caballería de los coroneles Almancia y Juan Silva tiroteaban á las de Valle en la Maroma. Luego Márquez ordenó la carga y se empeñó sangrienta batalla bajo fuego nutrido, hasta cerca de la una de la tarde, en que Valle, en una loma, ya sitiado, y á la desbandada y muerta parte de su tropa, formó cuadro. Debilitado el flanco izquierdo de los Batallones de Moctezuma y segundo de Zacatecas, hizo en triángulo resistencia, y en zig-zag, para luchar á bayoneta calada. Al ver la irremediable, montó en San Pedro y rompió el sitio. Un piquete de la caballería le persiguió á escape y el hizo prisionero en Santa Fe. Desgarraba el cielo nublado uno que otro tiro de los dispersos en la espesura del monte, cuando Lindoro Cajiga y el coronel Jiménez Mendizábal aparecieron en el campo de la guerra, conduciendo en medio á Leandro Valle. Se aproximaba fumando un puro, con asombrosa tranquilidad, rodeado de una turba furiosa que le befaba, gritando: ¡Muera el pelón! ¡mátenlo! ¡mátenlo! Avisaron á Márquez, que se encontraba con su estado mayor y Zuloaga en una explanada, que habían cogido prisionero á Valle.
—Supongo que á éste sí lo fusilaremos—dijo Márquez á Zuloaga.
—A éste sí, porque lo hemos cogido con las armas en la mano—afirmó Zuloaga[14].
He aquí la orden de fusilamiento:
«Ejercito Nacional.—General en Jefe.—Leonardo Márquez, General en Jefe de este Ejército, ordeno que el Capitán de Ingenieros que pertenece á mi Estado Mayor, Manuel Beltrán y Puga[15], se encargará de pasar por las armas al traidor á la Patria don Leandro del Valle, el cual será fusilado por las espaldas, para lo cual se le dejará media hora para que se disponga, y después de haberle fusilado, que se le ponga en un paraje público para escarmiento de los traidores, para lo cual pedirá en el escuadrón de Exploradores Valle, doce hombres, al Comandante de Escuadrón D. Francisco Aldama.
«Por lo tanto, mando que le comunique esta orden á dicho capitán. Dios y orden. Cuartel general de Salazar. Junio 23 de 1861.—L. Márquez.—Al capitán de Estado Mayor, Manuel Beltrán y Puga.»
Lindoro Cajiga y Jiménez Mendizábal cargaron á la derecha del camino con el prisionero, y en un claro de monte hicieron alto. Y empezaron los preparativos del fusilamiento. Ordenaron á Valle que se apeara de San Pedro, porque lo iban á pasar por las armas. Permaneció de pie, cerca de un tronco de árbol. Una escolta de infantería esperaba la voz de mando. Al aparecer el capitán que debía ejecutarlo, Valle, desabrigándose, dijo al P. Bandera, capellán del ejército reaccionario:
—Padre, le regalo á usted mi capa.
Sus botas federicas se las dió al coronel Ismael Piña.
En este instante, Miguel Negrete se presentó á caballo.
—Señor general, yo soy el general Negrete, por cuya cabeza ha ofrecido usted mil pesos; hoy no quiero más que darle un abrazo.
—Con mucho gusto.
Se apeó Negrete y abrazó á Valle, y éste le regaló su reloj, diciéndole que como un recuerdo.
Otra voz salió del grupo, la del coronel Agustín Díaz.
—Un antiguo compañero de usted, de colegio, desea tener esa misma satisfacción.
Valle le abrió los brazos.
—Deseo escribir á mi familia—suplicó al capitán.
Y en un plieguito de papel, escribió con lápiz esta carta:
«En el Monte de las Cruces, Junio 23 de 1861.—Padre y madre queridos; hermanos todos: Voy á morir, porque esta es la suerte de la guerra, y no se hace conmigo más que lo que yo hubiera hecho en igual caso; por manera, que nada de odios, pues no es sino en justa revancha. He cumplido siempre con mi deber; hermanos chicos, cumplan ustedes, y que nuestro nombre sea honrado, como el que yo he sabido conservar hasta ahora.
«Padre y madre: A...... esa carta, á mí, un eterno recuerdo. También de tí me acuerdo, Agus[16], tú has sido mi madre también.
«A mis hermanos y amigos, adiós.»
Reinaba el silencio del respeto que produce el heroísmo.
Así que terminó, el P. Bandera le dijo:
—Confiésese usted.
—No, no me confieso.
El capellán insistió, acercándosele, cubriéndole con su manteo (comenzaba á gotear) y hablándole al oído para convencerle.
—Estamos perdiendo el tiempo, padre; ustedes tienen que hacer.
Valle se descolgó un «bejuco» de oro y el relicario que su madre le había puesto, y dijo á uno de tantos:
—Le suplico que entregue usted á la señora Ignacia Martínez, este bejuco y este relicario, que no es muy milagroso.
Sacó de sus bolsillos el dinero que tenía y lo puso en manos del capitán para que lo repartiera entre los soldados que lo iban á fusilar.
Como viera que le apuntaban por las espaldas, manifestó indignado:
—Por qué me han de fusilar por detrás, si no soy traidor.
Supo que la orden era terminante, y entonces dió las espaldas al pelotón, diciendo:
—Lo mismo da morir por delante que por detrás.
Le miraban los ojos de los fusiles, cuando volvió la cara y advirtió á uno de los soldados que se le había caído la cápsula, de su fusil.
Efectivamente, así había sucedido.
Terminada la ejecución, Márquez mandó colgar el cadáver en un árbol. Ratificaba la promesa hecha en Tacubaya, el inolvidable 11 de Abril: «Estos jóvenes de valor y de talento son los que necesitamos hacer desaparecer.»
Una bonita acción: Luis Alvarez, ayudante de Leandro Valle, se salvó porque á su padre, don Melchor Alvarez, debía toda su educación Márquez.
Sabidas las noticias del desastre en México, el general Felipe Berriozábal, dispuso en Toluca que el coronel Tomás O’Horán, al mando de un piquete de tropa, fuera á buscar el cadáver de Leandro Valle. Pendiente de un árbol del camino estaba con este letrero á los pies: «JEFE DEL COMITÉ DE SALUD PÚBLICA,» y cerca, en la misma postura, el cadáver de su ayudante Aquiles Collín[17]. Bajo éste, un perrito que le acompañó siempre en campaña, rascaba la tierra y aullaba con la mirada fija en los restos de su amo. El perrito fué á parar en poder de la señora Isabel Ochoa, esposa del general Berriozábal, que vivía en Toluca. A los cinco días desapareció, y mandado buscar, lo hallaron en el Monte de las Cruces, debajo del árbol en que suspendieron á Collín: aullaba, rascaba la tierra y miraba lastimosamente arriba. Llevado de nuevo á la familia, huyó á los pocos días; pero esta vez fué hallado muerto bajo el mismo árbol en que había estado pendiente el cadáver.
Collín ofrendó su vida á la lealtad: había escapado, pero al saber que Leandro Valle había caído prisionero, regresó al campo del combate.
—Quién es ése?—dicen que preguntó Márquez.
Collín, acercándose, contestó:
—Soy Aquiles Collín, ayudante del general Leandro Valle; supe que mi jefe había caído prisionero, y vengo á correr la misma suerte que él.
—Fusílenlo—dijo Márquez á los suyos.
El día 28 supo la señora Ignacia Martínez que el cadáver de su hijo llegaría á Mulitas, y salió á su encuentro.—«Yo estaba loca de dolor—me contaba. Lo ví venir en hombros de unos indios y escoltado por unos de á caballo. Subí á un coche y le seguí. En la garita de Belem cedieron á mis ruegos Alcalde y el «Huero» Medina para que me dejaran verlo, diciéndome:—«Pero sólo lo va usted á ver, nada más á ver.» Destaparon la caja, ¡ah! estaba hasta en paños menores.»
Esta venerable anciana, que contaba de edad ochenta años y recibía del Gobierno cien pesos mensuales de pensión, me decía en 1893:
—«Ahí, en ese armario, tengo la camisa ensangrentada que traía Leandro; pero hace treinta y dos años que no la veo; no quiero verla. Y ya él presentía su fin. Me contaron que cuando llegó al Monte de las Cruces, dijo:—«Me huele aquí á muerte»[18].
Angel Pola.
JOSE MARIA ARTEAGA
1827-1865
Llena toda la época del Imperio con su recuerdo, y el de su fin trágico aun hincha de odio y venganza el corazón de los mexicanos.
Sus biógrafos no han hecho más que encabezar editoriales con su ilustre nombre, considerando muy á la ligera la Intervención y el Imperio, sin referir absolutamente nada de su nacimiento, su niñez, su educación y su entrada en el ejército. Los bien informados escriben que fué general, gobernador y que murió pasado por las armas, dándole Aguascalientes por pueblo natal, y nada más. Uno hay, para colmo es el que le da por tener autoridad de biógrafo, que ha desempolvado gacetillas y entrefilets, y todo esto así remendado lo intitula biografía del general José María Arteaga, en un libraco cuyo enorme volumen está en relación directa de la inexactitud y la carencia de datos.
El general José María Arteaga no nació en Aguascalientes, como aseguran los historiadores, sino en México, el 7 de Agosto de 1827. Sus padres fueron don Manuel Arteaga, militar humilde, á quien le picaban mucho los puntos de honra, y doña Apolonia Magallanes, toda una señora entregada al trabajo y cuidado de sus hijos. Don Manuel se retiró á la ciudad de Aguascalientes y abrió una tienda de comercio al por menor, para poder pasar la vida. Hasta 1836, José María, que era el primogénito, no tuvo otro mundo que la tienda y la escuela del señor Ignacio Islas, «hombre sabio y honrado que le infundió buenas máximas y buena educación.» Entonces el gobierno dispuso que don Manuel partiese á San Luis Potosí á prestar sus servicios como militar. Al año falleció y la familia tuvo que regresar.
Desamparada y pobre, cifró sus esperanzas en José María, ya de edad de diez años, que quiso aprender el oficio de sastre en el taller de don Pedro Magallanes, hermano de su madre. Más tarde pasó á ser dependiente de la tienda de comercio del señor José Rangel. El año de 1848, al pronunciarse en Aguascalientes contra los tratados de Guadalupe el general Mariano Paredes, el licenciado Manuel Doblado y el presbítero Celedonio Domeco de Jarauta, Arteaga brincó el mostrador y formó en las filas de la Guardia Nacional, de ayudante abanderado. Su madre se opuso, intentó volverle á la tienda, movió influencias para que desistiera: todo fué infructuoso; no pudo variar la determinación de su hijo. Las tropas marcharon á Guanajuato, tomaron la plaza y al cabo de mes y tres días fueron derrotadas por las del gobierno que mandaban los generales Anastasio Bustamante y Manuel María Lombardini. Los vencidos habían dado pruebas de valor y hasta de arrojo. Arteaga dejó la bandera depositada en una iglesia y regresó disperso al hogar, donde lloraba desesperada la autora de sus días.
Deseando una vida tranquila, abre su taller de sastre y se pone á trabajar como hombre formal á quien le inquieta el porvenir. Corridos pocos meses, se une en matrimonio con la señora Jesús Ortiz, y el hijo que tienen, que hacía la felicidad de los esposos, fallece al levantar la bandera santanista en Guadalajara, en 1852, el general José López Uraga. Arteaga cierra el taller, ceba á un lado la aguja, el dedal y las tijeras, y sin decir nada á su familia, vuelve á tomar las armas y se hace soldado del llamado ejército regenerador. Se porta tan bien y tal es su temeridad en una de tantas batallas, defendiendo un fortín, que, luego de suspendidos los fuegos, Uraga le dice:—«Usted es más digno de mi espada que yo.» Y la puso en sus manos, como un regalo por su valor. El sastre era capitán y había pasado por los grados de subteniente y teniente. Se proclama el plan de Ayutla en el Estado de Guerrero, y Arteaga, hecho comandante el 14 de Marzo de 1854, forma parte de la brigada del general Félix Zuloaga, á quien manda hacia el Sur el Gobierno para volver al orden á los sublevados. Y Arteaga asiste á las jornadas de Ajuchitlán, Coyuca, Alto de la Tijera y al sitio de Nusco.
Verdaderamente profesaba las mismas ideas liberales avanzadas que los que proclamaban el plan de Ayutla; pero sus deberes militares, que era tan escrupuloso en cumplirlos, le retenían al lado de Santa-Anna, sin que por esto dejara de pensar en la ocasión propicia para tomar el lugar que le correspondía en el partido republicano. A los santanistas, después de treinta y siete días de sitio en Nusco, los rindió la desnudez, el hambre y la incuria del Gobierno, entregándose á las tropas del general Juan Alvarez, previo unánime asentimiento á la determinación tomada en consejo de guerra, de obedecer al gobierno que emanase del plan proclamado.
Don Ignacio Comonfort agobió de atenciones á Arteaga y le profesó cariño de hijo, porque era intachable su comportamiento militar. Arteaga anduvo con el coronel José G. Cosío, teniente coronel Luciano Valdespino y los comandantes Prisciliano Flores y Juan José de Aranda, todos defendiendo el plan de Ayutla. En la expedición que á Michoacán hizo Comonfort, casi llevó de mentor al humilde Arteaga, en quien depositaba plena confianza, porque le constaba su fidelidad y valentía.
Luego que fué teniente coronel, en Mayo de 1855, se hizo cargo de la Mayoría General de la División de Operaciones, librando reñidas batallas en Jalisco y distinguiéndose en el asalto y toma de Zapotlán. En marcha para Colima las fuerzas de Comonfort, ascendió á coronel del 3er. Ligero y regresó á Guadalajara, avanzando hacia México con el general Juan Alvarez. Al sublevarse Puebla el año de 1856, unido al Presidente de la República, hizo la campaña y levantó más su renombre de valiente en la jornada de Ocotlán y los asaltos á la ciudad de los Angeles. Amigo de Ocampo, Lerdo de Tejada y Degollado, se carteaba con éllos para saber la situación que guardaba el resto del país, porque escribía que la vida de la República era su vida.
Su buen humor de muchacho de escuela no se le amenguaba con los sufrimientos en la derrota, ni en los peligros; y ardía de cólera cuando decaía su fe en el triunfo de las ideas liberales. Derrocado Santa-Anna, partió para Aguascalientes á visitar á la autora de sus días, y le manifestó:—Aquí me tienes, ya ves dije que confiaras, que triunfaríamos y que te estrecharía en mis brazos,—¡Sí, hijo mío, sí! Dios ha querido que nos veamos; pero sólo Él sabe con cuántas lágrimas se lo he pedido. Mira: mejor te quiero ver de sastre, que no de soldado.
De vuelta de Puebla, habiendo capitulado la ciudad, lucía la banda de general de brigada. Y pasó á Comandante Militar de Querétaro, en 1857, siendo el primer Gobernador constitucional del Estado. Mil dificultades le salieron al encuentro para cubrir los egresos. Cierta ocasión, apremiado por la escasez de recursos, empeñó sus armas á fin de poder pagar á los empleados que carecían de lo más indispensable. Don Luis M. Rivera habla de su gobierno en estos términos: «Durante su permanencia en la Comandancia y en el Gobierno se distinguió multitud de ocasiones no sólo en el terreno de las armas, sino también dictando muchas medidas sabias y prudentes en bien del Estado: fundó varias escuelas públicas, arregló los archivos y estableció una biblioteca; todo lo cual fué totalmente destruído el memorable día 2 de Noviembre de 1857 en que las hordas semisalvajes de la Sierra, acaudilladas por don Tomás Mejía, asaltaron esta ciudad bizarramente defendida por el mismo señor Arteaga y el general don Longinos Rivera, quedando ambos heridos con la mayor parte de sus compañeros de armas.»
Fué tan firme en sus principios, que era capaz por éllos de sacrificar cualquiera amistad y hasta su familia. Quería á don Ignacio Comonfort como á su padre y para con él tenía tales motivos de agradecimiento, que nada podía negarle sin cometer una ingratitud; pues bien: acaeció el golpe de Estado, y Arteaga, el predilecto del Presidente de la República, se indignó contra su autor; y aun se burlaba del mentado golpe, en carta particular á Comonfort, así: «¡Muy bien, muy bien! ¿Conque usted se ha pronunciado contra sí mismo? Ya me parece verlo revestido con su manto de Nuestra Señora de Guadalupe.» Y á su buena madre se anticipaba á manifestarle, para que no lo tachase de ingrato: «Todo se lo debo á don Nacho, hasta el dulce nombre de hijo; pero no retrocederé: soy liberal y defiendo la Constitución.» Entonces formó parte del ejército de la Coalición, organizado por los gobernadores de Guanajuato, Michoacán, Zacatecas, Jalisco y Veracruz. El 9 de Marzo de 1858 triunfaron Miramón y Osollo en Salamanca, y Arteaga vagó por Acapulco, á pesar de las ofertas repetidas de altos empleos y de fuertes sumas de dinero que le hizo Miramón. Incorporado á las tropas juaristas, fué defensor de la Constitución en Jalisco, Michoacán y Querétaro, y siempre el primero en las batallas.
Decidido el triunfo del partido liberal en Calpulalpan, tomó nuevamente las riendas del gobierno de Querétaro. Se adelantó ante el enemigo extranjero á la cabeza de soldados que le seguían por el patriotismo que ardía en sus pechos. A la vez quería vengar los asesinatos de Ocampo, Degollado y Valle. Y marchó á Veracruz. Al general Ignacio Zaragoza había ofrecido un simulacro á orillas de Orizaba, antes de partir para Acultzingo. Satisfecho del resultado, comenzó su derrotero en defensa de la patria contra las fuerzas intervencionistas. Era un hermoso día de Abril de 1862, entre once y doce de la mañana, cuando el enemigo se presentó al pie del cerro, frente á las fuerzas republicanas que estaban en las primeras cumbres. Como pretendiera avanzar, le salió al encuentro Arteaga, á la cabeza de sus soldados. En medio del tiroteo, el enemigo simuló una retirada y los cazadores de Vincennes se dispersaron, ganando la cuesta.
Visto esto por las fuerzas mexicanas, el fuego continuó y con más ímpetu por los cazadores que consiguieron herir á Arteaga en la pierna izquierda, abajo de la choquezuela, horadando la bala el peroné y la tibia. Fué conducido en el caballo del capellán Miguel de los Dolores Tebles, que éste mismo tiraba del ronzal, á las primeras cumbres de Acultzingo, donde se hallaba un piquete de tropa. Allí le lavó la herida el doctor Serdio, vendándola con una bufanda y dos pañuelos. Con la puerta de una cabaña le improvisaron una camilla y le trajeron á México escoltado por los oficiales Gregorio Ruiz, Miguel Medina, Julián Fonseca y Román Pérez. En la cañada de Ixtapa, Leon Ugalde, José Rojo, Juan Valencia y los generales Ignacio Zaragoza y Miguel Negrete vieron al ilustre enfermo. El acto fué conmovedor.—No me llores, no me llores; al cabo no me he de morir, dijo Arteaga á Negrete, que al verle lloraba como un niño.
Arteaga llegó á México el 9 de Mayo y Juárez con sus Ministros le visitaron diariamente, estando á su cabecera el célebre doctor Rafael Lucio. Restablecido, volvió á Querétaro el 10 de Octubre de 1862 á ocupar el puesto de gobernador, en el que como siempre observó la más absoluta independencia.
Había defendido á Santos Degollado cuando estaba en el banquillo del acusado y le veían con malos ojos algunos del poder; y no sólamente hizo su defensa, sino que aun llegó á postularle para presidente de la República.
Apenas estuvo en el Estado, ascendió á general de división y le declararon benemérito de la patria. Organizó fuerzas para resistir á los franceses que hermanados con los conservadores se dirigían á Puebla. Desocupado México por el gobierno de Juárez, á causa de la capitulación de Puebla, Arteaga y los otros jefes republicanos protegieron su retirada, procurando defender á todo trance el terreno que iban invadiendo los extranjeros y los traidores, y ministrar á Juárez los recursos indispensables para el sostén y el funcionamiento regular de su administración, aunque fuese ambulante.
El 3 de Enero de 1864, habiendo Arteaga llegado á ser gobernador de Jalisco, hacía una retirada al Sur del Estado, y unas veces avanzaba y otras retrocedía hacia Michoacán y México, como general de división y en jefe del ejército del Centro, por nombramiento de don Benito hecho desde Paso del Norte. No obstante su alta posición, llevaba una vida de pobre. Su honradez fué tal siendo gobernador de Querétaro, que salió como había entrado, atenido á su sueldo de general, pagado con irregularidad. Una vez se le presentó el director de las escuelas manifestando que carecían de útiles y libros y que aquello no podía seguir así. El pagador Román Pérez, que tenía en caja doscientos veinte pesos, dió los doscientos por orden de Arteaga al director y los veinte sobrantes al correo que esperaba. Luego Arteaga, sacando un reloj de oro, dijo á su ayudante Jacinto Hernández:—Dile á Jiménez que me preste cincuenta pesos por este reloj.
Jiménez era un empeñero muy conocido de Arteaga por la frecuencia con que acudía á él, y la cantidad que ahora le pedía iba á servir para los gastos indispensables de su casa. Otra vez, don Cenobio Díaz indujo á la señora Dolores Medina, que gozaba de influencia cerca de Arteaga, á que le pidiese un poder para denunciar y adjudicarse la casa de ejercicios, un edificio de la ciudad de Querétaro. Y contestó Arteaga:—Qué, ¿dar poder yo? qué, ¿el pueblo me ha puesto de gobernador para robar? Prefiero que mi familia muera en la miseria, y no que digan algún día, al verla con lujo: sí, está rica, porque su padre robó cuando fué gobernador del Estado.
Cuando fué herido en Acultzingo y estaba postrado en cama en la casa número 16 de la 1ª calle de la Merced, Juárez de visita le ofreció dieciseis mil pesos.—No, señor, contestó; no recibo nada: mi tropa sí los necesita; yo puedo vivir como quiera. En Michoacán, de jefe de las tropas republicanas, no se apartó de la misma línea de conducta. A mediados de 1855, huyendo del 4.º de caballería de Wenceslao Santa Cruz que los perseguía, los suyos le dieron por muerto al caer con caballo y todo en un barranco. Afortunadamente á medio declive la banda de general se le enredó en una orqueta y ahí permaneció toda la noche. Su tropa siguió hacia Tacámbaro; pero su ayudante Jacinto Hernández regresó al siguiente día, halló vivo á su general, le condujo á la Hacienda de Chopis y se agregó á la fuerza.
Una desavenencia le tenía alejado de Salazar; pero hicieron las paces en la casa de don Antonio Gutiérrez, en Tacámbaro. Y empezaron la organización de la tropa con que debían hacer frente á Méndez. Arteaga era el general en jefe y Carlos Salazar el cuartel maestre. El calendario señalaba el 20 de Septiembre. El 4 de Octubre pasaron revista á las tropas republicanas en las llanuras de las Magdalenas, al Oriente de Uruapan. El 9 se aproximaba Méndez á atacar la ciudad con 1,500 hombres. Los republicanos la desocuparon á la una de la tarde y tomaron camino para Tancítaro. Arteaga iba con parte de la tropa; las otras habían partido á distintos rumbos con sus jefes respectivos. Los mil cuatrocientos soldados de Arteaga llegaron bien.
El 12, apenas tomaban rancho, se tuvo noticia de que llegaba el enemigo, y emprendieron la retirada á Santa Ana Amatlán, llegando el 13. Sin embargo de que Méndez les pisaba los talones, ahí descansaron muy confiados, porque Pedro Tapia, con un piquete, cubría la cuesta, único camino por donde tenía que pasar el enemigo para llegar á Amatlán, y Julián Solano exploraba la retaguardia. Eran las once y media de la mañana; la tropa de Arteaga descansaba y tenía en pabellón sus armas; de repente oyóse en la plaza el grito de ¡viva el Imperio! y unos tiros. El teniente Amado Rangel[19], con cincuenta hombres, entrando por la cañada, había sorprendido á la fuerza republicana.
—¿Qué pasa, preguntó Arteaga al capitán Agapito Cruzado.—El enemigo, mi general.—¡Oh, traición infame! Solano, Pedro Tapia y sus exploradores!......—Que Dios salve á usted, mi general.
En efecto, Solano y Tapia habían sido comprados desde Uruápan en $3,000 por dos jefes imperialistas. Uno de los primeros que cogieron prisionero fué á Arteaga; dos soldados le conducían; Rangel le salió al encuentro, se apeó, clavó su lanza en tierra y sombrero en mano le dijo:—Mi general.—Rangelito, hijo, mira cómo me traen; qué figura: sin sombrero, en camisa.
Rangel dió órdenes para que trajeran lo que le faltaba al ilustre prisionero. Y le manifestó: Señor, yo mando; no se aflija usted, porque ante mí á nadie se mata; al contrario, usted dispone de todos mis elementos y de los suyos. El grueso de mis fuerzas viene muy lejos.—No, hijo; déjanos correr suerte; cumple con tu deber, que la honra no vuelve.
A las dos de la tarde entraba el resto de la tropa de Méndez, al grito de ¡viva el Imperio!
Arteaga, demudado, dijo á Rangel: Ahí vienen los tuyos.—Ya usted ve; tiempo tuvimos.—Lo que siento es que este Capulín[20] me fusile.—Pues no, señor, no lo fusilará.
La verdad es que Amado Rangel quería pasarse á los liberales; pero éstos prefirieron conservar toda su dignidad de vencidos.
Rangel fué á encontrar á los suyos.—¡Alto! gritó á las tropas que avanzaban á escape.—¿Qué hay, Rangel? preguntó Méndez.—Que ya no corran: hemos tenido completo triunfo: Arteaga está prisionero.—¡Cómo, hombre?—Sí, señor.—¿Arteaga? ¿el general Arteaga?—Sí, señor.—Pero, ¿lo has visto?—Sí, señor.—¿Lo conoces?—Sí, señor.—Rangel, es usted capitán!, exclamó Méndez saliendo de su asombro.
Méndez, al redactar el parte oficial de la Victoria[21], prometió á Rangel, ante don Gabriel Chicoy y el señor Juan Berna, que no fusilaría á ninguno de los prisioneros. El diálogo no deja de ser interesante: Señor, vengo á pedirle un favor.—¿Qué quieres, Rangel?—Nada, señor, que no fusile usted á ninguno de los prisioneros.—Lo que debes hacer es no meterte á defender á esos caballeros; lo que debías haber hecho era fusilarlos en el momento que los cogiste prisioneros, no que todo se lo dejan á uno.—Como había de hacer eso si los cogí descuidados.
Rangel dió la vuelta, y cuando iba como á diez pasos, Méndez le llamó: Rangel.—Mande usted, señor.—Vaya usted sin cuidado: nada se les hará.
Al llegar á Uruapan, Méndez recibió cartas del general Osmont, Bazaine y Maximiliano en que le ordenaban que fusilara á todos los prisioneros. Juan Berna se oponía, haciéndole palpar la monstruosidad á Méndez; y el español Wenceslao Santa Cruz lo tentaba á que cumpliera fielmente las órdenes superiores; después de mucho cavilar, Méndez sujetó á la Corte Marcial á cinco de los principales: Arteaga, Salazar, Villagómez, Díaz Paracho y Juan González. Arteaga, la víspera de la ejecución, envió á su madre la siguiente carta que expurgada de erratas se publica por primera vez: «Uruapan, 20 de Octubre de 1865.—Señora doña Apolonia Magallanes de Arteaga.—Mi adorada madre:—El 13 de Septiembre he sido hecho prisionero por las tropas imperiales y mañana seré decapitado; ruego á usted, mamá, me perdone el largo tiempo que contra su voluntad he seguido la carrera de las armas. Por más que he procurado auxiliar á usted, no he tenido recursos con que hacerlo, si no fué lo que en Abril le mandé; pero queda Dios que no dejará perecer á vd. y á mi hermanita la yanquita Trinidad. Porque no fuera á morirse de dolor, no le había participado la muerte de mi hermano Luis, que acaeció en Túxpan en los primeros días de Enero del año pasado. Mamá, no dejo otra cosa que mi nombre sin mancha, respecto á que nada de lo ajeno me he tomado, y tengo fe en que Dios me perdonará mis pecados y me recibirá en su gloria. Muero como cristiano y me despido de vd., de Dolores y de toda la familia, como su más obediente hijo—Q. B. S. P.—José María Arteaga.»
El coronel Wenceslao Santa Cruz mandó el cuadro de la ejecución, el día 21, á la espalda del Parián[22]. Al ser formados para la descarga los cinco patriotas, todos demostraron entereza. Arteaga dijo: «Muero defendiendo la integridad de mi patria, no como general, sino como ciudadano.» A los pocos días la señora Magallanes recibía un reloj, un real y otra carta del mártir, en la que le decía: «Es el único patrimonio que le dejo, defendiendo á mi patria.» El Supremo Gobierno Federal quiso honrar la memoria de Arteaga, trayendo sus restos á esta capital, para que reposaran en el Panteón de San Fernando; pero no son los verdaderos: esos reposan todavía en Uruapan; así lo asegura el único que les dió sepultura, Angel Frías, hijo natural del mártir.
Ningún fundamento parece tener esta afirmación tan rotunda, pues después del fusilamiento de Arteaga, Salazar, Villagómez y González (los indígenas de Paracho se llevaron á Díaz envuelto en una bandera), los señores Ramón Farías, Tomás Torres y Rafael Rodríguez, éste como presidente del Ayuntamiento, recogieron los cadáveres para velarlos en la capilla del Santo Sepulcro y darles sepultura en uno de los ángulos del cementerio del barrio de San Juan Evangelista. Al acordar el Supremo Gobierno la traslación de los restos de Arteaga y Salazar al Panteón de San Fernando, dos personas de las que les dieron sepultura presenciaron la exhumación, acompañadas de los doctores Manuel Reyes, Braulio Moreno y Teodoro Wenceslao Herrera. Aún tenían intactas las ropas y éllas hacían palpable la identidad[23].
Angel Pola.
CARLOS SALAZAR
1832-1865
Harapienta, demacrada y muerta de hambre, la hermana que le sobrevivía vagaba calle arriba y calle abajo por el barrio de la Merced, de esta Capital, sin que ninguno la diera de caridad un rincón cualquiera para dormir. La infeliz, puestas en fuga sus esperanzas por la mala suerte que iba tras élla, había tocado un último recurso: que su marido mendigase un empleo de puerta en puerta, cerca de los que consideraba sus parientes. Un día, después de llamar mucho, le abrió sus puertas don Luis Salazar, tío del General; pero élla no volvió por segunda vez, á pesar de salirle al encuentro la promesa. La muerte, más compasiva que el pariente, al ver á los esposos extenuados de hambre y frío, quiso que descansaran y se apresuró á abrirles sus lóbregas fauces.
De su frondoso árbol genealógico, que la fatalidad ha ido podando con saña implacable, no quedan sino ramas lejanas, casi ingertos, sin la savia del tronco. Hasta un renuevo, su hija Carlota, no vive ya. Ni recuerdos hay del capitán Benito Salazar, íntegro empleado de la Aduana de Matamoros, padre de Carlos.
Doña Tecla Preciado cuenta que nació el valiente republicano en Matamoros, Tamaulipas, por el año 1832, pues que de la misma edad era ella. El muchacho parecía el mismísimo demonio por sus peligrosas travesuras.—«Cree usted, me decía la señora, que de milagro vivía, porque una vez en el puerto le tiró de la cola al caballo del capitán y le dió tal coz en la frente que se la abrió. Toda la vida le duró la cicatriz.»
De ocho años vino á México y le pusieron en una escuela particular católica, porque sus padres, y más don Benito que su madre la señora Merced Ruiz de Castañeda, eran antes que todo católicos devotos. Primero que nada, Carlos debía aprender el Ripalda para que pudiese lograr la gracia, de rodillas en el confesionario; á renglón seguido, vendrían como muy secundarias una poquita de Gramática, las cuatro reglas de la Aritmética y otras unturas de materias que constituían la instrucción primaria en aquella época.
Realizado su sueño dorado (desde pequeño fué de su agrado la milicia), entró en el Colegio Militar. Miramón y Leandro Valle estudiaron con él y fueron condiscípulos y buenos amigos. La identidad de ideas políticas y religiosas de Miramón y él, dejaban pronosticar que juntos andarían la misma senda al entrar en la vida pública. El pronóstico tenía fundamento: para Carlos, ya de edad en que los años dan ideas propias y fijas, era imposible que el domingo dejara de oir misa y tuviera cubierta la cabeza al tropezar en la calle con un sacerdote: era herejía y sobrado pecado para ir al infierno.
El año 1847, días antes de la batalla de Churubusco, de cadete en el Colegio Militar, pidió permiso para luchar contra los norteamericanos bajo las órdenes de don Leonardo Márquez, el célebre general conservador y famoso imperialista. Con tal arrojo peleó,—porque arrojo más que valor era y fué siempre el suyo, originado por su mucho patriotismo,—que fué herido en una pierna. Le levantaron del campo de batalla al día siguiente de librada. Esto le valió una medalla y el ascenso á subteniente.
Durante el belicoso y despótico gobierno de Santa-Anna, el gobierno honrado de Herrera y Arista y el efímero de don Juan Bautista Ceballos y de Lombardini, no mostró en sus actos de militar, si bien tenía un grado inferior, la menor señal de su republicanismo y liberalismo, que andando los sucesos le hicieron simpático y lo allegaron numerosos partidarios, haciéndole figurar como jefe de una gran facción de Michoacán. En este tiempo pasaba por beato rematado, que arrastraba espada por deber de la carrera. Sabían sus parientes, quienes le llamaban el Chino y vivía con ellos en la casa número 4 de la calle de San Ramón, que no dejaba pasar viernes ni día primero de mes sin ir á ver á la Virgen de la Soledad y oir misa para sola ella. En medio de su religiosidad resaltaba su odio al despotismo, emanara de donde emanase. Tal vez esto fué causa de que yendo en fila cerrada al Sur para combatir el plan de Ayutla y siendo derrotado, hiciera suyas con entusiasmo, como segundo ayudante del primer batallón activo de Querétaro, todas las ideas imbíbitas en el plan y tuviese mayores bríos para sostenerlas sin ser presa del desaliento, no obstante las dificultades que parecían insuperables á sus sostenedores. Victorioso el plan de Ayutla, por el que peleó desde la toma de Nusco basta la llegada de Comonfort y Alvarez á Cuernavaca, fué por sus méritos militares comandante del Cuerpo de Tehuantepec.
Durante parte de la guerra de tres años, tuvo en México la comisión del partido republicano, unido á los señores Anastasio Zerecero, Julián Herrera, coronel Jesús Ocampo y doña Luciana Baz, de proveer de recursos á las tropas liberales que atacaban los principios reaccionarios. La desempeñó con buen éxito á pesar de los peligros de que estaba rodeado. Un día le sorprendió el mismo Miramón en persona en junta secreta con otros liberales en una casa de por las calles del Reloj.—Conque conspiras? Ahora no me lo negarás, le dijo Miramón encarándosele.—Estamos en plática pacífica de amigos.—Conque en plática, eh?, y á puertas cerradas, y todos ustedes liberales. Estás preso por ahora.
Y mientras Miramón se interiorizaba de la casa, Salazar subió en un coche que aguardaba á la puerta; y andando calles largo tiempo sin rumbo, el cochero quiso al fin saber á dónde conducía al que se había subido precipitadamente y se encontró con que ya nadie iba adentro. Salazar, corriendo el vehículo, se había apeado, no pudiendo el policía Lagarde dar con él. Y fué á incorporarse en Tlalpam al coronel Ramón Reguera (padre). La ciudadana doña Luciana Baz quedó con las otras personas desempeñando la comisión aquella. La inquietaba el paradero de Salazar: si tendría mal fin; los retrógrados eran capaces de todo, aun de cazarlo en poblado. Admiraba su valor y su persona. Solía decir á la señora Tecla Preciado, al volver las espaldas Salazar:—«Tecla, qué cuerpo el de Carlos!» Para ella no existía otro mejor formado en el mundo: todo bien hecho, en admirables proporciones; era gordo, pero no obeso, ni eran flojas las carnes; bien parado; limpia de arrugas la frente; rizado el cabello; la barba le cubría toda la mandíbula inferior; un bigotito negro que tiraba á bozo; las cejas de alita de golondrina; la mirada medio bizca y, por sobre todo, su marcialidad; ¡qué porte á la cabeza de sus soldados! Radiaba su alegría y no le importaban las circunstancias para manifestarla. Mas cuando se le despertaba el enojo, desconocía al mundo entero, olvidaba el tuteamiento de sus íntimos y al hablarles decíales con otra voz: señor, señora. Tenía el rostro encendido y era capaz de sacarle astillas á una mesa de un puñetazo. Hecho del poder el partido liberal, tuvo el grado de teniente coronel del Batallón Moctezuma, que al mando del coronel Jesús Díaz de León guarnecía la capital de la República. Después, el Moctezuma pasó á ser uno solo unido al Batallón Rifleros de San Luis. En sus filas, con el grado de teniente coronel, el 20 de Diciembre de 1861, concurrió á la batalla que tuvo lugar entre Pachuca y el Mineral del Monte. Allí se hizo acreedor á la condecoración especial que decretó el Supremo Gobierno. Al poco tiempo marchaba con el mismo cuerpo y los de Zapadores y Reforma, que formaban la descubierta del Ejército, á la Soledad, Estado de Veracruz, para resistir á las fuerzas de las tres potencias extranjeras que empezaban á invadir el territorio nacional.
Verificados los tratados de la Soledad, partió con el Batallón Rifleros de San Luis al Monte de la Cruces para combatir á Buitrón y los otros reaccionarios que acababan de asesinar á Ocampo, Degollado y Leandro Valle. Al fin de esta campaña que terminó con buen éxito, se dirigió á Puebla y peleó heróicamente contra los franceses el 5 de Mayo de 1862; mereció y obtuvo por tan brillante hecho de armas el ascenso á coronel y jefe del cuerpo mencionado. Después tomó participio directo en la defensa de Puebla, que tenían sitiada los soldados de Napoleón III; por desgracia cayó en poder de los invasores, pero logró fugarse de la cárcel y se incorporó, pasados algunos días, al Gobierno legítimo que permanecía en México.
Cuando Juárez, como Presidente de la República, fué á San Luis Potosí, le acompañó, siendo Jefe militar de la zona que comprendía Río Verde, Valle de Valles, San Ciro y otros puntos de la Sierra, que había precisión de tener en extremo vigilados. Aprovechó todos los elementos que pudo encontrar, reorganizó su cuerpo, lo instruyó, equipó y le dió el ejemplo de acatar la Ordenanza. A varios jefes comisionó para que emprendieran formal campaña contra las guerrillas de traidores que merodeaban por pequeñas poblaciones y haciendas cometiendo robos y asesinatos. Más tarde, por acuerdo del Supremo Gobierno, pasó con el Batallón Rifleros de San Luis, á las órdenes del general José López Uraga, al Estado de Michoacán. En Morelia, defendida por el general Leonardo Márquez, al dar el asalto el 18 de Diciembre de 1862, la fortuna le fué adversa, pero no perdió el valor, ni con una herida que le atravesó el pecho, ni ante los peligros de muerte sin cuento que le rodearon durante la batalla, al grado de matar uno tras otro sus caballos las balas enemigas. La retirada de sus tropas, la hizo él en camilla hasta Santa Clara del Cobre, donde, sin embargo de sus graves heridas, no cesó de seguir reorganizando las fuerzas que debían continuar combatiendo al ejército invasor. Rasgos semejantes de valor tuvo en otros días. El año 1859, estando el general Aureliano Rivera en Tlalpam, quince ó veinte de sus oficiales, Salazar á la cabeza de éllos como comandante de batallón, hicieron formal promesa de llegar á las garitas de Chapultepec, donde estaba el enemigo, y de hacerle fuego á quemarropa con pistola. Llegaron á Tacubaya, y en la cantina de la señora Mariquita Becerril, un tal Palomo y un tal Reguera, oficiales ambos que se guardaban profundo encono, hicieron en alta voz alarde de temeridad tomando la vanguardia. Cerca de las trincheras cayó herido Palomo, y Salazar, que hacía de corneta, al ver el inminente peligro que corrían, tocó retirada; y una astilla que sacó de un árbol una bala le quitó de los labios y la mano la corneta; entonces volvió en medio del fuego graneado á recocer á Palomo, le montó en su caballo y puso á salvo. En estos trances, la amistad más que el deber le obligaban. Así en los Reyes, cuando fortuitamente, sin saberlo él, del pronto, el general Porfirio Balderrain mató al mayor Guerrero, de su Estado Mayor, loco de ira é indignación se trasladó al lugar del suceso, y asiendo de la cintura al homicida, le azotó contra la pared y quiso matarle á taconazos. Tal manera de ser no quiere decir que Salazar fuese de mala índole; muy por el contrario, buenos sentimientos le animaban y lo mostró siempre con palabras y hechos. ¡Qué soldado de la Reforma y la Intervención y el Imperio no recuerda el haber visto llorar á Pueblita en las peroraciones, de Salazar! No de su gran cabeza, sino de su corazón le salía, todo lo que hablaba.
Después de la honrosa retirada de Morelia, sin darle las espaldas al enemigo, sano ya de su herida, se dirigió á Uruapan y luego á Santa Clara, cuya plaza tomó á viva fuerza á los traidores.
En la Villa de los Reyes, Michoacán, rechazó á los franceses y traidores que le asaltaron, y los puso en precipitada fuga.
En los primeros días de Abril de 1865, fueron reducidos á prisión, por orden del general Ramón Méndez, las familias de Salazar (era ya general), Arteaga, Pueblita y el coronel Jesús Ocampo. Estuvieron incomunicadas bajo la custodia de los franceses, hasta que unos comerciantes, dolidos del martirio á que las habían sujetado durante dos meses y un día, se constituyeron sus fiadores, y lograron por este medio se las dejase por cárcel la ciudad de Morelia. El único objeto de tal conducta inquisitorial era el hacer que los jefes de las dichas familias se sometieran sin peros al llamado Imperio; mas nada pudo lograr Méndez, porque en aumento el desinterés y la abnegación de aquellos meritísimos ciudadanos, trabajaron con inquebrantables esfuerzos en difundir el amor á la patria entre las tropas mexicanas, las cuales sabían todo el mal que les venía con un gobierno que no fuese propio ni de forma representativa popular.
Arteaga y Salazar aparecían en discordia ante los republicanos que los acompañaban, haciendo la campaña contra el Imperio en Michoacán; el origen de élla era el distinto punto de vista desde el cual apreciaban los sucesos políticos de las zonas que dominaban.
Pronto se borró esa discordia, sin dejar huella de su paso por esos dos grandes corazones henchidos de patriotismo. El 16 de Septiembre de 1865 vibraban acordes como si dieran vida á un mismo cuerpo, sintiendo y pensando idénticamente. Esa fecha la celebraron en Tacámbaro de Codallos, especie de arsenal de la República en aquella triste época. El coronel Justo Mendoza, secretario del Cuartel General del Ejército Republicano del Centro, pronunció un soberbio discurso y lo escucharon el general en jefe Arteaga, el Cuartel Maestre Salazar, el Estado Mayor, los jefes y oficiales y un resto vagabundo y simpático de fieles empleados de diversos ramos de la administración pública. Fué aquella una fiesta oficial que reanimó á los espíritus que hacían vivir la República por Michoacán. De allí salieron las fuerzas en vías de organización. Los traidores y los republicanos tenían prisioneros; los primeros gestionaban con empeño canjes; lo cual no había podido efectuarse por las ventajas que querían. Los jefes de uno y otro partido se carteaban, partiendo la solicitud de los traidores y jefes extranjeros. El coronel Van der Smissen menudeaba su correspondencia con Salazar; exigía más de un soldado suyo por un mexicano, y Salazar le contestaba que en ninguna parte y en ningún tiempo podía ser más un extranjero que un mexicano. «Acepto el canje—dicen que escribía al coronel Van der Smissen—pero cabeza por cabeza, porque no puede ser un extranjero más que cualquier mexicano.»
El general en jefe José María Arteaga pasó revista á las tropas en las llanuras de la Magdalena, el 4 de Octubre. Llegaban á tres mil quinientos hombres, sin contar los destacamentos de Zitácuaro, Huetamo y Tacámbaro. Había tres divisiones.
A la una de la tarde del 9, Arteaga, con las brigadas Díaz, Villagómez y Villada, cuyo Cuartel Maestre era Salazar, partió á Tacámbaro, porque hubo noticias de que Méndez llegaba con mil quinientos hombres. Ya el general Vicente Riva Palacio había salido hacia Morelia con mil hombres, y otras dos secciones por otros rumbos. En el camino, el coronel Trinidad Villagómez tiroteaba á la vanguardia del enemigo. La retaguardia la cubría el teniente coronel Julián Solano con cien hombres. El mal camino y la tormenta, la noche del 10, no fueron obstáculo para que llegasen á Tacámbaro. Iban á tomar el rancho, el 12, cuando corrió la voz de que se acercaba el enemigo y levantaron violentamente el campo y prosiguieron su marcha; pero hacia Santa Ana Amatlán, donde llegaron el 13. Arteaga ordenó descanso, confiado en que Solano, con treinta exploradores, estaba en observación de Méndez frente á Tancítaro, y que Pedro Tapia, con otros treinta, vigilaba sobre la colina de la entrada del pueblo la cuesta que tiene como siete leguas de camino y la cual debía necesariamente pasar el enemigo. Durante la travesía, Arteaga había estado recibiendo partes de Solano en que noticiaba que Méndez no se movía de Tacámbaro. En esta seguridad, la infantería puso en pabellón sus armas y los treinta hombres de caballería desensillaron y fueron al río á dar agua á la caballada.
Ese mismo día en la mañana, de camino Méndez para Santa Ana Amatlán, vió las huellas de la tropa republicana y exclamó: «Adelante, muchachos; el que agarre á Arteaga y Salazar tiene una talega de pesos.»
Amado Rangel, con cien hombres, sorprendió dentro de la cañada, á las once del día, á la tropa republicana. Los únicos que hicieron resistencia fueron algunos soldados y jefes del Cuartel Maestre. El resto de la fuerza, con los otros jefes y Arteaga, se encontraban presos en un portalito de la plaza, desarmados y bien custodiados. Mientras, Salazar y su Estado Mayor se batían, sitiados en su alojamiento. Platicando Rangel con Arteaga, llegó un soldado de los imperialistas y dijo al primero:—Señor, no se quiere rendir el general Salazar.—Pues que le prendan fuego á la casa.
Luego Rangel desistió de su idea y fué personalmente, porque así lo exigían los sitiados, para suspender el fuego.—¿Quién es el general Salazar? preguntó Rangel al grupo de valientes que hacía resistencia. Y el más simpático de entre ellos dió un paso al frente y contestó:—Yo; servidor de usted. Rangel puso sus tropas á las órdenes de Salazar, pero éste dijo:—Nada, nada, Rangel; á cumplir con su deber. El capitán Juan González hizo un guiño á Salazar para que aceptase.—Déjalo cumplir con su deber, dijo Salazar al sacerdote patriota.
A Rangel exigió Salazar, antes de rendirse, la seguridad de su vida, la de sus otros compañeros y atenciones para su compadre el coronel Jesús Ocampo, herido gravemente de dos balas, durante la refriega. Rangel se lo prometió bajo palabra de honor, que fué quebrantada el día 21.
A la salida de Amatlán, los exploradores de Tapia y Solano marchaban con los soldados imperialistas de Orozco. Vencedores y vencidos llegaron á Uruapan el 20. Allí recibió Méndez la ley del 3 de Octubre, y para aplicarla á los prisioneros principales, mandó constituir la Corte Marcial, la cual con festinación sentenció á muerte al general de división José María Arteaga, al general de brigada Carlos Salazar, al coronel Trinidad Villagómez, á Jesús Díaz Paracho y al capitán Juan González. El jefe traidor Pineda y un escribiente se presentaron á levantar el acta de identificación de las personas y á notificarles que serían pasados por las armas á la mañana del siguiente día. Los cinco liberales oyeron impávidos su sentencia sin objetar nada[24].
Al salir de la prisión la mañana del 21, á las cinco, para ser fusilados, Arteaga flaqueó; entonces Salazar dándole el brazo, le dijo:—«Apóyese.» En el cuadro Salazar se desabrochó la camisa, enseñó á los ejecutantes de la sentencia dónde quedaba el corazón, porque siendo desleales les temblaría el pulso y le harían padecer. «Me despido de todos mis amigos y les ruego que no se manchen con el crimen de traición. Voy á enseñar como muere un leal republicano asesinado por traidores.» Y quedaron sin vida los cinco valientes.
La toma de Amatlán fué una compra hecha desde Uruapan, cuando dos jefes se incorporaron á los liberales y andaban en secreteos con Solano y Tapia. Este recibió tres mil pesos. El castigo no se hizo esperar: los dos que tramaron la venta fallecieron á los pocos días: uno de ellos de fiebre á los dos días de la sorpresa en Amatlán.
Aunque fuera de tiempo, al saberse en México la toma de la plaza, una comisión de personas honorables se acercó á Carlota para que influyera en que no fuesen fusilados los prisioneros. Contestó: «Hay que matar á los bandidos para que sirvan de ejemplo de moralidad.»
Méndez enseñó á los prisioneros el decreto de 3 de Octubre y dijo al general Pérez Milicua: «Debían haber sido fusilados todos; pero sólo he atacado el tronco y apartado las ramas: con eso es suficiente.» Además, le enseñó una carta de Maximiliano en que aprobaba su conducta y lo ascendía á general de brigada. Terminaba ordenando á Méndez que propusiera á Riva Palacio el canje de los prisioneros belgas, que lo habían sido en Tacámbaro el 11 de Abril. «Si no acepta Riva Palacio, fusile á todos.» Eran treinta y cinco[25].
Angel Pola.
ÍNDICE
NOTAS:
[1] Como los datos de personas que trataron íntimamente al Sr. Ocampo no podríamos tenerlos antes de un mes, hemos tenido que reducir este artículo á meros apuntes, por no detener más la publicación del Libro Rojo.
[2] El general Leonardo Márquez volvió á México en mayo de 1895. Vive en el Hotel Washington y goza de buena salud.—Nota del Editor.
[3] La fecha está errada: debe ser 31 de Mayo. El mismo Márquez confirma la rectificación que hacemos. Véase su libro Manifiestos: el Imperio y los Imperiales, página 286.
[4] Al escribir este capítulo, queremos hacer constar nuestra gratitud, por haber solícitos contribuído cariñosamente al buen éxito de nuestras investigaciones, á los Sres. Manuel M. Aranzubia, Administrador de Pateo; Miguel Bolaños, dueño de Pomoca; Tirso Tinajero, vecino de Maravatío; Ramón Carmona, Administrador de Tepetongo; Antonio de Bassoco Pereda, de Toshi; Jerónimo Chaparro, Presidente Municipal de Temascaltcingo; Jesús Cano, Presidente Municipal de San Miguel Acambay; Leocadio Padilla, caporal de la estancia de San Francisco, entre Huapango y Arroyozarco; Tirso Meléndez y Jesús Farrera, Presidente Municipal de la Villa del Carbón; José de J. Garibay, Jefe Político de Jilotepec; Piedad Trejo y Nicolás Alcántara, Secretario del Ayuntamiento de Tepeji del Río; Rafael y Mariano Gil, Administrador de Caltengo; Rafael Herrera, que fué sirviente favorito de don Melchor Ocampo, quien nos acompañó en toda nuestra peregrinación.
[5] He aquí el acta de matrimonio de don Santos Degollado, sacada del archivo del curato de Quiroga, Michoacán: “En catorce de Octubre de 1828, yo, el Presbítero Don Mariano Garrido, Teniente de Cura de éste, casé y velé según el orden de Nuestra Santa Madre Iglesia, á Don Nemesio Santos Degollado, con Doña Ignacia Castañeda Espinosa, de este. Fueron sus padrinos, Don Rafael Degollado y Doña Rita Castañeda: Testigos, Don Antonio Torres y Don Paulino Mejía, y lo firmé.—Mariano Garrido, una rúbrica.—Al margen, Don Nemesio Santos Degollado con Doña Ignacia Castañeda Espinosa, de este.”
[6] Don Luis Gutiérrez Correa falleció en esta Capital, siendo empleado de la Administración de Correos.
[7] Al morir, no hace mucho, dejó de heredera á su hermana Rita, residente en Celaya, que pasó de pobre á rica, según dice ella, “por don Santitos, que Dios lo haya hecho un santo.”
[8] Véase Manifiestos: el Imperio y los Imperiales, por el general Leonardo Márquez, páginas 3 y 4.
[9] Don Benito Juárez decía en una carta fechada en Veracruz el 28 de Noviembre de 1860 y dirigida al señor Angel Albino Corzo, entonces gobernador de Chiapas:
“Como usted, sentí el paso en falso del señor Degollado, pues nunca podré olvidar sus buenos servicios anteriores.”
[10] Don Melchor Ocampo dice en carta fechada en Veracruz el 17 de diciembre de 1860 y dirigida al mismo señor Corzo, antes citado:
“Hemos tenido últimamente la desgracia, el día 9, de que el “señor Berriozábal se haya dejado sorprender en Toluca.” Esto nos ha hecho perder más de mil hombres y lo que es peor, ha hecho caer en manos de Miramón al señor Degollado, á Farias (Benito) y otras personas importantes, que yo creo servirán de obstáculo, como rehenes, para terminar netamente la cuestión. Supongo y deseo que tal golpe vuelva más cantos á nuestros demás jefes que ya están bastante cerca de México.”
[11] El 24 de Diciembre de 1861, don Benito Gómez Farías abrigó en su casa, calle de San Bernardo número 11, á la esposa y dos niños de Miramón, para resguardarlos de la ira popular.
[12] Al Ministro de Guerra envió este comunicado:
“Excmo. señor.—Habiéndome concedido permiso el soberano Congreso para salir en persecución de los asesinos del más distinguido de nuestros mártires C. Melchor Ocampo, tengo la honra de ponerme á las órdenes de V. E. para que me ocupe en el servicio de campaña, sin que le sirva de embarazo la alta gerarquía de mi empleo militar, que no conservo sino como título de estimación del Supremo Gobierno. De consiguiente, quede V. E. entendido que no desdeñaré ir á la cabeza de un cuerpo de caballería y aún de una compañía de dragones bien montados y armados, sujeto á las órdenes de cualquier jefe á quien el Excmo. señor Presidente tenga á bien encomendar la dirección de las operaciones.
“Asimismo, deseo que ese ministerio sepa que me considero libre, no obstante mi carácter de general de división, para disponer de mi persona y agregarme como guerrillero á cualquiera fuerza de las que se pongan en movimiento; pues quiero que no sea una quimera el permiso que tengo de salir á batirme como soldado del pueblo, y obro bajo la inteligencia de que sólo el soberano Congreso me puede retirar ó limitar su licencia y llamarme de nuevo á esta capital.
“Díguese V. E. dar cuenta con esta nota al Excmo. señor Presidente, y sírvase aceptar las protestas de mi consideración y respeto.
“Dios, libertad y reforma.—México, Junio 6 de 1861.—Santos Degollado.—Excmo. señor ministro de guerra y marina.”
[13] Esta biografía es el resultado de una serie de entrevistas con los generales Nicolás Medina, Felipe Berriozábal, Mariano Escobedo, Miguel Blanco, Refugio I. González y los señores Benito Gómez Farías, Mariano Degollado, hijo del héroe, y Julián de los Reyes; todas personas muy respetables que trataron en la intimidad á don Santos Degollado. Ahí están para que digan al que llegue á dudar de la exactitud de algún diálogo, ó anécdota, si digo la verdad. He procurado repetir lo más fielmente posible lo que me han platicado.
[14] Con este motivo, alegándome el general Félix Zuloaga que no había tenido ningún participio en la muerte de Ocampo, y sí en la de Leandro Valle, agregaba:—“Juzgue usted lo que era yo cuando Márquez: Estando en Ayutla, un señor Cortina, español, me cobraba por hacer estado en su casa y por asistencia: le pedí dinero á Ismael Piña, que era tesorero, y lo negó.—Pero, hombre, le dije, ¿me niega usted á mi que soy el Presidente?—Sí, me contestó, porque no tengo orden de Márquez.—Pero, ¡si soy el Presidente!......
“Y me quejé á Márquez.”
[15] He tenido en mis manos el autógrafo de esta orden, la cual me permitió copiar al pie de la letra, mi amiga, la señorita Emilia Beltrán y Puga, hermana de don Manuel, que pasé por las armas á Leandro del Valle.
[16] Agustina Valle, su hermana.
[17] Dice el general Miguel Negrete en sus “Memorias,” inéditas aún:
“De Cuautitlán nos dirigimos por Huisquilucan para el Monte de las Cruces, porque de México había salido una columna á atacarnos y otra de Toluca, al mando del señor general don Felipe Berriozábal: esta segunda columna fué batida y completamente derrotada, haciendo prisionero al señor general don Leandro Valle, quien fué fusilado á las cinco de la tarde, habiendo salvado ya un extranjero, Aquiles Collín, un ayudante suyo, de que lo hubieran fusilado también.”
Casi al terminar la guerra separatista, el general Miguel Negrete fué á San Antonio, Texas, y le picó la curiosidad las atenciones de que era objeto por parte de todo el personal del hotel en que se había hospedado. Su nombre estaba inscrito á secas en el pizarrón y nadie parecía conocerle. La víspera de su regreso á México compró dos caballos al dueño del establecimiento y quiso saldar sus cuentas. El administrador le manifestó:—No debe usted nada.—¿Cómo nada?—Pues si, señor, nada.—Pero si aquí me he hospedado y he subsistido y he comprado los dos caballos.—Nada debe usted, mi general, dijo el propietario descorriendo el velo del enigma y abrazando muy conmovido á Negrete.—¿Por qué no he de deber nada?—Porque á usted le debo mi vida: yo soy Aquiles Collín, á quien usted salvó en el Monte de las Cruces, cuando Leandro Valle fué fusilado.
El señor general Aureliano Rivera, que también estuvo en la Maroma á descolgar el cadáver de Valle, asegura que no vió el de Collín.
[18] Este artículo es el resultado de entrevistas que el autor ha tenido con la señora Ignacia Martínez y los generales Felipe Berriozábal, Refugio I. González, Aureliano Rivera, Nicolas Medina, Félix Zuloaga, Miguel Negrete y el coronel Agustín Díaz.
[19] Hoy es coronel.
[20] Así apodaban á Méndez los liberales.
[21] Ministerio de Guerra.—1.ª Dirección.—1.ª División.—México, Octubre 24 de 1865—Brigada Móvil.—Coronel en Jefe. Santa Ana Amatlán, Octubre 13 de 1865—Excmo. señor.—Con esta fecha digo al Excmo. señor mariscal comandante en jefe del ejército, lo que sigue:
“El día 6 hice salir de Morelia el batallón del Emperador con dos escuadrones del 4.º regimiento de caballería, á las órdenes del señor coronel don Wenceslao Santa Cruz, con dirección á Pátzcuaro, donde llegaron el día 7. En la noche de ese día me incorporé y organicé, en el resto de la noche, la brigada que es á mis órdenes y marché el 8 sobre Uruapan, adonde se encontraban reunidas todas las fuerzas enemigas, al mando de Arteaga. El día 9, á las tres de la tarde, estaba á las orillas de Uruapan; pero una terrible tempestad me privó de penetrar hasta ella, porque los riachuelos crecieron de tal manera, que los batallones quedaron cortados en medio de tres de ellos, y hasta las doce de la noche pudo hacer su paso. El enemigo se dividió en varias fracciones, tomando, una de 700 hombres al mando de Ronda y Riva Palacio por Paracho: Zepeda, con Martínez y Simón Gutiérrez, por los Reyes, con 600 hombres, y el titulado general en jefe del ejército del centro, Arteaga, con el llamado comandante general y gobernador de este departamento, Salazar, y el alborotador de los indígenas de Uruapan, Tancitaro, Paracho y otros pueblos, llamado coronel Díaz Paracho, con otra porción de jefes y oficiales que seguían su cuartel general con 1,000 á 1,200 hombres, la mayor parte de infantería, tomaron por Tancítaro. El día 10 dí descanso á mi tropa y tomé la resolución de seguir á Arteaga con tenacidad. Inútil me parece decir á V. E. que mis marchas nunca fueron de frente y sí de flanco, para inquietar á todas las partidas á la vez, y que Arteaga, que era mi punto de vista, por ser la persona moral de los republicanos, nunca comprendiera mi intención. El 12 salí de San Juan de las Colchas y llegué hasta Tancítaro, donde se encontraba el enemigo: dos horas antes de mi llegada había hecho movimiento, y lo perseguí con mis guerrillas tres leguas. Tuve el convencimiento de derrotarlo en el resto de la noche; pero era un hecho aislado que no ponía en mi poder el armamento, jefes y tropa, y mandé suspender el ataque y tomar cuarteles en Tancítaro. Hoy á las dos de la mañana, con una sección ligera de 400 infantes y 300 caballos marché sobre este punto, donde tuve la seguridad de darle alcance y derrotarlo; porque nunca debió creer el enemigo que atravesara doce leguas en la Tierra Caliente, en solo las horas de la mañana. Este movimiento me cuesta 14 soldados muertos de la fatiga, la caballada del 4.º de caballería muy estropeada, y más de 40 caballos asoleados: pero he logrado mi objeto: he derrotado al enemigo completamente.
“Son mis prisioneros el general en jefe Arteaga; el comandante general Salazar; los coroneles Díaz Paracho, Villa Gómez, Pérez Miliena{*} y Villada; 5 tenientes coroneles, 8 comandantes y otros muchos oficiales subalternos, de quienes en relación separada daré á V. E. cuenta. Todo el armamento, su inútil caballada y el parque están en mi poder. Lo son igualmente 400 prisioneros de la clase de tropa, de los cuales pondré en libertad á muchos, porque son cogidos de leva de las haciendas y pueblos de su tránsito.
{*} Debe decir Milicua.
“Este hecho de armas sólo al Supremo Gobierno y á V. E. toca darle el valor que merezca. Voy á hacer mención particular y honorífica del teniente Rangel del 4.º de caballería, á quien he ofrecido, á nombre de S. M., el ascenso á capitán, pidiéndole la cruz de caballero de la Orden de Guadalupe; porque este valiente, con 20 hombres de su cuerpo, ha penetrado hasta la plaza, y es el que, por decirlo así, ha dado este triunfo á las armas del imperio. El subteniente Navia del batallón del emperador, con 8 hombres, ha seguido su ejemplo: pero á este oficial no le he ofrecido nada por ser de mi batallón. Oportunamente daré á V. E. la relación de estos dos oficiales y de la tropa, para que si V. E. lo tiene á bien á estos valientes se les conceda lleven un distintivo sobre su pecho, para estímulo del ejército.
“Felicito altamente á V. E. y le suplico tenga á bien hacerlo á mi angusto soberano, por esta memorable jornada.
“Y lo transcribo á V. E. para su conocimiento.
“Dios guarde á V. E. muchos años.—El coronel Ramón Méndez.—Excmo. señor ministro de la guerra.—México.”
Es copia.—El subsecretario de guerra, J. M. Durán.
[22] Un militar afirma que el ejecutor de la sentencia de muerte fué el teniente Teodoro Quintana, cuyo pelotón de tiradores fué escogido entre la compañía de Zapadores que mandaba el entonces capitán Francisco Troncoso, quien era secretario particular del general Ramón Méndez y tuvo todo su cariño y toda su confianza.
El señor Quintana es hoy teniente coronel de caballería, y el señor Troncoso, general de brigada.
[23] Los datos de esta biografía han sido ministrados á su autor por la señora Trinidad A. de Gutiérrez, hermana de Arteaga, y los señores José María Pérez Milicua, Manuel García de León, Rafael Cano, Francisco de P. Troncoso, Amado Rangel, Jacinto Hernández y Juan Ruiz de Esparza, todos militares, á excepción del último, que figuraron en aquella época, unos como liberales y otros como imperialistas.
[24] He aquí las cartas de despedida de Salazar y Villagómez:
Uruapan, Octubre 20 de 1865.—Idolatrada madre: Son las siete de la noche y acabamos de ser sentenciados el general Arteaga, el coronel Villagómez, otros tres jefes y yo. Mi conciencia está tranquila; bajo á la tumba á los treinta y tres años, sin que haya una sola mancha en mi carrera militar, ni el menor borrón en mi nombre. No llores, mamá, ten conformidad, pues el único delito de tu hijo consiste en haber defendido una causa sagrada: la independencia de su patria. Por este motivo se me va á fusilar. No tengo dinero, porque nada he podido ahorrar. Te dejo sin recursos, pero Dios es grande y te socorrerá lo mismo que á mis hijos, quienes con orgullo llevan mi nombre......
Conduce, querida mamá, á mis hijos y hermanos por el sendero del honor, porque el patíbulo no puede manchar los nombres de los leales.
¡Adiós, madre querida! En la tumba recibiré tus bendiciones. Da un abrazo por mi á mi querido tío Luis, á Tecla, Lupe é Isabel: así como á mi tocayo, á Carmelita, Cholita y Manuelita; dales muchos besos y el adiós que les envío desde lo más profundo de mi alma. Dejo á la primera mi reloj dorado, y á Manuel cuatro trajes. Muchas memorias á mis tíos, tías, primos y á todos los amibos fieles, y tú, madre mía, recibe el último adiós de tu afectísimo y obediente hijo que tanto te ama.—Carlos Salazar.—Sra. Mercedes Ruiz de Castañeda.
Aumento.—Si cambia la situación, como creo que cambiará, deseo que descansen mis cenizas al lado de las de mis hijos en nuestro pueblo.
Uruapan, Octubre 20 de 1865.—Querido papá: Empleo mis últimos momentos para dirigir á Ud. estas cuantas líneas. Deseo legar á mi familia un nombre honroso; he procurado hacerlo, defendiendo la causa que abracé, pero no lo he logrado. ¡Paciencia! Pero no creo que se avergonzará Ud. de reconocer á un hijo que jamás se ha desviado de la senda que tan honradamente le trazara Ud. por medio de excelentes consejos y de buenos ejemplos. Siempre me he manejado con honradez y no tengo remordimiento de conciencia. Me he conducido como hombre de bien, y no me pesa; nadie puede quejarse de mi, porque á nadie he perjudicado. Confío en que esto formará algún consuelo para su pesar y que fundará algún orgullo en mi memoria, pura y sin mancha alguna. Muero conforme.
Sírvase Ud. dar mi último adiós á mi hermano y á todos mis amigos, reservando para Ud. el corazón de su hijo sacrificado en aras de su patria.—T. Villagómez.—Sr. D. Miguel Villagómez.
[25] Los datos de esta biografía han sido ministrados al autor por la señora Tecla Preciado, los generales José María Pérez Milicua y Francisco del Paso y Troncoso, los coroneles Manuel García de León, Jesús Ocampo, José Vicente Villada, Amado Rangel y Jacinto Hernández, Rafael Cano y José Felipe Cortés.