I
En el primer año de la segunda década del siglo XIX, cuando Hidalgo desplegaba el estandarte de la independencia de México en el pueblo de Dolores, el coronel Rómulo del Valle vivía ya muy comprometido en la trama urdida para difundir la idea de nuestra emancipación de España y el derrocamiento del gobierno virreinal, que no le parecía en manera alguna digno: quería con el alma un régimen político propio y defendía su credo por todo Querétaro á la cabeza de un grupo de patriotas. Prestó servicios que debe grabar la Historia, desde 1811 hasta el triunfo de la Reforma, en que anduvo con el arma al brazo junto con don Juan Alvarez: ¡cuarenta y cinco años de lucha por la autonomía nacional y la República, y en aquellos tormentosos días en que se jugaban vidas y haciendas por los principios, el todo por el todo!
Doña Ignacia Martínez, esposa de don Rómulo, con ser católica devotísima, jamás discutió, ni en el seno del hogar, los pensamientos liberales del valiente soldado y que andando la revolución heredarían sus hijos.
Leandro fué quien más llevó en la sangre estos bellos ardores de patriotismo y libertad. Venido al mundo en México y en la calle de San Agustín núm. 2, el 27 de Febrero de 1833, su padre le inculcó las ideas que tejen el indisoluble lazo entre el ciudadano y la tierra en que se nace. Recibió su instrucción primaria en una escuela de Jonacatepec, E. de Morelos, que dirigía don Francisco Saldaña, un santo profesor que cuidaba mucho de tener irreprochable conducta para no aparecer modesto con hipocresía. Muy joven, á los once años cumplidos, entraba en el Colegio Militar, carrera por la que sentía, más que curiosidad de niño, decidida vocación.
Era precisamente el año 1844, cuando Santa-Anna declaró su odio de muerte al Congreso porque le había negado facultades para imponer nuevas contribuciones y entraba de paso en la Presidencia el íntegro don José Joaquín de Herrera. Los ánimos estaban en efervescencia y la dictadura hacía sentir su peso de plomo sobre todo el país. Empezó estudiando con gran provecho la táctica de infantería y obtuvo el premio en el examen de fin de año.
Al siguiente, era sargento segundo, conforme al reglamento del Colegio, y la aprobación del consejo de profesores. Aprendió concienzudamente la táctica de caballería, Matemáticas elementales y las otras materias anexas al curso. Ahí también obtuvo el primer premio.
Intima amistad le unía á Osollo y Miramón, implacables enemigos de los liberales. Cuentan que en el Colegio, Miramón y Valle solían saludarse así:
—Mi General—hablaba Miramón con la mano derecha llevada al kepí y cuadrándose marcialmente.
—Ordene Su Alteza—decía Valle.
Y la broma juvenil tuvo que ser realidad hasta cierto punto: Leandro llegó á ser general, y Miramón Presidente de la República, todavía muy jóvenes.
El 20 de Enero de 1847 ascendió á subteniente por especial empeño de don Valentín Gómez Farías. Este fué el paso que resolvió el porvenir de Valle.
Desde entonces demostró de continuo el valor y la serenidad tan peculiares en los trances más difíciles de su vida militar. El 27 de Febrero, ese día que los 3,300 mentados Polkos se pronunciaron al grito de ¡muera Gómez Furias! y ¡mueran los puros! Valle defendía el punto de Santa Clarita y por sostener á don Valentín, se batía cuerpo á cuerpo con los rebeldes, teniendo presente que el Gobierno establecido cuidaba con sus cinco sentidos de hacer frente á los Estados Unidos. Agobiado México por los odios de política y de creencia y por la irrupción de los bárbaros del Norte, casi enseñoreados del país por estar á punto de ocupar las principales ciudades, Valle se puso á las órdenes del general don Juan Alvarez, templado más su denuedo por el peligro en que pasaba la patria; y transcurrido algún tiempo, á las de don Antonio Banuet. Cuando este su querido jefe fué herido por el invasor extranjero, le llevó solícitamente á su hogar y le puso con filial cariño en los brazos de sus ancianos padres, en tanto él seguía batiendo al enemigo en el Puente Colorado.
Las revueltas tan obstinadas por aquella luctuosa época le impelían en fuerza de la índole de su carrera á entrar y salir con frecuencia del Colegio.
En 1850, á la vez que estudiaba Física y Mecánica, consagraba sus ocios á la literatura sin dejar por esto de ser uno de los alumnos más aprovechados: obtuvo como en los anteriores exámenes, el primer premio. Tan grandes esperanzas el Gobierno cifró en él, que tuvo el propósito de enviarle á París para que sellara su tan brillante carrera con mayores conocimientos teóricos en la ciencia de la guerra y más extensa práctica. La pobreza de sus padres causó en parte el fracaso de aquel viaje que fué para él un sueño dorado.
Dado su afecto por la poesía y su fama de inteligente, que resonaba entre sus condiscípulos y profesores, el 15 de Septiembre de 1851, en la celebración de la Independencia, recitó en el Teatro Nacional una composición que le valió estrepitosos aplausos por el ardor con que fué declamada y algunos atrevidos pensamientos que contenía. Por ejemplo, habla de los guerreros:
«Con denuedo marcharon á la guerra,
La paz de sus hogares despreciaron,
Sus cenizas cubrió sangrienta tierra,
Pero al sepulcro con honor bajaron.
¡Oh recuerdos de gloria! ¡Cómo late
Mi ardiente corazón! ¡cómo se agita!
Al recordar los triunfos, el combate,
El pecho militar siempre palpita.
—Hidalgo, Allende, valeroso Aldama,
¡Cómo os envidio vuestra eterna gloria!
Trocara mi existir por vuestra fama,
Por dejar una página en la historia.»
El mérito es intrínseco y está en que todo lo expresa sinceramente, y más, en que realizó la promesa al pie de la letra: siempre patriota, valiente y sin abrigar un solo pensamiento impuro.
Siendo teniente de Ingenieros, el 29 de Marzo de 1853, le nombraron ayudante del Batallón de Zapadores; entonces este Cuerpo del Ejército era de lo más escogido entre la milicia, porque los que le formaban no tenían tacha en su comportamiento, valor y disciplina. Nunca antes ni después Batallón alguno de la República, no olvidando el de Supremos Poderes que intentó ser su remedo, tuvo más instruída y decente oficialidad.
El dictador Santa-Anna, á quien caía en gracia el joven militar por su apostura, su saber en la ingeniería, su conducta y su valentía, le ascendió el 1.º de Junio del mismo año á Capitán 2.º de la cuarta compañía de Zapadores.
Apoyado por sus méritos, cada día más grandes, subía á pasos de gigante el escalafón, sin dar los saltos que ahora se acostumbra, y con el previo bautizo de sangre en el campo de batalla recibido de las balas enemigas por una causa justa y patriótica. Jamás movió una influencia, de las muchas que tenía, para ascender: los grados venían á sorprenderle y no iba á buscarlos en las antesalas de los omnipotentes en política.
Un general, antes furibundo reaccionario y hoy republicano, le aconsejaba hablando de grados:
—Leandro, aproveche Ud. sus buenas amistades de arriba.
—Los medios para ascender los tenemos en nuestras manos—respondía.
Esto da la clave del por qué los conservadores eran después imperialistas y ahora casi todos estos fieles y abnegados se han hecho del partido liberal.
En Puebla apresaron á don Rómulo por haber aparecido en público como liberal exaltado y amigo exigente de la rectitud en los actos gubernativos. Leandro al llegar á la ciudad y tener conocimiento del suceso, pidió indignado su baja al Gobernador y Comandante Militar del Estado.
—No me es posible servir á un Gobierno que no respeta al autor de mis días—manifestaba dando por fundamento de su solicitud.
El general don Juan Alvarez, satisfecho de los grandes servicios de don Rómulo durante la revolución del Plan de Ayutla, quiso que Leandro fuese Agregado á la Legación de México en los Estados Unidos; pero don Ignacio Comonfort, por causas muy ajenas á su voluntad, no pudo llevar á efecto el buen deseo de su respetable antecesor; en cambio, á poco tiempo, le envió á París para compensarle algún tanto la eficaz ayuda que como ingeniero prestó en el sitio de Puebla el año 56.
Tan enemigo era de los títulos de nobleza, que en circunstancias serias se burlaba de ellos. Asistió á un gran baile en las Tullerías con el Ministro de México don Francisco Modesto de Olaguíbel y se hizo anunciar de los heraldos como Conde del Nopalito.
El joven militar quedó satisfecho de tan deseado viaje, visitando algunas de las principales ciudades de Europa; la falta de recursos le cerró las puertas del colegio y ya no hizo más estudios, como fué su propósito. A fines de 1857 pisaba de nuevo el suelo patrio y obtenía del mismo Comonfort el grado de Capitán 1.º de la primera compañía del Batallón de Zapadores.
En la defección de Comonfort hizo esfuerzos por rebelar á los Zapadores en Santo Domingo y por ello tuvo un serio disgusto con el jefe de la reacción, al menos así aparecía, el general José de la Parra.
Perdida la capital de la República, el 24 de Enero de 1858, de la noche á la mañana, salieron en diligencia su padre y él rumbo á Salamanca, donde se encontraba Doblado.
La víspera de su partida, para tomar parte en la guerra de Reforma, comió y tuvo una larga entrevista con el general Miguel Miramón en el restaurant de La Estrella, en la calle del Refugio, frente al portal de Agustinos, y trataron de sobornarse el uno al otro: Miramón ofrecía todo un porvenir á Valle, y éste, otro no menos lisonjero á aquél; pero ninguno cedió: cada quien tomó senda opuesta, sin perder nada esa fraternal amistad.
Miramón ya le debía la vida: se la había salvado en Puebla.
En Salamanca, á principios de Marzo, Iniestra y Leandro del Valle formaban parte del Estado Mayor de aquel general.
Cuenta el señor J. Martínez que la víspera de la batalla, en la que más que perdieron, se dispersaron sus tropas, aconteció una escena curiosa. Valle tuvo un disgusto con el español Bravo, y éste, inquieto por el juicio que aquél se había formado de su persona, le dijo:
—¿Usted ha dicho que desconfía de mí?
—Sí, señor, lo he dicho, respondió Valle.
—Podría pedir á usted una satisfacción; pero esto sería indigno entre dos jefes liberales; mañana, al frente del enemigo, el que menos avance merecerá la duda.
—Corriente.
—Convenido.
—Déme usted la mano.
Y la promesa quedó pactada.
La prueba fué decisiva, más que en Salamanca, en la carga de Calderón: Bravo hizo prodigios de valor. Leandro reunió á sus amigos y dijo á su rival:
—Señor coronel, le pido á usted perdón; yo no había sabido juzgar á usted.
A Bravo se le ahogó la voz en la garganta y no pudo más que llorar.
Este fué el origen de la inquebrantable amistad de los dos jóvenes militares.
El premio de su bizarría al resistir las fuerzas de la legalidad al mando de Doblado, á los tacubayistas de Osollo, y de igual comportamiento al querer Landa en Santa Ana Acatlán aprehender á don Benito Juárez y su Gabinete, fué ser ascendido á teniente coronel de Ingenieros.
Cuando Juárez y su Gobierno, pasado el inminente peligro que corrieron en Guadalajara, partieron rumbo á Colima para embarcarse en Manzanillo, dar vuelta por el Istmo de Panamá y salir á Veracruz, Valle estaba á las órdenes de Santos Degollado; entonces don Rómulo, con el grado de general, era el comandante militar de Colima por nombramiento que hizo el popular Degollado.
Durante los cortos días de estancia ahí, mientras se rehacían y proveían de armamento y municiones las tropas liberales para volver á emprender la campaña en el centro de Jalisco, Leandro se dedicaba con ahinco, que parecía rayar en delirio, en ejercitar á los soldados que estaban bajo su inmediato mando. Su ideal era que reinase entre todos ellos la instrucción y la subordinación y que pudiesen arrostrar en cualquier tiempo el peligro. Les predicaba siempre: «Ante el enemigo nunca contéis el número.»
La acción de Cuevitas le dió nombradía entre los que por envidia pretendían rivalizar con él. Su valentía y arrojo llegó á ser proverbial.
En el sitio que las fuerzas liberales pusieron á Guadalajara, en el mes de Octubre, él fué quien dió el primer paso para alcanzar la victoria. A iniciativa del general Refugio I. González y con asentimiento tácito de don Benito Gómez Farías, practicaron una mina de pólvora en el bastión de la calle de la Merced y se introdujeron por las casas de la manzana hasta el lugar elegido; estaban vacilantes porque creían arruinar las fincas contiguas y principalmente la en que iba á hacerse la mina, que pertenecía á la señora Ornelas de Díaz, quien profesaba hasta el fanatismo los principios liberales y tenía por santos de su devoción á Juárez, Degollado y Ocampo. Durante las perplejidades, para no perjudicarla en lo más mínimo, Leandro del Valle la hacía reflexionar:
—Señora, se va á caer su casa.
—No le hace; no importa.
—Pierde usted todo.
—Pero gana el partido puro.
La mina voló parte del bastión y cuarteó la casa de la patriota, pero no sin fruto. Una tarde, aprovechando la lista de seis, Refugio I. González, el coronel Bravo y Valle con los Mosqueteros, entraron los primeros por la brecha y comenzaron en silencio, con audacia verdaderamente temeraria, á hacerse de las posiciones del enemigo. Bravo, compitiendo en arrojo con Valle, subió á la azotea del Palacio de Gobierno, quitó del asta la bandera de la reacción que flotaba é izó su blusa roja que llevaba puesta.
Entonces Valle habló así á sus soldados:
«Esta plaza inexpugnable para esos ejércitos asalariados que sirven de ciego instrumento al gobierno que los paga, ha caído ante vosotros, soldados de discernimiento y de convicción, para quienes la pérdida de la vida importa poco con tal que triunfe la causa á que habéis consagrado vuestros esfuerzos, y que no aspiráis á otra recompensa que al placer de haber hecho la felicidad de la patria y á un recuerdo honorífico de la posteridad. Hay entre vosotros algunos más admirables todavía, que sin esperar que la historia registre sus nombres, se inmolan sin embargo gustosos en el altar de esa divinidad misteriosa que ha hecho de los sacrificios humanos la condición indispensable de los mejoramientos sociales. ¡Mártires anónimos, que fecundáis con vuestra sangre el árbol de la libertad, para que otros recojan los frutos, sin pedir salario ni gloria especial para vosotros, mi corazón se llena de ternura y de veneración al contemplar tanto patriotismo y tanta abnegación! Vosotros sois los verdaderamente grandes y los verdaderamente heroicos!»
Por esta acción, don Santos Degollado ascendió á Valle, sin perder su empleo de teniente coronel de ingenieros, á coronel efectivo de infantería.
Desde 1858 hasta el desconocimiento de don Santos Degollado, Leandro estuvo compartiendo con él los pocos triunfos y las muchas derrotas, acompañándole á Michoacán y siguiendo abnegado y perseverante la misma suerte que él, á quien debía su carrera y respetaba como á su padre.
Teniendo en cuenta los servicios que prestó en el valle de México, se le dió el grado de general de brigada.
En la Coronilla derrotó á Vélez y le quitó los pertrechos de guerra, y con la desventaja de que Leandro del Valle iba á la cabeza de restos de tropa mal organizada y sin instrucción.
Al ser herido el general Uraga en el ataque de Guadalajara, á mediados de 1860, la presencia de ánimo y el respeto que imponía Valle, hicieron que los soldados recuperasen la moral ante el gran peligro que los amenazaba.
El fué el que tuvo el mando de una de las brigadas que defendían el puente de Tololotlán, cuando las fuerzas reaccionarias emprendieron la retirada, después de un fuego nutrido de cañón que rompieron sobre los liberales.
El 20 de Octubre de 1860, el coronel Toro le reemplazaba en el mando de la primera brigada de la división de Jalisco y era nombrado cuartel-maestre. Estaba en el sitio de Guadalajara. Días antes, el 29 de Septiembre, en junta de generales, había reprobado la conducta de don Santos Degollado, quien envió á González Ortega copia de la carta de Mathew y las proposiciones de pacificación que le hizo. Fué uno de los que firmaron la respuesta vehemente á la comunicación del general en jefe del ejército federal.
Conociendo Zaragoza su pericia militar, le ordenó, el 26 de Octubre, el desarrollo de un plan de ataque sobre la plaza. Llevado á la práctica, el 29, en uno de tantos combates, parte del enemigo hizo el simulacro de suspender el fuego graneado y pasarse: pero apenas estuvo á quemarropa de los soldados de Valle, rompió de nuevo el fuego y éste pudo salvar arrojándose á un foso. Se encontraba en el punto de más peligro con Zaragoza en los instantes en que las fuerzas de la legalidad se apoderaban á bayoneta calada del resto de Santo Domingo. Al pedir parlamento el general Severo del Castillo, fueron los representantes de Zaragoza, Doblado y Leandro del Valle, quienes en la entrevista rechazaron indignados los puntos de política del país que les tocaron. Las bases acordadas, y que conservaron intacta la dignidad del ejército, fueron firmadas por Zaragoza, Doblado y Valle. No habiéndolas cumplido el enemigo, Valle dirigió desde Zapotlanejo, donde estaba con la división de Jalisco, y algún botín de guerra, un comunicado á Doblado en el que se leía: «Supuesto que Castillo ha roto los convenios, debe ser batido dentro de la plaza ú obligado por la fuerza á salir de ella, á menos que no se rinda con la fuerza que lo obedece.» Castillo huyó de Guadalajara rumbo á Tepic y Zaragoza dispuso que Valle le persiguiese. Este logró dispersarle buen número de sus soldados.
En marcha el ejército para la capital de la República, iba con el general en jefe y le acompañaba á Guanajuato, Celaya, San Juan del Río, la Soledad y Arroyozarco. Aquí reunidos los ejércitos del Norte, Centro y Oriente, aceptaron la batalla en las lomas de San Miguel de Calpulalpan, que Miramón y Márquez les presentaron el 22 de Diciembre. El general Jesús González Ortega, á la cabeza de las divisiones de Zacatecas y unido á Valle, cogieron á paso veloz la retaguardia al enemigo, que se batía ya con Zaragoza, Lamadrid, Antillón, Toro y Blanco, y obtuvieron el triunfo definitivo que hizo volver los Poderes á la Capital. Antes de entrar el ejército en ésta, su amigo de infancia y compañero de colegio, Miramón, le escribía la siguiente carta: «Querido Leandro: No sería difícil que Concha necesitase de alguna persona de influjo del partido triunfante, y prefiero dirigirme á tí que á alguno de sus parientes, á fin de que hagas por ella, en nombre de nuestra antigua amistad, lo que en igual caso haría yo por tu familia. Disfruta de felicidades y manda á tu amigo.—Miguel Miramón, Diciembre 24 de 1860.—Señor general don Leandro del Valle.»
Repuesto el gobierno de la legalidad, tuvo el mando de las armas en el Distrito y seguidamente ocupó su asiento en el Congreso, como diputado por Jalisco. Las más de las sesiones tomaba parte en los debates. Fué de los de la iniciativa, á la muerte de Ocampo, para que se pusieran fuera de la ley á sus asesinos, desde Zuloaga y Márquez hasta Cobos. El 7 de Junio de 1861 pronunciaba estas textuales palabras en plena Cámara: «Hemos votado la suspensión de garantías los liberales rojos, á quienes no puede atribuirse odio á la libertad y á la Constitución, que hemos defendido con las armas en la mano.»
El día 1.º había dicho ya: «En nuestras masas hay poco espíritu público y pocas ideas.»
Y el día que México supo el asesinato de Ocampo, tuvo que ser un héroe para apaciguar al pueblo amotinado á las puertas de la prisión, que pretendía matar á Isidro Díaz y Casanova.