III

El terrible sitio de Guadalajara y las jornadas de Silao y Calpulalpam anunciaron al mundo de la reacción, que había muerto para siempre, hundiéndose en el pasado con el anatema de los buenos.

Valle venía en ese ejército victorioso, de cuartel-maestre, distinguiéndose por su arrojo y pericia militar. El 25 de Diciembre de 1860 el ejército liberal ocupó la plaza de México, y los prohombres del partido clerical huyeron despavoridos, unos al extranjero y otros á las encrucijadas, donde se hicieron á poco de los restos desmoralizados de su ejército, entregándose al pillaje desenfrenado y á las escenas de sangre más repugnantes.

Juárez estaba de regreso en su palacio presidencial, como el pensamiento de la revolución triunfante.

Convocóse desde luego la Asamblea Nacional, y el nombre de Valle surgió en las candidaturas populares, y el joven caudillo tomó asiento en los escaños de la Cámara.

Arrebatado por su carácter fogoso, fué uno de los que propusieron la Convención, cuya idea no pudo llevarse hasta su término. Valle se había colocado entre los exaltados, y votaba los proyectos de reforma más avanzados en nuestra política.

En aquellos días de efervescencia, cuando las pasiones estaban desbordadas, se supo en la capital que D. Melchor Ocampo, uno de los hombres más prominentes de nuestro país, había sido asesinado alevosa é impíamente por la reacción acaudillada por Márquez, ese miserable que está fuera de la compasión humana, entregado al desprecio y vilipendio del mundo entero.

El pueblo se sintió herido por aquel rudo golpe, y se lanzó á la cárcel de reos políticos, en busca de víctimas: entonces Leandro Valle se apresuró á contener el desórden, habló al pueblo en nombre de su honra sin mancha, de la gran conquista que acababa de alcanzar en su gran revolución de reforma, y de su porvenir.

La tempestad se calmó; pero de aquellas olas inquietas todavía se desprendió una voz fatídica como la de un agorero: Cuando el general Valle caiga en poder de los reaccionarios, no le perdonarán.

Hay palabras que las inspira la fatalidad y las realiza el destino.

El general D. Santos Degollado, de cuya biografía vamos á ocuparnos próximamente en la galería del Libro Rojo, pidió ir en busca de los asesinos de Ocampo. Desgraciadamente una mala combinación militar le hizo caer en poder de sus enemigos, que derramaron aquella sangre que dejó ungida la tierra.

El Gobierno dispuso que Leandro Valle saliera en persecución de los asesinos.